Marcelo Sandoval: Por el comunismo anárquico. Atisbos para una práctica anarquista aquí y ahora

by • 21 junio, 2019 • Artículos, Organización, Práctico, Reflexiones, Teoria políticaComments (0)374

La muerte es la atmósfera entre nosotros […] la muerte nos ha andado sobre la piel y ha penetrado en la carne; pero en nosotros, en nuestro escondite secreto […] en nuestra profundidad, en nuestro sueño, en nuestro anhelo, en las figuras del arte, en la voluntad de los que quieren, en la honda visión de los que miran, en los hechos de los que hacen, en el amor de los que aman, en la desesperación y en la valentía […] en la revolución y en la asociación: ahí está la vida, la fuerza

Gustav Landauer

Hay un mundo que abatir y un mundo que reconstruir […] La hora es de guerra […] La hora es de preparación revolucionaria

CamilloBerneri

Actividad, actividad y más actividad, eso es lo que reclama el momento.

Que cada hombre y cada mujer que amen el ideal anarquista, lo propaguen con tesón, con terquedad, sin hacer aprecio de burlas, sin medir peligros, sin reparar en consecuencias.

Manos a la obra, camaradas, y el porvenir será para nuestro ideal.

Ricardo Flores Magón y Librado Rivera, 1918

Desde dónde caminar-combatir

Caminamos entre las ruinas de la historia, la no-vida que significa la catástrofe que se configura bajo el tiempo lineal –vacío y homogéneo– de la dominación, crea una sensación de impotencia y desolación. La hidra de tres cabezas –el capital, el Estado y el clero– que enfrentaron y por la que dieron su vida los anarquistas magonistas del Partido Liberal Mexicano (plm), ejerce una guerra contra todo y contra todas-todos. Pero ayer y hoy es la guerra social, la misma guerra contra aquello y aquellos que todavía pueden convertirse en mercancía, en fuerza de trabajo para ser explotada, contra aquello que todavía puede ser despojado, que se puede poner al servicio de la acumulación del capital, contra aquello y aquellos que se resisten, que se rebelan, que luchan y que al mismo tiempo crean un mundo sin jerarquías, sin patriarcado, sin coerción, sin racismo.

En los momentos donde los poderosos se sienten amenazados, cuando consideran que se encuentran bajo un instante de peligro, aparecen las alternativas ilusorias, los caminos que llevan a la restauración de la misma dominación. A la persistencia de la guerra. Uno de esos caminos son los nacionalismos, sean de derecha o de izquierda. Hace algunos años bajo el nombre de gobiernos progresistas volvió a emerger el persistente atractivo del nacionalismo (Perlman, 2012), es decir, la victoria de la lógica estatista y la renuncia a tomar el control de nuestras vidas. Ahora parece que en diferentes partes del mundo: Estados Unidos, Gran Bretaña y buena parte de Europa, es por el lado derecho que se trata de seguir arrastrando a la gente a que sean otros los que decidan por nosotros. Porque a fin de cuentas, como señala el historiador Fredy Perlman, “el nacionalismo fue [y es] una metodología para dirigir el imperio del capital” (2012: 48), sólo sirve para movilizar ejércitos, sean los oficiales, de paramilitares, sicarios o de comisarios políticos. El peligro aparece recurrentemente, siguiendo con Perlman, cuando logra “echa[r] raíces entre la gente que ha perdido sus raíces, entre los que sueñan con ser encargados de supermercado y jefes de policía; es allí donde se forman el líder y su Estado Mayor” (2012: 86).

Los de arriba despliegan una guerra como estado de excepción permanente desde hace cientos de años. La guerra que hoy vivimos no acaba de surgir, no es que recién el capitalismo decidió implementar la guerra como medio para la acumulación, la guerra existe desde que se impusieron las jerarquías, desde que existe explotación. Lo que si ocurre ahora es una intensificación y reconfiguración de esa misma guerra, por tanto, vuelven a emerger las opciones que significan fantasmagorías, que no llevan a la emancipación sino a seguir dominados, a seguir viviendo en la tormenta.

Desde los izquierdistas ha emergido una situación de alarma ante la vuelta de los nacionalismos y de las posturas de derechas que nos recuerdan —que huelen— al fascismo y al nacionalsocialismo, sin embargo, los cuestionamientos no están siendo dirigidos a crear de forma colectiva los caminos para salir de la catástrofe, parece que vuelven a ser opción las falsas salidas ante la urgencia. Es por esto que se renueva el discurso izquierdista autoritario y vanguardista. Y vuelvo con Perlman:

los nacionalistas izquierdistas o revolucionarios insisten en que sus nacionalismos no tiene nada que ver con el nacionalismo de los fascistas o los nacionalsocialistas y que el suyo es un nacionalismo de los oprimidos que ofrece no sólo la liberación individual sino también cultural. Las pretensiones de los nacionalistas revolucionarios han sido difundidas por el mundo entero por dos de las instituciones jerárquicas más antiguas que han logrado sobrevivir hasta nuestros días: por el Estado chino [2] y, más recientemente, por la iglesia católica […] como la culminación del dictado de la ilustración, afirmando que el conocimiento es poder, y también como respuesta a la pregunta qué se debe hacer (2012: 28).

Una vez más, “el nacionalismo se ofrece como el antídoto para el imperialismo y se dice que las guerras de liberación nacional quebrantan el imperio capitalista” (Perlman, 2012: 29), sin embargo, “sólo en el ámbito de las definiciones puede oponerse el nacionalismo al imperialismo. En la práctica, el nacionalismo fue [y sigue siendo] una metodología para dirigir el imperio del capital (Perlman, 2012: 48).

