En los orígenes de la geografía crítica. Espacialidades y relaciones de dominio en la obra de los geógrafos anarquistas: Reclus, Kropotkin y Mechnikov

by • 14 noviembre, 2022 • Artículos, Geopolítica, Historia anarquista, Investigación, Organización, Reflexiones, Teoria política, UrbanismoComments (0)814

El problema de la dominación está en el corazón de la reflexión y del proyecto anarquistas, que se basan en su antónimo: la libertad. La crítica anarquista de la dominación y su resolución pasan por una concepción de la libertad vista no como la licencia, la anomia ni el dejar hacer individual, sino como un componente a la vez personal y social. “La libertad del otro extiende la mía hasta el infinito” proclama Bakunin (1873), tras Proudhon, para el que “la libertad de cada uno, encontrándose con la de los demás, no es una limitación sino una ayuda, el hombre más libre es el que tiene más relación con sus semejantes” (1858).

La libertad, con la cuestión de sus límites, de su extensión, su traducción concreta no solo en relación social sino también en relación especial, reenvía lógicamente a la geografía (recursos, finitud, organización del territorio). No es sorprendente, por tanto, que tras la primera oleada de pioneros, más preocupados por la economía, la sociología o la politología (Godwin, Déjacque, Proudhon, Bakunin…), la segunda oleada de teóricos anarquistas, cuando el movimiento adopta ese nombre1, lleve en su seno a geógrafos2 . No solo los más conocidos, como Élisée Reclus (1830-1905) y Piotr Kropotkin (1842-1921), sino también Lev Mechnikov (1838-1888), Mijaíl Dragomanov (1841-1895) o Charles Perron (1837-1909). Estos geógrafos, que firman los textos con su nombre, trabajan coordinados y en red, poniendo sus conocimientos y reflexiones al servicio de todos3

El análisis original que hacen los geógrafos anarquistas de las relaciones espaciales de dominación que se instauran a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX –de las que, por no extendernos, citaremos solo algunos ejemplos- se enfrenta a dos nuevas teorías, el darwinismo y el marxismo, que conmocionan más al tiempo que al espacio. Porque una cuestiona la idea de la Creación, teorizando sobre la evolución, y la otra postula una sucesión de modos de producción así como una teleología histórica.

Los geógrafos anarquistas contra el social-darwinismo, por el apoyo mutuo y la mesología 

El darwinismo afecta también a la Geografía en cuanto a la diferenciación espacial de la evolución en función del medio4. Pero los geógrafos anarquistas no se concentran en ese aspecto. Se interesan más en rebatir el social-darwinismo que justifica la desigualdad entre los individuos y los pueblos de la especie humana, y en desarrollar el apoyo mutuo como factor complementario de “la lucha por la existencia”. Esta teoría del apoyo mutuo es considerada pertinente y legítima por muchos investigadores hasta nuestros días (Georges Romanes, el ejecutor testamentario de Darwin, W. C. Allee, Ashley Montagu, Imanishi Kinji, Stephen Jay Gould…)5

Su elaboración revela igualmente una de las estructuraciones más claras entre el trabajo científico de los geógrafos anarquistas y su concepción política. Kropotkin es conocido como su inventor6, pero los archivos demuestran que la teoría del apoyo mutuo es fruto de una elaboración común, compartida con Reclus y Mechnikov durante los años en que todos ellos trabajaron juntos en las orillas del lago Leman. 

Mechnikov anticipa en 1886 la idea de apoyo mutuo7. Reclus pasa el manuscrito a Kropotkin para que pueda éste trabajar sobre ello durante su estancia en la cárcel de Clairvaux (1882-1886)8. Mechnikov trata de dar una interpretación solidaria del darwinismo planteando, como motor de la evolución, la cooperación más que la competición. “La ciencia natural nos enseña que la asociación es la ley de toda existencia. Lo que llamamos sociedad en lenguaje corriente es solo un caso más de la ley general”9.

Más tarde, prosigue su análisis afirmando que el nivel más alto de la evolución social será una sociedad en la que la cooperación no será impuesta, sino libremente aceptada y practicada a todos los niveles de la vida social: es decir, la anarquía. “El progreso sociológico está por tanto en razón inversa a la coerción, a la restricción o a la autoridad, y en relación directa con el papel de la voluntad, la libertad, la anarquía; Proudhon lo había demostrado”10

Durante sus años de viajes y de estudios en Siberia (1862-1867), Kropotkin observó sobre el terreno diversas formas de solidaridad y cooperación entre comunidades de vegetales, de animales y de humanos, así como entre individuos de especies diferentes. Para él, el anarquismo se sitúa en el seno del evolucionismo y de las “ciencias positivas”, cuya principal baza es poner fuera de juego a todos los sistemas religiosos y metafísicos.

El social-darwinismo fue ferozmente adoptado y propagado por el sabio alemán Ernst Haeckel (1834-1919), creador de la Ecología (1866). Esa es una de las razones por las que Reclus no adopta la Ecología, ni el término ni su contenido (al igual que Mechnikov o Kropotkin)11. Prefiere la Mesología, que se inserta en lo que él llama la “geografía social”.

“Medio” es además una de las nociones clave de la geografía reclusiana. Es un término antiguo en Francia, pues ya lo encontramos en Pascal o en Diderot en su dimensión física (“espacio material a través del cual pasa un cuerpo en movimiento”), pero el positivismo lo popularizó en un sentido nuevo. Auguste Comte, en efecto, esboza al principio de su reflexión una “mesología” o “estudio teórico del medio”, al que vuelve en su Sistema de política positiva (1851-54).

Louis-Adolphe Bertillon (1821-1883), socialista proudhoniano, médico, antropólogo y demógrafo, retoma esta idea bajo el ángulo de la etología humana (o adaptación de la especie humana a los medios). Reclus, igualmente lector de Comte, expone la mesología de Bertillon en las primeras páginas de El hombre y la Tierra (1905), ampliándola. Porque, según él, hay que combinar el tiempo largo (como se diría en nuestros días) y el tiempo corto, a todas las escalas. 

Así, “la historia de la humanidad en su conjunto y en sus partes no puede explicarse sino por la adición de medios con ‘intereses compuestos’ durante la sucesión de los siglos; pero para comprender bien la evolución que ha tenido lugar, hay que apreciar también en qué medida han evolucionado los propios medios, debido a la transformación general, modificando, en consecuencia, su acción”12. Reclus emplea los ejemplos de las heladas que avanzan y retroceden, de los ríos más o menos dominados, los finisterres que pueden transformarse en punto de partida, o las llanuras forestales que se hacen más ricas cuando se desbrozan. 

