Gonzalo Díaz Letelier: Capitalismo y guerra II. El nihilismo y las nuevas gramáticas de lo bélico

by • 23 septiembre, 2019 • Antimilitarismo, Artículos, Coyuntura política, Estado, Filosofía, Poder, Teoria políticaComments (0)288

A continuación les dejamos la segunda parte del texto de Capitalismo y guerra de Gonzalo Díaz Letelier. Puedes ver la primera parte en el siguiente link (Nota Lapeste.org)


3.- EL NIHILISMO Y LAS NUEVAS GRAMÁTICAS DE LO BÉLICO

La mutación de la forma soberanía implica la transformación de la guerra.[1] La mutación de la soberanía consiste hoy y desde hace un tiempo en su desplazamiento desde el Estado nacional al Capital transnacional.[2] La mutación de la guerra es el paso de sus formas modernas clásicas –categorizadas bajo los conceptos de guerra interestatal, guerra colonial y guerra civil intestina– a sus formas contemporáneas que expresan la imperialidad-colonialidad del capital: guerra gestional, máquinas de guerra, guerras paramilitares, terrorismo de Estado y terrorismo no estatal tendencialmente difuso, procesos territoriales de devastación ambiental, despojo rural y gentrificación urbana, promoción gubernamental –estatal y no estatal– de violencia social religiosa, clasista, racista y xenofóbica, entre otras formas. A propósito de esta imperialidad-colonialidad del capital transnacional, Rodrigo Karmy ha acuñado la fórmula de una “soberanía de corte económico-gestional”, a partir de la cual se hace inteligible lo que propone como “guerra gestional”:

En la época contemporánea la soberanía sigue operando, pero ya no enclavada en la forma propiamente política del Estado-nacional, sino en la forma gubernamental de la economía global. A esta luz, la soberanía sigue siendo lo que ha sido siempre, a saber, la hipérbole de la acumulación basada en la explotación del trabajo humano colectivo, el punto quiasmático a través del cual se despliega el capital. (…). A diferencia de los tiempos de Marx en que aún se podía visualizar una diferencia entre la economía y la política (seguramente Schmitt es el último teórico en intentar esa diferencia), la deriva contemporánea ha situado a la economía como un verdadero paradigma político. Es decir, la economía constituye el lugar de la decisión soberana y, por lo tanto, define de otro modo el carácter de la guerra. Porque si la guerra fue siempre la sombra de toda soberanía, hoy, cuando ésta se despliega escatológicamente en la forma de la economía neoliberal, necesariamente ha de redefinir lo que se entiende por guerra. Y si cuando la soberanía aún prodigaba de la forma Estado la guerra se circunscribía a la dimensión estrictamente inter-estatal, hoy ésta se emancipa en la forma de lo que, a falta de un mejor término, llamaré guerra gestional. (…). Ello indica una transmutación radical en el que el dispositivo soberano ha pasado de actuar como una fuerza frenante (lo que Carl Schmitt denominaba katechon) a una fuerza que se consuma a nivel global borrando toda frontera (lo que podremos llamar la asunción del eschaton). De este modo, la guerra gestional contemporánea daría cuenta de una verdadera escatologización de la soberanía en que, a diferencia de su forma anterior, orientada a la contención y defensa de las fronteras exteriores, ésta se despliega hacia la rearticulación y flexibilización de toda frontera interna.[3]

Si a lo que asistimos es a la mutación de la soberanía y la guerra en la época de la geoeconomía política –es decir, en la época de la subsunción de la política estatal y las subjetividades civiles en el aparataje imperial de la economía global coronada por el capitalismo corporativo-financiero–, entonces habrá que hacer visible, como señalábamos al comienzo, el fenómeno de la guerra capitalística contemporánea a contrapelo del régimen de visibilidad o legibilidad que definen, por una parte, las categorías modernas tradicionalmente establecidas para pensar la guerra –las categorías de guerra interestatal, guerra colonial y guerra civil intestina–, y, por otra parte, el imaginario de la utopía liberal burguesa clásica –utopía que proyecta la visión de una relación coyuntural y anómala, pretérita y superable, entre capitalismo y guerra.

Si lo que hay en nuestros días es un imperialismo del capitalismo corporativo-financiero (cuya acumulación originaria todavía se sostiene, bajo sus artefactos matemáticos, en la tierra y el trabajo), tal imperialismo tendría a Estados Unidos-OTAN, China y Rusia como polos intra-imperiales, en relaciones de mayor o menor tensión –pues el imperialismo de los Estados Unidos se halla subsumido en la dinámica del “capitalismo mundial integrado”. Rodrigo Karmy ha recordado por estos días al viejo Herbert Marcuse, quien, retomando la otrora tesis de Heidegger, sostuvo que “Rusia y América” son metafísicamente hablando “lo mismo”, en la forma de la sociedad industrial.[4] Karmy señala a partir de esa evocación que “en la actualidad podríamos decir que Estados Unidos y China son ‘lo mismo’ en cuanto concierne al capitalismo financiero”. En efecto, si bien China no se despliega hasta ahora militarmente en las dimensiones que lo hace Estados Unidos, sí lo hace a través de una enorme estrategia económica de inversiones, comercio y préstamos incluso respaldados en materias primas. Para comprender las modulaciones de la violencia en la época del capitalismo mundialmente integrado podríamos buscar algunas pistas, precisamente, en algunos pasajes de Heidegger sobre guerra y terror en la consumación de la “época técnica”.

