Felipe Corrêa: Apuntes para una historia anarquista global (Parte II)

by • 22 agosto, 2019 • Artículos, Decolonial, Geopolítica, Historia anarquistaComments (0)244

En esta segunda entrega de apuntes para una historia anarquista global (puedes revisar la primera aquí ), Felipe Corrêa señala lo que a juicio de los autores de Bandera Negra: rediscutiendo el anarquismo han sido los principales debates entre anarquistas y las principales corrientes del anarquismo. (Nota Lapeste.org )


Grandes debates entre anarquistas

Sin embargo, afirmar la unidad de los anarquistas en torno de determinados principios no implica decir que no hubo (y que hay aún) divergencias significativas entre ellos en relación a varias cuestiones. Bandera Negra, en su análisis de las diferencias más relevantes que aparecen entre los anarquistas – y por relevantes, se refiere a las diferencias que tienen permanencia histórica y que son realmente significativas – presenta lo siguiente.

En función de las mencionadas apertura y pluralidad para comprensión de la realidad, no hay que buscar estos debates más importantes del anarquismo en el campo del método de análisis, teoría social, filosofía etc. – donde es cierto que hay grandes diferencias y muchas controversias interesantes, pero que no es el campo que define el anarquismo – sino en el aludido trípode. En relación a la crítica anarquista de la dominación, no hay debates relevantes; las posiciones son, en general, bastante similares. Hay cuatro debates relativos a la defensa anarquista de la autogestión y otros tres relativos a la estrategia fundamental anarquista, que serán ahora presentados. Es importante destacar que, a pesar de las polarizaciones, en muchos de los casos, hay posiciones intermediarias y conciliadoras.

En términos del funcionamiento de la sociedad futura, hubo un debate económico que contrapuso la defensa de un mercado autogestionario – como en el caso de Abraham Guillén, que argumentó no ser el mercado necesariamente capitalista, sino un ambiente de circulación y distribución, un espacio donde hay informaciones sobre oferta y demanda, y que la planificación no sería posible en función de la complejidad de las sociedades modernas (44) – a la defensa de una planificación democrática – como en el caso de Alexandre Berkman y Kôtoku Shûsui, que sostuvieron la necesidad de un planeamiento hecho por productores y consumidores, y el consumo sin la utilización del dinero (45).

Aún en este eje hubo otro debate que contrapuso, en el campo de la distribución de los productos del trabajo, la defensa del colectivismo – como en el caso de M. Bakunin, quien sostuvo que la remuneración debería estar de acuerdo con el trabajo realizado (lógicamente, habría un equivalente general, salarios y una estructura de poder que sería autogestionaria y controlaría este proceso) (46) – a la defensa del comunismo – como en los casos de Shifu, Carlo Cafiero y P. Kropotkin, que argumentaron a favor de la remuneración de acuerdo con las necesidades (lógicamente, no habría dinero, salarios, etc.).(47) Cabe decir que anarquistas como James Guillaume, E. Malatesta y Neno Vasco mantuvieron posiciones intermediarias, afirmando que, dependiendo del período o del producto en cuestión, se podría variar entre colectivismo y comunismo o se podría optar por la coexistencia (48).

Hubo un tercer debate que contrapuso, en el campo de las decisiones políticas, la defensa de que la política se debería hacer exclusivamente en la local de vivienda – como en el caso de Murray Bookchin, que preconizó las articulaciones hechas por comunidades y municipalidades, que serían locales propios a la democracia directa y minimizarían las amenazas del economicismo y del corporativismo49 – a la defensa de que la política se debería hacer exclusivamente en el local de trabajo – como en los casos de R. Rocker y Diego Abad de Santillán, que argumentaron que los sindicatos deberían ser los responsables de la reorganización social y de las decisiones de la sociedad, ya que serían los espacios privilegiados de reunión de los trabajadores (50). Otros anarquistas, como L. van der Walt, defienden articulaciones mixtas, que vinculen políticamente local de vivienda y de trabajo (51). Un cuarto debate involucró a la cuestión de los límites y las posibilidades de la cultura en una sociedad futura y contrapuso la defensa de que la cultura es secundaria – como en los casos de Bakunin y de la Federazione dei Comunisti Anarchici (FdCA), quienes sostuvieron que la cultura y todo lo que ella implica: ética, valores, propaganda, comunicación, ocio etc., está sumamente limitada por elementos políticos y, sobretodo, económicos (52) – a la defensa de la cultura es completamente central – como en los casos de Wu Zhihui y E. Reclus, quienes argumentaron que la cultura tiene un rol determinante en el desarrollo de la autogestión económica y política.53 Los defensores de la primera posición comúnmente priorizaron la militancia en sindicatos y/o cooperativas y los de la segunda la educación y la propaganda. Hubo, también, innumerables posiciones intermedias, con muchos militantes intentando conciliar ambas posiciones e iniciativas.

