Hacia una historiografía anarquista: Análisis del poder y de la dominación

by • 30 julio, 2019 • Artículos, Ciencia, Historia anarquista, MemoriaComments (0)1897

En la Historia podemos extraer detalles muy interesantes para conocer la naturaleza y el comportamiento del poder. De tal forma, se pueden analizar los diferentes medios que usa para establecerse y justificarse, siendo una buena línea de investigación y trabajo que puede aportar la historiografía anarquista para las inquietudes y necesidades sociales del presente. Algunos casos y ejemplos, y no son todos, son:

• Orden: La justificación primordial del control, de la coacción, del gobierno y del Estado es el establecimiento de un orden que no puede ser impuesto de otra forma por parte de los grupos humanos. Orden que promulga el monopolio de fijar la cohesión entre los individuos organizados en sociedad. Orden que da prioridad al bien común y general de todos, frente al egoísmo y la irracionalidad de los individuos. Orden que esconde el “lobo” de Hobbes y que deriva este concepto a la “razón de Estado” como dispositivo ideológico que justifi ca la acción gubernamental. Los mitos suelen adjudicar siempre un profeta, primer hombre o héroe, que trae el primer código de leyes para los seres humanos, el cual se justifica por venir de “un ser superior”, y no por el acuerdo entre todos. El concepto de “herencia” que se deriva de la idea de propiedad, también tiene que ver con el interés de la estabilidad política.

• Miedo: Las obras de Delumeau (2002) y de González Duro (2003; 2007) relatan la importancia del miedo en la historia del mundo occidental. Es obvio que, ante el peligro externo y las múltiples amenazas, se animase a que hubiera una clase social armada dedicada profesionalmente a la defensa y protección. Esto lo vemos, por ejemplo, en el feudalismo con el beneficium, donde se suponía que los campesinos eran los “beneficiados” ya que conseguían un señor que los defendiera de los pillajes y saqueos. Del mismo modo, una sociedad aterrada y asustada por la guerra, las enfermedades y los desastres, es propensa a buscar hombres poderosos que solucionen los problemas, como ya señalaba Fulberto de Chartres en su carta a Guillermo Duque de Aquitania en torno al año 1020 (Ganshof, 1982, 131-132) cuando se refiere a la justicia de las obligaciones del siervo con respecto a su señor.

• Conquista: Es la forma más conocida, básica y primitiva del poder. El uso de la fuerza para establecer la superioridad y, con ello, el dominio político (Aristóteles, 1988, 59) se traduce en el interior de una sociedad con la represión, y en el exterior –frente a otras sociedades– con la guerra. Precisamente, por la naturaleza de las operaciones militares, que exigen rapidez en las decisiones y maniobras, es donde con más facilidad aparece el reconocimiento de la autoridad de alguien. Entre las tribus germanas primitivas, bastante democráticas, elegían, en tiempos de guerra, a un líder que los dirigiera a la guerra (Tácito, 2007, VII). Del mismo modo, en la antigua sociedad romana, elegían a un “dictador” en tiempos de guerra (Bravo, 1998, 39). La prolongación de los períodos bélicos conllevaría, naturalmente, un establecimiento del gobierno militar que posteriormente se convertiría en un gobierno civil debido a su perpetuación y a la ampliación de sus funciones y control. Del mismo modo, el discurso de la superioridad natural y genética sobre los más débiles, en una realidad o naturaleza fundamentada en la lucha y la supervivencia, será el discurso habitual de un “darwinismo social”; un discurso que, como no podía ser de otra manera, encaja perfectamente con la ideología de las élites (Huxley, 1893). Posteriormente aparecerán discursos políticos que entienden el progreso humano y la estabilidad demográfica y económica a través de las guerras (Hegel, 2000, 378;385-386).

