1° de mayo: memoria y perspectivas

by • 1 mayo, 2021 • Abya Yala (América Latina), Noticias, comunicados y columnasComments (0)431

Una nueva conmemoración de las jornadas de mayo de 1886 nos encuentra para recordar, compartir, conmovernos, inspirarnos, debatir, reflexionar y agitar.

Nos encontramos otro 1° de mayo en la lucha anticapitalista por la cual hace tantísimos años fueron ejecutados a manos del Estado cinco compañeros y otros tres condenados a cadena perpetua, conocidos luego como los “mártires de Chicago”.

La lucha anticapitalista es tan necesaria como ayer para quienes sufrimos el Capital en carne propia: en cada jornada laboral, sea dentro o fuera de donde vivimos, con o sin salario, con o sin horario fijo, cada vez que buscamos trabajo, cuando padecemos las carencias, cada vez que nos relacionamos con otros seres humanos mediados por el dinero que todo lo cosifica.

Desde hace siglos el proletariado libra combates; sin embargo, aquellas jornadas de mayo en Chicago eran parte de una lucha en la cual proletarios y proletarias se organizaban con una perspectiva emancipatoria. George Engel, tipógrafo y anarquista ahorcado en 1887 lo expresaba de esta manera: «Yo no combato individualmente a los capitalistas; combato el sistema que da el privilegio. Mi más ardiente deseo es que los trabajadores sepan quiénes son sus enemigos y quiénes son sus amigos.»

Los compañeros de Chicago y el movimiento del cual formaban parte no lucharon simplemente por las ocho horas. Cuando se referían a “ocho horas de trabajo, ocho de sueño y ocho de recreación” no se referían al ocio que conocemos actualmente. Querían recuperar ese tiempo para la agitación, el aprendizaje y para confraternizar con sus pares.

Partimos de esta fecha que nos convoca para proponer un breve recorrido a través de las transformaciones de la sociedad capitalista y la incesante lucha por superarla.

El desarrollo industrial

A fines del siglo XVIII el Capital se vuelca definitivamente a la producción y transforma profundamente los procesos de trabajo reorganizándolos, tanto temporal como geográficamente. En Inglaterra se observa patente toda la brutalidad de esta dinámica social en sus inicios. Los propietarios de las fábricas tenían poco éxito para reclutar mano de obra, para ello debían recorrer a menudo largas distancias y privar a los futuros proletarios de sus medios de vida, hacinándolos en las casas que conformarían los barrios obreros.

La constitución del ejército de reserva industrial conllevó, además del despojo, una militarización del conjunto de la vida social. El ludismo, “los destructores de máquinas”, junto a movimientos de resistencia y revueltas fueron respuestas al hambre y la miseria que comenzaba a reinar.

Para frenar a los luditas el Estado debió modernizar su policía; pronto la destrucción de máquinas fue penada con la muerte, mientras que el sindicalismo emergente era tolerado. Se sancionaron leyes para regular tanto el trabajo como algunas libertades civiles. Con esta oscilación entre la violencia y la reforma, el progreso capitalista establecía un método para reconducir la ira de aquellos esclavos modernos, cuyos ataques estaban dirigidos contra los instrumentos materiales de producción y no hacían distinción alguna entre las máquinas mismas y el modo en que eran usadas.

Expresiones luego mayoritarias de los incipientes movimientos obrero y socialista comienzan a expresar gran fe en la ciencia y la maquinaria, o por lo menos a afirmar su supuesta neutralidad.

Las luchas contra la feroz avanzada capitalista comenzaron a reproducirse a lo largo del mundo, muchas de ellas con un claro contenido reformador al interior del capitalismo, otras con una búsqueda más profunda de subversión del orden social.

Fruto de estas luchas surgió la Primera Internacional o Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT). Fue a partir de las luchas concretas que se desarrollaban, en la práctica masiva de la clase y en el marco de las relaciones de fuerza existentes en cada país, que se pudieron refutar o afirmar las influencias de las distintas tendencias y rupturas. En ese sentido, la segunda mitad del siglo XIX constituye un período de aprendizajes y modificaciones de la lucha revolucionaria.

