Nuestra primera palabra. El periódico en el movimiento anarquista y la experiencia de El Alba de Coronel

by • 29 mayo, 2019 • Artículos, Historia anarquista, Historia social, Organización, TrabajoComments (0)222

Decía Lily Litvak, en su texto Musa libetaria, que “ningún otro movimiento puso tanto énfasis como el anarquismo en el papel que la cultura pudiera tener en la emancipación humana. Para ellos, ésta permitiría no sólo cambiar el medio social y económico sino también a los propios hombres”. Y continúa explicando, “los anarquistas consideraron, en efecto, al arte y a la literatura como fundamentalmente sociales, constituyentes de una causa, y por lo mismo con un papel definido en el trabajo revolucionario” 1. Esta perspectiva fue compartida por el amplio espectro del movimiento obrero, quienes enarbolaron una cultura ilustrada “que fuera extensiva a todos los grupos sociales, difundida desde las bases sociales constituyentes del “pueblo”, caracterizada por abrevar de los valores de la ilustración que, “nacida con la modernidad, producto de ella, (…) compartía con el discurso de la elite varios elementos, sobre todo en lo concerniente a la “regeneración del pueblo”; pero también en cuanto a la valoración del trabajo, (la) moral, la racionalidad, el progreso, etc”2.

Así, las proclamas de revolución social y las diatribas de protesta anarquista fueron profundamente difundidas “a través de una variada gama de actividades, canalizadas institucionalmente mediante los grupos o los centros culturales, la prensa y la propuesta pedagógica racional”3.

Con todo, fue especialmente la lectura “uno de los medios más eficaces para combatir la ignorancia y estimular la emancipación social y cultura de las clases populares”, siendo un apartado imprescindible en el proceso de aprendizaje de iniciación en las ideas libertarias”4.

En este sentido, la importancia del periódico y del folleto anarquista se debió a la capacidad de poner en discusión pública y convocante elementos relativos al movimiento. Se buscó “convertir el acto de la lectura de material doctrinario en un hecho público al alcance de todos los activistas y la mayor parte posible de trabajadores”5. De este modo, los periódicos constituyeron “una herramienta de primer orden para la extensión de la ideología y cultura anarquista”6. Denominados por Juan Suriano como “la herramienta más relevante del dispositivo cultural”7 obrero anarquista, la publicación de un periódico cumplió diversas funciones, tales como “vehículo de información (y de expresión) crítico y alternativo”, “soporte organizativo al movimiento”, y como “plataforma de comunicación y de interrelación propia para el intercambio de ideas, estrategias, noticias, etc”8. Por medio de la transmisión de material impreso, entre distintos grupos y países, lxs anarquistas lograban “estar al día en lo que se refiere a (…) las opiniones sobre diversos temas de actualidad, y de una manera general, las ideas y principios fundamentales de la ideología”9.

Durante el cambio de siglo, el anarquismo comenzó un vertiginoso proceso de consolidación cuya expresión más concreta fue la proliferación de múltiples iniciativas editoriales-periódicos, libros y folletos-, y el arraigo de esta ideología entre las organizaciones obreras que germinaron a inicios del 1900. Publicaciones como La Campaña (1899-1902), El Alba de Coronel, La ajitación (1899-1903), El Ácrata (1900-1901), El Siglo XX (1901), y La luz (1901-1903)10, corresponden sólo una muestra de los más de treinta publicaciones afines al anarquismo editadas entre 1898 y 190711.

A través de la prensa podemos conocer también las percepciones de muchos anarquistas que coyunturalmente colaboraban en estas instancias. Éstos solían ser en su mayoría “obreros y personal no especializado”, que “ejercían sus funciones de periodistas después de acabada su agotadora jornada laboral y siempre de forma totalmente desinteresada”12. De este modo, quienes se abocaron a plasmar sus pensamientos e inquietudes por medio de la escritura fueron los mismos trabajadores que, de forma circunstancial y esporádica, trataron las necesidades organizativas del momento. Teniendo poco referentes dedicados exclusivamente a funciones teóricas y reflexivas, el anarquismo desconfió de la figura del intelectual como autoridad del conocimiento.

Los anarquistas de Chile que se dedicaron a escribir sus ideas, lo hicieron preferentemente por medio de folletos y periódicos “que facilitan la discusión, la polémica, la arenga, (y) la vulgarización”13. Esto era posibilitado por la condición descentralizada de las publicaciones anarquistas, en donde “todo tipo de material impreso significaba un espacio de interlocución para las diversas agrupaciones ácratas”14. Igualmente, dentro del mismo periódico anarquista podemos reconocer estas interacciones, a través de la reproducción de artículos y colaboraciones provenientes de distintos rincones del mundo. El intercambio de opiniones que ignoraban las distancias geográfica, se expresan ya desde el nº1 de El Alba, donde José Atanasio Muñoz, denunciaba las injusticias del sistema chileno, advirtiendo a “sus compañeros de trabajo”, como denominó a sus interlocutores, afincado en la región de Antofagasta.

