Reflexiones en torno al sustrato anárquico contemporáneo informal, insurreccional e internacionalista

by • 1 marzo, 2021 • Artículos, Coyuntura política, Organización, Práctico, Teoria políticaComments (0)626

Nota al lector/a

Las reflexiones que presentamos a continuación son el resultado de un largo diálogo a muchas voces, que comenzó hace casi un año, entre compañeras y compañeros de diferentes partes del planeta que hemos venido madurando la convicción no solo de la necesidad de un debate franco, honesto y auténtico, sobre diferentes aspectos del universo anárquico de la tendencia informal e insurreccional, sino de que ha llegado el momento de concretarlo.

En el transcurso de este debate franco y sincero, surgieron una diversidad de opiniones en torno a una serie de temas y puntos de vista específicos, que nos impulsaron a buscar su posible solución; lo que nos estimuló a profundizar en estas discrepancias que, en un principio, parecían insuperables o casi insuperables.

Fue precisamente en el propio recorrido de estas profundizaciones que se pusieron de manifiesto dificultades inesperadas, pero que, sin duda, tienen una importancia considerable en el contexto de estas reflexiones, por eso nuestra intención de hacerlas circular en todos los idiomas y en todos los lugares del globo, para que las compañeras y compañeros puedan conocerlas.

Las dificultades que han surgido cada vez que hemos examinado a fondo los argumentos expuestos, responden a dos órdenes de problemas estrechamente entrelazados:

  1. el desajuste en los significados de las palabras al traducirlas de un idioma a otro, porque en muchos casos, se pierde la especificidad de la expresión, lo que es de suma importancia para nuestras reflexiones;
  2. los diversos cambios de significado que asumen, a lo largo del tiempo y en un determinado idioma, palabras que podrían ser fácilmente traducidas a otro idioma, pero que en algunos casos se deforman con la traducción;
  3. El uso particular que ha hecho de ciertos términos y conceptos cada variante del movimiento, especialmente las generaciones más jóvenes en diferentes lugares del planeta –incluso en el transcurso de un período relativamente corto de tiempo– por lo que ha sido necesario adaptar conceptualmente estos términos para que no se desvíen mucho de su significado original, y el pensamiento subyacente no fuera mal interpretado.

Invitamos a nuestras compañeras y compañeros a tener en cuenta los esfuerzos realizados para lograr un documento lo más apegado al original permitiendo su entendimiento en los distintos idiomas, y a las/os redactores de las diferentes traducciones les pedimos que consideren todos los atenuantes posibles para que logren este propósito.

Obviamente será la comprensión, el gozo y la confianza de los compañeros y compañeras lo que permitirá aprovechar al máximo todas las tensiones del universo anárquico de la tendencia informal, insurreccional e internacional.

INTRODUCCIÓN

            Un espectro se cierne sobre la Tierra: el espectro de la Anarquía.

            Contra este espectro se han conjurado en santa jauría todos los Estados del mundo; el Capital y las religiones; demócratas y fascistas; globalizadores y nacionalistas; socialdemócratas; populistas y; marxistas de todas las denominaciones.

            De este hecho se desprenden dos consecuencias:

            La primera es que el anarquismo se halla ya reconocido como una potencia por el sistema de dominación tecno-postindustrial-hetero-patriarcal que hoy somete al mundo.

            La segunda, que es ya hora que las y los anarquistas expresen a la luz del día (así como en la oscuridad de la noche) y ante el mundo entero, sus ideas, sus tendencias, sus deseos y, reafirmen su ancestral lucha contra toda Autoridad, saliendo así al paso de esa leyenda negra del espectro anárquico con un conjunto de reflexiones para el Siglo XXI.

            Estas páginas quieren ser una modestísima contribución en tal sentido y, un ejercicio intransigente de reafirmación anárquica, construyendo una agenda de diálogos al interior de la variopinta constelación de grupos (e individualidades) que componen la tendencia informal e insurreccional, por lo que ponemos a la consideración de todas y todos los anarquistas de distintas regiones del mundo el siguiente marco de análisis, escrito a varias manos desde diferentes partes del planeta, recogiendo las inquietudes, pensamientos y prácticas de toda una galaxia de tensiones más allá de las barreras idiomáticas.

            Esperemos que este esfuerzo facilite la necesaria renovación teórico-práctica y la redefinición actualizada de nuestros rasgos (fundamentales), con especial énfasis en la crítica radical al poder y la ética de la libertad, erigiendo un nuevo paradigma anárquico común, capaz de atemperar la actual dispersión y de atenuar discrepancias internas, reconociendo diversidades irreductibles pero siempre bienvenidas, encauzando todas las tensiones en apoyo a nuestro sustrato común y la concreción de un “lugar/espacio” internacional, que proporcione la apropiación inmediata de todas las formas de enfrentamiento a los poderes establecidos y por establecer.

            Frente a la repugnante parálisis de las fracciones del llamado “movimiento”, que hoy aplauden al Poder y cumplen sin cuestionar los consejos del Estado –promoviendo el encierro y la “sana distancia”–, nos toca impulsar más que nunca la tensión anárquica y motivar la insurrección a los cuatro vientos, ante el avance del nuevo sistema de dominación que se gesta (mucho más autoritario y depredador).

            ¡Vivimos tiempos de pandemias: nos atañe viralizar la sedición anárquica en todos los confines de la Tierra hasta que no quede rastro de lo existente!

            ¡Guardemos sana distancia del Poder e iniciemos la flama que se extenderá por toda la pradera!

I LA NECESARIA DESTRUCCIÓN DEL “TRABAJO”

 “Desde hace mucho tiempo se viene reclamando el derecho al trabajo, el derecho al pan y, francamente, en el trabajo nos estamos embruteciendo […] Nosotros, anarquistas, sentimos la humillación de esta lucha para huirle al hambre y sufrimos la ofensa de tener que mendigar un pedazo de pan que nos es concedido de cuando en cuando, como una limosna y a condición de renegar o poner en el desván de los trastes inútiles nuestro anarquismo (si no queréis usar medios ilegales para defender vuestro derecho a la vida, sólo os quedará como lugar de reposo el cementerio)”.

                                                                                                                        Severino Di Giovanni.

Las últimas dos décadas del pasado siglo y las dos primeras del siglo XXI han asistido al sedicioso despertar de la Anarquía, en particular de la tendencia informal e insurreccional, principalmente en Europa y en algunos países de América Latina. Este “despertar” anárquico, en esencia, responde a dos factores que con el tiempo se han ido consolidando y entrelazando de diversas maneras, más allá de la coyuntura económica –en parte favorable– que auspició el fenómeno extático de 1968 y, la inigualable experiencia del 77 italiano.

El primer factor, se manifestó íntegramente al interior del movimiento anarquista, comenzando a desarrollarse a partir de la crítica de una parte del propio movimiento  –en algunas áreas “territoriales”– a la mayoría del anarquismo organizado en estructuras de síntesis (generalmente en federaciones) y, de manera colateral, a las orgánicas sindicales (sindicalismo revolucionario o anarcosindicalismo). El segundo    factor –que impacta de manera específica en el “despertar”–, es el colapso definitivo del “socialismo realmente existente” (desde 1989), provocando la crisis irrecuperable de las ilusiones marxistas (en todas sus versiones y a nivel internacional) y, la más estrepitosa banca rota de su ideología. Ambos factores, se complementan como resultado de la consumación de un ciclo de capitalismo, en particular, de su versión predominantemente industrial, y de su otra cara política: el Estado-nación.

El capitalismo y el Estado moderno, son dos aspectos complementarios de la realidad socio-económica y política que surgiera en el Medievo, erigiendo al TRABAJO como elemento dominante de la vida humana, es decir, como uno de los momentos constitutivos de la vida, dividiendo artificialmente esta actividad en “sectores”. El hecho es que desde el nacimiento de la disciplina económica (o sea, del estudio, análisis e interpretación de los diversos componentes que contribuyen al funcionamiento y desarrollo del Capital), se ha concluido que sólo el TRABAJO humano, coordinado con el proceso de producción, es capaz de generar ganancias. Sin el uso de la fuerza de trabajo humano (“fuerza productiva”), ni la tierra, ni las materias primas, ni todas las herramientas de producción (hoz, martillo, telar o industria) aumentarían el capital invertido, logrando que este sea mucho más lucrativo para el capitalista al final del ciclo de trabajo.

Obviamente, en el régimen capitalista, el “trabajo” es un concepto que va mucho más allá del estricto significado que tiene (consumo de energía y tiempo de los trabajadores proletarizados; es decir, de aquellos que se ven obligados a venderse al Capital a cambio de lo necesario para su supervivencia), abarcando indiscriminadamente un conjunto de actividades y momentos que se movilizan en torno a la producción de ganancias: la energía de los trabajadores en sentido estricto, el tiempo que el capitalista dedica a explotar mejor la coordinación de las fuerzas de trabajo, así como el tiempo y el capital necesarios para las estructuras financieras, indispensables en los diversos procesos de producción. Es precisamente el concepto de TRABAJO, de la mano de las distintas interpretaciones ideológicas de las diferentes disciplinas (positivismo, progresismo, historicismo y todos los demás ismos), lo que ha sustentado al Estado-capital hasta nuestros días. No es por casualidad que se inventó el slogan que acompaña al sistema desde la acumulación original de Capital –«El trabajo ennoblece al hombre»–; de cierto manera, este lema ha marcado el paso de la primacía del comercio como fuente de riqueza, a la preponderancia del “trabajo” como fuente de acumulación de la “riqueza de las naciones”.