Los proletarios de diferentes países eran arrojados al trabajo como también a combatir en una trinchera en defensa de la patria. En esta situación de guerras nacionales y competencias interburguesas, decidieron intentar actuar dejando a un lado las fronteras nacionales y uniéndose para enfrentar a la burguesía como una clase internacional.

En los estatutos inaugurales de la AIT nos brindan un gran aporte: «La emancipación de los trabajadores será obra de ellos mismos o no será». Es decir, para obtener el triunfo el proletariado necesita de una acción común masiva, a la vez que producir una teoría y una metodología revolucionaria que lo orienten en la lucha. El gran objetivo: la abolición de las clases.

En la misma sentencia podemos leer también que la lucha por «la emancipación de la clase obrera no es una lucha por privilegios y monopolios de clase, sino por el establecimiento de derechos y deberes iguales y por la abolición de todo privilegio de clase.» Por primera vez el proletariado buscaba tener su propio proyecto revolucionario al margen de la burguesía, pero lo hacía aún cargado de las concepciones burguesas de la política. Si bien era el comienzo de una búsqueda propia, se pensaba mayoritariamente como una continuidad de la revolución francesa, que consideraban inconclusa. La igualdad de derechos y deberes se concebía como un avance hacia el fin de la explotación e incluso como un objetivo revolucionario, como una premisa para la sociedad sin clases. Su “toma de la Bastilla” consistía en vencer a una clase concebida como parasitaria, una guerra de un bando contra otro para administrar y gestionar la misma sociedad, sólo que bajo signo obrero.

En el primer congreso de 1866, en Ginebra, la AIT declaraba que «la restricción de la jornada laboral es una condición previa, sin la cual han de fracasar todos los demás esfuerzos por la emancipación… Proponemos 8 horas de trabajo como límite legal de la jornada laboral». Es decir, se planteaban reivindicaciones concretas inmediatas con una perspectiva revolucionaria. Esta perspectiva es la que fue asumida por trabajadores radicalizados en muchas partes del mundo, tal es el caso del movimiento del que fueron parte los mártires de Chicago.

Reestructuraciones

La reducción de la jornada de trabajo fue el resultado de la lucha de generaciones de proletarios, pero también fue ineludible para el Capital que, a nivel internacional y por sus propias contradicciones internas, estaba atentando contra la base misma de su reproducción. La extensión sin límites de la jornada laboral estaba atacando la reproducción y sobrevivencia de la fuerza de trabajo, de la fuente de plusvalor. Al mismo tiempo que se reducía la jornada, el Capital se transformaba logrando ampliar sus ganancias a partir de la ayuda de la ciencia, con la introducción de maquinarias, disminuyendo el tiempo de producción de las mercancías e intensificando la explotación del trabajo. No obstante es preciso destacar que, ayer como hoy, mientras en algunos países se moderniza, en otros se continúa requiriendo del saqueo y el trabajo esclavo.

En el caso de Argentina, la ley que regulaba las ocho horas se promulgó en 1929, ya como legislación necesaria de la modernización capitalista y su propia regulación. Este ejemplo local evidencia, junto a tantos otros en la historia y en el mundo, que aquello que en un momento puede ser un objetivo de lucha, un ataque directo a la ganancia, una necesidad inmediata impostergable e incluso dinamizadora de potentes expresiones revolucionarias, en otro puede ser simplemente un derecho otorgado para lubricar la maquinaria capitalista.

Esto no significa un desprecio hacia las luchas pasadas, sino un intento por comprenderlas, por poner en tensión aquello considerado una conquista, su relación con una perspectiva de transformación revolucionaria o de reforma al interior del desarrollo capitalista.

Justamente durante las tres primeras décadas del siglo XX el proletariado en Argentina llevó adelante una intensa agitación social. Su máxima expresión se cristalizó en la FORA, con su gremialismo anarquista y sus innumerables iniciativas de propaganda y agitación social, cuya finalidad revolucionaria se orientaba hacia la concreción del comunismo anárquico.

