Miseria del alternativismo, contrucción positiva de una potencia

by • 7 julio, 2020 • Antidesarrollismo, Artículos, Ciudadanismo, Coyuntura política, Estado, Filosofía, Geopolítica, Organización, Poder, Primitivismo, Teoria políticaComments (0)590

Para mí, el gran momento de potencia no es cuando somos más en denunciar las relaciones de poder, sino cuando somos capaces de arrancamos de su alcance.

Una amiga

Hasta aquí hemos intentando desenredar y hacer aparecer los agenciamientos metropolitanos, para expelerlos, desbaratarlos, cortocircuitarlos. Para nosotros es crucial tomar dos golpes de ventaja a la catástrofe metropolitana. Decimos bien, «de ventaja»,porque consideramos que la mayoría de propuestas «primitivistas» de reacción antimetropolitana son momentos pertinentes pero insuficientes para deshacer y deshacerse de la metrópoli, en la medida en que siguen, a su pesar, sin liberar sus vestigios políticos («el campo», «la anarquía», «el proletariado», etcétera) de la forma que les confirieron los poderes gubernamentales: siguen siendo modernos, prisioneros de una filosofía de la Historia. Hace dos siglos, cualquier revolucionario sabía que «la abolición de la antítesis entre la ciudad y el campo es una de las primeras condiciones para la comunidad» (Marx y Engels, La ideología alemana). Esta dialéctica ha sido sobradamente superada en los tiempos de la metrópoli, cuando esta ha hecho colisionar el campo y la ciudad, pero, al contrario de lo que se esperaba, ha traído consigo un incremento de las alienaciones y una multiplicación de los dispositivos que se interponen entre cada uno de nosotros.

Cuando nosotros hablamos de «salir de la metrópoli», se equivocan quienes oyen automáticamente un llamado a «irse al campo», porque nunca bastará con alistarse en este u otro de los polos de un dispositivo para deshacerse de él, menos aún con invertirlos. Lo que se suele llamar «el campo» (para referirse a un espacio de actividades elementales que bastan para vivir bien) no conduce a ninguna salida mientras no se desactiven las fundones que le han sido asignadas históricamente por las economías del poder. Tendremos que situamos más bien sobre otro plano de fenomenalidad, distinto a aquel que nos han legado dos miserables siglos de historiografía imperial, que nos ha inculcado, con mil pseudoarcaísmos, que geografías y calendarios distintos a los hegemónicos solo puedén ser concebidos como rezagos «premodemos», y que la metrópoli no es sino la culminación del camino racional de «la Humanidad», la consumación definitiva de su plan transhistórico. En el momento en que hayamos sido capaces de destituir dentro de los mundos que construimos este último plano —sobre el cual el mero hecho de cultivar autónomamente reenvía abyectamente a algo así como lo «neorrural» o lo «preindustrial»— habremos alcanzado una de nuestras más grandes victorias: «Una forma social nueva no se funda en la antigua; son escasas las civilizaciones superpuestas. La burguesía pudo triunfar porque libró la batalla en su terreno, en las ciudades. Esto es tanto más válido para el comunismo, que ni es una nueva sociedad desnuda ni un nuevo modo de producción. Hoy no es en las ciudades ni en los campos donde la humnanidad puede librar el combate contra el capital, sino fuera de ambos; de ahí la necesidad de que aparezcan formas comunistas que serán las verdaderas antagonistas del capital, puntos de concentración de las fuerzas revolucionarias» (Camatte, «Contra la domesticación»).

