Capitalismo y cultivos transgénicos: la guerra contra la diversidad

by • 13 febrero, 2021 • ArtículosComments (0)684

…la agricultura no encuentra más las condiciones naturales de su propia producción dentro de sí misma, surgidas naturalmente, espontáneas, a la mano, sino que estas condiciones existen como una industria separada de ella – y con esta separación el complejo sistema de interconexiones en el que esta industria existe es traído a la esfera de las condiciones de la producción agrícola…

Carlos Marx, Grundrisse (1857-1858). Siglo XXI, Tomo II, pp. 16-17.

I. Los términos del debate

La forma más simple de definir a un cultivo transgénico es la de cultivos en cuyo genoma (conjunto de material genético contenido en el núcleo celular y en organelos celulares como las mitocondrias y los cloroplastos) se ha introducido de manera artificial (i.e., como resultado del artificio humano) fragmentos de material genético correspondientes a especies con las cuales normalmente no se podrían reproducir por mecanismos biológicos convencionales como la polinización cruzada.

Sin embargo, al discutirse sobre los cultivos transgénicos, la palabra misma “transgénico” suele convertirse en una especie de valoración implícita en la que la bondad o maldad de los mismos estaría autocontenida, como si la materialidad de los organismos genéticamente modificados pudiese separarse del resto del mundo. O dicho de forma más precisa, como si la materialidad del cultivo transgénico hubiese surgido de la nada y como si, por ende, pudiese discutirse a los cultivos producto de tecnologías del ADN recombinante por fuera del modelo de acumulación capitalista del cual surgen. Efectivamente, la transición a partir de la década de 1970, de un régimen de acumulación intensivo hacia un régimen de acumulación extensivo implicó un cambio en la estructura del sistema agroalimentario mundial (sobre este punto véase el trajo de Elkisch Martínez, 2017). Esta transformación, que usualmente se nombra como la fase neoliberal del capitalismo coincide en el tiempo con una serie de transformaciones en el discurso dominante en muchos ámbitos de las ciencias, donde teorías y desarrollos que apuntalaron la noción de una ruptura de límites (termodinámicos, cosmológicos y también biológicos) tuvieron un auge importante, como ha sido ya señalado por Melinda Cooper.[1]

Por ello resulta indispensable pensar críticamente a los cultivos transgénicos como parte de un sistema de producción de alimentos, el sistema agroindustrial capitalista y ubicar los elementos que tienen en común con los resultados de tecnologías previos como las semillas híbridas o mejoradas. Ello nos permite también ubicar los elementos diferentes que este tipo de tecnología ha implicado para el sistema agroindustrial.

Pero historizar a los cultivos implica necesariamente voltear a ver en primera instancia la forma en que las plantas que los campesinos del mundo cultivan llegaron a ser lo que son, es decir, como ha sido la evolución en domesticación.

Las variedades locales de los cultivos y su evolución: la velocidad del sueño

Las plantas que hoy en día cultiva la humanidad provienen de plantas que evolucionaron cientos de miles e incluso millones de años antes de que la agricultura fuese inventada hace entre 10 y 8 mil años en diferentes partes del mundo. En diferentes zonas del planeta los grupos humanos comenzaron a aprovechar, luego a manejar y promover hasta eventualmente cultivar las plantas que tenían en su entorno más o menos inmediato. Por ejemplo, en las llanuras fluviales del este de Asia, el arroz (Oryza sativa), en las montañas del centro de Asia el centeno (Secale cereae), en el Medio Oriente el trigo (Género Triticum) en Mesoamérica el maíz (Zea mays) y en los Andes la papa (Solanum tuberosum), son ejemplos de plantas que se convirtieron en la base de procesos civilizatorios (en el sentido de Braudel).

Así en cada uno de estos lugares se dio el origen independiente de la agricultura y como parte de este proceso se domesticaron plantas, al seleccionarse características que las hacían más adecuadas al cultivo, al espacio de la tierra labrada, a la casa (domo), al universo (cosmos) de lo humano. Es importante hacer notar que este proceso de domesticación no es sólo el de la adaptación de la planta a nuevas condiciones de vida, sino que es al mismo tiempo la condición que hace posibles esas condiciones de vida. En este sentido, hasta el día de hoy, la re-producción de la vida de las comunidades campesinas depende de esas plantas cultivadas o, dicho de un modo más sofisticado la vida de las comunidades campesinas viene a ser junto con la de las plantas que cultivan.