En este contexto la respuesta del Estado argentino a los reclamos sociales y las luchas en curso, ya sea en la ciudad como en el campo, fue siempre la represión, la cárcel, el destierro o la muerte. Ninguna mejora en la vida social fue obtenida sin oponer fuerza a la fuerza y, cuando las energías proletarias se dispersaban, se perdía rápidamente lo conquistado.

Debido quizás a las características geográficas y de organización productiva del país, así como a la fuerte orientación anarquista de federalismo y autonomía en el seno del proletariado, este no realizó una campaña homogénea respecto de la jornada laboral, aunque sí hubo infinidad de huelgas y luchas al respecto.

De la mano dura de la represión se afianzó un proceso de fuerte integración del proletariado en el capitalismo. Esto implica toda una serie de transformaciones en la vida social, en el Estado y sus legislaciones, así como en las organizaciones del proletariado y el contenido de sus luchas. En Argentina es justamente a partir de la década del ‘30 que se cimienta, sobre la derrota de las expresiones revolucionarias, el reformismo sindical y parlamentario que dará luego lugar al peronismo.

Cuando hablamos de integración comúnmente se interpreta un fenómeno ideológico o relativo a la conciencia, algo así como una cooptación, como un engaño o persuasión. Pero nos referimos a las condiciones materiales de existencia: la profundización de la integración de la reproducción de la clase proletaria en la reproducción del Capital, basada fundamentalmente en el desarrollo de la industria y sus elevados niveles de productividad. Este proceso claramente excede lo local y su expresión máxima es aquello que se ha denominado “la edad dorada” del capitalismo, entre el final de la segunda guerra mundial y los años ‘70 con su aumento en los niveles de producción y consumo, con su “Estado de bienestar”.

Los métodos de producción predominantes de este período, junto a una serie de medidas políticas que se implementaron en gran número de países, constituyeron lo que se conoció como el modelo fordista-keynesiano. Como siempre, en el capitalismo conviven diferentes realidades y formas de producción entre las diferentes regiones e incluso en una misma región; por ello tratamos de analizar brevemente sus aspectos determinantes, para acercarnos a la comprensión de las dinámicas sociales, y por ende de lucha, generales en cada momento.

El aumento sostenido de la tasa de ganancia durante varias décadas y el aumento (claramente no en la misma proporción) de los salarios en muchas ramas de la producción posibilitó una pacificación social donde los sindicatos cumplieron un rol importante. Esta situación que podemos comprender como un “pacto de productividad” entre el Capital y el trabajo reforzó el proceso de integración del proletariado. Sin embargo, las barreras puestas por la propia valorización capitalista aparecen una y otra vez. La aceleración de fenómenos como el aumento de la composición orgánica del Capital y la tendencia decreciente de la tasa de ganancia pusieron en crisis el modelo de desarrollo vigente que comenzó a reestructurarse más ampliamente en la década del ‘70. En el marco de este proceso de agotamiento se desarrollaron importantes expresiones de ruptura en la clase proletaria que decantarían en una nueva e intensa oleada de luchas a nivel internacional en las décadas de los años ‘60 y ‘70.

La derrota del movimiento revolucionario dio vía libre a la reestructuración capitalista de la producción y administración de la economía a través de diferentes procesos. Entre ellos: una renovada introducción tecnológica fundamentalmente apoyada en la “revolución informática”, la aceleración de la industrialización en diferentes regiones consideradas “atrasadas”, la reorganización de los procesos de trabajo y sus correspondientes legislaciones, al tiempo que la expansión de los mercados internacionales. Del mismo modo, la relocalización de fábricas gracias a la introducción de zonas francas permitió el acceso a mano de obra más barata, menos controles laborales, ambientales e impositivos, lo que incentivó una nueva y más eficiente división internacional del trabajo.