En un balance general, se pueden decir algunas palabras. El debate mercado versus planificación no tuvo impacto histórico y geográfico considerable y las posiciones de defensa del mercado fueron muy poco expresivas. El debate colectivismo versus comunismo tuvo relevancia en Europa de los años 1870 hasta el inicio del siglo XX, pero después el comunismo se tornó posición completamente hegemónica, en gran medida bajo influencia de P. Kropotkin, y las posiciones intermedias también se fortalecieron, considerando este un problema secundario. El debate política y decisiones por local de habitación versus por local de trabajo no implicó grandes polarizaciones, dado que los defensores estrictos de la política comunitaria/municipalista fueron completamente marginales y hubo una posición conciliadora mayoritaria, al menos en la práctica, de articulación entre sindicatos y barrios, locales de trabajo y vivienda. El debate cultura secundaria versus central tendió a concentrarse en posiciones intermedias, que le atribuían un rol relevante, pero sin radicalismos rumbo al economicismo o al culturalismo extremos. En función de esto, Bandera Negra argumenta que estos cuatro debates relativos a la defensa de la autogestión pueden ser considerados relevantes, pero no para marcar las divergencias permanentes en términos históricos y geográficos entre los anarquistas.

En términos de los caminos de cambio, hubo un debate que contrapuso las posiciones favorables a la organización – como en los casos de José Oiticica y L. Parsons, que preconizaran la necesidad de organización de los anarquistas en el nivel social, de masas, y/o en el nivel político-ideológico, específicamente anarquista54 – a las posiciones contrarias a ella – como en los casos de Alfredo Bonanno y Luigi Galleani, que sostuvieron que la organización formal en movimientos de masas o organizaciones estructuradas ofrecían riesgos de burocratización y recomendaron la actuación individual o en pequeños grupos o redes informales (55).

Entre los defensores de la organización, u organizacionistas, también hubo divergencias considerables, entre las cuales se destacan tres. Una, que contrapuso la defensa del sindicalismo o comunalismo exclusivos – como en los casos de Pierre Monatte, que defendió la necesidad de organización de los anarquistas solamente en nivel social, de masas, y que las organizaciones anarquistas serían algo redundante, visto que los movimientos populares tendrían condiciones plenas de promover la estrategia anarquista (56) – a la defensa del dualismo organizacional – como el caso de E. Malatesta y Amedée Dunois, que argumentaron que, más allá de las organizaciones sociales masivas, serían necesarias organizaciones especificas anarquistas para promover sus posiciones más consistentemente entre los trabajadores (57).

Otra, entre los que reflexionaron sobre las organizaciones sociales de masas, que opuso los sindicalistas revolucionarios – como los Industrial Workers of the World (IWW) y la Confédération Générale du Travail (CGT), que no tenían vinculación programática y explícita con el anarquismo – a los anarco-sindicalistas – como la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) y la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), que se vincularon, la primera desde 1905 y la segunda desde 1919, en estos términos, al anarquismo (o “comunismo libertario”) como doctrina oficial programática y explícitamente promovida entre sus miembros.

Y finalmente, una última diferencia sobre las organizaciones específicamente anarquistas, que contrapuso los defensores de una organización programática – como en el caso de Juan Carlos Mechoso y la Federación Anarquista Uruguaya e Ida Mett y la Plataforma Organizativa por una Unión General de Anarquistas, los cuales preconizaron un modelo de organización fuerte, con afinidad amplia entre los miembros y focalizados en la incidencia en la lucha de masas; siendo que tales organizaciones autogestionarias trabajarían con organicidad bien definida, correspondencia de derechos y deberes, autodisciplina, responsabilidad y unidad en los campos del pensamiento y de la acción, buscando el consenso pero optando por el voto de la mayoría en caso de divergencia (58) – a los defensores de una organización flexible – como Volin y Sébastien Faure, que partieron de la posición de poner fin a los conflictos entre los anarquistas y sostuvieron la necesidad de un modelo también federalista de
organización, pero con organicidad limitada, posibilidad de participación de todos anarquistas, alto grado de autonomía de individuos y grupos, sin unidad de acción (no obligación de adherirse a las posiciones mayoritarias en caso de divergencias) y aceptando diversidad amplia en términos teóricos, ideológicos y estratégicos/prácticos (59).

