Habitar, es decir, DESTITUIR EL GOBIERNO

by • 13 julio, 2020 • Antidesarrollismo, Artículos, Ciudadanismo, Coyuntura política, Estado, Geopolítica, Liberación animal y de la Tierra, Organización, Poder, Teoria política, Trabajo, UrbanismoComments (0)597

Ilustración de Clifford Harper

Antes que la teoría, iniciativas de pueblos indígenas como el Congreso Nacional Indígena o las comisiones zapatistas de encuentros internacionales han comenzado a desbaratar los poderes metropolitanos de separación, experimentando y poniéndose en contacto con aquello que Benjamin llamaba la «tradición de los oprimidos». Encuentros que conectan la generalidad de estas luchas con una historia de colonización, con cinco siglos de despojo de tierras y bienes comunales, cinco siglos de dominación, explotación y discrinünación. Kiko, guerrero del pueblo taino, interviene así dtirante el Encuentro de Pueblos Indígenas de América de 2007 organizado en Vícam, territorio combativo yaqui: «El hombre blanco jamás ha sido confrontado por todos los indígenas juntos. Durante años, cada pueblo se ha enfrentado a él de manera separada, y a pesar de eso, le hemos hecho sufrir daños considerables. Han sido batallas individuales, pero la verdadera guerra vendrá cuando todos nuestros guerreros se junten de norte a sur, de este a oeste. […] Nosotros creemos en las profecías de nuestros ancestros, que dicen que el tiempo de purificación está llegando. Creemos que ya es tiempo de que nos alineemos con los huracanes, las inundaciones, las ventiscas, los tor nados y los tsunamis. El solo hecho de ser indígenas no nos garantiza una entrada para el próximo mundo, solo los que luchan podrán sobrevivir». La atención que las comunidades indígenas prestan a la tierra y los territorios como cotistitutivos de sus formas de vida aún tiene mucho que enseñar al «utopismo» de los militantes metropolitanos y, más decisivamente, a cualquiera que se proponga orientarse en sentido revolucionario. Es sabido que los pueblos de comuneros indios colocan siempre la tierra en el centro de los cuatro elementos fundamentales de su forma-de-vida comunal, pues,sin ella,los otros (el tequio, la asamblea y la fiesta comunales) no serían posibles: «Del seno de la tierra brotamos, ella nos provee de frutos para nuestro sustento y nos guarda en sus entrañas cuando morimos. […] La tierra es la que nos comuna, tanto a los jaa’y [humano en lengua mixe] como a estos y los demás seres vivos. La sociedad egoísta, privatizante, despótica, autoritaria, monetarista es la que mejor puede hacemos entender la comunalidad, porque se trata de su contrario» (Floriberto Díaz,«Principios comunitarios y derechos indios»). Cabe pensar que es esta atención a la tierra lo que ha permitido que sus principios comunitarios perduraran hasta la fecha, a pesar de cinco siglos de opresión. Perdurar no en cuanto «conservar», pues sería un error pensar que se trata de comunidades inmutables, que se han mantenido idénticas, al margen del paso del tiempo, como una pieza de museo. La dimensión comunal de estos pueblos no consiste en uina naturaleza biológica o culturalmente preconstituida, sino, más sencillamente, en un conjunto de prácticas inmemoriales y singulares a través de las cuales se hace posible la vida propia, autónoma.

«Tierra y libertad» es una intensidad que, ayer como hoy, ha atravesado y seguirá atravesando levantamientos populares en todas partes del mundo. Lo que en ella se juega es el fortalecimiento de ese dominio vernáculo en el que las tierras, los usos, las costumbres, las construcciones, las técnicas, las lenguas, los saberes y los recuerdos conforman un archipiélago autónomo que, situado siempre en las exigencias más propias de las formas-de-vida agregadas en comunidad, no puede ser objeto de intercambio ni adquirido en ningún mercado. La sustitución abstracta de espacios y de tiempos bajo el capitalismo choca así, en cada una de sus avanzadas, con esos pueblos situados, que son descalificados con lamentos en contra de su «resistencia al cambio», en contra de sus formas-de-vida demasiado «fijas»: «Son una horda de apegados,se condenan a una vida de subsitencia. En su negativa no conseguirán otra cosa que balcanizarse, perdurar en el subdesarrollo. Exigimos al Estado en turno no pasar por alto esa ilegítima autonomía y poner las cosas en orden para la entrada de una democracia tecnológicamente administrada. Y esto por su propio bien, pues representan potencialmente una fuerza separatista para su nación». En contacto con estas historias, quienes crecieron en metrópoli se saben hoy desprovistos de un ethos de raigambre similar a la de los pueblos indígenas, de toda tradición en la cual estén de inmediato inmersos y que se manifieste ya en los mismos atuendos que visten, en los modos de trato y de reciprocidad más cotidianos o en las armas que empuñan y fabrican. Lo cual nos remite de nuevo a la historia del proceso moderno de disociación entre los humanos proletarizados y sus condiciones de vida, llaga originaria de las sociedades occidentales. Se trata también de la historia del fin de las comunas de la Edad Media europea, cuando las nuevas potencias estatales se propusieron acabar con aquellas ciudades, comarcas y gremios que fueron constituidos, a veces tras largas y violentas luchas, como zonas libres y autónomas con respecto a los poderes señoriales. Tal destrucción va de la mano de la apropiación de tierras comunales por los terratenientes y los Estados, que alcanzó tal vez su estado actual ya en el siglo xix, cuando «se perdió,como es lógico, hasta el recuerdo de la conexión que existía entre el agricultor y los bienes comunales» (Marx, El capital). La formación de la clase obrera barre desde entonces con todo comportamiento plebeyo, con toda reticencia al trabajo y a ser gobernado, con todo anclaje territorial autónomo.