Nos encontramos ante una situación donde existir ya es resistir, mantener relaciones basadas en el apoyo mutuo y la confianza es un desafío a la opresión, negarse a perder toda práctica comunitaria significa que se mantiene el germen de una vida unitaria –no-alienada, no-separada, no-mercantilizada. Sin embargo, no es suficiente, la hidra de tres cabezas tiene que ser destruida. Debemos destruir todo lo que nos destruye, y para eso sólo tenemos una opción: organizarnos. La auto-organización de los oprimidos –o de los desheredados como hacían referencia los anarquistas magonistas– para descolonizar la vida entera, la organización a través de la cual logremos desplegar la autogestión integral de nuestras existencias significa la única opción de emanciparnos.

¿Organizarnos, para qué?

¿Qué implica organizarnos, y particularmente qué significa organizarnos desde un horizonte comunista anárquico? ¿Cómo hemos tomado este desafío los individuos y las colectividades que decimos caminar en el sentido del anarquismo? En la actualidad la auto-organización significa organizarnos para enfrentar a la guerra capitalista, una guerra que tiene como objetivos principales a los pueblos indígenas, las mujeres y los jóvenes. Además, ésta debe ser capaz de detener de manera urgente la represión, el despojo, las desapariciones, los asesinatos, los encarcelamientos y las persecuciones.

Para abordar la primera cuestión, podemos esbozar que la auto-organización se reflexiona sólo a partir de aquello que hacemos ahora, se requiere una discusión sobre las formas de asociación desde lo que en el ahora somos y construimos, así como desde la vitalidad y actualización de las experiencias pasadas; no se trata de discutir sobre la organización futura, del cómo debería ser, sino cómo desde hoy ya resistimos, nos rebelamos, o cómo desde el hoy de conformismo y en tanto reproductores de la dominación, podemos lograr crear una ruptura en nuestra existencia, en lo individual y colectivo.

La vinculación y el apoyo mutuo no se van a ir dando, las condiciones se crean en el instante, no podemos esperar a que se den, nunca llegaran si fijamos la mirada en el futuro. En ocasiones estamos esperando las condiciones propicias para encontrarnos, en lugar de hacer el encuentro ya entre los que resistimos. Es evidente, actualmente, la presencia de una nueva fe en el progreso, forjada en buena parte del movimiento que se reivindica anticapitalista. Hemos caído en una nueva visión providencial de la lucha. Está siendo recurrente el error de creer que los procesos de organización en común, entre los pueblos, los barrios y los colectivos que resistimos se deben presentar de manera natural. Donde “natural” es el pretexto para no hacer nada, donde nada significa seguir igual: solas y solos.

Bajo un supuesto miedo a que en las tentativas de encuentro y vinculación se forjen jefes o vanguardias, bajo la mascarada de coordinadores, facilitadores o nodos, que se asumen con la pretensión de dictar la línea correcta, preferimos quedarnos como estamos. Pero el peligro está justamente en todo lo contrario, los jefes o aspirantes a tiranuelos existen porque no nos auto-organizamos, Malatesta (en Richards, 2007) nos lo recuerda, “cuanto menos organizados estamos tanto más nos encontramos a disposición de algún individuo”, además,

la organización, lejos de crear la autoridad es el único remedio contra ella y el sólo medio para que cada uno de nosotros se habitué a tomar parte activa y consciente en el trabajo colectivo y deje de ser instrumento pasivo en manos de los jefes (Malatesta en Richards, 2007: 85).

Si no nos atrevemos a construir organización ahora, no la vamos a construir nunca. No se va a dar naturalmente, no llegará porque tenemos fe de que así ocurrirá. Pero tampoco vamos a caminar en este sentido si no empleamos los medios necesarios para crear el espíritu de organización, “la autogestión de la lucha es la premisa indispensable para la autogestión de la nueva sociedad” (Internazionale Situazionista, 2010: 302); cocinando pasteles o sentándonos en el parque a leer no se crea organización (Holloway dixit). Nuestras energías deben estar, aquí y ahora, orientadas a crear lo necesario para encontrarnos y organizarnos, para disponernos a ver de qué modo podemos solidarizarnos unos con otros de modo efectivo, poniendo el cuerpo, para que se sienta y nos sintamos acompañados, para que nos potenciemos unos a otros en la lucha de cada quién y en la de todos.

El clima que sentimos es de frustración, derrota, desolación, impotencia y por tanto, de rabia. Hay que disponernos ya, sin esperar nada ni a nadie a organizarnos entre nosotros. Tenemos que caer en cuenta que unión no es centralismo ni verticalismo, que descentralizados y federados podemos estar juntos para resistir y para crear otro mundo, además, de que la lucha que tenemos que dar y el alcance de nuestras tentativas de organización es necesario que sean mundiales, cada esfuerzo que damos tiene una implicación global, es ya global, también, debe serlo nuestra organización y solidaridad.

Y sobre esta serie de cuestiones y problemáticas el comunismo anárquico, ese anarquismo que nunca se ha abandonado al nihilismo individualista, ni al espectáculo vanguardista –insurreccionalismo– o al autoritarismo vanguardista –poder popular–, que no se contenta con fantasmagorías que proponen un regreso a un ficticio-idealizado estado primitivo, ese anarquismo que sabe que crear un mundo requiere de la construcción de una fuerza colectiva (Proudhon, 1984), que requiere de nuestro propio esfuerzo y capacidad para poner en práctica otras relaciones sociales, otro mundo, tiene mucho que decir sobre las interrogantes actuales que nos surgen sobre la organización, junto con esas tradiciones revolucionarias que como el anarquismo se proponen la destrucción del Estado, el capital y toda forma de dominación.