Todas las versiones de “socialismo”, incluido el anarquismo, jamás se han cuestionado sustancialmente la ideología del trabajo; de modo que, a excepción de las agudas críticas al capitalismo por sus efectos nocivos e inhumanos, prevaleció siempre la versión historicista –con fuerte influencia marxista pero indiscutiblemente precedida por Proudhon y otros antecesores–, según la cual el capitalismo (en su versión industrial) representaba la etapa superior del desarrollo de las capacidades productivas del ser humano, determinando así la contradicción macroscópica del propio capitalismo, es decir, la socialización del trabajo –para la indispensable producción industrial colectiva– y, la apropiación privada –de los capitalistas– de una parte del trabajo colectivo (la ganancia). El advenimiento de la contradicción –la socialización de las ganancias tras la expropiación de los medios de producción por los trabajadores (el proletariado)–, significaba la realización de la justicia social en el futuro; es decir, la concreción de la sociedad igualitaria en la que la explotación, la opresión y, la dominación del hombre por el hombre, serían desterradas para siempre de la faz de la Tierra (la representación ideologizada del futuro paraíso terrenal consumado por las propias fuerzas de la especie humana, destinada a madurar en el transcurso de la historia los elementos decisivos en sentido liberador). Fue desde la lógica del dominio “ideológico-cultural” y material del Estado-capital que, el anarquismo, incluso en su plena madurez, desarrolló su paradigma durante las décadas de entre siglos (XIX y XX); a decir verdad, de manera muy similar a los partidos y movimientos socialistas y comunistas de su época: la organización anarquista específica y, la organización anarcosindicalista, reflejan la visión preconcebida del anarquismo, centrada en aglutinar a las fuerzas proletarias en un frente capaz de tomar posesión de los grandes medios de producción para finalmente socializarlos por la fuerza y dar paso a la nueva “sociedad libertaria”. El momento “material”, es decir, todo lo relacionado con la producción de mercancías, por lo tanto, concerniente al “trabajo” y, la ganancia; o lo que es lo mismo: la esencia que domina la sociedad capitalista, nunca fue cuestionada por ninguna de las variantes del socialismo, por ende, se convirtió en la hipótesis central de la pretendida sociedad liberada del mañana. Desde esta perspectiva es consecuente fundar la centralidad de la vida –incluso en el ámbito anarquista– en el mundo del trabajo, en particular, en el proletariado y los mecanismos de explotación (la extracción de ganancias), y posicionarse sobre estas bases con el fin de concretar la inversión de las relaciones sociales: la realización de la Revolución Social mediante la inevitable insurrección generalizada que permitiría a los trabajadores expropiar los grandes medios de producción. Es obvio, según esta concepción, que los medios de producción en operación bajo el régimen capitalista dominante, se consideran indispensables incluso en la sociedad liberada; de ahí la atención en su salvaguarda durante el proceso insurreccional revolucionario para su uso futuro. De tal suerte, la organización sindical revolucionaria, inspirada en los fundamentos del anarquismo, se convierte así en pivote de transición a la Anarquía. Si la revolución rusa de 1917 parecía haber confirmado de alguna manera la concepción anarquista, fortaleciendo el proyecto anarcosindicalista, la contrarrevolución leninista-bolchevique provocó un primer contratiempo, que permitió que el mejor anarquismo y anarcosindicalismo “ruso” sobreviviera al exterminio comunista, viéndose forzado al exilio, en cierto modo, deslumbrado por los métodos bolcheviques, lo que les llevó a plantear la hipótesis de una organización específica    –rígida y extremadamente disciplinada– que supuestamente competiría con el partido leninista: la “Plataforma Archinov”. En realidad, fue una pantomima eficientista con pretensiones partidistas, que nunca pudo superar el análisis crítico de los anarquistas más prominentes de la década de 1920 (Errico Malatesta, Camilo Berneri, Sebastián Alexander Berkman, Emma Goldman, entre otros).

Lo cierto es que la visión predominante de la inmensa mayoría del anarquismo de la época, jamás puso bajo la lupa de la crítica las bases de la sociedad capitalista, permaneciendo el trabajo como la columna vertebral del proyecto anarquista revolucionario y, como eje del anarcosindicalismo. En el contexto de la revolución española de 1936-1939, emergieron –con toda su gravedad– algunos de los límites macroscópicos de esta particular concepción que siempre ha privilegiado un momento específico de la experiencia humana en lugar de favorecer su simbiosis con todos los demás momentos de la vida.

El “trabajo”, como quiera que se entienda, al igual que cualquier otro momento de la vida y de la misma lucha contra todo sistema de dominación, no puede representar   –en una experiencia libre de cualquier tipo de coacción– un momento privilegiado a partir del cual deba “ajustarse” el resto de los momentos de la vida. Es en el marco del Estado-capital –donde la extracción del excedente (la ganancia), es absolutamente indispensable para satisfacer las necesidades del Capital y de la gigantesca máquina burocrática, militar, política e ideológica que le es propia (el Estado)–, que la “base material”, es decir, el trabajo y, la organización de la producción, representa el pilar fundamental en torno al cual se ajustan, al ser coactados, todos los demás momentos que conforman el conjunto de la vida humana. En la trama del Estado-capital, la “razón de ser” de la vida humana se encuentra fragmentada en “tiempo de trabajo”, “tiempo libre”, “tiempo de descanso”, etc., siempre y cuando estas sean las necesidades del Capital y del Estado –y esto aplica para nuestra época–, exigiendo, no la “superación” de la fragmentación de la vida, sino la intercambiabilidad de los distintos momentos, reduciendo la totalidad de la vida a una única función (variable) dependiente de los propios flujos de “producción”: la vida es siempre y sólo tiempo de “trabajo”, es decir, tiempo de mercancías y por lo tanto de ganancias.

El horizonte conceptual que la modernidad occidental (Estado-nación y Capital) ha determinado a nivel planetario en el transcurso de su tempestuosa historia –en cuyo seno prevalece el “trabajo”–, ha penetrado tanto en el inconsciente colectivo y en la concepción de vida de las personas que ha logrado estructurar nuestra forma de pensar y de comportarnos, imponiendo un dispositivo cognitivo “universal” al servicio de la domesticación humana que impide que se desplieguen el énfasis y la potencia de la insurrección, dejando, cada vez más, paso a los excesos de positividad. Tan es así, que, durante las últimas décadas –tras la reestructuración capitalista–, la crítica revolucionaria tradicional no ha podido hacerle la más mínima mella al sistema de dominación: todos los intentos de “cambio” han quedado atrapados en su maquinaria de captura.Centrándonos ahora en el ámbito anarquista, habría que destacar que al interior de nuestras tiendas, sólo la tendencia insurreccional e informal –llevada hasta las últimas consecuencias teórico-prácticas– ha sido capaz de abrir las puertas a un potente gesto sedicioso contra toda autoridad, haciendo factible la lucha anticapitalista y antiestatal en nuestros días, logrando cuestionar y confrontar la política-social existente, adecuando así la lucha anárquica a la realidad de explotación y opresión contemporánea, con pronunciado énfasis en la necesaria destrucción del trabajo. Y es que, precisamente, a partir de la nueva versión del “trabajo” originada por la aplicación de las nuevas tecnologías, se ha logrado concretar el nuevo modelo productivo, reduciendo al mínimo las aportaciones de la fuerza humana en el ciclo de trabajo y en la elaboración de mercancías; de tal suerte, se ha incrementado de forma desmesurada la adaptación de las mentes a las necesidades de la mercancía, expropiándonos la capacidad de distinguir entre necesidades reales e inducidas, lo que ha determinado el intercambio entre bienes reales y virtuales, afianzando así la nueva versión del querido eslogan capitalista: “el trabajo moviliza a las personas“, en lugar del anticuado lema: “el trabajo ennoblece al hombre“. Desde mediados de la era industrial se vienen “inventando” mercancías inéditas (pensamos en el plástico, por ejemplo), junto a una extensa gama de objetos de amplio consumo que, sin embargo, satisfacen solamente necesidades inducidas. ¡La publicidad no es sólo el anuncio promocional de algún producto básico, sino también es un producto en sí, cuyo consumo produce ganancias a quienes no participan en ninguna cadena de producción de bienes reales! Los desempleados –los eternos “parados”– además de representar un verdadero dique para las demandas de quienes aún conservan sus empleos en diversos sectores de la producción, son productores de ganancias reales desde el momento que consumen “publicidad”. Esta realidad ha sido valorada en exceso en la medida en que el sistema se ha extendido de manera desproporcionada, mediante la cotidiana introducción de nuevas tecnologías a escala global, cada vez más sistematizadas en un complejo plenamente interconectado.La manipulación de los recursos naturales está modificando todos los organismos vivos, transformándolos en mercancías impedidas de su reproducción autónoma: las propias personas, junto a los otros animales no humanos, se adaptan gradualmente a las necesidades de expropiación total por parte de los monopolios y; la competencia entre los gigantes de las tecno-ciencias, constantemente provoca nuevas adecuaciones que devastan los pocos espacios que nos quedan de autonomía y naturaleza salvaje, tanto a los seres vivos como a los ecosistemas. La estrategia competitiva –por ser el primero en inventar y/o añadir algo nuevo, con el propósito de dominar el mercado y ser líder del postindustrialismo–, ha devenido en una lucha cotidiana donde las personas de todos los rincones del planeta, son arrastradas al remolino sin fondo de la innovación, reproduciendo el sistema de destrucción, provocando el agotamiento de todos los recursos, la contaminación irreversible de los diferentes ambientes, activando conflictos cada vez más amargos y sangrientos e, impulsando genocidios impunes.

