Roswitha Scholz: El sexo del capitalismo. Teorías Feministas y Metamorfosis Posmoderna del Patriarcado [extractos]

by • 18 febrero, 2022 • Artículos, Coyuntura política, Economía, Feminismo, Género, Poder, Teoria política, TrabajoComments (0)861

Les dejamos algunos extractos de El sexo del capitalismo: teorías feministas y metamorfosis posmoderna del patriarcado de Roswitha Scholz, traducidos desde el portugues para Obeco-online.org (Nota Lapeste.org)


CONTENIDO

Introducción:

Sobre el problema de la culturalización de lo social desde los años 80

Primera parte:

Sobre los conceptos de valor y de disociación-valor

Segunda parte:

Enfoques teóricos feministas

I. Las mujeres y la desclasificación a escala universal? (R. Becker-Schmidt)

La forma mercancía y forma del pensamiento * Intercambio de mujeres y lógica de la identidad * El androcentrismo como fenómeno infraestructural psicogenético

II. El sexo en el patriarcado productor de mercancías

1. Profesión y trabajo doméstico en E. Beck-Gernsheim / I. Ostner

Hipótesis de base sociológica * La construcción de la (doble) sexualidad, el inconsciente social androcéntrico y la relativa legitimidad de los principios de Beck-Gernsheim / Ostner * Valor de uso / Valor de cambio, masculinidad y feminidad.

2. La relación entre los sexos como conexión de la estructura social en R. Becker-Schmidt / G.-A. Knapp y U. Beer

a) El sexo como categoría social estructural en R. Becker-Schmidt / G.-A. Knapp

La doble socialización y el sexo como «categoría social estructural» * Doble socialización como resistencia? La crítica de la lógica de la identidad como «método» y la esencia del patriarcado productor de mercancías * El todo social y la relación entre los sexos * Cambio, trabajo, dinero y sexo.

b) Historia, estructura y sexo en U. Beer

3. Relaciones entre los sexos como relaciones de producción en el Sr. Haug

El patriarcado capitalista como modelo de civilización * Trabajo remunerado / trabajo doméstico y la metafísica del trabajo en F. Haug * La lógica de ahorrar tiempo y la lógica de pasar tiempo * El orden simbólico del patriarcado capitalista

III. Notas a concluir sobre los diversos enfoques teóricos

Tercera parte:

La teoría de la disociación-valor modificada

Cuarta parte:

Relaciones entre los sexos y posmodernidad a escala universal – El asalvajamiento del patriarcado productor de mercancías en la era de la globalización

I. La «pequeña trabajadora autónoma» (I. Schultz)

II. «Juchitan» – un caso especial del patriarcado productor de mercancías? Una alternativa al patriarcado productor de mercancías? (V. Bennholdt-Thomsen & Co.)

III. ¿Adiós al patriarcado, además, adiós a la heterosexualidad? (C. Dormagen)

IV. Globalización y concepciones feministas de la acción

1. Diferencias entre mujeres, política de alianzas y actividad en red de las mujeres en el contexto internacional.

2. Enfoques de orientación estatal nacional e internacional, visiones de subsistencia y de trabajo autónomo

Concepciones de la acción de orientación estatal nacional e internacional * Visiones de subsistencia y de trabajo autónomo. 

Algunas tesis finales (anti) metódicas

Bibliografía


El sexo del capitalismo. Teorías Feministas y Metamorfosis Posmoderna del Patriarcado

[Extractos]

Introducción:

Sobre el problema de la culturalización de lo social desde los años 80.

La teoría de Marx no juega un papel importante en el feminismo, al menos desde la caída del bloque oriental. Preguntas que dominaron la discusión hasta mediados de los años ochenta (por ejemplo: ¿Cómo puede la llamada «cuestión de género», la relación asimétrica de género, estar orgánicamente ligada a la concepción de Marx? ¿Cómo se puede desglosar la neutralidad de género de las categorías marxianas? ¿Cuáles son las indagaciones teóricas necesarias para este propósito?), hoy parecen sólo propias del pasado. En un momento en el que las grandes crisis sociales, económicas y ecológicas sacuden literalmente al mundo, en el que innumerables guerras civiles se desatan en todo el planeta, en el que la situación de penuria social se agudiza cada vez más, en el que se hicieron ostensibles los etnofundamentalismos y nacionalismos, en el que la destrucción de las bases naturales guiada por la lógica de los costes de las empresas progresa y en el que se cierne la amenaza constante de crash financiero, las denominadas «grandes teorías», que podrían esclarecer conceptualmente la situación de la crisis mundial, han caído en descrédito.

A partir de la decadencia del «socialismo real existente», a menudo se concluye erróneamente que la construcción teórica de Marx casi en su totalidad ha caducado. Los años noventa fueron marcados por una «culturalización de lo social» que – siguiendo las nuevas tendencias bárbaras – se expresa, por ejemplo, en la re-etnización y también en la moda de los enfoques (des)constructivistas; y no es sólo en el feminismo.

Incluso entre muchos de los remanentes de la oposición, en lugar de buscar una nueva comprensión del conjunto, más fructífera que la del viejo marxismo y bien necesaria para abordar los nuevos desarrollos de la crisis en el «One World», se retoman los modelos culturalistas que constituyeron una tendencia importante en la elaboración teórica de los años noventa.

Esto es lo que sucede, por ejemplo, no sólo en los medios feministas y posmodernos, sino también en las posiciones de izquierda influenciadas por el postestructuralismo, que contraponen al punto de vista deconstructivista una (neo)construcción de «identidades», como es el caso de la «identidad étnica». De esta manera, se intenta enfrentar la nueva barbarie, que tiene sus raíces en una ideología comunitaria reaccionaria, recurriendo a la diferencia, a la particularidad del individuo, etc.

Seguramente las intenciones son buenas. No obstante, uno se mueve solo sobre la misma base (teórica) y el mismo nivel que los fenómenos, estados e ideologías denunciados: el plano cultural. Además, la dialéctica entre la individualización ampliamente desarrollada en la posmodernidad, que corresponde a la teoría y la práctica neoliberales (aunque sea en la variante socialdemócrata), y la orientación hacia la comunidad manifestada simultáneamente, no se reconoce aquí; porque recurriendo repetidamente a lo diferente, a lo individual, a lo particular, contra la nación, la etnia, entre otros, se lucha de hecho por el neoliberalismo, aunque eso no sea subjetivamente pretendido. En cierto sentido, se hacen intentos fatídicos para vencer las circunstancias dadas con sus propios medios. Por cierto, entre esos discursos marxistas marginales de los años 90, los «marxistas culturales» como Gramsci o Althusser han ocupado un lugar central.

Sólo recientemente se han vuelto a hacer llamamientos para que se preste mayor atención a la dimensión de la teoría social -incluso entre los teóricos posmodernos- (cf. Knapp, 1998 a, p. 66). Y también en el discurso (feminista) sobre la globalización la teoría de Marx vuelve a jugar un cierto papel, aunque la mayoría de las veces sólo sirve de telón de fondo en una versión domesticada por la teoría de la regulación y/o el keynesianismo. Esta reconscientización probablemente tiene algo que ver con el cambio al verde-rojo, que ya fue anunciado hace unos años en las encuestas electorales. Sin embargo, desde hace mucho tiempo ha quedado claro que este cambio no pretende revertir el curso del neoliberalismo, sino intentar, en el mejor de los casos, reintroducir el genio neoliberal en la lámpara sobre la base de lo que es esencial para él. Es en la trampa de esta contradicción que el gobierno verde-rojo está actualmente enredado.

Por supuesto, las observaciones elaboradas desde el posmodernismo no pueden ser, sin más, desestimadas. En los últimos 30 años, en el curso de una amplia informatización, medialización y también comercialización, se ha producido un cambio social que suele describirse con términos sociológicos como «individualización», «liberación de los roles tradicionales (de sexo)», «flexibilización de profesiones», «pluralización de los universos y de los estilos de vida». Las «diferencias» -ya sean individuales, «étnicas» o sexuales- se hicieron cada vez más importantes en este contexto, mediadas por la dimensión cultural, simbólico-estética y cultural. Conceptos posmodernos y postestructuralistas reflejan esta evolución, aunque no de forma crítica (como sería necesario en mi opinión), sino decididamente positiva. Sin embargo, en la década del ’90, sacudida por la crisis, ya estaba claro dónde puede llevar esta orientación por la diferenciación en una situación competitiva que se está intensificando en todo el mundo: al (etno) fundamentalismo, al nacionalismo, al racismo y al antisemitismo.

En mi opinión, ni los sujetos modernos con sus identidades fijas (de sexo), ni los individuos flexibles posmodernos pueden oponerse entre sí, como de alguna manera mejores o peores; siendo formas de sujeto estructuradas patriarcalmente en forma de mercancía, ni una ni otra pueden dejar de ser denunciadas. El nuevo sujeto Flexi-forzado, que el capitalismo de casino posmoderno demanda implacablemente, no es otra cosa que la continuación del sujeto moderno de forma fragmentada, que sigue esperando por su extinción emancipatoria.

Ciertamente, la corriente del marxismo tradicional dominante ignoró por principio el nivel cultural simbólico y las dimensiones relativas de la realidad social. En esta crítica, los posmodernistas tienen sin duda razón. Empero, la hipóstasis de lo «cultural» desde los años 80, que está estrechamente ligada a las tendencias de individualización posmoderna, apoya los actuales desarrollos bárbaros y hace tiempo que ha impedido abordar los desarrollos socioeconómicos, que en mi opinión son muy necesarios, especialmente en la era de la globalización.

En estas circunstancias, se tratará de asumir en la elaboración teórica los momentos pertinentes de negación determinada de la argumentación culturalista, no enfática ni espectacularmente, por el contrario, abandonando cierto griterio de mercado culturalista posmoderno que se oye a veces repetidamente en círculos de la izquierda pos-moderna contra la «vieja izquierda» y el «viejo feminismo».

Por lo tanto, no se puede celebrar la identidad moderna, ni la no-identidad o las diferencias posmodernas; ni la gran teoría, ni el registro científico y / o posmoderno de las diferencias, ni una visión del individual / particular (quizá con apuntalamientos subterráneos postestructuralistas). Se trata, sí, de aguantar la tensión entre ambos y hacerla teóricamente fecunda, situación en que también la localización histórica de determinadas cuestiones (por ejemplo, la cuestión de las diferencias en la posmodernidad en el marco de una reflexión crítica) en un metanivel de «gran teoría». Se trata, por tanto, de una formación teórica que no rehuye la «gran narrativa» y la asunción de un «ser» social visto en el marxismo tradicional en términos de intercambio o de valor (plusvalía). En este contexto, también deben tenerse debidamente en cuenta las tendencias de la globalización de los últimos años, incluidas las estrategias de seudo-soluciones inmanentes que se le asocian; no importa si se trata de ilusiones neokeynesianas recicladas o de proyectos de acción de la sociedad civil /internacionalistas, o incluso de visiones regresivas de subsistencia / de trabajo autónomo.

En el contexto de este breve esbozo del problema, me gustaría ahora tratar de articular el tema de la relación jerárquica entre los sexos en su multidimensionalidad teórica con las hipótesis fundamentales de la crítica del valor, es decir, tomar en consideración teóricamente tanto el plano material como el de los símbolos culturales y el de la psicología social. La «tesis de la disociación-valor» establecida en artículos anteriores está en el centro de mis reflexiones (ver especialmente Scholz, 1992). Siguiendo mi argumentación, el cuestionamiento del (gran) concepto inherente a este teorema será inevitablemente resaltado, mientras se persiste en la crítica radical de la totalidad social.