En la descalificación moderna de las «sociedades sin Estado» —o «sin Historia»)一, Clastres identificó un mecanismo político típico para repudiar la existencia de todas aquellas agrupaciones que rechazan la institución de poderes separados, las relaciones de mando y obediencia, columna vertebral de todo sistema basado en la producción infinita e infernal de valor. De acuerdo con sus investigaciones, más que atrasadas con respecto a la formación de un Estado por lo que sería un «escasísimo desarrollo de sus fuerzas productivas», estas sociedades contarían con una ventaja: son sociedades sin Estado por exceso y no por defecto, pues conjuran permanentemente y por adelantado la emergencia de todo aquello que podría venir a poner fin a su sabbath anárquico. Los «primitivos», los piratas, los brujos, los apaches, los chamanes, los bandoleros y otros ingobernables rebeldes practican a su modo formas heteróclitas de habitar que se dan siempre en situación: unas veces en este desierto, otras en este bosque o en esta selva, siempre en lugares repletos de hecceidades que son experimentadas en el hic et nunc de tal o cual habitar, pero nunca en tal cosa como «el campo», apéndice abstracto y subalterno de una determinada economía de producción y por lo tanto constreñida por el modo de digestión de esta: «La distinción campo/ciudad —observaba Clastres en una entrevista— aparece con y después de la aparición del Estado, porque el Estado, o la figura del déspota, se fija de inmediato en un centro […]. Ciudad/campo solo los hay cuando existe el Estado, cuando existe el jefe, y su residencia, su capital, sus depósitos, sus cuarteles, sus templos». La ventaja de la que nosotros hablamos yace así fuera de este dispositivo, en una salida que no se ubica ni «antes» ni «después» de la metrópoli, del campo o de la ciudad, tratándose de mundos completamente heterogéneos, inconmensurables, éticamente incompatibles.

Hay que dejar daro que la elaboración de una política heterogénea al orden capitalista no quiere decir propugnar «lo novedoso» ni «lo alternativo», ca- tegorías inteligibles solo con respecto a un arché que comanda y gobierna un sistema de legibilidades que arroja lo Otro a lo Mismo. Alter, se olvida a menudo, no quiere decir «otro»,sino «segundo», lo que viene después de un Primero. La «re-sistenda» o el «contra-poder» son, pues, manifestaciones de una política reactiva, y resultan inservibles para pensar una salida real de los términos a los cuales se oponen. No es casual que siempre terminen calcándolos, volviendo la alternativa tanto más amarga y decepcionante: «Imaginar otro sistema equivale a aumentar nuestra integración en el sistema presente […]. Si lo que quieres es remplazar una institución oficial por otra institución que cumple con las mismas funciones —mejor y de manera distinta—, entonces ya estás absorbido por la estructura dominante» (Foucault, «Más allá del bien y del mal»). Una potencia, en cambio, es índice de sí misma, permanece siempre autónoma con respecto a cualquier forma de poder, no lo tiene como una norma para ser: «No necesitamos el permiso de los gobiemos para existir», afirma Dorein, portavoz de los cayuga, pueblo enfrentado al Estado canadiense y sus patrones transnacionales, que impulsan en sus tierras complejos residenciales de lujo y nuevas infraestructuras de explotación de recursos. Como no deja de mostramos la literatura de Kafka, se trata siempre de componer un tipo de actuar político que permanezca autónomo y heterogéneo luchando cuerpo a cuerpo con la ley sin jamás cederle terreno, al mismo tiempo que persevera en la búsqueda de una salida fuera de sus arquitecturas categoriales.

Para vencer toda fuerza centrífuga de dispersión, la administración imperial se ha vuelto inseparable del paradigma de la metrópoli, porque esta es la configuración o el sistema mas eficaz para una gobemanza constante y uniforme de las diferencias, diferencias con respecto a la norma, diferencias reivindicadas, es decir, inscritas en el sistema de reconocimiento imperial. La metrópoli permite aplicar localmente una sola y misma política global, convirtiendo cada lugar en provincia del Imperio, en nodo de la «Red» mundial que adhiere las formas-de-vida a una conformidad etica con el orden económico: «Aquí ya no tenemos que vérnoslas con una totalización voluntarista a priori, sino con una calibración molecular de las subjetividades y los cuerpos» (Tiqqun 2, «Introducción a la guerra civil»). El folclor multiculturalista o la sexualidad deconstruida no son desviaciones prohibidas por la norma, sino prácticas compatibles con la configuración imperial del poder en creciente fluidificación gestionaría, su ala progresista o alternativa: prácticas de negación de la metrópoli desde la metrópoli, que nacen ya siempre condenadas a muerte. Toda política de transgresión confluye hoy con la liberalizadón y la neutralización de las pasiones impulsadas por la producciòn mundial de subjetividades. La historia de las relaciones entre terrorismo y antiterrorismo, entre mafias y policías, entre integrismos y separatismos estatales atestiguan que el Imperio nunca ha tenido problema en reconocer las formas de identidad reivindicada; pero que unas singularidades hagan comunidad sin reivindicar una identidad, que unos humanos co-pertenezcan sin una condmon representable de pertenencia, eso es lo que el Imperio no puede tolerar en ningún caso.