En tal contexto, donde la propia maquinaria de producción está objetivamente predispuesta a la transitoriedad y la convertibilidad inmediata según los ritmos del consumo fugaz y la temporalidad igualmente fugaz de las mercancías –virtualmente sujetas a los cambios que hacen atractiva la perenne campaña publicitaria a favor de la “innovación”–, el trabajo tradicional, realizado por el otrora proletariado, ha perdido toda funcionalidad. Ya no es necesario el especialista ni la mano de obra profesional ni la habilidad del trabajador; todo esto ha quedado superado por la estandarización y la velocidad supersónica de los nuevos ritmos dictados por el exceso tecnológico de todo el ciclo de producción. Lo que hoy se requiere es disponibilidad completa, día y noche, los 365 días del año, con horarios flexibles, en función del pedido inmediato y urgente que debe proveerse antes que el competidor pueda hacer lo mismo a un costo mucho menor.

Lo que alguna vez pareció ser (y se creyó que era) el arma más poderosa de los trabajadores: la herramienta organizativa y la lucha sindical; en este contexto, no sólo representa un arma contundente al servicio de este sistema alucinante sino que incluso asume el papel de uno de sus principales pilares junto a otros soportes no menos importantes. Pero, tratemos de profundizar más en este tema, para dejarlo en claro de una vez por todas.

El uso de la máquina de vapor y más tarde del motor de combustión interna y la electricidad, permitió el reemplazo de la fuerza humana y animal, así como de las otras fuerzas naturales (agua y viento) explotadas como fuerza motriz, engendrando el gigantesco desarrollo industrial de los últimos dos siglos. Los bienes producidos a gran escala, aunque comercializados en el sistema capitalista estatal, satisfacían, en lo general, las necesidades reales de sus consumidores.

Desde la óptica que las fuerzas revolucionarias concibieron la superación de la sociedad –sin cuestionar al capitalismo en sí–, asignándole un valor incuestionable a la producción de bienes necesarios para la existencia humana: la continua producción de bienes; nuevas fuentes de energía aplicadas a la industria y; la forja de nuevas herramientas de trabajo y producción (nos vienen a la mente los tractores para trabajar la tierra, el tren para el transporte humano y de mercancías, etc.), parecía indispensable la prolongación de toda esta parafernalia incluso para la sociedad post-revolucionaria.

La organización sindical de los trabajadores de la industria y de la tierra, entendida en sus términos revolucionarios, era coherente con la suma de reivindicaciones del proletariado exigiendo salarios dignos, horarios de trabajo acordes a una existencia tolerable, salubridad en los puestos de trabajo y, la conquista de condiciones sociales cada vez más avanzadas (pensión, asistencia médica garantizada para todos, etc.), pero, cuando una legión de explotados conscientes se propone asaltar y expropiar a los expropiadores históricos de los medios de producción con la intención de consumar la autogestión socializada, no sólo de los instrumentos de trabajo, sino del propio trabajo y su fruto integral, esta poderosa arma (la organización sindical) pasa a ser obsoleta.

Por supuesto, ni siquiera los propios anarquistas fueron capaces de vislumbrar –salvo honrosas excepciones de manera esporádica y muy superficialmente–, la enorme contradicción inherente a cualquier forma de sindicalismo, limitado al regateo con el enemigo de clase, en busca de mejoras en las condiciones inmediatas de los trabajadores durante las luchas parciales –el objetivo final, de hecho, era anunciar la futura revolución, pasando por alto la cuestión de fondo. De la misma manera que pasamos por alto tantas cuestiones que, hoy en día, no podemos obviar y mucho menos posponer debido a la gravedad de las amenazas –pensemos, por ejemplo, en el envenenamiento de la tierra, del agua y de la atmósfera o, en el agotamiento de los recursos o, el exterminio de especies, sólo para tener una somera idea de a qué nos referimos.

La concepción del objetivo final, fruto de las condiciones propias del capitalismo industrial dominante, hizo madurar en la clase obrera lo que podríamos definir como una verdadera “cultura”, es decir, un “orden del mundo” donde todo giraba en torno al “trabajo ” –como instrumento y lugar de producción de todo lo indispensable para la vida humana, como centralidad de la vida, del conocimiento, de las relaciones interpersonales y, de la relación de las personas con la Naturaleza, entendida ésta como espacio/objeto inagotable, disponible para la satisfacción de las necesidades de los hombres (echando mano de esta concepción antropocéntrica a modo de ¡«gracioso» legado que el capitalismo dejaba a la futura sociedad libre!).En la actualidad, en plena mutación estructural del capitalismo, con sistemas de producción ajustados a la producción de mercancías que, en la mayoría de los casos, satisfacen necesidades inducidas y/o falsas, sencillamente útiles a la manipulación total y totalitaria de lo existente, donde lo superfluo se disfraza de indispensable y los instrumentos de producción son funcionales exclusivamente a estas mercancías   ¿qué herencia podríamos recibir si no es todo lo que hoy se está convirtiendo en basura? ¿Qué “trabajo” heredaríamos que no sea auxiliando “máquinas” que navegan solas –tanto respecto a los ritmos como a las formas, los objetos y, las mercancías que agobian nuestra existencia y destruyen la vida tal como la conocíamos hasta hace poco? ¿Qué clase de “conocimiento” podemos heredar si no la miseria derivada del despojo perpetrado durante las últimas décadas por este sistema integrado de tecnologías específicamente desarrolladas para reducir a cero la personalidad, la capacidad y, la inventiva, de la mano de la manipulación de todos los organismos vivos? ¿Qué “cultura” podemos heredar? ¿Podrá este revoltijo de actitudes, comportamientos y satisfacciones –dependiente de la alienación de gente desesperada que se aferra a las mercancías que consumen o aspiran consumir en una vorágine cada vez más impetuosa que los convierte en productores y reproductores de un sistema que les ha reducido a apéndices integrados a los mecanismos de producción de mercancías reales y virtuales–, ofrecer otro sueño que no sea replicar modelos diseñados concretamente para entidades despersonalizadas? O, tal vez, ¿heredaremos esta desintegración de relaciones –esfumadas con la demolición de la industria tradicional y su reconversión en talleres robotizados y soportes informáticos– donde la precariedad, la servidumbre absoluta y, la intercambiabilidad de piezas, hace a los trabajadores igualmente miserables y, por ende, sustancialmente inútiles? Por supuesto, tanto aquí como allá –en el Primer como en los otros mundos dependientes–, aún existen focos de cultura, de conocimiento, de relaciones, de lenguaje, de actitudes de la gente, en pueblos y comunidades más o menos pequeñas, lugares de trabajo y espacios sociales que todavía se mantienen al margen del sistema; pero se trata de escenarios que, en todos los casos, a penas cuentan en el contexto general; su supervivencia responde más a la falta de interés actual y a las fallas del Estado-capital contemporáneo que a su propia vitalidad. Las que realmente cuentan, e imponen su ley, son las estructuras dominantes que han incorporado a sus dispositivos todo aliento de vida.Pero si no tenemos nada que heredar de las estructuras de dominación –salvo que nos engañemos y vivamos persuadidos que el modelo contemporáneo de “civilización” (con sus elementos materiales y espirituales) realmente puede ser útil a la creación de entornos habitables para todos los seres vivos, sin gobernantes ni gobernados, sin servidumbre ni amos, sin géneros ni privilegios androcéntricos–, consecuentemente se deduce que TODO tiene que ser necesariamente destruido. Y si además reconocemos que el “proletariado”, en su acepción de “clase obrera” –es decir, como «clase monolítica verdaderamente revolucionaria» que madura su conciencia (de «clase en sí a clase para sí»), transformándose en «sujeto de la historia» y por tanto, en la fuerza opuesta al Estado-capital, destinada a destruir la propiedad privada y edificar la sociedad comunista–, desapareció de la faz de la Tierra con la reestructuración del sistema capitalista, tendremos que aceptar entonces que resulta ilusorio depositar nuestros deseos insurreccionales en algo inexistente. Consecuentemente, también habremos de admitir que el sindicato –la organización obrera, o lo que fantasmagóricamente quiera decir la actual simulación de la organización de los trabajadores conscientes de su propia función en la lucha de clases–, en nuestros días sólo puede realizar tareas en complicidad con el acomodo, la estabilidad y la racionalización de las nuevas estructuras de explotación, opresión y extracción de ganancias, erigiéndose como uno de los pilares fundamentales del sistema imperante. ¡Tanto más si han desaparecido del horizonte mental de la gente todas las hipótesis en torno a un futuro paraíso terrenal más allá del imperio de las estructuras del Estado-capital! Una vez disipada la niebla que impedía la lectura reflexiva de la actual estructura capitalista, sólo nos resta extraer una primera conclusión: de todo el presente histórico en su conjunto y, específicamente, de la esfera del “trabajo”, no hay NADA que podamos utilizar en un hipotético futuro liberado, TODO tiene que ser demolido hasta sus cimientos –una sola piedra que nos quede en pie será el pedestal inmediato sobre el que se erigirán las nuevas formas de poder centralizado y, por consiguiente, de dominación sobre todo lo viviente. La conciencia de la gravedad de las actuales condiciones reclama la urgencia de destrucción.La velocidad con que se imponen los actuales mecanismos de explotación, destruyendo de manera irrecuperable lo poco que queda de vida y de hábitat indómito, determina la inmediatez de la destrucción: a) para impedir que se complete el proyecto de muerte y modificación, la destrucción de todo lo salvaje, el agotamiento de los recursos residuales, la hecatombe de los ecosistemas, la robotización humana y de otros animales no humanos; b) para interrumpir la fuerza centrípeta de la definitiva centralización planetaria de la dominación, de lo contrario, asistiremos en el futuro inmediato al desmoronamiento total e irreversible de toda hipótesis de vida autónoma y convivencia en libertad, comprometida hoy severamente por el desarraigo y el despojo de los rasgos histórico-culturales propiamente dichos y, su dispersión en el laberinto del consumismo y la adicción más grosera. Al comienzo de este documento, señalamos el enérgico renacimiento del anarquismo en nuestros días, en particular, de su tendencia informal e insurreccional, ampliamente difundida en algunas regiones del planeta, destacando cómo las múltiples tensiones contemporáneas no sólo han logrado superar la fosilización del movimiento –sugestionado por tesis decimonónicas y, anquilosadas teorías en torno a la organización y los métodos de ataque al sistema de dominación–, sino también cómo han conseguido identificar las distintas fragilidades del sistema en su conjunto. Y, es precisamente a partir de esta reflexión, que se hace necesario girar 360 ​​grados si verdaderamente queremos ser mucho más incisivos en nuestro ataque. Pero eso sólo será posible si logramos articular todas las tensiones disponibles, encarnando una potencia teórico-práctica apta para concentrar el ataque en sentido destructivo contra los puntos estratégicos de la dominación. Es evidente, de hecho, que ninguna acción individual o de grupo, por muy contundente que sea, tiene la capacidad de clavarle la daga al enemigo con la profundidad requerida para provocar su colapso; en el mejor de los casos, le hemos causado lesiones, pero inmediatamente son mitigadas, recuperándose ipso facto. Ése ha sido el escenario que hemos enfrentado en las últimas décadas. Empero, podemos y debemos forjar mucho más, superando límites y deficiencias, rompiendo el marco conceptual que constriñe todo cuanto acontece en nuestros días, erradicando –desde hoy– cualquier posibilidad de reestructuración de los mecanismos de control y, potenciando al máximo toda la energía revelada hasta ahora, tanto en términos de análisis como de acción destructiva, impidiendo a toda costa volver a quedar inmovilizados por el miedo.¡Sólo mediante la superación de la contradicción ideológico-moralista “ilegalidad”/”legalidad” y, la permanente autodeterminación individual y de grupo, se podrá destruir el trabajo y, la sociedad que lo produce!


