El Sol Ácrata N°3 (ejemplar 76), Mayo de 2026

EDITORIAL: 10 Tesis sobre la crisis actual del sistema capitalista en Chile

* Nota ESA- Hemos recibido el siguiente texto analítico sobre la situación actual que atravesamos (no solo) en la región chilena. Ha sido redactado como conclusión teórica de las diversas asambleas y encuentros de la FCA que se han realizado en las últimas semanas por diversas comunas de la región chilena. Agradecemos profundamente a todas aquellas Asambleas el permitirnos compartir estas importantes conclusiones ideológicas NACIDAS DESDE LOS DIVERSOS TERRITORIOS EN CONFLICTO A LO LARGO Y ANCHO DE LA REGIÓN CHILENA. Fines Abril 2026

1- Chile no está en crisis. Esa afirmación no es una provocación, es una advertencia. Porque si se insiste en leer el presente como crisis en el sentido clásico, se seguirá esperando lo que no va a ocurrir: el colapso visible, la fractura institucional, el momento en que el sistema deja de funcionar. Pero nada de eso está pasando. Las instituciones siguen operando, el mercado no se detiene, la vida cotidiana continúa organizada bajo las mismas lógicas. Y sin embargo, el malestar no desaparece. Persiste, se acumula, se espesa. No estamos frente a una anomalía del sistema, sino frente a su forma más refinada: una crisis que ha sido absorbida, procesada y estabilizada como condición permanente.

2- Lo que llamamos crisis ya no es un evento, sino una forma de funcionamiento. Chile no es el fracaso del modelo, sino su perfeccionamiento. Un sistema que ha aprendido a operar sin necesidad de legitimidad, sin necesidad de adhesión simbólica, sin necesidad de creencia. Durante siglos, el poder necesitó ser creído. Hoy no. Hoy basta con que no puedas salir. Ese es el núcleo de la transformación contemporánea: la sustitución de la legitimidad por la clausura de alternativas. El sistema no se sostiene porque la gente confíe en él, sino porque organiza las condiciones materiales de la vida de tal manera que actuar fuera de él se vuelve inviable.

3- No estamos solo frente a una reorganización del poder, sino frente a una reorganización del ser. Lo que emerge no es simplemente una crisis moral en el sentido clásico, entendida como pérdida de valores compartidos, sino una crisis de la moral: una fragmentación interna donde cada sujeto reorganiza su vida bajo la lógica del sistema, incluso cuando esa lógica le resulta destructiva. El problema ya no es que el sistema imponga valores externos al sujeto. El problema es que el sujeto comienza a operar según los valores que sostienen su propia precarización. No como una elección libre, sino como condición de existencia. Se cambia tiempo por dinero, tiempo por deuda, tiempo por crédito, tiempo por hipoteca. Pero ese intercambio no se percibe como violencia, sino como racionalidad. Como lo que hay que hacer. Como lo único posible.

4- El tiempo deja de ser experiencia y pasa a ser recurso. La vida deja de ser vivida y pasa a ser administrada. El sujeto deja de habitar su existencia y comienza a gestionarla. No hay una ruptura evidente, no hay un momento de quiebre, pero sí hay una transformación profunda en la relación entre el sujeto y su propia vida. La moral ya no opera como tensión entre lo que se cree y lo que se hace. Esa distancia, que históricamente producía conflicto, culpa o resistencia, se reduce. No porque el conflicto desaparezca, sino porque el sujeto aprende a operar dentro de él. Aprende a normalizarlo. Aprende a vivir endeudado sin percibirse subordinado, a aceptar precariedad sin nombrarla explotación, a sacrificar su tiempo vital sin interpretarlo como pérdida. No hay resolución de la contradicción. Hay habituación. Esa habituación tiene consecuencias políticas decisivas. La crisis social no desaparece, pero pierde su capacidad de traducirse en acción colectiva. Permanece contenida dentro de los límites de la reproducción cotidiana.

5- Mientras el sujeto pueda seguir funcionando —aunque sea en condiciones de desgaste—, el sistema se mantiene estable. No necesita bienestar. Le basta con funcionamiento. Este es el umbral que el sistema gestiona con precisión: no elimina el malestar, lo regula. Lo mantiene en niveles constantes, soportables, individualizados. No lo suficiente como para provocar una ruptura, pero sí lo suficiente como para sostener una tensión permanente. La crisis deja de ser excepcional y pasa a ser ambiental. Dispositivos como los mecanismos de estabilización económica, como el MEPCO, no resuelven el problema, lo dosifican. No eliminan el daño, lo administran. Y al hacerlo, producen un aprendizaje aún más profundo: enseñan que el daño es inevitable. Que no hay alternativa. Que lo único posible es adaptarse.

