Murray Bookchin: Ecología social y ambientalismo

by • 1 febrero, 2021 • Antidesarrollismo, Artículos, Ciencia, EcologíaComments (0)740

El célebre término «ecología» fue acuñado por Ernst Haeckel un siglo atrás, para referirse a la investigación de las interrelaciones entre los animales, los vegetales y su entorno inorgánico. Desde Haeckel, dicho término ha sido ampliado hasta incluir ecologías de las ciudades, de la salud y de la mente. Esta proliferación casi disparatada del uso de una palabra puede parecer preciable en una era que busca fervientemente algún tipo de coherencia intelectual y una unidad perceptual, pero también puede resultar ser extremadamente traicionera. Como en el caso de ciertas nuevas palabras, tales como «holismo», «descentralización» y «dialéctica», el vocablo «ecología» corre el albur de quedar fuera de todo contexto, sin raíces y sin contenido. A menudo se lo usa como una metáfora, como una palabrita llamativa, merced a lo cual pierde la enorme lógica interna de sus premisas.

Del mismo modo, la fuerza radical de aquellas palabras se ve rápidamente neutralizada. «Holismo» se evapora en un suspiro místico, en una expresión retórica de camaradería ecológica que acaba en un saludo tal como «holísticamente suyo»; lo que alguna vez fue una seria actitud filosófica ha sido reducido a un kitsch de tono medioambientalista. «Descentralización», por su parte, significa comúnmente una serie de alternativas logísticas en respuesta al gigantismo, no un proceso que haría posible una democracia íntima y directa. Y a «ecología» le va peor aún: con demasiada frecuencia se convierte en una mera metáfora, como pasa con «dialéctica», que sirve para identificar algún tipo de integración y de desarrollo.

Lo que quizás sea más preocupante es que, en los últimos años, el término ha sido homologado a una cruda forma de ingeniería natural que bien podría ser llamada ambientalismo. Soy consciente de que muchas personas con orientación ecológica utilizan «ecología» y «ambientalismo» indistintamente. Me gustaría, pues, hacer una oportuna diferenciación semántica. Por «ambientalismo» entiendo una visión mecanística e instrumental de la naturaleza, que la ve como un hábitat pasivo, compuesto de «objetos» tales como animales, plantes, minerales, etcétera, los cuales deben pasar a ser más útiles para el usufructo humano. Dado mi uso del término, el ambientalismo tiende a reducir la naturaleza a un depósito de «recursos naturales» o «materias primas». En tal contexto, es poco lo que se salva del vocabulario ambientalista: las ciudades se vuelven «recursos urbanos». Si la palabra recursos aparece tan a menudo en las discusiones ambientalistas sobre la naturaleza, las ciudades y la gente, es porque el tema en cuestión es más importante que un simple juego de palabras. El ambientalismo, en mi opinión, tiende a ver el logro de una relación armónica entre la humanidad y la naturaleza más como una tregua que como un equilibrio perdurable. La armonía del «ambientalismo» se centra en el desarrollo de nuevas técnicas para aprovechar el mundo natural perturbando lo menos posible el «hábitat» humano. El ambientalismo no cuestiona la más básica premisa de la sociedad actual: la de que la humanidad debe dominar la naturaleza; por el contrario, trata de apoyar esa noción, pergeñando técnicas que aminoren las pérdidas causadas por el descuidado saqueo del medio ambiente.