La «teoría crítica» de la Escuela de Frankfurt en el sentido de Adorno sigue siendo un punto de referencia central aquí, porque ha abordado en términos de filosofía social lo «no idéntico», la diferencia que no encaja en la dialéctica hegeliana, lo particular, etc., mucho antes de que se oiga hablar del feminismo y la «posmodernidad» en todas partes. Al mismo tiempo, esta teoría se adhiere intransigentemente a la idea de totalidad; y fundamentalmente de manera crítica, contraria a una idea de mero reformismo social (por ejemplo, la keynesiana). Para esta teoría, la totalidad es per se una totalidad negativa. Por supuesto, no se trata de asumir la teoría crítica de forma dogmática y sin cambios: tampoco este pensamiento puede quedar completamente exento de crítica por una observación moderna, ya que el desarrollo social también continuó después de Adorno & Cª.

Por otro lado, suscribo la comprensión economico-crítica del valor de la «crítica fundamental del valor» que ha desarrollado la revista «Krisis»(1); pienso, sin embargo, modificar esta comprensión en términos de crítica del patriarcado. La «crítica del valor fundamental» difiere del marxismo del movimiento obrero en que no se limita a considerar escandaloso el «plusvalor», sino que cuestiona la forma misma de la mercancía como principio de socialización de la sociedad mundial moderna. Esto incluye una demarcación de los marxismos tradicionales que hacen de la categoría «clase obrera» el eje de una reducción sociológica y que sólo se preocupan por la justicia distributiva dentro del propio sistema productor de mercancías.

Esto no significa que las disparidades sociales ya no se denuncien, por el contrario, sino que esta denuncia no se hace sobre la base de la idea tradicional de las clases, que ya no es importante en la era de la globalización. No sólo se considera aquí el desarrollo occidental, logrado en la forma mercancía, sino que el socialismo derrumbado del bloque oriental también se conceptualiza como un sistema de producción de mercancías específico para una «modernización atrasada». La relación de clase tradicional en sí misma fue sólo un momento de la imposición del sistema de producción de mercancías. En estos términos lo que se discute es la forma de la mercancía, el trabajo abstracto, el dinero, el valor en general. Ubicados aquí, se ha observado desde hace mucho tiempo que es precisamente esta perspectiva la que tiene una eficacia declarativa para predecir el desarrollo global (cf. Kurz, 1991).

Mi preocupación, por lo tanto, es sintetizar en la tesis de la disociación-valor el concepto de valor de la «crítica del valor fundamental» con la teoría social de la Escuela de Frankfurt, en una perspectiva de crítica del patriarcado. Pues bien, la tesis de la disociación-valor, en síntesis, afirma que lo femenino -el trabajo doméstico, etc.- sufre una «disociación» [Abspaltung]del valor, del trabajo abstracto y de las formas de racionalidad que están ligadas a él, y que ciertas cualidades connotadas como femeninas, a saber, la sensibilidad, la emotividad, etc. se atribuyen a las mujeres; al contrario, a los hombres se les atribuye la fuerza de comprensión, la fuerza de carácter, el valor, etc. En el desarrollo moderno, los hombres se equipararon a la cultura, las mujeres a la naturaleza. El valor y la disociación están pues en una relación dialéctica recíproca. 

Haciendo abstracción de las explicaciones sobre la relación nuclear entre el valor de intercambio y el valor de uso/el consumo del valor de uso/la disociación de lo femenino, hechas en textos anteriores, aunque sea de forma sintética, pero en cualquier caso exacta (vd. Kurz, 1992), de modo que la investigación posterior ya no tiene que hacerse como en una página en blanco, tenemos que concluir que la tesis de disociación-valor, como teoría, sólo ha sido abordada muy sumariamente hasta hoy. Por eso pretendo fundamentarla mejor teóricamente y, al mismo tiempo, seguir mejorándola en la segunda parte de este texto. Esto se hará, sobre todo, en comparación contrastante con los destacados ensayos teóricos de Regina Becker-Schmidt/Gudrun-Axeli Knapp, Elisabeth Beck-Gernsheim/Ilona Ostner y Frigga Haug, que han marcado decisivamente el debate teórico del feminismo marxista en el espacio germanoparlante en los últimos 20 años.

Otro objetivo de este trabajo es mostrar simultáneamente que sobre la base de la disociación-valor se abre una forma cualitativamente nueva de criticar el patriarcado que da lugar a una nueva luz a los proyectos teóricos en discusión, como la relación entre los sexos/la relación de género en la modernidad y la posmodernidad. Sobre todo, debe quedar claro que la elaboración teórica feminista, al recurrir críticamente a la Escuela de Frankfurt, también puede llegar a una concepción completamente diferente de la obtenida por Becker-Schmidt.

Dado que, en parte, sólo la lectura de todos estos enfoques teóricos me llevó a pensar en la disociación, incluso si todavía se refieren a las viejas ideas marxistas, cada uno a su manera, no sólo pretendo destacar las diferencias en relación con ellas. Cuando la crítica sea apropiada, se hará sin vacilación; cuando haya afinidades, serán identificadas. Porque, como se puede ver, el estímulo para la tesis de la disociación no vino de los hombres marxistas que representan la «crítica del valor fundamental» (cuyos autores y apoyos actuales siguen siendo principalmente hombres). Por el contrario, la perspectiva de disociación-valor sólo ha sido escuchada por ellos a un gran costo.

En la tercera parte, saco una especie de conclusión y vuelvo a subrayar, punto por punto, qué nuevos aspectos y desarrollos han sido incorporados a la tesis de disociación-valor a partir de confrontarla con otras teorías, en la tensión entre la crítica y el recurso a diferentes concepciones teóricas. Esto no significa, por supuesto, que quede dicha como la última palabra; por el contrario, sólo se formula un programa de investigación que se desarrollará en proyectos posteriores.

En la cuarta parte examino la relación de género en la posmodernidad / en la era de la globalización a escala mundial, a partir de mis reflexiones y resultados anteriores, utilizando las investigaciones / trabajos de Irmgard Schultz, Veronika Bennholdt-Thomsen entre otros y especialmente de Christel Dormagen. Hasta principios de los años noventa, por lo que puedo ver, fue Irmgard Schultz quien por primera vez actualizó exhaustivamente el debate feminista sobre el tema de la «globalización». Como las publicaciones sobre este tema que han surgido entretanto confirman esencialmente sus exposiciones, sólo las completaré con los resultados más recientes de la segunda mitad de los años noventa.

Por un lado, a menudo se ha objetado a la posición de disociación-valor que sólo puede referirse a las relaciones de género modernas; por otro lado, mostraré que esta perspectiva teórica reune la potencia expansiva adecuada para responder a los interrogantes que derivan de las relaciones de género posmodernas. Por otro lado, me parece que la evaluación de la relación entre sexo y posmodernidad/globalización en el feminismo generalmente presenta dificultades particulares. Las posiciones se mueven entre dos polos: el «a pesar de todos los cambios de los últimos treinta años nada ha cambiado en lo fundamental» y la celebración del «fin del patriarcado» (como en Libreria delle donne di Milano, 1996). A diferencia de estas posiciones, defiendo la tesis de un asalvajamiento del patriarcado productor de mercancías en la última fase de la posmodernidad. Las reflexiones de Schultz y de los demás expertos en globalización a los que me refiero sugieren esta conclusión, aunque estos autores no la alcancen.

Otra tesis central que también extraje (en recurso a Schultz, entre otros) afirma que en la modernidad  neoliberal se requieren identidades compulsivas flexibles, que siguen teniendo la marca de la especificación y jerarquización sexual como antes. En esta perspectiva, no son sólo los conceptos «esencialistas» de la «nueva feminidad» los que sustentan la perversa realidad patriarcal, sino también los enfoques «antiesencialistas» que critican las ideas sexuales rígidas y las identidades sexuales tradicionales, por ejemplo, con una intención deconstructivista.

Para terminar, en la cuarta parte, me refiero también a las diferentes concepciones de acción que buscan dar respuestas al problema de la globalización y que se basan principalmente en la idea de alianza o red. Me gustaría probar sobre todo, que tanto los conceptos de estado-nación-keynesianos como los de sociedad civil-internacionalista, así como los conceptos de «trabajo autónomo» y/o de subsistencia, no tienen realmente nada sustancial que oponerle a la naturaleza salvaje del patriarcado productor de mercancías con sus identidades específicadas flexi-forzadas de género . Esto se aplica no sólo a las relaciones de género en sentido estricto, sino al sistema capitalista-patriarcal en su conjunto, que entretanto se ha vuelto desolado y cuyas fronteras económicas, sociales y ecológicas se han vuelto demasiado claras desde hace mucho tiempo.

Para terminar, repasaré explícitamente mi procedimiento anterior. Ya antes, pero sobre todo en estas tesis (anti)metódicas conclusivas, debo aclarar de nuevo -entre otras cosas, delimitándome de las posiciones del feminismo teórico que «utilizan» el método de Adorno en primer lugar en el plano superficial de la sociología y, por lo tanto, en mi opinión de manera positivista- que la posición disociación-valor debe apartarse de un procedimiento de este tipo, sin tener que caer en una bravuconería inconsistente.

Básicamente, sólo en las tesis (anti)metódicas conclusivas estará completamente claro sobre qué convergen mis reflexiones. Es necesario aconsejar al lector que estudie mi texto de principio a fin. En este contexto, también me gustaría confrontar desde el principio las expectativas de un concepto «perfecto» que reúna sistemática y rigurosamente la dimensión material, cultural-simbólica y socio-psicológica bajo el precepto de la disociación -valor -posiblemente todavía gradual, según jerarquías de la concreción-: hasta cierto punto, buena y práctica en acto. Por el contrario, el objetivo de la crítica de la disociación y del valor, que siempre se reconoce como preliminar y limitada, es precisamente, según su propio contenido, frustrar tal impertinencia (sin perder la perspectiva de la totalidad, como ya se ha dicho), aunque pueda molestar a algunos lectores.

Una arquitectura de teoría tan compleja, como considero necesaria, ciertamente requiere un estilo correspondiente. A quien las sentencias largas le resultan aborrecibles; para quienes los meandros y las circunvoluciones son insoportables, en una argumentación difícil, concluyente-indecisiva o inconclusa-conclusa; a quien piensa que la respuesta a una pregunta tiene que seguir en la siguiente frase sin poder esperar pacientemente a su desarrollo; a quien piensa: «Si no puedes decir tu opinión en tres frases, olvídalo»; quién quiere «meterse» en ensayos teóricos y no quiere trabajar en ellos y estudiarlos; quién quiere leer mi texto en la playa; en resumen, quién quiere una «hamburguesa teórica», ya debería alejar el libro de sus manos, de lo contrario sufrirá una decepción.

Tampoco puedo ni deseo renunciar a los caprichos de la expresión, y encuentro perfectamente tolerables las rupturas estilísticas o los rodeoes de los argumentos. Esto corresponde también al contenido de la tesis de la disociación-valor, que deja claro que no todo encaja en la «lógica de la identidad» (Adorno) en valor, en concepto, en estructura. No soy un «sastre meck-meck-meck, después de pasar por el molino desconstructivo»(2), donde todo lo que se destaca y no corresponde al estilo general dado debe ser escondido. También aquí la forma y el contenido son inseparables. Después de leer la primera versión de este texto, a pesar de la complejidad del tema, se me sugirió una construcción de frases sin complicaciones, resúmenes apetitosos más cortos siempre en asunto y el eslogan orientado al mercado de «siempre pensando en el lector» (es cuando uno renuncia a «hechos, hechos, hechos» que la crítica de Adorno al positivismo interioriza de alguna manera), y no sólo por parte de los candidatos a la carrera universitaria perturbados por el trabajo doctoral.

Expresado todo esto, quisiera ahora, en la primera parte, repetir como presupuestos los aspectos centrales de la tesis de la disociación-valor ya expuestos en artículos anteriores, para luego poder consolidarlos mejor y al mismo tiempo desarrollarlos.