El “medio general se descompone en elementos innumerables”, entre los que Reclus distingue el “medio-espacio” o “medio por excelencia”, “perteneciente a la ‘naturaleza exterior’” (concepto transmitido por Bakunin), o incluso “ambiente” o “medio estático primitivo”. Se añade a ello el “medio dinámico”, combinación compleja de “fenómenos activos”, en los que la “marcha de las sociedades” está compuesta de “empujones progresivos o regresivos” (noción empleada por Proudhon a partir de Vico). En suma, se trata de “fuerzas primeras o segundas, puramente geográficas o ya históricas, que varían siguiendo los pueblos y los siglos”13. La “dinámica” reclusiana está muy cercana a lo que Proudhon llama el “movimiento”, una noción central en su obra, aunque insuficientemente explorada por los analistas. 

Es esta “dinámica” del “medio-espacio” y del “medio-tiempo” la que constituye la “civilización”, como insiste en ello Reclus casi incidentalmente: el conjunto de las “necesidades de la existencia” acciona y reacciona “sobre el modo de pensar y de sentir”, “creando así, para una gran parte, lo que llamamos ‘civilización’, estado incesantemente cambiante con nuevas adquisiciones, mezcladas con supervivencias más o menos tenaces. Además, el género de vida, combinado con el medio, se complica”14. Es incluso, más exactamente, la “media civilización porque no beneficia a todos”15

Una de las aplicaciones geográficas de la teoría del apoyo mutuo concierne a las ciudades. Según los geógrafos anarquistas, el municipio de la Edad Media es una de las expresiones históricas más importantes de este principio aplicado a las sociedades humanas. Este fenómeno reviste una gran importancia en Reclus, porque la ciudad es un objeto geográfico de primer orden tanto en la Nueva Geografía Universal como en El hombre y la Tierra, hasta el punto de que Reclus es considerado como uno de los precursores de la geografía urbana en una época en que esta definición disciplinar no existía16. Si Reclus denuncia los problemas higiénicos y sociales de la ciudad contemporánea, no cae sin embargo en la urbanofobia que caracteriza a algunos autores de su época, porque él ve la ciudad como indispensable centro de los saberes, y también de las revueltas17. El ejemplo de todo ello es la Comuna de París. 

Los geógrafos anarquistas contra el malthusianismo 

Para Reclus, Kropotkin o Mechnikov, la ocupación del medio no está en función del número de hombres sino de la calidad de su alojamiento. Son, por tanto, lógicamente hostiles a cualquier posición estrictamente malthusiana. Siguiendo a Godwin, Proudhon y Bakunin, así como a Marx y Engels, consideran además que el malthusianismo es un falso pretexto avanzado por la clase dirigente para evitar compartir igualitariamente las riquezas. Como escribe Kropotkin, “podemos decir que la teoría de Malthus, revistiendo de una forma pseudocientífica los secretos deseos de las clases poseedoras, se ha convertido en el fundamento de todo un sistema de filosofía práctica”18

Para Lev Mechnikov, “la ley de Malthus, que estima que el número de competidores supera siempre a los medios de subsistencia, es verdadera para los animales, y podemos lógicamente ver que no lo es para las sociedades humanas. Porque los animales, mucho más prolíficos que los hombres, consumen solo el alimento que encuentran preparado en la naturaleza, mientras que las tribus humanas más pequeñas –que se benefician de cualquier organización social- producen generalmente una gran parte de lo que consumen. La esclavitud, aparecida en el grado más bajo de la evolución social, nos da pruebas suficientes de que, incluso en esas condiciones indigentes, los hombres unidos en una sociedad producen más alimento del que es estrictamente necesario para todos”19

En un largo pasaje de La evolución, la revolución y el ideal anárquico (1880, 1887), Élisée Reclus desarrolla una severa requisitoria contra Malthus y su “terrible ley”. Considera que “la tierra es lo suficientemente vasta para acogernos a todos en su seno, es lo suficientemente rica para poder vivir a gusto”. Después estigmatiza “todo el arte actual de la repartición, tal como se hace al capricho individual y con la competencia desenfrenada de los especuladores”. 

El argumento de Reclus se basa doblemente en una preocupación moral y social (la alegría de tener hijos, la hipocresía y la mezquindad de los ricos), y en una demostración científica (es materialmente posible, por tanto socialmente realizable). Dos artículos publicados a mediados de los años ochenta del siglo XIX en La Révolté (revista dirigida por Jean Grave y apoyada por Reclus y Kropotkin), que se convirtieron enseguida en folletos20, trataban de demostrar sobre bases científicas que el crecimiento de los recursos planetarios mediante la utilización de las nuevas técnicas agrícolas y la racionalización del sistema de producción y de consumo, seguiría permitiendo crecer a la población del planeta. Resumiendo, el problema no está en la cantidad limitada de los recursos, sino en su distribución inicua.

Con la ayuda de su secretario, Henri Sensine (1854-1937), Reclus lleva a cabo un cálculo sobre las superficies, las tierras y las riquezas, y en El hombre y la Tierra expondrá sus razonamientos con gran rigor. “Diversos estadísticos han aventurado la evaluación del número de hombres que podrían alimentarse en nuestro globo planetario. Esa cifra depende en primer lugar del género de vida que se le supone a un habitante medio, porque una población cazadora de unos 500 millones podía vivir con estrecheces en un planeta en el que viven hoy el triple de hombres. Por otra parte, si se trata de basarse en la alimentación media del europeo, ¡cuántos puntos sujetos a controversia suscita un estudio de este tipo! La productividad de los diferentes suelos depende de factores todavía muy poco conocidos, la “ración necesaria” varía todavía mucho, si seguimos a los autores especialistas, por lo que no habrá que sorprenderse de la divergencia de los resultados”21.

