El teletrabajo enajenado

by • 9 julio, 2020 • Artículos, Coyuntura política, Economía, Estado, Poder, Técnica, TrabajoComments (0)343

“El trabajo [asalariado] es, por su esencia, una actividad no libre, inhumana e insocial, condicionada por la propiedad privada y creadora de propiedad privada. La abolición de la propiedad privada no se hará realidad hasta que no sea concebida como abolición del trabajo”.

Karl Marx, Sobre el libro de Friedrich List ‘El sistema nacional de economía política’, 1845.

“Bajo las condiciones de la propiedad privada [el trabajo] es enajenamiento de la vida, pues yo trabajo para vivir, para conseguir un medio de vida. Mi trabajo no es vida”.

Karl Marx, Cuadernos de París, 1844.

I

En las últimas décadas, como consecuencia del desarrollo de la automatización y de la microelectrónica, el teletrabajo venía anunciándose cada vez más como la forma de trabajo por excelencia de un futuro que parecía lejano, pero que hoy aparece bajo la forma de un presente cada vez más catastrófico. En efecto, la pandemia mundial de coronavirus –una manifestación particular de la debacle ecológica mundial actualmente en curso- ha puesto a teletrabajar a millones de seres human@s. Este proceso de artificialización sin precedentes en la historia del trabajo alienado, no debe ser tomado como una medida excepcional que prontamente será abandonada una vez que se retorne a la “normalidad”. En primer lugar, porque esa normalidad jamás volverá -ya se perfila en todos los Estados del mundo occidental el neologismo “nueva normalidad” como la referencia por excelencia a la militarización de la sociedad y al trabajo a distancia-, y, en segundo lugar, porque la generalización del teletrabajo era un proceso que venía desarrollándose progresivamente hace al menos una década, y que hoy ha recibido un empujón debido al contexto de crisis mundial. El teletrabajo no tiene nada de anormal, sino que es parte de una tendencia histórica inmanente a la producción capitalista: el reemplazo del trabajo vivo por maquinaria, una tendencia histórica del capital que convierte al trabajo humano en un elemento cada vez menos determinante en la producción material al lado del desarrollo de la ciencia y de la tecnología que domestican las fuerzas naturales.

En el teletrabajo vemos una agudización de todas las características propias de la producción mercantil[1]: 1) la degradación de la totalidad del mundo humano objetivo e histórico a la abstracción, la reducción de todos los productos de la actividad humana, y la actividad humana misma, a valor. 2) Lo físico, lo material y sensible, como envoltorio de lo suprasensible y, por consiguiente, la inversión de lo real: la especie humana esclava de sus propias creaciones. 3) El trabajo privado, desvinculado de la comunidad y realizado, por tanto, sin tener como objetivo la satisfacción de necesidades humanas sino la producción de valor, aparece y se presenta a sí mismo como trabajo directamente social. En resumen: la mercancía como organizador universal de la sociedad bajo la forma consumada del dinero y del capital, es decir, del valor que se valoriza a sí mismo. En nuestra época, se ha realizado empíricamente la comunidad material del capital a escala planetaria, y ya preparándose para traspasar en las próximas décadas la frontera que separa al planeta tierra de los planetas, satélites y asteroides más cercanos. El principio del fetichismo de la mercancía, que convierte a los seres humanos en simples cosas, y que termina por humanizar a las mercancías, encuentra su realización plena en una sociedad en que un número creciente de actividades pueden realizarse “a distancia”.