Primera parte: Sobre los conceptos de valor y de disociación-valor

Para explicar mejor el significado de «disociación-valor», es conveniente aclarar primero el concepto androcéntrico de valor, en el sentido de la «crítica del valor fundamental» a la que adhiero críticamente. En general, el concepto de valor se asume positivamente, ya sea en el marxismo tradicional, en el feminismo o en la economía política, donde aparece, por ejemplo en forma de precios, como un simple objeto de la sociedad humana, como presupuesto y transhistórico. No así en la «crítica del valor fundamental». Aquí el valor es entendido y criticado como expresión de una relación social fetichista. En las condiciones de producción de mercancías para mercados anónimos, los miembros de la sociedad no utilizan sus recursos de mutuo acuerdo para la adecuada reproducción de sus vidas, sino que, aislados unos de otros, producen mercancías que sólo se convierten en productos sociales a través del intercambio en el mercado. Las mercancías son «valor» porque «representan» «trabajo pasado» (gasto social abstracto de energía humana), es decir, representan una cierta cantidad de gasto social de energía. Esta representación se expresa a su vez en un medio particular, el dinero, que es la forma general del valor para todo el universo de las mercancías.

La relación social organizada de esta manera pone de cabeza la relación entre las personas y los productos materiales: los miembros de la sociedad, siendo personas, aparecen como asociales, como simples productores privados y como individuos sin relaciones; la relación social, por el contrario, se presenta como una relación de objetos, de cosas muertas, colocadas en relación unas con otras sobre la base de la cantidad abstracta de valor que representan. Las personas son objetivadas y las cosas casi personificadas. Se crea una alienación recíproca de los miembros de la sociedad, que no utilizan sus recursos de acuerdo con decisiones comunes conscientes, sino que se someten a una relación ciega entre cosas muertas — sus propios productos — comandados por la forma-dinero. Es así como se producen sucesivos descalabros en el uso de los recursos, crisis y catástrofes sociales.

La crítica de este fetichismo, que subordina a los seres humanos como seres sociales a las relaciones de sus propios productos, debe comenzar entonces al nivel de la producción de mercancías, el valor, el trabajo abstracto y la forma-dinero. Es precisamente aquí donde la teorización marxista ha fracasado hasta ahora, al expulsar esta auténtica radicalidad de la teoría de Marx al dominio filosófico, sin ser capaz de destruir teóricamente la prisión de las categorías del sistema moderno de producción de mercancías (en todas sus formaciones históricamente no simultáneas) en la sociedad concreta, en un sentido económico y social. Para la «crítica del valor fundamental», por el contrario, lo importante es sacar a la luz este núcleo oculto de la crítica de la economía política y tomar conciencia del carácter fetiche negativo de la forma aparentemente natural del valor, para llegar a una reformulación de la crítica social radical: «Como mercancías, los productos son cosas-valor abstractas, sin cualidades sensibles y sólo se transmiten socialmente en esta extraña figura. En el contexto de la crítica de la economía política de Marx, este valor económico se determina de modo puramente negativo, como una forma de representación cosificada, fetichista, desprovista de cualquier contenido sensible concreto, es trabajo social abstracto y muerto transferido sobre los productos, que se desarrolla en un movimiento permanente de la forma de relaciones de cambio hasta el dinero, la ‘cosa abstracta'» (Kurz, 1991, p. 16 s.).

Sin embargo, este fetichismo específico de la forma mercancía, como principio general y dominante de la socialización, se encuentra sólo en el moderno sistema productor de mercancías. Sólo el capitalismo moderno creo una forma de mercancía orientada hacia mercados anónimos, desconectada y autonomizada del resto de la vida y de otras formas de relación, y que simultáneamente domina el proceso de la vida social. En el pasado, se producía principalmente para el uso, no sólo en los contextos agrarios, sino también en corporaciones regidas por leyes corporativas especiales. Incluso el concepto de una «totalidad» social sólo podría surgir con este dominio realmente totalitario de las formas mercancía y dinero sobre la sociedad. La producción de mercancías, las relaciones monetarias y la «economía de mercado», como contexto sistémico general, sólo nacieron porque el valor, y con ello su forma de manifestación, el dinero, se transformaron de un simple medio que mediaba a los productores verdaderamente independientes (economía familiar, etc.) en un fin en sí social universal: el dinero se retroalimentaba a sí mismo como capital, para «valorizarse», es decir, para hacer del dinero «más dinero» (plusvalía) en un proceso imparable. 

Hay dos condiciones constitutivas de esta «valorización del valor» productiva en el capitalismo que distinguen tal modo de producción capitalista de cualquier producción de mercancías premoderna. En primer lugar, la producción de bienes de uso, que en las condiciones precapitalistas era todavía el significado obvio de la producción, se convierte ahora en un mero soporte de la abstracción valor, y con ello la satisfacción de las necesidades humanas se transforma en un mero «subproducto» de la acumulación de capital-dinero. Se da, entonces, una inversión entre fin y medio: «El fetichismo se ha vuelto autorreflexivo y por lo tanto constituye el trabajo abstracto como una máquina de fin en sí. Ya no termina en el valor de uso, sino que se presenta como el auto-movimiento del dinero, como la transformación de un quantum de trabajo muerto y abstracto en otro quantum mayor de trabajo muerto y abstracto (plusvalía), y como un movimiento de reproducción tautológica y de autorreflexión del dinero, que sólo se convierte en capital, y deviene por lo tanto moderno, en esta forma» (Kurz, 1991, p. 18).

Vedándosele todo acceso autónomo y voluntario a los recursos, una parte cada vez mayor de la sociedad ha estado sometida al yugo de los «mercados de trabajo», y la capacidad humana de producción sigue siendo fundamentalmente heterónomo-determinada. Sólo bajo estas condiciones la actividad productiva pudo devenir en «trabajo abstracto», que no es más que la forma específica que asume la actividad, del fin en sí abstracto, del aumento del dinero en el espacio funcional de la «economía empresarial» capitalista, es decir, separada del contexto de la vida y las necesidades de los propios productores.

Con el desarrollo del capitalismo, toda la vida individual y social en el planeta fue impregnada por el auto-movimiento del dinero, en el que «el trabajo vivo ya sólo (aparece) como expresión del trabajo muerto autonomizado» y en el que el trabajo (abstracto), nacido sólo en el capitalismo, es ahora considerado a-históricamente como un principio ontológico (Kurz, 1991, p. 18 s.).

La perspectiva truncada del marxismo del movimiento obrero tradicional sobre este contexto sistémico consistía en criticar la «plusvalía» en un sentido meramente superficial y sociológico, en particular su «apropiación» por la «clase capitalista». El motivo de escándalo no era la forma del valor, revalorizándose a sí mismo de modo fetichista, sino sólo su «distribución desigual». Precisamente por eso, según los representantes de la «crítica del valor fundamental», este «marxismo del trabajo» permaneció confinado a la ideología de una simple «justicia distributiva».

El problema es el absurdo fin en sí de la formas totalitarias mercancía y dinero; y la «distribución justa» dentro de esta forma sigue estando sujeta a las leyes del sistema y a las restricciones que de ello se derivan, y por lo tanto es una pura ilusión. Una simple redistribución en forma de mercancía, valor y dinero, en el modo que sea, no puede prevenir las crisis ni acabar con la pobreza global generada por el capitalismo. El problema decisivo no es cómo extraer la riqueza abstracta en la forma insuperada del dinero, sino la forma misma.

De ese modo, el viejo movimiento obrero, con su «crítica del capitalismo» truncada, en las categorías no superadas del propio capitalismo, sólo pudo conseguir mejoras y consuelos efímeros, inmanentes al sistema, que hoy son aniquiladas paso a paso, en la crisis del sistema productor de mercancías. El marxismo tradicional y la izquierda política en general se apropiaron de todas las categorías fundamentales de la socialización capitalista, particularmente del «trabajo» abstracto, del valor, como supuesto principio general trans-histórico, y por consiguiente también de la forma de la mercancía y del dinero, como forma de relación general, y del mercado anónimo universal, como esfera de la mediación social fetichista, etc., mientras que la miseria y la alienación que acompañan al contexto sistémico de estas categorías deberían ser remediadas con intervenciones políticas externas –una ilusión repetidamente reciclada, aún hoy, y siempre como un cóctel de keynesianismo (de izquierda)

Sólo en las sociedades atrasadas, en la no simultaneidad histórica de la moderna producción de mercancías, pudo surgir, dentro de la historia de la imposición del capitalismo, un sistema de transición relativamente autónomo fundado en la legitimación de esta ideología; a saber, aquella «modernización atrasada» [nachholende Modernisierung] en formas de capitalismo de Estado que fue (mal) interpretada como «contra-sistema socialista», aunque en ninguna parte surgió de la crisis de maduración de un capitalismo desarrollado, sí, este paradigma, se ha vuelto dominante, por el contrario, sólo durante algunas décadas en las sociedades «subdesarrolladas» desde el punto de vista capitalista de la periferia del mercado mundial (Rusia, China, Tercer Mundo). Como en estas sociedades también había un sistema productor de mercancías, aunque «atrasado», en ellas prevalecía necesariamente la dinámica capitalista mercancía-dinero de la mediación del mercado anónimo (que ya incluye siempre el principio de la competencia), aunque de manera diferente de Occidente, toda vez que aquí era el propio Estado que asumía el papel de empresario colectivo.

Y fue también esta dinámica de valor abstracto, también en los Estados del bloque oriental revalorizándose a sí mismo, la que derribó –a través de los procesos del mercado mundial y de la carrera por desarrollar las fuerzas productivas– el «socialismo realmente existente» (en realidad, el capitalismo de estado) y condujo a los escenarios de crisis y guerra civil de los años noventa en todo el mundo. Con el colapso de la «modernización atrasada», ciertamente no se abrieron «perspectivas de reforma», con el paso a la «economía de mercado y a la democracia» (como entretanto se conoce el capitalismo originario occidental, incluso en la jerga de la izquierda conformista), por el contrario al mantenerse el sistema de producción de mercancías y sus criterios, sólo se sostienen y reafirman las «perspectivas» de barbarie.

Desde los años ochenta, también se han desvanecido en el «Tercer Mundo» las esperanzas de mejores condiciones de vida. La perspectiva del llamado «desarrollo», pensado desde siempre de modo fetichista en la forma mercancía, que había marcado el espíritu de la época aún hasta mediados de los años setenta (vinculada a una euforia de modernización), parecía sostenerse temporalmente a través del crédito. Pero, en los años ochenta, también se derrumbó este concepto limitado al cuadro del sistema mundial capitalista y muchos países del Tercer Mundo cayeron en la miseria, bajo la presión neoliberal, que llevó por ejemplo a un endeudamiento ante el FMI y el Banco Mundial. Con el pretexto del reembolso del crédito ante estas instituciones se llegó a los eufemísticamente llamados «procesos de reajuste estructural» y a la degradación de la situación social de la mayor parte de la población. Siendo previsible que estas precarias condiciones de vida se van a expandir, incluso en las más industrializadas de las naciones occidentales. El valor, el trabajo abstracto, la mediación de la forma mercancía, sobre la base del fin en sí capitalista, se vuelven completamente obsoletos; el «colapso de la modernización» (Kurz, 1991) se muestra cada vez más evidente.

La paradoja de la situación postmoderna es que el capitalismo, por un lado, se vuelve incapaz de asegurar la reproducción de la humanidad (incluso según sus propios criterios, en cualquier caso inaceptables); por otro lado, sin embargo, los paradigmas habituales de una «crítica del capitalismo» truncada y categorialmente ligada a las formas del sistema de producción de mercancías (ya sea que esta crítica provenga del viejo marxismo del movimiento obrero, del keynesianismo o del antiimperialismo de la «revolución nacional»), simplemente no llevan a nada. Las disparidades sociales no desaparecieron, por el contrario, se agravaron dramáticamente; pero ya no pueden ser representadas en los conceptos de «sustracción de plusvalía», es decir, en el sentido de una comprensión meramente sociológica de las «relaciones de clase» o «relaciones de dependencia nacional».

