Wolfi Landstreicher: Cultura de la seguridad y vida expansiva

by • 4 abril, 2019 • Artículos, Coyuntura política, Organización, PoderComments (0)238

Hoy día la vida es demasiado pequeña. Somos obligados a tener roles y relaciones que reproducen el orden social actual, que se basa en la mezquindad de lo que puede ser medido, puesto a un precio, comprado y vendido. La lamentable existencia de tenderos y guardias de seguridad se ha impuesto por todos lados, y la vida real, una vida sin más límites que los que nuestras capacidades nos ponen, existe solo en rebelión contra esta sociedad. Así que aquellos que queremos una existencia expansiva, una vida vivida con plenitud, estamos motivados a pasar a la acción, a atacar a las instituciones que nos obligan a vivir una vida tan mezquina.

Motivados a recuperar nuestras vidas y hacer de ellas manantiales de lo maravilloso, inevitablemente, nos encontramos la represión. Todos los días, los mecanismos ocultos de la represión operan para prevenir la rebelión, para garantizar la sumisión que mantiene el orden social. Las necesidades de la supervivencia, la conciencia que subyace al estar siempre observados, la multitud de prohibiciones que se encuentran en señales y carteles o que toman la forma de la policía, la estructura misma de los entornos sociales en los que nos movemos, éstos son suficientes para mantener a la mayoría de la gente en línea, cabizbajos, con la mente vacía de todo excepto de mezquinas preocupaciones del día a día. Pero cuando uno se ha cansado de esta insípida existencia y decide que debe haber algo más, que no puede tolerar otro día más en el que la vida se reduce aún más, la represión deja de ser algo sutil. La chispa de la rebelión tiene que ser suprimida constantemente; el mantenimiento del orden social lo requiere.

La expansión de la vida no se puede producir escondiéndonos de ellos –porque sería simplemente un cambio de celdas en la prisión social–. Pero debido a que esta expansión –esta tensión hacia la libertad– nos mueve a atacar este orden social, a pasar a la acción que está fuera de sus leyes y frecuentemente en contra de sus leyes –escritas o implícitas–, nos vemos obligados a hacer frente a la cuestión de cómo evadir a los siervos guardianes de la clase dominante. Así que no podemos pasar por alto la cuestión de la seguridad.

Siempre he considerado que la cuestión de la seguridad es una cosa simple, una cuestión de inteligencia práctica y sentido común que cualquier persona debería ser capaz de imaginar. Desarrollando relaciones de afinidad, en las que uno decide con quien se puede actuar. No hay necesidad de decir nada sobre una acción a cualquier persona que no está involucrada en la acción. Esto es básico y debe ser evidente para cualquier persona que decide actuar contra la dominación. Pero tal inteligencia práctica no tiene necesidad de cubrirse en una atmósfera de sospecha y secretismo en el que cada palabra y cada pensamiento deben ser vigilados, en la que incluso las palabras desafiantes se consideran un riesgo demasiado grande. Si nuestra práctica nos lleva a esto, ya hemos perdido.

En el contexto de la actividad ilegal, la seguridad es esencial. Pero incluso en este contexto, no es la principal prioridad. Nuestra principal prioridad es siempre la creación de vidas y relaciones que deseamos, la apertura de la posibilidad de una existencia plena que este sistema de dominación y explotación pretende impedir. Aquellos que realmente deseamos una existencia expansiva querremos expresarlo en todas nuestras acciones.

En este sentido, el llamado para el desarrollo de una “cultura de seguridad” me parece extraña. Cuando escuché por primera vez el término, mi primer pensamiento fue: “Esta es precisamente el tipo de cultura en la que vivimos”. Los policías y las cámaras de seguridad en cada esquina y en cada tienda, el aumento de números de tarjetas de identificación y de interacciones que requieren su uso, las diferentes armas y leyes puestas para la seguridad nacional, y así sigue –la cultura de la seguridad que nos rodea, es la misma que la cultura de la represión–. Ciertamente, como anarquistas esto no es lo que queremos.

