Rosario, región argentina: La nueva normalidad de siempre

by • 24 septiembre, 2020 • Abya Yala (América Latina), Noticias, comunicados y columnasComments (0)249

Escribimos este artículo mientras la provincia de Santa Fe retrocede de “fase”, ahora hablamos en estos términos. Un retroceso con menos controles policiales y más trabajo que los primeros meses de cuarentena. Ya no se usa el hashtag “#quedateencasa”, el Estado se apoya más en la autodisciplina que en el control desde arriba, al mismo tiempo que toma nota del agotamiento social y económico y se vuelve más permisivo.

¿Habrá quedado claro que cada “#quedateencasa” funcionó como un aval ciudadano para envalentonar a los policías que hacían controles por todo el país? Recordemos el abuso policial cotidiano en los comienzos de la cuarentena, así como los muertos y desaparecidos que seguimos contando.

El diario local apuesta a propagar el miedo junto con los especialistas: «¿Qué es la “inmunidad del cagazo” y por qué puede frenar la propagación del coronavirus? El investigador del Conicet, Roberto Etchenique, postuló que el miedo al contagio y a la muerte puede concientizar a la población sobre los peligros de la enfermedad.»(1)

La circulación como aislamiento

«El desarrollo del medio urbano es la educación capitalista del espacio. Representa la elección de una cierta materialización de lo posible, excluyendo las demás» decían los situacionistas.

En esta vuelta a la profundización del aislamiento social volvemos a notar las calles vacías o escasamente transitadas. Y no se trata solo de control y disciplina: se trata de circulación. Se trata de que nuestra circulación es la circulación mercantil, y que a menor trabajo circulando hay menos seres humanos circulando: nuestros movimientos se confunden con los movimientos del Capital. Hace ya tiempo que el espacio de las calles dejó de ser un lugar de encuentro y comunicación para convertirse principalmente en un lugar de tránsito.

Las últimas luchas masivas en países como Francia y Chile lo habían comprendido: bloquear la circulación para exigir que los gobiernos hagan lo que se supone deben hacer, para llamar la atención de los demás proletarios aún pasivos, e incluso para desviar el uso del espacio público: hacer de la cotidiana pista mercantil un lugar de encuentro para ser y hacer experiencias de lucha.

En esta ocasión, al Estado ya no le queda más que organizar el bloqueo. Los nuevos “piquetes” son los controles de gendarmería y policía en las rutas que evitan el desplazamiento de una ciudad a otra. Bloqueos que permiten la circulación de mercancía y la circulación estricta de mercancía fuerza de trabajo.

Se trata de un bloqueo de arriba hacia abajo que, en su carácter no-espontáneo, y especialmente en su involuntaria hiperatomización, ilustra la actual crisis de una manera tan clara como las verdaderas huelgas de masas del pasado. La cuarentena y el bloqueo son, entonces, una especie de huelga vaciada de sus características combativas y colectivas pero capaz, sin embargo, de provocar un profundo choque, tanto en la psique como en la economía.

En la ciudad de Rosario hay paro de transporte intermitente desde que comenzó el año debido al reclamo salarial de los trabajadores del sector. Los días sumados rondan los noventa. A diferencia de contextos anteriores, la intervención del Estado en el conflicto se ha caracterizado por su dilación. El paro colabora con la falta de movimiento y se vuelve un infierno para quienes en plena cuarentena tenemos que seguir yendo a trabajar.

En estos días ha habido otras medidas por reclamos salariales que se extendieron por el país, amenazantes y armadas, de quienes intensificaron su “trabajo” en esta cuarentena. Se trata de la policía bonaerense que exige mejores sueldos. Por eso los perros guardianes llegaron hasta la casa del amo a exigir su premio por gestionar el castigo. Finalmente lo consiguieron y seguirán haciendo su tarea, que es defender la propiedad y mantener el orden y la normalidad capitalista.

El coronavirus como coartada

El coronavirus se ha convertido en el chivo expiatorio social de este año, es presentado como el único mal a combatir porque “seguimos en guerra contra este enemigo invisible”. Es así que en los hospitales es probable que no te atiendan si no tenés el “privilegio” de contagiarte de coronavirus, no te hagan los estudios correspondientes o te larguen rápido a casa porque hacen falta camas y personal. Una situación que se viene repitiendo hace meses, aún cuando las consultas y la realización de estudios diagnósticos han disminuido más de un 60%. Esto implica enfermedades a futuro, pero no coronavirus, así que tranquilos.