Un segundo debate relativo a los caminos de cambio opuso la defensa de las reformas como un camino posible para llegar a la revolución (“posibilismo”) – como en el caso de Osugi Sakae, Ba Jin y Sam Dolgoff, que argumentaron que las luchas por conquistas inmediatas podrían permitir la realización de un tipo de gimnástica revolucionaria y que las reformas, para allá de que, siendo conquistadas, tornarían la vida de los trabajadores en menos dura y las condiciones de movilización serían mejores, tendrían aún una capacidad pedagógica que fortalecería a los trabajadores para un proyecto revolucionario (60) – a la defensa de que las reformas deben ser rechazadas en general (“imposibilismo”) – como en el caso de Alessandro Cerchiai, L. Galleani y Emile Henry, que sostuvieron que las reformas generalmente refuerzan (y no debilitan o destruyen) el sistema y por ello las huelgas reivindicativas no son útiles para un proyecto revolucionario; las eventuales conquistas contra los patrones serían utilizadas por ellos en el incremento de los precios de los productos que los propios trabajadores consumen y las conquistas contra el Estado harían solamente que se refuerce y continúe su proceso de dominación (61).

Aún en este eje hubo otro debate que contrapuso la defensa de la violencia revolucionaria como elemento concomitante y derivado de los movimientos de masas – como en los casos de Nestor Makhno y Pierre Besnard, que recomendaron que la violencia, imprescindible para la transformación revolucionaria, debería ser utilizada para fortalecer movimientos populares en la lucha de clases y no como un simple gatillo para creación de estos movimientos o como medio exclusivo y eficaz de propaganda62 – a la defensa de la violencia como gatillo y elemento movilizador – como en el caso de Severino di Giovanni y Ravachol que, más allá de la cuestión de venganza popular, concibieron la violencia como un elemento de propaganda capaz de involucrar los trabajadores en procesos más radicalizados de lucha (63).

En un balance, se pueden decir algunas palabras. Estos tres grandes debates – organizacionismo versus anti-organizacionismo, posibilismo versus imposibilismo, violencia simultánea/derivada versus violencia como gatillo – son, en Bandera Negra, resaltados como aquellos que poseen mayor relevancia, o sea, que más dividieron y que siguen dividiendo a los anarquistas en todo el mundo. Y justamente es sobre ellos que él propone hacer una redefinición de las corrientes anarquistas.

Corrientes anarquistas

Discutir las corrientes anarquistas implica, como en el caso de la definición del anarquismo, replantear todo el tema. Los estudios de referencia del anarquismo y otros presentan un conjunto inmenso de “corrientes anarquistas”; por más que sea más común hablar de anarco-individualismo, anarcosindicalismo y anarco-comunismo, hay una seria de otras: anarquismo pacifista, anarquismo cultural, anarco-colectivismo, mutualismo, anarquismo terrorista, anarquismo social, anarquismo sin adjetivos, anarquismo campesino, anarquismo verde, anarco-feminismo, anarquismo reformista, utilitarista, conspiratorio, de estilo de vida, etc. La lista es inmensa…

Los problemas que involucran estas definiciones son varios. Más allá de las corrientes creadas que abarcan un “gran sabio” (“anarco-pacifismo” para Tolstoi, por ejemplo), hay, como en este mismo caso del “anarco-pacifismo”, problemas de comprensión y definición del anarquismo: pacifismo (contrariedad a la violencia en todos los casos), reformismo (reformas entendidas como fin en sí mismas) e individualismo (búsqueda de la emancipación individual lejos de un proyecto colectivo de liberación) no son siquiera parte de los principios históricos anarquistas. La solución de este problema fue hecha anteriormente, con la redefinición relativamente precisa del anarquismo.

Existen también problemas sobre los criterios elegidos para el establecimiento de las corrientes, dado que no pueden ser comparados en función de su superposición. Hay criterios relativos a la distribución de los frutos del trabajo en la sociedad futura – comunismo y colectivismo; hay criterios relativos a estrategias de lucha y aspectos estratégicos de la lucha – intervenciones individuales, colectivas; sindicales, barriales o cooperativas; violentas o pacíficas; económicas, políticas o culturales; posiciones sobre reformas, modelo de organización anarquista, clases/sujetos capaces de impulsar el proceso de cambio; y hay criterios relativos a elementos político-filosóficos – posiciones en relación al espiritualismo y a la religión, a la concepción de libertad individual y a las luchas ecológicas y de género.

