«Si ESTO ES UN HOMBRE»

by • 30 junio, 2020 • Antidesarrollismo, Artículos, Ciudadanismo, Coyuntura política, Estado, Poder, UrbanismoComments (0)179

Imaginen una gran metrópoli que cubra cientos de kilómetros cuadrados. De ser un componente vital para las economías nacionales en otro tiempo, este inmenso medio urbano es ahora una vasta colección de edificios obsoletos y derruidos, una inmensa caja de Petri que contiene enfermedades tanto viejas como nuevas, un territorio donde el imperio de la ley ha sido remplazado por algo cercano a la anarquía en donde la única seguridad posible es aquella que se logra a través de la fuerza bruta. […] Sin embargo, esta ciudad aún estaría conectada globalmente. Tendría al menos un mínimo de nexos comerciales, y algunos de sus habitantes tendrían acceso a las tecnologías de comunicación e informática más modernas dd mundo. En efecto, sería una ciudad feral.

Un comandante de la marina estadounidense en 2003

El tan cacareado planning metropolitano, a cuyo paso no queda nada sino un mismo desierto que residía imposible habitar, se propone realizar un viejo sueño vanguardista: ver todos los espacios donde transcurre la vida transformados en pura estética, unificados al fin arte y vida cotidiana en una contemplación espectacular sin fin. De ahí el proceso de museificación del mundo que tiene lugar tras la captura consumada de los lugares y su uso: «Museo no designa aquí un lugar o un espacio físico determinado, sino la dimensión separada a la que se transfiere aquello que en un momento era tenido por verdadero y decisivo, pero no lo es más. El Museo puede coincidir, en este sentido, con una ciudad entera (Évora,Venecia,declaradas por esto patrimonio de la humanidad), con una región (declarada parque u oasis natural) e incluso con un grupo de individuos (en cuanto que representan una forma de vida ya desaparecida)» (Agamben, «Elogio de la profanación»). Con el mundo alienado en Museo se completa la destrucción de todo uso posible. Vivir «a distancia» es el único modo de comportamiento aceptado bajo la metrópoli: es la experiencia del espectáculo, del turismo, de la visita al mall o a cualquier otra esfera donde el uso y la alteración sustancial de las cosas quedan cancelados por la interferencia de una vitrina. Con la arquitectura del mall y sus vitrinas transparentes, se borran de manera ficticia las fronteras entre afuera y adentro, radicalizando así la más demoniaca de las religiones: con fragmentos estériles que se reunifican separadamente como totalidad orgánica, el «espectáculo de la vida» acaba por convertirse en la vida del espectáculo. La metrópoli supervisa así un constante exilio interior: un desplazamiento entre el ser y el estar, un paso de la presencia a la mera representación. La vivienda, el trabajo, el entretenimiento, el gimnasio, el restaurante, todo se exhibe detrás de un cristal, ya no para comercializar productos o servicios, sino experiencias, que en cuanto mercancías destruyen, sin embargo, la posibilidad de toda experiencia. Con respecto a los objetos del reino metropolitano de la separación solo está permitido el consumo, es decir, modos exteriores de interacción mercantil útiles para aumentar y sacralizar las separaciones. Cada fotografía tomada por un turista refuerza así su imposibilidad de uso del mundo, de experimentarlo, de habitarlo; es su modo de denegación permanente de lo que está ahí y de que el está ahí.