En un homenaje a las y los trabajadores que fallecieron en el contexto de la pandemia, replicado en diversos puntos del país, sindicalistas pintaron un mural en reconocimiento denunciando que se continúa trabajando con salarios congelados y sin los elementos de protección necesarios en cantidad y calidad. «Nos cuidaron dando su vida» dice uno de los murales en la puerta de un hospital. Esto es y no es cierto. Evidentemente se trata de un trabajo de cuidado y muchas veces, de no ser por la amabilidad y la buena voluntad de los trabajadores de la salud, nuestras estadías en los hospitales serían mucho peores, tanto para los pacientes como para los acompañantes. Pero el sistema de salud es una máquina inalterable en su funcionamiento esencial. Y el enfermero no murió simplemente “para cuidarnos”, murió trabajando.

«No somos héroes, somos trabajadorxs», una frase en la que conviven el llamado a la compasión y la expresión de los conflictos del trabajo asalariado. Porque si bien es cierto que “nos cuidaron” y “nos cuidan”, ese cuidar es fundamentalmente su trabajo. Aunque la sociedad de la mercancía se esfuerce en separarlos, en ella ese vínculo es indivisible.

Afirmar que alguien puede morir a causa exclusiva del coronavirus es otra muestra de la maquinaria de escisión capitalista. No hay padecimiento para todos por igual. No hay patología alguna con atributos democráticos. Y es en esta cuestión donde radica el cómo se decide afrontar cualquier enfermedad: de manera parcial e insuficiente o de manera integral. Lo primero beneficia a los capitalistas y a los gobiernos, sirve para el lucro y el miedo; lo segundo es una práctica radical y transformadora que exige la desobediencia y la creación colectiva.

Por otra parte, trabajadores de la salud señalan que el sistema de salud colapsa cada año y desde hace tiempo. Sin embargo, los gobernantes esta vez tienen la coartada para culparnos a nosotros, y así se traslada la responsabilidad evitando hablar de años de falta de inversión en el sector y de la falta de compasión para con sus asalariados.

En una carta abierta, una médica señalaba: «Es una vergüenza y grave error realmente responsabilizar a la población y hacerse eco de esto que no es más que otra estrategia, inhumanamente planificada, con el simple objetivo de enfrentarnos, de ser nuestros propios espías y custodios. (…) La gente está sufriendo, ¡agotada también! Agotada del miedo, que les transmiten minuto a minuto a través de los medios de comunicación y, ahora, a través de instituciones como éstas. (…) Sin controles todos aquellos con patologías crónicas, con enfermedades graves. Pero los CEO de las prepagas, sindicatos y obras sociales nunca dejaron de recibir sus pagos y no prestaron servicios en todos estos meses. ¿Y le pedimos responsabilidad a la gente? ¿Qué nos pasa? (…) Reforcemos nuestros sistemas inmunes, salgamos al sol, miremos la luna, pisemos la tierra, riamos. ¿Cuándo nos dio tanto miedo vivir?»(2)

Abordar una enfermedad de manera aislada y parcial lleva a sostener que los respiradores y las escasas camas de terapia intensiva son la única solución, que hay que esperar la vacuna milagrosa, que aislar a las personas es bueno para el sistema inmunológico. Es mostrar unos datos sin comparación con otros, es olvidar que el año pasado murieron en este país 32.000 personas por neumonía e influenza en sus diversas variantes,(3) es mostrar las cifras sin información más que el apabullante número. Es afirmar que todo funcionaba bien pero que esta enfermedad vino a arruinar “nuestro” sistema de salud y “nuestra” economía.

Las clases sociales

A medio año de la declaración de la pandemia, Argentina volvió a registrar una de las tasas de inflación más altas del mundo. Es la segunda más importante de América latina. Según las proyecciones del FMI este año, la Argentina ocupará el octavo lugar en el ranking de inflación mundial con un 39,5%, encabezado por Venezuela con un 15.000%, seguida por Zimbabue, Sudán, Surinam, Yemen, Irán y Sudán del Sur.

