Tesis sobre la comuna de Sudán

by • 4 mayo, 2021 • Artículos, Coyuntura política, Estado, Organización, PoderComments (0)262

Las revoluciones proletarias […] se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan: Hic Rhodus, hic salta! 

—Mᴀʀx, El 18 de Brumario de Luis Bonaparte

A finales del 2018, Sudán se encontraba en medio de una crisis económica. El gobierno empezó a imponer medidas de austeridad. Esto incluyó el recorte a ayudas al combustible y al trigo. A modo de respuesta, los disturbios estallaron en Atbar, una ciudad del norte. Las protestas se extendieron rápidamente a media docena de ciudades, y posteriormente a casi todas las demás. En consecuencia, los manifestantes no tardaron en ya no sólo exigir el fin de la austeridad, sino la caída del régimen.

Las protestas fueron y vinieron durante meses hasta principios de abril, mes en el que se inició una acampada masiva frente el cuartel militar de Jartum. La ocupación no tardó en convertirse en un campo de batalla contra la policía, y luego entre distintas facciones de las fuerzas armadas. Los soldados comenzaron a desertar. A la siguiente semana se anunció que el presidente al-Bashir había sido arrestado, y que el Consejo Militar de Transición (CMT) tomaría el poder para supervisar la transición a la democracia.

La revolución en Egipto del 2011 había llegado a un abrupto final cuando los militares tomaron el poder con un golpe de estado. Concienciado a no seguir el mismo camino, el movimiento en Sudán tenía como objetivo derribar a su vez este nuevo régimen militar. «Victoria o Egipto» se convirtió en la nueva consigna de la revolución. Las huelgas, manifestaciones y bloqueos siguieron durante meses.  La acampada en Jartum se expandió hasta alcanzar un kilómetro y medio, con más de cien personas en el ocaso de la noche. Esta culminó a finales de mayo como una huelga general.

El 3 de junio, el régimen militar masacró a los manifestantes e incendió el campamento de Jartum. El movimiento respondió con otra ola de huelgas y protestas masivas coordinadas. Pero poco después, temerosos del riesgo de provocar una guerra civil con sus acciones, los representantes del movimiento entablaron negociaciones con el régimen. El resultado fue un acuerdo del reparto del poder en el que un gobierno provisional compuesto por representantes militares y civiles gestionaría la transición.

Lo que sigue son algunas reflexiones sobre la revuelta en Sudán y su importancia mundial.

I. La revolución en Sudán nos proporciona la visión nítida de la forma de la revolución social que viene. A su vez, plantea un gran contraste entre los límites y las potencias de la lucha contemporánea.

II. La Primavera Árabe planteó la cuestión de la revolución por primera vez en una generación, empezando una nueva secuencia global de luchas. Sin embargo, en casi cualquier lado, estas revoluciones terminaron en un golpe de estado o en una guerra civil. Si las revoluciones en Túnez y Egipto inspiraron la sensación de que todo era posible, la tediosa contrarrevolución que la acompañó indicó que cualquier intento de cambiar el orden de las cosas llevaría a la catástrofe. Esta derrota ensombreció el mundo.

III. Las revoluciones en Sudán y Argelia fueron los primeros esfuerzos conscientes del ir-más-allá de los límites a los que llegó Egipto. Fueron incapaces de superar estos límites, pero en sus intentos demostraron, no obstante, que tales intentos revolucionarios no tienen por qué sumergir inevitablemente a toda la región en caos. Los historiadores que observen hacia el pasado probablemente concluirán que esto fue necesario para que una nueva ola de luchas se extendiera de la forma en que lo hizo en 2019.

IV. Las luchas más intensas de nuestro tiempo se encuentran al llegar a un precipicio, y luego retornan. Ir más allá significaría saltar a lo desconocido. Nadie quiere ser el primero en saltar y ver si descubre nuevas tierras, o simplemente cae en picado. Todavía no sabemos cómo se terminará creando una situación que no permite volverse atrás y en la que las circunstancias mismas gritan: «hic Rhodus, hic salta!».

V. Las luchas anti-austeridad tienden a entenderse como una crítica a la corrupción del Estado, pero dentro de la fastidiosa crisis, el Estado tiene en realidad poco margen de maniobra. Es posible que no pueda hacer mucho más que implementar la austeridad, ya sea liberado o no de las ataduras de la corrupción. Los políticos que navegan estas olas de agitación para llegar a posiciones de poder a menudo se encuentran implementando políticas notablemente similares a las de los gobiernos que han reemplazado.

VI. Las revoluciones de nuestro siglo se encuentran inmediatamente enredadas en una red de geopolítica. Siria se convirtió en el espacio de un conflicto de poder entre potencias mundiales. El rumbo de la revolución de Sudán fue sobredeterminada por otras más regionales. De esto, podemos esbozar dos conclusiones. En primer lugar, la revolución tendrá que expandirse rápidamente y encontrar su escala adecuada — no hay revolución social en un único país; en segundo lugar, es probable que una ola revolucionaria tenga que expandirse y resonar a lo largo de las metrópolis capitalistas. Las luchas de allí están, por ahora, menos sobredeterminadas por las maniobras geopolíticas, y pueden tener la habilidad de destruir toda la arquitectura geopolítica.