Esta visión de la «crítica del valor fundamental», por más lógica que se muestre y por plausible que sea su explicación de muchos fenómenos de la presente crisis mundial, sigue siendo, en su lógica, indiferente frente a la relación entre los sexos. Se percibe de inmediato que de este contexto, sólo el valor y el «trabajo abstracto» ascienden, de modo sexualmente neutro, a los honores de la teoría, aunque, claro, sólo como objeto de una crítica radical. No se tiene en cuenta que en el sistema productor de mercancías también hay que ocuparse de la casa, hay que educar a los hijos, cuidar de los enfermos y a los discapacitados, etc., tareas que habitualmente se les atribuyen a las mujeres (aunque tengan un trabajo remunerado) y no pueden ser, al menos exclusivamente, tratadas de forma profesional (véase lo que sigue Kurz, 1992, p. 135 sg. y 155 sg; Scholz, 1992).

El conjunto de la relación social en el capitalismo, sin embargo, no está determinado sólo por el auto-movimiento fetichista del dinero y por el fin en sí mismo del trabajo abstracto. Por el contrario, existe una «disociación» sexualmente especificada, dialécticamente mediada por el valor. Lo disociado no es un simple «subsistema» de esta forma (como el comercio exterior, el sistema legal o incluso la política), sino que es esencial y constitutivo de la relación social total. Significa que no existe una «relación de derivación» lógica inmanente entre valor y disociación. La disociación es valor y el valor es disociación. Cada uno está contenido en el otro, sin que sean idénticos. Se trata de dos momentos centrales esenciales de una misma relación social, en sí mismos contradictorios y fragmentarios, que deben ser entendidos al mismo alto nivel de abstracción.

Lo que no se puede contener en el valor, que por lo tanto se disocia de él, como tal, contradice la pretensión de totalidad de la forma valor; representa lo oculto de la teoría misma y, entonces, no se puede entender con el instrumental de la crítica del valor. Las actividades reproductivas femeninas, al representar el reverso del trabajo abstracto, no pueden ser cubiertas simplemente con el concepto de trabajo abstracto, como lo hace el feminismo, que ha tomado en gran medida del marxismo del movimiento obrero la categoría positivizada de trabajo. Las actividades disociadas, que incluyen el afecto, la asistencia y el cuidado de enfermos y discapacitados, así como el erotismo, la sexualidad y el «amor», también incluyen sentimientos, emociones y posturas que se oponen a la racionalidad de la «economía empresarial» en el campo del trabajo abstracto, y que se oponen a la categoría del trabajo, aunque no estén completamente libres de momentos de racionalidad de objetivo ni de las normas protestantes.

En la modernidad patriarcal son delegadas a la mujer, es decir, se le asignan y proyectan en ella no sólo determinadas actividades, sino también sentimientos y cualidades (sensualidad, emotividad, debilidad de entendimiento y de carácter, etc.). El sujeto masculino de la ilustración que, como socialmente determinante representa, entre otros atributos, la fuerza para imponerse (en la competencia), el intelecto (respecto a las formas de reflexión capitalista), la fuerza de carácter (en la adaptación a los imposiciones capitalistas), y que así constituyó (inconscientemente), por ejemplo, el mecánico de precisión masculino disciplinado de la fase fordista en la fábrica, está él esencialmente estructurado sobre esta «disociación». En este sentido, la disociación-valor tiene también un lado cultural-simbólico y una dimensión psicosocial, que, en mi opinión, sólo pueden ser abordados con un instrumental psicoanalítico.

Según la tesis de disociación-valor, las esferas privada y pública, por igual, dialécticamente mediadas, son idealmente implicadas como femeninas y masculinas respectivamente. Sin embargo, la relación de sexos claramente no «descansa», objetivamente, en los dominios de la esfera privada y la esfera pública, como podrían suponer ciertas conjeturas estereotipadas. Siempre ha habido mujeres también en la esfera pública, especialmente en la esfera de la actividad capitalista remunerada; pero la disociación simplemente continúa, incluso dentro de la esfera pública.

Incluso en la postmodernidad, cuando la actividad profesional de las mujeres ha ido en aumento, sus cualificaciones han coincidido con las de los hombres y la «confusión de los sexos» se ha convertido en un tema muy propagandizado por los medios de comunicación, está claro que la jerarquía sexual y el menoscabo de las mujeres no han desaparecido en absoluto en lo fundamental. Las mujeres son cada vez más responsables del cuidado de los hijos y del trabajo doméstico en la esfera privada, están peor pagadas en la esfera del trabajo remunerado, es raro encontrarlas en puestos de dirección pública, etc., todo sin duda responde a lo que está arraigado en las atribuciones y clasificaciones modernas «clásicas», sexualmente especificadas, y en las correspondientes responsabilidades reales de las mujeres en el cuidado de la reproducción privada, y que sigue sintiéndose incluso en los tiempos posfordistas.

Esta crítica hacia el concepto de valor pensado de modo androcéntrico, tal como está formulada por la teoría de la disociación-valor como concepto global, tiene consecuencias no sólo para la «crítica del valor fundamental», sino también para otros enfoques que, ya en el pasado, debatieron (aunque en la mayoría de los casos inconsecuentemente) con la abstracción del valor y con el fetiche de la mercancía. Es particularmente el caso del concepto de «valor de uso», que se puede encontrar en la izquierda y en muchas concepciones feministas, colocado de modo enfático y, en principio, positivizado, que es pensado como ejemplo de lo «femenino» y como tal guardaría en sí supuestas potencialidades de resistencia. En una correspondencia valor de uso = femenino, valor de cambio = masculino, al mismo tiempo que se salvaguarda la subordinación del valor de uso al valor de cambio, las disparidades sexualmente especificadas siguen siendo simplemente derivadas de una forma de mercancía sexualmente neutra. El análisis continúa aún a la manera androcéntrica, limitada al espacio interior de la mercancía.

Según Kornelia Hafner, por el contrario, ya se concluye en Marx «que los mismos valores de uso aparecen como criaturas del capital», y que la aceptación de una «utilidad pura» abstracta del valor de uso sólo aparece de manera generalizada después de que la forma mercancía se haya generalizado a todas partes a través de la relación de capital (Hafner, cit. en Kurz, 1992). Para la «crítica del valor fundamental» de la que aquí hablamos, se deduce que la mercancía es sólo «valor de uso» en el proceso de circulación, como objeto del mercado, y en esta medida también el valor de uso es sólo una simple categoría del fetiche económico abstracto. No designa la utilidad concreta del uso material-sensible, sino sólo su «uso puro y simple» como el valor de uso de un valor de cambio. Desde el punto de vista de la disociación-valor, el concepto de valor en uso es, por lo tanto, en cierto sentido, parte del universo androcéntrico abstracto de las mercancías

Ahora bien, la esfera que queda fuera del contexto de la forma económica pertenece al consumo, con las actividades previas y posteriores vinculadas a él; por lo tanto, el acceso a la forma «disociada» del valor debe buscarse en primer lugar aquí. Es sólo en el consumo que las mercancías se utilizan y disfrutan de una manera realmente material-sensible. De esta manera, el producto creado en forma de mercancía se sustrae de la forma mercancía al ser «degustado» en consumo. No se menciona el hecho de que la salida de las mercancías del contexto de la forma económica no constituye en sí mismo un «simple» consumo inmediato, sino que el consumo es mediado por una esfera de actividades de reproducción, que se cruzan con actividades, momentos y relaciones sólo parcialmente mediadas, o incluso a priori no mediadas con la forma de la mercancía.

Lo «disociado» así definido que, desde el punto de vista del contexto androcéntrico de la forma dominada por el valor, en el límite lleva al consumo en cierta manera en el vacío, aparece, por lo tanto, en la teoría social masculina unidimensionalmente relacionada con la reflexión del valor, como a-histórica, una masa blanda e informe, al igual que lo femenino en general en la sociedad cristiana occidental, a la que no se logra acceder con el análisis de la forma valor. Por el contrario, el consumo de los medios de producción utilizados en la economía empresarial, como máquinas, bienes de inversión, etc., no está relacionado con la disociación; permanecen espontáneamente en el «universo masculino» del valor.

Ahora bien, es evidente que, conceptualmente, lo «disociado» no se limita al consumo y a la preparación de bienes para su uso comprados para el consumo; el afecto, la prestación de cuidados, la asistencia, el «amor», etc., incluso la sexualidad y el erotismo, pertenecen a su núcleo central. Aquí es difícil distinguir precisamente entre lo que es actividad obligatoria y la manifestación existencial de la vida. Y es precisamente esto lo que hace que las actividades reproductivas femeninas sean más abrumantes que las soportadas en la situación de la «trabajadora abstracta».

La configuración del trabajo abstracto como de la disociación, por tanto –histórica y lógicamente– tiene esencialmente origen en un mismo momento; no se puede ver uno como creador del otro, ni inversamente. Cada uno se presupone para la constitución del otro. En este sentido, la relación disociación-valor representa en cierto modo una meta-estructura, contra la hipótesis reduccionista de que sólo el valor sería el principio constitutivo, la esencia de la sociedad productora de mercancías.

Lo femenino disociado es, así, el Otro de la forma mercancía, como lo que es aparte; por otro lado, sin embargo, sigue siendo dependiente e infravalorado, precisamente porque es un momento disociado en el contexto de toda producción social. Se podría decir entonces: si las mercancías corresponden a la forma abstracta, lo disociado corresponde a la ausencia de forma abstracta; en el caso de lo disociado, paradójicamente se podría hablar de una forma de ausencia de forma, en la que ésta –para subrayarlo una vez más– lógicamente ya no puede ser entendida por las categorías del contexto interior a la forma mercancía. La ciencia y la teoría androcéntrica, en la forma mercancía, no pueden tener en cuenta esta relación, ya que tienen que expulsar fuera de su teorización y de sus aparatos conceptuales todo lo que queda fuera de la forma mercancía, como «no lógico» y «no conceptual».

La «sensibilidad» de la que hablamos aquí en el contexto de la «disociación» está sin duda históricamente constituida. Esto se aplica no sólo a las actividades de las mujeres en la reproducción (preparación de bienes para el consumo, el amor, el cuidado, el afecto, etc.), que sólo surgieron en el siglo XVIII con la diferenciación entre un sector de trabajo capitalista remunerado, por un lado, y un sector privado doméstico de reproducción, por otro (véase, por ejemplo, Hausen, 1976), sino también para la constitución de las necesidades en general (3).

Al tratarse de una unidad negativa entre la forma mercancía y la forma «disociada», se deduce desde el principio que, en el contexto de la forma de disociación-valor, lo «femenino» disociado no es de ninguna manera «mejor» que la «masculinidad» en la forma mercancía. A la vez se deduce que también las mujeres que (sólo) tienen actividad en el sector de la reproducción llevan una vida limitada y alienada (una definición que no tiene que ser empíricamente válida para todas las mujeres), que se comporta como un espejo de la alienación del trabajo abstracto en el espacio funcional de la economía empresarial del capital. El uso y disfrute sensible, así como las actividades relacionadas con ello y las cualidades que se atribuyen a las mujeres como momento disociado, son por lo tanto inmanentes a la sociedad capitalista, aunque no inmanentes a la forma de valor.

De acuerdo con la teoría de la disociación-valor, es necesario asumir que la relación de género moderna (de la misma manera que el valor) debe ser examinada en el contexto del patriarcado productor de mercancías, no como un hecho transhistórico «paralelo» a las diferentes formaciones sociales. Esto no significa que no haya antecedentes. Pero la relación de género adquiere en la modernidad de la producción de mercancías una cualidad completamente nueva, que debe ser tenida en cuenta teórica y analíticamente. En la postmodernidad se observa actualmente un nuevo cambio en la relación de género. Sin embargo, como ya se ha sugerido, debemos verificar la codificación fundamental, en el sentido de disociación-valor, y la correspondiente jerarquización sexual, tanto antes como después, en todas sus fragmentaciones, diversificaciones, inversiones de polos, transformaciones y supraformaciones, reacoplamientos y diferenciaciones postmodernas; en la existencia de la mujer profesional o del hombre en tareas domésticas, como en el fútbol femenino o en el striptease masculino, en el matrimonio de gays y lesbianas, o en los espectáculos de transexuales hoy altamente mediatizados, para dar sólo unos pocos ejemplos destacados.

