Sobre el contagio de los discursos: No nos salvará la ciencia, ni el estado, ni el capital

by • 12 junio, 2020 • Abya Yala (América Latina), Mundo, Noticias, comunicados y columnasComments (0)485

“Un cuerpo científico al cual se haya confiado el gobierno de la sociedad, acabará pronto por no ocuparse absolutamente nada de la ciencia, sino de un asunto distinto; y ese asunto, el de todos los poderes establecidos, será el de eternizarse haciendo que la sociedad confiada a sus cuidados se vuelva cada vez más estúpida, y por consecuencia más necesitada de su gobierno y de su dirección.”

Mikhail Bakunin

Dios y el Estado

Asistimos a un momento donde la realidad se nos plantea como una dicotomía en la que de un lado están quienes ven en la pandemia del coronavirus el principal problema que actualmente enfrentamos como humanidad, mientras que, por otro, solo se hace hincapié en el avance del control sobre nuestras vidas, con la declaración de la pandemia y la extensión de la cuarentena como excusa perfecta para este fin.

Creemos que, así como es poco probable que el virus sea parte de una conspiración, tampoco es probable que los números de muertos e infectados sean falsos.

Sabemos que hay muchos férreos detractores de la cuarentena que solo añoran la libertad de ver crecer sus ganancias, y que probablemente encuentren la empatía de muchos que preferirán exponerse antes de no poder vender su fuerza de trabajo: tal es la fuerza de la valorización que impone el capital, una sociedad donde no importa que sobre comida, solo comeremos si tenemos dinero para pagarla.

También nos encontramos con teorías extravagantes y discursos incapaces de reconocer que toda esta crisis es bien propia del modo de producción que vivimos, su relación con el hábitat y el modo en que se privilegia la reproducción de capital sobre nuestra salud y la del planeta. No hace falta un plan maquiavélico para que todo esto suceda, todo es propio de un sistema que lleva sus contradicciones al límite.

No tiene sentido que sigamos confiando en el capitalismo y sus instituciones, los números, tanto como las políticas sanitarias, operan bajo la lógica del capital. A pesar de esta realidad, existe entre nosotros una fe en las instituciones que provoca la perpetuación del miedo y la pasividad. Incluso cuando hay un cuestionamiento y se sospecha de la dirigencia y de las medidas tomadas, lo que en el fondo se expresa es la fe en que sí habría una forma mejor de que funcione la sociedad capitalista. “Debemos crear un capitalismo donde todos ganen”, diría cualquier charlatán que guste decir lo que todos quieren escuchar; pero eso no es posible, solo algunos obtienen ganancias en el capitalismo y eso determina profundamente nuestra existencia en esta sociedad.

Esta fe no es producto de nuestra inocencia o falta de voluntad. Dependemos materialmente de esas instituciones y toda nuestra vida está atravesada por ellas, a tal punto que terminamos naturalizando su existencia u olvidando que son parte de los engranajes de este sistema, incluso cuando nos asiste paliativamente con atención médica y alimentos o cuando mejoran el sistema de transporte o ponen más policía en la calle: siempre será para garantizar la reproducción de la economía.

Entramos en un callejón sin salida si nuestro descontento es canalizado por las vías donde se habla el idioma de lo existente, y no porque el estado sea una cueva de gente mala (bueno un poco sí) sino porque es la manera que halló el capital a nivel global de expresar su dominio, en cada región con sus particularidades. En los últimos años, viene manifestándose cierta “desconfianza” en las instituciones, claros ejemplos son regiones como Chile, Francia o las recientes protestas contra la violencia policial racista en los Estados Unidos. Esta desconfianza debe ser capaz de ir más allá y plantearse la necesidad de la abolición de esta sociedad sino queremos solamente redecorar el escenario de la catástrofe del mundo (por más que ese decorado esté hecho con enfrentamientos violentos o espectaculares movilizaciones).

Y no, tampoco esta vez podemos confiar en que nos salve la ciencia –y acá debemos expresar nuestra diferencia con la cita que colocamos al principio de nuestro querido Mijail y su confianza en una ciencia correcta. No se trata de científicos más confiables que otros, o de que estén todos corrompidos por empresas transnacionales. Se trata de comprender que es imposible salvar una forma de entender el mundo separándola de la forma social que la creó.

