Emmanuel Macron, El Repliegue de la Ilustración

by • 19 marzo, 2019 • Europa, Mundo, Noticias, comunicados y columnasComments (0)203

“Hasta la Revolución, la parroquia rural de Francia conservó en su gobierno algo de ese aspecto que había tenido en la Edad Media… la campana del pueblo convocaba a los campesinos ante el pórtico de la iglesia; allí tanto pobres como ricos tenían derecho a presentarse. Una vez reunida la asamblea, es verdad que no había votación ni deliberación propiamente dichas; pero cada uno podía expresar su parecer, y un notario requerido al efecto, actuando al aire libre, recogía las distintas opiniones y las registraba en un acta. Si se comparan estas vanas apariencias de libertad con la impotencia real que a ellas iba unida, se descubre a escala reducida cómo el gobierno
más absoluto puede combinarse con algunas de las formas de la más extrema democracia, de tal suerte que a la opresión viene a añadirse el ridículo de aparentar no darse cuenta de ella”.

(Alexis de Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución, 1856)

Sesenta años después de que Charles de Gaulle fundara la Quinta República Francesa mediante la aprobación por referéndum de la nueva Constitución, y en cuyo Preámbulo se incluye a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1), una auto proclamada revolución, pone a prueba el talento del presidente Emmanuel Macron, para manejar una intensa crisis política. Presionado por distintos sectores e intereses, con marchas y contramarchas en las medidas económicas adoptadas, reprime y amenaza con acciones judiciales a los manifestantes, al tiempo que exhorta al pueblo al orden, la calma y la concordia.

En aquel documento fundamental surgido de la Revolución Francesa de 1789, la Asamblea nacional establecía sabiamente que “la ignorancia, el olvido o el menosprecio de los derechos del hombre son las únicas causas de las calamidades públicas y de la corrupción de los gobiernos”, algo que el joven presidente francés decide no tener en cuenta. En su artículo segundo, manifestaba además que la finalidad de cualquier asociación política debe ser siempre “la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre… la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión”. A partir de aquel momento, al dejar asentados los derechos naturales e inalienables del hombre, los reclamos que surgieran del pueblo podrían hacerse en base a principios “simples e indiscutibles, que redunden siempre en beneficio del mantenimiento de la Constitución y de la felicidad de todos”. Sin embargo, concesiones mediante, la enorme mayoría de los gobiernos de occidente parecen haber avanzado desde entonces en el sentido de la búsqueda de la felicidad para solo un reducido grupo de poderosos.

¿Son hoy los chalecos amarillos una revolución equiparable a la de 1789? Veamos. Para el historiador británico John Holland Rose “La Revolución Francesa fue la más terrible y trascendental serie de acontecimientos de toda la historia…. el verdadero punto de partida de la historia del siglo XIX, pues este gran trastorno ha afectado profundamente la vida política y más aún la vida social del continente europeo” (2) Aquella revolución, al igual que la de los chalecos amarillos, fue una insurrección espontánea y, cada una a su manera, violenta. La de 1789 fue una rebelión social, política y de clase, que bajo la máxima universal libertad, igualdad y fraternidad, nació para abolir un régimen económico, político y social, que junto a las instituciones administrativas y judiciales que provenían de la Edad Media, constituían el llamado feudalismo. Se propuso destronar los numerosos e irritantes privilegios que poseían la nobleza y el clero, enmarcados todos en el mencionado régimen. Fue en este sentido, una revolución antiaristocrática y anticlerical, que precipitó de manera brusca, la abolición de una antigua y decadente forma de sociedad. Si bien el desarrollo de los principales acontecimientos se mantuvo dentro de las fronteras de un país, los hechos fueron movilizados por principios y fundamentos que atañen a derechos naturales de toda la humanidad, y las consecuencias de tales acciones perduran hasta el presente, sentando las bases del actual Estado de derecho.

El actual movimiento de los chalecos amarillos como acción colectiva de carácter contestatario, surgió a mediados de noviembre de 2018 en respuesta a la decisión del ejecutivo francés de aumentar los combustibles mediante un nuevo impuesto. Según el gobierno, con este gravamen se pretendían recaudar 3.000 millones de euros anuales, y favorecer una economía con menores emisiones de dióxido de carbono para luchar contra el cambio climático. Esto último, por supuesto, nadie lo creyó.