Si todas las fuerzas técnicas de la economía capitalista deben ser comprendidas como operantes de separaciones, en el caso del teletrabajo se trata de la administración misma de lo separado en tanto que separado. La integración de l@s teletrabajador@s asalariad@s en el sistema debe recuperar a los individuos en tanto que individuos aislados en conjunto. En el teletrabajo, el principio inhumano que rige esta sociedad -el sometimiento de la vida social real a la lógica despótica del valor-, alcanza un nuevo grado de degradación de la vida humana con el fortalecimiento de la atomización y separación de los individuos propios de la división capitalista del trabajo. Algun@s ven en el trabajo solamente la precarización de la vida, la verdad es que se trata del triunfo cada vez más consumado de la proletarización del mundo, que la producción mercantil llevaba potencialmente en sus entrañas y que se ha constituido empíricamente en comunidad material planetaria desde mediados del siglo pasado. En efecto, el teletrabajo -tal como el trabajo asalariado “presencial”- es la realización moderna de la tarea ininterrumpida que salvaguarda el poder de clase: el mantenimiento de la atomización de los trabajadores que las condiciones capitalistas de producción reagrupan en torno a los núcleos de valorización de las grandes ciudades. La revuelta de octubre en la región chilena, que se insertó en un contexto global de revueltas proletarias en diferentes continentes, demostró que el aislamiento social en medio de las grandes muchedumbres propio de la vida en las megalópolis del capital  contiene peligrosamente el germen de la rebelión, sobre todo a medida que las continuas revoluciones científico-tecnológicas del capital aumentan considerablemente las masas de humanidad sobrante -de proletariado superfluo e inempleable- que se agrupan en las periferias de todas las grandes urbes del planeta.

Sin embargo, la generalización del teletrabajo asalariado no es en modo alguno una conspiración dirigida en secreto por los capitalistas con el fin de aislar aún más a los seres humanos, sino que es una necesidad concreta para la realización de la valorización del capital en nuestra época: es, como dijimos más arriba, una consecuencia necesaria de la revolución científica y tecnológica incesante del modo de producción específicamente capitalista y, por tanto, del carácter cada vez más científico que toma la producción en general. Solamente desde esta perspectiva, en cuanto a que refuerza aún más la competencia y somete a la humanidad proletarizada a condiciones de supervivencia aún más duras, es que el teletrabajo se convierte en una herramienta de la dominación de clase. En otras palabras, el teletrabajo no es, sino, el corolario necesario de la lógica propia del trabajo asalariado en la época de la organización cibernética de la producción capitalista. Es, dicho en términos hegelianos, la coincidencia histórica de la esencia del trabajo asalariado con el fenómeno sensible, la concretización material del concepto mismo del trabajo enajenado que inherentemente contenía el distanciamiento de los seres humanos del producto de su trabajo, y el aislamiento y extrañamiento de los propios seres humanos entre sí.

II

El capital, en tanto modo de producción social, alcanza históricamente su dominación real cuando logra reemplazar todas las premisas sociales y naturales previas con sus propias y particulares formas de organización, las cuales median ahora la sumisión del conjunto de la vida física y social a las necesidades reales de la valorización. De allí resulta la aparente inercia del proceso de producción capitalista, que es consecuencia de la generalización de la producción mercantil como organizadora universal de la vida social, que somete toda la vida humana y natural al imperativo de la valorización incesante del capital.  La incapacidad de la revuelta de octubre en la región chilena para subvertir efectivamente la sociedad a la cual criticaba, fue la manifestación más clara de este “poder oculto del capital” que resulta del automatismo social propio de la forma valor de la mercancía, y del sometimiento de la humanidad en su conjunto a la mediación de la mercancía para la producción efectiva de su vida.

En resumen, darle al metabolismo social de la especie un carácter científico, tal es la tendencia histórica de la producción capitalista. No obstante, en una época en que la humanidad hace tiempo ha rebasado el potencial productivo para convertir el hambre y la muerte por enfermedades curables en vestigios de un pasado obsoleto, las viejas miserias de la especie humana reviven sobre una nueva base, la base de la supervivencia ampliada. En efecto, el potencial esclavizador y alienante del teletrabajo -y del necesario trabajo no virtual – es tanto mayor que el trabajo en la línea de montaje fordista o que el trabajo en la fábrica del s. XIX, y la razón de todo ello es que, en nuestra época, particularmente con el reemplazo de trabajo humano por el sistema automático de la maquinaria, la mercancía ha derrumbado también las barreras de la casa y ha esclavizado al trabajador en la totalidad de su intimidad. Ya no existe un afuera de la productividad: la mercancía sigue siendo, casi 200 años después del Manifiesto Comunista, esa artillería que derrumba todas las murallas chinas, y que hoy termina por derrumbar la barrera cada vez más difusa entre la vida privada y el tiempo de trabajo que se encontraba realizada empíricamente con la proletarización de la mayoría de la especie humana en los últimos 100 años. Así, el teletrabajo termina por consumar esa tendencia a convertir el tiempo de ocio en tiempo productivo, que ya era una realidad con las vacaciones y con la generalización del consumo de mercancías como un elemento esencial en la vida de la sociedad capitalista moderna.