El proceso de domesticación, que continúa hasta nuestros días, implicó el reordenamiento de la variación genética previamente existente en las poblaciones naturales (Meyer y Purugganan, 2013), pero también la alteración de los patrones de flujo génico y de la forma en la que se aparean las plantas (a veces reduciendo la reproducción entre parientes, a veces, como en el caso del frijol o del chile, incrementándola) y la generación de nuevas condiciones de desarrollo para las plantas. En este proceso coevolutivo, que forma parte de lo que más recientemente se ha llamado construcción de nicho (Zeder, 2017), los seres humanos construyeron un ambiente cualitativamente nuevo -los campos de cultivo-, al tiempo que su propia vida fue modificada en la interacción con las nuevas plantas y animales domesticados, pues la presencia de estas proveyó alimentos y otros objetos de consumo, así como instrumentos de producción que son la base de nuestra vida material.

Cuando es llevado a cabo por las comunidades campesinas, el proceso de domesticación ha generado un proceso de diversificación guiado por la producción de valores de uso diversos (Jardón Barbolla, 20010, 2015). Así tenemos variedades de maíz con usos específicos en la preparación de diferentes alimentos, o variedades de chile adecuadas para determinados guisos o modos de preservación. El trabajo campesino es así el factor que ha creado y mantenido la diversidad agrobiológica como diversidad de valores de uso.

Este último hecho, acoplado a otro que tiene que ver con el tipo de selección que operan las y los campesinos sobre las plantas tiene implicaciones para la diversidad. Por ejemplo, en las investigaciones que hemos realizado en torno a los chiles domesticados en México (Capsicum anuum) hemos encontrado que dentro de las poblaciones de cada variedad nativa de chile, existe mucha variación genética (Pérez Martínez, 2018). Esto se debe al tipo de manejo que hacen los campesinos de sus traspatios y milpas.

La selección de semillas por las comunidades campesinas, sea que ocurra post-cosecha o bien en los campos de cultivo, selecciona poblaciones relativamente grandes de plantas cuyas semillas son guardadas para ser usadas como semillas en la siguiente generación. Eso origina que las plantas que se siembran en un cultivo no sean idénticas, que existan diferencias importantes entre ellas, porque el proceso evolutivo sucede a escalas poblacionales. Pero además, en los centros de origen y diversidad de un cultivo, como es el caso del chile, existen poblaciones con diferentes grados de domesticación, desde chiles silvestres que crecen dentro de las selvas, chiles que crecen espontáneamente en los huertos y traspatios a donde son llevadas sus semillas por dispersores naturales (por ejemplo aves), parcelas tradicionales hasta sistemas tecnificados. Esta diversidad de formas de manejo permite que además haya conexiones entre las poblaciones silvestres y las cultivadas, pues los traspatios y milpas pequeñas facilitan que de vez en cuando ocurra polinización entre plantas cultivadas y plantas silvestres. Todo eso contribuye a que las variedades cultivadas por los campesinos conserven diversidad. Así, cuando hablamos de una variedad, digamos el chile Tusta de Oaxaca o el chile Yaaxik de Yucatán, no estamos hablando de un tipo en el que todos los chiles sean iguales, sino de poblaciones de chiles, donde cada planta, cada fruto tiene pequeñas o grandes diferencias entre sí. Los campesinos seleccionan cada año conforme a su idea de lo que es un chile de estos tipos (determinación del presente por el futuro, praxis, en el sentido de Sánchez Vázquez).

Esta ausencia de uniformidad es una gran ventaja pues permite a las comunidades campesinas que sus cultivos se adapten a condiciones ambientales fluctuantes de un año a otro. Pero es un gran problema si, desde el punto de vista de la clase dominante, lo más importante es garantizar un derecho de exclusividad, por ejemplo a través de las patentes.[2]

El modelo agroindustrial, erosión genética, acumulación capitalista y transgénicos

A partir de la segunda mitad del siglo XIX se hace más evidente un proceso de transformación en la producción agrícola en el contexto del capitalismo. Para esos años, en gran parte del mundo ya existía una agricultura dedicada al abastecimiento de los nuevos centros de consumo: las ciudades capitalistas, dislocadas mayormente de la producción de alimentos y concentrando, como hasta nuestros días, a grandes masas de población urbana no productora de alimentos pero indispensable para la valorización del valor. Lo novedoso de este periodo es que de diferentes maneras, instituciones como la Royal Horticultural Society inglesa o el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos se abocaron al desarrollo de nuevas variedades de cultivos, que prometían mayores rendimientos. A partir de entonces, el tema del rendimiento por unidad de área se volvió el eje que articuló el desarrollo de la investigación en el llamado fitomejoramiento agrícola. Al término de Segunda Guerra Mundial la promoción de las llamadas variedades mejoradas se convirtió en un eje de la llamada revolución verde[3], como fue bautizada por la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional (USAID, pos sus siglas en inglés).