Dicho de otro modo, Reclus desconfía de las medias y de las situaciones medias. Hay que razonar en función de los hábitos alimentarios y de las posibilidades que se ofrecen. Luego, la edafología y la agronomía han hecho progresos, que no deben ocultar el exceso de abonos químicos, y la dietética también. En función de esas variaciones posibles, Reclus evoca cálculos concretos. Así, el de Alexandr Ivánovich Voeikov (1842-1916), fundador de la climatología en Rusia, que reflexiona sobre la adaptación óptima de los cultivos a los climas, estima “que una población de dieciséis mil millones de hombres en la franja ecuatorial comprendida entre los 15 grados Norte y los 15 grados Sur, no tendría nada de raro”22

Enumerando un cierto número de espacios posibles (cuenca del Indo, llanura oriental de México, valles fluviales de Colombia o de Brasil…), Reclus piensa que “se encontrarían sin dificultad territorios diez o veinte veces más grandes que los 22.500 kilómetros cuadrados necesarios para asegurar su subsistencia a la humanidad entera que, proporcionalmente, podría alcanzar sin peligro los quince, veinte o treinta mil millones de individuos”23

Ese razonamiento le permite concluir: “Queremos extender la solidaridad a todos los hombres, sabiendo de manera positiva, gracias a la geografía y a la estadística, que los recursos de la Tierra son ampliamente suficientes para que todo el mundo pueda comer. Esa pretendida ley, según la cual los hombres deben comerse entre ellos, no está justificada por la observación. En nombre de la ciencia podemos decir al sabio Malthus que se ha equivocado. Nuestro trabajo de cada día multiplica los panes y todos estaremos saciados”24. Desarrolla también este asunto en un largo pasaje de El hombre y la Tierra sobre el poblamiento25

Sin duda, Élisée Reclus no ha imaginado concretamente las consecuencias de la formidable explosión demográfica del sigo XX. Sin embargo, ha calculado la cifra posible, y sus premisas políticas o científicas siguen siendo justas. Prevé incluso una fuerte extensión urbana, destacando ya que los medios más densos del globo no son forzosamente los más pobres (Europa renana, Asia de los monzones, altas llanuras africanas), incluso para las regiones rurales. Reclus da la cifra de una isla agrícola china poblada por 1.475 habitantes por kilómetro cuadrado26

Argumenta su razonamiento en un artículo publicado en 1889 en el Bulletin de la Société Neuchâteloise de Géographie (que había contribuido a fundar en 1885 con Mechnikov)27. El mapa que comenta, y que encarga dibujar a Perron, representa un círculo teórico que contiene a toda la humanidad reunida en una asamblea fraternal como en un ágora griego (cuatro personas de pie por metro cuadrado), y superpuesto a la ciudad de París28. Simboliza así la idea de la unidad humana y de la finitud del mundo, subrayando la desigualdad a la vez espacial pero también socioeconómica del reparto humano. En función de las condiciones del medio y de una utilización más racional de éste, la geografía permite confirmar que el ideal de justicia socio-espacial es posible. Si se considera que el planeta aloja alrededor de mil millones y medio de seres humanos en su época, y al menos siete mil millones en la actualidad, se puede considerar que son los geógrafos anarquistas lo que tienen razón. 

El problema no viene de un error de las técnicas o de la ciencia sino de una mala utilización de éstas por el capitalismo, y de un despilfarro, del que no se excluye una pérdida del sentido moral y cívico. Para Reclus, “no existen ya las ‘buenas tierras’ de antaño: todas han sido creadas por el hombre, cuyo poder creador lejos de disminuir se ha acrecentado en enormes proporciones”. Uno de los grandes errores, según Kropotkin, que ha hecho de él su caballo de batalla teórico y societario, reside en el hecho de que la economía política no se eleva ya por encima de la hipótesis según la cual las cosas necesarias para la vida no pueden ser producidas en cantidades limitadas e insuficientes”, y deplora que “casi todas las teorías socialistas acepten igualmente ese postulado”29

Sin embargo, a partir de ejemplos concretos sacados de todo el mundo, Kropotkin muestra ampliamente en su libro cuáles son “los recientes progresos de la agricultura y la horticultura” aplicables casi por todas partes si existe voluntad y organización, es decir, otro reparto y apropiación de las tierras, otra concepción y gestión del trabajo. Dicho de otro modo, según él “sabemos al fin que, contrariamente a la teoría del pontífice de la ciencia burguesa (Malthus), el hombre acrecienta su fuerza de producción más rápidamente de lo que se multiplica”30

Aunque esto ha sido ignorado y olvidado, se puede decir que los geógrafos anarquistas se cuentan entre los que han sentado las bases de la “geografía de la población”.

Concentración del capital y dispersión industrial 

Contrariamente a la profecía del esquema histórico marxista, la concentración del capital, que se ha llevado efectivamente a escala planetaria con el dominio de grandes firmas transnacionales, no se traduce sin embargo por una desaparición de la pequeña industria o el pequeño comercio, ni por la desaparición absoluta del campesinado, ni por un retroceso de las clases medias. Menos de cincuenta años antes de la publicación del Manifiesto comunista (1848) o de la Crítica de la economía política (1859), Élisée Reclus destaca sin dificultad que la pequeña industria y la pequeña agricultura no han desaparecido, mientras que se intensifica a escala mundial la división socio-espacial del trabajo, por tomar una terminología actual. Critica explícitamente a Marx a este respecto. Sin duda, constata que “la industria, como las demás formas de riqueza, se concentra gradualmente en un número de manos cada vez más pequeño” en Europa y, sobre todo, en Estados Unidos31. Pero añade que “sin embargo, la pequeña industria no está muerta, tampoco el pequeño comercio”32

Casi en el mismo momento, Kropotkin expone una constatación similar, denunciando “las frases estereotipadas, declarando que ‘la pequeña industria está en decadencia’ y que ‘cuanto antes desaparezca, mejor será’ porque dejará sitio a la ‘concentración capitalista’ que, según el credo demócrata-socialista, ‘acarreará pronto su propia ruina’”33. Para Kropotkin, “la base de esta creencia se encuentra en uno de los últimos capítulos de El Capital de Marx (el penúltimo), en el que su autor habla de la concentración del capital y ve ‘la fatalidad de una ley natural’”. Recuerda que “hacia 1848 todos los socialistas, o casi, compartían esta idea”. Y concede crédito a Marx en cuanto a un cambio posible de teoría si hubiera podido ver la evolución de las cosas, porque habría “advertido muy probablemente la extrema lentitud con la que se lleva a cabo la desaparición de la pequeña industria”, permitida por “las facilidades del transporte (…), la demanda cada vez mayor y más variada, y el buen precio actual de la fuerza de trabajo tomada en pequeña cantidad”34