II HACIA LA INSURRECCIÓN PERMANENTE: POR LA RADICAL DESTRUCCIÓN DE LO EXISTENTE

 “Cara a cara con el enemigo, sin mediaciones ni gestorías: he ahí la divisa y el emblema de una práctica de intervención, orientación y potencialidad anarquista”

                                                                                                                                Rafael Spósito

Digámoslo de esta manera: tal vez no es más que una simple cuestión de “fe”, pero tomamos nota de que no hay más sordo que quien no quiere oír ni más ciego que quien se niega a ver; por lo tanto, sabemos que es una batalla perdida de antemano  –y energías desviadas del ataque– tratar de persuadir a los eternos guardianes de las “sagradas escrituras” en torno a la urgencia de renovación de nuestra teoría y nuestra práctica con una redefinición actualizada de nuestros trazos. Esos que no oyen ni quieren ver la necesidad de un nuevo rumbo anárquico en el contexto contemporáneo –frente a la reestructuración del capitalismo y el Estado, bajo el reino de las nuevas tecnologías–, son quienes engrosan hoy el conjunto de obstáculos que enfrenta el presente desarrollo del anarquismo.

Aquellos que aún permanecen anclados al modelo tradicional del “anarquismo clásico”, en sus organizaciones de síntesis y/o en partidos especificistas  –estructurados de manera rígida en verdaderos aparatos burocráticos donde, inevitablemente, delegan estudios de “coyuntura” y elaboran conclusiones, instruyendo desde el púlpito qué hacer para frustrar el avance de la dominación–, ya no nos aportan nada con su visión ideologizada y su versión mediatizada de la lucha ácrata. Mientras no terminen como informantes y/o secuaces confesos del presente histórico-social, deberían sernos completamente indiferentes, excepto por la función que desempeñan en términos de propaganda (completamente opuesta a nuestras reflexiones). Cada vez es más evidente el prejuicio ideológico de estos “sordos” y “ciegos” contra la tendencia insurreccional, con especial pedantería contra la organización informal, no sin dejar de hacer caprichosas distinciones entre un pretendido “informalismo bienhechor”–mucho más tolerable– que invita a la difusión comunitaria del apoyo mutuo y otro, sumamente inaceptable y consecuentemente insurreccional que incita constantemente al ataque contra la dominación y «pone en peligro al “movimiento” en general y al “anarquismo organizado” en específico».Contrario a los prejuicios de las organizaciones rígidas y su ideología trasnochada, centramos nuestro interés en todas esas negaciones en movimiento; ​​enfocamos nuestra mirada en el conjunto de tensiones anárquicas emergentes –desde las y los lobos solitarios anarconihilistas hasta el insurreccionalismo queer, por poner un par de ejemplos concretos– que estudian al enemigo para saber inmediatamente dónde golpearlo con todas sus fuerzas. Tensiones que, utilizando el lenguaje actual que parece haberse arraigado en esta porción de la galaxia anárquica, se identifican con el denominado “anarquismo de acción”, es decir, con la informalidad organizacional y la práctica insurreccional permanente. Sin embargo, dentro de nuestro propio universo, frecuentemente se utilizan conceptos que –ya sea como reafirmación identitaria o, con la intención de distinguirnos de las demás luchas y/o deslindarnos del inmovilismo prevalente– a veces crean más confusión en la escena, envolviendo en una espesa niebla ese mínimo de claridad indispensable para el avance de la guerra anárquica y la forja de un sustrato común. En este sentido, es posible situar, a partir de esta suerte de “cosmovisión”, desplazamientos y reubicaciones conceptuales que, en conjunto, implican un giro que tal vez quepa calificar de “radical” y que, de hecho, intenta reorganizar el campo de entendimientos y significaciones. Empero, en ocasiones topamos con verdaderas desvirtuaciones que, sin proponérselo, dejan de acompañar su aliento insurreccional de la reafirmación intransigente de nuestros principios. Así las cosas, continuamente encontramos como el propio concepto de “anarquismo de acción” a veces es reducido a su mínima expresión. Definitivamente, la acción anárquica no puede diseccionarse como si se tratara de una zanahoria que intentamos cortar en rodajas, cada una de las cuales es digerible o no en su aislamiento. Cualquier acción anarquista, desde la perspectiva del anarquismo de praxis, implica un conjunto de factores –análisis e identificación del enemigo, evaluación general del proyecto (del que se puede ser parte), ataque y; luego, sistematización y elaboración de teoría a partir de la experiencia práctica, etc.–, lo contrario, sería restringir nuestra lucha a la limitada actuación de un grupo de especialistas. Por eso, consideramos apropiado que el concepto de “anarquismo de praxis” incluya este conjunto de factores, y no solo la “acción destructiva en sí misma”. Es evidente que el anarquismo de acción es ese que no se queda en la “Idea”, es decir, que no se limita a la elaboración intelectual, sino que se traduce en acciones de ataque concreto al sistema de dominación imperante dándole vida a la Anarquía; no obstante, habría que agregar que a veces no todo lo que está diseñado como una posible “acción concreta” se convierte en un ataque “efectivo”, ya que pueden darse condiciones que impiden su desarrollo. Finalmente, el concepto en cuestión no debe circunscribirse a quienes llevan a cabo la acción destructiva, sino que ha de involucrar a todas las y los cómplices que desarrollan un sinfín de quehaceres paralelos facilitando el accionar final: desde la expropiación –proporcionando primero los insumos necesarios para el ataque y, después, facilitando la edición/impresión de materiales teóricos elaborados a partir de la experiencia práctica– hasta el análisis en función de la acción realizada. De tal suerte, el viejo concepto de “acción directa” se enmarca en el mismo razonamiento y, se complementa con la idea de “anarquismo de acción”, ya no reducida a los clásicos esquemas de actuación del (casi) extinto movimiento obrero en torno a la huelga –el sabotaje industrial y el boicot– ni tampoco como una expresión únicamente aplicable a nuestras acciones destructivas sino en tanto característica básica del perfil y posicionamiento anárquico.De igual forma, existen otros conceptos que se esgrimen a modo de “identidad” que con cierta frecuencia son utilizados de manera confusa. En ese sentido, consideramos que es muy presuntuoso asumirnos como los únicos portadores de ciertos talantes con el propósito de diferenciarnos de los “otros”. Por ejemplo, con el uso impropio de la definición de “anarquista individualista”: acaso pretendemos monopolizar un rasgo que, como anarquistas, es indiscutible que aplica para todos; es decir, que todas las y los anarquistas coincidimos en que ningún grupo humano, sea grande o pequeño, debe forzar la integración de las personas, por el contrario, consideramos vital incrementar la individualidad, su potencia y ​​sus capacidades. Como anarquistas, estamos conscientes que cualquier “unión”, por muy bien intencionada que sea, siempre requiere la renuncia de los individuos a la plena disponibilidad sobre sí mismos. Al ser únicos –¡no somos iguales!, cada quien busca asociar lo que tiene en común con las y los demás, no lo que nos distingue y nos separa de los otros, de lo contrario la coordinación sería imposible. Sin embargo, consideramos que sí es viable la coordinación en momentos y situaciones específicas y, con fines previamente concertados, sin renunciar a nuestra autodeterminación táctica y estratégica (precisamente, ese es el propósito de concretar un espacio insurreccional internacionalista).Por supuesto, siempre se podrá demostrar, particularmente en nuestros días que todo se ha venido clarificando –aunque, no fue así desde el principio–, que nunca ha faltado la actuación de ciertos “anarquistas” (sobre todo en el pasado, pero también en la actualidad) que han impuesto límites absurdos a través de organizaciones burocráticas, repletas de “declaraciones de principios”, “estatutos”, “reglas” y, otras mil restricciones. Empero, a la hora de hacer balance y examinar el pasado, no podemos olvidar las reflexiones de época, es decir, las “mentalidades” prevalentes, las lecturas caducas que se hacían del mundo y el orden que se asignaba al conjunto de cosas y eventos. Por último, tampoco podemos obviar la fascinación que existía y, lamentablemente