La época técnica que se expresa en la americanización del mundo, sostiene Heidegger, es la época del nihilismo calculante: das Gestell, maquinación total, consumación/agotamiento tecno-económico de la metafísica teo-onto-antropológica. Es decir, y pensándolo “infielmente” en el cruce con Marx: se trata de los tiempos tardomodernos del despliegue del principio de razón suficiente incondicionado en función del patrón empresarial de normalización, fetichización equivalencial, producción destructiva y acumulación flexible, con su estela de devastación de los mundos humanos y no humanos. En lo que hace a los mundos de la vida humanos –que, claro está, no se los puede pensar sino ilusoriamente como separados de la “naturaleza” circundante–, la época del capitalismo mundializado deviene época del terror (Erschrecken),[5] en medio de lo (in)familiar (das Ungewöhnliche) del acontecimiento de la maquinación (Machenschaft) total de lo ente por la razón dispositiva –logificación fenoménica de lo ente en total como objeto de representación científica (Vorstellung) y recurso de explotación técnica (Bestand, recursos naturales y humanos).

Y he aquí la primera clave: sólo porque esta maquinación total de la lógica dispositiva implica total “seguridad” (Sicherkeit, derivado de la Gewissheit o certeza subjetiva moderna, moral en Lutero y físico-matemática en Galileo) a nivel de su agenciamiento, es que hay “terror”.[6] El mago de Messkirch dando vuelta las cosas. El terrorismo es la expresión distópica y, a su vez, el reverso especular del dispositivo necro-biopolítico de la razón moderna como agenciamiento del aseguramiento total de lo ente (gobierno). El terror se desata porque hay gobierno desatado. El terrorismo aparece, por una parte, como expresión distópica del propio agenciamiento del ensamble Capital/Estado, con su maquinación y violenta sacrificialidad desplegada por el planeta en función de su patrón de acumulación económico-político –en un plano donde legalidad e ilegalidad conviven o se confunden. Este terrorismo capitalista transnacional y estatal-nacional tiene su reverso especular en las violencias de terrorismo difuso que “resisten” por doquier a su territorialización, pero reproduciendo sus lógicas necropolíticas del poder. Hay terrorismo porque hay seguridad, y entre más seguridad, más terror. Hay terrorismo imperial-colonial por parte del ensamble dispositivo entre Capital transnacional y Estado nacional (terrorismo de Estado, terrorismo paramilitar); prolifera en las poblaciones metropolitanas el terror ante la “inseguridad” del propio Homeland, difundido mediáticamente por las políticas del miedo (terrorismo mediático); prolifera el terror entre quienes sufren la violencia de la guerra capitalística y el terrorismo de Estado, quienes además, entre sus estrategias de resistencia (defensivas o en función de agendas ideológicas propias), pueden llegar a reproducir ofensivamente las prácticas de terror de la dimensión necropolítica del dispositivo imperial-colonial contra agentes de capitales y Estados opresores, o contra poblaciones metropolitanas adscritas a esos Estados, etc. Es precisamente la “seguridad” una violencia ontológica que, al agenciarse como disposición de la vida sobre la vida[7] y encontrar resistencias, se materializa y se difracta en un caleidoscopio de violencias en vaivén, ofensivas y defensivas, defensivas y ofensivas.

La curva monstruosa de la técnica humana, en virtud de la consumación tecno-capitalista de la metafísica occidental, nos situaría en una época donde el americanismo nombra un violento proyecto de dominación tecnológica y homogeneización del mundo. Como si hubiera un mundo, apropiable mediante su gobierno, de manera segura. Es justamente esa presuposición la que funda el terror como acorde de ánimo fundamental y modo de producción de mundo. Sin embargo, como ya habíamos reparado, el americanismo no es hoy algo sustancial y privativo de Estados Unidos –potencia vanguardista de “Occidente”–, así como nada que en general surja como colonialidad es privativo del colonizador –he ahí el sentido de que “hoy Rusia y América son metafísicamente lo mismo”, y la caracterización que hace Heidegger de Estados Unidos como vanguardia epistémica activa y a su vez paciente de ceguera ontológica,[8] y por ello primera víctima del propio americanismo, que le es instintivamente familiar en términos de subjetivación, al mismo tiempo que le rebasa planetariamente y le desordena geopolíticamente el tablero.