Tamaña miseria solo puede ser soslayada delegando diariamente la vida entera en instancias autónomas proveedoras de todos los servidos necesarios para el «viajero». El turista no construye ni habita, menos aún piensa, una situación que le fue arrojada desde no se sabe qué oficina de desarrollo turistico: como en un hotel, prefiere que el curso de su vida se desarrolle siempre en «habitaciones mágicas» donde todo se ponga por sí solo en su sitio al tiempo que uno está ausente, reduciéndose la vida a una contemplación de su impotencia de actuar. Dimitiendo existencialmente, la creatura metropolitana es un espectro que sobrevuela su situación, sobreviniéndole a veces la fría sospecha de que tal o cual hotel es exactamente igual que el anterior, desde Hong Kong hasta Moscú y desde Barcelona hasta Nueva York. Pero gira la vista porque, como señala algún crítico de las sociedades llamadas «de consumo», la creatura metropolitana tan solo «aboga por una casa, toda ella proyectada como máquina de confort y cuya primera virtud consiste en dejar a sus habitantes las manos libres para el consumo Así se concentra el modernismo occidental en el mito del departamento, donde el individuo liberado, flexibilizado en el flujo del capital, se dedica al cuidado de las relaciones consigo mismo». Las «vacaciones» son pues, únicamente el momento más flagrante del común exilio metropolitano, porque los espacios más logrados del turismo no se encuentran ya únicamente en hoteles y atracciones naturales, sino también en autopistas, casas y oficinas, en cualquiera de las estaciones del tejido metropolitano, «Be a touríst in your own hometown» y «Make yourself home»: la propaganda metropolitana puede vociferar ambos eslóganes sin incurrir en contradicción,porque, bajo la metrópoli, los estados de «anfitrión» y de «huésped» coinciden en todos y cada uno de nosotros.

Metrópoli es por tanto institución total: oferta total de servidos para minusválidos existenciales. Toda la historia de la modernización del mundo puede ser vista como un proceso doble e idéntico de metropolización y proletarización: compulsión permanente de los vivientes a una delegación igual de permanente de sus vidas. La aniquilación de toda huella de formas-de-vida comunales —ya sea por expropiación, privatización o salarizadón— o el fin de la convivilidad se explican paralelamente por la superproducción institucional de servicios. Metrópoli significa «ciudad madre»,y ya Ivan Illich advertía que la asignación de funciones «maternas» a las instituciones de movilización humana ha sido una metáfora constante para la expansión del asistencialismo por parte de poderes separados, cuyo efecto no es otro que la producción de analfabetismo técnico (pues hay que decirlo de una vez: el individúo metropolitano no sabe hacer nada). Imposibilidad, por tanto, de habitar y de toda praxis autónoma, del estar en el mundo y del dejar huella en el mundo como momentos inseparables de la vida: «Los alojamientos se nos dan ya planificados, construidos y equipados; en el mejor de los casos, podemos instalarnos entre cuatro paredes alquiladas o compradas mientras no pongamos en ellas ningún clavo. La habitación se ve reducida a la condición de garaje: garaje para seres humanos en el que por la noche es amontonada la mano de obra cerca de sus medios de transporte. Con la misma naturalidad con la que se envasa la leche en cajas de cartón se nos acomoda a las personas por parejas en los garajes-vivienda» (Illich,«La reivindicación de la casa»). De manipulador y hacedor de técnicas,el humano tecnológicamente inhabilitado se vuelve un simple usuario de aparatos y dispositivos ya constituidos, generalizándose en su expansión una iatrogenia técnica, ética y existencial en la que el humano «brilla por su ausencia». Miente, pues, el pensamiento liberal cuando nos quiere hacer creer que el arquitecto y el urbanista no formarían parte del escuadrón de gestores de esta crisis mundial de la presencia, ya que, se nos dice, desde el momento en que entregan sus construcciones terminadas y somos por fin libres de transformar a nuestro antojo los alojamientos que nos diseñaron, dejarían de ejercer cualquier control sobre nosotros.

Pero el poder y sus disposiciones están de inicio inscritos tanto en esos espacios diseñados como en las subjetivaciones que tales espacios efectúan, tomando «totalmente imposible que el sujeto del dispositivo lo use “en el modo justo”» (Agamben,¿Qué es un dispositivo?), como confirma una visita al alojamiento de un individuo metropolitano cualquiera, donde toda pseudomodificación del agenciamiento espacial que se le entregó es indisociable del pago a un tercero profesionalizado o de la compra de algún gadget ofertado.