Existe, así, una industria “diseminada que responde a unas necesidades y no teme la concentración de capital, que desdeña”35. Por otra parte, Reclus señala con qué habilidad los “grandes industriales” se manejan para “evitar las fronteras”36. Un siglo antes de la glosa sobre los “países emergentes” y otros “nuevos países industrializados asiáticos”, anuncia la dinámica espacial de la expansión del capitalismo: “El periodo histórico en el que va a entrar la humanidad, por la unión definitiva de Asia oriental al mundo europeo, está lleno de acontecimientos. Del mismo modo que la superficie del agua, por el efecto de la gravedad, trata de nivelarse, también las condiciones tienden a igualarse en los mercados de trabajo. Considerado como simple poseedor de sus brazos, el hombre es en sí mismo una mercancía, ni más ni menos que los productos de su trabajo. Las industrias de todos los países, entrenadas cada vez más en la lucha por la competencia vital, quieren producir barato comprando al precio más bajo la materia prima y los ‘brazos’ que la transforman. Pero ¿dónde encontrarán las poderosas manufacturas, como las de Nueva Inglaterra, a los trabajadores a la vez más hábiles y más sobrios, es decir, menos costosos, que en el Extremo Oriente?”37 

La distancia entre las fortunas se hace mayor, “pero la clase intermedia no se ha atrofiado. La burguesía –la pequeña y la gran burguesía- no ha desaparecido. Todo lo contrario”38. Lógicamente, Reclus concluye: “Esperando la elaboración de una teoría que tenga en cuenta esos hechos, hay que afirmar que esos fenómenos son más complejos de lo que se hubiera podido creer en 1840, e incluso en 1870”39. No se puede, por tanto, sino constatar la lucidez de Élisée Reclus en cuanto a la evolución del capital, y a la traducción ideológica que ello implica en la evolución misma del análisis socialista. 

Élisée Reclus ofrece, no obstante, algunos elementos de explicación en sus obras, en los que percibe las características geográficas de lo que se llama en nuestros días “globalización”. Así, anuncia que “el escenario se amplía, pues abarca ahora al conjunto de tierras y mares, pero las fuerzas que están en liza en cada Estado particular son las mismas que combaten por toda la Tierra”40.

 Dicho de otro modo, la lógica de la construcción del capital en cada país se aplica a partir de ahora a todo el planeta. Pesa sobre los productores y sobre los consumidores: “En cada país, el capital trata de dominar a los trabajadores; incluso, en el mayor mercado del mundo, el capital, desmesuradamente aumentado, ignorando todas las antiguas fronteras, trata de abrir para su beneficio la masa de los productores, y de asegurarse a todos los consumidores del globo, tanto los salvajes y bárbaros como los civilizados”41.

 La teoría anarquista del “desarrollo desigual” 

Élisée Reclus toca a la vez la dinámica del capital, como hace Marx, pero también el papel de los Estados, una combinación siempre actual que los partidarios del liberalismo y también los de la socialdemocracia o del tercermundismo tratan de edulcorar. Esboza un análisis del “desarrollo desigual” –incluso utiliza la expresión en el prefacio de El hombre y la Tierra- subrayando que “la lucha de la competencia vital” que pone en marcha las “industrias de todos los países” lleva a una voluntad de producir barato comprando a los precios más bajos la materia prima y los brazos que la transformarán”42

Este proceso provoca no solo el flujo de mano de obra en los países industrializados, sino también una difusión de la industria allá donde se encuentre esa mano de obra, de ahí la competencia terrible entre países y clases obreras. Según él, “no es necesario que los emigrantes chinos encuentren un puesto en las manufacturas de Europa y de América para que hagan bajar las remuneraciones de los obreros blancos: basta con que se funden industrias similares a las del mundo europeo, las de las lanas y los algodones por ejemplo, en todo el Extremo Oriente, y que los productos chinos o japoneses se vendan en Europa incluso a mejor precio que los productos locales”43

Es tentador insistir en el carácter destacable de este análisis, escrito muy al principio del siglo XX, premonitorio del plan no solo económico (la búsqueda de los menores costes salariales, la competencia económica, el tipo de ramos de la industria afectados…), sino también geográfico (los países de Asia oriental como nuevos países industrializados). Pero el razonamiento reclusiano no se detiene ahí. 

En efecto, paralelamente al “escalonamiento” de las opresiones que se observan en cada país, y que permiten mantener una dominación general o colonial, Élisée Reclus reflexiona igualmente sobre la nueva jerarquía que se dibuja entre las diferentes naciones y potencias. No puede, desde luego, imaginar la aparición de la Unión Soviética, y sus consecuencias geopolíticas con la instauración de un nuevo desorden mundial en el marco de una guerra llamada fría, en realidad muy caliente en algunas partes del mundo (Corea, Indochina, Etiopía, Angola…). Pero prevé el debilitamiento de Inglaterra, esa “nación iniciadora de la gran industria [que] se ha dejado hundir por la rutina y ha sido superada ahora por sus rivales”, la preponderancia del Nuevo Mundo, especialmente Estados Unidos, incluida América del Sur, porque “las repúblicas iberoamericanas (…) no pueden impedir que, por la fuerza de las cosas, los Estados Unidos ganen constantemente en preponderancia”44. Anuncia también el auge de Japón o de China. 

La presión colonial o imperialista de las grandes potencias sobre los países repercute invariablemente en los pueblos, y en el interior de los países, enmascarando así las verdaderas responsabilidades o causas en la cascada de dominaciones: “No es una plaga comparable a la de una nación oprimida que hace caer la opresión como un furor de venganza sobre los pueblos a los que somete a su vez. La tiranía y el aplastamiento se escalonan, se jerarquizan”45. El Estado, político-militar, dicta las nuevas órdenes: “La superioridad pertenece al que, en un momento dado, disponga de una nueva aplicación naval, submarina, aérea y flotante”46. Por parte de un anarquista, la evocación de ese factor no resulta sorprendente. Y vemos también esa anticipación extraordinaria sobre el papel actual de la flota submarina y la flota aérea puestas en el mismo plano que las fuerzas denominadas convencionales. 

Más o menos hacia la misma época que los escritos de Reclus, Piotr Kropotkin lo supera al describir la difusión espacial de la industria, incluso su desmembramiento hasta en el campo, que evoca en los últimos capítulos de La conquista del pan (1892). Diez años después de la primera versión inglesa (1898) de su libro Campos, fábricas y talleres, precisará en la edición francesa (1910) que “revisando el capítulo de las pequeñas industrias, he podido constatar que su desarrollo, al lado de las grandes industrias centralizadas, no se ha ralentizado en absoluto. Al contrario, la distribución de la fuerza a domicilio le ha dado un nuevo impulso”47. Aporta un factor tecnológico, la difusión de la energía no humana, que se añade a las condiciones clásicas de explotación de la fuerza de trabajo. 

