Roswitha Scholz y Herbert Böttcher: El coronavirus y el colapso de la modernización

by • 6 febrero, 2022 • Antidesarrollismo, Artículos, Ciencia, Coyuntura política, Ecología, Economía, Geopolítica, Poder, SaludComments (0)1070

El coronavirus es el detonante, pero no la causa del agravamiento de la crisis. Acelerará el colapso del capitalismo. En contraste con la crisis de 2007-2008, que se agudizó en los bancos “relevantes para el sistema”, la economía real también debe ser ayudada ahora con miles de millones de euros. Se exige de nuevo el Estado (social), que fue desacreditado en la marcha triunfal del neoliberalismo como holgazanería social y como una piedra en el zapato en la competencia por atraer inversiones. Lo que había presumido ser un modelo exitoso de capitalismo que, “impulsado por las finanzas”, atraía recursos extranjeros no era más que una estrategia para dilatar la crisis del capitalismo. No es casualidad que el coronavirus nos encuentre ahora con un sistema de salud parcialmente privatizado y hecho polvo por los recortes, y con las estructuras del mercado y del Estado parcialmente desintegradas en las regiones en crisis.

Ya en los primeros experimentos neoliberales en la década de 1970, como la dictadura militar asesina que Augusto Pinochet estableció en Chile —con el apoyo de los Chicago Boys reunidos en torno a Milton Friedman—, los críticos habían notado el lema que presidía todo: “El Estado social esclaviza. El Estado policial nos hace libres”. De hecho, la historia posterior del neoliberalismo también estuvo ligada a la intensificación de la represión, especialmente contra las personas que se habían vuelto superfluas para la valorización del capital: desde los desempleados y los empleados precariamente hasta los refugiados, los enfermos y los ancianos no rentables. La exclusión y la represión no son simplemente productos del capitalismo neoliberal, sino de la conexión entre capitalismo y democracia, liberalismo y represión, en la que se basa el “estado de emergencia”. En las últimas décadas, ese “estado de emergencia” se ha convertido poco a poco en el “estado normal”, especialmente para los refugiados. Bajo la presión de la crisis del coronavirus, ha habido deportaciones colectivas forzadas de Grecia a Turquía. Por lo tanto, con el recrudecimiento de la crisis del capitalismo debido al coronavirus, también es de temer que se intensifique la represión estatal, combinada con un salvajismo creciente de la policía y el poder judicial (corrupción, vínculos con la mafia, etc.).

Al igual que en 2015 con la “cultura de acogimiento”, no se puede confiar esta vez en los llamados a la solidaridad. A nadie, en los círculos políticos, se le ocurrió la idea de que los “ingresos” de las personas sin techo y de los mendigos tendrían que mejorar en la crisis del coronavirus. Las chances de recibir limosnas de los transeúntes o de recoger botellas se reducen drásticamente. Tampoco se hizo ningún derroche de solidaridad política para ayudar a las personas dependientes del Hartz IV y de la pensión básica para la vejez, que se ven enfrentadas a una situación nutricional cada vez más grave debido al acaparamiento de los productos de bajo costo y a la desaparición de los “comedores populares” y las “ollas comunitarias”. En el mejor de los casos, la solidaridad política se extiende a aquellos que son explotables y “relevantes para el sistema” y, en el límite, a los ancianos, que se supone que deben gozar un merecido retiro tras una vida de trabajo.

Las mujeres, en particular, son llamadas a “apagar el incendio”. Su papel en esta situación está recibiendo mucha atención por estos días. Sin embargo, no debe olvidarse que ese reconocimiento surge en la fase de desmoronamiento del patriarcado capitalista. En este punto, las mujeres están cada vez más envueltas en la lucha por la sobrevivencia. Su importancia y su función deben, por lo tanto, reflejarse en ese contexto, en vez de limitarse a exigir una mayor valoración de sus trabajos y una remuneración más justa. El conjunto del proceso fundamental de la crisis debe constituir el punto de partida para el análisis y también para considerar las formas de intervención.

Mientras tanto, son cada vez más las voces que exigen los derechos liberales a la libertad, y que al mismo tiempo señalan la necesidad de volver a la normalidad por el bien de la economía. A tal efecto, no falta quien está dispuesto a sacrificar personas a la locura social darwinista. El derecho a la vida se les niega especialmente a los mayores. (1) Como era de esperar, los “especialistas en ética empresarial”, como Dominik H. Enste en el Tagesspielgel (24.3.2020), también tienen cosas para decir. Con una lógica utilitaria, Enste advierte que no se puede pagar demasiado por la salud. Y pone a los británicos como modelo: “Ellos han definido claramente lo que puede costar la extensión de una vida: 30.000 libras, y en casos excepcionales, hasta 70.000 u 80.000”. No se necesita mucha imaginación para saber que las demandas de selección según “factores de costo humano” aumentarán en el futuro.