Han pasado algunos años desde la publicación de las definiciones de posición sobre la metaestructura general de la disociación-valor que se menciona brevemente aquí, y hay algunas cosas que necesitan ser modificadas y precisadas, como voy a demostrar. Así, por ejemplo, se ha aclarado hacia dónde se conduce el desarrollo postmoderno del patriarcado productor de mercancías: no sólo a las transformaciones y supra-formaciones, reacoplamientos e inversiones de polos antes mencionadas, sino que, en la irrupción de la crisis estructuralmente condicionada del sistema capitalista que cubre todo el mundo, es también un recrudecimiento del patriarcado productor de mercancías a escala global. En las violentas rupturas sociales de la crisis mundial, las mujeres (y hoy incluso en su imagen ideal, contrariamente a lo que sucedió hasta la fase fordista) ya no son sólo consideradas responsables del ámbito de la reproducción, sino que, a diferencia de los hombres, son igualmente responsables de las tareas domésticas y del trabajo remunerado, aunque la infravaloración hacia ellas se mantiene, a pesar de ello o quizás a causa de ello. Así, caen en el ridículo aquellas valoraciones optimistas que desde mediados de los años ’80 consideraban ya alcanzada la emancipación de la mujer, o que, incluso actualmente continúan afirmándola.

La crítica de disociación-valor opone a estas tendencias de asalvajamiento el objetivo de superar el valor, la forma de la mercancía, la economía de mercado, el trabajo abstracto y la disociación; una perspectiva para la suplantación de toda la relación de producción de mercancías, que debe abarcar no sólo el punto de vista material sino también el ideal y el psicosocial. En este sentido radical, la distribución de estos planos y dominios en general está en discusión, lo que incluye una crítica a la familia nuclear, que ahora simplemente se está descomponiendo. Se trata, por tanto, de superar la «masculinidad» y la «feminidad» en el sentido que han existido hasta ahora, y con ellas las respectivas sexualidades compulsivas.

Desde esta posición de crítica radical, sigue una confrontación con los conceptos más importantes del feminismo teórico. En primer lugar, y delimitándome críticamente a partir de un ensayo de Regina Becker-Schmidt, quisiera aclarar que la validez de las estructuras, mecanismos, fenomenologías, etc. de disociación-valor sólo puede ser invocada para el patriarcado productor de mercancías, y que sería un error verlas también en acción en las sociedades premodernas, o incluso considerarlas como «propias de la especie humana». Después de esta demarcación fundamental, pasaré ahora a los enfoques que tratan de analizar la relación entre los sexos en el patriarcado productor de mercancías.

Tercera parte: La teoría de la disociación-valor modificada

A continuación presentaremos los resultados de las reflexiones que han tenido lugar hasta el momento. ¿Qué innovaciones resultan en la teoría de la disociación-valor de esta consideración de teorías? Mi objetivo es mostrar un esbozo de la teoría de disociación-valor ampliada y desarrollada derivada del campo de tensión entre la crítica y el recurso a los enfoques teóricos confrontados. Por supuesto, esto no quiere decir que dé así por concluída la observación teórica de la «disociación-valor». Por el contrario, con los resultados que siguen, se formula un programa que obliga a posteriores investigaciones y desarrollos (4); es obvio que algunas de mis reflexiones se han demostrado hasta ahora sólo de forma acotada o superficial, como es el caso de la relación entre la lógica de la identidad y relaciones entre los sexos, o también el caso del inconsciente social androcéntrico. El reconocimiento de los límites de la elabora teórica por excelencia, que se deriva precisamente de la ampliación en sucesivas exposiciones de la teoría de la disociación-valor, no excluye, por supuesto, la posibilidad de un posterior perfeccionamiento y precisión de esta teoría. Si no fuera así, sería posible prescindir de la teoría en general y contentarse desde el principio en la falsa inmediatez -en una simple inversión vitalista- con datos positivos que se obtengan, de modo igualmente positivista.

En este contexto, ya no acepto la concepción de Ostner de la separación entre «profesión y trabajo doméstico» porque, por una parte, veo este principio ya superado críticamente en planteamientos anteriores (véase Kurz, 1992, Scholz, 1992) y, por otra, descubro en la definición de Haug del «patriarcado capitalista como modelo de civilización», aunque en una variante del antiguo marxismo, un desarrollo de los pensamientos de Ostner que, en cualquier caso, debe ser corregido desde el punto de vista de la teoría de la disociación-valor.

Sin embargo, la concepción de Ostner ha sido tenida en cuenta en mis reflexiones porque, como ya se ha dicho, a pesar de las muchas críticas que puede merecer, se aproxima a algunos momentos de la «crítica del valor fundamental» y de la teoría de la disociación-valor, sin exponer explícitamente este plan. Ostner también tiene alguna ventaja respecto a los enfoques más recientes. A modo de ejemplo podría, al menos en parte, quedar claro, a través de una nueva lectura crítica, por qué en el desarrollo del patriarcado moderno los individuos en general tienen que «constituirse» como hombres y mujeres; y, en relación con ello, ¿por qué puede ocurrir el cambio de género de las profesiones? El desarrollo que básicamente se da allí -aunque no sea central- del trabajo profesional y del «trabajo doméstico», del dominio de la reproducción y del dominio de la producción, no juega ningún papel, por ejemplo, en Gildemeister/Wetterer, para las que, el caso del cambio de género de las profesiones -sin acotarlo sólo a tal fenómeno-, no es más que la «construcción de la (doble) sexualidad», y aún más: se sienten obligadas a enfrentarse con toda la fuerza a este tipo de argumentación (cf. Gildemeister/Wetterer, 1992). Por eso no creo que esté justificado adoptar el enfoque de Ostner como acabado en su conjunto, como es habitual desde los años ochenta en la investigación sobre la mujer (estudios de género), aunque sea seguramente cierto que la tesis de la «capacidad de trabajo de la mujer» no es sostenible y este enfoque es susceptible de cambio en muchos aspectos.

Dicho esto, me gustaría presentar ya teoría de la disociación-valor modificada una vez más, en una «segunda vuelta», con el fin de dejar en claro sus líneas generales ahora trazadas con respecto a la revisión crítica efectuada al confrontar los enfoques teóricos feministas (de izquierda).

1. La investigación teórica de la relación jerárquica de género debe limitarse a la modernidad. No se permiten retroproyecciones para formaciones no modernas. Esto no significa que las relaciones de género modernas no tengan una prehistoria, que de hecho puede seguirse hasta la antigüedad griega. Sin embargo, en la modernidad la relación de género asume una cualidad completamente nueva, con la generalización de la producción de mercancías, cuando el «trabajo abstracto» se convierte en un «fin en sí mismo tautológico», la «banalidad del dinero» (R. Kurz) se extiende y las áreas de producción y reproducción se separan, derivandose al hombre como principalmente competente para el área de producción y para la esfera pública en general y a la mujer en primer lugar para el área inferiorizada de la reproducción.

2. Dicho esto, no se puede llegar al punto de definir el sexo por analogía con la «clase», en el plano sociológico meramente superficial, como una categoría social estructural que consigna oportunidades sociales, como pregona Becker-Schmidt. Esta perspectiva asumida por Becker-Schmidt revela que simplemente toma como criterio de su concepción el principio inmanente de la justicia distributiva, en el sentido del viejo pensamiento de clase. Se trata, en cambio, en un plano perfectamente fundamental, de tener en cuenta la disociación-valor como principio formal, en el sentido de esencia social que en el fondo estructura la sociedad como un todo y como tal tiene que ser criticado y cuestionado. Sólo así será posible definir teóricamente tanto las formas de identidad modernas, así como las identidades flexibles compulsivas posmodernas sexualmente especificadas (a las que volveré con más detalle) y someterlas a una revisión crítica.

Así, como ya se ha mencionado, la disociación-valor significa que las actividades femeninas de reproducción, así como los sentimientos, cualidades, comportamientos, etc. asociados a ellas (sensualidad, emocionalidad, solicitud, por ejemplo) son estructuralmente disociadas del valor, del trabajo abstracto. Las actividades reproductivas «femeninas» tienen un carácter formalmente diferente en calidad y contenido del carácter del trabajo abstracto; por lo tanto, tampoco pueden ser simplemente subsumidas en el concepto de trabajo abstracto. Además, tal definición favorecería la amplia tendencia posmoderna según la cual incluso se habla de «trabajo de relaciones», «trabajo de sentimientos», etc., e incluso el amor y la sexualidad se abarcan en el concepto de «trabajo».

El valor y la disociación están en una relación dialéctica recíproca. Uno no puede ser derivado del otro, pero ambos provienen el uno del otro; la disociación no está teóricamente subordinada al valor. En consecuencia, las categorías de la economía política no llegan a justificar la disociación-valor. Esto es válido también para el concepto de valor de uso que, como concepto opuesto al de valor de cambio, se mantiene él mismo todavía en la esfera androcéntrica de la economía, contrariamente a una interpretación frecuente. En contraposición a ello, las actividades de las mujeres se agrupan en la esfera de la reproducción, en torno al consumo privado, en el sentido del goce sensible o del uso real (y de sus preparaciones), más allá de la forma abstracta del valor. En este punto, la disociación-valor también puede ser concebida como lógica de orden superior, que actúa aún más allá de las categorías internas a la forma del valor. El consumo así definido (las actividades femeninas de la reproducción) y la forma valor se condicionan pues mutuamente, siendo, como tales, categorías inmanentes del patriarcado productor de mercancías – «inmanentes» ahora ya no simplemente en el sentido del valor, sino precisamente en el sentido de la disociación-valor dialécticamente mediada, como principio constitutivo abrazando las sociedades patriarcales modernas. De ahí que también se debe poner radicalmente en cuestión la disociación-valor en la totalidad; la «feminidad» no debe ser interpretada en ningún caso como mejor, merecedora de ser preservada y trascendente, sino que debemos superar la relación en su conjunto.

Las categorías de la economía política también siguen siendo insuficientes desde otro punto de vista. La disociación-valor implica también una relación psicosocial específica: en el patriarcado productor de mercancías determinadas cualidades, comportamientos y sentimientos considerados inferiores (sensibilidad, debilidad de carácter y de entendimiento, pasividad, entre otras) se atribuyen a las mujeres y son en ellas proyectadas, disociadas por el sujeto moderno masculino. Las mujeres, por otra parte, a menudo se reconocieron en tales atribuciones en la historia del patriarcado productor de mercancías. Estas atribuciones especificadas sexualmente caracterizan así el orden simbólico del patriarcado productor de mercancías como un todo. Por lo tanto, se trata de considerar también las dimensiones psicosocial y cultural-simbólica. Esto no puede ser despreciado, también con la acción de la «disociación» en ambos planos la disociación-valor se revela como el principio formal que atraviesa la sociedad del patriarcado productor de mercancías en su conjunto.

3. Asumo que el patriarcado productor de mercancías puede considerarse como un modelo civilizatorio completo. Tomo aquí de Haug las siguientes hipótesis: en el orden simbólico del patriarcado productor de mercancías, la política y la economía están agregadas al hombre; la sexualidad masculina se define como ejemplo del individualista, del agresivo, del violento; las mujeres, por el contrario, se presentan como objeto, o incluso simple cuerpo. El hombre es visto como ser humano, como persona de espíritu, que domina o somete el cuerpo; la mujer, por el contrario, como no humana, como cuerpo. La guerra tiene connotación masculina; las mujeres, inversamente, son tenidas como disponibles para la paz, pasivas, sin voluntad, estúpidas. Los hombres tienen que aspirar a la fama, al coraje, a las «obras inmortales».