Para distinguir a la ecología del ambientalismo o de otras definiciones del término –abstractas y a menudo oscurecedoras–, debo retornar a su uso original y explorar su relevancia directa para la sociedad. Dicho de un modo simple, la ecología trata sobre equilibrio dinámico de la naturaleza, sobre la interdependencia de lo vivo y lo inanimado. Dado que la naturaleza también incluye a los seres humanos, esta ciencia debe incluir el papel de la humanidad en el mundo natural; más específicamente, el carácter, la forma y la estructura de la relación que la humanidad mantiene con otras especies y con el sustrato inorgánico del entorno biótico. Desde un punto de vista crítico, la ecología está interesada por la esencia del vasto desequilibrio que ha surgido de la separación entre la humanidad y el mundo natural. Una de las especies únicas de la naturaleza, el homo sapiens, ha dejado lenta y penosamente el mundo natural para introducirse en un exclusivo mundo social propio. Y como ambos mundos interactúan a través de complejas fases de evolución, se ha vuelto tan importante hablar de una ecología social como hablar de una ecología natural.

Permítaseme subrayar que el fracaso al explorar estas fases de evolución humana –que han dado lugar a una sucesión, clases, ciudades y finalmente Estados–, es una mala broma para la ecología social. Desafortunadamente, la disciplina ha sido bloqueada por pretendidos adherentes que continuamente tratan de que todas las fases del desarrollo natural y humano se fusionen en una «unidad» (no en una totalidad), en una aburrida «noche en la que todas las vacas son negras», para usar una de las frases cáusticas de Hegel. Como mínimo, el uso de la palabra especie para detonar la riqueza de la vida a nuestro alrededor debería servir para demostramos la existencia de una especificidad, de una particularidad: la rica abundancia de seres y cosas diferenciados que constituyen el objeto de la ecología natural. Explorar estas diferencias, examinar las fases y las relaciones que componen su creación y el largo desarrollo humano desde la animalidad hasta la sociedad (un desarrollo plagado de problemas y posibilidad), es hacer de la ecología social una de las más poderosas disciplinas desde las cuales se pueda efectuar una crítica al orden social vigente.

Pero la ecología social provee de algo más que una crítica a la separación entre humanidad y naturaleza; también comprende la necesidad de reconciliarlas. De hecho, comprende la necesidad de trascenderlas. Como señaló E.A. Gutkind «la meta de la Ecología Social es la totalidad y no la mera sumatoria de innumerables detalles tomados al azar e interpretados subjetiva e insuficientemente». Esta ciencia opera con relaciones sociales y naturales en comunidades o «ecosistemas»(1). Al concebirlos holísticamente, es decir, en términos de su mutua interdependencia, la ecología social busca discernir las formas y las estructuras de las interrelaciones que le confieren inteligibilidad a una comunidad, sea esta social o natural. El holismo, en este caso, es el producto de un esfuerzo consciente para comprender cómo están dispuestos los elementos particulares de una comunidad, cómo es que su «geometría» (como hubieran dicho los griegos) hace del «todo algo más que la suma de sus partes». Por ende, la «totalidad» aludida por Gutkind no debe ser confundida con una fantasmagórica «unidad» que abandona la disolución cósmica en un nirvana sin estructura alguna; antes bien, se trata de una estructura ricamente articulada, con una historia y una lógica interna propias.

La Historia, de hecho, es tan importante como la forma o la estructura, pues en gran medida la historia de un fenómeno es el fenómeno en sí. Somos, de un modo concreto, todo lo que existió antes de nosotros y, a su turno, podremos llegar a ser mucho más de lo que ahora somos. Sorprendentemente, se ha perdido muy poco de la evolución de las formas de la vida en la evolución natural y social, e incluso en la evolución de nuestro propio cuerpo, según lo prueba nuestro desarrollo embrional. La evolución mora dentro nuestro (así como a nuestro alrededor) bajo la forma de componentes de la mismísima naturaleza de nuestros seres.

Por el momento, basta con decir que la totalidad no es una yerma «universalidad» indiferenciada, que reduce un fenómeno a lo que éste tiene en común con el resto, ni tampoco una «energía» celestial y omnipresente que remplaza a las amplias diferencias materiales de las cuales se componen el reino natural y el reino social. Por el contrario, la totalidad comprende las variadas estructuras, articulaciones y mediaciones que le dan al todo una rica variedad de formas, confiriéndole así propiedades cualitativas únicas que una mente rígidamente analítica reduciría a meros detalles «innumerables» y «azarosos».