Paralelamente a ese factor técnico, Kropotkin añade la competencia internacional que empuja a pesar de todo a cada país a “liberarse de la explotación por otras naciones, más avanzadas en su desarrollo técnico”48. Dicho de otro modo, analiza la división internacional del trabajo, socio-espacial. Propone una combinación de varias dinámicas espaciales en la difusión de la industria: la economía de la energía necesaria, la innovación tecnológica, la competición de las grandes firmas, la dinámica nacional propia del capitalismo de Estado, pero también la recomposición de la división del trabajo donde el exceso encuentra sus límites en una nueva síntesis (agricultura-industria, manual-intelectual…), así como en las iniciativas del pueblo (“los sindicatos de cultivadores, las cooperativas de producción”, etc.).

Kropotkin se muestra profético en su prefiguración del capitalismo flexible, pero su desarrollo resulta a veces curioso porque nos preguntamos si se conforma con observar esa posible evolución, o bien se congratula de ella. En efecto, en su concepción, todo lo que está descentralizado se opone al Leviatán estatista y, por tanto, se aproxima a la anarquía, incluso en la economía capitalista actual. Podemos ver en ello una fuerte tendencia a un evolucionismo positivo, optimista dirán sus detractores o incluso las críticas procedentes de anarquistas. 

La división socio-espacial del trabajo está vinculada no solo a la economía sino también a la sociología, porque se corresponde con la división de la sociedad en clases. El anarquismo y, posteriormente, el anarcosindicalismo no han dado jamás una definición restrictiva del proletariado. Lejos de limitarlo únicamente a los obreros de la industria, tienen también en cuenta a los empleados, los técnicos, los enseñantes, los campesinos sin tierras, los aparceros y los granjeros. 

Según Proudhon, el proletario es “el que busca trabajo”, y opone siempre al trabajador y el capitalista. Marx y Engels no hicieron sino retomar esta oposición, sistematizándola, por ejemplo, en el Manifiesto comunista (1848). Pero, a diferencia del marxismo, el anarquismo no considera que esos dos grandes bloques, burguesía y proletariado, sean homogéneos y, por tanto, sus intereses no son mecánicamente comunes. Ese fue uno de los debates teóricos y políticos del Congreso Anarquista Internacional de Amsterdam en 1907. Errico Malatesta (1855-1932) responde así a Pierre Monatte (1881-1960) a propósito de la cuestión: “El error fundamental de todos los sindicalistas revolucionarios proviene de una concepción demasiado simplista de la lucha de clases. Es la concepción según la cual los intereses económicos (…) de la clase obrera serían solidarios”49. La competencia generalizada, ley fundamental del capitalismo, se opone, en efecto, a esa situación. Las corporaciones o grupos profesionales pueden entrar en conflictos de intereses, y duramente. 

En el plano sociológico, el anarquismo tiene en cuenta la existencia de una nueva clase media en el seno del capitalismo, y el papel de los socialistas o del movimiento sindicalista en el auge de esta clase. La evolución del capitalismo ve, en efecto, la emergencia de una clase media que se disocia subjetivamente de la clase obrera, y que ocupa un puesto cada vez más importante. Es lo que Proudhon previó muy pronto, al contrario que Marx, pues en 1852, poco después de la publicación del Manifiesto comunista, da al término “clase media” (en singular) una base conceptual que será retomada por Max Weber o Jean Jaurès, por ejemplo, pero que también tiene una dimensión política50

Territorio, principio federativo y crítico de las “fronteras naturales” La propuesta federalista de los geógrafos anarquistas, que se traduce en su rechazo de las fronteras y su crítica al principio de nacionalidad, no se basa en una abstracción teórica ni está guiada por un vago sentimiento humanista de fraternidad universal. Está basada en una constatación, en una observación claramente geográfica. Como indica Georges Navet, la forma federativa supone sociedades ya presentes y constituidas, “en las que no hay necesidad de elaborar la génesis ideal a partir de individuos como hizo Hobbes, por ejemplo”51. Así, Bakunin subraya que “la división de un país en regiones, provincias, distritos y municipios o departamentos y municipios como en Francia, dependerá naturalmente de la disposición de los hábitos históricos, de las necesidades actuales y de la naturaleza particular de cada país”52

Preocupado por no ceder a una forma de conservadurismo que heredarían naturalmente esos organismos, Bakunin añade: “No puede haber aquí más que dos principios comunes y obligatorios para cada país que quiera organizar seriamente su libertad. El primero: toda organización debe proceder de abajo a arriba, del municipio a la unidad central del país, al Estado, por medio de la federación. El segundo: debe haber entre el municipio y el Estado al menos un intermediario autónomo, el departamento, la región o la provincia. Sin eso, el municipio, atrapado en la acepción restringida de este término, será siempre demasiado débil para resistir a la presión uniforme y despóticamente centralizadora del Estado”53.

 Kropotkin no aborda la cuestión de la apropiación territorial bajo el ángulo socialdarwiniano de una lucha por el espacio. Para él, el territorio es un elemento fundamental de la creación de municipios para, a la vez, su constitución, su gestión y su protección (defensa). Incluso aunque no desarrolle su argumento de otro modo –no evoca, por ejemplo, los obstáculos físicos u otros a la delimitación- trata de demostrar que la fuerza de ese territorio descansa en la existencia de una propiedad común del suelo y de una gestión colectiva (de ese suelo, de la recolección, de los trabajos correspondientes, de las decisiones generales). 

Escribe así: “El municipio urbano de los bárbaros se ha desarrollado de la tribu salvaje; y un nuevo ciclo, más largo que el anterior, de costumbres, hábitos e instituciones sociales, muchos de los cuales aún permanecen entre nosotros, se ha formado desde entonces, tomando como base el principio de la posesión en común de un territorio determinado y su defensa en común, bajo la jurisdicción de los pueblos que pertenecían a una misma rama o se les suponía. Y cuando las nuevas necesidades llevaran a los hombres a dar un nuevo paso adelante, lo harían constituyendo las ciudades, que representaban una doble red de unidades territoriales (municipios urbanos) combinadas con los gremios, formados estos por ejercer en común un arte o industria cualquiera, o bien para el socorro y la defensa mutuos54

Uno de los principales ejes de la argumentación consiste en insistir en el hecho de que encontremos este principio en todo momento y lugar, ya se trate de un proceso histórico inherente a la sociedad humana y perdure más o menos a pesar de las vicisitudes históricas o geográficas (los diferentes medios que evoca: llanuras, montañas, desiertos, taigas…). Entre esa vicisitudes que conducen al desmembramiento o a la regresión del municipio se encuentran, como sabemos, analizados por Kropotkin y otros, la emergencia de una aristocracia guerrera y religiosa, la transformación de una burguesía mercantil en una burguesía industrial todavía más rapaz, todo ello bajo la protección del Estado, no solo autoridad política sino también poder de centralización. “El Estado centralizador” o la “centralización del Estado” son fórmulas que acuden con regularidad a la pluma de Kropotkin, hasta el punto de que ambos términos aparecen como pleonasmos. 