Hoy vivimos el tránsito de la época de la imposición política de un orden territorializado (nómos de la tierra) a la época de la administración económica –calculus, gestión– de un desorden global (nómos global). Y esto cambia la modalización de la guerra en curso. Heidegger intenta abrir un horizonte de comprensión para el fenómeno bélico tardomoderno, más acá de las anquilosadas categorías circulantes del viejo general alemán Carl von Clausewitz: se trataría de pensar, en los tiempos de la consumación nihilista de la modernidad, la mutación del teatro de la guerra más acá del modelo de Clausewitz y sus supuestos subjetivistas “modernistas”. La cuestión hoy sigue siendo repensar la guerra en su deriva tras las guerras mundiales del siglo XX y la eclosión neoliberal.

Para ello Heidegger analiza la concepción de la guerra moderna según el esquema de Clausewitz y luego triza y astilla cada una de las caracterizaciones implicadas en el concepto para despejar el campo de visibilidad de lo bélico que se abre tras las guerras mundiales y el predominio totalizante de la razón tecno-económica.[9] Según Clausewitz, la guerra moderna puede ser caracterizada como 1) guerra subjetivamente oposicional, una suerte de “duelo a gran escala”,[10] ya sea entre sujetos políticos racionales (entre Estados nacionales), ya sea entre sujetos políticos racionales y animales/humanos en estado de naturaleza (Estados nacionales versus habitantes “salvajes” de “territorios en disputa”): guerra moderna “clásica”, interestatal o colonial, regulada por el Ius Publicum Europaeum (en términos schmittianos, nómos de la tierra y nómos del mar); 2) guerra subjetivamente voluntariosa en función de la imposición del derecho y un “orden de lo humano” (humanismo con contenido positivo), voluntad de vencer en el sentido de imponer al otro un orden en la forma del derecho: la guerra es un acto de fuerza que compele al otro a hacer nuestra voluntad,[11] de modo que se trata de quebrar la voluntad del otro y “leerle sus derechos”, ser capaces de imponerle un texto soberano, para lo que se requiere voluntad de sujeción política tanto a nivel de tropa (“sacrificio heroico”) como del íntegro “cuerpo social” (“movilización total”, “unidad nacional”); 3) guerra subjetivamente realizadora de una idea, “puesta en obra”: realización de una idea y estrategia para lograrlo pese a la “fricción” y contingencia de lo real,[12] la guerra tiene una meta bien resuelta –una meta que conlleva su cese–, un sentido bien definido de ejecución a pesar de los obstáculos.

De modo que la guerra en el modelo de Clausewitz lleva también consigo una cierta idea de “paz”: dado que sólo una guerra total a muerte, absoluta y aniquiladora, puede llevar a la paz, a lo que se aspira “realistamente” es a una paz policial que proteja al orden político-jurídico y económico impuesto por la guerra de la amenaza del conflicto subversivo latente en lo sucesivo –indistinción entre guerra y paz: la guerra es la política continuada por otros medios (ejército), pero a su vez la política es la continuación de la guerra por otros medios (derecho y policía). De cualquier modo, el régimen categorial del modelo “clásico” de Clausewitz para pensar la guerra implica el orden de un sujeto modernista (sujetos políticos identificables y unitarios, con alianzas y metas claras y distintas), un orden que entra en desconcierto con los fenómenos más difusos y opacos de una guerra contemporánea nihilista, ya no tanto articulada por ideas condicionantes que le darían a su teleología un contenido positivo, como sí desencadenada por la prepotencia desnuda del puro cálculo económico-político incondicionado y flexible.

Heidegger confronta a Clausewitz punto por punto. Siguiendo su análisis, tras las guerras mundiales del siglo XX la guerra podría ser así caracterizada:

1) Ausencia de “verdadera” oposición entre “sujetos políticos”.[13] Puede haber tensiones intra-imperiales, pero en el fondo las partes comparten la misma lógica de cálculo político-militar y tecno-económico en función de la dominación y la acumulación: en virtud de esta comunión, todo se confunde en el puro cálculo, las alianzas son móviles y tácticas, los sujetos fetiches equivalenciables y reemplazables, no centrados en su inscripción estatal-nacional sino rebasándola centrífugamente, en un medio ontológicamente flexible al interior de un marco donde todo puede ser dispuesto funcionalmente al proceso de valorización capitalista (todo, en su “distinción”, puede ser “puesto en valor”).[14] Heidegger: “(…) la guerra ya no admite la distinción entre ‘conquistadores y conquistados’; todos devienen esclavos de la historia del ser”.[15] Incluso los líderes son esclavos, pues en el nihilismo del capital ya no hay sujetos en sentido fuerte, sino que todos sus actores abastecen la misma tela, el mismo lienzo de la guerra capitalística en medio de la cual, ganen o pierdan, como sea no “deciden”, sino que sólo “funcionan”.