La revolución verde fue ante todo un esfuerzo de transferencia y sustitución tecnológica en la que se buscó promover los monocultivos, la mecanización de la agricultura, el uso masivo de fertilizantes y agroquímicos y de manera central para nuestra reflexión, la siembra de las llamadas variedades de alto rendimiento de diferentes cultivos.

Esto último es relevante por dos razones. Por una parte, el material fundamental a partir del cual el aparato tecno-científico generó las variedades mejoradas o de alto rendimiento fueron precisamente las variedades cultivadas por los campesinos alrededor del mundo durante miles de años. El caso del maíz en México, en el cual la Fundación Rockefeller coordinó la colecta de las variedades nativas de maíz del país para después usar esas mismas muestras como base de la formación, primero de líneas endógamas (en las que cada planta es fecundada por su propio polen) y a partir de ellas de los famosos maíces híbridos.

En segundo lugar, la difusión de estas nuevas variedades ha significado, para los centros de origen de los cultivos una pérdida de diversidad. Al ser sustituidas las variedades nativas por variedades de alto rendimiento, se ha fomentado la homogeneidad en los cultivos. A este fenómeno se le conoce como erosión genética y está marcado por 1) el hecho de que algunas variedades comerciales se hacen predominantes; 2) el hecho de que las variedades de alto rendimiento son más homogéneas genéticamente que las variedades locales y 3) el hecho de que existe un riesgo importante de extinción de muchas de las variedades locales.

En México, se ha concentrado una disminución en la diversidad de variedades de maíz por parcela en el quinquenio comprendido entre 2002 y 2007 (Dyer et al., 20014). Otros trabajos han encontrado que grandes tramos de los cromosomas de las variedades comerciales de maíz no tienen variación genética, son homócigos (Liu et al., 2015). En la península de Yucatán, se ha detectado un importante riesgo de extinción de las variedades locales de frijol lima (Phaseolus lunatus) debido al remplazo de las mismas por la introducción de variedades mejoradas (Martínez-Castillo et al., 2008, 2012).

Estas tendencias no son un accidente sino un objetivo de la revolución verde. Porque este modelo agroindustrial ha permitido a las grandes empresas controlar el sistema de insumos agrícolas, generando dependencia del mercado específicamente capitalista incluso cuando no hay un despojo directo de la tierra. Así, cuando a inicios del siglo XX la biotecnología agrícola se decantó por un método para la producción de las variedades mejoradas de maíz que propositivamente disminuía la variación, pero garantizaba la homogeneidad de las líneas híbridas. Se sabía que el método más eficiente sería el de la polinización cruzada entre masas (poblaciones) de plantas con características adecuadas; sin embargo ello daría como resultado semillas no homogéneas que no podrían ser sujeto de una patente. Podríamos decir que la búsqueda de una renta tecnológica (Echeverría, 2010) sobredeterminó la forma concreta que adoptó la tecnología de los maíces híbridos.

Por supuesto, hay que recordar, que la promesa de la revolución verde de acabar con el hambre en el mundo, dista de haberse cumplido. Más aún, la reciente pandemia de la enfermedad COVID-19 ha evidenciado la fragilidad de un sistema agroalimentario basado en la dislocación de la producción y el consumo de los alimentos.

En el caso de los cultivos transgénicos tenemos que el proceso de producción de los mismos lleva a sus últimas consecuencias la anterior tendencia. A partir de la promesa de que la superación de las fronteras de la reproducción biológica traería consigo un incremento sin límites en la productividad por hectárea, la aplicación de tecnologías de ADN recombinante para producir cultivos transgénicos reduce aún más la variabilidad genética de las líneas comerciales de semillas. Efectivamente, las células que son exitosamente transformadas, introduciéndoseles material genético (mayormente relacionado con la resistencia a herbicidas o con la producción de las proteínas insecticida de la familia Cry), son reproducidas por cultivo de tejidos, dando origen a varias plantas a partir de una sola célula. Son efectivamente, clonas, genéticamente idénticas entre sí.