• Relaciones personales y favores: En su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, La Boétie analiza el problema de la sumisión, aparentemente consentida, de las personas del pasado y de su época que contradecía, a su parecer, la condición –y voluntad– de libre del ser humano. Tras analizar críticamente la tiranía y la dominación, fundamenta su conclusión en varias causas que han llevado a la servidumbre “voluntaria”, entre las que sobresale una muy interesante: las relaciones que se han ido tejiendo entre las personas por medio de los favores. También señala la fuerza de la tradición, y es que cuando todos nacen viendo lo que ya existe, dan por hecho que es lo natural. Asimismo, entiende que el poder envilece y hace cobardes a las personas por lo que, a pesar de ser mayoría, consienten. Al final, la sumisión voluntaria es la principal causa del estado de opresión que viven.

• Conocimiento: Desde La República de Platón siempre se ha visto como un modelo político ideal el gobierno de los sabios, por entenderse que son los más capaces para esa gestión que conlleva responsabilidad y necesidad de conocimientos. En muchas sociedades primitivas existía cierto grado de gerontocracia ante la idea de que los más ancianos, y por tanto más experimentados, eran los que tenían más conocimientos: primero para aconsejar, luego para gobernar. Es interesante ver el mito de las tres edades en la cultura griega: la Edad de Oro es la más antigua y también la más espléndida; a continuación la Edad de Plata, y finalmente la Edad de Piedra. Puede que haya una relación más que estrecha entre la cosmovisión de este mito y la gerontocracia, que se contrapone a la visión que ofrece el progreso. En general, hasta Bakunin (2000, 33-35) reconoció la “autoridad” de un entendido o profesional en una materia concreta como un experto en una especialidad ejerciendo su trabajo, pero siempre indicó que esa “autoridad” era diferente porque en cualquier momento quien recurre a esa confianza la puede abandonar cuando desee y, además, no conlleva el dominio ni la autoridad en otros aspectos de la vida o la realidad. Sin embargo, más tarde, especialmente en el siglo XX, con la tecnificación de la sociedad y la emergencia de la ciencia al amparo de los gobiernos, sabemos que el conocimiento es usado como un medio de control social, por medio de agencias especiales de información de la policía, espías, académicos –que son promocionados como una especie de clases privilegiadas–, el papel de los medios de comunicación que fi ltran la información que conocen y, por supuesto, el uso, con lupa, de la vieja práctica de la censura. Foucault (1980) hizo distintos análisis hacia las formas “micro” del poder que iban más allá del Estado y las clásicas clases privilegiadas. Especialmente, realizó sus análisis en torno a las instituciones como la cárcel, el hospital o el manicomio. Si bien, lo que diferencia el gobierno del Estado es precisamente que el Estado es el conjunto de las instituciones que organizan el gobierno para su funcionamiento. Pero Foucault se refería también a las relaciones sociales entre hombres y mujeres, patrón y trabajador, cuerdo y loco. Es cierto que es una repetición, desde una perspectiva más marxista, de la clásica crítica del anarquismo a todas las formas de autoritarismo que repite desde el siglo XIX. Con todo, la calidad del análisis foucaultiano y sus observaciones son una importante aportación a la historiografía anarquista y los estudios sobre las formas del poder.