En una primera instancia, el teletrabajo es vendido como una ventaja para l@s trabajador@s, pues permite trabajar “desde el hogar” en cercanía con la familia y/o los seres querid@s, pero la realidad dista mucho de ser tan elogiosa con l@s trabajador@s. En efecto, el teletrabajo produce maravillas y enormes ventajas organizativas para l@s ric@s, pero miseria para l@s teletrabajador@s. Produce informes, cálculos, educación y entregas con drones para quienes pueden comprarlo[2], pero también produce ansiedad, fatiga y estrés en l@s teletrabajador@s. Tal como Marx constataba hace ya más de 150 años: “[el trabajo asalariado] sustituye el trabajo por máquinas, pero arroja una parte de los trabajadores a un trabajo bárbaro y convierte en máquinas a la otra parte. Produce espíritu, pero origina estupidez y cretinismo en el trabajador”. Es justamente esa la realidad de quien teletrabaja, el formar parte de un metabolismo orgánico disperso que se realiza a espaldas, de forma anónima, a su vida: trabaja a distancia, y ha perdido el contacto físico con el objeto de su trabajo. No solamente se enajena el producto de su trabajo, sino que su actividad misma adquiere un carácter virtual. El colmo de esta servidumbre es que ya solo en cuanto teletrabajador/a puede mantenerse como sujeto físico y que sólo existe como sujeto físico en la medida en que existe como teletrabajador/a. Sobra decir que esta es justamente la realidad de la humanidad proletarizada desde los albores mismos de la producción capitalista, pero aquí analizamos justamente lo novedoso del fenómeno del trabajo que se encuentra en esta agudización de la enajenación contenida en la lógica del trabajo asalariado y que se realiza en el teletrabajo.

La producción misma se vuelve aquí la enajenación activa, la enajenación de la actividad y la actividad de la enajenación. El teletrabajo no permite el escape, la distracción -o más bien ésta sólo existe como un momento dentro del teletrabajo-, puesto que se encuentra incrustado dentro del tiempo vital de l@s teletrabajador@s. Est@s al encontrarse confinad@s, al trabajar en sus casas, han perdido la capacidad de administrar su propia vida, porque deben cargar con el peso de reproducirse como teletrabajador@s, al mismo tiempo que el teletrabajo se vuelve una jornada de trabajo cada vez más difusa que supera con creces los límites del trabajo presencial. No conoce límites o, más bien, sus límites son el escaso descanso que permite y la disponibilidad de la conexión. Tal como ya sucedía con el trabajo asalariado en su formato “presencial”, la actividad de quien teletrabaja pertenece a otr@s, es la pérdida de sí mism@.