Por supuesto, la continuidad del modelo agroindustrial también se puede leer en el hecho de que las semillas transgénicas suelen requerir para su cultivo de paquetes tecnológicos completos, consistentes en el uso de los fertilizantes y herbicidas adecuados, en dosis crecientes. Quizá el mejor ejemplo de esto sea el devastador caso de la soya labranza cero, impulsada desde hace años en la Península de Yucatán y pieza clave del proyecto del mal llamado “Tren Maya”.

Finalmente, dos datos dan cuenta del momento de la acumulación en el que el capitalismo promueve los cultivos transgénicos. Según el USDA, para 2017 el 90% de los cultivos transgénicos de EUA correspondían a resistencia a herbicidas, a producción de insecticidas o a ambas características en conjunto; ninguna de estas características se traduce en un beneficio a los consumidores y sí en cambio en exposición al glifosato, el principal herbicida empleado en los cultivos transgénicos y posiblemente cancerígeno. Al mismo tiempo 4 compañías (DuPont, Monsanto, Syngenta-Agreg y Bayer -que posteriormente adquirió a Monsanto) controlaban casi el 80% del mercado de semillas del mundo, en algunos cultivos con un dominio del 100%; queda como ejercicio de paciencia para quien lea esto intentar conseguir en el mercado mexicano semillas de algodón que no sean transgénicas.

La doble naturaleza de las semillas: objetos de consumo y medios de producción

Aquí cabría preguntarse ¿Porqué es importante la diversidad? La respuesta más simple es a la vez la más compleja y es la que trataremos de elaborar aquí: porque la diversidad agrobiológica está intrínsecamente ligada a la reproducción de los valores de uso. Adelantemos sin embargo, que para efectos de este texto, nos referimos solamente a una de las dimensiones de la diversidad agrobiológica: la diversidad de variedades locales de los cultivos.

En el contexto de la forma social-natural de la producción de bienes agrícolas, un mismo objeto (la estructura que contiene al embrión de la planta cubierta por una capa protectora) existe como grano y existe como semilla. Es decir, el mismo objeto se incorpora al proceso de producción con dos valores de uso generales, como objeto de consumo o como medio (instrumento y objeto) de producción para otro ciclo productivo (Jardón Barbolla, en prensa). Algo similar sucede con otras estructuras de las cuales obtenemos alimentos, como serían los frutos, por ejemplo, los chiles o los jitomates que utilizamos como alimento. En estos cultivos la parte útil, el fruto, es un objeto de consumo, pero contienen al mismo tiempo las semillas, las cuales, después de que los frutos alcanzan la madurez, pueden usarse como semillas. Ésta doble naturaleza hace que la selección campesina de las semillas esté marcada tanto por los alimentos que las familias campesinas esperan obtener de sus cosechas, como por la necesidad de que esas semillas sean semillas útiles para el proceso de producción en el siguiente ciclo agrícola.

En esto hay que ser enfáticos: la alimentación humana no está dada solamente por la asimilación de una cierta cantidad de calorías, vitaminas, proteínas, etc., sino ante todo, por la forma que esos alimentos toman. Así, la necesidad cultural de re-producir una cierta identidad se manifiesta en la existencia por ejemplo, de variedades de maíz útiles a usos específicos (para elaborar atole, para elaborar totopos, para comerse en la forma tierna de los elotes, etc.) o bien en un universo muy amplio de formas de incorporar los chiles a la preparación de alimentos, en su forma fresca, en su forma seca, ya sea como salsas o bien utilizados como vegetales, o incluso rellenos de diferentes guisos. Esta especificidad en el valor de uso determina y es determinada por la diversidad de las variedades locales.

En paralelo a esto, al preservar sus semillas, las economías campesinas reproducen un medio de producción. Las semillas (sean las semillas de los granos básicos o bien las extraídas de los frutos) se pueden usar, sin que medie la forma mercantil, en el siguiente ciclo agrícola. Este uso, como medios de producción, ha llevado a la adaptación de las variedades de los cultivos no solamente a las condiciones de medio físico y biótico que se encontrarían en estado natural, sino a las condiciones del agroecosistema, el nicho construido por los humanos, marcadas por las prácticas de manejo agrícola locales. Este valor de uso de las semillas es un valor de uso que no toma la forma mercantil y por ende estorba a la expansión -siempre constante, como señaló Rosa Luxemburgo- de la acumulación de capital. Por eso las leyes de patentes y especialmente el Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (TRIPS por sus siglas en inglés) buscan limitar por la vía legal la autonomía de las economías campesinas para producir sus propias semillas.