Por tanto, frente a la situación actual, donde la mayoría de los colectivos y militantes que nos reivindicamos parte de la tradición anarquista no estamos a la altura de las circunstancias en términos de la construcción y actualización del pensamiento, en la dispersión-difusión-agitación de las formas de hacer política anarquistas entre quienes resisten, y en las iniciativas organizativas propiamente anarquistas desde las que venimos caminando y que estamos tratando de concretar, trato de hacer una pequeña reflexión recuperando algunas ideas y experiencias que en el presente pueden actualizarse y pueden ayudar a dar vida a una percepción compartida (Comité Invisible, 2015).

Que la necesidad nos haga voltear a ver la responsabilidad y el compromiso de organizarnos mejor y con más gente, de vincularnos, de crecer desde la afinidad y el apoyo mutuo, de resolver las condiciones materiales de nuestra vida para hacernos responsables de ésta. Y que nos permita, también, ver nuestras contradicciones y limitaciones en torno al autoritario, machista, dirigente, estatista y paternalista que tenemos en la cabeza, pues con todo y todo seguimos cayendo. Tratando de luchar contra el dogmatismo, para reflexionar, cómo desde el anarquismo, se puede entender el momento presente.

Lo que nos toca, para ser congruentes con lo que está pasando, es comenzar a construir organización; pero no basta decirlo, porque esto siempre se queda en el aire, pienso que esto tiene que ponerse en marcha desde lo que ya estamos haciendo y somos, y tal vez pueda ir tomando la forma de proyectos que logren desplegar iniciativas de agitación, de formación política (de un proceso de auto-formación que parta del compromiso y la responsabilidad) y que se vincule de modo federativo.

Nuestro punto de partida bajo este horizonte ético-político es la necesidad de una revolución integral que impida dejar en pie las jerarquías existentes al mismo tiempo que se niega a crear nuevas jerarquías sociales, de lo que podemos derivar que “el único fin de una organización revolucionaria es la abolición de las clases existentes por métodos que no lleven a una nueva división de la sociedad” (Internacional Situacionista, s.f.). Este punto de partida se esbozó en los primeros pasos del anarquismo como movimiento y debe seguir significando el sentido de nuestra ética y praxis. Va de la mano con otro referente ético y práctico del anarquismo: la consciencia de que nuestra fuerza sólo puede provenir de los interesados mismos, de nosotros, como señala Griffuelhes (1977), únicamente nosotros podemos dirigir nuestra propia acción, por tanto, nuestras tentativas de combate únicamente puede ser sostenidas y dependen de nuestros esfuerzos.

Esto nos permite entender la revolución social como la puesta en marcha de momentos revolucionarios (Berneri, 1998). No existe la revolución como lugar futuro ni como instante apocalíptico; Gustav Landauer (2005) sabia esto, por eso señala que somos libres durante el tiempo que luchamos contra la dominación, en ese instante que destruimos los obstáculos, la revolución “es camino y nada quiere ser sino preparación para el camino” (Landauer, 2005: 45). La revolución social, para la Internacional Situacionista, es la creación de una situación revolucionaria para ser vivida directamente por sus constructores, la cual es forzosamente colectiva, en su preparación y desarrollo, y requiere la participación total de sus protagonistas, sin crear nuevas formas de delegación; implica pues, formas experimentales de un juego revolucionario. Así, la organización revolucionaria tendría que orientarse a configurar una crítica unitaria del mundo, “una crítica dirigida globalmente contra todas las zonas geográficas donde se han instalado diversas formas de poderes socio-económicos separados, y que se pronuncie también globalmente contra todos los aspectos de la vida” (Internacional Situacionista, s.f.).

Hay que ser irreductibles, nuestro punto de partida siempre debe ser una crítica unitaria, puesto que en nuestra actitud ética y práctica “no reconoceremos nunca las instituciones, tomaremos o conquistaremos las reformas posibles con el espíritu con que se va arrancando al enemigo el terreno ocupado para proceder cada vez más adelante, y seguiremos siendo enemigos del cualquier gobierno” (Malatesta en Richards, 2007: 82-83). En consecuencia, es necesario alejarnos y “no podemos […] encerrarnos en una determinista o gradualista concepción histórica en la que no haya lugar para la audacia, del pensamiento o de la acción” (Berneri en d´Errico, 2012: 206), solamente de este modo es que tendremos toda la libertad que nuestros esfuerzos alcancen a obtener (Goldman, 2008).

¿Cómo nos organizamos?

Para esbozar unas primeras ideas en torno a la política organizativa, tenemos que considerar que cualquier tentativa práctica de resistencia y lucha emerge desde la contradicción. En tanto somos personas que estamos socializadas y vivimos dentro de las relaciones sociales capitalistas y estatales, es decir, que nuestra cotidianidad está marcada por la jerarquía, la explotación, el racismo, el sexismo, la coerción, la mercantilización-cosificación de nosotros y de la naturaleza de la cual somos parte. Al mismo tiempo, toda organización que se forje dentro de las relaciones sociales capitalistas y se configure para resistir y luchar, aunque se pretenda revolucionaria y rebelde, es una organización separada de la cotidianidad social imperante, emerge contra y para destruir lo existente, porque niega todo lo que nos niega la posibilidad de desplegar una vida unitaria y apasionante.