Hay, además, una distorsión del tiempo como resultado de la prolongación efectiva de la jornada laboral, puesto que ya ni el día, la noche o el cansancio son barreras para la realización del trabajo asalariado. Hay aquí una continuidad y una ruptura con la organización del trabajo capitalista propia de épocas anteriores de la producción. Por un lado, hay una continuidad en la medida en que la tendencia de hacer la noche día, o más bien la tendencia del capital de hacer productivas las 24 horas del día terrestre, es una realidad desde que se constituye el trabajo fabril. El capítulo VII de El Capital es abundante en ejemplos acerca de las miserias del trabajo asalariado en la época en que se introduce masivamente la maquinaria en la industria, y de la explotación infantil intensiva y prolongada que era propia de este momento histórico de la producción capitalista. No obstante, a medida que el modo de producción capitalista subsume cada vez más esferas de la vida social, subyugando a la ciencia y la tecnología como poderosos poderes sociales al servicio de la valorización del capital, vemos una progresión en la deshumanización del trabajo asalariado, en cuanto a que los límites de la jornada laboral y los tiempos productivos se extienden efectivamente con el desenvolvimiento acelerado de la industria y del desarrollo de nuevas fuentes de energía. Tal como advertía Robert Kurz en Luces del Progreso: “El capitalismo propende a convertir en totalidad el lado activo y solar, ocupando el día astronómico entero. El lado nocturno es un estorbo para esa tendencia. La producción la circulación y la distribución de las mercancías deben funcionar a todas las horas sin interrupción”. Por consiguiente, la ruptura radica en aquello que el teletrabajo posee de inédito, y es la virtualización efectiva del trabajo humano, la cual podemos comprender como la producción histórica de la organización y de la forma del trabajo asalariado que es propia de la sociedad capitalista en una de sus fases más elevadas de desarrollo.

Como resultado de todo esto, la ciudad, en tanto que organización técnica del aislamiento y de la vida social con vistas a la valorización del capital, converge efectivamente con el desarrollo de la maquinaria moldeada por los imperativos de la valorización. Es cierto que, al menos desde el siglo XIX en Europa occidental, la maquinaría subsumida por el capital se comporta como un medio para la succión de trabajo vivo, como instrumentos en la absorción de trabajo ajeno y, por tanto, elementos claves en el desarrollo del modo de producción específicamente capitalista al dotar a este de los presupuestos técnicos y materiales para la más efectiva producción de plusvalor con la explotación del trabajo vivo de la humanidad proletarizada. Sin embargo, en este siglo XXI que ve el comienzo de la generalización del teletrabajo, la vivienda proletaria realiza efectivamente la pesadilla urbanística de ser una “máquina para habitar”, puesto que ahora un ejército creciente de teletrabajador@s tiene en su propia casa una máquina que absorbe su trabajo, que extiende la jornada laboral hasta los límites biológicos y con frecuencia los traspasa y que, en suma, se ha constituido como un instrumento para la succión del plustrabajo.

Por otro lado, no debemos olvidar que el capital total que una sociedad pone en movimiento día por día, puede considerarse como una jornada laboral única. Dada cierta duración de esta jornada laboral, sólo se puede aumentar la masa de plusvalor si se acrecienta el número de proletari@s, el límite de la población configura aquí el límite matemático para la producción de plusvalor por el capital social total. Y a la inversa. Estando dada la magnitud de la población ese límite lo conforma la prolongación posible de la jornada laboral. En una época como la nuestra que conoce  las miserias propias de una crisis generalizada del valor, de una dificultad creciente del capital para valorizar el trabajo vivo, vemos que justamente la contrarrevolución de nuestro tiempo adopta, entre otros factores, la forma de la prolongación de la jornada laboral por obra de la virtualización del trabajo y, por tanto, aboliendo empíricamente la jornada astronómica como referente de la temporalidad, y sustituyendo esta por la temporalidad abstracta de la explotación del trabajo humano que conoce horas, minutos y segundos, pero que al mismo tiempo carece de límites temporales.

La enajenación de la actividad vital se encuentra consumada en el teletrabajo, en el cual el ser humano ha perdido toda realidad, y su actividad productiva se reduce a una actividad realmente abstracta, desconectada de cualquier carácter concreto. En el teletrabajo, l@s trabajador@s se limitan a producir para subsistir, lo que ya era esencialmente el trabajo asalariado, pero se le añade la particularidad de que jamás abandona su puesto de trabajo. Así, de una forma completamente novedosa, el sistema de camas calientes[3] es revivido -o más bien se extiende- en pleno siglo XXI por obra del teletrabajo que puede ser realizado desde la propia cama o mientras se toma desayuno. Quienes desde hace más de un siglo critican a la economía política como el triunfo consumado de la negación de lo humano no se equivocaron: la felicidad como castración, he allí el máximo logro de la industria capitalista moderna, que en las primeras décadas del siglo XXI ha logrado convertir efectivamente a l@s seres human@s en átomos de valorización en todos los momentos de su ciclo vital.