Mientras tanto, los ricos se hacen más ricos y baten récords. Durante los últimos meses las acciones llamadas tecnológicas han tenido una vertiginosa escalada que en septiembre comenzó a frenarse. Es por demás de ilustrativo un informe del Instituto de Estudios Políticos (IPS) de Estados Unidos que señala que, desde el 18 de marzo al 13 de agosto, los 12 multimillonarios estadounidenses más prominentes —en medio de una fuerte paralización de la producción— han marcado un récord histórico. Sus fortunas en promedio han crecido un 40%, llegando en conjunto a la obscena cifra de 13 dígitos. Jeff Bezos (Amazon), el “futuro salvador de la humanidad” Bill Gates, Mark Zuckerberg (Facebook), Warren Buffett (empresario e inversionista), Elon Musk (Tesla y SpaceX)… y la lista sigue con los principales accionistas de Microsoft, Google, Oracle y Walmart. Evidentemente, los grandes ganadores de esta crisis, además de las farmacéuticas, son las empresas tecnológicas, como es el caso de aquellas orientadas a las telecomunicaciones y el comercio electrónico, lo que nos dice mucho sobre el momento actual del capitalismo. Entre las empresas argentinas del sector se destacan Mercado Libre y Globant, que acumularon en lo que va del año un aumento de sus cotizaciones del 90 y 62%, respectivamente. De todos modos, es necesario señalar lo volátil que vienen siendo muchas de estas cifras, sumado a un contexto mundial de fuerte crecimiento de la emisión monetaria, así como de la deuda pública y corporativa. El panorama es bastante incierto y los mecanismos financieros en boga nos tienen acostumbrados a sus estallidos y sus consecuencias.

Pero no hace falta mirar a Wall Street. Burgueses locales han ganado más pagando menos a sus empleados, reduciendo costos con el teletrabajo y recibiendo una porción del gasto en sueldos por parte del Estado. Quienes se han perjudicado son muchos pequeñoburgueses y algún que otro empresario de tal o cual sector. ¿Quién puede pensar que los burgueses ganan todos en bloque? Empresarios del sector gastronómico, reconocidos por imponer pésimas condiciones laborales, se han movilizado en la ciudad de Rosario para que los “dejen trabajar”.

En nuestra economía más mundana, de pocos dígitos, debemos seguir concurriendo a trabajar cada semana en peores condiciones o continuar buscando empleo en uno de los contextos más duros. Quienes hacen delivery siguen en la misma precariedad, siendo cada vez más frecuentes los accidentes y muertes. Los docentes ven intensificado su trabajo por medio de la tecnología, pero los sueldos siguen igual. De los trabajadores de la salud poco hay que agregar… Y a quienes se ganan el mango día a día en trabajos informales, esta situación les priva de dicha posibilidad.

Mientras tanto, nos preguntamos de qué sirve una cuarentena tan larga, de las más largas del mundo, si a nivel sanitario finalmente pasó lo que iba a pasar. Es el pensamiento de la deuda, del colapso: patear siempre el problema un poco más para adelante, pero no hacer nada para que no nos sobrevenga.

La propiedad

En los últimos meses una campaña en defensa de la propiedad privada ha protagonizado la agenda mediática y estatal. Desde el comienzo de la cuarentena, las ocupaciones de tierra, “usurpaciones” según el lenguaje estatal, se multiplicaron a lo largo del país. En el conurbano bonaerense se registraron cerca de 140 intentos de tomas de tierra, con variado éxito.

En la localidad de Guernica, en el partido de Presidente Perón, el 20 de julio se dio inicio a la toma en un predio de cien hectáreas destinadas a un country, donde a la fecha se han asentado 2.500 familias (unas 10.000 personas, aproximadamente). Con plásticos, maderas y chapas han empezado a construir su barrio, con la esperanza de tener aquello de lo que la propiedad privada los ha privado: un lugar para habitar. La justicia dictaminó el desalojo, primero para el miércoles 23 de septiembre, postergandolo a última hora para el 1 de octubre. Las familias continúan movilizadas exigiendo una solución.