• Eficacia: El poder siempre se ha justificado por actuar con eficacia. Amparados en su capacidad organizativa y de ejecución, el poder se vehiculizó a través de jefes y potentados, que estarían en la cúspide de un sistema de especialistas que permitiría “funcionar” a la sociedad en su conjunto. Con el paso del tiempo, todos esos “especialistas” se convierten en personas “autorizadas” que, en base a la confianza depositada en ellos, adquieren una posición de superioridad con respecto al resto que resulta prácticamente incontestable. Asimismo, las filosofías utilitaristas preconizadas por Bentham concebían la política por lo útil que fuera para alcanzar la felicidad y bienestar de las personas, dejando a un lado el valor de la libertad. Tal idea conllevó la defensa del parlamentarismo, frente a la arbitrariedad de los reyes, pero no por una concepción de la libertad en sí, sino por la eficacia de unos especialistas que a su vez entendían las necesidades de la población y se guiaban moralmente. Mill moderaba esta postura pero, nuevamente partidario de la “utilidad”, justificaba el despotismo en las sociedades atrasadas, donde un déspota que pensase por sus súbditos podía superar la difi cultad del progreso espontáneo de su pueblo. Aunque Mill daba más prioridad a la libertad que Bentham y veía mejor la insatisfacción de un hombre a la satisfacción de un cerdo, nuevamente justificaba antes la eficacia y bienestar en sí, sobre la libertad de un pueblo embrutecido e ignorante. Esto se debe a que, en fi n, el objetivo era la felicidad y no la libertad, ignorando las enseñanzas de las distopías del siglo XX que eran capaces de satisfacer física e intelectualmente al ser humano, pero no permitirles su autodesarrollo por medio de la libertad. En este sentido, existe abundante y valiosa literatura en torno a las distopías cuyo factor negativo era la falta de libertad real, pero que satisfacían los deseos y hedonismo de la población, facilitándoles hasta drogas, como es el caso de Un mundo feliz de Aldous Huxley.

• Progreso: El Estado y el gobierno se han visto como fruto del progreso y el avance humano, frente al salvajismo atrasado, caótico y criminal de los primitivos. Bajo el imaginario de una sociedad sin leyes donde se permitía el asesinato y la arbitrariedad individual, se concebía el gobierno y el Estado como una entidad benefactora de protección de todos los integrantes de la comunidad. El desarrollo intelectual, humanista y cognitivo ha llevado a formas más complejas y desarrolladas de la estructura estatal y de las formas del sistema político. La reproducción intelectual de la Ilustración conllevó la propuesta de soluciones y programas sociales que solo podían ser aplicados por un gobierno que, en su época, se manifestaba por las monarquías absolutistas, pero ilustradas, cultas y benefactoras. Sin embargo, los valores de sus filosofías encerraban otros principios que también defendían otros sistemas políticos que vinculaban la soberanía al total de la población y ponían en duda el origen divino de los monarcas, aunque en cambio racionalizaban la necesidad de su gestión y gobierno. No fue difícil pensar que sus funciones podían ser suplantadas por otras formas políticas inspiradas en otros tiempos, como las democracias de la Antigua Grecia o las asambleas de las ciudades y pueblos medievales, que aún muchos recordaban y, en especial, el liberalismo burgués que les resultaba mucho más interesante y acorde con sus intereses políticos, sociales y económicos.

• Dios: Hablamos de Dios como podemos hablar de otra idea que establece la inteligibilidad de algo superior a la realidad material o perceptible. Bakunin, en Dios y el Estado, establece la idea de Dios como la fuente primaria ideológica del concepto de autoridad (Bakunin, 2000, 26-27). Se trata de una idealización de la capacidad y beneficencia del poder que crean los hombres para defender los privilegios por medio de una idea sublime, manifestada en su infinitud y perfección. Como hemos mencionado anteriormente, los monarcas justifi caban su poder absoluto por medio del derecho divino, la propagación de mitos sobre el origen de su estirpe (Eneas, Minos, Jinmu…) o la deificación misma (Gilgamesh, Ptomoleo II, Antíoco II). Durante miles de años se ha convertido en la fuente y justificación principal de autoridad y aún mantiene hoy mucha fuerza en lugares como el mundo islámico o estadounidense, determinando la moral y la idea del bien y del mal.