Únicamente podemos entender la organización en una perspectiva de lo negativo, la organización no la tendríamos que entender como un medio para alcanzar un fin, mucho menos es un fin en sí mismo, no es una cosa, ni una estructura, ni un sistema. Estoy de acuerdo con la postura de Guy Debord (s.f.a), cuando indica que “nunca debe ser considerada por nosotros como un fin, sino como un momento de una actividad histórica”. La organización, como lo plantea Errico Malatesta (en Richards, 2007: 83) “es sólo la práctica de la cooperación y la solidaridad”, es la creación de una “comunidad de intereses y de sentimientos”, la cual se construye a partir del propio ejercicio de la libertad.

Entender la organización desde la negatividad implica, siguiendo con Malatesta (en Richards, 2007: 72), reconocer que “todos nosotros, sin excepción, nos vemos obligados a vivir más o menos en contradicción con nuestros ideales, pero somos socialistas y anarquistas porque sufrimos y tratamos de reducirla al mínimo posible”. Por eso ayuda en el ahora uno de los postulados básicos de la tradición sindicalista revolucionaria, dicho por Sorel, que de lo que se trata es de configurar una estrategia que sepa hacer coincidir una mejora inmediata en las condiciones de vida –teniendo claro que esto ya no se reduce, como en visión clásica del sindicalismo revolucionario, a mejoras economicistas en el ámbito del trabajo–, al mismo tiempo que una tentativa cualitativa que camine en el sentido de la autogestión de la vida y la creación de relaciones sociales libres y solidarias (2005).

Se habla pues de lo negativo porque nos tenemos que organizar en la perspectiva de negar-destruir este mundo de dominio, y por tanto, nuestras prácticas, acuerdos, vínculos, solidaridades deben caminar en esta perspectiva. La organización que creamos aquí y ahora para combatir la dominación no puede ser la base para crear un mundo nuevo, esta organización sólo tiene sentido en tanto significa el despliegue de una fuerza colectiva contradictoria y combativa que resiste y niega el mundo del capital y el Estado. Es una “crítica de la política. Debe intentar explícitamente, con su victoria, su propio fin en tanto que organización separada” (Internacional Situacionista, s.f.). De ahí que esta organización tendría que tender a desaparecer como tal conforme nos vamos emancipando, para crear nuevas formas organizativas acordes a una vida libre. [3]

En este sentido, discutir sobre organización aquí y ahora, implica un posicionamiento desde el pasado y el presente para negar lo que existe hoy, puesto que “es forzoso luchar en el mundo tal como el mundo es” (Malatesta en Richards, 2007: 70), no podemos obviar que “tenemos que vérnoslas con los hombres [y las mujeres] tal cual son en la sociedad actual, en condiciones morales y materiales muy desgraciadas” (Malatesta en Richards, 2007: 79). No puede crearse un ideal abstracto que sirva de guía para un futuro. Es el pasado de opresión y resistencia el que nos ayuda a pensar críticamente y a forjar una práctica radical hoy.

La práctica política que se forja desde un espacio-tiempo de organización y lucha que se instituye negativamente, implica un devenir de medios sin fines o de medios que no instituyen fines separados de aquello que los medios ya son. O en otras palabras, la organización bajo esta perspectiva sólo tiene sentido en tanto práctica prefigurativa; pero una práctica que va adquiriendo ese carácter en tanto se va colectivizando, destruye las relaciones de dominio y explotación, y ayuda a hacernos responsables de nuestra vida. Dicha práctica prefigurativa es para los anarquistas la acción directa. A través de la cual se entiende una política revolucionaria que agrieta, merma, trastoca la dominación desde el mismo instante en que se está ejerciendo la acción (Griffuelhes, 1977). La cual se lleva a cabo desde la vida cotidiana vista como lucha y como deriva revolucionaria.

La organización es vivir en antagonismo con la sociedad existente. Es asumir la crítica radical y el “reconocimiento y la auto-apropiación por todos sus miembros de la coherencia de su crítica” (Internacional Situacionista, s.f.), que se “adquiere y se verifica mediante la participación igualitaria en el conjunto de una práctica común” (Guy Debord, s.f.a), por tanto, no puede más que rechazar “toda reproducción en su interior de las condiciones jerárquicas del mundo dominante” (Internacional Situacionista, s.f.).

Estamos obligados, entonces, a defender en la política-organizativa una naturaleza pluralista, en el sentido de una exaltación colectiva constructiva de responsabilidades y capacidades de decisión, esto en una perspectiva descentralizada y tendiente a favorecer una mayor participación (Errandonea, 2011). Malatesta lo expresa muy claro:

una organización anarquista debe fundarse, a mi juicio, sobre la plena autonomía, sobre la plena independencia, y por lo tanto la plena responsabilidad de los individuos y de los grupos, el libre acuerdo entre los que creen útil unirse para cooperar con un fin común; el deber moral de mantener los compromisos aceptados y no hacer nada que contradiga el programa aceptado. Sobre estas bases se adoptan luego las formas prácticas, los instrumentos adecuados para dar vida real a la organización. De ahí los grupos, las federaciones de grupos, las federaciones de federaciones, las reuniones, los congresos, los comités encargados de la correspondencia o de otras tareas. Pero todo esto debe hacerse libremente (en Richards, 2007: 86).