El confort y el resguardo ante posibles amenazas son el principal producto de la visión del espacio elaborada por el urbanismo desde hace más de medio siglo, la cual procura lugares que concedan inmunidad ante un entorno que se percibe como hostil, nichos existenciales que permitan cubrir todas «nuestras» necesidades. Así, la racionalidad arquitectónica diseña sin cesar distintos y novedosos dispositivos capaces de combinar espacios aislados con la mínima capacidad requerida para entrar en contacto con lo exterior. Tendencialmente,su objetivo es que todo exterior devenga otra forma de lo interior: domesticidad ante todo. Las distintas opciones de vivienda que se ofrecen son lugares idóneos para la inmunidad y, con ello, son cunas de atomización: dan lugar al sujeto idiota, contento consigo mismo por haber sustituido todo principio de comunidad por el principio de comodidad. Los megaproyectos de smart city que prosperan hoy en día a escala mundial encuentran su mayor cliente en este individuo aterido, totalmente expropiado de su aptitud de construir, el cual prefiere pagar y contribuir para que una banda de expertos, que hiperproduce «leyes sociales hechas por personas a las que no están destinadas, sino para ser aplicadas a aquellos que no las han hecho» (Foucault, La sociedad punitiva), se encargue de temporizar y programar cronométricamente cada momento de su vida. De ahí la importancia que cada vez más se le concede a las clouds y la producción-entrega constante de datos, para el perfeccionamiento del organigrama engrasado de las poblaciones: «Pronto —ha declarado el exdirector ejecutivo de Google, Eric Schmidt—no se pedirá ya a Google hacer una búsqueda, sino “¿cuál es la próxima cosa que debo hacer?”». Así lo resume también un artículo publicado en la primavera de 2016 en el Wall Street Journal a propósito de los nuevos planes gubernamentales que se están poniendo en marcha en una ciudad cualquiera: «Como parte de su programa Smart Nation, presentado por el primer ministro Lee Hsien Loong a finales de 2014, Singapur está desplegando un número indeterminado de sensores y cámaras a lo largo de esta dudad-Estado que permitirán al gobierno monitorearlo todo, desde la limpieza de los espacios públicos hasta la densidad de multitudes o el movimiento exacto de cualquier vehículo matriculado en la isla. Se trata de un programa de gran alcance que probablemente afectará a la vida de todos y cada uno de los residentes en este país, de maneras que no están completamente claras, dado que muchas de las aplicaciones potenciales no serán conocidas hasta que el sistema esté completamente implementado. Así, por ejemplo, las autoridades ya están desarrollando o usando sistemas que pueden decirles si alguien está fumando en zonas prohibidas o tirando basura a la calle desde un bloque de pisos. Pero los datos recogidos en la fase siguiente —y cómo son utilizados— irán mucho más lejos que esto. La mayoría de los datos serán transferidos a una plataforma en línea, llamada Virtual Singapore, que dará al gobierno una vision sin precedentes de cómo funciona el país en tiempo real, permitiéndole predecir, por ejemplo, cómo podrían propagarse enfermedades contagiosas o cómo podría reaccionar una multitud en caso de explosión en un centro comercial. El gobierno también planea compartir los datos, en algunos casos, con el sector privado».