todavía existe en ciertos sectores, por el desarrollo cuantitativo –verificable tanto en las organizaciones sindicales como en las de síntesis–, apostando al crecimiento aritmético como si por el sólo hecho de crecer pudieran poseer todas las “positividades”, eliminando a priori cualquier dificultad, incluidas las renuncias, las actitudes autoritarias y las traiciones que surgieron por aquí y por allá en momentos neurálgicos del movimiento anarquista. Ya ni hablar de las desvirtuaciones del “anarco-populismo” que ha venido tomando cuerpo en nuestros días, un coctel ideológico mefítico (ensayado en laboratorio a partir de dos ingredientes: el añejo plataformismo y, una suerte de leninismo posmoderno, mezclados en partes iguales y servido al tiempo) que impulsa “gobiernos progresistas” en nombre del “Poder Popular”.Desde luego, quizá valga aclarar –para evitar una malinterpretación de lo antes expresado– que cuando señalamos el “uso impropio de la definición de anarquista individualista”, no significa que no reconozcamos la presencia histórica de estas lobas y lobos solitarios al interior de la tendencia insurreccional e informal (capaces de eliminar tiranos y hacer temblar a la dominación –y a la servidumbre voluntaria– de su época) y, sus tremendos aportes al conflicto anárquico, incluso en nuestros días, con sus osadas acciones contra toda autoridad. Nos referimos a ese hincapié improcedente que a veces se hace desde algunos grupos de afinidad, en franca contradicción con sus propios postulados, llegando en ocasiones a enredar más la madeja y a exacerbar diferencias realmente inexistentes en nuestra tendencia.Otro concepto que con frecuencia también es sacudido y empleado a modo de “remedio universal” es la afinidad. En lugar de entenderse como una práctica “organizacional” frente a las estructuras rígidas de la “organización formal”, ahora se esgrime como criterio “anti-organización” o, a modo de “estructura de convivencia comunitaria” –como plantean algunos “anarco”-liberales desfasados, ante la pandemia de Covid-19, renunciando al ataque–, lo que aumenta la confusión e introduce contradicciones incluso donde no las había (¡y donde no deberían existir!). En concreto, ha sido en el marco de acontecimientos puntuales del movimiento anarquista y, mediante debates internos que se han ido articulando en diferentes momentos, que el significado de “informalidad” (es decir, de “grupos informales” y/o “organización informal”) ha adquirido su propia especificidad. Tanto es así que, por ejemplo, los “grupos informales” concretos, también han operado al interior de organizaciones sindicales y organizaciones específicas (ejemplo el grupo “Nosotros” en el Movimiento Libertario español). Por lo tanto, es evidente que la informalidad (de los “grupos”) también puede estar contenida dentro de estructuras organizativas rígidas que se consideran “formales” a sí mismas, no tanto y no sólo porque lo asuman en su nombre, sino porque están estructuradas de esa manera, se establecieron con tal fin y, tienen evaluaciones internas y parámetros operativos que persisten más o menos estables en el tiempo, o que cambian según acuerdos establecidos. En resumen, incluso dentro de la “máquina organizativa formal”, los grupos informales pueden actuar (y han actuado). Sin embargo, es a partir de las dinámicas y debates de las últimas décadas del siglo pasado que el concepto de “informalidad” contrasta como propuesta organizacionalmente válida para ir más allá de los límites y, superar las contradicciones de las históricas organizaciones anarcosindicalistas y del anarquismo especificista de síntesis: la formalización de las relaciones dentro de una maquinaria mastodonte que requiere sus tiempos y energías, con sus obstáculos burocráticos y formas preestablecidas de relaciones, desangra a sus asociados, para colmo, en un sistema que persigue sus propios tiempos a una velocidad cada vez más fuera del alcance humano. En este contexto, la herramienta organizativa se convierte en un fin en sí misma, ¡no en un medio útil para los fines por los que fue concebida! De ahí, la necesidad de dotarnos de nuevas herramientas, nuevas formas de organización, para adecuar la lucha anarquista ante las nuevas estructuras dominantes, mejorando las relaciones inmediatas entre compañeros y compañeras que con su fluidez redefinen las necesidades organizacionales para enfrentar las vicisitudes y las dinámicas interna y externa.Si bien, la asociación de compañeros y compañeras en grupos de afinidad puede ir mucho más allá de los límites y contradicciones de las estructuras rígidas de las orgánicas sindicalistas o de síntesis –al asentarse en relaciones directas que favorecen, entre otras cosas, el conocimiento personal mutuo y la intimidad–, evidentemente, esta forma organizativa por sí misma, no nos garantiza que no aparezcan ciertas dificultades que sólo con el esmero perenne de cada quien pueden llegar a “erradicarse”. Por ejemplo, la misma diversidad de personalidades –con diferente preparación, experiencia y, capacidad de síntesis y análisis– que integran un grupo, puede determinar la aparición de “líderes naturales” (no buscados ni deseados sino completamente espontáneos). Siempre han existido personalidades que hacen más que otras y, a veces, mejor que otras, y evidentemente, no pueden ser forzadas a medirse con los mismos parámetros de una “igualdad” incomprendida para “todos” y “todas”. Por lo que, valorar la riqueza y la contribución de cada quien al quehacer del “grupo de afinidad”, en aras del proyecto a compartir en la lucha contra lo existente, no excluye la responsabilidad individual de cada quien frente a las relaciones internas que se establezcan. Desde este punto de vista, incluso la afinidad no nos garantiza nada. Siempre será la tensión permanente individual la que cree continuamente los diques necesarios para confrontar los momentos –”espontáneos”– de autoritarismo y arrogancia individual y/o colectiva, evitando la formación de espacios de poder y las actitudes centralizadoras, de la misma manera que seguramente sucederá en un hipotético mañana liberado. (¡El Estado no salió del sombreo de un mago, sino de la condición que precede la centralización del poder!) Otro concepto que bien merece que nos detengamos un momento a reflexionar es el de “Nihilismo”. De hecho, si lo sacamos del contexto poético y lo colocamos frente a la lectura del escenario concreto, será evidente, para todas y todos, que su empleo es común a muchas de las tensiones que animan el anarquismo contemporáneo (informal e insurreccional). También es indiscutible que este concepto ha tenido presencia en nuestras filas desde hace más de un siglo, contando con connotadas figuras de larga trayectoria insurreccional que en su época se autodenominaron anarco-nihilistas.

Así las cosas, comencemos señalando las dos acepciones del término “Nihilismo”: si bien es una expresión indeclinable que se usa en el nominativo y acusativo; por una parte, puede emplearse como sinónimo de “nada”, en el sentido de “vacío” o, “nūlla res”, es decir, ausencia absoluta de alguna “cosa” (o realidad); pero también puede referirse a la “nada” de manera precisa, predefinida, determinada, cuya conformación puede emerger de lo indeterminado de las formas estables y/o cambiantes.

Ahora bien, si admitimos que desde los parámetros del anarquismo contemporáneo, se excluye de antemano la salvaguarda de los elementos fundadores del actual sistema de dominación, entendiendo la inutilidad y/o nocividad de estos en la posible “sociedad futura”, es consecuente asumir que esa sociedad futurista carece de boceto o esquema que pueda definirla y/o describirla en la actualidad. Si tenemos que destruir de inmediato todo lo existente por las razones que resumimos sucintamentenos queda claro que somos necesaria y obstinadamente “nihilistas” en la segunda acepción del vocablo. Entonces, la supuesta diferencia radical desaparece, de hecho, no existe ninguna diferencia desde esta forma de entender las cosas, entre quienes se asumen anarquistas individualistas y nihilistas y, no aspiran a un “anarquismo preconstituido”, por un lado y, por otro, aquellos, que también se admiten anarquistas insurreccionales pero no excluyen la hipótesis de la posible participación de un sector de los excluidos dentro de la dinámica destructiva de la insurrección y, paralelamente, tampoco le apuestan a una hipotética “sociedad anarquista preconstituida”.