El día 11 de septiembre fue desalojada de manera brutal una toma de 300 familias en tierras de un basural de Ciudad Evita. En horas de la noche la policía bonaerense entró a los tiros dedicándose además a incendiar las casillas. En el mismo momento, un grupo de matones atacaba también el comedor comunitario lindero a la toma, robándose hasta las ollas. El desalojo dejó muchos heridos graves y detenidos. Jenifer Lizarraga, joven referente del comedor, recibió 40 impactos en el cuerpo, perdiendo un ojo por un perdigonazo.

A miles de kilómetros, las “usurpaciones” en el norte patagónico también fueron parte de la comidilla de la burguesía. En El Bolsón y Bariloche ya no se trataría de unas “cuevas de ladrones” sino de “mapuches violentos”, “anarquistas” y hasta “terroristas”. Parece dar lo mismo que no todas las tomas sean una acción reivindicativa del pueblo mapuche, sino más bien un intento por sobrellevar las miserables condiciones de vida, agudizadas por la cuarentena en una zona que además tuvo que soportar una nevada histórica. Ya ha habido manifestaciones en la región en defensa de la propiedad privada reclamándole al gobierno que las defienda, como si hiciera poco por ello.

En Colonia Santa Rosa, departamento de Orán, Salta, la comunidad guaraní Cheru Tumpa se asentó en predios abandonados desde hace por lo menos veinte años y comenzó a habitar un lugar caracterizado como basural o “donde se cometían delitos”. Las noventa familias de la comunidad fueron desalojadas el 16 de septiembre por cien infantes de la policía provincial.(4)

La realidad virtual

Esta situación presenta también una nueva vuelta de tuerca para el disciplinamiento. Con la educación virtual millones de niños están aprendiendo a quedarse más quietos que antes y más aislados. Están siendo educados para una sociedad donde la virtualidad es cada vez más predominante, tal como nos educaron, generaciones atrás, estrictamente para ir derecho a la fábrica o con formas más laxas para los trabajos precarios que nos tocarían.

El coronavirus no afecta a todos por igual y la cuarentena tampoco. No somos simples ciudadanos iguales; pertenecemos a una clase social, tenemos una edad, somos parte de una división sexual, tenemos diferentes capacidades. Para los marginados de siempre la virtualidad es una nueva profundización de la exclusión. La soledad, por su parte, no resulta una opción en el hacinamiento. A quienes tienen la posibilidad económica no les ha hecho gran diferencia, la virtualidad y la soledad ya eran parte de sus vidas. Esta cuarentena ha significado un incremento de ese aislamiento en ellos, pero no una novedad. «El virus es un extraño. No lo lleves a tu casa», advierte en las calles vacías un cartel del gobierno de la provincia de Santa Fe. Por eso Facebook, por eso Instagram, por eso Tinder, por eso Amazon, por eso Mercado Libre, por eso Netflix.

Con el teletrabajo se vive y se trabaja en la misma unidad doméstica. Sabemos que eso representa mayor trabajo, especialmente para las mujeres, a quienes se les suele asignar dichas tareas. Y con la teleescuela también se incrementa el trabajo, no solo para docentes sino también para los padres.

El gran ausente en esta situación generalizada del aislamiento es el erotismo. Del mismo modo que la educación se transforma en una transferencia de información con una experiencia reducida y un vínculo corporal nulo, en el erotismo estas características, impensables décadas atrás, van tomando cada vez mayor preponderancia. En este caso, las nuevas protagonistas estrellas son las aplicaciones de citas, sea para “sexo virtual” o “sexting”, así como para quienes quiebran la ley. Ya que si nos atenemos a las reglas estatales, no se podría tener un encuentro sexual más que entre personas que conviven. Por otra parte, al haber menos contacto hay menos posibilidades de conocerse entre seres humanos. Pero esta tampoco es una novedad: antes de la cuarentena el erotismo ya estaba menguando. Quizás por estos motivos de reducción de la corporalidad la criminalización de la misma no ha despertado mayores indignaciones.

Sometido cada día más el principio de placer a la imagen y semejanza de la economía, se establece una normalización, legislativamente incluida, que se acomoda al ideal liberal del bienestar social. Así, las concesiones del capital respecto a la “libre” sexualidad son del mismo tipo que las del terreno sindical, la sanidad pública y tantas otras reivindicaciones sociales históricas: son las migajas que nos acallan.(5)

Publicado originalmente en La Oveja Negra, Año 9, Nº 73, Septiembre 2020


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