Bajo estas premisas, ¿qué elementos nos pueden ayudar a esbozar una tentativa organizativa en el horizonte del comunismo anárquico, situada en las condiciones actuales de guerra y dominación? Pero también, al tener como referencia las experiencias presentes en torno a cómo luchar y resistir, sabemos que no hay respuestas unilaterales ni podemos reducir el análisis a pensar la cuestión como si de un problema de teoría organizacional se tratara, es decir, en la lógica de una mirada estructural-funcionalista o conjuntista-identitaria. Por ello, parto del collage como método, como intento de vincular-asociar algunas experiencias y nociones que dentro de la tradición anarquista se han planteado para abrirnos en la discusión y para comenzar a vivir formas-devenires organizativos que nos permitan crear lo colectivo desde el apoyo mutuo, la afinidad, la confianza y el compromiso, unidas y desplegadas en libertad. Reconociendo que la problemática de la organización, en la visión de Malatesta (en Richards, 2007) es triple, la dimensión de la auto-organización de la sociedad –la auto-institución de la sociedad–, la organización de los anarquistas y la espacios de organización en común entre quienes resisten a la hidra capitalista.

La actuación de manera difusa, esto es, partiendo de la libertad de iniciativa nos puede permitir un proceso permanente de recreación de la lucha, así como una disposición a actualizar nuestra práctica y extender sentimientos de apoyo mutuo. Además, el despliegue de lo político organizativo no debe verse como separado de la vida, sino como su prolongación (Debord, s.f.a), forjado desde una crítica radical que justamente esté orientada a negar todas las separaciones. Coincido con Landauer en que nuestro papel no es dar

una descripción de un ideal, no se dará la descripción de una utopía. Primero tenemos que ver más claramente cómo son nuestras condiciones y estados espirituales; tan sólo luego podemos decir a qué socialismo incitamos, a qué clase de seres nos dirigimos (s.f.).

Únicamente podemos partir de cada aquí y ahora. Lo que nos impulsa es un sentimiento de venganza por el pasado de opresión y un memoria viva de la rebeldía, así como el presente de explotación y dominio. Cualquier imagen ideal-abstracta de futuro nos inmoviliza, convierte el anarquismo en ideología. Lo que configura nuestra ética y política es un posicionamiento ante el pasado como algo que no está acabado, “el pasado es futuro, que con nuestra marcha adelante deviene, cambia, se transforma” (Landauer, 2005: 43), más aún, “el pasado, vivo en nosotros, se precipita a cada instante en el futuro, es movimiento, es camino” (Landauer, 2005: 45).

Forjar la práctica anarquista desde el aquí y ahora, nos recuerda a Mijail Bakunin, en su manera de valorar la congruencia entre la vida y la ética militante, entre el pensar y el hacer. Ante lo que nos llama a no olvidar que es

perfectamente legítimo, útil, necesario, que se ataque con mucha energía y pasión, no sólo las teorías contrarias, sino también las personas que las representan, en todos sus actos públicos y aun privados […] Porque soy más enemigo que nadie de esa hipocresía burguesa que pretende elevar un muro infranqueable entre la vida pública de un hombre y su vida privada. Esta separación es una vana ficción, una mentira, y una mentira muy peligrosa. El hombre es un ser indivisible, completo, y si en su vida privada es un canalla, si en su familia es un tirano, si en sus relaciones sociales es un mentiroso, un engañador, un opresor y un explotador, debe ser también en sus actos públicos; si se presenta de otro modo, si trata de darse las apariencias de un demócrata liberal o socialista, amante de la justicia, de la libertad y de la igualdad, miente, y debe tener evidentemente la intención de explotar las masas como explota a los individuos […] es un deber desenmascararlo, denunciando los hechos inmundos de su vida privada, cuando se han obtenido pruebas irrefutables (2013a: 55).

En el día a día del hacer militante, al tener que lidiar con las contradicciones, no podemos caer en un discurso justificatorio de éstas, ya que a lo único que contribuimos es a perpetuarlas. Saber que existe, también, “contradicción entre cambiar las condiciones inmediatas de vida o destruir aquello que nos oprime, aquellas relaciones sociales que posibilitan la dominación y la explotación” (Colombo, 2013: 14), nos permite reconocer que “los obstáculos al proyecto de emancipación social, económica, política y cultural no provienen sólo de los grupos hegemónicos, sino que también pueden emanar de ciertas lógicas políticas […] [como la instauración de] una relación autoritaria e instrumentalizadora” (Gómez-Muller, 2009: 10).

Frente a las prácticas instrumentales y autoritarias, únicamente tenemos la afinidad y la afectividad como vinculantes de una práctica y un horizonte organizativo que desde un principio se erija para luchar integralmente contra toda forma de dominio. En el mismo sentido, no requerimos apelar a la gestión en lo organizativo, eso configura una lógica de la separación, necesitamos apelar a la atención, eso nos sitúa en la vida cotidiana (Comité Invisible, 2015), es la posibilidad de construcción de una vida unitaria, “dormir, luchar, comer, cuidarse, hacer una fiesta, conspirar, debatir, dependen de un sólo movimiento vital” (Comité Invisible, 2015: 95). Por lo mismo, “la verdadera cuestión para los revolucionarios es la de hacer crecer las potencias vivas en las que participan, la de tratar bien los devenires-revolucionarios a fin de alcanzar por fin una situación revolucionaria” (Comité Invisible, 2015: 159). De este modo podemos por fin deshacernos de esas concepciones fetichistas y vanguardistas de la organización que siguen repitiendo nociones como «inserción social», «reclutamiento», «dar línea». Por el contrario, hay que saber que

no hay nadie a quien organizar. Nosotros somos ese material que crece desde el interior, se organiza, se desarrolla. Aquí reside la verdadera asimetría, y nuestra verdadera posición de fuerza […] hay que actuar de tal manera que ya no haya población” (Comité Invisible, 2015: 173).