Aquí, reaparece la añeja trama del individuo-sociedad y las diferencias entre los llamados anarquistas individualistas “puros” y los denominados anarquistas “sociales”, pero más allá de las etiquetas con que cada quien nos decoremos, nos queda claro que la historia no está ordenaba “ontológicamente”, sino que está constituida por lecturas e interpretaciones de dinámicas político-culturales y sociales, mediadas (¿por qué no?) por la sensibilidad particular y la tendencia individual. Pero más allá de esta obviedad, que tiene sus propias razones, ¿existen contextos generales y particulares que algunos prefieren excluir definitivamente, por más que sean necesarios, mientras otros admiten que aún hay posibilidades de algún tipo de participación de los “sectores sociales” en el proceso destructivo insurreccional? A menudo recurrimos a las demostraciones que nos ofrece la Historia para concluir definitivamente que cada “Revolución” (en su acepción de “levantamiento popular contra lo existente” –o insurrección generalizada), ha desembocado siempre en nuevos poderes centralizados (léase dictaduras) y que, per se, es ajena y enemiga del anarquismo, ya que luchamos contra el poder centralizado en sí mismo. Pero, tan pronto como avanzamos un poco más allá de esta conclusión, y comenzamos a hacer distingos entre “insurrección” y “Revolución” y/o, nos planteamos la “posibilidad revolucionaria” y la eventual “participación social” en nuestros días, la discusión prevalece (y muchas veces se enardece) porque quienes sostienen una u otra posición cuentan con un abundante arsenal argumentativo y, es que estas diferencias distan mucho de ser menores pues exceden los regocijos académicos y se instalan en las justificaciones de formulaciones prácticas y organizativas en torno a la actualidad u obsolencia del “proyecto revolucionario” e, inclusive, entroncan con las diferencias en torno a la visión cuantitativa y el consecuente inmovilismo implícito en la espera de “condiciones objetivas y subjetivas” (es decir, el pretendido despertar y desperezamiento de la servidumbre voluntaria) para la “inminente” concreción de la insurrección generalizada, lo que inevitablemente provoca divergencias y polémicas por lo general irreconciliables.Ante esta disyuntiva, hay compañeros y compañeras que optan por cortar de tajo la discusión y plantearla en blanco y negro: «o consideramos que hay posibilidades concretas de destrucción definitiva del presente histórico, o creemos que no existe ninguna». De tal forma, rematan que quienes piensan que no hay ninguna posibilidad, «volatilizan de antemano cualquier pensamiento sobre el hipotético mañana liberado y tienen su alma en paz, ya que eliminan el problema en torno a la necesaria afinidad entre medios y fines y, toda planificación de la destrucción del presente y lo que siga». Y en efecto, podría concluirse que al minimizar y/o negar las posibilidades de alcanzar el “fin”, se desprecian automáticamente “los medios”; sin embargo, pese a la icónica reflexión anárquica (“los medios condicionan el fin”) en respuesta a la máxima maquiavélica (“el fin, justifica los medios”), en verdad, la elección de los medios para los y las anarquistas, va acompañado siempre de nuestros principios éticos (decididamente antiautoritarios) y no está condicionado por el hipotético fin anhelado.Por su puesto, quienes plantean la imposibilidad de una ruptura sediciosa en nuestros días y aseguran que cualquier “Revolución” desembocará una vez más en dictadura   –aún más en las condiciones que hoy impone un hipercapitalismo multicéntrico mucho más autoritario, de la mano de la tecnología y la redefinición genética de todo organismo viviente–, no se quedan atrás a la hora de pronunciarse ante quienes consideran realizable la destrucción definitiva del sistema de dominación, insistiendo en la “caducidad del análisis” y la “lectura ideologizada” de las y los defensores del “proyecto revolucionario posmoderno”.Pero si todavía hay compañeros y compañeras que consideran que existen posibilidades de destrucción del sistema centralizado de poder, en consecuencia, deben evaluar mejor la correlación de fuerzas y las interacciones que se desarrollan en la actualidad; ya que en este caso, la “voluntad de hierro” del guerrero, o de la coalición de guerreros y guerreras, no será suficiente para derribar al enemigo. Exactamente, en esta dinámica el “movimiento anarquista” (en su integridad histórica) se ha presentado siempre como un ente sedicioso –con el templado objetivo de destruir radicalmente la estructura institucional– que, al rechazar cualquier hipótesis en torno a la conquista del poder, coloca el evento “insurreccional” como el momento decisivo de la destrucción del enemigo. Sin embargo, es evidente que las condiciones actuales no son las mismas que hace un siglo atrás. Desde luego, esta afirmación no representa la negación a priori de la sedición social. Si mañana se concretara la ansiada insurrección generalizada, estamos convencidos que será bienvenida por todos los componentes (individuales y colectivos) de la tendencia, rebasándola siempre y orientándola hacia la Anarquía; lo que tampoco significa que estamos dispuestos a ser sorprendidos por la generalización de la lucha de los sectores excluidos, sino que vivimos atentos a todo brote sedicioso con el fin de exacerbarlo hasta las últimas consecuencias.El hecho que en la actualidad, la tendencia anarquista informal e insurreccional, reconozca la inhabilidad de la preservación de los elementos del sistema para su uso futuro y, se centre en la destrucción de lo existente, dejando así abierto el futuro al “nihilismo” –poniendo en claro que no hay nada definido ni definible en el presente–, no afecta en modo alguno su validez ni la importancia de su accionar. Empero, la dominación y el poder no desaparecen en absoluto. Tanto es así que no hay tensión anárquica –en el contexto de la tendencia que nos ocupa–, que no lo tenga en cuenta y, no intente, más o menos, “solucionarlo”; frecuentemente, con cierto candor y otras, con ilusiones totalmente milagrosas, a pesar de lidiar con el tema en términos concretos.Por lo que a veces nos encontramos con compañeros que –ingenuamente– inscriben sus ilusiones en la misma lógica de las relaciones de poder sin cuestionarse demasiado y, vislumbran la lucha anárquica como un campo de batalla donde se enfrentan dos bloques en aras del triunfo definitivo; algunos le apuestan únicamente a la propaganda que emanaría de la acción destructiva en sí, considerándola aún más eficiente si va acompañada de comunicados explícitos; otros ponen sus ilusiones en el “contagio” de la acción destructiva y eligen el anonimato, reduciendo la acción sediciosa a una cuestión biológica; y, por supuesto, hay quienes, en cambio, se aferran al despertar de la servidumbre voluntaria y a posiciones similares, propias de los nucleamientos “anarco-sociales”, superados por eventos y dinámicas del presente histórico que, continuadamente, vuelven obsoleta cualquier hipótesis general –válida en todas partes y para todos– de intervención subversiva-destructiva. Y es justo en torno a estos tópicos que surge otro viejo concepto bastante vapuleado en nuestros días: la “propaganda por el hecho”. Históricamente, este concepto ha tenido su muy particular significado en los círculos anarquistas, quedando auténticamente definido como la difusión del ideal anárquico a través de la violencia directa contra la dominación, ya sea mediante la eliminación física de los representantes del Poder y/o, por medio del ataque a su infraestructura o a sus instalaciones más emblemáticas (edificios gubernamentales, estaciones de policía, cuarteles del ejército, judicatura, legislativo, iglesias, etc.). Tal como lo indica la combinación de vocablos, esta divulgación activa del ideario ácrata no requiere la intervención de las palabras, ya que es el propio “hecho” el que expresa el sentido de la acción, por lo que no necesita ir acompañado de reivindicación alguna. A esta concepción, iban aunadas las reflexiones de época –inspiradas en las aspiraciones de “concientización de las masas proletarias”– que anhelaban la apropiación generalizada de los métodos revolucionarios, por lo que se recomendaba no reivindicar las acciones para conseguir su imitación por la mayoría de los explotados. Sin embargo, nunca fue del todo cierto que la “propaganda por los hechos” se limitara única y exclusivamente a lo que “expresaba” la acción en sí. Por el contrario, la mayoría de las veces fue acompañada por cartas póstumas y/o manifiestos firmados por sus ejecutores –por lo general, publicadas en los periódicos anarquistas del momento– donde se narraba explícitamente el motivo de la acción o, en su defecto, los hechos eran reivindicados en exaltados editoriales glorificando a los “mártires de la Anarquía” y exponiendo las justas motivaciones que les llevaron a proceder contra la dominación. Ciertamente, la mayoría de las acciones de “propaganda por los hechos”, salvo rarísimas y contadas excepciones, fueron realizadas por compañeros y compañeras anarquistas que actuaban motivados por sus convicciones y/o en represalia por las ejecuciones de sus compañeros. Jamás se verificó la “imitación” de las acciones por parte de los sectores sociales excluidos (ya fueran motivadas por los hechos anónimos o por las reivindicaciones editoriales), por el contrario, el “contagio” se manifestó entre los propios anarquistas que descifraban fácilmente el mensaje de sus compañeros e igualmente optaban por abandonar la espera por las “condiciones revolucionarias” y, vencían el miedo al poder omnipotente actuando en total complicidad. En el marco de la dinámica del anarquismo contemporáneo, donde cada componente busca “su” solución, lejos de incrementarse las diferencias, constantemente surgen puntos comunes fundamentales para todas y todos los interesados. En primer lugar, detectamos que no es del todo cierto para ningún componente anárquico, el absoluto alejamiento de lo “social”, ya que –aunque declaren no tenerlo en cuenta– a menudo llaman a intensificar nuestro accionar y desbordar los límites cada vez que se presenta el más mínimo brote de explosión social. Por otro lado, tampoco es verdad que los presuntos “antisociales” no tengan un ojo puesto en la posibilidad post-insurgente, ya que reafirman abiertamente estar tan atentos al futuro como lo están del presente, con la determinación de cortar de raíz cualquier intento o manifestación de poder centralizado por muy “revolucionario” que se asuma; simplemente, no desean restringir el presente con estrechos parámetros ni darle una connotación determinante a lo que pudiera construirse hipotéticamente mañana sobre las ruinas del presente. En esta misma tesitura, también se inscriben los “otros”, esos que todavía permanecen anclados en las orgánicas rígidas y burocráticas. Si bien este sector se equivoca persiguiendo paradigmas totalmente irrelevantes frente al actual contexto de lucha, es innegable que no desisten en su intento por permanecer lo más cerca posible de la realidad concreta, sin renunciar –pese a nuestros constantes reproches– a ninguno de los anhelos anárquicos, conscientes de que sólo la insurrección permanente abre la posibilidad de confrontación concreta con el sistema de dominación, sin que, ni siquiera “ellos”, pretendan desde hoy imponer lo que sobrevendrá en la hipotética post insurgencia. Por lo pronto, es posible apreciar una suerte de “acercamiento” general, a modo de diagnóstico de la tendencia informal e insurreccional anárquica, destacando y reconociendo que en su interior existen diversidades irreductibles con sus tensiones, preferencias y formas de abordar la destrucción inmediata de lo existente; pero este hecho, no obstaculiza el desarrollo de nuestro sustrato compartido ni dificulta nuestros objetivos ancestrales de destrucción de toda dominación, sino que abona el terreno para limar asperezas –muchas veces exacerbadas– y consolidar entendimientos. De ahí la propuesta de rebasar concretamente los límites y deficiencias actuales desde la perspectiva de un posible paradigma anárquico renovado que ya no podrá limitarse a ningún espacio “regional” sino que exige la protagónica imbricación internacionalista y su consecuente proyección insurreccional. Se asiste entonces, al abandono de todas nuestras certezas, a la absoluta indolencia frente a los rituales burocráticos de los recipientes organizativos rígidos, al imperioso rechazo a las planificaciones inviolables e incapaces de corregirse a sí mismas y, se pasa a explorar las infinitas posibilidades de nuevas prácticas susceptibles de provocar y promover el caos, cobrando vida nuevas tensiones que se vuelven móviles y se reconocen más en los recorridos vitales que en la estabilidad mortal de los lugares fijos. Hoy, las historias previsibles ya no conmueven y, los deseos se concentran en el ataque despiadado a toda forma de poder, se nutren en el placer de la insurrección permanente y la pasión por la sorpresa, exaltando el descubrimiento de lo nuevo.

