Revueltas en Irán

by • 21 diciembre, 2022 • Asia, Medio Oriente, Noticias, comunicados y columnasComments (0)954

«Así fue asesinada Qorat-al-Aïn», collage que el surrealista iraquí Abdul Kader El Janabi dedicó a Fátimih Baraghání, más conocida como Tahirih, erudita, poeta y teóloga babí que vivió en el Irán de la primera mitad del siglo XIX. La imagen y la historia nos la han hecho llegar miembros del Grupo Surrealista de Madrid. En 1848 Tahirih se quitó el velo públicamente frente a una asamblea repleta de hombres. Fue encarcelada, sentenciada a muerte y cuatro años más tarde fue estrangulada en 1852 con su propio velo. Se le atribuye haber citado este verso en el momento de su martirio: «Podéis matarme tan pronto como queráis, pero no podréis parar la emancipación de la mujer».

Cuando llegan noticias de países lejanos, pese a las diferencias culturales y geográficas, hay cuestiones estructurales que identificamos rápidamente. Así, nos reconocemos en quienes se rebelan contra el orden establecido en distintas partes del planeta.

Mediante noticias, panfletos y textos nos acercamos a las revueltas en Irán. Asumiendo el carácter internacional de la lucha de clases, presupuesto de la agitación por una revolución mundial contra el Capital.

Mahsa Amini, una joven kurda de 22 años que estaba de vacaciones en Teherán con su familia, fue detenida el 13 de septiembre por la Gasht-e Ershad, “Patrulla de Guía” también conocida como Policía de la moral. La joven fue acusada de usar el hiyab “de forma inapropiada” y llevada a un centro de detención para ser reeducada. Dos horas después fue trasladada en coma a un hospital donde murió el 16 de septiembre. La policía declaró un repentino ataque al corazón. Sus familiares fueron testigos de una golpiza en la detención y vieron como ella perdía el conocimiento.

El sábado 17, ya durante el funeral en Saqez, comenzaron las protestas con un grupo de mujeres kurdas que se quitaron el velo, y algunas lo quemaron. Al día siguiente las manifestaciones se extendieron a ciudades de todo el país. Diferentes sectores de trabajadores fueron entrando en huelga, gran parte de los comercios cerraron en apoyo a las protestas y desde entonces diversas expresiones de lucha se suceden de manera ininterrumpida.

“¡Muerte al dictador!” en referencia a Alí Jamenei, “líder supremo de Irán”, ha sido el lema más gritado junto a “¡Jin, jiyan, azadî!” (¡Mujer, vida, libertad!). Esta última consigna en kurdo es un acto de solidaridad por parte del resto de Irán hacia la región kurda, fronteriza con Irak y Turquía. Jina (“la que da vida”), es el nombre kurdo que los padres de Mahsa no pudieron ponerle hace 22 años en la localidad de Saqez.

En tanto reproductoras de la población, las mujeres son la vida y la vida emana de ellas, están en el centro de las sociedades y son el punto de partida de todos los procesos de producción. La República Islámica ha entendido tan bien el significado y el peso de esta asignación que busca reducir a la mujer a una propiedad, de la que el hiyab es el título. La cuestión abierta, en un contexto de lucha internacional del movimiento de mujeres, es poder avanzar en el cuestionamiento de la división sexual sin seguir necesariamente los parámetros liberales de occidente. No se trata simplemente de igualdad, sino de subvertir la propia división.

La situación de las mujeres fue el detonante de una revuelta que se desarrolla y potencia a partir de las insoportables condiciones de vida que vive el proletariado en Irán y sus innumerables antecedentes de lucha. Y es justamente a partir de estas luchas que vamos comprendiendo la implicación (no intersección) entre las asignaciones de género y la explotación, entre la producción y la reproducción.

En Irán, dado el régimen confesional establecido por la llamada “revolución islámica” de 1979, el control y la represión se imponen de forma religiosa. Desde la instauración del actual régimen se han sucedido diversas modalidades de esta “Policía de la moral”. Las fuerzas represivas fieles al régimen se encuentran deslegitimadas y desmoralizadas, y cada vez son más las mujeres y niñas que se muestran orgullosas sin el hiyab acompañadas de las sonrisas cómplices y alentadoras de los transeúntes.