La combinación del municipio y el gremio o, dicho de otro modo, de política y economía, no es más que uno de los principios fundamentales del anarquismo, tanto de análisis histórico como de proyecto social, sea cual sea otro nombre que se le pueda dar al gremio (sindicato, consejo, agrupación de productores-consumidores…). Ya fue esbozado por William Godwin (1756-1836), al que Kropotkin calificó de “primer teórico anarquista”. 

El corolario de esta concepción del territorio y de la federación es, entre los geógrafos anarquistas, la crítica de la teoría de las “fronteras naturales”, a la que se refirió ya Proudhon55. En contra de sus promotores, Proudhon demuestra que un curso de agua no constituye una barrera sino un vínculo para todos los que habitan en su cuenca. Para Italia, evoca regularmente cómo ha marcado la Historia de modo diferente a cada región y cada ciudad del país. Subraya que la unidad lingüística de los grandes Estados es un dato artificial y tardío, y que está lejos de ser sistemático. Cita la Confederación Helvética o Bélgica. Según él, “los límites de los Estados son una creación de la política, no una previsión de la naturaleza; son… lo que pueden. En todos los casos (…), la delimitación entre dos Estados implica, por una y otra parte, el consentimiento de poblaciones limítrofes, a menos que lo decida de otro modo un interés superior al de los dos Estados”56

Élisée Reclus remacha el clavo contra la teoría de las “fronteras naturales”. Pone al servicio de su razonamiento todo su conocimiento de la geografía, que le permite confrontar la ideología con la realidad del terreno y las sociedades. El conjunto de su obra bulle de explicaciones en cuanto a lo absurdo de las fronteras, incluidas las “llamadas naturales” porque “dejando al margen el caso de las islas, los límites planteados entre las naciones son obra del hombre” 57. Aborda la cuestión de las “fronteras naturales”, y les dirige una feroz requisitoria en El hombre y la Tierra. Su razonamiento es tan preciso, tan perspicaz y tan actual todavía que merece ser citado un poco más extensamente: “Las patrias que cada hombre de Estado tiene como ‘deber’ exaltar por encima de otras naciones, no dan lugar sino a razonamientos falsos y a complicaciones funestas. Y en primer lugar, lo que los diplomáticos repiten constantemente acerca de las ‘fronteras naturales’, que separan los Estados en virtud de una especie de predestinación geográfica, está desprovisto de razón. No hay fronteras naturales, en el sentido que le dan los patriotas (…). Sin duda, hay grados en lo absurdo, y tal frontera, como esa línea discontinua que han trazado los plenipotenciarios, tras discusiones, protocolos y rectificaciones, entre Francia y Bélgica, con una longitud de casi trescientos kilómetros a vuelo de pájaro, es una fantasía hilarante para el contrabandista, aunque muy molesta para el viajero apacible; pero las líneas de reparto político llevadas a las cumbres alpinas y las crestas de los Pirineos no son menos arbitrarias y no respetan más las afinidades naturales. Sin duda, el límite franco-belga separa a Flandes de Flandes, a Henao del Henao y a las Ardenas de las Ardenas; pero la línea de demarcación señalada de piedra en piedra sobre los grandes Alpes ¿no corta en dos unos territorios en los que los habitantes hablan la misma lengua y practican las mismas costumbres, habiendo formado parte antaño de la misma confederación? ¿No ha rechazado violentamente, de un lado hacia Italia, de otro hacia Francia, los “escarts” de Briançon, unidos anteriormente en república? Y en los Pirineos ¿no desune la frontera a vascos y vascos, aragoneses y aragoneses, catalanes y catalanes? En todas partes, y muy a su pesar, los pastores y leñadores respetan esa línea ficticia que les puede costar, por parte de los Estados soberanos, amenazas, multas y cárcel”58. Según él, “todas esas fronteras no son sino líneas artificiales impuestas por la violencia, la guerra, la astucia de reyes, sancionadas por la cobardía de los pueblos (…). En cuanto a las fronteras llamadas naturales, las que descansan en el relieve del suelo, las comprendemos si no hay más remedio: pero incluso ellas carecen, como las anteriores, del derecho a crear obstáculos entre las poblaciones, y no tienen derecho a servir de base para la organización de la sociedad. No hay frontera natural; ni el Océano separa ya a los países”59

La geografía de los anarquistas y la cuestión de las nacionalidades 

Coherentes consigo mismos, los anarquistas que se oponen a la teoría de las “fronteras naturales” critican también el nacionalismo que se deduce, o que se articula en ellas. Cuestionan la presuposición naturalista que está en su base. Cuando califica la teoría de las “fronteras naturales” como “principio turbio”, Proudhon le añade el principio de las nacionalidades, que está “en el fondo indeterminable”60. Según él, no hay pertenencia natural a una nacionalidad determinada, idea que resulta abstracta, producida más por la política que por la naturaleza. Recusa, pues, el principio de la concepción natural de la nacionalidad, tal como se formalizará en Alemania, especialmente. 

Sin embargo, no se adhiere al principio de la nacionalidad electiva desarrollado en Francia, por ejemplo. Para ser coherente con esto, habría que consultar a todas las poblaciones de una región, con el fin de saber a qué Estado querrían pertenecer. Esta solución no le disgustaría y, efectivamente, en muchos casos, ha subrayado que el territorio de un Estado debe depender del consentimiento de sus habitantes, independientemente de cualquier configuración geográfica o etnográfica. “Pero, profundizando en el problema, siente los graves abusos que podrían surgir de ese principio de libre disposición”, como indica Georges Goriely61

En efecto, contrariamente a Rousseau, que postula un contrato social de finalidad unitaria y lo más racional posible, Proudhon estima que la voluntad y, por tanto, la libertad no son producto de una racionalidad plena, que son siempre plurales, por tanto potencialmente antagónicos. Siempre de antemano están en tensión con las demás, pero también consigo mismas. Deben transigir a todos los niveles de pertenencia y de necesidades. 