Así, el periódico El Alba compartió muchos elementos formales con las publicaciones obreras del período. Además de las características descritas, destacó la pasión con que abrazaron el espíritu cientificista de la época. Se señala en su primer número: “hemos llegado al nacimiento de la verdad personificando la razón dentro del marco del positivismo”. Las alusiones a la iluminación mental luego de encontrarse en la “oscuridad de la ignorancia” son reiterativas, basándose en un difundido optimismo sobre las nuevas ideas y nuevos métodos de movilización obrera que despuntaban en el mundo a inicios del siglo XX. De este modo, el manejo del conocimiento fue visto como herramienta de liberación social con perspectivas revolucionarias. Para la anónima figura tras el seudónimo de “Productor”, había llegado “el momento de (que en) este tan querido Chile un rayo de luz de esa blanca montaña; ese rayo que nos viene alumbrar la claridad”, los lleven a terminar con las “tinieblas”. “Ya tenemos los ojos abiertos, ya veremos el hermoso horizonte de la dicha”, proclamaba.

Esta fe en el poder de la razón, llevó, sin embargo, a algunos trabajadores como el autodenominado Li Hu Chan, colaborador de El Alba, ha reconocer “dos sendas o extremos forzosos que seguir” para desarrollar un pueblo: “la sapientísima cultura, y honradez administrativa” de los “sabios puritanos de Norte-América”, o “la salvaje cultura de los Estados incultos del África”.

Otro aspecto central de El Alba, común a las publicaciones obreras de tendencia anarquista en la época, fue su implacable rechazo a toda actividad política, entendida como el ejercicio profesional de esta a través del Estado y sus instituciones. En este sentido, su editor, en el nº1, aclaraba que en “ningún caso admite (publicaciones) políticas”. Este requisito tenía un objetivo fundamental: evitar la división del movimiento obrero debido a diferencias ideológicas. Más adelante se señalaba: “esta insignificante hoja tiene su divisa en la unificación, sin ataques mezquinos, sin política, y sin caudillaje y sin distinción de jerarquías”. Esta aspiración fue profusamente difundida, a raíz del contexto de formación del incipiente movimiento obrero derivado de los procesos de industrialización y urbanización en Chile. Por esta razón, El Alba rebosa en alabanzas a los “hijos del trabajo (…) que sois el todo en el mecanismo del universo”.

Igualmente, como lo ha demostrado Joel Delhom y Daniel Attala, “en la literatura anarquista en lengua española (ensayos, artículos, panfletos, cuentos, novelas, teatro, poesía), no faltan las referencias implícitas y también explícitas a la Biblia, a pesar (…) del ateísmo o del agnosticismo de la mayoría de sus autores: palabras, figuras, episodios, mitos y formas poéticas y narrativas que mantienen una relación clara, sea directa o indirecta, con el modelo bíblico”. Dentro de esa tendencia se encuentra también El Alba, cuyo mensaje integraba paisajes utópicos que cobijaban la anhelada redención de lxs oprimidxs: “a lo lejos divisaremos un humo; serán los últimos escombros de la mentira que se consume junto con todas sus depravaciones”, se señala en su primer número. En otro artículo, la propuesta es más explícita al decir “no se puede por menos que sonreír de satisfacción y dar cabida en nuestro pecho a una esperanza pronta a realizarse; esto es, la redención del esclavo”.

Del mismo modo, siguiendo con lo señalado por Delhom y Attala, “no son pocas las ocasiones en que vemos a los autores de los textos en cuestión presentarse a sí mismos o a sus compañeros como símiles de Cristo, apóstoles, profetas o mártires”15. En este aspecto, las figuras literarias utilizadas por Víctor Alarcón son bastante gráficas cuando acusa a “pérfidos burgueses que solo dejan las migajas al pueblo, mientras ellos se comen la torta que este mismo pueblo amasa a costa del sudor de su frente o de la sangre de sus venas, dejando en el taller jirones de sus carnes y la existencia entera”. Más adelante, en la misma edición se habla del “pueblo” como “la voz de Dios”, analogía complementada con las alusiones al conflicto entre Caín y Abel.