Frente a este proceso de reproducción de la vida social tanto las variedades híbridas como los cultivos transgénicos aparecen entonces como expresiones de una necesidad del capitalismo de destruir las economías campesinas La sustitución de un medio de producción auto-producido, como lo sería también la fertilidad de la tierra, por un medio de producción que requiere del mercado capitalista para volverse a incorporar al proceso productivo es uno de los mecanismos de control sobre la producción agrícola que tiene el capitalismo. La homogeneidad resultante resulta además más conveniente al tipo de producción que, por ejemplo en México llevan a cabo las llamadas “sociedad mercantiles agrícolas” como eufemísticamente se llama al latifundio mexicano, donde cultivos homogéneos permiten planificar mejor la explotación salvaje de la mano de obra jornalera.

Recuperar el control colectivo de las semillas

Hemos visto entonces que las semillas patentadas (sean híbridas o transgénicas) forman parte de un proceso de homogenización más amplio y que son manifestaciones tecnológicas de un proceso de transformación de la agricultura producto del capitalismo. El caso específico de los cultivos transgénicos ahonda no solamente la dependencia de los insumos externos (fertilizantes, herbicidas) al punto de poner en riesgo la reproducción de las semillas al hacerlas dependientes de un paquete tecnológico (en el caso de las tecnologías edición genética in vivo basadas en CRISPR esto ocurre de forma incluso más grave).

La búsqueda persistente, por los intereses corporativos y los gobierno a su servicio de desplazar las variedades locales bajo control campesino por semillas más homogéneas, se da en la actualidad como parte de los ciclos de destrucción/despoblamiento, reconstrucción/reordenamiento (SCI Marcos, 1997) de la etapa actual de capitalismo. La reproducción que hacen las comunidades campesinas de las semillas estorba a la acumulación capitalista como estorban tod@s quienes no producen y consumen las mercancías que generan ganancia al capital, y estas comunidades estorban con todo y su cultura. No en balde el actual gobierno de México ha puesto en marcha todo un proyecto para monetizar al máximo estas economías.

De lo anterior se deriva que el cuestionamiento por tanto no puede ser solamente a una tecnología (aquélla de los transgénicos) sino a los procesos de despojo y explotación que se sintetizan en ella. Vistas así las cosas lo que aparece en el horizonte es que semillas, territorio, alimentación y cultura son pues un escenario de una confrontación con el poder. Una confrontación en la que la defensa de la humanidad exige del conocimiento científico, de no renunciar al potencial liberador que hay en la actividad científica.

¿Puede el control campesino de las semillas beneficiarse del conocimiento científico? Sin duda que sí, la evolución, la ecología y la genética, entre otros campos, tienen mucho que aportar. Pero ello requiere a su vez transformar las relaciones sociales al interior de las ciencias y la relación de éstas con los sujetos de la producción agrícola.

Por lo pronto, si tuviésemos que sintetizar este aspecto de la línea de conflicto con el modelo agroindustrial, podríamos decir que más que contra los transgénicos, el horizonte la lucha es aquél de la lucha por recuperar el control colectivo de las semillas y de la reproducción de las variedades locales de los cultivos en general. Me parece que es importante no olvidar, que, en tanto que lucha por la propiedad colectiva de un medio de producción, la lucha por las semillas está estrechamente vinculada a la lucha por la tierra y el territorio.

Agradecimientos

Este texto se basa en la conferencia impartida en abril de 2018 en el CEIICH de la UNAM. El autor agradece NO formar parte del Sistema Nacional de Investigadores pues el no estar bajo la vigilancia de dicha instancia gerencial, le permite realizar las investigaciones necesarias para elaborar este tipo de trabajos.