Nosotros somos el punto de partida y el lugar del conflicto, somos la materia que puede dar vida a una situación revolucionaria,

los revolucionarios […] tienen que partir más bien de su propia presencia, de los lugares que habita, de los territorios que les son familiares, de los vínculos que los unen a lo que se trama a su alrededor. La vida es el lugar desde donde emanan la identificación del enemigo, las estrategias y las tácticas eficaces (Comité Invisible, 2015: 177).

La lucha de clases no es el enfrentamiento entre dos conjuntos, no es un combate simétrico entre dos totalidades, “la línea del frente se dibuja por sí misma, se evidencia a partir del contacto”, es decir, partir “desde ahí donde está, desde el medio que frecuenta, desde el territorio que habita, desde la empresa en la que trabaja” (Comité Invisible, 2015: 246-247).

Organizarnos es precipitar, como señala Ricardo Flores Magón (2001) [4] cuando se refiere a la percepción que él tiene sobre su hacer revolucionario y que podemos extenderla al hacer de cualquier militante. Precipitar “donde sea posible la confluencia de actividad colectiva popular, en cualquier segmento de la vida social” (Errandonea, 2011: 64). Precipitar desde una libre organización, creada y mantenida por la libre voluntad de sus componentes (Malatesta, 2002). Una organización anarquista no se parece en nada a un partido político o a un grupúsculo vanguardista, de acuerdo con Malatesta, “en una organización anarquista todos los miembros pueden expresar todas las opiniones y emplear todas las técnicas que no estén en contradicción con los principios aceptados y no dañen la actividad de los demás” (en Richards, 2007: 87), además, “la duración de una organización anarquista debe ser consecuencia de la afinidad espiritual de sus componentes y de la adaptabilidad de su constitución, a los continuos cambios de circunstancias” (Malatesta en Richards, 2007: 87).

Nuestro camino, en este sentido, se va a ir creando en tanto nos decidamos a ir enfrentando problemas cotidianos (Berneri, 1998), enfrentándolos de modo colectivo y mediante el ejercicio de nuestra acción directa. Lo cual conlleva a transformar nuestras concepciones sobre cómo entendemos hacer agitación. Siguiendo con d´Errico,

la propaganda debe pasar a ser lo menos abstracta posible y tiene que volver a empezar a implicar al hombre [y la mujer] común a partir de las cosas que siente más cercanas […] debe sumergirse en la realidad, debe tomar cuerpo en la acción cotidiana, no tiene que ponerse en manos del simple voluntarismo […] El anarquismo tiene que ser partero de sí mismo partiendo de la cabeza y no de los pies de la problemática social (2012: 276).

De esta manera podríamos esbozar “un proyecto claro y comprensible, pero siempre en devenir y, sobre todo, siempre abierto ante las enseñanzas prácticas y teóricas que se determinaran al hacerse realidad” (d´Errico, 2012: 277), que nos permita dar rienda suelta a una organización “de combate capaz de actuar con coordinación y simultaneidad” (Berneri en d´Errico, 2012: 338), al mismo tiempo que “formular un programa de oposición y construcción” (Berneri en d´Errico, 2012: 360). Basada en acuerdos mutuos que permanentemente deben estarse renovando (Bakunin, 2013b). Por eso es que entiendo la organización como “la destrucción radical de todas las dominaciones particulares, [por lo que] debe tener un carácter esencialmente diferente de la organización de los Estados […] debe ser libre, natural y conforme en todos los puntos a esos intereses y a esos instintos” (Bakunin, 2006: 104).

¿Por qué desde el comunismo anárquico?

Si queremos caminar en el sentido de la descolonización de la vida cotidiana. El horizonte comunista anárquico es una de esas apuestas que propone que esto sólo es posible obstruyendo toda forma de dominación, destruyendo toda separación. En su artículo publicado en este número de Verbo Libertario, el compañero Miguel Amorós da cuenta de una forma clara y concisa lo que hoy significa el comunismo libertario y cómo es que podemos pensarlo desde el aquí y ahora:

El comunismo libertario es un sistema social caracterizado por la propiedad comunal de los recursos y estructurado por la solidaridad o ayuda mutua en tanto que correlación esencial. Allí, el trabajo –colectivo o individual- nunca pierde su forma natural en provecho de una forma abstracta y fantasmal. La producción no se separa de la necesidad y sus residuos se reciclan. Las tecnologías se aceptan mientras no alteren el funcionamiento igualitario y solidario de la sociedad, ni reduzcan la libertad de los individuos y colectivos. Conducen a la división del trabajo, pero si ésta debiera producirse por causa mayor, nunca sería permanente. Al final, iría en detrimento de la autonomía. La estabilidad va por delante del crecimiento, y el equilibrio territorial por delante de la producción. Las relaciones entre los individuos son siempre directas, no mediadas por la mercancía, por lo que todas las instituciones que derivan de ellas son igualmente directas, tanto en lo que afecta a las formas como a los contenidos. Las instituciones parten de la sociedad y no se separan de ella. Una sociedad autogestionada no tiene necesidad de empleados y funcionarios puesto que lo público no está separado de lo privado. Ha de dejar la complicación a un lado y simplificarse. Una sociedad libre es una sociedad fraternal, horizontal y equilibrada, y por consiguiente, desestatizada, desindustrializada, desurbanizada y antipatriarcal. En ella el territorio recobrará su importancia perdida, pues contrariamente a la actual, en la que reina el desarraigo, será una sociedad llena de raíces (Miguel Amorós, 2017: 22).