III

La contracara del teletrabajo es el bárbaro trabajo presencial, especialmente aquel que se realiza con las manos. Si bien mencionábamos que el teletrabajo y su expansión son resultado del desarrollo científico de la producción capitalista, este mismo desarrollo científico tiende, a su vez, a desvalorizar cada vez más el trabajo humano. Esto se traduce en la precarización creciente de las condiciones de trabajo de masas cada vez más extensas de trabajador@s no cualificados. En un mismo movimiento y causa de la misma necesidad de valorización, el capital puede confinar en sus hogares a millones de proletari@s mientras l@s pone a trabajar y, a la vez, lanzar a las calles a miles de millones más a realizar los trabajos más nocivos y superfluos; precisamente aquellas labores en las cuales el capital considera que es más barato alquilar proletariado sobrante antes que introducir maquinaria. Así, l@s llamad@s “trabajador@s esenciales” son al mismo tiempo la expresión realizada de la inesencialidad del ser humano en esta sociedad, puesto que son desechables y rápidamente sustituibles. Es absurdo: la sociedad nunca ha sido tan sociedad del trabajo como en un momento en que el trabajo deviene materialmente cada vez más innecesario. De esta manera, la humanidad sobrante para el capital debe entregarse a la competencia más burda, más bárbara, para conseguir subsistir. Mientras tanto, aumenta la delincuencia protagonizada por las mafias y las policías, quienes de una u otra forma amenazan constantemente la vida de l@s proletari@s, ya sea por la militarización de la sociedad, o porque salir de noche a las calles de las metrópolis constituye un acto cada vez más peligroso en la medida en que policías o criminales suponen un riesgo creciente para la vida. Los hechos lo demuestran: en casi todos los países del mundo, democráticos la mayoría, hay más gente en las cárceles que en cualquier dictadura militar[4]. Y en medio de una pandemia mundial, los escuadrones de la muerte de la economía de mercado matan diariamente a más niñ@s y pobres que a opositores en los peores momentos de represión política. En la región chilena, casi 40 muertos dejaron la represión policial y militar de la revuelta proletaria, pero con la administración empresarial de la muerte ya han cobrado más de 7.000 víctimas.

De esta manera, se hace evidente en nuestro siglo el carácter efectivamente revolucionario del capital -hace tiempo que la crítica radical de esta sociedad comprende que no sólo l@s proletari@s hacen revoluciones-, en tanto que ha logrado abatir efectivamente los límites naturales de la jornada laboral y ha convertido al planeta entero en un campo de explotación de trabajo y de la naturaleza. “Arbeit mach frei”[5], el famoso lema del portón de Auschwitz, podría hoy estar escrito en el cinturón artificial de satélites que rodea al planeta tierra. Sin embargo, este proceso entraña al mismo tiempo una dificultad creciente para el capital de valorizar el trabajo vivo de la humanidad proletarizada, producto del mismo desarrollo tecnológico y científico que ha generado la expansión del teletrabajo el trabajo mismo se vuelve cada vez más obsoleto, lo que da verdaderos quebraderos de cabeza a l@s capitalist@s de todo el mundo cuando la introducción de las nuevas tecnologías amenaza con dejar sin trabajo a decenas de millones de proletari@s. El fantasma de la revolución comunista y del calentamiento global se ciernen como una espada de Damocles sobre la burguesía mundial -y sobre el conjunto de la especie humana-, sobre todo porque esta obsolescencia del trabajo mismo no hace más que volver cada vez más evidente que el comunismo es producido espontáneamente por el desarrollo catastrófico de la forma valor de la mercancía hasta sus últimas consecuencias. El desarrollo complejo y terrible de las luchas de clases hasta nuestros días ha llevado al proyecto revolucionario a devenir visiblemente lo que ya era esencialmente: el comunismo es un plan de vida para la especie humana.