Conceptos tales como «integridad», «totalidad» e incluso «comunidad», poseen oscuras connotaciones para una generación que ha conocido el fascismo y otras ideologías totalitarias. Estas palabras evocan imágenes de una «totalidad» lograda merced a la homogeinización, la estandarización y la coordinación represiva de los seres humanos. Estos temores se ven alentados por una totalidad que parece proveerle una finalidad inexorable al curso de la Historia: una finalidad que implica una concepción suprahumana y teleológica de la ley social, y que niega la capacidad del arbitrio humano y de la voluntad individual para forjar el curso de los sucesos. Tales ideas han sido usadas ya para lograr un bestial sometimiento del individuo a fuerzas sobrehumanas más allá de todo control humano. Nuestro siglo se ha visto sobrecargado de ideologías totalitarias que, al poner a los seres humanos al servicio de la Historia, les han quitado la posibilidad de servir a su propia humanidad.

En la actualidad, semejante concepción de la «totalidad» choca violentamente con la que manejan los ecologistas. Además de un profundo interés por la forma y la estructura, la ecología guarda un principio muy importante: la totalidad ecológica no es una homogeneidad inmutable sino más bien todo lo opuesto, o sea, una dinámica unidad de la diversidad. En la naturaleza, el equilibrio y la armonía se obtienen gracias a la diferenciación en constante transformación y a la diversidad en constante expansión. La estabilidad ecológica, en efecto, no es una función de simplicidad y la homogeneidad, sino de complejidad y variedad. La capacidad que tiene un ecosistema para preservar su integridad no depende de la uniformidad del medio ambiente sino de la diversidad.

Ciertas experiencias con estrategias ecológicas para el cultivo de alimento constituyen un muy buen ejemplo de estas últimas premisas. Los granjeros han obtenido repetidamente resultados desastrosos a causa del énfasis puesto en practicar la agricultura con un solo tipo de semilla, lo cual deviene en una monocultura, por usar un vocablo ya aceptado para referirse a todos los campos de trigo y maíz que cubren el horizonte en tantas regiones del planeta. Sin los cultivos alternados, que normalmente proveen las fuerzas compensatorias y el apoyo mutuo que vienen con las poblaciones mezcladas de plantas y animales, es sabido que la situación agricultural de un área se destruye. Los insectos benignos se vuelves plagas, ya que sus controles naturales –pájaros y pequeños mamíferos– han sido removidos. El suelo, carente de gusanos, de bacterias fijadoras del nitrógeno y de suficientes cantidades de abono, termina por convertirse en arena: un medio mineral que absorbe enormes masas de sales inorgánicas de nitrógeno, que originalmente eran provistas más cíclicamente y más apropiadamente para el crecimiento de los cultivos. Con una negligente desconsideración por la complejidad de la naturaleza y por los sutiles requerimientos de la vida animal y vegetal, la situación de la agricultura resulta cruelmente simplificada; sus necesidades deben ser ahora satisfechas con fertilizantes sintéticos altamente solubles que se infiltran en el agua potable y con peligrosos pesticidas que subsisten como residuos en los alimentos. Un importante cultivo de alimentos que alguna vez se lograba gracias a la diversidad de siembra y animales, y que estaba libre de agentes tóxicos y era probablemente más saludable para la nutrición, es ahora pobremente imitado por cultivos simples cuyo principal soporte son productos químicos tóxicos y nutritivos altamente simples.