2) Voluntad sin sujeto ordenado “humanistamente” al derecho, sino disuelto en la fluctuación del cálculo tecno-económico. Si la voluntad moderna se autoafirmaba en la persona como sujeto con contenido positivo (voluntad humanista movida por una imagen concreta de “lo humano”), su deriva tardía se tramita como autoafirmación nihilista e incondicionadamente calculante al interior del modo de producción incuestionado y mundializado –la voluntad político-jurídica de orden da paso a la voluntad económica de administración del desorden. En efecto, el “humanismo”, la “esencia humana”, hoy ha llegado a ser un recurso, un mero medio y no un fin[16] –ello daría cuenta del fenómeno contemporáneo de una cierta reactivación del nómos de la tierra (implosión nacionalista e identitaria) en contextos de “balcanización” a todo nivel (estrategia de producción de guerra civil por la vía de la promoción de sectarismos identitarios religiosos, raciales, étnicos, nacionalistas, etc.). Que la voluntad político-jurídica de orden da paso a la voluntad económica de administración del desorden también se expresa en el estatuto contemporáneo del “líder”, que es una parte funcional más de la máquina y no una instancia trascendente de decisión: la excepción es la regla (Walter Benjamin) y no el acto milagroso y decisivo del soberano fuera de la máquina (ex machina).[17] Ocurre algo similar con las figuras del partisano o del soldado patriota, que progresivamente son sustituidas por la figura del “mercenario” y la privatización transnacional de las fuerzas militares y de seguridad. Si la política y la guerra están subsumidas en la economía del capital, la decisión obedece en cada caso a los cálculos tecno-económicos y no a proyectos ideológicos de un líder o de una vanguardia soberana.

3) Ausencia de una idea y su “puesta en obra”. El nihilismo implica la abolición del ideal que desde su lejanía marca la distancia con lo real: la guerra no es un medio para poner en obra una idea, un orden como meta claramente definida, que una vez realizado conllevaría el cese de la guerra. Lo ideal se ha inmanentizado y dinamizado en la contingencia y el cálculo, de modo que lo que hay es una guerra total y sin fin producida y administrada como despliegue incondicionado de medios de acumulación, en medio de la “crisis” permanente y su pacificación policial permanente: guerra total y permanente, de contextura poli-dimensional –desde su expresión geopolítica hasta la guerra de sí contra sí mismo en la sociedad de control.

Rodrigo Karmy, a propósito de los rasgos de la guerra contemporánea, apunta lo siguiente:

(…) el imperialismo contemporáneo funciona produciendo guerras civiles. La guerra civil, antigua figura que para los griegos era vista como una “enfermedad” de la pólis, en rigor, constituye hoy (y quizás siempre fue el recurso clave de toda empresa colonial) el último dispositivo de gestión imperial sobre las poblaciones. Si el imperialismo contemporáneo se diferencia del imperialismo del eje franco-británico es, fundamentalmente, por su carácter desterritorializante. El nuevo imperialismo no tiene un carácter centrípeto, sino centrífugo; no funda instituciones, sino desarticula las existentes; carece de un centro articulador porque los multiplica por todo el globo; y, finalmente, su modus operandi es enteramente geoeconómico antes que geopolítico. No se trata de una sustitución de lo geopolítico por lo geoeconómico, sino de su subsunción por el movimiento corporativo-financiero del capital. Más que una rivalidad inter-estatal acotada a un territorio o a un conjunto de territorios en particular, se trata de una lucha económico-financiera expandida a nivel global. (…). A esta luz, el ejercicio imperial contemporáneo produce a la guerra civil como última forma de gestión sobre las poblaciones, funcionando en base a tres rasgos fundamentales: a) Descentrada en su despliegue, pues, nunca los conflictos civiles se acotan a una frontera estatal-nacional precisa, sino que siempre las difuminan en la articulación con otras fuerzas, tanto locales, regionales como globales de manera absolutamente centrífuga y en cambio permanente. b) Económica en su racionalidad, toda vez que las diversas formas de conflicto político se dirimen en base a un modelo “corporativo-financiero” cuyo objetivo inmediato es la lucha por la apropiación del capital global. (…). c) Inmanente en su operación, pues la puesta en vigor de la guerra civil implica una incidencia de una técnica gubernamental orientada a incidir en la praxis misma de los pueblos, en sus modos de ser más cotidianos, tal como ocurre en la colonización israelí de Palestina donde todo su armatoste de exclusión, ocupación y segregación funciona todos los días micropolíticamente. (…). No estamos asistiendo a ninguna guerra en sentido clásico y, sin embargo, estamos hundidos de conflictos a nivel global. Incluso, podríamos decir: la época de la guerra (es decir, la época del Estado) ha pasado y, sin embargo, no vivimos en la soñada paz perpetua de Kant, sino en la proliferación de múltiples conflictos civiles a nivel global. La derecha conservadora le llamará “choque de civilizaciones” fomentando así el racismo “culturalista” de nuevo cuño (ubicando el problema en supuestas “esencias” culturales como cuando se dice que el islam es por esencia anti-democrático) y algunas izquierdas remedarán el gesto poniendo en práctica un “republicanismo” imperial: “hay que enseñarle a los árabes el valor de la democracia, etc.).[18]

En relación con esta caracterización de la guerra contemporánea podemos consignar un par de casos para ilustrar esta cuestión en la escena material de la historia: la guerra gestional en Medio Oriente y las máquinas de guerra en África.