VII. Una situación revolucionaria surge en el momento en que las fuerzas armadas rehúsan disparar contra la muchedumbre. Las revoluciones sociales de los siglos XIX y XX fueron posibles porque las fuerzas armadas colapsaron, a menudo como resultado de la pérdida de una guerra interimperialista. En el caos consiguiente, parecía posible no sólo sustituir el gobierno, sino destruir el Estado.

En cambio, las revoluciones de nuestro siglo han tenido lugar en países en los que los militares funcionan como un estado dual. En Egipto, Algeria y Sudán, esto ha dado lugar a una continuidad esencial entre el régimen caído y el que lo reemplaza. En otros lugares, como en Siria, el ejército se ha dividido en dos en el transcurso de la revolución, iniciando un período de guerra civil.

VIII. Un límite clave de las luchas contemporáneas ha sido su incapacidad para superar las separaciones reinantes en las sociedades de las que emergen. Sudán, un país predominantemente árabe-musulmán con grandes minorías étnicas africanas y religiosas, está construido sobre una base de separaciones raciales. Ha sido desgarrado por décadas de guerras civiles y limpieza étnica. Las atrocidades de Darfur son sólo el ejemplo más infame.

Los manifestantes se enorgullecen de haber superado estas divisiones en el transcurso de la revuelta. Los orígenes africanos del antiguo Sudán fueron uno de los temas principales de las charlas y debates en el campamento de Jartum. Cuando, al principio, el régimen intentó culpar de los disturbios de Jartum a los estudiantes de Darfur, el movimiento respondió con la consigna: todos somos Darfuríes. Todavía no se sabe en concreto hasta qué punto resurgirán estas divisiones ahora que la ola revolucionaria está retrocediendo.

IX. Otras divisiones, tales como las de clase y generación, volvieron a aparecer dentro del movimiento. El Consejo Militar de Transición fue capaz de aprovechar esta tensión para abrir brechas entre la revolución y su apoyo popular, entre el campamento y las barriadas  circundantes, y entre el movimiento en las calles y las organizaciones que habían llegado a representarlo. Estas separaciones y negaciones prepararon el terreno para la masacre de Jartum.

X. Las revueltas suelen pasar por una secuencia de «marcadores rítmicos» que sirven como pivotes o puntos de inflexión que catalizan nuestras energías. La revuelta de Sudán experimentó al menos cuatro: disturbios, no-violencia masiva, ocupación del espacio público y huelga general. El punto de ignición para la revuelta fue una ola de disturbios espontáneos. Pero para generalizarse, tuvo que asumir el carácter de la no-violencia masiva coordinada. La ocupación, las barricadas, y su defensa proporcionaron un contexto para confraternizar con los soldados, para que desertaran y para que el ejército se quebrara por dentro. La huelga general fue capaz de aclarar hasta qué punto el movimiento podía movilizar el apoyo popular, pero no fue suficiente por sí misma para detener en seco al gobierno o la economía.

XI. Las formaciones militantes forjadas en anteriores olas de lucha pueden actuar como vectores de intensificación. En el pasado, las revueltas anti-austeridad han ido y venido. Una diferencia esencial en 2018 fue la presencia de organizaciones que se habían formado tras la represión de un movimiento anti-austeridad en 2013. Esto incluye los comités de resistencia de los barrios y la Asociación Profesional de Sudán (APS). Al ser capaces de proporcionar cierta infraestructura, coordinación y determinación, estos grupos pudieron contribuir al avance de los disturbios a la insurrección.

XII. No obstante, estas formaciones también pueden convertirse en una barrera que habrá que superar. Las organizaciones que habían llegado a representar a la revolución eran, de las muchas que estaban en la calle, las más impacientes por establecer las negociaciones con el gobierno. El APS, por ejemplo, se había formado para presionar por un aumento del salario mínimo, no para liderar una revolución — una a la que se sentían arrastrados por los jóvenes. Estaban ansiosos por volver a la normalidad.

XIII. La relevancia del APS pone de manifiesto el rol principal de las clases medias profesionales dentro de la revolución. En la revolución participaron sudaneses de casi todas las clases y grupos sociales, pero en primera línea se encontraban los estudiantes y los profesionales. Estos grupos estaban motivados tanto por su preocupación por las pésimas condiciones de los pobres como por sus propias expectativas frustradas. Con las particulares condiciones de represión, las clases medias profesionales fueron las más capaces de organizarse, proporcionar algo de coordinación para un movimiento nacional y articular lo que pareciera ser un interés general. Paul Mason observa en alguna parte que la Revolución Francesa de 1789 «no fue un producto de gente pobre, sino de abogados pobres.» La revolución, pues, podría tener menos que ver con la creciente pauperización y más con las crecientes expectativas que no pueden ser satisfechas por la situación presente.