III EL PARADIGMA ANÁRQUICO POSIBLE FRENTE AL ACTUAL SISTEMA DE DOMINIO TECNOLÓGICO

 “Por desgracia, algunos de los nuestros se hicieron a un lado, derrotados ante el progreso de la reacción; otros se dejaron seducir por las ofertas del enemigo. Pero los mejores permanecen en nuestras filas, y ocupan los lugares más  peligrosos del movimiento anarquista. Muchos, a causa de la ira, por alguna que otra frase o por palabras pronunciadas sin reflexionar, por razones puramente personales o diferencias ideológicas, en lugar de buscar el entendimiento y la solidaridad, se odiaron y calumniaron entre sí, perdiendo tiempo y mucha energía, dejando de lado la propaganda en los periódicos para dar espacio a escritos puramente personales, mientras la reacción avanzaba, organizándose contra nosotros. Cuando nos dimos cuenta, nos encontramos con las bayonetas y las ametralladoras enemigas apuntando a nuestros pechos.

En los últimos tiempos, estos conflictos internos se han reconciliado un poco, pero he observado y leído que aún existen rastros de rencores personales que con un poco de buena voluntad pueden desaparecer completamente de nuestros grupos anarquistas. Se ha hablado mucho de algunos compañeros y se les ha calumniado […] algunos sujetos de mentalidad atrofiada acusan a los anarquistas de haberse vendido a quién sabe qué santo […] No ven o no quieren ver la amplia propaganda y la agitación que hemos llevado a cabo universalmente […] A todas estas intrigas y chismes no debemos prestar atención sino mostrar nuestro desprecio. Se hace todo lo posible por distraernos de la lucha contra el Estado y el Capital… Qué cada uno actúe según su propia conciencia, qué cada grupo sea libre en su acción con  objetivos anárquicos…”  Simón Radowitzky

Si nos abstraemos de las suposiciones que a menudo surgen de las diatribas y reivindicaciones de la galaxia anárquica informal e insurreccional, podríamos percibir muchos más elementos comunes que merecen ser considerados como las bases esenciales del nuevo rumbo del movimiento, consecuentes con la lucha por la destrucción de lo existente. Y, es precisamente en torno a estos fundamentos que se hace necesario detenernos a reflexionar, con la intención de identificarlos mejor y debatirlos entre las y los compañeros de la tendencia, con el fin de encontrar posibles coordenadas que faciliten que cada uno(a) pueda afiliar mejor sus propias armas.

