¿Qué está pasando en Turquía? Genealogía de un fascismo. Entre la gubernamentalidad, el genocidio y la colonialidad del poder

by • 23 agosto, 2019 • Medio Oriente, Mundo, Noticias, comunicados y columnasComments (0)404

Este artículo reconstruye una visión histórica de la Turquía de Erdoğan, de su gobierno dictatorial y de la limpieza étnica contra las minorías. Y cómo esto se cruza con los intereses coloniales estadounidenses, rusos y europeos. El artículo tiene como objetivo revisar especialmente las etapas violentas y cruciales de la formación del nacionalismo en Turquía a partir del período otomano con el kemalismo hasta el actual fascismo de los partidos AKP-MHP. Revisando conceptos como la colonialidad del poder, el artículo también es un llamamiento para superar los límites impuestos por el Estado-nación patriarcal en vista de movilizaciones y soluciones radicalmente democráticas más allá de cada frontera. (Alessia  Dro / Edición: Kurdistán América Latina)

Superar visiones normalizadoras para la acción política

En el escenario geopolítico de Medio Oriente hoy se está llevando a cabo una guerra mundial que involucra y concentra a las principales potencias internacionales y a sus intereses estratégicos en la región. El preocupante papel desempeñado por las políticas de Recep Tayyip Erdoğan en Turquía, con el que, al mismo tiempo, Estados Unidos, estados de la Unión Europea (UE), Irán, Qatar, Arabia Saudita, Israel y Rusia tejen lazos, parece estar subestimado en frente del genocidio físico y cultural que actualmente tiene lugar en Turquía a través de atroces políticas de guerra, homófobas, misóginas, racistas y fundamentalistas directas contra el pueblo kurdo.

En comparación con la Tercera Guerra Mundial por el poder, en curso hoy en Kurdistán, los análisis resaltan, más allá de la evolución de la resistencia de los procesos sociales, en primer lugar, los acuerdos en el campo entre los poderes estatales mundiales. Si miramos a la situación actual y sus posibles desarrollos futuros en un orden discursivo, ya ubicado desde la perspectiva del poder de las alianzas diplomáticas estratégicas en el nivel visible, aislando los procesos de los movimientos populares de su contexto político histórico y teniendo en cuenta sólo una perspectiva relativa a los intereses expansionistas localistas, perdemos la posibilidad de una visión orgánica y dialéctica-dual de los procesos, más allá de las fronteras, en una visión histórica más amplia y compleja. Hoy en día, de hecho el Kurdistán es gobernado por federaciones de pueblos más allá del Estado-nación. El confederalismo democrático como democracia sin Estado no golpea la puerta a quien critica, sino que desarrolla y mejora cada día más su alternativa. El verdadero problema en Medio Oriente es Turquía.

Si el intento de comprender la actual guerra mundial en Kurdistán se produce en un mero testimonio de la políticas gubernamentales modernas insertadas en un status quo, no hay posibilidad desde el origen y la subversión de cuestionar el orden violento a la base de la producción práctica y conceptual del Estado-nación, como modo de las relaciones institucionalizadas a través del patriarcado que ve el cientifismo, el militarismo, el racismo y el heterosexismo como cimientos de su nacimiento.

El tablero de ajedrez que se extrae de la información directa a los contextos mediorientales de Turquía y Siria, requiere que aquellas personas que lo miran no vean solo un macroanálisis geopolítico que, a veces, equivale a una visión sectorial y a una narración normalizadora del conflicto y del escenario de guerra que enfrentamos. Los periódicos y las revistas están llenos de datos de cumbres, compilaciones asépticas, en el peor de los casos pietistas: en lugar de informar, proceden a una deresponsabilización colectiva. Aquí el efecto es querer acostumbrarnos a las invasiones ilegítimas, a las muertes continuas, representadas como simples números, mientras nos enfrentamos al mismo tiempo a genocidios culturales y físicos, a la destrucción de ciudades enteras y entornos naturales llenos de historia. La información circulante dominante genera así un proceso de normalización de la violencia, que lleva a percibir la “banalidad del mal” más peligrosa: los análisis contextuales y genealógicos relacionados con el desarrollo del poder del Estado son fundamentales aquí para una reapropiación crítica, que tenga en cuenta elementos del pasado para comprender nuestra fase histórica actual.

La guerra mundial que estalló en Medio Oriente, impulsada por intereses mundiales que empujan a Turquía a su intento de conquista colonial a través de guerras de agresión con la violación de las fronteras en Siria, no se puede entender sin tener en cuenta la violaciones de derechos humanos hechas por la reactivación de un proyecto otomano imperial, destinado a fracasar, pero que tiene el fin de borrar físicamente a un pueblo, y con ello toda posibilidad de memoria histórica de autodefensa y todas las habilidades de movilización y de oposición.