En el caso de Medio Oriente, las lógicas anárquicas del orden geoeconómico global, puestas en juego ejemplarmente por Estados Unidos y su séquito imperial –incluidos los regímenes aliados en la región, tales como Israel, Arabia Saudita y las monarquías del golfo–, han operado una estrategia de “balcanización”[19] por la vía de promover y financiar guerras civiles sectarias –empujando la proliferación y radicalización de las identidades étnicas, nacionales y religiosas–, y armando calculadamente a las facciones en pugna (grupos étnicos, nacionalistas, separatistas, radicales religiosos, etc.), con el objetivo de reconfigurar Medio Oriente en un cuadro de países más pequeños –es decir, más controlables– y divididos y enfrentados –es decir, más débiles, desgastados, por estar en una guerra civil permanente, guerra producida y administrada estratégicamente por las potencias occidentales y sus aliados regionales. El colonialismo contemporáneo no es, en estos escenarios, como lo fuera el colonialismo clásico –que consistía en tomar la tierra (fase político-militar), imponer un orden jurídico (fase político-jurídica) y administrar su explotación (fase económica)–: ya no se trata de la imposición de un orden, sino de la gestión transnacional del desorden, de ese desorden producido que los medios occidentales llaman, naturalizándolo orientalistamente, la “inestabilidad de Medio Oriente”. De modo que la “balcanización” no es una mera estrategia política, sino que hace parte de una economía capitalista de la guerra en la que la política se halla subsumida: el negocio de la destrucción (aparato industrial-militar), el negocio de la reconstrucción (aparato ingenieril e inmobiliario civil), el negocio del extractivismo legal e ilegal (capital petrolero y gasífero). Se trata de una estrategia necropolítica del capital que ya ha sido puesta en juego en Afganistán, Irak y Libia, y ahora en Siria. En este cuadro, resulta ilustrativa la deriva de las formas de rebelión kurda, cuya revolución no puede ser aislada del tablero geopolítico de la región como campo de fuerzas y estrategias. Si bien la revolución kurda, en consonancia con las revueltas árabes como frente trans-étnico y trans-religioso de democratización de la región, ha abierto una brecha entre las dos formas tradicionales de comprender la política en el mundo árabe postcolonial –el populismo islámico y el nacional-populismo árabe–, tal brecha diferencial ha sido capitalizada en sus efectos políticos de “separatismo” por la economía política de la guerra capitalística: si por un lado los afanes separatistas de los kurdos son castigados por los Estados que ejercen sobre ellos la soberanía territorial (Turquía, Siria, Irak e Irán), por otro lado los países que agencian las nuevas lógicas del orden global mediante la balcanización “apoyan” tal separatismo, en la medida en que lo pueden encuadrar en el marco de su propia estrategia –lo que se pone de manifiesto, por ejemplo, en declaraciones de apoyo a la independencia kurda por parte de personeros del Estado de Israel, como las que hacía explícitas el ministro de relaciones exteriores Avigdor Lieberman hace unos años, reafirmadas por el propio primer ministro Benjamin Netanyahu en aquel entonces.

En el caso de las máquinas de guerra capitalísticas en África, desde el último cuarto del siglo XX destaca lo que ocurre particularmente en algunos países de África occidental y central (Sierra Leona, Angola, Liberia, República Democrática del Congo) donde la minería de diamantes financia guerras por los mismos diamantes –se trata de los llamados “diamantes de sangre”.[20] Tales “máquinas de guerra” han asolado especialmente a países como Angola y Sierra Leona.[21] Veamos el caso de Sierra Leona, situada en la costa oeste de África central y cuya capital es Freetown, un asentamiento de esclavos liberados fundado por abolicionistas europeos. Es un país muy rico en recursos naturales, pero paradójicamente es uno de los países económicamente más pobres del planeta. Sierra Leona tiene un territorio muy fértil, con bosques tropicales y depósitos aluviales de diamantes de alto valor. Sin embargo tales condiciones, lejos de brindarles prosperidad, le han acarreado a sus habitantes décadas de terror debido a la violencia predatoria de las “máquinas de guerra”,[22] que nacen en este caso de una trama de relaciones de poder entre gobiernos corruptos, ejércitos irregulares y capitales extranjeros que se teje en torno a los “diamantes de sangre”. La dinámica de esta trama en Sierra Leona –entre 1991 y 2001– es la siguiente: 1) en un primer momento se da una guerra civil entre un gobierno autoritario corrupto y un ejército rebelde revolucionario –en una dinámica de carácter esencialmente político, en el contexto geopolítico de la Guerra Fría; 2) en un segundo momento el ejército rebelde, desfinanciado por la Unión Soviética tras el fin de la Guerra Fría, captura las fuentes diamantíferas aluviales y comienza a financiarse con la explotación y el comercio de diamantes –que les son comprados en la misma región por capitales europeos y estadounidenses; 3) en un tercer momento el ejército rebelde ya se ha transformado en una “máquina de guerra” capitalística –contingentemente en conflicto o en alianza con el gobierno local y en una dinámica de carácter esencialmente económico, cuyo “ciclo” es el siguiente: extracción y comercialización de diamantes en función de la obtención de dinero y armas; dinero y armas en función del control de las fuentes diamantíferas para seguir extrayendo y comercializando el valioso mineral. Achille Mbembe apunta a que en África, desde el último cuarto del siglo XX, varios Estados ya no tienen el monopolio de la violencia/coerción en sus territorios: la coerción es ahora una mercancía que se vende en el mercado internacional. El derecho soberano a ejercer la violencia mortífera pasa del Estado nacional al mercado en función del Capital transnacional, es decir: transita de la esfera de la política a la esfera de la economía, quedando subsumido en ella.[23] Si en la esfera política la función estatal de la violencia era el control territorial por parte del ejército del Estado, en la esfera económica la función capitalista-privada de la violencia es el control territorial y la explotación de recursos naturales y trabajo humano por parte de ejércitos privados, milicias urbanas y de señores de la guerra locales, empresas de seguridad privadas, etc. A propósito de este tipo de modulación de la necropolítica capitalística que se expresa en la proliferación de las máquinas de guerra, escribe Mbembe:

La economía política del Estado ha cambiado de forma espectacular durante el último cuarto del siglo XX. Numerosos Estados africanos ya no pueden reivindicar un monopolio sobre la violencia y los medios de coerción en su territorio; ni sobre los límites territoriales. La propia coerción se ha convertido en un producto de mercado. La mano de obra militar se compra y se vende en un mercado en el que la identidad de los proveedores y compradores está prácticamente desprovista de sentido. Milicias urbanas, ejércitos privados, ejércitos de señores locales, empresas de seguridad privadas y ejércitos estatales proclaman, todos a la vez, su derecho a ejercer la violencia y matar. Estados vecinos y grupúsculos rebeldes alquilan ejércitos a los Estados pobres. La violencia no gubernamental conlleva dos recursos decisivos en función de los que ejerce su coerción: trabajo y minerales.[24]

Y en otro pasaje:

Cada vez más a menudo, la guerra no tiene lugar entre los ejércitos de dos Estados soberanos, sino entre grupos armados que actúan bajo la máscara del Estado, o contra grupos armados sin Estado pero que controlan territorios bien delimitados; ambos tipos de bandos tienen como principal objetivo la población civil, que no está armada ni organizada en milicias. En el caso en el que los disidentes armados no se hagan con el poder del Estado de forma completa, provocan particiones nacionales y consiguen controlar regiones enteras, administradas bajo el modelo del feudo, especialmente cerca de los yacimientos de minerales.[25]

En este contexto, las “máquinas de guerra” operan como máquinas de captura y depredación: una función política de captura de territorios y poblaciones; una función económica de depredación capitalista de recursos naturales y recursos humanos. Los territorios capturados y depredados se convierten así en un mundo de muerte, cuya gramática es la de un “campo de trabajo forzado” en función de formas de acumulación capitalista locales y transnacionales. Mbembe:

La concentración de actividades relacionadas con la extracción de recursos valiosos en estos enclaves los convierte en espacios privilegiados de guerra y muerte. La propia guerra se ve alimentada por el aumento de la venta de los productos extraídos. (…). Las máquinas de guerra (milicias o movimientos rebeldes, en este caso) se convierten rápidamente en mecanismos depredadores extremadamente organizados, que aplican tasas en los territorios y las poblaciones que ocupan, y cuentan además con el apoyo, a la vez material y financiero, de redes transnacionales (…).[26]

El círculo es perfecto: la guerra en función de la economía, la economía en función de la guerra. El círculo entre necropolítica y necroeconomía constituye un ciclo de acumulación tal que, entre más muerte, más capital, y viceversa. Mbembe:

En relación con la nueva geografía de la extracción de recursos, asistimos al nacimiento de una forma inédita de gubernamentalidad que consiste en la gestión de multitudes. La extracción y el pillaje de recursos naturales por las máquinas de guerra van parejos a las tentativas brutales de inmovilizar y neutralizar espacialmente categorías completas de personas o, paradójicamente, liberarlas para forzarlas a diseminarse en amplias zonas que rebasan los límites de un Estado territorial. En tanto que categoría política, las poblaciones son más tarde disgregadas entre rebeldes, niños-soldado, víctimas, refugiados, civiles convertidos en discapacitados por las mutilaciones sufridas o simplemente masacradas siguiendo el modelo de los sacrificios antiguos, mientras que los “supervivientes”, tras el horror del éxodo, son encerrados en campos y zonas de excepción.[27]