El éxito de esta gran oferta de servicios y la fantasmagoría de su ineludibilidad se explican con una sucia dialéctica de double bind que podemos llamar «círculo institucional»: existen instituciones porque las necesitamos, necesitamos instituciones porque estas existen. Servicios de medicina, servicios de electricidad, servicios de escolaridad, servicios de transporte, incluso servicios de amor, son algunas de las muchas instancias de separación de nuestra vida en esferas autónomas y santificadas más allá de nuestro control, garantes de la continuación ai infinito de la productividad económica metropolitana. La doble pinza que entrelaza este dispositivo es afirmada y reforzada tanto por el izquierdista nostálgico del Estado benefactor que reivindica la «educación gratuita para todos», como por el derechista que defiende la existencia de una Administración fuerte porque, sin sus instituciones,«esta sociedad no podría —¡ay!— seguir funcionando». El ciudadano metropolitano es así el producto de una incorporación inmunodeficiente de los flujos y los ritmos de la economía, de los que depende como si de su propia respiración se tratara. Es un ser siempre ya dislocado de su situación, que despliega su «jomada social» en función del tempo del capital, desde la casa hasta la escuela o el trabajo, para regresar sucesivamente a descansar a su habitación, consumiendo y divirtiéndose «libremente» el fin de semana o cada fragil momento en que esto se tome posible. Para constatar este desastre afectivo solo hay que dirigir la atención a cualquier fiesta metropolitana, en las que no solo se oye esa mala música que expresa el odio occidental a la sensibilidad,sino que se prosigue por otros medios la misma alienación del resto de la semana, justamente aquella de la que se intentaba escapar. Una fiesta que devenga «peligrosa» es una fiesta que para el poder será preciso controlar, a fin de deshacerse de su potencialidad de contagio, de su capacidad de hacer presente una brecha de salida definitiva, no temporal, del mando capitalista que hace de nosotros unos drogadictos de la producción.

Metrópoli es también reclusorio total a cielo abierto. Conocemos ya el argumento: sea cual sea la película, en el género postapocalíptico llama siempre la atención la estupidez de los cientos, miles o millones de supervivientes (la supervivencia se ha vuelto la condición normal del tipo metropolitano de individuo) que buscan salvarse en el lugar mismo (rascacielos, supermercados, alcantarillas) en el que aconteció la catástrofe (un terremoto, una invasión de zombis o la propagación de un virus mortal). En realidad, la dependencia de este orden de cosas y la ausencia de salida en el horizonte que todas estas pelíailas plasman pueden entenderse como una propedéutica de resiliencia ciudadana con miras a recomponer la unidad de fachada metropolitana ante cualquier forma posible de catástrofe, entre las cuales se incluye un levantamiento popular. En este sentido, la película que mejor metaforiza la condición común de guerra civil de todos y cada uno bajo la metrópoli es Titanic,donde no importa cuánto se esfuerce uno por mantenerse en la cúspide de la jerarquía social mientras el buque se hunde: finalmente se hundirá. Por su parte, Mi cena con Andre, esa gran oda al teatro de Grotowski, señalaba en 1981 este síndrome de Estocolmo que los individuos metropolitanos se autoinfligen: «¿A que conoce usted a muchos neoyorquinos que no dejan de hablar de que quieren irse de esta ciudad, pero jamás lo hacen? ¿Por qué cree que no se van? Creo que Nueva York es el nuevo modelo del campo de concentración, donde el campo ha sido construido por los propios reclusos, los reclusos son los guardias y están muy orgullosos de lo que han construido. Han construido su propia cárcel. De este modo, viven en un estado de esquizofrenia en el que ellos son al mismo tiempo guardias y prisioneros. El resultado es que ya no tienen —tras haber sido lobotomizados— la capacidad de abandonar la cárcel que ellos han fabricado, ni siquiera la ven como una cárcel».

La genealogía de cualquiera de los dispositivos de control que proliferan y se instalan en cada rincón bajo la metrópoli trae a la luz la crudeza de estrategia policial, colonial, contrainsurreccional que contienen desde su nacimiento. Podemos tomar algunos de ellos al azar para rastrear cómo fueron concebidos originalmente, unas veces para ejercerse sobre delincuentes reincidentes (registro de huellas dactilares), u otras para operar «24/7» en la vigilancia interna de las cárceles (circuito cerrado de televisión). Las tecnologías de gobierno que terminan por implantarse son siempre él resultado de una importación-exportación constante y meditada de aquellas técnicas que se han mostrado más eficaces para extraer el máximo beneficio esperado de unas poblaciones, buscando asimismo en esta selección su perfeccionamiento científico ulterior. Así,el estado de emergencia vigente en Francia desde el 21 de noviembre de 2015 es incomprensible sin su formulación contrainsurgente de 1955, en plena guerra de liberación argelina, del mismo modo que los campos de concentración del nazismo no son una biopolítica que pueda entenderse sin tener en cuenta su aplicación previa por parte del Estado español, para abortar la independencia cubana, a finales del siglo xix. De combatir casos excepcionales en lugares bien delimitados por la ciencia policial o militar han pasado a aplicarse hoy de modo normal como políticas gubernamentales de control de poblaciones: la adscripción a un carné de identidad o el asedio de las cámaras en el supermercado son situaciones ya incorporadas a la cotidianidad de cualquiera.