El tema central que siempre está en juego es el de la dominación de la muerte. Las mujeres son responsables del cuidado de las personas y de la humanidad. Sus acciones son socialmente inferiores y se olvidan en la elaboración teórica, por lo que en el proceso de sexualización de las mujeres se decide su subordinación a los hombres y se inscribe su marginación social. El hombre es considerado un héroe y un trabajador. Con esto, la naturaleza tiene que ser sometida productivamente, dominada. El hombre está disponible para competir con otros. Esta idea también define las nociones de comunidad en toda la historia cristiana occidental.

Más aún: la capacidad y la disponibilidad para el trabajo, el gasto de tiempo racional, económico y efectivo, la competencia y la ambición del lucro definen el modelo de civilización como contexto total también en sus estructuras objetivas, en sus mecanismos, en su historia así como en las máximas de actuación de los individuos. De ahí que, en una formulación sensacionalista, se pueda también hablar del sexo masculino como «el sexo del capitalismo»; teniendo como telón de fondo que la idea dominante de «sexo» en la modernidad es, en general, una versión dualista de «masculinidad» y «feminidad». El modelo de civilización de la producción de mercancías tiene así como presupuesto la humillación y la marginación de las mujeres, así como el desprecio siempre concomitante de lo social y de la naturaleza. Estos momentos fueron empujados hacia la esfera de la reproducción, donde llevan una existencia separada, estrechamente privada.

4. No es difícil reconocer que la «psicología de la diferencia sexual», que Becker-Schmidt cree tener que reconocer ontológica, es en todo caso una cuestión de la modernidad (aunque sus raíces van ciertamente hasta la antigüedad occidental, como ya se ha dicho; sin embargo el sistema de los «dos sexos» fue construido sólo en el contexto del capitalismo moderno). La moderna ilusión de vencer la muerte, así como las dicotomías específicas de sujeto-objeto, espíritu-naturaleza, dominación-sumisión, hombre-mujer, que vienen de par tanto con la dominación de la naturaleza como con la sumisión de las mujeres a ella equiparadas, deben ser vistas como marcas distintivas típicas del patriarcado productor de mercancías. Es evidente, pues, que la disociación/represión/reducción de lo femenino constituye una estructura central del patriarcado productor de mercancías, también en el sentido de «inconsciente social». Haug no llega a la conclusión de que se trata de un fenómeno de inconsciente social androcentricamente determinado, aunque este pensamiento casi se ve forzado en su análisis.

En la constitución de este inconsciente social androcéntrico en el patriarcado productor de mercancías, sin duda que desempeña también un importante papel la necesidad existente en la familia nuclear patriarcal-burguesa de desidentificación del niño (que más tarde domina) con la madre, para poder construir el Yo, papel que es acompañado de la represión de lo femenino; pero también el proceso inverso, en el que la niña se equipara a la madre, a fin de poder desarrollar una identidad femenina y estar disponible para asumir una posición subordinada (no sólo) en el área doméstica. Ahora me gustaría explicar el androcentrismo como «fenómeno infraestructural psicogenético» en términos de la disociación-valor (apartándome aquí de la inventora de esta formulación, Becker-Schmidt) en el sentido de que la represión / disociación de lo femenino, la inferiorización de las mujeres reales y la existencia de la dominación masculina radica en las capas psíquicas profundas; y que aquí la «disociación», como patrón cultural fundamental de la sociedad y mecanismo psicosocial, determina esencialmente la sociedad como un todo, en mediación con la división de funciones sexualmente especificada. Incluso en la decadencia que acompaña la crisis del patriarcado productor de mercancías, cuando la familia nuclear se deshace y los individuos son liberados de sus papeles, es probable que se constituya una inferiorización de las mujeres colocándolas en una posición diferente a la de los hombres, como veremos pronto.

5. De esto no se puede concluir, según el tradicional esquema base-superestructura, que la división de funciones sexualmente especificada en la producción de la vida y de los alimentos representa el plano primario, al que se han vinculado superficialmente significados culturales en el curso de la historia, como es el punto de vista de Haug. En vez de eso, el plano de los símbolos culturales, el de la psicología social y el material deben ser establecidos en sus relaciones recíprocas al mismo nivel de relevancia, sin que ninguno tenga el primado. Asumo esta perspectiva de Becker-Schmidt. De hecho, sólo así las relaciones entre los sexos son «una especie de trabajo en red, (…) que no tiene ningún lugar determinado, sino que atraviesan todos los lugares», como dice la propia Haug.

La dimensión de los símbolos culturales se desarrolla, por ejemplo, en los análisis del discurso en relación con Foucault (ver, por ejemplo, Honegger, 1991, Landweer, 1990, Laqueur, 1996, y, considerando la vida corporal, Duden, 1987) ; el lado psicológico en la socialización del individuo del patriarcado capitalista puede ser agarrado con un instrumental psicoanalítico (por ejemplo, Chorodow, 1985) (5). El acceso al plano material, es decir, a la división de funciones sexualmente especificada, a la separación entre trabajo profesional y «trabajo doméstico», es posible recurriendo críticamente, por ejemplo, Ostner y Haug.

En general, se trata tanto de indicar las limitaciones de los diferentes enfoques (por ejemplo, la imagen en el fondo conductista del ser humano, su procedimiento positivista y la ontología del poder en Foucault y en las autoras a él ligadas), y, al mismo tiempo, cumplir con su justificación objetiva, que tienen en la sociedad coisificada, dispar y fragmentada del patriarcado productor de mercancías. Con esto no se puede llegar a un proceso de derivación lógica, aunque las interdependencias entre los diversos principios y planos deben ser subrayadas, pero sí -en la formulación acertada de Becker-Scmidt- se trata de «sintetizar sin sistematizar unidimensionalmente», sin que deban equipararse las diversas premisas epistemológicas.

Esta forma de proceder en el contexto de la teoría de disociación-valor, también evita problemas con los que Haug, por ejemplo, por un lado, como podemos ver, se ve necesitada de recurrir al psicoanálisis, y por otro lado, en otros ensayos, ataca a la «Psicología Crítica» de Klaus Holzkampf, por ejemplo. Pues, para una crítica de la disociación-valor así concebida, sencillamente no se plantea el problema de que los diversos enfoques teóricos sean compatibilizados a la fuerza y «violentamente» con las premisas. Desde este punto de vista, lo que Haug refiere expresamente como un déficit en su ensayo no constituye un defecto, es decir, que en este caso sólo podría hacerse un intento de «revisar sólo aquellos ámbitos en los que las relaciones entre los sexos han funcionado hasta ahora esencialmente como relaciones de dominación», ya que todavía habría algunos análisis individuales que teóricamente podrían pensarse en conjunto (cf. Haug, 1996 b, p. 128). En el fondo, Haug también quiere una elaboración teórica «redonda» concluyente, en la que los diferentes componentes individuales y los diferentes planos se ajusten en el «lecho de Procrustes» de una construcción teórica refinada y cerrada. En cambio, con Adorno debería ponerse en tela de juicio esa uniformidad coercitiva, especialmente en tiempos posmodernos. Pues en las referidas exigencias de Haug se desprende claramente que es posible reconocer una disociación de lo «femenino» en el patriarcado productor de mercancías en los tres niveles mencionados, y que la separación de la privacidad y lo público juega un papel central en ello.

6. En el moderno patriarcado productor de mercancías, se constituyen una esfera privada y una esfera pública, en las que los principales protagonistas son las mujeres en el ámbito privado y los hombres en el ámbito público (economía, ciencia, política). Estos dominios son, por un lado, autónomos y recíprocamente independientes y, por otro, al mismo tiempo, están condicionados recíprocamente; están en una relación entre sí mediada, dialéctica. Con ello, sin embargo, la esencia de lo público y lo privado en el patriarcado productor de mercancías aún no se ha caracterizado suficientemente, ya que esta relación dialéctica recíproca también es válida en principio en igual medida para todas las esferas (consideradas en cada caso como relativamente independientes, con momentos de «lógica propia») como la economía, la educación, la esfera privada, el dominio de la competencia, la política, etc., cuando se abstrae de diferencias cualitativas fundamentales.

Pero en este contexto es ahora decisivo que la esfera privada, al contrario de todas las demás esferas que en su conjunto se sitúan en el espacio interno de la esfera pública (definida en la forma de la mercancía), no puede deducirse de la relación de valor, sino que constituye justamente un dominio igualmente disociado de todas estas esferas o momentos de la esfera pública. Becker Schmidt / Knapp no pueden percibir esta diferencia cualitativa debido a su entendimiento sociológicamente limitado de la totalidad. De ahí que también sólo de modo meramente formal y descriptivo consigan, por ejemplo, registrar la relación jerárquica entre la esfera de la competencia y la esfera privada y presentarla en relación con la relación asimétrica entre los sexos.

El patriarcado productor de mercancías no puede existir sin que determinadas actividades y formas de comportamiento, como el «amor», el crear, el cuidar, etc. sean «expulsadas» hacia áreas que están contrapuestas a la lógica del valor, con su moral de competencia, ganancia, rendimiento, etc. – por lo tanto, hacia el área de la reproducción, hacia la esfera privada, hacia la familia, y hacia ciertas personas a eso asignadas, las mujeres, que poseen estas cualidades opuestas al valor, o a las que se les atribuye.

Como se ha demostrado, las mujeres en el patriarcado capitalista siempre se han encontrado en un grado nada despreciable en la esfera pública, por ejemplo, en el pasado ya tenían un empleo remunerado. Considerando, sin embargo, que las mujeres, a diferencia de los hombres, son hasta hoy las primeras responsables de las tareas de cuidar de la familia; que hay que constatar una represión de lo femenino en el sujeto masculino dominante en el plano psicosocial, tanto individualmente como en el conjunto de la sociedad, porque en regla se ha producido una desidentificación del niño masculino con la madre en el curso de su socialización; y considerando que, en el orden simbólico del patriarcado productor de mercancías, existen las imágenes correspondientes de la masculinidad y de la feminidad, entonces la disociación-valor como principio formal global también significa, simultáneamente, en otro nivel de abstracción, una asignación de esferas sexualmente especificadas, a saber, de las mujeres a la esfera privada y de los hombres a la esfera pública. El hecho de que las mujeres, incluso antes ya se mueven en un porcentaje considerable en la esfera pública, no afecta a la fuerza concentrada en este contexto acumulativo psicosocial-ideal-material. Esto ocurre aún hoy, cuando las mujeres son consideradas «doblemente socializadas».

Esta relación entre la esfera privada y la esfera pública también explica la existencia de «uniones masculinas» basadas en el afecto menospreciativo por lo «femenino». Desde el siglo XVIII, todo el Estado y la política se han constituido como alianzas masculinas a través de los principios de «libertad, igualdad, fraternidad» y se han guiado más o menos por los intereses correspondientes.

7. Por lo tanto, se rechazan los procedimientos en la lógica de la identidad, tanto en lo que se refiere a la transferencia de mecanismos, estructuras y marcas del patriarcado productor de mercancías a sociedades no productoras de mercancías, como también a la unificación de los diversos planos, y dominios en el propio patriarcado productor de mercancías que haga abstracción de las diferencias cualitativas. En mi opinión, una crítica de la lógica de la identidad podría extraerse tanto de la comprensión negativa del valor en la «crítica del valor fundamental» como del concepto truncado del intercambio en Adorno. Pero esta crítica, que ignora la relación entre los sexos, tendría que permanecer ella misma en la lógica formal.

Porque lo decisivo no es simplemente que el tercio común -con desprecio de las cualidades- sea el tiempo de trabajo social medio, el trabajo abstracto, que está, por así decirlo, detrás de la forma de equivalencia del dinero, sino que este trabajo, por su parte, una vez más tiene la necesidad de excluir y considerar inferior lo que se connotaba como femenino, a saber, el «trabajo del hogar», lo sensual, lo emocional, lo no analítico, lo no unívoco, lo confuso, lo no claramente comprensible y localizable con los medios de la ciencia.