Después de la derrota del Estado Islámico (ISIS) por las fuerzas de las SDF (Fuerzas Democráticas de Siria) e YPG/YPJ (Unidades de Protección del Pueblo y de las Mujres) el 21 de marzo en Deir Ezzor, Erdoğan ahora amenaza con invadir militarmente el norte de Siria con la colaboración explícita de los grupos yhiadistas reactivados, y con la aprobación de las potencias mundiales. En el silencio mundial, Erdoğan ya implementó su proyecto expansionista sunita a través de una política misógina, homofóbica, racista y sectaria de limpieza étnica, después haber destruidos ciudades enteras en el sudeste de Turquía en 2015, con la supuesta intención de obtener el control en el sudeste del país así como en Siria y en Irak, apuntando primero a aquella parte de la oposición kurda democrática que ha construido en los últimos años un sistema de autogobierno a través de una revolución social, conocida en todo el mundo como una alternativa real de modernidad autónoma democrática, practicada primero en el norte de Kurdistán desde la década de 1990, y desarrollada más tarde, después de las revoluciones árabes, en el sistema cantonal y comunal de Rojava (Kurdistán sirio), con un modelo de confederalismo democrático basado en la liberación de las mujeres, la democracia directa, la ecología y autodefensa.

Por estos días de 2019, en Turquía hay un control y una censura total de la información, con arrestos, con la supresión de la prensa, con el oscurecimiento de Internet y de los canales radio y de televisión. El proyecto dictatorial de Erdoğan apunta a eliminar cultural y físicamente toda disidencia, evitando así una comprensión generalizada de la gravedad real del momento.

Ante la pérdida de consenso y la continua amenaza de guerra en el norte de Siria-Rojava, Erdoğan arroja su último éxito inalcanzable en esta fase de imposibilidad, con medidas internas peligrosamente reactivas y extremadamente alarmantes, que inmediatamente han llevado a las protestas y a un llamamiento de resistencia, especialmente de parte de la juventud kurda.

Las denuncias de las violaciones de derechos humanos en Turquía que se pronunciaron en estos días, durante la gira diplomática en Argentina y Uruguay de la abogada kurda del HDP (Partido Democrático de los Pueblos) Ebru Günay y del diputado armenio Garo Paylan, han tenido como respuesta de Erdoğan un golpe político que provocó más de 400 arrestos en un solo día en las ciudades de Amed, Van y Mardin, en el sudeste de Turquía.

Es urgente comprender el delicado momento que enfrentamos, entender el origen del régimen dictatorial que el Estado turco controlado por Erdoğan está llevando adelante con consecuencias más extremas para los equilibrios entre la lucha para la democracia y la autonomía, y para el poder y el centralismo. Es especialmente importante en este contexto un estudio del origen y los efectos histórico del surgimiento fascista y ultranacionalista en Turquía. Para alcanzar no solo toda la capacidad de expresión, también la de participación, de disenso y de movilización de lo que hoy podemos ser capaces, mientras en Turquía y en decenas de ciudad del mundo el pueblo kurdo y las fuerzas democráticas declararon su condena y llamaron a la resistencia total contra el fascismo de Erdoğan.

 Otomanismo, represión kemalista y golpes de Estado en Turquía

Cuando Recep Tayyp Erdoğan habla sobre otomanismo se refiere a un concepto de expansión imperial del año 1200. De hecho, el siglo XIII fue el que vio el nacimiento del Imperio Otomano. Una pequeña tribu turca dirigida por el condottiere Osman comenzó la conquista de Asia Menor. En 1299, Osman se atribuyó el papel de Sultán. Después de él, vendrían importantes califas o sultanes, el último de los cuales fue depuesto por los kemalistas en 1922, quienes, dando la impresión de renovarse de acuerdo con líneas más democráticas, en realidad lideraron expediciones punitivas contra cada minoría, en particular contra la población kurda, estableciendo regímenes de terror.

En el modelo expansionista del Imperio Otomano y la unificación islámica es en el que se basa hoy el gobierno de Erdoğan. Se sabe que el Imperio Otomano llevó a cabo el genocidio del pueblo armenio entre 1915 y 1916, con deportaciones que causaron alrededor de 1,5 millones de muertes. Erdoğan continúa negando la existencia de este genocidio llevado a cabo por el nacionalismo otomanista en nombre del grupo de los “Jóvenes Turcos”. El negacionismo brutal de Erdoğan es estratégico para ejercer la repetición de otros genocidios, esta vez contra el pueblo kurdo.