Gonzalo Díaz Letelier

Fuentehttps://contemporaneafilosofia.blogspot.com


Notas bibliográficas

[1] En 1989, cinco oficiales del Ejército y del Cuerpo de Infantería de Marina de los Estados Unidos publicaron un documento titulado «El rostro cambiante de la guerra: hacia la cuarta generación», en la Military Review y la Marine Corps Gazette (cfr. Lind, William et alea, «The Changing Face of War: Into the Fourth Generation», en Marine Corps Gazette, Octubre 1989, pp. 22-26), donde sistematizaban para la doctrina militar de Estados Unidos el fenómeno de la guerra moderna en una serie de cuatro generaciones: 1) guerra de primera generación, desde las primeras guerras con armas de fuego y formación de ejércitos profesionales al servicio de los Estados (guerra de sucesión española, guerras napoleónicas, guerras de independencia hispanoamericanas, etc.); 2) guerra de segunda generación, se inicia con la industrialización y la mecanización, se caracteriza por la capacidad de movilización de grandes ejércitos, el uso de maquinaria bélica de alto poder de fuego y a gran escala, y la guerra de trincheras (guerra de los Boer, primera guerra mundial, guerra Irán-Irak, etc.); 3) guerra de tercera generación, se inicia con la “guerra relámpago” (Blitzkrieg) del ejército alemán, durante la Segunda Guerra Mundial; se caracteriza por la introducción masiva de los tanques –que rompen el estancamiento de la guerra de trincheras– y se basa en la velocidad y sorpresa del ataque no dando tiempo para la coordinación de la defensa, además de la superioridad tecnológica sobre el enemigo, coordinando fuerzas aéreas, marinas y terrestres, interrumpiendo las comunicaciones del enemigo y produciendo el aislamiento logístico de sus defensas, causando un intencional impacto psicológico aterrador, y atacando masivamente a los civiles para impedir que estos sostengan la industria bélica que necesita el enemigo para continuar la guerra (guerra civil española, segunda guerra mundial, guerra de Corea, guerra del Yom Kippur, guerra del Golfo, etc.; la Blitzkrieg fue usada por Estados Unidos en la Invasión de Iraq de 2003 y por Israel en la Guerra del Líbano de 2006); guerra de cuarta generación, la superioridad tecnológica de los ejércitos estatales implica que la única forma sensata de intentar enfrentarlos es el uso de fuerzas irregulares ocultas que ataquen sorpresivamente al enemigo, usando tácticas no convencionales de combate. En estas tácticas las grandes batallas frente a frente entre fuerzas molares ya no se dan (guerra civil china, guerra de Vietnam, conflicto armado en Colombia, guerra contra los narcos, guerra civil de Angola, guerra contra el terrorismo, guerras yugoslavas, etc.). De modo que la guerra de cuarta generación comprendería formas tales como la guerra de guerrillas, guerra asimétrica, guerra de baja intensidad, “guerra sucia”, terrorismo de Estado, guerra popular, guerra civil, terrorismo y contraterrorismo, etc. (ver también Van Creveld, Martin, «The transformation of war. The most radical reinterpretation of armed conflict since Clausewitz», Free Press Publisher, New York, 11991).

[2] Es interesante constatar como aparece este tránsito en la cultura popular y recogido por el mismo cine estadounidense; ver Lumet, Sidney (dir.), “Network” (U.S.A., 1976). Véanse también, en registro filosófico, Villalobos-Ruminott, Sergio. «Soberanías en suspenso. Imaginación y violencia en América Latina», Editorial La Cebra, Buenos Aires, 12013, pp. 23-24; y en un registro sociológico, Katz, Claudio, «Bajo el imperio del capital», Escaparate Ediciones, Santiago, 12015, p. 7 y ss.

[3] Rodrigo Karmy, «La guerra gestional», artículo en El Desconcierto, 8 de noviembre de 2013.

[4] Heidegger: “Rusia y América, metafísicamente vistas, son la misma cosa; la misma furia desesperada de la técnica desencadenada y de la organización abstracta del hombre normal” (Heidegger, Martin, «Introducción a la metafísica (1936)», traducción del alemán al español por Emilio Estiú, Editorial Nova, Buenos Aires, 11966, p. 75 y ss.).

[5] Heidegger, Martin, «Beiträge zur Philosophie (Vom Ereignis), 1936-1938», Gesamtausgabe 65, Vittorio Klostermann Verlag, Frankfurt am Main, 32003, p. 369.

[6] Heidegger: “La moralidad, en la medida en que es un modo de aseguramiento y seguridad, es idéntica al mal. (…). Puede ser que la moralidad, por su parte, y con ella todos los intentos particulares de poner mediante la moralidad a la gente dentro del prospecto de un orden mundial y de establecer la seguridad mundial con certeza, no sea más que un engendro monstruoso del mal” (Heidegger, Martin, «Feldweg-Gespräche», Gesamtausgabe 77, Vittorio Klostermann Verlag, Frankfurt am Main, 11995, p. 209). En este punto intentamos señalar con Heidegger hacia una cuestión que ha relevado Rodrigo Karmy: que “no importará tanto el ‘quien’ es el terrorista sino cuáles son las condiciones de su producción” (Karmy, Rodrigo, «¿Qué es el terrorismo?, o cómo el imperialismo contemporáneo produce guerras civiles», artículo en El Desconcierto, 19 de septiembre de 2016; ver también Karmy, Rodrigo, «¿Qué es el terrorismo? Prolegómenos para una “analítica del terrorismo”», en Revista Poliética, vol. 5, nº 1, São Paulo, 2017, pp. 20-39).