• Comunidad: La principal característica del fascismo es intentar fundir, confundir y mezclar la sociedad con el Estado, por ser su forma más coherente y evolucionada por sus propios argumentos y razones. Mussolini insistía continuamente en su famosa frase de 1927: “Todo en el Estado; nada contra el Estado, nada fuera del Estado”. Ahí se concibe el totalitarismo político y se justifica, zanjando por fin los conflictos históricos que el propio autor italiano reconocía entre la sociedad y el Estado, que entendía que era causada porque el Estado, entonces, no representaba realmente la comunidad nacional del pueblo y su soberanía, algo que a su parecer, su modelo político solucionaría al confluir los intereses de ambos. Kjellén (1917) entendía que el Estado era una constitución natural de la propia sociedad y que, por tanto, era una “forma de vida”, un organismo, derivando desde aquí el concepto de “biopolítica”, que posteriormente usaría Foucault, y el de “geopolítica”. La mayor parte de los partidarios del Estados entienden este como algo propio de nuestra naturaleza, como una reproducción del instinto de las hormigas en hacer hormigueros. El monopolio de la sociedad por parte del Estado es un elemento clave en su justificación. Pero la biopolítica a menudo es recurrida por elementos autoritarios pero no necesariamente estatales. Sin usar ese término, Nietzsche usó un concepto semejante al pretender una sociedad organizada en torno a la desigualdad natural, privilegiando una nueva “aristocracia” de la que surgiría el ubermensch (Esteban Enguita, 2004). Finalmente, no han faltado intentos de explicar la historia desde las comunidades raciales (Gobineau, 1966).

• Tradición: La costumbre ha sido considerada por numerosas sociedades como fuente de derecho o base de la propia sociedad más allá de derecho alguno. Es innegable la importancia de la tradición en numerosos pueblos y sociedades. Seguramente en épocas muy antiguas fue el primer nexo de unión de un colectivo humano como modo de configurar una propia identidad y cohesión social. La antigüedad de la tradición o de una costumbre se entendía como una manifestación de su validez y utilidad social, por lo que aumentaba su peso y fuerza. Especialistas de una comunidad podían aparecer como los representantes de la tradición, con la consiguiente autoridad que se atribuye a su persona.

Francisco Fernández

Fragmento tomado del artículo «Hacia una historiografía anarquista», publicado en revista Estudios # 4, Madrid, 2014-2015. Artículo completo y número en extenso de la revista accesible en http://estudios.cnt.es/revista-estudios-no-4-organizacion-accion/.


Bibliografía

-• ARISTÓTELES (1988): Política, Madrid. Gredos.

-• BAKUNIN, M. (2000): Dios y el Estado, Buenos Aires, Altamira.

-• BRAVO, G. (1998): Historia de la Roma Antigua, Madrid, Alianza Editorial.

-• DE LA BOÉTIE, É. (1986): Discurso sobre la servidumbre voluntaria o el Contra uno, Madrid, Tecnos.

-• DELUMEAU, J. (2002): El Miedo en Occidente, Madrid, Taurus.

-• ESTEBAN ENGUITA, J. E. (2004): «La máscara política de Dioniso», en Fragmentos póstumos sobre política, NIETZSCHE, F. Madrid, Trotta.

-• FOUCAULT, M. (1980): Microfísica del Poder, Madrid, Ediciones La Piqueta.

-• GANSHOF, F. L. (1982): El Feudalismo, Barcelona, Ariel.

-• GOBINEAU, J. A. (1966):  huEnsayo sobre la desigualdad de las razas humanas, Barcelona.

-• GONZÁLEZ DURO, E. (2003): El miedo en la posguerra, Madrid, Oberon.

-• GONZÁLEZ DURO, E. (2007): Biografía del Miedo, Madrid, Debate.

-• HEGEL, G. W. F. (2000): Rasgos fundamentales de la Filosofía del Derecho, Madrid. Ed. Biblioteca Nueva.

-• HUXLEY, T. H. (1893): Emancipación-Negra y Blanca, Collected Essays III, en http://aleph0.clarku.edu/huxley/CE3/B&W.html (s. f.).

-• KJELLÉN, R. (1917): Der Staat als Lebensform (El Estado como forma de vida).,Leipzig. S. Hirzel.

-• MILL, J. S. (1970): Sobre la Libertad, Madrid, Alianza Editorial.

-• PLATÓN (2005): La República, Madrid, Alianza Editorial.

-• TÁCITO, C. (2007): Germania, Buenos Aires, Editorial Losada.

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