Con todo y la significación tan potente que puede tener el comunismo anárquico, como horizonte de rebelión y ruptura de este mundo que habitamos, hay que reconocer que en los últimos años “la anarquía huele poco menos a azufre que antes y, edulcorada con el calificativo “libertaria”, sale de los bajos fondos proletarios para convertirse en palabra ligera” (Colombo, 2006: 31).

Podemos partir de que “el anarquismo procede de forma polimorfa porque se inserta en la vida. Y sus desviaciones mismas son la búsqueda de una ruta mejor” (Berneri, d´Errico, 2012: 366), cuestión que no debe confundirse ni está relacionada con un fenómeno que en el presente tiene una presencia fuerte: un cretinismo anarquista, como lo hizo ver en su momento Camillo Berneri (en d´Errico, 2012), que es producto de que no hay consciencia de la necesidad de la auto-limitación y el respeto, de que no se entablan lazos de apoyo mutuo, actitud que acompañada con una miseria del pensamiento y dogmatismo refleja que

estamos desprovistos de conciencia política, en el sentido de que no tenemos consciencia de los problemas actuales y seguimos diluyendo soluciones adquiridas por nuestra literatura de propaganda. Somos futuristas, y punto. El hecho de que haya editores nuestros que siguen reimprimiendo los escritos de los maestros sin actualizarlos nunca con notas críticas demuestra que nuestra cultura y nuestra propaganda están en manos de gente que apunta a mantener en pie su propia empresa, en vez de empujar el movimiento a salir de lo ya pensado para esforzarse en la crítica, o sea, en lo pensable. El hecho de que haya polemistas que intentan embotellar al adversario en lugar de buscar la verdad demuestra que entre nosotros hay masones, en sentido intelectual. Añadamos a los grafómanos para quienes el artículo es un desahogo o una vanidad y tendremos un conjunto de elementos que obstaculizan el trabajo de renovación comenzado por un puñado de independientes que dan buenas esperanzas (Berneri, d´Errico, 2012: 278).

Junto a esto, existe una “abdicación real de todo propósito de cambio social en su dirección [la del anarquismo] y su sustitución por un inconformismo y protesta perennes; refugio conscientemente utópico de un real conformismo con su reducción a un imaginario grupal guetizado” (Errandonea, 2011: 32). Incluso podríamos entablar una afinidad con las conclusiones y con la misma percepción que tuvieron otros revolucionarios en otros tiempos, cuando expresan su sentir: “estamos ahora dispersos, cuando no desmoralizados. Hemos entablado una batalla que no supimos librar como debimos” (Debord, s.f.b).

Frente a ello, la pasividad no es una alternativa, tampoco la renuncia a una postura política que sabe todavía hoy que “es en el terreno político, es decir con la lucha entre gobernantes y gobernados, donde se deberá resolver en definitiva la cuestión de la emancipación de los trabajadores y de la libertad humana” (Malatesta en Richards, 2007: 127), ya que “nadie […] puede creer que sea posible obtener una auténtica satisfacción de sus exigencias mientras el Estado no haya sido disuelto. Pues esta sinrazón práctica es la razón del Estado” (Debord, s.f.b). Por tanto, la actitud que considero debemos tomar es pensar en el comunismo anárquico de la misma forma “como si volviéramos a estar en tiempos de su primera construcción. Lucha que debe volver a incluir su elaboración y organización o reorganización; así como su involucramiento en la vida social y política de la sociedad” (Errandonea, 2012: 63). Permitamos que nos convoque una vez más Gustav Landauer, para incitar el socialismo anarquista: “a comenzar en lo pequeño y en la voluntariedad, inmediatamente, en todas partes, eres llamado, tú y los tuyos” (s.f.). Y para los tiempos actuales, parece que se trata de comenzar, prácticamente, desde la nada –o al menos desde este punto de partida deberíamos forjar nuestro hacer y pensar.

No nos pretenderemos los emancipadores de nadie, sólo existe la auto-emancipación de aquellos que decidimos rebelarnos y crear otro mundo, para los anarquistas un mundo en libertad nace cuando “existen las personas que les hace falta, que lo quieren, es decir, que lo hacen” (Landauer, s.f.). Nuestro hacer y pensar debe tender a la «comunización» (Malatesta en Richards, 2007) de cada resquicio de nuestra vida. Agitemos en la perspectiva de la libertad de iniciativa, la solidaridad, la unión y la descentralización. Tendríamos que estar de acuerdo con Berneri en que “el anarquismo debe ser amplio en sus concepciones, audaz, insaciable […] debe diferenciarse y conservar en alto su bandera aunque esto pueda aislarle en el restringido círculo de los suyos” (1998: 44), para dar vida a un “anarquismo actualista, consciente de las propias fuerzas de combatividad y de destrucción y de las fuerzas adversas, con el corazón romántico y con el cerebro realista” (Berneri, 1998: 80). En otras palabras, como lo sugirió Gustav Landauer, debe ser pensamiento, sentimiento y acción.

Sin embargo, crear un sentimiento y acción comunista anárquico no se da en automático ni mecánicamente, tampoco se logra por mera voluntad un pensar en sentido del comunismo anárquico. Es necesario esbozar y poner en movimiento una praxis, es decir, un hacer-pensar no-separado. Para ello, podemos plantear cuatro cuestiones que pueden ayudar a caminar desde el aquí y ahora en esta perspectiva: combatir el cretinismo, obstruir la jerarquía, esbozar el despliegue de una autogestión tendiente a ser integral y crear un hacer militante revolucionario.