Todo esto trajo aparejado una transformación de las condiciones laborales, que dejó atrás muchas de las concesiones y conquistas propias de los niveles de productividad de las décadas anteriores. Se produjo un fuerte aumento de la precarización del trabajo y, por ende, de las condiciones de vida en general. Aquel se estructuró a través de distintas estrategias como flexibilización del uso de la fuerza de trabajo (flexibilidad del contrato de trabajo, pero también de los horarios, de los salarios y de las funciones); aumento de la desocupación y estabilización de un numeroso ejército de reserva que jamás sería incluido al trabajo asalariado; ejecución de procesos laborales estandarizados y simplificados, con la consecuente descalificación de la fuerza de trabajo; ingreso al mercado de trabajo de una cantidad cada vez más masiva de mujeres, que expresa la necesidad de más de un salario por familia; aumento del trabajo no registrado (que comprende desde la implementación de becarios o pasantes en la investigación, hasta la clandestinidad de trabajadores migrantes en talleres textiles); tercerización, subcontratación o externalización de determinadas tareas o fases de los procesos de producción que diseminan y disminuyen las responsabilidades patronales.

Estas transformaciones que el Capital encontró para mantener la explotación y dominación, es decir su propia reproducción, transformaron la reproducción del proletariado quebrando aquella fuerte integración que describíamos anteriormente, dando lugar a transformaciones importantes en las dinámicas de lucha y su contenido.

El presente

Hoy podemos estar seguros de algo que los compañeros en 1886 no podían estarlo tanto. La lucha por las ocho horas fue una lucha por la reducción de la jornada laboral en una situación en la que el capitalista ganaba más haciendo trabajar más tiempo a sus empleados. Los avances tecnológicos y organizativos hicieron que se pueda producir cada vez más en menos horas. Nos indignamos por la situación de aquellos que trabajaban y aún hoy trabajan más de ocho horas, pero no nos sensibiliza de igual forma que alguien trabaje menos de ocho horas bajo modalidades que destruyen cualquier cuerpo humano.

Si bien las categorías básicas del Capital permanecen –valor, trabajo, salario, mercancía, propiedad privada, Estado– mucha agua ha pasado bajo el puente. Las fábricas ya no son el centro de la sociabilidad capitalista, la composición de la clase proletaria no es la misma que antaño, el patrón dólar-oro ya no existe y las culturas proletaria y burguesa se encuentran prácticamente indiferenciadas.

El fin de los “años dorados” supuso la transformación del proletariado en general y una crisis del movimiento obrero en particular. La centralidad del trabajo en la industria y el lugar de la fábrica fue puesta en cuestión e implicó que el obrero industrial ya no fuera visto como el principal protagonista, ni mucho menos como la vanguardia de su clase. Esto significó que toda la experiencia acumulada en base a unas condiciones de trabajo que hacían posible la proliferación de grandes huelgas en los lugares de trabajo, prácticas de sabotaje, rompimiento de máquinas o herramientas, organizaciones de grandes contingentes de hombres y mujeres que compartían la cotidianeidad laboral en el mismo espacio, a veces incluso la vida en el mismo barrio obrero, no sea reproducible bajo las nuevas condiciones.

Evidentemente, estas dieron pie a nuevas formas: cortes de rutas para impedir la circulación de mercancías cuando miles de desocupados ya no pueden impedir la producción, por ejemplo. Por otra parte, y coincidentemente, a partir de ese momento la industria y el progreso capitalista dejaron más que nunca en evidencia la devastación que suponían para el planeta y para quienes lo habitamos. Comenzaron a gestarse cada vez más movimientos contra los efectos nocivos de la producción hacia la salud y el ambiente. Pero el abordaje de nuevas problemáticas o, mejor dicho, el abordaje de problemáticas históricas como novedad no necesariamente desembocan en la crítica y la lucha anticapitalista. Si bien las reivindicaciones salen masivamente de la esfera del trabajo para poner en cuestión diferentes aspectos de la reproducción social en su conjunto, se ha mantenido en la mayoría de los casos una perspectiva que parte de los niveles de la integración de antaño.