6- La internalización de la crisis. Lo que antes aparecía como conflicto social ahora se experimenta como problema individual. Cada sujeto gestiona su propio desgaste, negocia consigo mismo cuánto tiempo, cuánta energía, cuánta vida está dispuesto a sacrificar para seguir funcionando dentro del sistema. La crisis pierde su carácter colectivo. Se privatiza. Se fragmenta. Se vuelve experiencia personal. Y en ese contexto, la crítica no desaparece, pero pierde eficacia. Puede existir a nivel discursivo, pero no logra traducirse en la práctica. El sistema no necesita reprimirla. Le basta con impedir su materialización.

7- La estabilidad del orden social contemporáneo no descansa en la fuerza visible ni en la adhesión ideológica, sino en su capacidad de presentarse como natural. El sistema no necesita ser defendido cuando logra instalarse como evidencia. No requiere justificación cuando sus reglas aparecen como las únicas posibles. En ese punto, la dominación deja de percibirse como dominación y pasa a experimentarse como realidad misma.

Un orden social se vuelve verdaderamente estable cuando sus condiciones de existencia no son reconocidas como históricas, sino como inevitables. Cuando el trabajo precarizado no se interpreta como resultado de una configuración económica específica, sino como “lo que hay”. Cuando el endeudamiento no se entiende como un mecanismo estructural de captura, sino como responsabilidad individual. Cuando la organización del tiempo bajo la lógica productiva no aparece como imposición, sino como normalidad. La naturalización es el punto máximo de eficacia del poder. Pero no es total ni irreversible. Existen momentos —discontinuos, fragmentarios— en los que el sistema deja de funcionar como horizonte incuestionable y comienza a volverse visible. Ese tránsito no ocurre necesariamente a través de grandes acontecimientos, sino mediante desplazamientos en la experiencia cotidiana.

8- Uno de los primeros indicios es la transformación del malestar. Cuando deja de ser experimentado como falla individual y comienza a ser percibido como efecto de una organización social, se produce una ruptura significativa. El problema deja de ser “no me alcanza” y pasa a ser “esto está diseñado de esta manera”. El lenguaje cumple aquí una función estratégica. Mientras el sistema nombra la precarización como “flexibilidad”, la mantiene invisible. Pero cuando el lenguaje deja de coincidir con la experiencia, aparece una fisura. Nombrar de otra manera es empezar a ver de otra manera. Y ver de otra manera es abrir la posibilidad de actuar de otra manera.

9- La pregunta entonces ya no es por qué la gente cree en el sistema. Es cómo se interrumpe un sistema que funciona incluso cuando nadie cree en él. La respuesta no puede ser únicamente discursiva. No basta con denunciar, porque el problema no es solo ideológico. Es material. Si la dominación opera capturando el tiempo del sujeto, la grieta no puede ser solo simbólica. Tiene que ser vital. Consiste en hacer posible otra forma de vida. Recuperar espacios donde el tiempo no esté completamente subordinado al mercado. Rearticular vínculos que no pasen exclusivamente por la deuda, la competencia o la sobrevivencia. No como gesto individual, sino como práctica colectiva.

10- La transformación no puede ser concebida como un evento puntual ni como un momento de ruptura total, debe ser entendida como un proceso sostenido de erosión. No se trata de sustituir una forma de poder por otra, sino de debilitar las condiciones que lo hacen necesario. Reducir la dependencia, recuperar tiempo, desarticular el deseo capturado, construir formas de cooperación que no reproduzcan la lógica dominante. Cada espacio donde la vida se organiza fuera de esa lógica es una fisura. No es una revolución en el sentido clásico, pero es una interrupción real. La transformación no es una ruptura única. Es una acumulación de interrupciones.

En la medida en que estas prácticas se expanden, el sistema pierde su carácter de inevitabilidad. Deja de ser la única forma posible de organizar la vida. Y en ese momento ocurre el desplazamiento decisivo: un sistema que deja de ser inevitable deja de ser incuestionable. Y un sistema que deja de ser incuestionable vuelve a ser transformable.


 

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