Deleuze y Guattari vieron en la conformación de un nuevo nomadismo la posibilidad de erigir máquinas de guerra que averiaran la administración despótica del capital. Por supuesto, señalaron que tal nomadismo consistía hoy en desplazamientos inmóviles que escapan a sus códigos antes que en la movilidad y la simple agitación. Las tendencias de desterritorialización y reterritorialización permanentes del capital dan prueba de que el movimiento por el movimiento, o estar en diversos espacios y a la vez en ninguno («Belong anywhere!», dice cínicamente una campaña de Airbnb), coinciden con el imperativo de ausencia y con las vidas sin forma de la gestión biopolítica de subjetividades. Viajar es una práctica revolucionaria que la mercantilización de la hospitalidad,es decir, el surgimiento de los hoteles y el turismo, nos han arrebatado y neutralizado. Actividades de ocio como el couchsurfing, el ecotunsmo o el PodShare ofertados a «mochileros», al contrario de ser una alternativa al turismo dominante («Don’t go there, live there»),reproducen la misma ausencia de mundo de personas que no se vinculan con lo singular y lo vivible de cada territorio, sino que transitan de forma compulsiva de un sitio a otro, aspirando a consumir el mundo entero guiados por un ideal humanista degradado en sucedáneos y eslóganes del tipo «¡Nada te detiene,los límites los pones tú!». Este es sin duda el lema de la metrópoli, que estos individuos portan siempre consigo en sus mochilas, por más que pretendan huir de ella y de su miseria congénita.

Ir a buscar aventuras por todo el planeta es perseguir mucho cuando los barrios en los que el mochilero vive el resto del año permanecen invisibles, escondidos y sobrevolados. La organización interna de su microcosmos refleja punto por punto el espacio «exterior» del que pretende escapar: cuanto más lo niega lerda e individualmente, más lo reencuentra en sus con- ductas,hábitos y gestos, surgidos especularmente de una pobreza de mundo, de experiencia y de espíritu. En su obstinación por prescindir de todo lugar y toda forma concreta, pasa por alto que la metrópoli es el no- lugar por excelencia y la incesante disolución de todas las formas. Parece ignorarse que en los presupuestos mismos de todo orden jurídico están ya contenidas sus excepciones, que la desaplicación de una norma es solo otra manera de aplicarla. El abandono del derecho o el dejar de acatar órdenes son poca cosa mientras se permanezca adherido, éticamente conforme, a los poderes constituidos que aún no han sido depuestos: bajo el isomorfismo imperial uno puede ser punk, «pomoterrorista» o doctor en Estudios Subalternos, pero al mismo tiempo anhelar vacaciones, redamar copyright y no robar en el supermercado; es decir, no llevar a cabo ningún acto decidido de secesión. Hoy más que nunca se atestigua la solidaridad de la Crítica con un regimen de verdad caduco, cuando quienes «critican» actualmente no son más que bufones que dicen verdades que se han vuelto inofensivas, como antaño se injuriaba momentáneamente al rey a fin de hacerlo reír. Se pone así de manifiesto que suspender una ley cualquiera no es lo mismo que destituir la ley. Así pues, hacer secesión con el orden global de gobierno es hoy un gesto de constitución posible de formas-de-vida heterogéneas y polimorfas que vuelven inoperantes las obras de la economía y del derecho. Y es tal vez, también, la única manera de liberar un espacio de su ser-provincia-para-el-Imperio, de que cada uno de los movimientos que acontecen en su seno esté dictado sincrónicamente por el tempo global del capital.