Si aceptamos que la evolución natural se ha propulsado hacia una creciente complejidad, que la conquista del planeta ha sido posible sólo gracias a la variedad biótica, deberíamos advertir el error que el hombre comete al alterar los procesos naturales. Los seres vivos, surgidos eras atrás de su primitivo hábitat acuático en pos de colonizar las áreas más inhóspitas de la tierra, han creado la rica biósfera que ahora la cubre, y esto ha sido posible sólo merced a la increíble mutabilidad de los seres vivos y al inmenso legado de formas de vida heredado de su rico desarrollo. Muchas de estas formas de vida, aun las más primitivas y simples, nunca han desaparecido, no importa cuánto hayan sido modificadas por la evolución. Las sencillas algas que signaron los comienzos de la vida vegetal y los sencillos invertebrados que signaron los comienzos de la vida animal existen todavía en grandes cantidades. Ellos constituyen las precondiciones de la existencia de seres orgánicos más complejos (a los cuales les da sustento), las fuentes de su descomposición, y hasta de oxígeno y dióxido de carbono. Si bien preceden por más de mil millones de años a los vegetales y mamíferos «más depurados», se interrelacionan con sus ascendientes más complejos en ecosistemas a menudo intrincados.

De aquí que sea preciso otorgarle vía libre a la espontaneidad natural, vía libre a las diversas fuerzas biológicas que dan lugar a una situación ecológica diversificada. «Trabajar con la naturaleza» requiere que fomentemos la variedad biótica surgida de un desarrollo espontáneo de los fenómenos naturales. No estoy sugiriendo que debamos someternos a una mítica «naturaleza» más allá de toda comprensión e intervención humana, una naturaleza que le impone al hombre temor y subordinación. Tal vez la conclusión más obvia que podemos extraer de las premisas de la Ecología es aquella aguda observación de Charles Elton: «El futuro del mundo debe ser manejado, pero este manejo no debería ser como una partida de ajedrez, [sino] más bien como el timoneo de un bote». Lo que la Ecología, tanto la natural como la social, puede esperar enseñarnos es el modo de encontrar la corriente y comprender su dirección.

Lo que en definitiva distingue como inigualadamente liberatoria a la perspectiva ecológica es el desafío que ésta le presenta a las nociones convencionales de la jerarquía. Debo destacar, empero, que este desafío es implícito: debe ser trabajosamente deducido de la propia disciplina de la Ecología, que está imbuida de parcialismos científicos. Los ecólogos rara vez se dan cuenta de que su ciencia provee un fuerte basamento filosófico para una visión no jerárquica de la realidad. Como tantos otros científicos naturales, se resisten a las generalizaciones filosóficas por considerarlas ajenas a sus investigaciones, prejuicio este que es a su vez una filosofía basada en la tradición empírica anglo-americana. Más aún: siguen a los colegas de otras disciplinas y toman a las ciencias físicas como modelo. Este prejuicio, que se remonta a los días de Galileo, ha derivado en una amplia aceptación de la Teoría de los Sistemas en el campo de la Ecología. Mientras  dicha teoría ocupe un lugar en el repertorio científico, fácilmente puede transformarse en una abarcadora y cuantitativa teoría reduccionista de la energética, si es que adquiere el predominio sobre las descripciones cualitativas de los ecosistemas, es decir, descripciones cimentadas en la evolución orgánica, la variedad y el holismo. Sean cuales fueran los méritos de la Teoría de los Sistemas como relación del flujo de energía de un ecosistema, la primacía que ésta le da al análisis del aspecto cuantitativo hace que se olvide del estudio de las formas de vida como algo más que meros consumidores y productores de calorías.

Publicado originalmente en La Ecología de la libertad: la emergencia y disolución de las jerarquías

Extraído: https://detintaverde.blogspot.com


Nota

1- El concepto de «ecosistema» (o sistema ecológico) es usado libremente en muchos trabajos de ecología. Aquí lo uso, como en la ecología natural, para referirme a una cierta comunidad animal-vegetal y a los elementos abióticos o inanimados necesarios para sustentarla. También suelo usarlo en ecología social para indicar una determinada comunidad humana y natural, o sea, los factores tanto sociales como orgánicos que se interrelacionan para crear la base de una comunidad ecológicamente balanceada.


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