Desde hace 43 años un régimen burgués de características islámicas gobierna Irán. Se trata de una República Islámica que, tras la caída del sha Reza Pahleví, combina una teocracia islámica con democracia representativa, a través de una compleja red de instituciones electivas y no electivas. El poder está concentrado en el Líder supremo, cargo ocupado por Jomeini entre 1979 y 1989, y por Jamenei desde 1989 a la actualidad.

Irán se encuentra frente a un relativo aislamiento internacional, y crecientes dificultades internas por las características de su desarrollo económico.

Una particular gestión del Capital

Renta de la tierra (petróleo y gas fundamentalmente), industria improductiva, inflación elevada, devaluación y tipos de cambio paralelos, salarios reales a la baja, altos niveles de desempleo, de trabajo informal y de la denominada población sobrante, subvenciones y ayudas estatales (tanto a proletarios como empresas), lo cual implica un gran desarrollo de la corrupción. Ciertas características de la economía iraní nos suenan familiares desde estas tierras.

Pero no toda economía rentista asume de la misma forma las limitaciones que supone. El populismo, la injerencia del Estado y sus redes clientelares, se reproduce en el caso iraní de una forma extrema, donde la religión cumple un papel fundamental.

Todos los Estados tienen un cierto peso económico y actividades productivas; hay empresas en las que los Estados se constituyen como accionistas mayoritarios o incluso industrias de propiedad estatal, pero la propia República Islámica se ha convertido en una relación productiva por la forma en que ha evolucionado. Es el punto de partida y el punto final, determina la propiedad del Capital y elige el camino de su crecimiento. Al estar basado en las rentas del petróleo, su existencia se vuelve más difícil e improductiva para grandes sectores de la economía, ya que dificulta el “normal” desarrollo de la actividad económica basado en la competitividad.

Es en este marco que debemos comprender las diferentes fracciones de la burguesía iraní. Empecemos por aquellos con mayor historia, como el sector de los grandes comerciantes denominados bazaris, burgueses dedicados al comercio que, frente a una producción local defectuosa orientada al mercado interno, se han enriquecido sideralmente a partir de gestionar la importación con generosas bonificaciones del Estado. La renta petrolera se ha utilizado en gran parte para importar bienes de consumo y equipos, con los bazaris de intermediarios.

Por otro lado, a partir de las propiedades expropiadas tras la revolución de 1979 y su sostenimiento posterior a través de la renta, se han constituido poderosas fundaciones religiosas denominadas bonyads, que además de conservar su función clientelar mediante la asistencia a los pobres, se han convertido en consorcios de empresas exentas de impuestos que dependen directamente del “Líder Supremo”. Se estima que estas fundaciones controlan alrededor del 20% del PBI, buscando garantizar el apoyo al régimen.

Desde 1990, se aplicó lentamente una privatización de las empresas estatales y una relativa apertura del comercio exterior cuyo resultado fue la creación de una burguesía que vive y se enriquece bajo la tutela del Estado. La mayoría de las veces, los beneficiarios de estas “transferencias de propiedad” son los directivos de estas empresas, antes estatales.

La República Islámica, además del ejército regular iraní, cuenta desde su creación con un ejército paralelo de mayor jerarquía y fidelidad al régimen denominado Guardia Revolucionaria o Pasdaran, que cuenta a su vez con milicias estrictamente paramilitares como el Basij. Los jerarcas de estas organizaciones se vieron notablemente beneficiados por la “privatización” de los ‘90, siendo ahora propietarios de grandes industrias del petróleo, gas, acero, construcción y comunicaciones, entre otras. A su vez, como contratistas privados se benefician de gigantescas licitaciones de proyectos de infraestructura como represas que quedan a medio hacer, sumando al derroche y deterioro del medio ambiente. Alrededor del 30% de la economía se encuentra bajo su control y mantienen estrechas relaciones con las bonyads.

El proletariado y sus luchas

El proletariado en Irán se halla entre el mercado informal de trabajo, el campesinado, jóvenes desempleados, empleados estatales rasos (dispuestos a soportar la degradación de sus salarios mientras el aparato administrativo siga siendo la garantía de su empleo), una masa de desempleados estructurales que dependen de las fundaciones religiosas o de su participación en las milicias, los trabajadores de los servicios (40% de la población activa) divididos entre su dependencia de los bazaris y la visión de su futuro en la apertura y liberalización de todo el comercio, una minoría empleada en las principales industrias orientadas a la exportación (las únicas competitivas en términos internacionales), los empleados en las industrias dedicadas al mercado interno (empresas que sólo deben su supervivencia a la perpetuación de una economía que vive de las subvenciones discrecionales y que, por tanto, está intrínsecamente ligada al nacionalismo económico). También existen divisiones “étnicas” entre persas, árabes, kurdos y tribus nómadas.

