Mucho apruebo poco fuego

by • 22 octubre, 2020 • Abya Yala (América Latina), Noticias, comunicados y columnasComments (0)583

Según una amiga feminista que tenemos en RR.SS., no votar en el plebiscito del próximo 25 de octubre “es votar Rechazo”. Aplicando la dialéctica, que nuestra amiga por lo demás promueve, nos preguntamos si los adherentes del “Rechazo” dirán “No votar es votar Apruebo”. ¿Qué se juega, finalmente, el próximo domingo en el plebiscito? ¿La continuidad de la revuelta o rescatar la legitimidad de la clase dominante? Pareciera que se votará la primera opción: esto lo vemos claramente en la franja electoral, una extensión de la parafernalia política promovida en los años dorados del modelo económico chileno. En ambos bandos, a partir de sus respectivos imaginarios, se busca significar las revueltas de octubre como un ejercicio de presión para el cambio constitucional. Por un lado, el “Apruebo” interpreta que los estudiantes saltaron los torniquetes del Metro para redactar una nueva constitución que solucionará problemas históricos del Estado chileno, como el abuso policial o la salud pública; y, por otro, el “Rechazo” interpreta que la revuelta fue planificada por la “extrema izquierda”, dirigida desde el “Foro de Sao Paulo”, para “convertir a Chile en Venezuela”. Sin lugar a dudas, vínculos forzosos entre “revuelta” y “proceso constituyente”.

“Vínculos forzosos”, qué duda cabe, lo que no quita que sí hay una relación. Más allá de los objetivos de la revuelta, que podríamos discutir según diversas perspectivas, lo que no es discutible es la jugada que representó para la clase privilegiada su apuesta por el plebiscito. Así lo indica por lo menos el “Acuerdo Por la Paz Social y la Nueva Constitución”, ya que: “Ante la grave crisis política y social del país, atendiendo la movilización de la ciudadanía y el llamado formulado por S.E. el Presidente Sebastián Piñera, los partidos políticos abajo firmantes han acordado una salida institucional cuyo objetivo es buscar la paz y la justicia social a través de un procedimiento inobjetablemente democrático”. En este sentido, el acuerdo propuesto por la clase dominante de lado a lado, imitando los años mozos oligárquicos, se presenta como el recurso desesperado de una clase política en decadencia y no tanto como la apropiación de una demanda “ciudadana”, como quieren presentarlo las fuerzas hegemónicas. ¿Y por qué lo pensamos? Básicamente, porque así se sigue demostrando a través de las restricciones impuestas a los independientes para participar de una eventual “convención constitucional”.

¿Acaso no resulta paradójico que el Poder Ejecutivo y Legislativo, los mismos que llegaron a tener un 6 y 3% de aprobación respectivamente, sean los que delimiten las reglas del juego en este “proceso constituyente”? Claro que sí, pero eso no quita que sea una constante histórica. La estrategia de “integrar” nuevos actores y actrices a la administración del Estado como mecanismo para reestablecer el orden, es más vieja que el hilo negro: cuando las oligarquías latinoamericanas se vieron acorraladas por las movilizaciones populares, hace más de 100 años, actuaron de la misma forma. Ya sea a través de los “populismos” o los frentes populares, lograron institucionalizar relaciones clientelares que les permitieron capturar y regular a los movimientos populares que los amenazaban y, gracias a esto, seguir siendo clases dominantes. Esta estrategia, tanto antes como ahora, respondió a una variable común: el abandono que sufrieron las elites por parte de las Fuerzas Armadas. En este sentido, la gran diferencia entre la revuelta iniciada en octubre de 2019 con las tantas que hubo anteriormente en el Estado chileno, es que los militares no la terminaron por medio de una matanza.