La política que viene se discierne, por tanto, por la recuperación del nexo fundamental entre habitantes y territorios. En cada sobresalto insurreccional aparece una nueva época histórica, desde el Kurdistán hasta Chiapas, pasando por la formación de una comuna en la plaza de una ciudad o por una tropa de nuevos comuneros en secesión con sus sociedades «avanzadas». En cada uno de estos momentos, el nihilismo metropolitano —especialista en devastar el camino de uno a otro, es decir, la amistad— se ve bruscamente desbordado, cuando se da la espalda a esas tecnologías que organizan insensiblemente nuestras vidas y se actualiza la facultad más elemental y política de todas: el hacer autónomo, un hacer sin ellos que coincide íntegramente con la constitución de una forma-de-vida. Se comprende entonces la función esencial que juega el habitar para volver sobre la tierra, que en su plenitud hace aparecer un más allá de la metrópoli, un más allá en el que cabe perseverar. Habitar es devenir ingobernable, es fuerza de vinculación y tejimiento de relaciones autónomas. Es perfeccionamiento de la alegría de contemplarse a sí mismos y la potencia propia de actuar, lo cual quiere decir que fuera de la conexión con este orden de cosas no solo no hay esa penuria económica que los poderes que gobiernan enarbolan para seguir gobernando, esa «guerra de todos contra todos», ese caos que no es más que un reflejo del despotismo imperial, sino la posibilidad de una abundancia de medios compartidos, su puesta en común por personas que han aprendido a vivir-y-luchar juntas: «La furia de la revuelta —dice el camarada Marcello Tari— no está separada de la inteligencia que construye la posibilidad de vivir de otra manera. La cooperación vivida en el sabotaje de la metrópoli es la misma que es capaz de construir una comuna. Saber levantar una barricada no quiere decir mucho si al mismo tiempo no se sabe cómo vivir detrás de ella». Destituido insurreccionalmente el cadáver metropolitano, no solo no sobreviene ninguna catástrofe, sino que se pone un freno decisivo a la catástrofe que ya está aquí.

En este sentido, el mérito de los escritos de Raúl Zibechi radica en que ha sabido rastrear múltiples ocasiones en que el pueblo aparece, a expensas de un gobierno que no maniobra sino para triturarlo, hacerlo miserable, contener la revolución. Del modo más provechoso, Zibechi dirige su atención no a los «grandes procesos desde arriba» que se han dado en América Latina y que solo interesan a los catecúmenos de una nueva hegemonía de izquierdas, sino a los barrios o zonas de excepción relegadas sistemáticamente de todo amparo gubernamental, en los que la vida comienza a organizarse en los orificios, en los que la cooperación y la compliadad detonan y las arquitecturas que estaban dispuestas para ahogar a la gente más y más en la desventura son desbordadas, dándose usos impensables de ellas, malográndose así los fines para los que habían sido previstas. Así, por ejemplo, esa comunidad de Chico Mendes, que ha transformado una favela en Río de Janeiro entregada antes al narcotráfico y la violencia en una zona que ha expulsado la ocupación policial y que es capaz de organizar autónomamente las redes de distribución de agua y de electricidad, pero también la educación, la vivienda y la diversión de cerca de 25.000 habitantes, tomando de nuevo en sus manos aquello que la esfera política había monopolizado y separado para institucionalizarlo: «Todos los trabajos que realizan, desde el deporte hasta las escuelas y los grupos de inversión, o sea, todo lo que es construcción de comunidad, tiene como norte la creación de poder popular. Con una doDle vertiente: que sean iniciativas por fuera del mercado y del Estado (no reciben nada de los gobiernos) y que las gestionen los mismos miembros del movimiento de forma colectiva. […] El trabajo de hormiga de todos los días puede parecer poco, pero saben que no hay otro camino». Entre las ruinas del desastre de la vida metropolitana aparece entonces un habitar, una reconquista de presencia sobre el mundo.

Consejo Nocturno

Publicado originalmente en Consejo Nocturno. Un habitar más fuerte que la metrópoli. Pepitas de Calabaza, 2018


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