De todo esto se pierde la izquierda “identitaria” y sus simpatizantes progresistas de hoy en día, quienes en la ignorancia que les es natural y en la repetición de fórmulas vacías salidas de la más rancia producción académica, ven en el teletrabajo un “privilegio”, así que exhortan a esta horda de desdichad@s teletrabajador@s a sentirse culpables o, mejor aún, felices, puesto que tienen el insano privilegio de ya no tener que salir fuera de su casa para entrar en el espacio de explotación laboral, mientras que el resto del proletariado -sobra decir que la izquierda identitaria rechaza este y otros conceptos- debe salir a trabajar arriesgando su vida en medio de una crisis sanitaria. Al mismo tiempo, mientras la catástrofe ya está aquí para el conjunto de la especie humana, abogan por acelerar la transición del capitalismo actual hacia formas más ecológicas y, por supuesto, culpan de la desgracia actual a est@s proletari@s tan pasiv@s para con el orden existente que, en vez de consumir comida más sana y ecológica, aún continúan comiendo masivamente comida rápida, carne y tomando duchas largas. De modo que, a falta de una crítica práctica real, es decir, de una acción colectiva que tienda a subvertir realmente la sociedad del capital, la izquierda se contenta con lanzar sus neo-sermones a través de internet, y de paso aprovechan de celebrar que gracias a su “lucha” las megacorporaciones Calvin Klein y Coca-Cola están incluyendo dentro de su batería publicitaria a modelos y logos de la comunidad LGBTQI+. De esta forma, se pierden de todo aquello de novedoso que han tenido las revueltas de la última década y, con mayor razón, ven un triunfo allí donde en realidad el capital ha encontrado el punto débil de los signos precursores del movimiento de negación radical que esta época de catástrofes hace madurar en sus entrañas.

IV

¿Quiénes son l@s capitalistas, sino estas personas que hacen imposible nuestra vida? Millones de personas día a día se levantan de sus camas a freír sus ojos frente a las computadoras, o a arriesgar la salud y la vida en vagones de transporte atochados. No nos conocemos, aún, pero tod@s compartimos el mismo cansancio, la misma ansiedad, la misma desdicha de vivir en un cuerpo y en un mundo que no nos pertenece, pero que creamos cotidianamente sin descanso como una potencia extraña que se vuelve cada vez más amenazante para nuestra supervivencia. En otras palabras, en nuestras casas o en la calle, en el teletrabajo o repartiendo comida en motos, tenemos en común el que nuestra vida se mueve por los hilos invisibles del dinero, el poder inhumano del capital. Y es por ello que l@s capitalistas ven en nosotr@s nada más que números, gráficos, estadísticas impersonales con las cuales se puede hacer lo que se quiere, seres inesenciales a la espera de morir por esta pandemia o la siguiente para descongestionar la asistencia pública y liberar capitales para l@s grandes empresari@s. Ell@s no nos conocen, no saben nuestros nombres, pero administran empresarialmente nuestra vida y, por tanto, son los artífices concretos de nuestra miseria. En este sentido, podemos afirmar que su dominio sobre nuestra existencia siempre ha sido “teletrabajo”, en la medida en que toda la vida cotidiana y nuestros movimientos están condicionados a distancia por la necesidad material de trabajarles para sobrevivir. El trabajo asalariado ha sido siempre, por esencia, no sólo la creación de su riqueza, sino también la creación activa de nuestra propia miseria.