[7] Para un esbozo genealógico de la lógica securitaria, ver Díaz Letelier, Gonzalo, «La cuestión mapuche y el derecho penal del enemigo como consumación jurídica del “humanismo”», en Revista Espacio Regional, vol. 2, nº 12, Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de Los Lagos, Osorno, 2015, pp. 28-62.

[8] Como cuando en Chile decimos, a propósito de esta condición, que la derecha religiosa, política y económica tiene a los militares y no necesita pensar, porque “actúa”, con certeza y asertividad, seguridad y necesidad. Se trata de la relación entre pensamiento y acción, o de la falta de pensamiento cuando la acción se torna nihilista y racionalmente autómata (“instintiva”, en el sentido que lo puso alguna vez Samuel Butler).

[9] Cfr. Mitchell, Andrew, «Heidegger and terrorism», en Research in Phenomenology Review, nº 35, Leiden, 2005, pp. 181-218.

[10] Clausewitz, Carl von, «Vom Kriege», Dümmlers Verlag, Bonn, 191980, p. 191.

[11] Clausewitz, opus cit., pp. 191-192.

[12] Ibidem, p. 955.

[13] Heidegger, «Introducción a la metafísica (1936)», p. 75 y ss.

[14] Heidegger: “el ser ha devenido valor”, cfr. Heidegger, Martin, «Holzwege», Gesamtausgabe 5, Vittorio Klostermann Verlag, Frankfurt am Main, 22003, p. 258.

[15] Heidegger, Martin, «Die Geschichte des Seyns», Gesamtausgabe 69, Vittorio Klostermann Verlag, Frankfurt am Main, 11998, p. 209.

[16] Heidegger, Martin, «Überwindung der Metaphysik», Gesamtausgabe 7, Vittorio Klostermann Verlag, Frankfurt am Main, 12000, p. 91.

[17] Heidegger: “(…) los conductores [Führer] son la consecuencia necesaria del hecho de que los entes han derivado al camino de la errancia, en el cual la expansión del vacío requiere de una singular función de ordenamiento y securitización” (Ibidem, p. 92). Paradigmática resulta hoy, en este sentido, la relación entre el presidente Donald Trump y el aparato político-militar y empresarial de Estados Unidos.

[18] Karmy, Rodrigo, «¿Qué es el terrorismo?, o cómo el imperialismo contemporáneo produce guerras civiles», artículo en El Desconcierto, 19 de septiembre de 2016.

[19] La expresión “balcanización” es un término geopolítico usado originalmente para describir el proceso de fragmentación o división de una región o Estado en partes o Estados más pequeños que son, por lo general, mutuamente hostiles en virtud de sectarismos identitarios.​ El término surgió a raíz de los conflictos en la Península Balcánica ocurridos a lo largo de la década de los noventa del siglo XX. Como estrategia de desestabilización tiene por finalidad legitimar posteriores intervenciones de “injerencia humanitaria”.

[20] Cfr. Díaz Letelier, Gonzalo, «El corazón negro de la hacienda occidental: Achille Mbembe y la necropolítica», en Revista Actuel Marx (Intervenciones, edición chilena), nº 17, Santiago, 2014, pp. 69-97.

[21] Para los casos de Angola y Sierra Leona hay un par de reportes de organizaciones no gubernamentales que apuntan específicamente a la trama entre gobiernos corruptos, ejércitos irregulares y capitales extranjeros que se teje en torno a los “diamantes de sangre”. Para el caso de Angola, ver de varios autores, «A rough trade. The role of companies and governments in the Angolan conflict», reporte de Global Witness Organization, London, 1998. Para el caso de Sierra Leona, ver Smillie, Gberie & Hazleton, «The heart of the matter. Sierra Leone, diamonds and human security», reporte de Partnership Africa-Canada, Ontario, 2000.

[22] Tomamos aquí el concepto de “máquina de guerra” del trabajo del pensador camerunés Achille Mbembe, quien a su vez lo ha recogido de Deleuze, Gilles & Guattari, Félix, «Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia», traducción del francés al español por José Pérez, Editorial Pre-Textos, Valencia, 52002, p. 359 y ss.

[23] Cfr. Hodges, «Angola: from afro-stalinism to petro-diamond capitalism», Indiana University Press, Indiana, 12001, cap. 7.

[24] Mbembe, Achille, «Necropolítica / Sobre el gobierno privado indirecto», traducción del francés al español por Elisabeth Falomir, Editorial Melusina, Santa Cruz de Tenerife, 12011, pp. 57-58.

[25] Ibidem, p. 64.

[26] Ibidem, pp. 61-62.

[27] Ibidem.


Gonzalo Díaz Letelier: Capitalismo y guerra I. La utopía liberal clásica

Gonzalo Díaz Letelier: El Dispositivo de la Familia. Familitarismo Conservador y Criticas de la Subjetivacion Autoritaria y Economizante

Y bien, ¡la guerra!

Introducción a la guerra civil (I)

Comité Invisible: Ahora (2018)

Giorgio Agamben: Del Estado de derecho al Estado de seguridad

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