Desde las primeras manifestaciones mostraron características propias: auto convocatoria en las redes sociales; falta de líderes o voceros; autonomía manifestada en la ausencia de partidos políticos o sindicatos dispuestos a convocar y movilizarlos; el corte -mediante el incendio de barricadas de neumáticos y pallets- de calles y autopistas en toda Francia, incluyendo los Campos Elíseos en pleno centro de París. Y, al igual que los sans culottes -sin calzones- de la Revolución Francesa, aquel grupo de los olvidados que tuvieron una participación decisiva en la toma de la Bastilla, hoy también los gilets jaunes -chalecos amarillos- se distinguen por poseer una indumentaria característica cargada de simbología, aunque, claro está, más acorde a la época: los chalecos de trabajo reflectantes.

Podría clasificarse como una revolución social y política, sin embargo, aunque hay muchas causas comunes que amalgaman y mantienen a los manifestantes en las calles, sería apresurado afirmar que la principal razón es la conciencia de clase. Mucho menos aún, el intento de derrocar un régimen o sistema al que pudiera considerarse, al igual que en 1789, antiguo o vetusto. Aunque tal como expresan en una de sus demandas, reconocen estar viviendo una crisis de la civilización (3), -lo cual podría aplicarse como criterio general a toda la humanidad-, las 25 medidas propuestas (4) solo buscan paliar la crisis interna, sin pretender derrocar al Sistema invocando leyes universales de la sociedad. Por el contrario, por momentos pareciera que las razones que sostienen los reclamos en las calles, podrían extinguirse si el gobierno reconsiderase su actitud frente al sector más vulnerable del electorado -una manifestante expresó ante los medios: “Lo que nos une es la arrogancia de Macron” (5), y si tomara algunas medidas económicas opuestas al dogma liberal, tales como promover la demanda, y concederle al Estado el rol de facilitador de la Economía.

Los motivos

Tal vez, el impulso final que organizó y mantiene organizados a los chalecos amarillos, no sea solamente el desempleo, los bajos salarios, la presión fiscal, las tarifas elevadas, etc -recordar que el detonante fue el aumento de combustible-, sino el hartazgo de un sistema político que desde hace años viene sometiendo a la clase trabajadora a una serie de profundas decepciones, promovidas por una forma de administrar los recursos que parece haberse convertido en norma, sin distinción de color político: ajustar al pueblo y beneficiar a los grandes capitales. Como ejemplos de desencanto en Francia con sus gobiernos, haremos referencia las últimas gestiones. En primer lugar al gobierno de Nicolás Sarkozy (2007/2012) del partido Republicano, durante el cual se realizaron numerosas y multitudinarias marchas convocadas por los gremios, en contra de las fuertes medidas de ajuste. La mayor de las cuales se produjo en marzo de 2009, cuando más de un millón de personas salieron a las calles con la consigna “El pueblo antes que los banqueros”, en rechazo a sus medidas de salvataje a los bancos y a las grandes empresas. Lo sucedió François Hollande (2012/2017) del Partido Socialista, de quien alcanza con decir que se retiró de su gestión como el presidente más impopular y menos carismático de la V República, vapuleado y con una administración marcada por el estancamiento económico, las huelgas y por masivas protestas en contra de su propuesta de reforma laboral. En estas condiciones gana las elecciones Emmanuel Macron, no tanto por mérito propio como por factores externos.

“Fue muy afortunado, porque se enfrentó a una situación que era completamente inesperada”, dijo Marc-Olivier Padis, director del grupo de estudios Terra Nova de París. A poco de asumir, comenzó a desdibujarse para los trabajadores la tibia esperanza del pronto retorno al bienestar, que lo llevó al poder con más del 66% de los sufragios, para transformarse en una nueva decepción. Para encarar las reformas nombró como primer ministro a Eduard Philippe, en la cartera económica a Bruno Le Maire, y en el ministerio de Acción y de Cuentas públicas, a Gérald Darmanin, todos integrantes del partido Republicano, y representantes de la derecha francesa con ideas liberales. Estas y otras designaciones, y las medidas de ajuste que le sucedieron, en particular las relacionadas con la Reforma laboral -para otorgarle mayor flexibilidad a las empresas-, y el incremento del CSG (Contribución Social Generalizada), ocasionaron que a poco más de un año de su llegada al Palacio del Elíseo, una encuenta de IFOP midiera que la gestión de Macron había caído a un alarmante 29% de aprobación. De esta manera lograba batir, para el mismo período, el récord de impopularidad que poco tiempo antes había impuesto François Hollande.