Ahora bien, como puede desprenderse del análisis realizado más arriba, aunque los capitalistas no suelen distinguirse por su amor a la humanidad y al bienestar de la naturaleza, ello se debe no a una “maldad natural” en ell@s, sino a su condición de ser personificaciones de una lógica abstracta que hace aparecer al capitalista como sometido exactamente a la misma servidumbre respecto a la relación del capital, de la lógica de la valorización, aunque de otra manera, que l@s proletari@s. De todas formas, la crítica radical permite entrever que efectivamente los rasgos narcisistas necesarios para triunfar en la competencia mercantil -hoy generalizados a l@s miembr@s de todas las clases-, se acentúan en l@s capitalistas y sus servidor@s armad@s hasta el punto de llegar a lo que la “psicología”[6] actual denomina como psicopatía. No obstante, tal como Marx en su tiempo, debemos evitar el recurso al psicologismo y, por tanto, a la moral, para explicar la realidad social e histórica. El capitalismo no es una conspiración de un grupo de poderosos, sino un sistema social e histórico que aliena el metabolismo social de la especie, y que convierte al valor y su acrecentamiento constante en el principio motor de toda la sociedad, de lo que se derivan las terribles consecuencias que su desarrollo conlleva para la humanidad y la tierra.

No obstante, cada vez que Piñera, Trump, López-Obrador, Sánchez o Bolsonaro transmiten las cifras de l@s muert@s que acumula la gestión capitalista de la crisis, es seguro que en millones de proletari@s corre por las venas una furia vengativa, una rabia sin nombre, especialmente cuando la muerte toca el propio hogar. Sin embargo, una cosa es clara: si bien l@s capitalistas y sus sicari@s merecen estar colgad@s en una plaza pública para ser objetos de escarnio popular, nuestra emancipación no se trata simplemente de exterminar físicamente a nuestr@s enemig@s de clase -la autoemancipación de la especie humana no es una venganza-, sino en emanciparnos de las relaciones sociales que permiten la aparición y el dominio de l@s capitalistas. En otras palabras, abolirnos como proletari@s, abolir la actividad creativa como creadora del capital y de la propiedad privada. Mientras [tele]trabajemos para comprar nuestra vida, mientras que debamos [tele]trabajar para vivir, y vivir para pagar la vida jamás será realmente nuestra vida.

V

“El capital, por su naturaleza, tiende a superar toda barrera espacial. Por consiguiente, la creación de las condiciones físicas del intercambio – de los medios de comunicación y de transporte – se convierte para él, y en una medida totalmente distinta, en una necesidad: la anulación del espacio por el tiempo”.

Karl Marx, Grundrisse, Cuaderno III (1857-1858).

“Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más elevadas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado dentro de la propia sociedad antigua”.

Karl Marx, Prefacio a la Contribución a la Crítica de la Economía Política, 1859.

 

Todo lo dicho hasta aquí tiene consecuencias prácticas para el movimiento de negación radical dentro de esta sociedad, puesto que nos estamos adentrando en una época de reestructuración capitalista mundial donde la cuarta revolución industrial -cuyos adelantos tecnológicos van a acelerar la expansión del teletrabajo-, la atomización, el aislamiento y la hipervigilancia irán de la mano con la destrucción de proletari@s y máquinas. Desde el 2008, se ha hecho cada vez más difícil para el capital mundial recuperarse de las crisis, y solamente lo ha logrado mediante el recurso al desarrollo del capital ficticio. Dado que es imposible establecer mecanismos de mercado que compensen la producción declinante de valor, la crisis del capitalismo ficticio nos aboca a un período histórico caracterizado por dos grandes posibilidades: el colapso del capitalismo producto de la autoemancipación de la humanidad proletarizada, o el despliegue efectivo de la contrarrevolución y la superación del capital de la “frontera espacial”. Estamos viviendo transformaciones profundas en el metabolismo socialmente alienado de la especie, y en este nuevo escenario histórico la generalización del teletrabajo y la degradación hasta lo aberrante del trabajo asalariado presencial serán una tendencia histórica dentro del contexto de las necesidades actuales del capital, las cuales se realizarán, evidentemente, a costa del sacrificio de millones de personas. Es una tarea necesaria del proletariado dilucidar nítidamente el carácter real de la contrarrevolución de nuestro tiempo, y prever las tendencias del futuro inmediato. El punto de partida de esa crítica radical será el esclarecimiento del momento histórico que actualmente nos contiene -una tarea a la que este escrito pretende contribuir-, y la crítica implacable de las debilidades y límites de la revuelta proletaria comenzada en octubre de 2019 en la región chilena y, por consiguiente, del ciclo de revueltas mundiales en el que se insertó.