A partir de ahí, y contrariamente a Montesquieu o a Tocqueville, el poder debe ser distribuido al máximo, y sin ser dominado por el sufragio universal, no porque conceda un peso equivalente a todos los ciudadanos, sino porque pretendería dar un fundamento único a una voluntad única. Por eso una región no puede de una vez por todas, al albur de una pasión, comprometer su destino estatista. Como consecuencia de ello, el territorio del individuo es todo: “Ya no hay nacionalidad, ni patria en el sentido político de la palabra, no hay más que lugares de nacimiento. El hombre, de cualquier raza y color que sea, es realmente indígena del universo. El derecho de ciudadanía lo ha adquirido en todas partes”62. Indígena del universo, bello hallazgo que resume la idea geográfica anarquista. 

Élisée Reclus desarrolla una concepción amplia del término nación, asimilada a un agrupamiento humano. Además de los conflictos entre naciones fuertes y naciones débiles, le preocupan las manipulaciones, que se podrían calificar anacrónicamente de geopolíticas: “Para justificar la existencia de fronteras, cuyo absurdo salta a los ojos, se emplea el argumento de las nacionalidades, como si los agrupamientos políticos tuvieran todos una constitución normal y hubiera una superposición real entre el territorio delimitado y el conjunto de la población consciente de su vida colectiva”63.

 Reclus añade también una definición del hecho natural, que atempera resolviendo toda tentación fundamentada por la constatación geográfica de la movilidad de los pueblos y los individuos. “Sin duda, cada individuo tiene derecho a agruparse, a asociarse con otros siguiendo sus afinidades, entre las que la comunidad de costumbres, de lenguaje, de historia es la primera de todas en importancia, pero esta misma libertad de agrupamiento individual implica la movilidad de la frontera: ¿cuán poco en realidad está de acuerdo el deseo franco de los habitantes con las convenciones oficiales?”64 En la continuación de su carta dirigida a Henry Seymour, Reclus añade: “No reconocemos tampoco lo que se denomina ‘patria’ y que, en su acepción habitual, representa la solidaridad con los crímenes de nuestros ancestros contra otros países, así como iniquidades de las que nuestros gobernantes respectivos son responsables. Para fundar una sociedad nueva, primero hay que renegar de toda acción sangrienta”65.

El trabajo científico y el trabajo político de los geógrafos anarquistas, separados formalmente, evolucionan de forma paralela. Un buen ejemplo nos lo da la revista internacionalista Le Travailleur, que tiene el mismo consejo de redacción que la Nouvelle Géographie Universelle. Este periódico, publicado entre 1877 y 1878 en Ginebra, en la imprenta de los exiliados rusos Robotnik, fue dirigido por Reclus y Perron, y sus colaboradores fueron Mechnikov, Dragomanov y Lefrançais. Aborda cuestiones de actualidad que encuentran eco puntual en la Nouvelle Géographie Universelle, en la que los estudios de Mechnikov sobre Japón sugieren, por primera vez en los medios geográficos anarquistas, la idea del redimensionamiento de Europa frente al escenario emergente del Pacífico. 

Pero, en esa época, se trata sobre todo de la cuestión de la Europa oriental y la península balcánica, que focaliza la atención de los medios progresistas europeos. Los artículos de Dragomanov, fuente de información para la Nouvelle Géographie Universelle, muestran cómo los geógrafos anarquistas volvieron a trabajar el concepto proudhoniano de federalismo para aplicarlo a los retos del fin de los imperios de Europa del Este, percibido por entonces como algo cercano. La propuesta federalista está ligada explícitamente a la geografía de algunas de sus regiones de Europa del Este, así como a una naturalización implícita de su mosaico étnico. Aunque eso no sea considerado una ley rígida, las regiones naturales formadas por las cuencas hidrográficas y las cadenas montañosas son consideradas como influyentes en la formación de las nacionalidades, y se cuenta con su revuelta para aplastar a la “vieja Europa”. Según Dragomanov, considerado hoy como uno de los padres espirituales de la independencia ucraniana encargada de borrar su visión claramente socialista y libertaria, “nuestro cosmopolitismo no se dedicará a la tarea imposible de destruir las nacionalidades, lo que, en la práctica, solo conduciría al sometimiento de las nacionalidades conquistadas por las nacionalidades conquistadoras, y a la constitución de clases privilegiadas y clases sometidas. Al contrario, mediante el levantamiento de las masas populares es como nuestro cosmopolitismo atraerá hacia sí a las nacionalidades diversas –producto de la naturaleza- en una federación internacional libre e igualitaria basada en la autonomía del individuo y en la federación de municipios libres”66

El sentimiento de que el estallido de la cuestión nacional favorecería el desencadenamiento de la cuestión social estaba bastante extendido entre los anarquistas y los socialistas en general, pero no hay que olvidar la crítica reclusiana de las fronteras, a la vez estatistas y administrativas, “trazadas a menudo al azar o precisamente con la intención de contrariar las afinidades nacionales”67. En la Nouvelle Géographie Universelle, Rusia es vista como el país en el se da la reacción más encarnizada contra los revolucionarios más audaces: “En Rusia se encuentran las formas de poder absoluto más antiguas: es también donde los avanzados se lanzan con mayor audacia en las teorías de reconstitución social y política”68. Las naciones balcánicas, sometidas a los imperios otomano y austriaco, son igualmente consideradas como futuros protagonistas de “la libre federación de los pueblos del Danubio”, premisas del ideal yugoslavo69.  

Se comprende, por tanto, por qué el Bulletin de la Fédération Jurassiene se congratula de la aparición de la Nouvelle Géographie Universelle, en la que oficialmente no se debe hablar de política, como una expresión del “sentimiento de internacionalidad, de cosmopolitismo que, conocido en siglos anteriores solo por las inteligencias más elevadas, se ha hecho hoy predominante entre el proletariado de los dos mundos, y el estudio bien comprendido de la geografía contribuye a fortalecerlo (…), un libro de vulgarización científica que podrá rendir grandes servicios a la instrucción popular. Así, todas las sociedades obreras que posean una biblioteca deberán imponerse el ligero sacrificio de un gasto semanal de 50 céntimos con el fin de procurarse esta obra”70.

Fuente: Germinal, Revista de Estudios Libertarios, n. 11 (2013)


Notas: 

1.- Marianne Enckell, “Élisée Reclus, inventeur de l’anarchisme”, en Ronald Creagh (ed.), Élisée Reclus – Paul Vidal de la Blache: Le Géographe, la cité et le monde, hier et aujourd’hui. Autour de 1905, L’Harmattan, París 2009, p.39-44. 

2.- Philippe Pelletier, “Pourquoi Élisée Reclus a choisi la géographie et non l’écologie”, congreso internacional Géographie, écologie, politique: un climat de changement, Orléans, 5-8 septiembre 2012. 