  • El horizonte dentro del cual entendemos el pensamiento y la acción anárquica en nuestros días no prevé una sociedad futura específica tras la destrucción de lo existente; en el hipotético caso que lográramos demoler la dominación a través de la insurrección generalizada, en lo concreto, serán las energías disponibles –incluidas las y los anarquistas–, las que propondrán los “acuerdos sociales”, evitando su cristalización definitiva y, confrontando cualquier momento de mando-obediencia, explotación y opresión. Las/os anarquistas, con todas nuestras limitaciones, nos asumimos como tal porque estamos animados/as por la insaciable tensión contra todo poder instituido o por constituir, es decir, contra cualquier consolidación de las relaciones intersubjetivas, con el fin de impedir su institucionalización –entendida ésta no sólo como los aparatos legalmente instituidos sino también como los comportamientos y actitudes interiorizadas por la mayoría de las personas e impuestas durante siglos a través de la familia, la escuela, la religión, el trabajo, etc. La Anarquía, concebida en su acepción de sociedad anarquista, no puede ser imaginada como una conquista definitiva, sino, más bien, como una sociedad en constante ebullición y cambio perenne, donde persisten y se potencializan –contra viento y marea– las condiciones y relaciones que niegan la validez de cualquier poder centralizado/institucionalizado; en este contexto, cada vez que surjan posibles actitudes y momentos de poder (incluso aquellos que se autodenominen revolucionarios) , forjaremos las armas y armaduras necesarias para sofocarlos.
  • Como anarquistas no podemos ni queremos imponer nada a nadie –de lo contrario nos estaríamos negando a sí mismos–, luchamos incansablemente contra toda institución, contra toda autoridad y contra todo organismo que, a pesar nuestra, se erija, o intente instituirse, en perjuicio nuestro (y de los demás), limitando la libertad plena. Desde esta óptica, estamos conscientes que milenios de dominación han forjado a la servidumbre voluntaria (ostensiblemente aferrada al consumo ilimitado de bienes en la actualidad) que hoy enfrenta una lucha más dispendiosa y ardua que en el pasado; sin embargo, también cuenta con sensibilidades mucho más refinadas y herramientas operativas que, superando todo populismo, le permiten discernir claramente las responsabilidades del amo y del esclavo.
  • Estas premisas no derivan en absoluto de elucubraciones intelectuales de un puñado de iluminados, sino que hunden sus razones en el gangrenoso y cada vez más omnipotente contexto social que caracteriza al presente histórico. De tal contexto, surge la imposibilidad de “salvaguardar” el presente y, paralelamente, la urgencia de destrucción, con el fin de evitar la conquista ulterior y definitiva de todo espacio vital y la habitabilidad de las personas y animales no humanos, así como del ambiente tal como se conoce, encaminando nuestros pasos hacia la liberación total del planeta y de todo lo viviente. Son estas mismas razones, muy concretas y “materiales”, las que animan a la galaxia anárquica insurreccional e informal que, consecuentemente, dirige sus acciones a la destrucción de lo existente. Sin embargo, aún se constatan límites que impiden concretar dicha operación: en parte, debido a la modificación estructural del poder, lo que exige, por ende, la adecuación de las herramientas y los métodos organizativos que nos permitan obtener resultados. Objetivamente, es necesario abandonar el ataque a los “símbolos” –que representan al enemigo– y, cambiarlo por el asalto permanente a su estructura e infraestructura (que sí forma parte intrínseca de su esencia). A menudo, involuntariamente, las compañeras y compañeros malgastan energías y recursos atacando “objetivos” que, si bien no son completamente inútiles, ciertamente son irrelevantes en la lucha por la destrucción de lo existente. Sin duda, estos límites persisten a consecuencia del pesado equipaje que arrastramos, rebosante de concepciones antiguas en torno al “conflicto de clase”, lo que nos conduce ineludiblemente a tirar nuestras flechas en la dirección equivocada. Comprender –cada
  • día mejor– el sistema vigente, nos permitirá identificar su médula y su piel, su esencia y sus contornos.
  • Evidentemente, este ejercicio no puede consumarse de manera individual ni tampoco podrá realizarse por un grupo de personas por mucho que se desee. Esta carencia, este límite, para poder superarlo, requiere el concurso de todas las energías disponibles. De ahí la urgencia de un “lugar”, de un “espacio”, que nos permita ocasiones de debate, de conocimiento, de intercambio de experiencias y herramientas materiales y cognitivas; que nos facilite compartir proyectos, ampliar afinidades y estrechar el acercamiento, logrando recrear –a nivel planetario– lo que deseamos con todas nuestras fuerzas: una potencia destructora disruptiva, sin que ningún componente tenga que renunciar a la autodeterminación táctica y estratégica ni al conjunto de perspectivas que le caracteriza.
  • Si de verdad ningún componente (individual o colectivo) de la galaxia anárquica de tendencia informal e insurreccional, reclama el monopolio de la lucha contra lo existente; si verdaderamente nadie en nuestra galaxia afirma poseer “la receta efectiva” del ataque triunfal contra el sistema imperante, tenemos que convenir entonces que cada quien tiene suficientes razones válidas para continuar obrando como obra, asumiendo sus propios límites tanto a nivel de análisis como a nivel de la acción (admitiendo que los dos momentos están estrechamente enlazados). La conciencia de la necesidad y la urgencia de accionar de manera destructiva, no puede obviar la evaluación de las relaciones de fuerza en campo: de hecho, como hemos comprobado durante todos estos años, ningún componente –hasta donde tenemos conocimiento– de la galaxia informal e insurreccional, renuncia ni al objetivo de nuestra acción, es decir, a la Anarquía, ni a la “propaganda por el hecho”. Podemos darle las vueltas que queramos, pero nuestra conciencia admite (manifiesta o implícitamente) que las relaciones de fuerza, en este momento, son favorables al enemigo. Por otra parte, debemos aceptar que no es del todo cierto que los llamados “anarquistas sociales” al interior de la tendencia informal e insurreccional  –exceptuando, desde luego, las desvirtucaiones “anarco-populistas/neo-plataformistas”–, pongan todas sus ilusiones únicamente en lo “social”, ni que se apoyen solamente en la “espontaneidad de las masas” en busca del camino “correcto” para la destrucción definitiva del dominio actual; si así fuera, no apoyarían ningún intento insurreccional y se quedarían a la espera de que la desesperanza de las “masas” estalle espontáneamente y provoque la insurrección. También habrá que admitir que las y los anarquistas, por sí solos, no tenemos la fuerza necesaria para destruir el presente histórico, pese a que la tensión de unos y otros se dirija hacia ese fin. Así mismo, convendría resaltar que la cuestión de fondo de las constantes críticas de ese sector de la galaxia que no le apuesta a lo “social”, no surgen de la nada sino se erigen en torno al rechazo a la sociedad como apéndice estructural del sistema de dominación y, por ende, colaboradora indiscutible y reproductora del poder.
  • Como definitivamente nadie posee la receta irrefutable para concretar la Anarquía, es consecuente que actuemos con toda la intencionalidad de destruir lo existente en cualquier caso; dicho de otro modo, nuestros ataques son ciertamente concretos, pero en concordancia al fin deseado, se limitan (siempre y en cualquier caso) a ensayos que pueden o no, acercarse a la destrucción total del Estado-capital, pero, a fin de cuentas, son sólo intentos y no certezas; por lo que cada quien –con un mínimo de humildad– debería reconocer la validez de la “colaboración” recíproca entre las dos formas de lucha (indudablemente presentes en nuestra galaxia informal), o al menos, dejar abierta la posibilidad de una eventual evolución en este sentido. Y aquí, aún se nos abre una ventana hacia una nueva –y, sin embargo, no sin precedente– forma de entender el anarquismo de “acción” y optar por un anarquismo sin adjetivos.
  • Hay una cuestión de esencial importancia que se desprende de los tópicos tratados hasta ahora: si la concepción anarquista de lucha contra el capitalismo y el Estado –forjada por la realidad industrial dominante–, contemplaba de forma paralela la destrucción y la reconstrucción posrevolucionaria a nivel mundial (simplificada en la cándida fórmula: expropiación de los medios de producción y gestión colectiva de los mismos = socialización generalizada); la concepción anárquica de la tendencia informal y consecuentemente insurreccional contemporánea, lo percibe de otra manera, en particular, en lo relacionado al hipotético “futuro liberado”, privilegiando el momento destructivo y, permaneciendo mucho más apegada al análisis de las condiciones que impone la dominación actual. Esto se debe, como hemos planteado anteriormente, a que somos conscientes que no hay herencia que salvaguardar en relación con la futura gestión de la propia vida; lo que significa que, como no existen indicaciones válidas de carácter “universal”, cada territorio, cada población, cada región, cada geografía, tendrá en sus manos la responsabilidad de destruir y construir (si llegara el caso). Pero como bien sabemos, “la espontaneidad de las masas” no es un factor capaz de concretar la destrucción de los pilares del Estado-capital postindustrial (o hipertecnológico) por sí sólo, por lo que las y los anarquistas de las diversas y diferentes situaciones geohumanas debemos encargarnos no sólo de dirigir correctamente nuestras flechas destructivas, sino de tener “credibilidad” y ser reconocidos en el territorio en el que actuamos por las muchedumbres en revuelta. De ahí, el ineludible compromiso con el conocimiento del territorio, de las personas que lo habitan y, por consiguiente, la identificación y el ataque destructivo no tanto a los símbolos del poder sino a las estructuras e infraestructuras, a los núcleos neurálgicos a través de los cuales se produce y reproduce constantemente el sistema de dominación imperante. Ni siquiera se trata entonces de que las “soluciones” al ataque y la eventual “construcción” post-insurreccional, requieran en ambos casos la participación de quienes habitan el territorio en cuestión, sino que estas “soluciones” nunca serán las mismas para todo el planeta, pese a la continua homologación a nivel internacional. Como se puede deducir de antemano, este elemento de evaluación esencial, requiere con urgencia, el cotejo entre los diferentes nucleamientos de la galaxia anárquica y, el intercambio de experiencias de las que cada quien podrá sacar las premisas válidas para su propio accionar, en cualquier geografía.

Cerrando estas líneas, sin duda largas y quizá aburridas, consideramos que podemos identificar algunos elementos que caracterizan la tendencia informal e insurreccional del anarquismo contemporáneo que, probablemente, esbozan un paradigma diferente, mucho más enérgico y funcional a la lucha contra el sistema de dominación actual, en comparación con el viejo modelo del “anarquismo clásico”:

  • la necesidad de continuar afinando la puntería contra los pilares de la dominación y no contra los símbolos del sistema, conscientes de la obra de ataque emprendida –sin exclusión de golpes– y, que el momento y la acción destructiva es nuestra responsabilidad. No tenemos nada que heredar, por lo tanto, no hay nada que preservar para mañana;
  • No existen certezas a cultivar, sino la posibilidad de que con el accionar de todas y todos –cada quien según sus propios parámetros–, podamos demoler de una vez por todas el sistema de dominación y todo lo existente. Sin embargo, el hecho de que la destrucción definitiva de la dominación sea hoy sólo una “posibilidad”, no limita nuestro accionar destructivo ni nos distrae del ataque despiadado (aquí y ahora) a toda forma de poder a través del ejercicio de la insurrección permanente;
  • Dado que no existen “recetas universales”, corresponderá a las compañeras y compañeros que accionan en sus territorios específicos localizar las mejores perspectivas de intervención anárquica, promoviendo y/o participando en las insurrecciones de los sectores excluidos más radicalizados –siendo capaces de orientar la revuelta hacia la destrucción y la eliminación de los grupos de poder que permiten y/o perpetran la dominación y la explotación, incluidos los falsos “críticos”– o, actuando enérgicamente desde los grupos de afinidad y/o como individualidades anárquicas, concentrados en el ataque permanente, despiadado y directo, a la dominación;
  • La complejidad social y la “megamáquina” de opresión y explotación, están en constante transformación, lo que requiere la contribución de toda la energía disponible para poder disipar la espesa niebla que la envuelve y atinar nuestras reflexiones y análisis, actualizando nuestra capacidad de ataque y potenciando la extensión de la insurrección permanente.

Resulta impostergable darle vida a nivel internacional a “lugares-momentos” de conocimiento, de crítica y auto-crítica, de intercambio de experiencias y, de posibilidades de desarrollar las relaciones de afinidad, que materialicen esta nueva modalidad de concebir y practicar el anarquismo de manera más enérgica, facilitando el ataque violento a la dominación, encaminando nuestras energías hacia la destrucción del presente histórico y, recuperando la esencia sediciosa de la Anarquía en nuestros días.

Esta ingente obra, demanda para concretarse el decidido rechazo a la lógica del enemigo (la lógica del Poder); es decir, a las propuestas constituyentes, a las asambleas democráticas y los movimientos ciudadanos que, infaliblemente, implementan el manual de recuperación sistémica, instigándonos a ocupar las plazas y autogestionar la miseria hasta que surja algún partido que nuevamente capitalice la experiencia y consolide la dominación. Por ello, la urgencia de propagar un hecho irrefutable: que la insurrección será tanto más radical cuanto menos codificada pueda subsistir; entendiéndola ya no como el episodio generalizado, unitario y final de la peripecia humana, sino imaginándola como cientos de miles de insurrecciones, definitivamente permanentes, donde miles de millones de seres vivos se rebelan y exploran la liberación total en el presente.

Correspondencia Anárquica

Febrero/Abril, 2020. Escrito a varias manos desde diferentes lugares del planeta.

Fuente: https://www.portaloaca.com


A. M. Bonanno: Enfermedad y capital

En la cuerda floja: Aportes y consideraciones desde y para el combate anárquico, escrito del compañero anarquista Francisco Solar

Algunas reflexiones acerca de plantear perspectivas anárquicas contra la devastación: informalidad, apoyo mutuo y proyectualidad

Sobre la propaganda anarquista y su contenido

El resurgir de los bárbaros: Una revuelta no-primitivista contra la Civilización

Miguel Amorós: Anarquía profesional y desarme teórico. Una critica al insurreccionalismo

Colin Ward: El anarquismo como teoría de organización

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