Se busca preparar la hora en que la supuesta normalidad del capitalismo y la economía sean reanudados. Posiblemente eso conduzca a más restricciones y trastornos sociales, que pueden provocar a su vez disturbios y saqueos, como ya ocurre en Sicilia. A fin de hacerle frente a esto, la policía y los militares están prestos a establecer el “estado de excepción”. El Departamento de Justicia de los Estados Unidos cuenta con planes para ejecutarlo, como la detención de personas por tiempo indefinido y sin derecho a juicio. (2) Sería como extender Guantánamo a toda la sociedad. En Alemania, la discusión actual muestra una tendencia a que el ablandamiento del “estado de excepción” general vaya de la mano del “estado de excepción”, es decir, del aislamiento de los ancianos y los grupos de riesgo.

Las personas que, en el contexto de la individualización orientada hacia la competencia, fueron transformadas en sociedades anónimas están expuestas al aislamiento y a nuevas olas de empobrecimiento. La clase media, en particular, está dividida entre el estrés, que se ha convertido en un símbolo de estatus, y el imperativo de relajarse propio de la industria del encuéntrate a ti mismo, según la cual el relajamiento redunda en el máximo desempeño, aunque esto no signifique encontrar una interioridad sana y salva. Las consecuencias psicosociales del aislamiento ya se pueden ver en las formas de depresión y las explosiones de violencia, sobre todo contra las mujeres, que se producen en situaciones en que las personas son arrojadas a sí mismas y a su entorno inmediato. El sujeto competitivo, adaptado a la “lucha de todos contra todos”, corre el riesgo de acabar en un darwinismo social sin detenerse a pensar en las pérdidas, tanto más cuanto más lejos esté el restablecimiento de la normalidad conocida, y cuanto más extendidos estén el empobrecimiento y el retroceso social.

Lo que Robert Kurz describió en muchos de sus libros, y que conocíamos principalmente por las regiones globales en descomposición, podemos ahora sentirlo en carne propia. Los planteamientos de la crítica de la disociación del valor acerca de la crisis y el colapso no han sido tomados en serio, o han sido simplemente ignorados por los movimientos sociales de izquierda. Entretanto, están circulando dudosas fantasías conspirativas, como las de Dirk Müller (“Mr. Dax”), y análisis del colapso, como los de Friedrich y Weik, que anhelan un nuevo capitalismo, en mejor funcionamiento ahora, después del “mayor crash de todos los tiempos”. Y los que tienden a la izquierda se precipitan en un democratismo hipersocial con Green New Deal, redistribución, expropiación, etc., que permanece dentro de los moldes. Mejor dicho: declaran a toda la humanidad una sola clase trabajadora contra “el uno por ciento” de los ricos, y en vez de ligar toda la desgracia al capitalismo y a su “contradicción en proceso”, se la atribuyen fundamentalmente al neoliberalismo.

La alternancia entre los polos del mercado y el Estado, que se da según el curso de la crisis, resulta cada día menos posible, pues, a medida que la crisis se agrava, aparecen de manera más acentuada los límites inmanentes de dicha alternancia. Un regreso al Estado-nación sería fatal. Cerrar las fronteras es una señal de impotencia y desorientación. En cambio, serían necesarios el pragmatismo y la cooperación internacional para contener la crisis actual, que se agudiza con el coronavirus. La investigación, la transferencia de bienes y demás, la producción de cosas vitales tendrían que regularse más allá de las fronteras nacionales, sin burocracias y gratuitamente, para contrarrestar las consecuencias bárbaras de la situación. El carácter forzoso de esta requiere ayuda y cooperación mutuas. Sin embargo, tal pragmatismo y unión de esfuerzos no debe confundirse de manera kitsch con el surgimiento de otra sociedad. Esta solo podrá aparecer cuando el pensamiento y la acción rompan con las formas de socialización de la disociación del valor.

Roswitha Scholz por la redacción de exit! y Herbert Böttcher por la dirección de exit! y la Red Ecuménica, finales de marzo de 2020

Texto original: “Corona und der Kollaps der Modernisierung”, 31.03.2020, https://www.exit-online.org

Traducción de Fernando Urueta Gutiérrez


Notas

(1) Cf. Klaus Benesch. “Money before Lives”, Telepolis 26.3.2020.

(2) Cf. Florian Rötzer. “US-Justizministerium will im Notstand unbegrenzt ohne Prozess inhaftieren können”, Telepolis 23.3.2020.


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