Después de la Primera Guerra Mundial, los tratados de Lausana entre Francia e Inglaterra que se firmaron en 1923, dan lugar a la división actual de Kurdistán, Siria, Irak, Líbano, Palestina y Transjordana. La República turca se proclamó, en este marco, como un Estado-nación moderno. El nacimiento de la nueva República significó inmediatamente la centralidad del nacionalismo turco, que se practicó como la columna vertebral del nuevo Estado. La anterior Asamblea Nacional se disolvió, y de los 74 diputados kurdos que anteriormente formaban parte de ella, muchos fueron ahorcados. Todos los tratados que entonces protegían los derechos de la población kurda fueron declarados inválidos, las escuelas cerraron y las publicaciones kurdas fueron prohibidas; incluso se prohibieron todos los otros idiomas por fuera del turco. La República turca se fundó sobre las cenizas del Imperio Otomano y, como resultado de la humillación de la derrota sufrida durante la Primera Guerra Mundial, creó su legitimidad sobre la base de un imaginario fuertemente etno-nacionalista. Los circasianos, griegos armenios, fueron asaltados con pogroms de eliminación sistemática. En un Estado fundado en la ideología de la homogeneización y eliminación, la presencia en el territorio de otra comunidad nacional como la kurda, más allá de los límites trazados por las políticas de partición, se configuró como una traición a la unidad del Estado. Esto allanó el camino para una política sistemática de aniquilación en Turquía para todas aquellas personas que no querían reconocerse a sí mismas como ciudadanos turcos. A partir de ese momento, el país experimentó una guerra sistemática que tuvo que ocultarse sistemáticamente. Se produjeron masacres, levantamientos y revueltas desde los días en que, en 1930, el ministro de Justicia, Mahmut Esat Bozhurt, proclamó en el periódico Milliyet que todos aquellos que no podían presumir de “una ascendencia puramente turca tenían un solo derecho: servir y ser esclavos”.

Diez años después de esta declaración, siguieron los años de la masacre de Dersim, la ciudad de origen de la co-fundadora del PKK (Partido de Trabajadores de Kurdistán), Sakine Cansiz. Turquizada con el nombre de Tunceli, en esta ciudad comenzaron, en el año 1932, genocidios sistemáticos contra el pueblo kurdo hasta los años de su rebelión y resistencia, entre 1937 y 1938. No es difícil en estos años de masacres étnicas ver una continuidad ideológica y de colaboración con las tendencias políticas del nazismo y el fascismo que han cruzado Europa en el mismo período. De hecho, las fuentes históricas no han negado los continuos vínculos con la política del nazismo, que destacan el uso y la experimentación de gases utilizados en los campos de concentración nazis para el genocidio de Dersim; ni tampoco la continuidad con el nazismo ha sido negada por Erdoğan. Cuando fue acusado en 2015 de querer establecer un sistema presidencial nazi en Turquía, durante un discurso de fin de año, el 31 de diciembre de ese año, Erdoğan defendió, en una reunión pública en Estambul frente a miles de personas, su intención presidencial citando a Adolf Hitler como un buen ejemplo del gobierno: “Hay buenos ejemplos en el pasado que podemos reproducir, si pensamos en la Alemania de Hitler, podemos verlo”.

La política actual de Turquía en su deriva genocida contra el pueblo kurdo, es la amenaza más grande a las soluciones democráticas para Medio Oriente, especialmente si se relaciona con los fuertes intereses capitalistas del poder global que se vinculan a ella, como Estados Unidos y la OTAN, que han fomentado, sobre todo a partir de la década de 1950, el nacionalismo turco desde una perspectiva anticomunista, recibiendo métodos y consejos de los Estados Unidos en la dirección de la creación de su complejo militar-industrial. El estudio de este sistema represivo carcelario en Turquía será, por esta razón, años después, objeto de una profunda investigación por el movimiento negro del Black Panthers Party.

El precursor del partido conservador AKP

El actual sistema político conservador, genocida y fascista del partido AKP de Erdoğan no puede ser entendido desde su nacimiento si no mencionamos algunas etapas, que han permitido el camino de su ascenso al poder. En 2002, dentro de una grave crisis económica que sacude a Turquía, el AKP permitió el establecimiento de más de 62.000 soldados estadounidenses en la frontera entre Siria e Irak. El dinero de ayuda del FMI promovió el fortalecimiento de Turquía, mientras que en estos mismos años el “Proyecto del Gran Medio Oriente” de los Estados Unidos se estaba preparando para ser elaborado con la invasión de Irak encabezada por Geroge W. Bush, marcando el atroz futuro de la guerra que hasta ahora sigue presente en todo Medio Oriente.

Es importante recordar que ya en el período de la Guerra Fría, en 1952, Turquía fue anexionada a la OTAN para una función antisoviética. Dos años después, los Estados Unidos construyeron un terreno de misiles allí, que aún reserva estratégicamente muchas bases militares para intervenciones estratégicas. Los casi 5.500 millones de dólares estadounidenses recibidos en este tiempo como ayuda económica de la OTAN no se utilizaron, como lo prometió el gobierno turco, para “arreglar la grave situación económica” en que se encontraba el país en ese momento, sino para aumentar el aparato militar. A partir de 1958, después de las protestas contra la alianza política por la externalización de la guerra, el Primer Ministro turco Menderes, tras el descontento general y la gran pobreza, arrestó, incluso con el objetivo de distraer de la grave situación económica del país, a varios intelectuales kurdos disidentes que criticaban el alarmante militarismo turco.