Sin embargo, la disociación de lo femenino no coincide en absoluto con lo «no idéntico» de Adorno, sino que representa, por el contrario, el reverso oculto del valor en sí. Con esto, sin embargo, la disociación es una condición previa para que lo mundo de la vida, lo contingente, lo no analítico, pero también conceptualmente no comprensible, haya sido despreciado y haya quedado en la penumbra por mucho tiempo en la modernidad, en los ámbitos la ciencia, la economía y la política dominadas por el hombre. De este modo, una forma de pensar clasificada, que no es capaz de mirar más de cerca la cualidad especial, «la cosa misma», y que o bien no es capaz de percibir las diferencias, rupturas, ambivalencias, etc. asociadas a ella, o al menos no es capaz de soportarlas, se hizo cargo de ella.

Por el contrario, esto indudablemente significa para la «sociedad socializada» del patriarcado productor de mercancías, exactamente, que estos momentos, niveles y esferas mencionados no sólo deben estar irreduciblemente relacionados entre sí como «reales», sino también en su objetivo y, por lo tanto, en su conexión «interna», en el nivel fundamental de la disociación-valor, deben considerarse como un principio de forma de la totalidad social, por lo tanto la «sociedad» en general se constituye como esencia (en el sentido de la meta-estructura universal), y como su manifestación se presentan esos momentos y dominios específicos «realmente».

No es, por tanto, de manera simplista, un tipo ecléctico de síntesis interdisciplinaria, sino que los diferentes momentos deben ser referidos entre sí «esencialmente» desde el principio, en el sentido de disociación-valor como totalidad, una situación en la que la categoría de disociación-valor -contrario al concepto de intercambio de Adorno y contrario al concepto negativo de valor en la «crítica del valor fundamental»- siempre conoce su limitación desde el principio, por lo que no se coloca en cierto modo como absoluta en nombre del plano integral, sabiendo así reconocer la verdad propia de los planos y dominios «particulares».

8. Precisamente porque se debe reconocer la cualidad intrínseca de las diversas áreas, niveles, esferas, el objeto particular, la cuestión concreta y los respectivos contextos (históricos), en el entorno específico del posmodernismo avanzado, ya que tiende hacia un hipóstasis de lo cultural, debe ser enfatizado, hoy en día, la preponderancia del nivel material como esencial en el patriarcado productor de mercancías.

Haciendo abstracción de la evaluación problemática y equivocada de la relación entre valor de cambio y valor de uso / consumo del valor de uso / disociación, así como de la metafísica del trabajo (en que se incluye también el «trabajo doméstico», pues en principio toda la vida es «trabajo»), y aún de la construcción base-superestructura del antiguo marxismo que le está ligada, que impiden a Haug una comprensión conceptual del principio formal amplio, entonces su definición de dos lógicas de tiempo representa un importante enriquecimiento para la teoría de disociación-valor; sí, en sentido estricto, la realización de una lógica propia de «gasto de tiempo» contradice el concepto económico general, sin sentido, de «trabajo», que según la disociación-valor sólo es apropiado para el patriarcado productor de mercancías con respecto al «trabajo abstracto».

El «amor», la ternura, la solicitud, el cuidado y el afecto no pueden, por tanto, organizarse según la lógica del ahorro de tiempo (por cierto, a juicio de Haug, esto también se aplica a las actividades en las que se trata de un cuidadoso tratamiento de la naturaleza).

En este sentido, el método de producción de mercancías depende de la jerarquización de ambas lógicas de tiempo, en favor de la lógica del ahorro de tiempo y, por lo tanto, de la opresión de las mujeres. A medida que la lógica del ahorro de tiempo en la posmodernidad desplaza cada vez más la lógica del gasto de tiempo, se cuestiona el modelo mismo de civilización del patriarcado productor de mercancías.

9. La constitución de la masculinidad y la feminidad en la modernidad puede verse, pues, en el contexto del modelo de civilización del patriarcado productor de mercancías, tal como se ha definido hasta ahora, en toda su complejidad. Es ilusorio decir, como dicen los deconstructivistas, que «primero» la masculinidad y la feminidad tuvieron que ser construidas culturalmente y sólo entonces se pudo seguir una división sexual de las funciones. Tales posiciones ya no pueden explicar el sentido general de por qué los individuos tienen que constituirse como hombres y mujeres en el contexto específico del patriarcado productor de mercancías. La cuestión en este sentido, en cuanto a este «por qué», remite al principio abarcador de la forma de la disociación-valor.

El valor, el trabajo abstracto, «la lógica del ahorro de tiempo» y el mercado, que operan desde el punto de vista de la rentabilidad, la competencia y el beneficio, necesitan de su Otro, el «trabajo doméstico», en el caso del cual se trata de «prodigar tiempo», y de las mujeres, a las que se atribuyen cualidades opuestas a las de los hombres. La construcción de la masculinidad y la feminidad en el sentido moderno y la constitución del trabajo abstracto y del «trabajo doméstico» están necesariamente condicionadas entre sí. No tiene sentido preguntar cuál es el primero, si el huevo o la gallina. Este contexto es evidente en Haug para el «patriarcado capitalista» a nivel macroestructural, aunque acabe por hipostasiar el plano material a partir de sus premisas. El hecho de que, en el contexto específico del patriarcado productor de mercancías, haya también un cambio en el género de las profesiones y que no pueda haber una correspondencia lineal entre los contenidos profesionales, por un lado, y las actividades domésticas, las cualidades atribuidas a las mujeres, etc., por otro lado, no afecta en modo alguno a la definición de la esencia de la relación de género en el sentido de la disociación-valor.

Se trata más bien de aguantar la tensión entre esencia (disociación-valor) y apariencia (que las mujeres también realizan actividades profesionales que no corresponden a atribuciones específicadas de mujeres) y hacerlas fructíferas en la investigación de un inconsciente social androcéntrico; sólo entonces queda claro por qué se considera a las mujeres como «especiales, minorías, otras», sin importar cuál sea el contenido de su actividad, por qué los dominios previamente connotados como masculinos sufren una devaluación cuando acaban siendo codificados como femeninos.

10. La disociación-valor tiene que ser vista globalmente, como principio formal del patriarcado productor de mercancías, aun considerando que el desarrollo en la forma mercancía y patriarcal no ocurrió de modo uniforme en las diversas regiones del mundo (cf., por ejemplo, Hasenjürgen/Preuss, 1993), hasta las sociedades (otrora) sexualmente simétricas, en las cuales las nociones modernas occidentales de sexo hasta hoy no se asumieron, o no fueron totalmente asumidas (véase, por ejemplo, Weiss, 1995). Hay que tener en cuenta también que la relación de género y las nociones de masculino y femenino no siempre se presentan iguales, incluso en el interior del desarrollo moderno occidental. Sólo en el siglo XVIII se constituyó el «sistema de la doble sexualidad» y se llegó a la «polarización del carácter sexual»; antes de eso las mujeres eran consideradas en cierto modo simplemente otra variante del ser hombre. De ahí que en las ciencias sociales e históricas se parta nuevamente también de la institución de un «modelo unisexo» en los tiempos preburgueses. Así se vio, por ejemplo, en la vagina un pene orientado hacia adentro (Laqueur, 1996). 

Aunque las mujeres también entonces eran consideradas inferiores, ellas bien tenían todavía muchas posibilidades de influenciar por vías informales, ya que aún no se había constituido una esfera pública de gran dimensión como en la modernidad. En las sociedades premodernas el hombre tendría una primacía sobre todo simbólica, como escriben Heintz / Honegger (1981). Las mujeres aún no habían sido definidas exclusivamente como amas de casa y madres, como sucedió a partir del siglo XVIII, complementariamente a las atribuciones de los hombres, que entonces tuvieron que hacerse competentes en la hipertrofiada esfera pública construida de nuevo. En las sociedades agrarias la contribución femenina a la reproducción material era considerada tan importante como la del hombre (Heintz / Honegger, 1981, p. 15 sgs).

Si la moderna relación de género, con las correspondientes asignaciones sexuales polarizadas, estaba inicialmente limitada a la burguesía, se expandió poco a poco a todas las capas y clases con la generalización de la familia nuclear, con un último impulso del desarrollo fordista en los años cincuenta del siglo XX. La disociación-valor no es ninguna estructura rígida, como las que se pueden encontrar en muchos modelos estructurales sociológicos, sino un proceso. Tampoco debe ser concebida como estática y siempre la misma. En la posmodernidad, ella asume una vez más un nuevo rostro. Las mujeres son ahora «doblemente socializadas», como señala Becker-Schmidt, lo que significa que ellas son por igual responsables de la familia y la profesión. La novedad no es, sin embargo, sólo este simple hecho -como ya se ha señalado muchas veces una gran proporción de mujeres ya antes era doblemente socializada, particularmente las mujeres de la capa inferior-, sino que esta factualidad y las contradicciones estructurales asociadas con él son ahora notables.

Desde luego, por principio, hay que partir de una dialéctica entre los individuos y la sociedad -por un lado, los individuos nunca son absorbidos en las estructuras objetivas ni en las representaciones del orden simbólico, por otro lado, sin embargo, tampoco se verifica la hipótesis inversamente, de que estas estructuras y patrones de significación simbólico-cultural los enfrentan de modo meramente exterior; al final los individuos sociales constituyen ellos mismos estas estructuras culturales de la sociedad, aunque ellas los enfrentan después como sistema autónomo. En verdad, las contradicciones de la doble socialización de las mujeres, con una diferenciación del papel de las mujeres, sólo en la posmodernidad son plenamente evidentes, como Ostner señaló acertadamente.

11. En la definición de la relación de género posmoderna, es decisivo insistir en una dialéctica entre esencia y apariencia, y no dejarse arrastrar por la factualidad empíricamente verificable de la doble socialización para una elaboración teórica de las ciencias sociales anticipadamente sociologista, como sucedió con Becker-Schmidt. Más bien, la forma da la disociación-valor abarcadora y además constitutiva (nunca  abolida positivamente) de la disociación-valor debe ser determinada como principio de forma de la totalidad social en su nueva inflexión histórica, que a su vez, para decirlo de nuevo, en la misma forma posmoderna más desarrollada comprende la dimensión material, social-psicológica y cultural por igual y, por lo tanto, también todas las áreas individuales de la sociedad. En consecuencia, los cambios en la relación de género deben entenderse a partir de los mecanismos y las estructuras de disociación-valor en sí.

En estas circunstancias, el desarrollo de las fuerzas productivas y las dinámicas del mercado, que a su vez dependen de la disociación-valor, socavan en primer lugar sus propios supuestos, ya que llevan a las mujeres a distanciarse de buena parte de sus roles tradicionales y a tomar conciencia de la «doble socialización» que siempre ha existido allí, con los correspondientes conflictos, en el camino de las tendencias de individualización. Por ejemplo, desde los años ’50,  cada vez más mujeres de la clase media se han integrado en el mercado laboral; y también gracias a los procesos de racionalización en el hogar, las mujeres -al menos en Alemania- están ahora a la par de los hombres en términos de educación, se puede observar que cada vez más madres también están empleadas, la planificación familiar se ha hecho posible gracias a los métodos anticonceptivos, etc. En resumen: desde hace algún tiempo, existe una tendencia a la intensificación de la Integración de las mujeres en la vida ”oficial” ( pública y con connotaciones masculinas en el patriarcado productor de mercancías). Sin embargo, a diferencia de los hombres, siguen siendo responsables del hogar y de los hijos en las nuevas circunstancias posmodernas; todavía son raras las que se encuentran en las palancas del poder en la esfera pública; en promedio, siguen ganando menos que los hombres, y así sucesivamente. (cf. Beck/Beck-Gernsheim, 1990). Hubo, por lo tanto, una modificación de la estructura de la disociación-valor, la «doble socialización» ganó una nueva calidad. Las mujeres ya no están simplemente «doblemente socializadas» objetivamente como antes, sino que ya no están ceñidas sólo a ocupaciones como ama de casa y la maternidad. Esto también va acompañado de un cambio en las sensibilidades psicológicas de las mujeres, como todavía se verá, pero sin abolir la forma de disociación-valor.