Muchas de las sugerencias prácticas hechas por los defensores de la cultura de seguridad son buenos consejos básicos para alguien que está pasando a la acción contra las instituciones de dominación. Es obvio que no hay que dejar pruebas o hablar con la policía, que uno debe tomar precauciones para evitar ser arrestado –una situación que ciertamente no mejora la lucha de uno por una vida libre y plena–. Pero no tiene sentido hablar de una cultura de seguridad. La precaución necesaria para evitar el arresto no refleja el tipo de vida y las relaciones que queremos construir. Al menos, yo espero que no.

Cuando los anarquistas empiezan a ver la seguridad como su principal prioridad –como una “cultura” que deben desarrollar– la paranoia llega a dominar las relaciones. Incluso encuentros o conferencias anarquistas se establecen con unos niveles de burocracia y (vamos a llamar a las cosas por su nombre) vigilancia muy parecidos a lo que estamos tratando de destruir. La sospecha sustituye al compañerismo y la solidaridad. Si alguien no se ve o no se viste bien, se encuentra a sí mismo marginado, excluido de la participación. Algo esencial se ha perdido aquí –la razón de nuestra lucha–. Ha desaparecido detrás de una dura coraza de militancia, y hemos llegado a ser un reflejo de nuestro enemigo.

La lucha anarquista se desliza hacia esta desagradable y rígida paranoia cuando no se lleva a cabo como un intento de crear la vida de una manera diferente, con placer e intensidad, sino que más bien es tratada como una causa a la que uno ha de sacrificarse. La lucha de uno se convierte en algo moral, no es una cuestión de deseo, sino de lo correcto e incorrecto, el bien y el mal, y se concibe como algo absoluto y conocible. Esta es la fuente de gran parte de la rigidez, gran parte de la paranoia y gran parte de la sensación injustificada de sospecha que uno encuentra demasiado a menudo en los círculos anarquistas. Somos guerreros justos rodeados por todos lados de las fuerzas del mal. Debemos protegernos de cualquier posibilidad de contaminación. Y esta dura armadura de carácter socava el espíritu alegre que nos proporciona el valor necesario para la destrucción
del mundo de dominación.

Esta destrucción, esta demolición de la cárcel social que nos rodea, nos llevaría a un cara a cara con lo desconocido. Si la enfrentamos con el miedo y la sospecha, vamos a construir nuevas cárceles nosotros mismos. Algunos ya las han construido, en sus mentes y en sus proyectos. Es por esto que nuestros proyectos de ataque deben ser originados y llevados a cabo con una alegría y un orgullo expansivo del espíritu. La lógica de la paranoia y el miedo, es decir, la lógica de la sospecha con sus palabras y sus consecuencias, es la lógica de la sumisión, una sumisión que si no es hacia el actual orden de dominación, entonces, es hacia una moralidad que reduce nuestras vidas y garantizará que no tengamos el coraje para hacer frente a lo desconocido, para enfrentar el mundo en el que nos encontraríamos si el orden actual fuese destruido. En su lugar, vamos a abrazar la motivación apasionada del deseo que desafía toda dominación. Esta motivación es absolutamente seria en su deseo de destruir todo lo que reduce la vida y la limita a lo que puede ser medido. Y como es tan seria, se ríe.

Wolfi Landstreicher

Publicado originalmente en Willful Disobedience

Fuente: Contra la lógica de la sumisión


Wolfi Landstreicher: Realismo

Wolfi Landstreicher: Odio

Wolfi Landstreicher: Amistad apasionada

Wolfi Landstreicher: Una vida proyectual

Giorgio Agamben: Del Estado de derecho al Estado de seguridad

Reflexiones sobre la Técnica y el Estado

Nanotecnología y Control social

Pin It

Related Posts

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *