Telurismo o metropolización

by • 30 marzo, 2020 • Antidesarrollismo, Artículos, Ciudadanismo, Coyuntura política, Geopolítica, Liberación animal y de la Tierra, Poder, Teoria política, UrbanismoComments (0)324

Muy difícil se ha tomado la guerra civil desde el descubrimiento de nuevas armas de juego y la apertura de avenidas rectilíneas en las metrópolis

Georges Sorel, Reflexiones sobre la violencia

Fragmento a fragmento, la cuestión de los territorios, de cómo defenderlos, de cómo vivir autónomamente en ellos fuera y en contra del poder, asoma en todos los horizontes revolucionarios de la época. Aflora así la certeza de que sería justamente esta «propensión telúrica» la que inscribe los gestos políticos en lo más radical del ahora, la que les proporciona en cada oca- sión su contemporaneidad. Contemporaneidad no por alguna voluntad de innovación u originalidad —los pueblos indígenas han hecho de los territorios el corazón de sus luchas desde hace siglos—,sino porque rechazanjas pretensiones más falsas de esta época y dejan entrever por destellos otra. Nuestra tradición —la de los oprimidos — comparte así una estrategia con lass formas-de-vida que entran en contacto con ella: estas se entretejen con territorios muy determinados, en los cuales pueden crecer, fortalecerse, organizarse, cuidar de todo aquello al alcance de sus manos, habitar en común. En estos tiempos, es frecuente que formen parte de luchas heteróclitas que podemos asociar a zonas de conflicto y de disputa, unas veces para detener el proyecto de construcción de un aeropuerto, otras para frenar una plataforma de extractivismo, otras más para repeler la «gentrificación» de un barrio o la invasión y la ocupación de sus tierras por un enemigo.

La expansión de estas luchas en coordenadas tan distantes del mundo trae a la luz una problemática global que es crucial advertir y poner colectivamente en discusión para, socavando la impotencia y la apacibilidad aisladas que los poderes de este mundo administran con sus ciencias de gobierno y su policía, construir los saberes, los abastecimientos y las armas para la insurrección que viene, para el cumplimiento de ese movimiento real que destituye el estado de cosas presente. La problemática a la que nos referimos no es otra que la de la puesta en infraestructuras de todos los espacios y los tiempos en el mundo para la constitución de un megadispositivo metropolitano que anule por fin toda perturbación, toda desviación, toda negatividad que interrumpa el avance in infinitum de la economía. En heterogeneidad con este Imperio que se quiere positivamente incontestable, existe una constelación de mundos autónomos erigidos combativamente y en cuyo interior se afirma siempre, de mil maneras diferentes, una férrea indisponibilidad hacia cualquier gobierno de los hombres y las cosas, hacia el planning como proyección y rentabilizadón totales de la realidad.

A finales del siglo pasado, un teólogo cristiano describía así nuestra situación histórica: «A donde sea que viajes, el paisaje es reconocible: todos los lugares del mundo están abarrotados de torres de refrigeración y estacionamientos, de industrias agrarias y megalópolis. Pero ahora que el desarrollo se está acabando —la Tierra no era el planeta adecuado para este tipo de construcción—,los proyectos de crecimiento se están transformando rápidamente en ruinas y en desperdicios,en medio de los cuales tenemos que aprender a vivir. Hace veinte años, las consecuencias del culto al crecimiento parecían ya “contra-intuitivas”; hoy en día,la revista Time las anuncia conntitulares de portada apocalípticos. Y nadie sabe cómo vivir con estos nuevos aterradores jinetes del Apocalipsis, que suman muchos más de cuatro: cambios climáticos,agotamiento genético, contaminación, colapso de las diversas protecciones inmunitarias, aumento del nivel del mar y, cada año, millones de refugiados que huyen. Incluso cuando se trata de abordar estas cuestiones, uno queda atrapado en el dilema imposible de promover el pánico o el cinismo». Henos, pues, aquí: a costa de crisis «económicas», «medioambientales», «sociales» y existenciales, ha acabado por desplomarse cualquier telón que impidiera observar en todo su esplendor la catástrofe que es Occidente en su expansión a escala mundial. Desde esta perspectiva, se comprende el viraje histórico que nosotros hemos dado, que consiste, por un lado, en abandonar toda credulidad hacia las fachadas y los rituales de una política que ya ha sido, con sus banderas, sus institudones y sus incautos girando en tomo a una actividad muerta por inanición ontológica, y, por el otro, en comenzar a poblar, aquí y ahora, los horizontes geográficos donde se torne posible la elaboración autónoma de un tejido de realidad en secesión, bastante más rico que ese otro acartonado que administra la nueva cibernética social metropolitana. Ruptura, por tanto, con cualquier avatar del paradigma de gobierno en favor de un paradigma del habitar, durante mucho tiempo punto ciego de los revolucionarios, que por miseria, cobardía o indecisión se han limitado a refugiarse en las pocilgas del enemigo: desde la demanda militante de garantías hasta el reformismo armado de distintas agrupaciones guerrilleras, pasando por cualquier otro programa constituyente de la política que busque modelos «alternativos» de producción antes que arrancarse de toda red de producción. Recordando que la felicidad no es el premio de la virtud, sino la virtud misma, la política que viene está completamente volcada al principio de las formas-de-vida y su cuidado autónomo antes que a cualquier reivindicación de «abstracciones juirídicas (los derechos humanos) o económicas (la fuerza de trabajo, la producción)» (Agamben, «Europa debe colapsar»).

La actual recomposición imperial del mando capitalista no solo impide seguir buscando un gran centro del «Poder», también anula todo intento de seguimos «localizando» a nosotros mismos al margen de la catástrofe mundial, pues nos inscribimos en un campo de batalla sin línea del frente definida, un campo de batalla que coincide con todas las capas de la Tierra. La multiplicación y la proliferación de luchas como la de la ZAD en el bocage de Notre-Dame-des-Landes, la del NO TAV en el Valle de Susa o la del Frente de Pueblos Indígenas en Defensa de la Madre Tierra en el Bosque Otomí-Mexica, manifiestan, con sus grandes distancias, la naturaleza no exclusivamente local sino global de la conflictualidad política presente. Se trata siempre de constatar que el poder no puede seguir siendo asignado a este o aquel lugar privilegiado, identificado homogéneamente con una clase, una institución, un aparato o con el conjunto de todo eso. Desprovisto ya de todo centro que restrinja su compulsión a colonizar extensivamente cada rincón de la Tierra, el poder ha acabado por confundirse con el ambiente mismo. Los megaproyectos infraestructurales,los planes urbanísticos de embellecimiento, la expansión incontenible de dispositivos de control, sea en la franja de Gaza o en el istmo de Tehuantepec, son algunos de los modos de aplicación de un mismo programa global de metropolización.

En todas partes vemos repetirse la política de destrucción creativa practicada por el capitalismo desde sus orígenes coloniales,la cual, por un lado, acaba con los usos y costumbres tradicionales, reprime ese «dominio vernáculo» de los cuidados que está fuera del mercado, neutraliza los tejidos éticos y la memoria colectiva, y, por el otro, formatea y diseña su propia sociedad según los modelos de la productividad, hace de la valorización y de la gestión la única relación imaginable con el mundo, transforma la acción autónoma en una serie de conductas gobernadas,conquista las mentes y los corazones a base de economía, derecho y policía. La continua hostilidad de las metrópolis de hoy nos muestra que no podemos seguir entendiendo el colonialismo como un suceso que ocurrió de una vez por todas, como un «hecho» depositado en los anaqueles de la Historia, sino como una progresión continua de explotación y dominación que requiere un ordenamiento aún más permanente de los espacios-tiempos para seguir colonizándolo todo, desde las capas tectónicas más profundas hasta las regiones atmosféricas más distantes. La metrópoli global integrada es el proyecto y el resultado de la colonización histórica occidental de al menos un planeta a manos del capital. En una época en la que todo lugar posible sobre la Tierra se ha vuelto «colonia», toda colonia tiende a convertirse en «metrópoli», revelándose ambos momentos en su lógica correlación,como atestigua cualquiera de los discursos de la gobernanza imperial, en los que la metropolización de espacios-tiempos es celebrada como el principal eje tecnológico de actuación.

«Más de la mitad de la población del mundo vive en condiciones cercanas a la miseria. Su alimentación es inadecuada. Son víctimas de la enfermedad. Su vida económica es primitiva y está estancada. Su pobreza constituye un obstáculo y una amenaza tanto para ellos como para las áreas más prósperas. Por primera vez en la historia, la humanidad posee el conocimiento y el talento para aliviar el sufrimiento de estas personas. […] Creo que nosotros deberíamos poner a disposición de los amantes de la paz los beneficios de nuestro acervo de conocimiento tecnológico para ayudarlos a conseguir sus aspiraciones de una vida mejor. […] Lo que tenemos en mente es un programa de desarrollo basado en los conceptos del trato justo y democrático. […] Una mayor producción es la clave para la paz y la prosperidad. Y la clave para una mayor producción es una aplicación más amplia y más vigorosa del conocimiento técnico y científico moderno». Queda aquí bien patente que quien se propone liberar a los esclavos al margen de ellos mismos experimenta un goce nada distinto al de aquel que impone la esclavitud otros seres humanos. Esta cita corresponde al discurso de investidura presidencial de Harry S. Truman en 1949, para muchos la primera dedaradón diplomática de lo que será la ofensiva del desarrollismo en el así llamado «Tercer Mundo». Se trata en primer lugar de la postulación de una idea de civilidad a la que deben plegarse todos los grupos humanos sobre la Tierra, la cual toma como modelo los rasgos más característicos de las sociedades «avanzadas», desde su centralización en grandes urbes industrializadas hasta la introducción de tecnologías optimizadoras en la agricultura, pasando por la adopción generalizada de la escolarización obligatoria y los valores culturales modernos. Paralelamente a la inauguración de los tribunales supranacionales, la doctrina Truman también abrio las puertas de los países «subdesarrollados» a innumerables concesiones mineras y forestales, megaproyectos energéticos, complejos de turismo, cultivo de biocombustibles y muchos otros tipos de inversiones que omiten siempre mencionar el despojo de tierras y la destrucción de alguna forma-de-vida en la región. En el convulso marco de una Guerra Fría, el desprecio de ciertos pueblos «sin fe, sin ley y sin rey» hacia las complicaciones modernas no podía seguir tolerándose, en la medida en que su arraigo ponía freno al avance del tren de la economía global y, quién sabe, los hacía tal vez proclives a incurrir en alguna tentación comunista.

«Desarrollo» es una contraseña gubernamental de muy reciente acuñación que instaura la fórmula de un humano puramente productivo como la destinación única de la especie. «Inside every gook there is an American trying to get out», se dice en una película. Junto con la «universalidad» inventada y consolidada del Homo economicus, asistimos igualmente a la propaganda y propagación de categorías blasfemas antes inimaginables, como aquella de «capital humano» perfeccionada por la Escuela de Chicago en la década de 1960. Su sola formulación supone ya una lograda y autoconsciente antropomorfosis del capital. A partir de entonces, con el alarido del fin de la Historia e impulsada la aniquilación de toda praxis política, ha tenido lugar la multiplicación de organismos técnico-jurídicos de «gestióh de recursos humanos», cuya vocación consiste siempre en aislar las vidas de sus formas, para restituirlas demográficamente como pura experimental life: «transhumanos» que pueden ser moldeados, programados, optimizados, institucionalizados de pies a cabeza. En su persecución de una uniformidad mundial de las formas-de-vida, la gubernamentalidad aplicada en políticas neocoloniales,neocivilizatorias, pacificadoras y metropolitanas es portadora doméstica de «la nueva humanidad radiante, cuidadosamente reformateada, transparente a todos los rayos del poder, idealmente desprovista de experiencia, ausente de sí incluso en el cáncer: son los ciudadanos, los ciudadanos del Imperio» (Tiqqun 2, «Introducción a la guerra civil»).

De no analizar desde el punto de vista de una guerra civil mundial los procesos modernos de institucionalizadón de las sociedades o las formas posmodernas más estetizantes de «gentrificación», perdemos lo esencial del problema político que se juega en ambos: cómo en sus campañas de gestión, notablemente en las de pacificación, lo que está siempre en juego es la supervivencia y el crecimiento del sistema capitalista, a través del despojo, la explotación, la aniquilación y la discriminación. Asimismo, pasar por alto la dimensión de una guerra civil mundial trae consigo caer en el error más difundido y confundido por las críticas morales del colonialismo occidental: no captar que los procesos de colonización tuvieron y tienen lugar no solamente «en otros lugares», sino en el interior mismo de los territorios de los colonizadores, sobre sus propios pueblos, que a la larga son transformados en poblaciones, materia amorfa y descualificada arrojada a la administración absoluta. Este apresamiento y aplanación en todas direcciones nos permitirían comprender, más allá de un localismo pedante colmado de determinismos geográficos, por qué una lucha en un bosquecillo de Europa nos incumbe tanto como la de un pueblo indígena en América en defensa de sus tierras: son luchas que rechazan por igual ese veneno llamado modernidad o desarrollo. «Contra el aeropuerto y su mundo», consigna de la ZAD contra toda República occidental.