Turquía tiene una historia consolidada de golpes: el 27 de mayo de 1960, Menderes fue ahorcado. La nueva junta militar, que se refería al Kemalismo nacionalista de Ataturk (cuyo nombre significa “Padre de la Nación”), comenzó con sus actos políticos en una estructura de megalomanía étnica turca y una política anti-kurda despiadada: la junta en el poder procedió a la turquización de los nombres de las ciudades y de los pueblos kurdos.

El régimen de Ataturk promulgó una ley que permitía el traslado forzoso de los habitantes a otras áreas del territorio nacional, aplicándolo solo a la población kurda con el pretexto de “comportamiento perjudicial para el interés nacional”.

Durante la década de 1960, bajo el gobierno de Kemal Gursel, la policía turca reprimió violentamente las manifestaciones, matando a un gran número de participantes, con un saldo amargo que llevó a más de 1.000 asesinatos en unos pocos meses entre las ciudades kurdas de Mardin y Amed.

Cada golpe en Turquía siempre ha mostrado una involución adecuada en los modelos de pan-turquismo implementados, ya sea que estuvieran vinculados con el kemalismo secular nacionalista o con el islamismo étnico: en cada uno de los dos casos, surgió un rígido otomanismo nacionalista y un conservadurismo lleno de persecuciones racistas y misóginas.

Aunque Erdoğan haga muchos esfuerzos en discursos violentos fundamentalistas de marco profundamente anti-occidentales, no se puede dejar de mencionar cómo toda la transformación capitalista en Turquía en la era de la República hasta ahora, surge en medio de los modelos de desarrollo occidentales. Kemal declaró que se inspiró en el papel que tuvo la burguesía victoriosa de la Revolución Francesa, y aquí él mismo había tenido un papel principal para la política anticomunista de los Estados Unidos y la liberalización de la economía. Con la ofensiva de 1980 y el posterior golpe de Estado, se fortaleció la integración supranacional y el retorno al modelo del Estado nacional y el nacionalismo como base conceptual de las relaciones.

El partido AKP de Erdoğan en Turquía es una herencia de estos procesos y hoy es apoyado material y diplomáticamente por los Estados Unidos, la Unión Europea (UE), Japón y por los círculos industrialesá y financieros mundiales. No queremos aislar el proyecto de Erdoğan sólo como un colonialismo interno al país, porque esto significa ignorar el sistema global que lo apoya. Las nuevas formas de asimilación y genocidio en realidad siempre están vinculadas a alianzas estratégicas de control internacional. Un área como Turquía es una región de intereses-puente entre Oriente y Occidente, tanto para Rusia como para los Estados Unidos, que utilizaron desde siglos esta zona para establecer sus políticas de control territorial en el área. Un control hegemónico tiene consecuencias para los equilibrios globales. Es claro que la llamada de paz y de resistencia frente al genocidio del Estado turco contra el pueblo kurdo, encarnado en la figura más peligrosa de Erdoğan, no tiene a que ver sólo con el destino de Medio Oriente y de Kurdistán. Esta situación de caos sirve en la actualidad a las potencias mundiales para contener un modelo de organización social y visión del mundo que tiene el potencial de expresarse más allá de Medio Oriente, donde desde hace más de 18 años el proyecto revolucionario del confederalismo democrático y de la autonomía democrática ha sido implementada con éxitos cada vez más fuertes.

Oponerse al fascismo en Turquía significa luchar contra al sistema capitalista patriarcal

Hemos visto cómo, desde la década de 1950 durante el período de la Guerra Fría, detrás de la política represiva anticomunista en Turquía -como en otras partes del mundo- encontramos a los Estados Unidos. En los años de las grandes movilizaciones de la década de 1969, que en Turquía tuvieron un efecto importante en la juventud kurda y en la izquierda turca, hubo una fuerte movilización y unión entre los jóvenes disidentes turcos y kurdos, incluso con el crecimiento significativo del TIP (Partido de los Trabajadores en Turquía), que, sin embargo, por haber afirmado la existencia del pueblo kurdo en el este de Turquía, en esos años será severamente eliminado bajo el cargo de impulsar una “política separatista”. Sus dirigentes serán incriminados después del segundo golpe de Estado de 1971 ante los jueces militares de Ankara.

Unos meses antes, en el mismo año, con el objetivo de bloquear el desarrollo del movimiento kurdo en el este de Turquía, las jerarquías militares -bajo el liderazgo de los generales Tagmac y Nihat Erim- se habían apoderado del Estado con un segundo golpe.