XIV. No obstante, el curso de la revuelta apunta hacia la posibilidad de una política proletaria autónoma. Los disturbios que prendieron la mecha de la revolución comenzaron por el precio del pan. Los campamentos estaban habitados en gran parte por los pobres de la ciudad. Muchos de ellos intentaron superar a los representantes del movimiento que entraron en las negociaciones. En cada fase de la revolución, los proletarios desempeñaron un rol práctico esencial, pero eran incapaces de encontrar una base para coordinar y articular su propia actividad inequívocamente. Es posible, aunque no seguro, que en futuras revueltas surja una fuerza realmente proletaria que confíe en su propio impulso.

XV. Debe recordarse que hizo falta un ciclo completo de disturbios, insurrecciones y revoluciones — desde 1830 hasta 1848 — antes de que el proletariado de París comenzara a enarbolar la bandera roja sobre sus barricadas. No fue hasta 1871 cuando se planteó claramente la elección entre una república burguesa y una comuna proletaria. Los eventos de nuestro joven siglo pueden acelerarse, pero estas maniobras llevan su tiempo.

XVI. En los campamentos de todo el país, concretamente en Jartum, se vislumbran los contornos emergentes de la comuna. Como dice un observador, estos campamentos «inadvertidamente […] constituyen un desafío político y social para el Estado.» Prosigue con ello:

«La organización y las actividades de la sentada proporcionaron un modelo igualitario y democrático sobre el que se podría haber construido un modelo de gobierno y de sociedad radicalmente distinto. Constituyó, así, los cimientos de la revolución social, pero pocos participantes lo comprendieron como tal, y los dirigentes del ASP y la Alianza para la Libertad (AFC) consideraron las sentadas como algo meramente instrumental.»

XVII. Esta comuna no parece tener nada del formalismo democrático que proporcionó a las comunas y los consejos del movimiento obrero la calidad de parlamentos-obreros-en-espera. Esto quizás nos permita distinguir la comuna destituyente que viene de las comunas constituyentes del pasado.

XVIII. Los espectadores comentaron a veces que el campamento de Jartum daba la sensación de ser más un festival que una protesta política. Desde escenarios para actuaciones musicales, teatrales y poéticas, hasta carpas para el arte se encontraban repartidas por todo el campamento. Era un lugar para experimentar cómo vivir. Esto adquiere un carácter especialmente urgente y subversivo en un país dominado por un régimen islamista. El comentario que hizo la Internacional Situacionista sobre la Comuna de París podría haberse aplicado también a Jartum: «La Comuna fue la mayor fiesta del siglo XIX. Se encuentra en ella, en su base, la impresión de que los insurgentes se han convertido en dueños de su propia historia, no tanto a nivel de la decisión política ‘gubernamental’ como de la vida cotidiana en esa primavera de 1871.»

XIX. Nadie tuvo el coraje o el presagio de reconocer este desarrollo como lo que era. Para CLR James, el rol de los pro-revolucionarios era registrar y reflejar las innovaciones espontáneas que surgen en el curso de la lucha. Esto, para él, era la genialidad de las Tesis de Abril de Lenin, que reconocía un salto adelante en las propias acciones de la clase que aún no veía, y esbozaba las conclusiones necesarias: todo el poder para los soviets.

XX. El régimen militar reprimió el campamento con intensidad pues percibió sin tapujos la amenaza que suponía. La comuna emergente es el principal enemigo del Estado. Dondequiera que se sitúe la comuna, habrá un Tiananmen y, tarde o temprano, aparecerán los tanques.

XXI. En cuanto emerge la comuna, sus tareas inmediatas son evidentes: la expansión del área de autonomía, el bloqueo de la economía y la defensa contra sus enemigos. A modo de respuesta frente a los nuevos ataques de la policía, el movimiento expande el campamento y coloca barricadas en nuevas carreteras y puentes. Esta estrategia se vuelve casi intuitiva una vez que existe un campamento como tal.

XXII. El surgimiento de la comuna suscita de inmediato el espectro de la insurrección y, como tal, de la guerra civil. La dinámica básica es tal que: la aparición de campamentos como este apunta hacia la posibilidad de la revolución social. El Estado es consciente de esto, motivo por el que trata de reprimirla. En respuesta, los campamentos intentan intuitivamente expandirse. Esto plantea la cuestión de la insurrección. La comuna debe reprimir al Estado para evitar ser reprimida por él. No obstante, la insurrección siempre conlleva el riesgo de la guerra civil.

XXIII. Uno, dos, muchos Sudanes. La guerra social de la  que la Revolución de Sudán fue un episodio se sigue librando hoy en día. Es probable que veamos nuevos intentos de superar los límites de la lucha contemporánea. Con cada nuevo experimento, podemos ver emerger los contornos de la comuna y la autonomía proletaria. Un avance puede darse en cualquier lugar, en el que la revolución política ceda el paso a la revolución social. A medida que este avance resuene externamente, entonces, podríamos ver la propagación de una ola revolucionaria.

Todo el poder para las comunas.

Anónimo

Abril de 2021

Imágenes: Bryan Denton, Yasuyoshi Chiba

Fuente: https://edicionesextaticas.noblogs.org


 

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