Los trabajadores vinculados al sector de los hidrocarburos, dada su importancia fundamental en la economía iraní, se encuentran bajo relaciones de explotación particulares. Este sector ha sufrido varias reformas laborales en pos de la flexibilización a partir de la década del ‘90, trastocando por lo tanto su funcionamiento y desatando diversos conflictos. De este modo, existen organizaciones de trabajadores contratados del petróleo, que se han integrado a la revuelta, yendo a la huelga en reiteradas ocasiones desde principios de octubre.

Al margen de este sector y otros puntuales como la siderurgia, los trabajadores de la industria son por lo general empleados por empresas dedicadas a la producción para el mercado interno. Este funciona fundamentalmente a partir de la distribución de renta en forma de subsidios y asistencia social, por lo que la función de los salarios como reguladores entre las distintas esferas de la producción a través del consumo queda completamente desdibujada. El salario y el poder adquisitivo queda desconectado de la acumulación. De este modo, los salarios son aplastados y no hay un interés de la burguesía por elevar la productividad. Su competitividad en términos internacionales es nula (algo muy parecido a la mayor parte de la industria argentina). En dicho marco, se producen innumerables conflictos por aumentos salariales y demoras en los pagos. En el contexto actual se han desarrollado numerosas huelgas por estos reclamos, por las condiciones laborales y en solidaridad con la revuelta en diversas industrias (autopartes, automotrices, siderurgia, electrodomésticos, etc.), así como también en el sector servicios, como las huelgas de camioneros y conductores de ómnibus.

Sin duda la generalización de la huelga en la producción y distribución y el cierre masivo de comercios son un salto cualitativo en las situaciones de revuelta. Pero el estallido encuentra su origen en el ámbito de la reproducción social, por el empeoramiento de la vida en general y la constante represión, que atraviesa a todos los sectores del proletariado.

Las revueltas masivas, entonces, han detonado en los últimos años por el empeoramiento general de las condiciones de vida. Entre noviembre de 2019 y enero de 2020 estallaron manifestaciones en todas las ciudades importantes por el aumento del 50% al 200% de los precios de los combustibles y, por tanto, de los precios de los productos de primera necesidad. La represión fue brutal, con un saldo de más de 1000 muertos según algunas fuentes. Las violentas acciones de los manifestantes se tradujeron en la destrucción de 731 sucursales de bancos gubernamentales, incluido el banco central de Irán, nueve centros religiosos islámicos y estatuas del líder supremo Alí Jamenei, así como el ataque de al menos 50 bases militares gubernamentales.

En mayo de este año el gobierno puso fin al precio subvencionado del pan, lo cual produjo aumentos de hasta un 300%, en el marco de una inflación anual de alrededor del 40%. Se desataron diversas manifestaciones, entre las cuales se atacaron bases de las milicias islámicas Basij con un saldo de varios muertos, heridos y detenidos. Por otra parte, el derrumbe de un edificio comercial en Abadán tuvo como consecuencia la muerte de más de veinte personas, lo que provocó nuevos disturbios contra el régimen y la corrupción. A partir de junio las manifestaciones relacionadas con la supervivencia fueron cotidianas en Teherán. Este es el contexto en el que hay que situar los acontecimientos posteriores al asesinato de Mahsa.

Sobre la cuestión de las mujeres

Mahsa Amini se ha convertido en un símbolo de la lucha del mismo modo que en Estados Unidos George Floyd, asfixiado indefenso en el suelo por la policía del país más occidental y democrático del mundo, se convirtió en el símbolo de protestas y revueltas.

Los estallidos sociales tienen su historia. Remontémonos a febrero de 1979. El régimen del sha, socavado por diversas revueltas desde el año anterior y una huelga general especialmente violenta, se derrumbó en pocos días bajo los golpes de una insurrección. El “gobierno revolucionario” que le sucedió estuvo en gran medida en manos de los islamistas, bajo la autoridad tutelar del Gran Ayatolá.

El 7 de marzo de 1979 el Ayatolá Jomeini denunció el carácter occidental del Día Internacional de la Mujer y declaró que, a partir de ese momento, las mujeres iraníes debían llevar velo y no maquillarse. La ofensiva sobre el velo es cultural, religiosa y fundamentalmente política. Trata de afirmar el poder existente, de dar ejemplo y de obligar a las demás fuerzas políticas a retroceder.