Pero es en 1980 que se lleva a cabo el tercer golpe de Estado en la historia de Turquía, en el período en que, a partir de su fundación el 27 de noviembre de 1978, la actividad del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) todavía era desconocida, pero destinada a ganar renombre mundial, al cubrir el papel de actor a favor de la autonomía y una solución democrática para la región, teorizada por Abdullah Öcalan.

Öcalan, debido a su secuestro y detención en el marco de un complot internacional orquestado por funcionarios turcos del MIT (servicio de inteligencia) en una operación conjunta organizada por los servicios secretos de Israel (Mossad) y la CIA estadounidense, de hecho presentó, después de su encarcelamiento en el 1999, una Hoja de Ruta en la que propone una solución pacífica al escenario de caos en Turquía: el reconocimiento del principio central de la liberación de las mujeres, la autonomía necesaria para el autogobierno de los pueblos, con la consiguiente democratización de los estados nacionales, principalmente el turco; también expresó la necesidad de reconocer la autodeterminación de los pueblos a través de la re-inscripción de un nuevo proceso constitucional radicalmente democrático, que disocia la idea de nacionalismo de la de República como el punto principal de la propuesta de paz.

A estas propuestas presentadas por Öcalan deben agregarse los numerosos llamamientos y pronunciamientos realizados por el abogado de Nelson Mandela, Essa Mosa, y por las organizaciones de derechos humanos para la eliminación del aislamiento carcelario de Öcalan y del registro ilegítimo del PKK en las listas terroristas de la UE y Estados Unidos, como también para frenar la represión inhumana y la criminalización a partir de la conciencia de la brutalidad de sus precedentes históricos y de las razones que los motivan.

De hecho, en el marco del golpe de Estado de septiembre 1980, el Tribunal de Diyarbakyir (Amed) en Turquía inició un juicio atribuyendo la membresía al PKK de 2.231 prisioneros. El enfrentamiento involucró a varias fuerzas represivas y objetivos globales precisos con el apoyo de Washington y la OTAN, con la posterior declaración de un decreto militar que legitimaba la deportación de cualquier persona sospechosa de una operación, en detrimento de la unidad nacional y el orden público. Este acto dio a luz a una de las mayores resistencias carcelarias, liderada por las mujeres kurdas, como fue el caso de Sakine Cansiz, que terminaron con el éxito de haber llevado a una nueva fase de reorganización de los movimientos revolucionarios de la oposición al nacionalismo turco, con el nacimiento de la lucha armada en las montañas de Kurdistán, gracias al apoyo palestino en El Líbano. Este nacimiento se debe leer como el acto histórico de una nueva existencia del pueblo kurdo y de muchos revolucionarios turcos, para alcanzar una posibilidad de democratización y transformación social en Turquía y Medio Oriente, frente a la grave situación represiva y genocida.

En el marco temporal de los encarcelamientos de la década de 1980, como también sucede hoy, hubo verdaderos programas de reasentamiento demográfico de la población, desplazamientos forzados desde los centros habitados y numerosas aldeas hacia afuera de sus propios distritos.

En términos de gubernamentalidad se planificó la construcción de nuevas aldeas, con el objetivo estratégico del control demográfico del territorio. Este método de planificación estadística de la reubicación de las poblaciones se lleva a cabo de hecho todavía en Turquía, con el apoyo de las bandas de ISIS y con la externalización del acceso a las fronteras mediante el acuerdo sobre los flujos migratorios firmado entre Turquía y la Unión Europea.

Mientras que la UE continúa pagando armas a Turquía y financiando trabajos de división, permitiendo la construcción de muros de separación, cerrando las fronteras con el ahogamiento en el Mediterráneo de decenas de miles de personas, agravando la crisis humanitaria creada por la guerra y legitimando asesinados, los flujos migratorios son utilizan instrumentalmente por Erdoğan para reconfigurar la estructura demográfica de las ciudades en Turquía, a través de la activación de una limpieza étnica y cultural relacionada no solo con la aniquilación de las áreas de mayoría kurda, sino también con la elaboración de infiltraciones de desestabilización yihadista en otras partes del mundo.

Turquía está utilizando el control de los flujos migratorios -resultado de sus mismas políticas de guerra- como un chantaje para que los estados europeos permanezcan en silencio y cierren los ojos ante los genocidios llevados a cabo. Es frente a los ojos del mundo que los ataques y los objetivos expansionistas llevados a cabo en este momento en Turquía son fomentados por políticas internas de eliminación del pueblo kurdo, que tiene lugar hoy de la misma manera brutal que la tuvo durante el genocidio armenio y el genocidio de Dersim.

El gobierno de Erdoğan, después de haber invadido una vez más el territorio kurdo en el sudeste de Turquía, a través de masacres e intentos de genocidio físico y político, ahora está tratando de invadir incluso el Norte de Siria/ Rojava, mientras el territorio iraquí permanece bajo chantaje.