12. El objetivo de la teoría del disociación-valor es precisamente esta superación radical, es decir, la suplantación real de la masculinidad y de la feminidad sociales, tal como aparecen en la modernidad e incluso en la posmodernidad del patriarcado, y con ello la abolición del trabajo abstracto, del «trabajo doméstico», de la familia, de la «doble socialización» de la mujer y de las correspondientes concepciones sexuales, junto con la respectiva constitución psicosocial.

No puede tratarse sólo de la «contención de la motivacón para elogiar el vencedor» estructuralmente relacionada con la opresión de las mujeres, es decir, de llevar las normas imperantes de diversas áreas de la forma no resuelta de disociación-valor a un mero arreglo nuevo, de modo que sea posible un desarrollo supuestamente emancipador de la sociedad humana (económica, social y ecológicamente) y que el pelaje se lave sin mojarlo. Tales ideas siguen basándose en los órdenes y principios dados, que sólo deben ser cambiados, reducidos o aumentados. Permanecen en un reformismo que desde hace mucho tiempo se ha vuelto fantasmagóricamente irreal, meramente cuantitativo, categorialmente acrítico y por lo tanto hoy anacrónico, muy alejado de una perspectiva radical, la única que podría dar respuesta a los motivos y objetivos fundamentales de la crítica social feminista.

Habría que superar las distintas áreas/intenciones/principios inmanentes y, por lo tanto, también el área del «trabajo doméstico» junto con la lógica aislada asociada (meramente complementaria a la «lógica de ahorro de tiempo» predominante) del «gasto de tiempo». Porque aunque Haug, por un lado, persigue una perspectiva de igualdad y cuestiona la existencia de la ama de casa, por otro lado, también tiene la impresión de que la lógica del gasto de tiempo correspondiente a esta área se extiende de forma meramente lineal, en principio sin cambios, y compite con la lógica del ahorro de tiempo que prevalece «por su justa participación» en el conjunto de la sociedad, para enfrentarse a una lucha en curso. Haug no se plantea la idea de que la lógica aislada del gasto de tiempo en su inmanente abstracción, como mero contrapunto a la lógica del ahorro de tiempo, deba ser radicalmente cuestionada en su existencia disociada. Se supone que las áreas, principios, etc. correspondientes tienen futuro dentro de la forma de disociación-valor en una relación diferente entre sí, supuestamente privados de la referencia discriminatoria moderna específica de género.

Según Becker-Schmidt, las mujeres, por otro lado, siempre han sido capaces de lograr esta integración a través de esfuerzos individuales y sociales y, por lo tanto, básicamente irían más allá del sistema en el sentido de protesta contra el papel que se les ha asignado. Que eso no es el caso, se desarrollará más claramente en lo que sigue. Paradójicamente, la «doble socialización» de las mujeres es plenamente «funcional» al patriarcado productor de mercancías en decadencia. Sin embargo, Becker-Schmidt ha enunciado algo correcto de una manera puramente descriptiva: el hecho de que las mujeres sean responsables del «dinero y de la vida (de la supervivencia)» (Irmgard Schultz) es también el caso a escala universal, es decir, a escala mundial, aunque haya que tener en cuenta las peculiaridades culturales. Si la «doble socialización», en su forma posmoderna en los Estados occidentales desarrollados, todavía estuvo ligada a un aumento de igualdad, en la senda del desarrollo del Estado de bienestar social (igualación de las oportunidades de acceso a la enseñanza de hombres y mujeres , más elevada actividad profesional también de las madres, etc.), y si eso significó el abandono del papel de la mujer tradicionalmente pensado apenas como de ama de casa, ahora se ve claramente que, con la progresiva crisis económica, con el vaciamiento de las arcas públicas etcétera la «doble socialización» de las mujeres se convierte en «vida de crisis» – se convierte en un momento de la desolada gestión de la crisis, gestión que ya no funciona tan bien desde arriba.

Ahora es aún más claro que, en lugar de superar al patriarcado productor de mercancías con todas sus implicaciones, su «aselvajamento» se ha producido tras los procesos de globalización, en los que, precisamente desde 1989, la lógica del «salario, precio y ganancia» (Marx), es decir, la forma fetichista del «valor», está determinando objetiva y normativamente casi todo, precisamente en la era en la que se vuelve definitivamente obsoleta. Las aún necesarias actividades reproductivas de las mujeres como «siempre» disociadas se vuelven aún más marginales con los correspondientes «efectos secundarios» para el modelo moderno de civilización, como Haug ya lo ha indicado correctamente. Por supuesto, el factor decisivo aquí es la disociación-valor como una categoría real histórico-dinámica que produce tales consecuencias en el posmodernismo globalizado. La vida de las mujeres en el «Tercer Mundo» y en el «Primer Mundo» se están volviendo muy similares en un plazo, quizás, no tan largo, al menos para la mayoría de las mujeres. Si la vida de la mujer burguesa fue durante mucho tiempo el modelo para las desamparadas del Tercer Mundo, ahora, por el contrario, su vida en el Tercer Mundo se convierte en la norma (real) para las mujeres del hasta ahora «Centro».

De este modo, dejo el nivel de las «grandes reflexiones teóricas» y me vuelco a reinos más empíricos para observar más de cerca la modificación posmoderna de la socialización de la disociación-valor.

Roswitha Scholz

Traducción del portugués al castellano: Urbano Lanza

Original Das Geschlecht des Kapitalismus. Auszüge en www.exit-online.org. Traducción al portugués de Boaventura Antunes

Fuente: http://www.obeco-online.org


Bibliografía citada nos presentes excertos

Beck, Ulrich/Beck-Gernsheim, Elisabeth: Das ganz normale Chaos der Liebe, Frankfurt/Main, 1990.

Chorodow, Nancy: Das Erbe der Mütter. Psycoanalyse und Soziologie der Geschlechter, München, 1985.

Duden, Barbara: Geschiste unter der Haut. Ein Eisenacher Arzt und seine Patientinen um 1730, Stuttgart, 1987.

Duden, Barbara: Die Frau ohne Unterleib: Zu Judith Butlers Entkörperung. Ein Zeitdokument. In Feministische Studien 2 (1993), 24-33.

Gildemeister, Regine/Wetterer, Angelika: Wie Geschlechter gemacht werden. Die soziale Konstruktion der Zweigeschlechtlichkeit und ihre Reifizierung in der Frauenforschung. In: Knapp, Gudrun-Axeli/Wetterer, Angelika (Hrsg.): Traditionen Brüche. Entwicklungen feministischer Theorie, Freiburg i. Br., 1992.

Hasenjürgen, Brigitte/Preuss, Sabine (Hergs.): Frauenarbeit, Frauenpolitik in Afrika, Asien, Lateinamerika und Osteuropa. Internationale Diskussionen, Münster, 1993

Haug, Frigga: Knabenspiele und Menschheitsarbeit. Geschlechterverhältnisse als Produktionsverhältnisse. In: Haug, Frigga: Frauen-Politiken, Berlin, 1996.

Hausen, Karin: Die Polarisierung der «Geschlechtscharaktere». Eine Spiegelung der Dissoziation von Erwerbs- und Familienleben. In: Conze, W.: Sozialgeschichte der Familie in der Neuzeit Europas, Stuttgart, 1967.

Heintz, Bettina/Honegger, Claudia: Zum Strukturwandel weiblicher Widerstandsformen im 19. Jahrhundert. In: Heintz, Bettina/Honegger, Claudia (Hrsg.): Listen der Ohnmacht. Zum Strukturwandel weiblicher Widerstandsformen, Frankfurt/Main, 1981.

Honegger, Claudia: Die Ordnung der Gescchlechter. Die Wissenschaften von Menschen und das Weib, 1750-1850, Frankfurt/Main, 1991.

Knapp, Gudrun-Axeli a): Postmoderne Theorie oder Theorie der Postmoderne? Anmerkungen aus feministischer Sicht. In: Knapp, Gudrun-Axeli (Hrsg.): Kurskorrekturen. Feminismus zwischen kritischeer Theorie und Postmoderne, Frankfurt/Main, 1998

Kurz, Robert: Der Kollaps der Modernisierung. Vom Zusammenbruch des Kasernensozialismus zur Krise der Weltökonomie, Frankfurt/Main, 1991.

Kurz, Robert: Geschlechtsfetischismus. Anmerkungen zur Logik von Männlichkeit und Weiblichkeit. In : Krisis. Beiträge zur Kritik der Warengesellschaft 12 (1992), p. 117 – 169.

Lanweer, Hilge: Das Märtyrerinnenmodell. Zur diskursiven Erzeugung weiblicher Identität, Pfaffenweiler, 1990.

Laqueur, Thomas: Auf den Leib geschrieben. Die Inszenierung der Geschlechter von der Antike bis Freud, München, 1996.

Libreria delle donne di Milano: Das Patriarchat  ist zu Ende. Es ist passiert, nicht aus Zufall, Rüsselsheim, 1996.

Rumpf, Mechthild: Spüren der Mütterlichen. Die widersprüchliche Bedeutung der Mutterrolle für die männliche Identitätsbildung in Kritischer Theorie und feministischer Wissenschaft, Frankfurt/Main, Hannover, 1989.

Scholz, Roswitha: Der Wert ist der Mann. Thesen zu Wertvergesellschaftung und Geschlechterverhältnis, In: Krisis. Beiträge zur Kritik der Warengesellschaft 12 (1992), p. 19-52.

Weiss, Florence: Zur Kulturspezifik der Geschlechterdifferenz und des Geschlechterverhältnisses. Die Iatmul in Papua Neuguinea. In: Becker-Schmidt, Regina/Knapp, Gudrun-Axeli (Orgs.): Das Geschlechterverhältnis als Gegenstand der Sozialwissenschaften, Frankfurt/Main, 1995.


 NOTAS

(1) [En 2004 la autora fundó EXIT! junto con otras redactoras y redactores con ella expulsados de Krisis – N.Tr.]

(2) Adopté esta formulación siguiendo a Barbara Duden, quien una vez, en otro contexto, escribió: «No soy un sastre meck-meck-meck sujeto al giro del molino de la deconstrucción» (Duden, 1993, p. 29) [La expresión «sastre meck-meck-meck» parece referirse a la reacción del sastre callado al engaño de los dos niños, en la obra de Wilhelm Busch Max und Moritz [Juca y Chico – N.Tr.].

(3) Sin querer caer aquí en una vulgar postura constructivista, que no quiere saber nada de la relación natural, ni siquiera mediada por la sociedad, es necesario decir que cualquier impulso es siempre socioculturalmente estructurado y nunca surge simplemente de la naturaleza.

(4) [La autora publicó en 2006 DIFFERENZEN DER KRISE – KRISE DER DIFFERENZEN [DIFERENCIAS DE CRISIS – CRISIS DE DIFERENCIAS] Horlemann-Verlag, ISBN 3-89502-195-4 (N. Tr.)].

(5) En cualquier caso, uno puede estar de acuerdo con Mechthild Rumpf, cuando objeta a Chorodow (así como a Jessica Benjamin) que «los imperativos sistémicos, así como las demandas conductuales y ofensivas socialmente mediadas, se explican psicogenéticamente». Insiste con razón, con Adorno, en una dialéctica entre el individuo y la sociedad, en la que se presenta como un aparato autónomo frente a los individuos. Es una pena que en el conjunto de su argumento -como en el caso de Becker-Schmidt- se siga concluyendo que las estructuras objetivas y los individuos sociales sólo se oponen externamente (Rumpf, 1989, p. 84).


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