El 8 de marzo decenas de miles de mujeres, 100.000 según las estimaciones más generosas, en su mayoría jóvenes y sin velo, circularon por la capital. Cabe señalar la participación de hombres en las manifestaciones.

“Imponernos de nuevo el velo es inaceptable” señalaban miles de mujeres, pero las reivindicaciones también evocaban la cuestión de las guarderías gratuitas, el derecho al aborto o la igualdad salarial entre hombres y mujeres. Se pudo escuchar que “la libertad no es occidental ni oriental, es universal”. La noche del 8 de marzo las autoridades anunciaron que prohibirían el aborto y la píldora anticonceptiva, y pondrían fin a la Ley de Protección de la familia promulgada en 1967 y revisada en 1975. Esta era una de las normas más progresistas de la región: otorgaba a las mujeres el derecho a solicitar el divorcio y garantías sobre la custodia de los hijos, elevando la edad del matrimonio a 18 años y regulando la poligamia, entre otras legislaciones que contribuían a mejorar la situación de las mujeres.

Nadie lo hubiera imaginado, pero al día siguiente las manifestaciones se reanudaron de forma más o menos espontánea durante cinco días. Fueron la primera expresión de oposición al nuevo régimen. Pero si a partir del 11 de marzo se podía oír “¡Abajo Jomeini, es un dictador!”, tal clarividencia era entonces inaudible para la masa de la población, incluida la izquierda y no solo la iraní.

No se trataba ni se trata de un velo como accesorio femenino ocasional, sino del símbolo más evidente que vincula a las mujeres y a sus familias con la República Islámica y la cultura que conlleva. Es la manifestación más evidente que permite reconocer a los “propios” de los “ajenos”.

A la vez que se mantienen y refuerzan estas tradiciones, durante el régimen islámico creció progresivamente la incorporación de las mujeres al mercado laboral (aunque su participación se mantiene muy por debajo de la de los hombres), aumentó notablemente la escolarización de las niñas, así como la proporción de mujeres en la educación superior ronda el 60% (muchas de ellas con dificultades de conseguir trabajo). La tasa de natalidad, por su parte, bajó de 6 a 2 hijos por mujer. Es importante no perder de vista que, bajo el manto religioso y la gran cantidad de restricciones que este supone para las mujeres, las modalidades de reproducción de la fuerza de trabajo se desarrollan con aspectos similares a las del resto de las llamadas “economías en desarrollo”.

Religión

Muy a menudo el régimen iraní se reduce a su dimensión religiosa. La instauración de la República Islámica en abril de 1979 aumenta la confusión. Ceñirse a esta observación nos impide comprender las razones de aquel levantamiento, vinculado a la crisis mundial del Capital y su desarrollo. El vasto movimiento que nació y creció en el transcurso de 1978 queda así frecuentemente eclipsado; sin embargo, fue este movimiento el que, a fuerza de huelgas, manifestaciones y disturbios, hizo caer el régimen del sha en 1979.

La religión aboga por el orden y el desorden, exalta un absoluto que es difícilmente compatible con las medias tintas y el respeto a los poderes fácticos, mientras que requiere que hagamos la paz, obedezcamos a la ley y nos reconciliemos con los ricos. Como el cristianismo, el islam es un conquistador convertido en establishment. Se nutre de la guerra y de la paz. Por su parte, el llamado gobierno islamista moderado de Turquía es duro con el modo de vestir, pero no lleva el arcaísmo a la gestión de la industria y gestiona la economía según los estándares liberales “occidentales”. Representan dos modos capitalistas de administrar su economía nacional.

La religión, la política y la economía vinculan a los individuos definidos por y dentro de un modo de producción particular. El populismo, bajo su forma religiosa o incluso peronista, no se alza simplemente en nombre del “pueblo” como si dicha comunidad de intereses interclasistas estuviese dada al interior del capitalismo a la espera de que los estrategas de la política encuentren la manera de representarla. En conclusión, los populismos se establecen produciendo al pueblo. En el caso iraní, lo propio fue posible a partir de la religión. Así se alzó un particular populismo que ha logrado, aunque de manera inestable, perdurar.

La revuelta continúa

La revuelta continúa, se extiende y profundiza a pesar de la dura represión. Nombramos algunos sucesos de las últimas semanas, aunque es imposible abordar sintéticamente todo lo que viene ocurriendo.