Los pasos que Erdoğan tomará no se limitan solo a crear caos en la región: el objetivo es exacerbar el desorden en Irak y Siria para lograr que las fuerzas estatales locales e internacionales tengan y ejerzan sus intereses. Sabemos que desde 2003, con la invasión de Irak por el ejército estadounidense, hubo un fracaso del proyecto de americanización en el Medio Oriente. Rusia y Estados Unidos ahora hacen arreglos para el control estratégico sobre la región. Al exacerbar los conflictos y las divisiones de Turquía entre los diferentes grupos y facciones, armados de manera bilateral, crean situaciones aparentemente sin salida, y en esto Erdoğan no se abstiene de continuar poniendo en riesgo a toda la región, al ampliar el conflicto en todo el territorio, convirtiéndose en el principal factor desestabilizador y generador de masacres y muertes en la zona.

En el siglo XX se ha ejercido una política -que no tiene ejemplos en todo el mundo- contra el pueblo kurdo. Para mirar de manera realista la situación actual, no es posible razonar sobre la base binaria de la división de bloques de fuerzas opuestas, como anteriormente a la caída del Muro de Berlín y durante la Guerra Fría. Es necesario eliminar cualquier visión de un mundo bipolar centrada en la legitimidad conceptual del Estado-nación, y comprender cómo el control militar de territorios y recursos en la modernidad capitalista implica, en un mismo sistema de poder, simultáneamente procesos de asimilación cultural a través del establecimiento de alianzas bilaterales y multipolares, de la externalización de la guerra con armamentos diferentes, que implementan la división interna de los pueblos y manejan las áreas de desestabilización a nivel militar y político. El fracaso del Estado-nación se muestra hoy especialmente en Medio Oriente con su rostro más evidente. Desde este punto de vista, debemos considerar al así llamado Estado Islámico, apoyado y entrenado por Turquía, como un elemento de desestabilización y no de conquista territorial centralizada y estatal, sino como un producto atroz de la inteligencia de las potencias internacionales que no pueden mínimamente lograr encontrar soluciones de unidad territorial con las herramientas problemáticas, por ellas mismas creadas. El Estado-nación, al fin y al cabo, no funciona ni siquiera por quien dice querer establecer establecerlo.

Incluso Rusia (como Estados Unidos e Israel), participa explícitamente en el control imperialista de las áreas de Medio Oriente. El ejemplo más reciente es el acuerdo entre Vladimir Putin y Erdoğan para la construcción del oleoducto llamado “Turkish Stream”, que abastecerá a Europa, y también la presencia de Rusia en Alepo, fundamental para controlar el acceso al mar a través de su base militar ubicada en la ciudad portuaria siria de Latakia, en un corredor que es de importancia estratégica y que se relaciona con el permiso que Rusia dio a Turquía para la ocupación de la ciudad kurda de Afrin. Por lo tanto, el mecanismo del nacionalismo estatal de Turquía no puede aislarse del poder global para ser entendido. Esto implica una lectura en conjunto sobre el neoliberalismo patriarcal mundial y, junto él, la responsabilidad de una postura consciente en todas y cada uno de nosotros. Decir no al fascismo turco es hoy decir no a la cara más extrema del capitalismo patriarcal global.

La colonialidad del poder: desde el estado de emergencia hasta la emergencia de pensar más allá del Estado-nación

Afirmar esto nos lleva también a analizar una dimensión de poder vinculada tanto a los intereses de control global, y más precisamente a la colonialidad: esto nos lleva en Kurdistán como en América Latina, a reflexionar y situarnos, a comprender que las relaciones nacidas como resultado de la dominación colonial no desaparecieron con la emancipación de los nuevos estados; por el contrario, han sobrevivido y se reproducen constantemente a través de ellos en diferentes campos, desde el político hasta el económico, el genocidio, del racismo a la discriminación sexual y de los géneros.

La colonialidad es un concepto desarrollado en América Latina por el sociólogo peruano Aníbal Quijano y difiere del colonialismo clásico de dominación directa. Se utiliza para explicar la formación de relaciones de dominación y control, a nivel diacrónico, y su validez en el mundo actual. Quijano analiza el modelo de poder eurocéntrico y las relaciones posteriores que se originaron con el colonialismo y el capitalismo moderno. La colonialidad del poder nos llama a ver y considerar una conexión entre el nivel internacional, las relaciones dentro de los mismos países y nuestra conducta. Romper con el racismo colonial puede significar lo que Rosa Luxemburg, y con ella después Angela Davis, vieron sobre la función del militarismo y la guerra dentro de la economía neoliberal en su estructura racista y colonial que conducen a la necesidad de ruptura y conflictos paradigmáticos. Para Quijano, es cierto que en los años de la invasión europea de América Latina los antagonismos fueron trasplantados de Europa, de la misma manera en Medio Oriente pasó con el acuerdo Sykes-Picot de 1916 y con el Tratado de Lausana de 1923. Estos conflictos necesitan ser superados por modelos de convivencia que rompan las bases racistas y heteronormadas de genocidio perpetuado por el Estado-nación.