Más allá de que en algunas cuestiones coincidiremos (en otras no) con la “comunidad” científica – como podemos coincidir con análisis económicos o con críticos del estado que provengan de las ciencias sociales – estas especializaciones son formas que se despliegan en el seno del capital para satisfacer sus demandas y en ese sentido es que se desarrollan.

Claro que los números hablan, pero no sólo podemos evaluar una situación a través de éstos, negando nuestra experiencia y las voces de proletarias y proletarios que manifiestan sus necesidades. Hay cuestiones que no se pueden simplemente cuantificar en muertes, porque hay un trasfondo que es imposible poner en un gráfico. Ni el femicidio, ni el aborto clandestino, ni las muertes por accidentes laborales serían un problema de magnitud si nos guiamos por las estadísticas, ya que porcentualmente no es significativo el número de personas que mueren por esas causas en relación al total de la población. Y, sin embargo, sabemos que la violencia hacia las mujeres es real y preocupante, así como la violencia del trabajo asalariado, nos asusta, nos afecta, nos da rabia. Nuestras luchas no pueden valerse de las cantidades que muestra un gráfico, se trata de la calidad de las vidas y las relaciones que queremos vivir.

Con el coronavirus, la ideología dominante desde los especialistas del estado y las usinas de la comunicación, equiparan, no inocentemente, virus con enfermedad, enfermedad con muerte, vida con consumo y trabajo. No vamos a negar la virulencia del Covid pero tampoco su baja tasa de mortalidad que puede ser aún menor, de confirmarse que en realidad hubo más personas que contrajeron el virus y no presentaron ni síntomas. Esto es lo que confirma que el virus puede estar y puede sernos indiferente tanto por medidas de prevención como por estar fortalecidos inmunológicamente (nuestro sistema inmunológico está tan estrechamente vinculado a nuestro estado de ánimo, a nuestra actividad física, a la calidad de nuestros alimentos, a nuestro buen descanso, que no hace falta decir lo bombardeado que se puede estar ante el exceso de trabajo y veneno al que solemos estar expuestos).

¿Por qué los estados del mundo han optado por parar casi por completo la producción durante semanas enteras aun a costa de perder mucho dinero? No lo podemos decir con certeza, pero sí han sido desde su origen guardianes del capital la memoria histórica de nuestra clase indica que no hay por qué pensar que esta vez se trata simplemente de cuidarnos. Del mismo modo nos podríamos preguntar por los beneficios económicos de la cuarentena, en cuanto a las posibilidades que otorga el teletrabajo en beneficio de las empresas y la precarización laboral.

Frente a todo esto, empujados por el miedo y el bombardeo mediático, estamos entrando en una nueva etapa donde, los consejos de la ONU, la OMS, los estados y las grandes corporaciones farmacéuticas encuentran un inusitado respeto, son la nueva Santa Iglesia Católica que nos dice cómo hay que vivir y quien dude o cuestiones sus discursos es considerado un hereje.

Denunciar las ventajas que en esta situación obtienen estos enclaves que organizan las fuerzas laborales para el capital son actitudes “conspiranoicas” incluso para algunos compañeros. ¿En qué momento dejamos de ver en la policía una fuerza de control y represión para aceptar que ahora patrullan masivamente las calles porque nos están cuidando?

Aunque la burguesía no actúa como un solo cuerpo, es innegable que existen sectores de la misma organizando y reorganizando la sociedad, que advierten el desarrollo de situaciones y reaccionan ante las mismas, incluso contradictoriamente entre distintos sectores de la producción, las finanzas o representantes del estado.

Los procesos organizados existen ¿O vamos a negar también que, por ejemplo, en los 70 en América Latina hubo un PLAN SISTEMÁTICO de desapariciones, asesinatos y apropiación de bebés? No podemos entender esos hechos como una conspiración fantasiosa, sino como la coordinación de un conjunto de intereses, para el desarrollo del capital, que significó la masacre y desaparición de cientos de miles de personas y la imposición de una “nueva normalidad” en los países de la región.

Sí, el capital adopta diferentes formas de administrar recursos (entre ellos los humanos), pero hay mandos que toman y dirigen esas decisiones. No es un despersonalizado mandato de la ganancia ni una mano invisible enemiga. Las formas sociales que van tomando esas manifestaciones del capital incluyen esas formas que se insisten en defender. Y el relato científico es una de ellas.

La Caldera


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