A partir de lo anterior, debemos reconocer que la estrategia ha tenido un buen efecto para la clase privilegiada. Desde la imposición del plebiscito, el foco de las movilizaciones pasaron de la acción directa a la toma de postura frente a una de las dos opciones: el “Apruebo” y el “Rechazo”, que inundaron la retórica política y las RR.SS. Dicho de otra forma: se logró que el “éxito” de la revuelta se mida a partir de los resultados del plebiscito, preservando aquella dialéctica “trágica” entre “poder constituyente” y “poder constituido”. En este sentido, acciones como estas ya fueron advertidas en su momento por Hakim Bey: “La revuelta, o la forma latina insurrección, son palabras que los historiadores utilizan para describir las revoluciones fallidas –movimientos que no completan la curva prevista, la trayectoria consensuada: revolución, reacción, traición, fundación de un Estado aún más fuerte y opresivo, la vuelta de la tortilla y el retorno de la historia una y otra vez a su más alta forma: el látigo en el rostro de la humanidad por siempre”. De esta forma, según este mecanismo, el Estado sigue siendo “la” Historia: para que algo sea “válido” debe seguir manteniéndose dentro del contorno estatal.

Por lo demás, los resultados de esta dialéctica entre “poder constituyente” y “poder constituido” ya pudimos verlos a partir de la conmemoración de la revuelta el 18 de octubre pasado. Según el ministro del interior Víctor Pérez, al realizar el balance del día, desde el gobierno se indicó que: “Hoy ha habido manifestaciones y los que participaron lo hicieron de manera pacífica y sin ninguna dificultad, pero no podemos desconocer que grupos minoritarios realizaron actos de violencia al interior de esa manifestación”. Ya no es un “enemigo poderoso” el que produce violencia, son “grupos minoritarios” que deben ser condenados por la “ciudadanía”. En este sentido, al parecer el llamado de Víctor Pérez fue bien recibido por esa “ciudadanía”: “Y que querian, deberian haber estado en sus casas y no hacer tonterías”, opina L.N.V. al comentar el asesinato de Aníbal Villarroel en RR.SS., “si el estallido social fue el año pasado, ya se consiguio algo, el domingo se supone que debería haber cambios y dale con estar haciendo tonteras”; por lo que concluye: “Pero que bueno que a mi hijo no le interesa andar en eso y lo tengo vivo durmiendo ahora en la casa, para que vote tranquilamente el domingo”.

En este sentido, el giro retórico realizado por el gobierno, replicado por la prensa hegemónica, amplios sectores de la “ciudadanía” e incluso la CUT, no tiene porqué sorprendernos: evidencia la necesidad de la clase dominante por canalizar la revuelta. ¿A qué nos referimos? Básicamente, a que ninguna insurrección logra institucionalizarse en proyecto político si no extirpa a ciertos actores o actrices que participaron de ella. Sin lugar a dudas, el mejor ejemplo de esto son las revoluciones. Incluso, podríamos llegar a decir que la historia de las revoluciones es la historia de la exclusión de las disidencias: ¿en qué medida se habría consolidado la Revolución Francesa sin extirpar a los sans-culottes? ¿En qué medida se habría consolidado la Revolución Mexicana sin extirpar a Pancho Villa y Emiliano Zapata junto a sus respectivos ejércitos? ¿En qué medida se habría consolidado la Revolución Rusa sin extirpar a los anarquistas? Por lo demás, no tenemos que ir tan lejos para corroborar esto: ¿en qué medida se habría consolidado la “transición a la democracia” en este pedazo de tierra llamado “Chile” sin extirpar a la “izquierda subversiva”?

Cuando aludimos a la frase “Mucho apruebo y poco fuego” no lo hacemos para exaltar un fetichismo por la violencia, sino por una cuestión táctica. Para la clase dominante, la táctica del plebiscito está destinada a la victoria; para los sectores subalternos, la táctica del plebiscito está destinada a la derrota. Dicho de otro modo: el éxito de la estrategia constitucional es el fracaso de la insurrección popular. Eso lo podemos diagnosticar y proyectar, por lo menos, a partir de una revisión de otras experiencias. En este sentido, resulta curioso, como hemos visto en los últimos días, la caricaturización de la consigna “Yo no voto, me organizo” hecha por defensores del “Apruebo”: justamente, las personas que llaman a participar en el plebiscito como instancia válida de “organización” son las mismas que no participarán del proceso, delegando su responsabilidad a otros u otras por medio de la representación política. Pero al final, ¿tendría que importarnos tanto esto? ¿Acaso no es ya contradictorio que aquellas personas que promueven estrategias vencidas vengan a darnos lecciones de cómo vencer?

Manoel Caringa & La convención destituyente

Recibido el 22 de octubre del 2020


Colaboraciones a edicionesapestosas[arroba]riseup.net


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