La muerte de dios y la vida del capital

by • 23 febrero, 2022 • Artículos, Filosofía, ReflexionesComments (0)892

La catástrofe como naturaleza del tiempo. Esa es la certeza que se encuentra en la más perturbadora idea de Mainländer, aquella que plantea que la historia tiene su origen en la muerte de dios. Efectivamente, para Phillip Mainländer, dios ha muerto, ha elegido “no ser” y este hecho de autoaniquilamiento, como si se tratara de una especie de gran explosión mítica filosófica, ha dado lugar al transcurrir de las cosas y los acontecimientos. Es este singular cese divino lo que ha creado la apertura del espacio y el inicio del tiempo que conocemos, los ha creado como una descarga fatalmente destinada a la nada.

La complejidad de la idea radica en que la muerte de dios, por su propia naturaleza, por la densidad de su esencia, no ha podido realizarse como una desaparición simple. De lo colmado de ser no es posible pasar a lo totalmente despojado de él, piensa Mainländer. Por esto, el ser pleno de dios ha explotado en pedazos, como un cuerpo putrefacto que busca vaciase, generando una multiplicidad diversa de cosas materiales en devenir con su consecuente correlato espiritual: los sufrimientos.

La historia, según Mainländer, no es más que la propagación mecánica de fragmentos donde busca agotarse, fracturada, la totalidad del ser. Somos, entonces, las partes muertas de dios buscando su desaparición definitiva a partir del enfriamiento que le causa la dispersión acelerada en la temporalidad. Los acontecimientos corren en una cuenta regresiva hacia el “no ser” absoluto.

Si en los modelos físicos posteriores el Big Bang tendría origen en una singularidad espacio-temporal, en la expresión filosófico-poética de Mainländer el principio de la deflagración es la saturación de la unidad más enteramente pura y universal. A esta idea de Mainländer le subyace una interesante matemática donde se postula que, la única forma de pasar del valor universal absoluto al cero absoluto, es mediante la reproducción de todas las formas particulares del valor. Como si una concentración de energía sólo pudiera desaparecer en la actualización de todas sus potencias: combustionando toda su materia. De este modo, todas las formas intermedias del valor son formas muertas de apariencia dinámica. La existencia resulta una suerte de fantasmal carrera hacia la detención que antes deberá pasar por todos los valores de velocidad intermedia posibles.

Ahora bien, este universo entrópico de Mainländer, obra póstuma de dios, podría ofrecer un modelo explicativo de la escena histórica del capitalismo. ¿No es acaso también el capitalismo una forma de muerte solipsista de largo aliento? Acaso el capital no se trasciende también a sí mismo cuando se fragmenta en la articulación de los movimientos internos del modo de producción y se disipa en la multiplicidad inimaginable de objetos que pone en circulación. Mercancías inútiles que también tienen el correlato del sufrimiento espiritual en la forma de la insatisfacción infinita del consumidor. Mientras en apariencia esa expansión reproductiva del capital garantiza la vida del sistema, quizá en verdad, como una dinámica post mortem, no haga más que llevarlo a su propio fin a partir de triturar la totalidad de las relaciones humanas y la totalidad de los recursos que se amontonan en los enterramientos sanitarios con la única síntesis posible de los líquidos lixiviados.

Esto significaría la posibilidad de pensar que el origen del capitalismo se encuentra en la oscura voluntad de desaparición del propio capital, en tanto máxima abstracción del valor. Pero el capital, como el dios de Mainländer, no pudiendo simplemente liquidarse, se reproduce y multiplica en expansión sin freno como requisito para agotarse. Siguiendo el modelo teológico en cuestión podría decirse que el capital, al circular también por el vacío de la materia que transforma en mercancía, experimenta la evolución de su multifacética fauna cadavérica. Esta circulación del capital por la mercancía actualiza su valor en el acto de intercambio, y al mismo tiempo, lleva a los materiales por medio del consumo al estado inerte de residuo. Este tránsito reproductivo del valor sería la coartada para llevar a todo el orden material a ese estado en que se vuelve algo absolutamente inútil. Basura final por donde el valor ya no podrá circular nunca más.

La poética de Mainländer serviría para explicar así el curso histórico del modo de producción como una estrategia de defunción del capital. Donde el capital penetra los materiales, produce las mercancías y luego las transa en un mercado que las consume y tritura, actualizando el valor inflamado del capital. Pero el revés de este aparente incremento del valor actualizado en la transacción de la mercancía y su consumo deja tras de sí un feroz agotamiento de los recursos y la desertificación del campo simbólico por la colonización mercantil de la gratuidad de lo humano.  Así el capital desarrolla inercialmente su sinsentido a partir de agotar todas sus posibilidades, todo al mismo tiempo que se actualiza en cifras plusvaluadas.

En consecuencia, aquello que consideramos riqueza y expansión productiva, sería el último suspiro de decadencia y muerte enmascarada del dios/capital. De tal suerte, que mientras la multiplicidad efímera de productos novedosamente inútiles se irradia con su imparable onda expansiva, podríamos estar celebrando en el mercado la máxima y polifacética eficiencia de la muerte como si se tratara de un éxito unívoco de la vida plena. Festejando la intensificación del apagado final con la estridencia multicolor de las miles de necesidades que se inventan publicitariamente para satisfacer con otros tantos inventos y objetos. Celebración espiralada que sostiene la superproductividad industrial que contamina los cielos y la fructífera agricultura que desertifica los suelos.

Fabio Seleme

Recibido el 21 de febrero del 2022


Colaboraciones a edicionesapestosas[arroba]riseup.net


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