A pesar de las características comunes descritas, El Alba destaca por la peculiaridad del territorio desde donde nació: Coronel. De ahí que resulte impresionante su tiraje de 3.000 copias, proceso desarrollado paralelamente y a la par de las primeras publicaciones obreras generadas desde la capital o en otras ciudades destacadas por su conectividad, tales como Valparaíso y Arica.

El Alba se nutrió de su contexto, pues el “receptor ideal”, siguiendo a Marianna Di Stefano, fueron los mineros, a quiénes se apelaba directamente y de quienes se sentían representantes. “El Alba os servirá de intérprete entre la multitud de productores”, declaraban en su primer número. De igual forma, en otro apartado, un anónimo colaborador se identificaba como “un minero” que “ha trabajado tanto por arrancar el carbón de las minas”, y que, como tantos otros, se le “ha pagado mal”. Más allá de esta identificación, se colaban también por sus palabras una reivindicación específica a la condición indígena y mestiza de las tierras del sur, al señalar que por sus “venas corre sangre de Lautaro y Caupolicán”.

Aún así, el trabajador al que aludían en sus artículos era un obrero ilustrado, conocedor de las tendencias del cientificismo en boga y, como amante de la razón, contrario a las supersticiones identificadas con la iglesia católica. Por tal motivo se reconocían, al mismo tiempo que caracterizaban su “lector ideal”16, “como hombres de conocimientos de trabajo y como libres ciudadanos”. Se refieren así, a “los trabajadores del sur”, “compañeros de trabajo barreteros, carretilleros, tiraneros, empujas, enmaderadores y en una palabra, todos los operarios de los establecimientos del sur: Maule, Buen Retiro, Puchoco, Lota, Lebu, Colico y Curanilahue”, a quienes se les “invita a estudiar en favor de nuestra vida en el porvenir”.

“Es de hacer notar que estos periódicos no insertan ninguna clase de avisos comerciales y, generalmente, son entregados gratis o a un precio voluntario. Esto explica los continuos pedidos de ayuda económica y las listas de erogaciones que se publican”17. Y, efectivamente, el periódico anarquista se financió, por lo general, “en base a su venta y a la donación de los simpatizantes del ideal”. Esto provocó el “asedio permanente de la escasez monetaria” que, incluso más que “la represión estatal o cualquier otro motivo”, fue “el principal victimario de la propaganda libertaria impresa”18. Para el caso de El Alba, solo un breve aviso informaba de “libros en blanco y libretas para minas” disponibles en La Gran Fábrica, ubicada en Rengo 31, comuna de Concepción. Con este anuncio se cerraba el primer número de esta iniciativa impresa que, a pesar de las dificultades, mantendría su porfiada presencia en las tierras del carbón.

 Francisco Peña

Fuente: https://resumen.cl


Referencias

1 Lily Litvak, Musa Libertaria, XV.

2 Manuel Lagos, ¡Viva la anarquía!, 27.

3 Juan Suriano, 37.

4 Javier Navarro, 147.

5 Suriano, Anarquistas, 114.

6 Manuel Lagos, 255.

7 Suriano, 179

8 Navarro, A la revolución por la cultura, 200-201.

9 Navarro, A la revolución por la cultura, 201.

10 Víctor Muñoz, “1º de mayo de 1899”, 181.

11 Muñoz, Sin Dios ni Patrones, 17.

12 Francisco Madrid, La prensa anarquista y anarcosindicalista en España desde la I Internacional a hasta el final de la Guerra Civil, citado en Navarro, A la revolución por la cultura, 203.

13 Max Nettlau, “Contribución a la bibliografía anarquista de la América Latina hasta 1914”, en Certamen Internacional de La Protesta, Editorial La Protesta, Buenos Aires, 1927, 6-7.

14 De la Rosa, La figura de Diego Abad de Santillán, 31.

15 Joel Delhom, Daniel Attala (dirs.), Cuando los anarquistas citaban la biblia. Entre mesianismo y propaganda, Catarata, 2014, 3.

16 Mariana Di Stefano, “La configuración de la subjetividad libertaria en el periódico La Protesta Humana”, en Revista de Investigación del Departamento De Humanidades y Ciencias Sociales Universidad Nacional de La Matanza, 2012, año 1, N° 2, Buenos Aires.

17 Osvaldo Arias Escobedo, La prensa obrera en Chile 1900-1930, Ariadna ediciones, 2009, 46.

18 Víctor Muñoz, Cuando las bombas son de papel. Los trabajadores, el Estado y la propaganda anarquista impresa (región chilena, 1915-1927), Ediciones Acéfalo, Talca, 2014, 35.

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