Una política sin reacción sabe entonces que luchar coincide íntegramente con perforar, abrir brecha, girar la guerra civil y el estado de excepción a nuestro favor, introducir la separación donde el enemigo pretende reducimos a una ilusoria unidad pospolítica. Cuando este momento secesionista de salida queda descuidado, el actuar político se coagula en militantismo: los «proyectos de liberación» sustituyen a las prácticas de libertad, las únicas en las que se experimenta aquí y ahora una felicidad activa, independiente en su plenitud de aquello que no depende de nosotros, el reino metropolitano de la separación. La confusión de quienes se dirigen no contra el poder o el orden jurídico en cuanto tal, sino contra una determinada figura histórica suya, permite que sobrevenga siempre una nueva recomposición del mando. Ya en la década de 1970, en una discusión con otros operaístas, Tronti lo formulaba de manera certera: «La clase obrera, sobre la base de la lucha dentro de la relación de producción, puede vencer solo ocasionalmente. Estratégicamente no vence, sigue siendo clase y en todo caso clase dominada», Lo estratégico, para nuestra victoria, radica por tanto en dejar de ofrecerle al poder soberano, desde el primer momento, un punto de apoyo reconfortante, en arrebatarle cualquier posibilidad de que nos inscriba dentro de su dominio a fin de que este se fortalezca en la misma medida en que nosotros perdemos fuerza política. Esto nos reenvía a la cuestión de la construcción del Partido, no como organización esclerosada donde las diferencias se anulan para alcanzar una síntesis final, sino como plano de consistencia que agrupa transversalmente la pluralidad de formas-de-vida que se organizan fuera y en contra del capital, «manifestando la heterogeneidad del elemento anárquico y anómico que el Estado moderno no puede abolir, para dejarlo actuar como potencia puramente destituyente» (Agamben, El uso de los cuerpos). Secesión y autonomía son, en este sentido, los operadores políticos de este partisanismo destituyente.

En su administración del estado de cosas presente, el cadáver metropolitano retiene toda explosión de tal elemento, conservando o revolucionando de mil maneras posibles unas condiciones miserables de existencia que destruyen la posibilidad de cualquier encuentro, de cualquier fuga o ruptura: departamentos atomizados de 5 por 5 o jornadas auschwitzianas en el transporte público maquinan sin cesar para impedir toda forma resuelta de secesión. La «tolerancia» del orden presente es así la cosa mejor repartida en este mundo, entre individuos que están siempre ocupados pensando en llevar adelante «su» vida antes que en concentrar sus fuerzas en la construcción común de una autonomía real: «Los hombres, que de pronto se sienten iguales, no han llegado a serlo de hecho y perdurablemente. Vuelven a sus casas separadas, se acuestan en sus propias camas. Conservan su propiedad, no renuncian a su nombre. No repudian a los suyos, no escapan de su familia» (Canetti, Masa y poder). En cuanto a los momentos de «solidaridad» militante con alguna lucha —localizada preferiblemente al otro lado del planeta o propia de las minorías que son tenidas por más lejanas—, vemos cómo aquella se reduce a un acercamiento moral, consistente en acciones simbólicas y una denuncia distanciada de «su» situación, sin jamás agregarse y conspirar conjuntamente para entrar materialmente en contacto. Vencer la soledad organizada por la metrópoli coincide así con la elaboración de unas densidades afectivas y unos modos de convivialidad más fuertes que toda las necesidades presupuestas-producidas por el paradigma de gobierno, que hacen de nosotros unos lisiados y nos separan de nuestra propia potencia. Se trata por tanto de procurarse una presencia íntegra a partir de la cual podamos organizamos para tomar de nuevo en nuestras manos cada uno de los detalles de nuestra existencia, por ínfimos que sean, porque lo ínfimo es también dominio del poder. En su conjunto, esto pasa necesariamente por el quiebre de las individualidades y las masas metropolitanas; pasa, pues, por el encuentro con los aliados y la conformación de un nuevo pueblo donde los afectos y los saberes autónomos expulsen de entre nosotros a todo «experto» en gobierno y biopolítica. En otras palabras, la construcción del Partido coincide, por un lado, con la conformación de un «Nosotros» que resuene también cuando alguien dice «yo» y, por el otro, con hacer consistente lo más radical de esta época, para devenir en común una fuerza histórica autónoma que no comparta nada con el capital.

Consejo Nocturno

Publicado originalmente en Consejo Nocturno. Un habitar más fuerte que la metrópoli. Pepitas de Calabaza, 2018

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