En la frecuente distinción entre anarco-comunismo y anarco-sindicalismo, por ejemplo, el comunismo enfatiza respecto a la distribución de los productos del trabajo y el sindicalismo en general a una estrategia. Makhno y N. Vasco, que defendían la organización de consejos y sindicatos como medios y el comunismo como fin, presentan diferencias muy claras con L. Galleani y Oreste Ristori, antiorganizadores en términos de camino de lucha, pero también comunistas en su perspectiva de futuro. ¿Todos serían “anarco-comunistas”? N. Vasco ¿sería al mismo tiempo “anarco-comunista” y “anarco-sindicalista”? Este problema involucra a innumerables ejemplos.

Como solución al dilema, es necesario un retorno no solo a la redefinición del anarquismo, sino a la discusión acerca de los grandes debates entre los anarquistas y su relevancia histórica y geográfica. Como se ha argumentado, son tres las cuestiones que subsidian los debates más importantes: organización, reformas y violencia. Y más que esto. Se puede notar, en términos globales y desde los años 1860 hasta el presente, que hubo muchas circunstancias en las que las posiciones acerca de estas cuestiones confluyeron. Fue común que organizacionistas defendieron posiciones posibilistas y la necesidad de violencia simultánea/derivada; fue también común que anti-organizacionistas defendieran posiciones anti-posibilistas y la violencia como gatillo.

En función de esto, Bandera Negra argumenta que estos dos conjuntos constituidos por las posiciones históricas acerca de las tres mencionadas cuestiones forman el fundamento de la redefinición de las corrientes anarquistas. El primer conjunto (organizacionismo + posibilismo + violencia simultánea/derivada) constituye el anarquismo de masas, corriente históricamente mayoritaria en el anarquismo. El segundo conjunto (anti-organizacionismo + imposibilismo + violencia como gatillo) constituye el anarquismo insurrecionalista, históricamente minoritario, pero aún así, bien considerable. Anarquistas conocidos como L. Parsons, M. Bakunin, N. Vasco, Thibedi, J. Oiticica, Ba Jin entre muchos otros serían representantes del anarquismo de masas; di Giovanni, E. Henry, Ravachol, L. Galleani, Clément Duval, Bartolomeu Vanzetti y muchos otros serían representantes del anarquismo insurrecionalista. P. Kropotkin y E. Malatesta, dependiendo del momento de sus vidas, pertenecieron a una y otra corriente.

Sin embargo, es imprescindible destacar que esta asociación que constituye la base de las corrientes (organizacionismo + posibilismo + violencia simultánea/derivada y anti-organizacionismo + imposibilismo + violencia como gatillo) no fue una constante. Analizando contextos particulares, los mencionados debates pueden aparecer o no aparecer, estar o no relacionados entre sí. Parece claro que tal redefinición no involucra a todos los contextos y no debe ser utilizada como una “camisa de fuerza” para forzar el encaje de la historia concreta y real. Pero, al mismo tiempo, estos debates y esta redefinición de las corrientes pueden funcionar como hipótesis y ofrecer elementos para los análisis de contextos particulares.

En el caso del anarquismo en la Primera Republica brasileña (1889-1930), por ejemplo, tomando este modelo como hipótesis, se constata, con base en la producción historiográfica de A. Samis, que no hay una adecuación completa a él (64). Pero los debates expuestos permiten identificar las diferencias más consistentes entre aquellos anarquistas, que se dieron en torno a la cuestión de la organización. Organizacionistas y anti-organizacionistas fueron las dos principales corrientes de aquel contexto; entre los organizacionistas, hubo aún otro debate relevante que opuso sindicalistas revolucionarios (inspirados por la CGT francesa) a anarco-sindicalistas (inspirados por la FORA argentina).

Felipe Corrêa

Extracto del «Teoría e historia anarquista en perspectiva global«. I Congreso de Investigadorxs sobre anarquismo, Buenos Aires,  26, 27 y 28 de octubre del 2016

*No se incluyeron las notas al pie ni la bibliografía


Felipe Corrêa: Apuntes para una historia anarquista global (Parte I)

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