El 17 de noviembre la casa natal del ayatolá Jomeini (convertida en museo) fue incendiada por manifestantes. En una filtración de noviembre, jefes de las fuerzas paramilitares Basij admiten que la policía está desmotivada y no está pudiendo contener la revuelta, que las huelgas de comerciantes de mediados de noviembre fueron masivas (más del 70% del país), que sus sedes son frecuentemente atacadas, al igual que las oficinas de los parlamentarios con cócteles molotov, mientras que miembros del clero son burlados públicamente con insultos y “robos de turbante”.

Hacia fines de noviembre el gobernador de Teherán ha sido destituido y sustituido por un antiguo general del ejército revolucionario Pasdaran, lo que trae el recuerdo de maniobras similares en los últimos días del sha. Simpatizantes del régimen lentamente comienzan a sumarse a las protestas. Vuelve a la memoria el proceso de revueltas de más de un año iniciado en 1978, con un movimiento que se construye a sí mismo a su propio ritmo.

En un régimen caracterizado por su inmenso aparato represivo, está claro que la revuelta no se puede proponer una victoria militar. Por ello el desmembramiento, deserción y rebelión de sus miembros se vuelve fundamental como freno a la represión y posibilidad de victoria. Por lo pronto, el gobierno inició conversaciones con Rusia en caso de necesitar apoyo militar (recordemos su accionar en Siria de los últimos años).

Desde el comienzo de la revuelta hasta el 7 de diciembre al menos 458 personas, entre ellas 63 menores de edad, fueron asesinadas por el Estado, según cifras de Iran Human Rights. A estas muertes hay que sumar detenciones, torturas, enjuiciamientos y condenas: de acuerdo con organismos internacionales de derechos humanos, hay más de 18.000 personas detenidas, once de las cuales fueron sentenciadas a la pena de muerte. Para el 12 de diciembre ya son dos los manifestantes ahorcados públicamente con el objetivo de infundir el miedo. En las regiones del Kurdistán y el Baluchistán iraníes las protestas son incesantes y reprimidas de manera brutal, con armamento de guerra.

Respecto a las huelgas, agregamos que muchos de sus partícipes y referentes están siendo duramente perseguidos, y los trabajadores hacen uso de diferentes tácticas menos visibles para perjudicar la producción, como los sabotajes. Los jubilados también se han hecho presentes con sus demandas particulares, debido a sus escasas pensiones y sus deficientes coberturas de salud.

A fines de noviembre la selección de fútbol de Irán quedó fuera de Qatar 2022 y hubo festejos en aquel país. Tras cada derrota, se sucedieron concentraciones con consignas contra el régimen.

Entre las informaciones más recientes, se ha iniciado en Irán otra serie de protestas, manifestaciones y huelgas de tres días de duración para el 5, 6 y 7 de diciembre. Estas convocatorias, que se lanzan por intervalos irregulares,las realizan jóvenes de los barrios de una ciudad y son replicadas por otros barrios y ciudades para convertirse en una convocatoria nacional. La idea es correr la voz por todos los medios imaginables: octavillas distribuidas a mano o lanzadas desde los edificios a la multitud, notas manuscritas repartidas bajo las puertas o dejadas en los limpiaparabrisas de los autos, pintadas, manifestaciones por la noche de pequeños grupos.

Sea cual sea la forma que adopte este movimiento, lo cierto es que el proletariado iraní está haciendo todo lo posible por librarse de este régimen, abriéndose paso entre la represión y complejas contradicciones sociales. Más allá de expresar nuestra solidaridad y afirmar la necesidad de revolución social, no podemos estimar cuál será el resultado de este estallido. Tras sus primeros meses, lo que parece seguro es que no va a detenerse, confirmando que la división sexual capitalista y sus respectivas asignaciones no son cuestiones que deben superarse “después de la revolución”, sino que son un motivo para hacer la revolución.

Publicado originalmente en La Oveja Negra, año 11, n°85, diciembre 2022


Para el presente artículo nos hemos basado en gran medida (incluso con extractos o reescrituras) en:


Región irani: «Ni el rey ni la dirigencia, abajo el sistema autoritario»

Entrevista: Anarquistas iraníes sobre las protestas en respuesta al asesinato policial de Mahsa Amini

Contra todas las guerras, contra todos los gobiernos: Comprendiendo la guerra Estados Unidos-Irán

Declaración del colectivo anarquista ERA sobre el asesinato de un terrorista del estado iraní

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