Combatir el cretinismo significa dos cosas, por un lado, saber que si nuestro horizonte es una vida en libertad, tenemos que ser capaces de auto-limitarnos, por ejemplo, no pretender que por nombrarnos de tal o cual forma, podemos decir lo que nos dé la gana o durar el tiempo que se nos antoje en una reunión. Tampoco podemos ignorar los temas de la orden del día en una asamblea para hablar de lo primero que se nos ocurra. Por otro lado, combatir el cretinismo conlleva evitar formas de relación social que subestimen a los demás, así como las que buscan aprovecharse de los otros; se trata de no actuar basados en la competencia de igual manera que tenemos que evitar el asistencialismo-paternalismo; descartemos, además, la desatención entre compañerxs. El apoyo mutuo y la afinidad surge de estar atentos y respetarnos entre todas y todos.

Obstruir la jerarquía en el día a día de la construcción de lo colectivo requiere de un proceso de auto-formación que se configure en y desde lo colectivo. Se dan desigualdades entre compañeras y compañeros si se generan dinámicas donde unos terminan dando línea a los demás o donde unos hacen y otros piensan. Se requiere pensar desde lo cualitativo todas nuestras prácticas, iniciativas y todo aquello que logremos construir; cuando incorporamos elementos cuantitativos en lo que hacemos (tiempo dedicado, volantes repartidos, libros leídos, dinero invertido, etc.) aparece la jerarquía. Requerimos, también, rechazar en todo momento y lugar cualquier indicio de obediencia y servidumbre, por más sutil que pudiera parecer, quien oprime lo hace porque existe quien se deja oprimir. Y requerimos, junto con todo esto, relacionarnos unxs con otrxs desde la afectividad y la afinidad, evitar toda forma de vínculo instrumental y utilitario. Que nuestros modos de encontrarnos para crear lo colectivo resulten irrecuperables para la sociedad mercantil-espectacular.

Si entendemos la autogestión desde un horizonte revolucionario y rebelde, entonces sabemos que no puede ser más que colectiva e integral, es decir, que alcance todas las dimensiones de la vida, que logre resolver las condiciones materiales y subjetivas de una persona y de una colectividad de manera simultánea. Si creemos que basta centrarnos en una dimensión de la autogestión—por ejemplo, la seguridad o la salud—, corremos el riesgo de que el proceso se agote en el sentido de que las energías se centren en algo que al final de cuenta no será suficiente para romper de manera radical con el Estado y el capital. Asimismo, si pensamos que por tener un proyecto en el que hacemos jabón o vendemos comida, y que nos permite sobrevivir, ya somos autogestivos, es probable que no nos demos cuenta que nuestro proyecto puede terminar pareciéndose más a una pequeña empresa que a una iniciativa autogestiva, o que nuestra vida se parezca más al estilo de un emprendedor que a un militante revolucionario. En este sentido, no planteo que descartemos nuestros proyectos de autogestión o que si no logramos tocar más de una dimensión de la vida desde una perspectiva autogestiva descartemos todo, por el contrario, debe servir de trampolín para brincar y extender la autogestión a más espacios-tiempos de nuestra vida. No importa que en un principio abarquemos de modo precario, desigual o mínimamente varias dimensiones de nuestra vida desde esta perspectiva, lo que importa es que caminen simultáneamente para que nuestras iniciativas no corran el riesgo de implosionar o terminen recuperadas por la sociedad mercantil.

Finalmente, hay que llevar a cada resquicio de nuestras existencias, en cada tiempo y lugar, una praxis rebelde. Donde estemos debemos saber que podemos precipitar e intervenir en una perspectiva de crítica radical. Evitemos creer que nuestra existencia es inocente o trasparente, pues eso nos hace caer en el diletantismo, más que asumirnos como militantes anarquistas nos convertimos en fanáticos del anarquismo. Nuestro proceso de organización para que logre allanar la dominación tiene que entenderse como la prolongación de nuestras vidas, pero bajo una inversión total de perspectiva, la de la autogestión, la del comunismo anárquico.

La tarea es urgente: re-crear un proyecto-programa anarquista, capaz de enfrentar la guerra capitalista y actuar dentro del antagonismo social aquí y ahora, y que se materialice en una organización política anarquista, por lo que se requiere un esfuerzo permanente de agitación, de asociarnos y radicalizarnos mutuamente las luchas y resistencias, de oponernos a toda alternativa liberal y socialdemócrata. Pienso con Malatesta que lo esencial es desarrollar el espíritu de organización, el sentimiento de solidaridad y la confianza de la necesidad de cooperar fraternalmente, con la convicción de que “es necesario un trabajo continuo, paciente, coordinado, adaptado a los diversos ambientes y a las distintas circunstancias” (Malatesta en Richards, 2007: 172). No queda más que la auto-organización entre nosotrxs mismxs, para hacernos responsables de nuestra propia vida, para fomentar la autonomía colectiva y construir formas de comunicación autentica y de base.

Si el movimiento anarquista no se arma de valor de considerarse aislado, espiritualmente, no aprenderá a actuar como iniciador y propulsor. Si no adquiere la inteligencia política que nace de un racional y sereno pesimismo […] y de un atento y claro examen de los problemas, no sabrá multiplicar sus fuerzas encontrando consensos y cooperaciones (Berneri, 1998: 84).

Marcelo Sandoval Vargas

Fuente: https://alianzarevolucionariaca.wordpress.com


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Marcelo Sandoval: Revolución social y críticia de la dominación. La creación de una política prefigurativa en el sentido de la autonomía como proyecto

Rafael Sandoval: La revolución hoy implica ser anticapitalista y anti-Estado

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