El retorno a los inicios del movimiento obrero o del Estado de bienestar no es deseable ni posible. Las luchas del pasado nos inspiran de cara al futuro, pero debemos quitarnos el lastre de la nostalgia progresista.

Hoy el Capital continúa pauperizando nuestras condiciones de vida. La extensión de la informática a cada vez más esferas del trabajo y de la sociabilidad en su totalidad junto a las medidas de aislamiento, profundizan la difícil situación a la que tenemos que hacer frente los proletarios y proletarias en nuestro día a día, y que debemos analizar a la hora de organizarnos si queremos transformar la realidad.

¿Cómo llevar a cabo la resistencia, incluso el más mínimo sabotaje, cuando todas las herramientas son nuestras y el lugar de trabajo es donde vivimos, cuando los niveles de desocupación crecen día a día, cuando no nos podemos encontrar con nuestras compañeras de trabajo más que a través de una pantalla, cuando las horas del día no parecen tener fronteras entre trabajo y no-trabajo, cuando la represión en las calles está legitimada por el discurso del “cuidarnos”? Son algunas de las preguntas que nos hacemos este primero de mayo.

La reestructuración capitalista produce el declive de la identidad obrera y la explosión de múltiples identidades, algunas de ellas vinculadas a las nuevas formas de lucha proletaria.

Las revueltas desatadas en diferentes partes del mundo en las últimas décadas, así como los “nuevos movimientos sociales”, a pesar del carácter interclasista y ciudadanista que observamos en muchas ocasiones, dejan en claro la persistencia de la lucha de clases. Al mismo tiempo nos advierten del carácter diverso que el proletariado tiene y ha tenido. La centralidad de la reproducción social en las luchas nos recuerda que la revolución debe implicar bastante más que la certeza de tener techo y comida. Debe atender, no solo como punto de llegada sino de partida, la denominada cuestión de género, lo racial, la sexualidad, la familia, la naturaleza de la cual formamos parte.

En las revueltas de nuestro tiempo, hoy atravesadas por la declaración mundial de pandemia, está muy claro que no hay una perspectiva de gestionar el objeto de las protestas. Solo los civilizadores progresistas proponen nacionalización, gestión obrera, referéndum, cambios en la administración capitalista. Pero no hay un mismo proyecto que tanto proletariado como burguesía deberíamos defender, gestionándolo de diferentes maneras. No se trata de una guerra de un bando contra otro para administrar y gestionar esta sociedad, sino de luchar contra el Capital en tanto que sociedad, que relación social.

El capitalismo, por sus propias contradicciones internas, no puede mejorar nuestras condiciones de vida. Por otra parte, esta conflictividad social tiende además a sincronizarse porque las medidas de austeridad en épocas de crisis son globales, porque el aumento de la explotación y el empeoramiento de las condiciones de vida no son un problema nacional o de políticas neoliberales. Ni los burgueses eligen este escenario ni los proletarios en lucha elegimos el nuestro. Las fuerzas ciegas de la economía nos han traído hasta acá. Ahora es importante saber qué hacemos, no de cara al futuro ¡sino lo que ya estamos haciendo!

Cada contexto produce condiciones diferentes para la revolución y genera contradicciones (materiales, no morales; sociales, no individuales) particulares. Estas pueden hacernos importantes señalamientos acerca de la sociedad capitalista y su superación, pero la revolución finalmente dependerá de lo que podamos hacer en tanto clase. La lucha es inevitable y necesaria, nos transforma y buscamos transformarla en una definitiva. Nuestra preocupación es que la lucha de clases sea capaz de producir algo más que su propia continuación.

Por esto confiamos en que es tan importante no solo participar sino también comprender, estudiar y debatir el desarrollo de las luchas del presente. Porque en las posibilidades y condiciones de estas luchas, en sus críticas y rupturas, se delinea el horizonte revolucionario del presente.

Publicado originalmente en Boletín Oveja Negra, Año 10, Nº76, mayo 2021


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