Pensemios en este sentido en el actual proceso de normalización de la tecnología de los drones, que discreta y progresivamente son introducidos por la policía metropolitana como tecnología ordinaria de control, lo que le permite sustituir cien de sus unidades humanas por uno solo de ellos. La genealogía del dron nos conduce no a ecológicas agencias tipo Amazon, repletas de inventiva y buenas intenciones dirigidas al «bienestar» del género humano, sino a búnkeres militarizados de contrainsurgencia en zonas de guerra como Palestina, Kosovo o Afganistán. La amplificación en curso de su instrumentalización civil se explica por sus particulares beneficios: gran amplitud de visión,cero riesgos para quien lo emplea. «Cuando el artefacto teledirigido se convierte en máquina de guerra, es el enemigo el que es tratado como un material peligroso. Se lo elimina desde lejos, viéndolo morir en una pantalla desde el cómodo caparazón de una safe zone climatizada. La guerra asimétrica se radicaliza para volverse unilateral. Pues si bien es cierto que aún hay muertos en ella, estos se producen solamente en un lado» (Chamayou, Teoría del dron). Una vez objetivado por él, todo cuerpo se ve despojado de sus potenciales políticos: un sentimiento de inseguridad y de exposición sin sombras neutraliza toda su aptitud autónoma de actuar. Por otro lado, es la «población civil» en su conjunto la que se observa a sí misma calculando escrupulosamente cada uno de sus gestos para no provocar la atención de la «mirada que no pestañea», lo cual acarrea una tendencia a constituirse en soplón. Un dron produce, por tanto, individuos neutralizados y masas autovigilantes.

Haciendo coincidir procedimientos totalizantes e individualizantes, la proliferación y el endurecimiento de los dispositivos de control operan funciones de normalización antes que meramente punitivas, producen y modulan un medio completamente retículado, organizado, gobernado, conducido de la manera «correcta» y sin imprevistos, que tiende a hacer coincidir los comportamientos de la esquizofrenia metropolitana con el libre tránsito. Llama poderosamente la atención que bajo la metrópoli como cristalización de la sociedad de control una cantidad tan abrumadora de flujos de turistas y mercancías implique tan poco de movimiento. Las infraestructuras de la metrópoli, diseñadas como sistema de circulación de mercancías y poblaciones (pleonasmo intencionado: una población es ella misma una mercancía), con su perenne previsibilidad y su programación milimétrica, conducen así a una multiplicación de no-lugares donde nada acontece. El sedentarismo que abrió paso al establecimiento de las ciudades pierde su topos bajo la metrópoli, pero para identificarse con la abstracción difusa y unitaria de la mercancía.