A las razones de la abrupta caída de su imagen en tan poco tiempo, hay que sumarle no solo actitudes de soberbia, y de manifiesta falta de empatía ante quienes sufren sus medidas económicas, -tratando incluso de hacerlos sentir culpables de su situación-, sino además un evidente desprecio de clase. Estando de visita en Atenas, aseguró que no cedería frente “los vagos, los cínicos y los extremos”. Ante el reclamo de un joven desempleado por la imposibilidad de conseguir trabajo le respondió: “cruzo la calle y te lo encuentro”. De visita a Égletons expresó: “A algunos, en lugar de joder -‘foutre le bordel’ , más les valdría ir a ver si pueden encontrar trabajo” . En una reciente entrevista, Benoît Hamon, el excandidato del Partido Socialista a las elecciones presidenciales de 2017, acusó a Macrón de ser un racista social, para luego expresar “Macron más que el presidente de los ricos, es un presidente antipobres” (6)

Retomando el motivo de las movilizaciones de los chalecos, seguramente no es menor el hecho de sentirse acorralado como votante frente a una elección. Luego de la primera vuelta quedaron fuera de la contienda final los presidenciables de los partidos políticos con más tradición: François Fillon del partido Republicano por un escándalo de corrupción que involucró a su esposa Penelope; el carismático Benoît Hamon a quien Jean-Luc Mélènchon considera el relevo generacional del socialismo más rebelde, con propuestas como una renta básica universal de 750 Euros para todos los mayores, la legalización del cannabis, y una política de inmigración menos restrictiva; y Jean-Luc Mélènchon del Partido de Izquierda.

El 7 de mayo de 2017 se realizó el ballotage para decidir el futuro presidente de Francia entre Emmanuel Macron, líder del movimiento En Marche!, y Marine Le Pen del Frente Nacional -rebautizado Reagrupamiento Nacional- La primera alternativa para el pueblo francés era un político sin ninguna experiencia electoral y joven ex banquero, que solo un año antes había fundado su propio movimiento, y que “milagrosamente” a pesar de haber sido ministro de Economía de François Hollande y por lo tanto del gobierno más impopular de la historia reciente, se había convertido el favorito del establishment económico y de los medios de comunicación hegemónicos. La segunda alternativa, era la líder de la extrema derecha francesa, la principal referente de un partido ultranacionalista y xenófobo, en referencia a quien todo el arco político moderado pidió expresamente a sus votantes que impidieran su llegada al poder. Tal vez, como nunca antes, millones de franceses vivieron en carne propia aquel cuento del cocinero y la gallina de Eduardo Galeano, según el cual los pueblos, al igual que las aves de aquel relato, no pueden decidir si quieren o no ser comidas, solamente pueden elegir con que salsa quiere ser cocinadas.

Así las cosas, hartos de estar hartos, cada sábado decena de miles de franceses ganan las calles con la certeza de que, de no hacerlo, no tendrán como pueblo otro destino que el de ser olvidados. A pesar de las diferencias que los separan de la Revolución de 1789, de las amenazas judiciales y de la violenta represión, de los encarcelamientos masivos, de la reprobación de políticos e intelectuales, y pese a las oportunistas promesas gubernamentales, participan de la insurrección que enarbola el retorno de la República nacida al calor de la Ilustración.

Fernando Hadad

Secretario general de la CTA Autónoma Regional Santa Fe

Recibido en el mail / edicionesapestosas[arroba]riseup.net


Notas

(1) www.senat.fr/lng/es/textos_de_referencia/declaracion_de_los_derechos_del_hombre_y_el_del_ciudadano.html

(2) (Holland Rose, A Century of Continental History. 1780-1880; Londres, 1895, p1. Citado en Los ecos de la Marsellesa de Eric Hobsbawm, Barcelona, 2009 p. 21)

(3) IV- Política Exterior: Inmigración: Evitar los flujos de migración imposibles de acoger y de integrar, debido a la profunda crisis de civilización que nosotros vivimos. Que se traten las causas de la migración forzada. Que los solicitantes de asilo sean tratados bien. Les debemos vivienda, seguridad, alimentación y educación a los menores. Trabajar con la ONU para que se abran campamentos en muchos países del mundo, en espera del resultado de la solicitud de asilo. Que los solicitantes de asilo fallidos sean devueltos a su país de origen. Que se implemente una verdadera política de integración. Vivir en Francia significa convertirse en francés (curso de francés, curso de Historia de Francia y curso de educación cívica con certificación al final del curso).

(4) Los chalecos amarillos formalizaron 25 propuestas separadas en cuatro campos: Economía y Trabajo, Política, Salud/Ecología y Política exterior.
(5) https://www.eldiario.es/theguardian/barricada-chalecos-amarillos-arrogancia-Macron_0_844816218.html

(6) https://www.elsaltodiario.com/francia/entrevista-benoit-hamon-macron-es-un-presidente-antipobres


Argentina: Acción y reacción, como propuesta y respuesta social

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