Oponerse al fascismo es lo más urgente del siglo XXI

El mundo entero fue testigo, con gran preocupación, del intento de golpe de Estado del 15 de julio de 2016 en Turquía. El intento de golpe, de hecho, fue seguido por la acusación contra Fetullah Gülen, por una orden centralista y autoritaria del gobierno dictatorial del conservador partido AKP de Erdoğan, y por la declaración desde hace tres años de un estado de Emergencia que suspende todos los derechos humanos y que es brutal, como se observa en la actualidad con la confiscación ilegal de las municipalidades autónomas en el Kurdistán turco. Aunque no se había declarado oficialmente, en cualquier caso un estado excepcional de represión estuvo presente desde los meses anteriores al intento de golpe de Estado de 2016.

El mundo entero ha visto las ciudades del sudeste de Turquía, como Cizre, totalmente arrasadas por el ejército del Estado turco. Cientos de personas fueron encerradas en sótanos y quemadas vivas en Cizre. El gobierno turco ha negado este crimen de lesa humanidad, pero los informes de diputados como Faysal Sariyildiz (HDP) muestran a testigos directos para todo el mundo.

Nusaybin, Sirnak, Yuksekova, Silvan, Silopi, Hakkari, Lice también fueron atacadas con el uso de armas químicas y toques de queda, y allí se impusieron deportaciones.

Ante una fuerte resistencia de insurrecciones armadas por la juventud kurda, el gobierno turco declaró el estado de Emergencia junto con la revocación de la inmunidad parlamentaria para los diputados opositores, elegidos democráticamente. Esto fue en 2016, pero los arrestos no cesan hasta hoy. Toda declaración oficial que no se pronuncie contra el actual arresto de los alcaldes, en el marco del contexto antidemocrático y contra las medidas represivas que se están tomando en Turquía, legitima gravemente un desarrollo genocida que ya produce.

Desde el fallido golpe militar del 15 de julio, solo en 2016, más de 35 mil personas fueron arrestadas, e investigadas más de 82 mil; otras 3.907 fueron registradas y 26 mil pobladores fueron puestos en libertad bajo “control judicial”. Más de 100 mil personas han sido cazadas o suspendidas de sus trabajos, ya sea en el poder judicial, en las escuelas, en las universidades, en las administraciones públicas, en los medios de comunicación y en otros sectores. En el transcurso de los últimos tres años, estos números se vieron cuadruplicados en Turquía.

La violencia perpetrada por Erdoğan, enmarcado en el fascismo más preocupante del siglo XXI, vincula las instancias de unificación islamista, en su colaboración con ISIS, con los objetivos imperialistas del neo-otomanismo, con el racismo, el fascismo, la misoginia, la homofobia y el ultranacionalismo. En su plan, la persecución del pueblo kurdo es estratégica, porque ellos aspiran con éxito, según los principios de autodeterminación de los pueblos, a una democratización del país y de todo Medio Oriente.

Contra la ideología sectaria del Estado-nación, las soluciones democráticas del Movimiento de Liberación Kurdo se han llevado a cabo con éxito durante años en Medio Oriente, y es precisamente después de su éxito y después de la derrota definitiva de ISIS que una reacción internacional y turca de esta magnitud se intensifica con temor.

El así llamado “problema kurdo”, con su alternativa propuesta por el movimiento de liberación, es una explosión para el sistema represivo global y patriarcal del neoliberalismo hegemónico, y también para las políticas perversas de los estados nacionales, que, como el turco, ofrecen un papel clave en la perpetuación del caos.

Las soluciones solo se pueden encontrar tomando posición y construyendo, más allá de las fronteras estatales, una dimensión de solidaridad y de alianzas entre pueblos que se reconozcan en la lucha global anti-patriarcal y en favor de una modernidad democrática. Todas las fuerzas sociales que a nivel mundial avanzan en las denuncias para poner fin al fascismo genocida de Turquía, tienen que promover y apoyar una solución en la defensa del proyecto confederal de Rojava, condenando de la manera más firme la guerra en curso por parte de Erdoğan. El pueblo kurdo ha luchado con éxito por 12 años contra el gobierno de Erdoğan, especialmente contra los que quisieran volver a hacer florecer el Imperio Otomano, adjuntando Siria e Irak hasta el 2023, fecha de vencimiento de los Tratados de Lausana, que han definido las fronteras de la moderna Turquía. El pueblo kurdo logró no sólo a derrotar a un ISIS controlado por Erdoğan, sino que además logró auto-defenderse de las invasiones turcas y  ganarle las elecciones Erdoğan, haciendo que pierda el control sobre Estambul: la victoria electoral tiene un sentido extremamente importante y radical si se piensa que el 13% de estos votos en Estambul fueron dados por kurdos refugiados, que se movieron de la ciudad después de las políticas de despojo y de quema de las aldeas en el sudeste de Turquía, y que ahora están recreando un movimiento de masa de oposición a la dictadura en curso.