Nunca antes observamos tantos tránsitos recorriendo la totalidad de este mundo sin que surjan fugas, devenires y procesos de singularización. El turista metropolitano parte de lo mismo para llegar a lo mismo, no solo espacial sino temporalmente, con una vida de contemplación de arquitecturas que fijan su pasado, su presente y su futuro. El difunto y llorado «espacio público» no es hoy más que un cronograma de control de movimientos y de asignación de rutas,que no «nos limitan», sino que promueven una libre elección que ya ha sido de antemano dispuesta: «Un control no es una disciplina. [En una autopista] no encierras a la gente, pero al hacer autopistas multiplicas los medios de control. No digo que esa sea la única finalidad de la autopista, pero la gente puede dar vueltas sin parar sin estar encerrada en absoluto, y al mismo tiempo estar perfectamente controlada. Ese es nuestro porvenir» (Deleuze,«¿Qué es el acto de creación?»). Es por eso que todo acto de libertad es considerado tendencialmente por el gobierno como un acto de terrorismo, porque la libertad sale siempre de sí para resonar y multiplicarse, y lo que sale de sí es un menoscabo de la «propiedad privada», el «espacio público» y el «individuo libre». La multiplicación de medios de control coincide así con una guerra psicológica que persuade a las poblaciones —no mediante la violencia, sino a través del miedo a la violencia— para que acepten y exijan mayores despliegues de seguridad: el encanto de los controles radica en que, a diferencia de las disciplinas, tienen la virtud de ser democráticos. Esta guerra convierte en sinónimos la invisibilidad y el miedo: «Si no eres “público” es que escondes algo». La instalación de cámaras y el éxito de las campañas de seguridad derrotan semióticamente cualquier inclinación a un poco de invisibilidad: culto a la tiranía de la transparencia absoluta.

En un orden que no reconoce afuera alguno, el enemigo ahora solo puede ser interno, lo cual exige un control generalizado y sin precedentes de todos aquellos lugares del continuum metropolitano que representan potencialmente una desestabilización, una falla, un Ingobernable, es decir: todos los lugares. De este modo, las sociedades de control ofrecen el mayor caldo de cultivo histórico para la paranoia, y las teorías de la conspiración se convierten en él estado psicológico ordinario de la ciudadanía: todo el mundo tiene el mal presentimiento de que cualquiera puede ser el enemigo. Bajo la metrópoli, la cárcel ha salido de los cuatro muros de la cárcel y se confunde con el resto del tejido metropolitano en una acumulación de dispositivos de control de los flujos y las circulaciones: «Hoy en día —dice Agamben en una entrevista—, la excepción y la despolitizacion han penetrado en todas partes. ¿El espacio videovigilado de las ciudades contemporáneas es público o privado, interior o exterior? Se despliegan nuevos espacios: el modelo israelí en los territorios ocupados, compuesto por todas esas barreras que excluyen a los palestinos, fue llevado a Dubái para crear islotes turísticos absolutos, hiper-segurizados». Metrópoli es así dispositivo total o conjunto total de dispositivos. La pesadilla de Guattari,ciudades en las que cada uno cuenta con un registro personificado que determina la licitud o la ilicitud de sus movimientos y que abre o cierra barreras para su circulación por oficinas, centros comerciales o barrios especiales de la metrópoli,se vuelve cada día más real: el checkpoint o el retén, tal es el paradigma por excelencia de la sociedad de control.

La impronta generalizada de tecnologías y de dispositivos seguritarios sobre la población hace de cada ciudadano, bajo la metrópoli, un terrorista potencial. Un atentado separatista, un robo en el supermercado, un bloqueo de autopista, la insurrección, equiparada por el gobierno con el terrorismo, son casos que una vez registrados abren el paso, de un control virtual permanente,a su forma más nuda y frontal, momento de aparición de la «mano visible» del capital que garantiza «la tranquilidad, la seguridad y el orden» en sus infraestructuras de poder. Son momentos que traen a la luz la evidencia de la guerra civil mundial en curso, con su generalización de paradigmas militares reintroducidos como modos normales de gobierno en la cotidianidad civil, y que erosionan de paso todas las distinciones clásicas que definían en otro tiempo los conflictos bélicos (público/privado, exterior/interior, criminal/enemigo, militar/civil…),que se toman cada vez más indiscernibles.

Consejo Nocturno

Publicado originalmente en Consejo Nocturno. Un habitar más fuerte que la metrópoli. Pepitas de Calabaza, 2018


Telurismo o metropolización

Introducción a la guerra civil (I)

Comité Invisible: A nuestros amigos (2014)

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