3.- Federico Ferretti, Anarchici ed editori, reti scientifiche, editoria e lotte culturali attorno alla Nuova Geografia Universale di Élisée Reclus (1876-1894), Zero in condotta, Milán 2011. 

4.- David Stoddart, “Darwin’s impact on geography”: Annals of the Association of American Geographers 56-4, 1966, p.683-698. 

5.- Jean-Christophe Angaut, “L’Entraide de Kropotkine: un socialisme darwinien?”, congreso Nature et socialisme, Besançon 2009; “L’entraide, un facteur de révolutions”: Réfractions, recherches et expressions anarchistes 23, 2009. 

6.- Piotr Kropotkin, Mutual Aid: a factor in evolution, Heinemann, Londres 1902 (en español: El apoyo mutuo, un factor de evolución). 

7.- Lev Mechnikov, “Révolution et évolution”: The Contemporary Review 50, 1886, p.412-437.

 8.- Gosudartsvennyi Arkhiv Rossiiskii Federatsii, fondy P-6753, op.1, khr 23, f.41, carta de É. Reclus a P. Kropotkin, 27 septiembre 1884. F. Ferretti, “The correspondence between Élisée Reclus and Pëtr Kropotkin as a source for the history of geography”: Journal of Historical Geography 37, 2011, p.216-222. 

9.- L. Mechnikov, op. cit., p.415. 

10.- Ídem, La Civilisation et les grands fleuves historiques, Hachette, París 1889, p.415. 

11.- P. Pelletier, op. cit. 

12.- É. Reclus, El hombre y la Tierra (de ahora en adelante HT) I, p.119. 

13.- Ibídem, p.117. 

14.- Ibídem, p.116. 

15.- HT IV, p.533. 

16.- Marie-Claire Robic, “La ville, objet ou problème? La géographie urbaine en France (1890-1960)”: Sociétés contemporaines 49-50, 2003, p.107-138. 

17.- P. Pelletier, “La grande ville entre barbarie et civilisation chez Élisée Reclus (1830- 1905)”, congreso Ville mal aimée, ville à aimer, Cerisy-la-Salle, junio 2007. 

18.- P. Kropotkin, Champs, usines et ateliers, Stock, París1910, p.143 (en español: Campos, fábricas y talleres). 

19.- L. Mechnikov, La Civilisation…, op. cit., p.431. 20.- “Les produits de la terre”: Le Révolté 

20, 1884 – 26, 1885; “Les produits de l’industrie”: Le Révolté 45-49, 1887. 

21.- HT V, p.331. 

22.- Ibídem, p.331-332. 

23.- Ibídem, p.332. 

24.- Carta de É. Reclus a Richard Heath, 1884. 

25.- HT V, libro IV, capítulo 1. 

26.- Ibídem, p.332. 

27.- F. Ferretti, “Comment nourrir la planète: à propos d’une carte statistique”, en Patrick Rérat, Etienne Piguet (ed.), La pensée du monde: une société de géographie au tournant du XXème siècle, Presses Universitaires Suisses, Neuchâtel 2011, p.111-116. 

28.- É. Reclus, “À propos d’une carte statistique”: Bulletin de la Société Neuchâteloise de Géographie 4-5, 1889-1890, p.122-124. 

29.- P. Kropotkin, op. cit., 144. 

30.- Ídem, La conquista del pan (1890), capítulo “El bienestar para todos”. 

31.- HT VI, p.336. 

32.- Ibídem, p.337. 

33.- P. Kropotkin, Campos…, op. cit., p.304. 

34.- Ibídem. 

35.- HT VI, p.337. 

36.- Ibídem, p.362. 

37.- É. Reclus, Nouvelle Géographie Universelle VII, p.15. 

38.- HT VI, p.337. 

39.- Ibídem. 

40.- HT V, p.287. 

41.- Ibídem. 

42.- HT VI, p.12. 

43.- Ibídem. 

44.- Ibídem y p.80-81. 

45.- HT I, p.281. 

46.- HT VI, p.13. 

47.- P. Kropotkin, Campos…, op. cit., p.X. 

48.- Ibídem, p.IX. 

49.- Ariane Miéville, Maurizio Antonioli (éd.), Anarchie & syndicalisme, le Congrès Anarchiste International d’Amsterdam (1907), Nautilus – Éditions du Monde libertaire, París 1997. La polémica entre Monatte y Malatesta se puede leer en Tierra y Libertad 274, mayo 2011. 

50.- Claude Wey, “Des classes moyennes”: Forum 116, Luxemburgo, diciembre 1989, p.17-23. 

51.- Georges Navet, “Proudhon, le fédéralisme et la question italienne”: Corpus, revue de philosophie 47, 2004, p.159-189. 

52.-Mijaíl Bakunin, Catéchisme révolutionnaire, 1865. 

53.- Ibídem. 

54.- P. Kropotkin, El apoyo…, op. cit. p.320. 

55.- Sobre todo en (títulos abreviados): La Guerre et la Paix (1861), Si les traités de 1815 ont cessé d’exister (1863); Du Principe fédératif (1863, traducido al español: El principio federativo), La Fédération et l’unité en Italie (1862), Nouvelles observations sur l’unité italienne (1864). 

56.- Nouvelles observations sur l’unité italienne, 1864. 

57.- HT V, p.308. 

58.- HT V, libro IV, capítulo I: “Población de la tierra”. 

59.- Intervención de É. Reclus en el Congreso de la Paz de 1868. 

60.- El principio federativo, 1863. 

61.- Georges Goriély, “Proudhon et les nationalités”, en L’actualité de Proudhon, colloque de novembre 1965, Université Libre de Bruxelles, Bruselas 1967, p.151-168. 

62.- La Guerre et la paix, 1861. Hay que recordar que en esa época el término “raza” no tenía el mismo sentido que tiene hoy en día. 

63.- HT V, p.318. 

64.- Ibídem. 

65.- Carta del 1 marzo 1885, op. cit. 

66.- Mijaíl Dragomanov, “Les paysans Russo-ukrainiens sous les libéraux Hongrois”: Le Travailleur 1, 1877, p.14. 

67.- É. Reclus, Nouvelle Géographie Universelle V, Scandinavie et Russie d’Europe, 1880, p.437. 

68.- Ibídem, p.892. 

69.- Ídem III, Europe Centrale, 1878, p.268. 

70.- [J. Guillaume], “Variétés”: Bulletin de la Fédération Jurassienne, 13 junio 1875, p.4.


Geografías anarquistas: La federación, la localidad y la organización en libertad.

Simon Springer: Las raíces anarquistas de la geografía. Hacia la emancipación espacial

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