En el sudeste de Turquía,  así como en el norte de Siria, tanto durante los períodos de paz como durante los períodos de guerra y resistencia, han sido activados durante años, por la filosofía de paz y democracia radical de Abdullah Öcalan, y de acuerdo con los principios confederales, modelos de cohabitación y organización anti-patriarcal y no capitalista, que llevaron a los pueblos kurdo, asirio, armenio, turcomano, yezidí, árabe, checheno, a desarrollar un autogobierno municipal anti-jerárquico, anti-sexista, a favor de las disidencias y la ecología.

En Rojava, la filosofía y visión del mundo del confederalismo democrático permitió que la auto-organización eligiera una tercera vía entre los regímenes locales, como el de Bashar Al Assad, y la oposición nacionalista que apoyó el pan-arabismo islamista. Esta decisión se convirtió en un tercer camino que es un ejemplo para los pueblos de la región y de otras partes del mundo. Hoy, la dimensión política de la “cuestión kurda” tiene tal alcance que, sin su solución, los problemas de Medio oriente y del mundo entero difícilmente puedan resolverse a largo plazo. Cuestionar las posibles soluciones para el pueblo kurdo también significa comprometerse en nueva perspectivas de cambio, no solo para el futuro de Siria y Turquía, sino para los problemas inherentes, por ejemplo, a los autócratas mundiales que generan la crisis venezolana, los conflictos en este momento histórico entre Kashmir e India, entre Estados Unidos y México y Guatemala, entre Palestina e Israel.

El sistema estatal, que en realidad tiene una historia muy reciente como entidad ideológica antes que político-militar, no tiene la capacidad y la fuerza para resolver los problemas que ha producido.

El efecto más peligroso de la guerra de poder de los estados es el de producir silenciamento y normalización, deshabilitar cualquier capacidad de análisis de oposición y decisión autónoma por parte de la sociedad. El fascismo está comprometido no solo en Medio Oriente, sino que sus vínculos se extienden por Europa, África, Asia, Centro y Sur América, e intenta sin éxito romper la auto-organización popular y de las mujeres, enfrentándose a grandes y esperanzadoras resistencias y reorganizaciones desde los movimientos. Un ejemplo de esto, por ejemplo, es en el momento de una gran militarización en México. Frente a esta situación, se conoció la exitosa activación y llamada a la confederación de nuevos centros autónomos de resistencia zapatista. La grieta zapatista nos cuestiona y nos invita otra vez a interrogar nuestro propio grado de compromiso; nos obliga a elegir y tomar decisiones.

El fascismo es una realidad con la que debemos tratar, ya sea cuando tiene forma de un golpe financiero, como en Argentina, o genocida, como en Turquía.

Más allá de las fronteras, una adhesión plena a la realidad histórica compartida de nuestro tiempo es cuanto menos necesaria, con la conciencia de que Medio Oriente -que siempre ha desempeñado un papel destacado en la historia- es la expresión de los mayores conflictos mundiales. Pero por esto mismo, es también el lugar en el cual se generan fuertes respuestas a problemas sociales y políticos de escala planetaria.

En Medio Oriente, y en el mundo, hemos visto que ningún Estado es nunca verdaderamente independiente. Los gobiernos de China, Rusia, Estados Unidos y Europa son los que controlan jerárquicamente el orden internacional. Es por eso que el Movimiento de Liberación de las Mujeres en Kurdistán comenzó desde muy temprano a comprender la importancia de rechazar los enfoques de arriba hacia abajo sobre el poder y el gobierno, más allá de cada jerarquía. El patriarcado es anterior al Estado-nación, pero los estados-naciones modernos han adoptado su mecanismo. Es por eso que la disociación de la democracia del Estado es también una disociación del patriarcado. El Movimiento de Mujeres de Kurdistán surge luchando para garantizar que la liberación no tenga fronteras y se considere como un principio, en la condición fundamental para comprender la resistencia, la liberación y la justicia más allá de cada opresión. La gente del norte y este de Siria y del interior de Turquía, al enfrentar a un intento de genocidio, ahora está lista en toda su determinación a resistir en todas partes las políticas fascistas de Erdoğan y la represión policial. Necesitamos una lucha conjunta en cada lugar contra los gobiernos estatales patriarcales. Es necesario, hoy más que nunca, encaminarnos hacia la victoria con la mayor preparación, movilización y creativa determinación.

Alessia  Dro / Edición: Kurdistán América Latina

Fuente: http://kurdistanamericalatina.org


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