Lev Jardón Barbolla

Palabras Pendientes, Nº14: Ciencia, Capitalismo y revolución. Enero, 2021

Fuente: https://tejiendorevolucion.org/pp14lev.html


Notas:

[1] “El neoliberalismo y la industria biotecnológica comparten la ambición común de superar los límites ecológicos y económicos al crecimiento asociados al fin de la producción industrial, de superar estos límites mediante la reinvención especulativa del futuro. En la cúspide de la euforia por la alta tecnología de mediados de los 1990’s, la industria biotecnológica prometía superar el hambre, la contaminación, la pérdida de biodiversidad y el desperdicio en general; mientras que los problemas ecológicos y biopolíticos asociados con el capitalismo industrial, solamente se agravaron”. (Cooper M, 2008)
[2] Recientemente, en el marco de la llamada “renovación” del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (ahora llamado TMEC), el gobierno de México se ha congratulado por la homologación de las políticas sobre patentes para la región.
[3] La fecha es relevante porque al término de la guerra, las grandes compañías como BASF, Dow, Dupont, etc., se encontraron con una enorme capacidad para producir compuestos químicos nitrogenados (usados para producir explosivos) pero sin un mercado para venderlos. La promoción del uso de fertilizantes químicos se volvió así un imperativo para la industria química.


Referencias:

[ø] neoliberal era. EUA: University of Washington Press.
[ø]Dyer G, López Feldman A, Yunes-Naude A & Taylor JA. (2014). Genetic erosion in maize’s center of origin. Procceedings of the National Academy of Sciences, (25) 39.
[ø]Echeverría, Bolívar. (2010). Renta tecnológica y ‘devaluación’ de la naturaleza. En Echeverría, Bolívar. Modernidad y blanquitud. México: ERA.
[ø]Elkisch Martínez M. (2017). Producción agrícola y despojo de la naturaleza en la fase actual de la acumulación capitalista. INTERdisciplina, (6) 14,177-204.
[ø]Jardón Barbolla L. (2010). La lucha por las semillas, el gris de la conquista y la policromía de la resistencia. Rebeldía, (8)7, 59-69.
[ø]Jardón Barbolla L. (2015). De la evolución al valor de uso, ida y vuelta: exploraciones en la domesticación y diversificación de plantas. INTERdisciplina, (3)5, 99-129.
[ø]Jardón Barbolla L. (en prensa). Las semillas de los cultivos en la reproducción de la vida social: dimensión política y enajenación capitalista. En Lomelí S. Enajenación, modernidad y capitalismo. (ISBN: 978-607-8639-48-9) Universidad Autónoma del Estado de Morelos-Bonilla Artigas, editores.
[ø]Liu Ch, Hao Z, Zhang D, Xie Ch, Li M, Yong H., Zhang S & Weng J. (2015). Genetic properties of 240 maize inbred lines and identity-by descent segments revealed by high-density SNP markers. Molecular breeding, (35) 7, 146.
[ø]Martínez Castillo R, Colunga-García Marín P & Zizumbo-Villareal D. (2008). Genetic erosion and in situ conservation of Lima bean (Phaseolus lunatus L.) landraces in its Mesoamerican diversity center. Genetic Resources and Crop Evolution, (55), 1055-1077.
[ø]Martínez Castillo R, Camacho Pérez L, Coello-Coello J & Andueza-Noh R. (2012). Wholesale replacement of lima bean (Phaseolus lunatus L.) landraces over the last 30 years in northeastern Campeche, Mexico. Genetic Resources and Crop Evolution, (59), 191–204.
[ø]Marx C.(2001). Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858. Tomo II. México: Siglo XXI.
[ø]Meyer R. S. & Purugganan M. (2013). Evolution of crop species: genetics of domestication and diversification. Nature Reviews Genetics, (40), 840-852.
[ø]Pérez Martínez A. (2018). Diversidad genética en poblaciones de chile (Capiscum annuum L.) con diferentes grados de domesticación en el estado de Oaxaca, México. Tesis de Licenciatura. Facultad de Ciencias, UNAM.
[ø]SCI Marcos. (1997). 7 piezas sueltas del rompecabezas mundial. En: https://enlacezapatista.ezln.org.mx/1997/06/20/7-piezas-sueltas-del-rompecabezas-mundial-el-neoliberalismo-como-rompecabezas-la-inutil-unidad-mundial-que-fragmenta-y-destruye-naciones/
[ø]Zeder M. (2017). Domestication as a models system for the extended evolutionary synthesis. Interface Focus, (7) 20160133. http://dx.doi.org/10.1098/rsfs.2016.0133vvvv


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