En su materialización biopolítica y tras el derrumbe de los «regímenes totalitarios», los gobiernos han aprendido a dirigirse en sus formas más bruscas y directas, menos «democráticas», a los medios y a los ambientes antes que a los cuerpos de sus ciudadanos. Que en las «áreas metropolitanas» ya no vivamos como sociedad disciplinaria de ningún modo significa que esta haya sido simplemente superada o abandonada: su papel histórico consistió en instaurar las condiciones de posibilidad, el cuadriculado requerido del espacio, para que esas viejas formas de ejercicio del poder sobre los vivientes se tornaran a la larga innecesarias. Hoy en día se están experimentando bajo todas las metrópolis del mundo diversos procedimientos alternativos de neocolonialismo que pueden ser ejecutados a plena luz del día. Para expulsar a unos «nativos» de un barrio con suficiente «potencial creativo», basta con implementar unos pocos programas de desarrollo: un puñado de galerías de arte por aquí, unas cuantas inmobiliarias por allá, bares cool con terrazas y hoteles low cost por toda la zona. Unos meses después de constituido un oasis cultural para las nuevas élites planetarias de hípsteres, la presencia violenta de las fuerzas policiales puede ser suplida por decenas de personas armadas con bolsas de Zara, tan desalmadas y uniformes como aquellas: el efecto de desplazamiento de poblaciones-desecho será el mismo. En cuanto a las zonas con menor potencial, demasiado podridas, demasiado «insalvables» al menos hasta algún nuevo hallazgo, se volverán guetos de anomia rentabilizada (favelas, periferias, «Tercer Mundo») en los cuales apilar a la masa de «inservibles» poco aptos para incorporarse por completo a la smart city. Los humanos de última categoría no son aquí más que un elemento extra del entorno: materia salvaje que aplacar con la fuerza de la ley.

La metrópoli y los estilos de vida que excreta y fagocita pueden ser vistos como un lento deslizamiento de la especie hacia una autorregulación sincronizada de sus cuerpos, hacia una atenuación de sus formas-de-vida hasta volverlas completamente compatibles con la eficacia y la productividad capitalistas, como una demostración de que la dominación puede obrar sin necesidad de dominadores y de que toda potencialidad de sabotaje de la máquina económica ha quedado disuelta: «médico», «filósofa», «hombre», «artista», «latinoamericano» o «instagramer» son unos de tantos predicados contrainsurreccionales que cada ciudadano metropolitano vehiculiza —o con los cuales sueña — para demostrar su fidelidad fulminante al estado de cosas presente, su voluntad desorbitada de que todo siga así. La «totalización» y la «individualización» son así estrategias gubernamentales que, más que momentos separados-opuestos, se entrelazan y coparticipan en un solo dispositivo de neutralización preventiva: «AI enarbolar la personalidad única propia —sentimientos, gustos, estilo de vida y creencias— uno hace exactamente lo que todos los demás hacen y así promueve la uniformidad en el acto mismo de negarla» (Schürmann,«De la constitución de uno mismo como sujeto anárquico»). La tragicomedia continúa en las propias discusiones de socio-consejistas, eco-primitivistas, insumiso-liberales o anarco-individualistas, cuando oponen con mil malabarismos posibles toda la serie de supuestas antinomias que vuelven irrespirable la esfera de la política clásica, yendo de uno a otro lado del dispositivo y personificando en el acto lo muy gobernados que siguen estando.

En una conferencia de 1976, «Las redes del poder», Foucault advertía lo furtivamente burguesa que es toda imagen sustancial y representativa del poder. Es precisamente esa imagen del poder la que ha predominado en el pensamiento revolucionario, lo que anunciaba su inminente fracaso ante los nuevos mecanismos liberales de poder —no limitados a los aparatos jurídicos y las medidas de represión—,así como su ofuscación crónica para percibir, «ante sus propias narices», la multiplicación y la instauración de dispositivos de control sobre todos los momentos de la vida cotidiana, su puesta en gobernanza constante. El programa de la «toma del poder» de los marxistas coincide por omisión con el programa de su toma por el poder, con su incapacidad para percibir que, mientras más dirigían su reflexion y sus energías a proyectos de grandes masas o a la realización de unas letales «leyes de la Historia», mayor era su pérdida de contacto con los espacios en los que habitaban y más eran estos colonizados por la economía; cuanto más avanzaba la proletarización de las formas-de-vida a escala planetaria, menos atención dirigían a la propia facultad de actuar sin remitirse a una instancia extrínseca y superior. Así, la penuria y el agotamiento de los estilos de vida separada de los militantes del mundo entero crecen de manera proporcional a la inyección y a la expansión del poder sobre las dimensiones materiales y espirituales de su existencia. En este sentido, puede decirse que Carl Schmitt estaba en lo cierto cuando afirmaba que el «utopismo» de los movimientos obreros es congruente con su miseria de lugares. No es, pues, fortuito que el campo de realización de la política clásica, sea de izquierda o de derecha, coincida en su nacimiento con los espacios de máxima concentración, difusión e integración de los dispositivos de captura del capital: la metrópoli. Más que arremeter «contra» las formas injustas, ilegítimas y autoritarias con las que se cubre en efecto el poder, lo que es crucial aquí y ahora para nuestras existencias es neutralizar inmediatamente el crecimiento histórico de ese vacío que ha sido producido y llenado por la gestión gubernamental a través de policías, urbanistas e ingenieros sodales, interponiéndose entre cada uno de nosotros y nuestro hacer. Habitar plenamente constituye, desde esta perspectiva, un gesto revolucionario anti-biopolítico.

Bajo la metrópoli, lo que encaramos no es ya el viejo poder que da órdenes, sino un poder que ha terminado por constituirse como él orden mismo de este mundo. Es un ectoplasma dislocado que no coincide con ninguna de las instituciones de la modernidad. Basta con quemar un Parlamento para comprobar que estos no custodian ya ningún arcano del poder: «El gobierno no está ya en el gobierno. Las “vacaciones del poder” que han durado más de un año en Bélgica lo atestiguan inequívocamente: el país ha podido prescindir de gobierno, de representante elegido, de parlamento, de debate político, de asuntos electorales, sin que nada de su funcionamiento normal quede afectado. […] Si hoy se puede permitir que se desmoronen sin ningún temor las viejas superestructuras oxidadas de los Estados-nacion, es justamente porque tienen que dejar su lugar a esa famosa “gobernanza”,flexi ble, plástica, informal, taoísta, que se impone en todos los dominios, ya sea en la gestión de uno mismo, de las relaciones, de las ciudades o de las empresas» (comité invisible, A nuestros amigos). Es desde esta evidencia revolucionaria, y no con la omnisciencia de un reaccionario, como debe comprenderse la declaracion de Guattari en 1979 según la cual no habrá más Revoluciones de Octubre. Cuando lo que encaramos hoy no es ya ningún Sujeto —Estado, clase u otro—,sino el entorno mismo en su aplastante hostilidad, ha llegado la hora de redefinir el terreno presente de la conflictualidad histórica. Solo esto nos permitirá apuntar a blancos lógicos donde podamos abatirlo y desactivar la anestesia que se aplica ante el avance mundial de la catástrofe. Nuestra guerra podrá ser victoriosa a condición de que incrementemos nuestra potencia en sus tres dimensiones: hemos de fortalecemos en sentido guerrero cara al estado de excepción, abastecemos de medios materiales que contribuyan a nuestra autonomía y elaborar una inteligencia compartida que nos permita romper el impasse de la situación.

Consejo Nocturno

Publicado originalmente en Consejo Nocturno. Un habitar más fuerte que la metrópoli. Pepitas de Calabaza, 2018


Introducción a la guerra civil (I)

Comité Invisible: A nuestros amigos (2014)

Comité Invisible: Ahora (2018)

Los mecanismos de poder: bio-política y “población” en el pensamiento de M. Foucault.

Romper la separación y el espectáculo: estrategia y comunización desde Guy Debord a Tiqqun

Giorgio Agamben: Hacia una teoría de la potencia destituyente

Algunas reflexiones acerca de plantear perspectivas anárquicas contra la devastación: informalidad, apoyo mutuo y proyectualidad

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