Marx fue un revolucionario radical que traspasó los límites de su época llevando la dialéctica del capital -la fenomenología del movimiento total del capital como relación social- hasta sus consecuencias últimas: la civilización fundada en el valor, es decir, en la explotación de la humanidad proletarizada, no podrá ser abatida hasta que haya desarrollado todas las posibilidades de desarrollo material y social que se encuentran potencialmente incluidas dentro de esta relación social e histórica. L@s teóric@s del derrumbe, olvidan que Marx daba una serie de alternativas posibles por las cuales el capital podía saltear las crisis sucesivas a las que está condenado el modo de producción social fundado en el valor, y que la irreproductibilidad de la naturaleza terrestre (teoría de la renta de la tierra) puede ser sorteada con la colonización del espacio. La posibilidad del fin de la prehistoria, de la barbarie que es la dominación de la especie humana por la propia especie humana, se desarrollará en medio de un escenario histórico marcado por la convergencia simultánea de la revolución tecnológica que le dará al capital planetario la capacidad de traspasar los límites terrestres (es decir, la industrialización del espacio cercano), la agudización de la debacle ecológica y natural actualmente en curso, la guerra entre las potencias económicas mundiales y la maduración del movimiento proletario y la crítica radical que le es inmanente en un teatro histórico marcado por la catástrofe.

Las revueltas del último tiempo han mostrado, pese a aquellos límites que deben ser implacablemente criticados, que el mundo posee ya el sueño de un tiempo cuya conciencia tiene ahora que poseer para vivirlo realmente. Existe ya en nuestra época la crítica radical de esta sociedad y su condena sumaria junto a su crítica en actos. Ambas han convergido en el espacio y en el tiempo, pero aún permanecen separadas en la consciencia colectiva. La convergencia consciente de ambos momentos de la negación superadora de esta sociedad señalará el prefacio de la constitución de la clase proletaria en unidad orgánica y, entonces, de la toma de posesión efectiva de la realidad social.

Vamos Hacia la Vida

8 de julio del 2020

Fuente: https://hacialavida.noblogs.org


Notas

[1] Las características enumeradas a continuación son propias del trabajo asalariado y constitutivas de la sociedad capitalista en los últimos 200 años. La novedad del teletrabajo radica en la agudización de estas características, y en que la sociedad capitalista tiende a ser de forma creciente un mundo donde las cosas realmente se autonomizan hasta el punto de adquirir movimiento propio o ser manejadas a distancia.

[2] Desde hace algún tiempo la empresa Amazon, propiedad del primer trillonario del mundo (Jeff Bezzos), ha instaurado la modalidad de entregas con drones y de automatización del trabajo como el sello de su empresa. Esto, que es una realidad solamente en algunas partes del mundo, pronto será una regla general dentro de las empresas del mismo rubro y, a fortiori, de la circulación de mercancías en un futuro cercano.

[3] Se conoce por el nombre de “sistema de las camas calientes” a una forma de explotación laboral muy extendida en Asia y América Latina en el que l@s trabajador@ viven, trabajan y duermen en el lugar donde son explotados laboralmente por extensas jornadas. Las “camas calientes” deben su nombre a que cuando un trabajador termina su turno es inmediatamente reemplazado por otr@, el cual cede su cama para el descanso de esta persona hasta que se reinicia el ciclo.

[4] Según datos del 2013 en EE. UU. hay dos millones de presxs que cerca del 25% del total de presxs del mundo.

[5] “El trabajo libera”.

[6] Entre comillas, porque un conocimiento profundo de la psique de la especie humana comprendida en su carácter histórico es algo que, hasta hoy, no es una realidad. Hoy la psicología es una “ciencia social” que colabora profundamente con la patologización de las respuestas nerviosas normales a esta sociedad inhumana.


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