A propósito de antropología económica

by • 13 marzo, 2019 • Artículos, Coyuntura política, Economía, Poder, Teoria políticaComments (0)348

La antropología económica se ocupa del papel de la producción, el intercambio y el consumo entre las diferentes poblaciones humanas. Por tanto, se enlaza (y según algunas aproximaciones se identifica) con la economía política. Su historia es bastante singular: si bien ha sido siempre evidente que producción, intercambio y consumo están estrechamente unidos entre sí, resulta también evidente que los antropólogos (en una primera aproximación) se han ocupado de estos argumentos en distintos momentos.

Al principio su interés se concentró preferentemente en el intercambio. Resultaba extraño para los exploradores procedentes de sociedades en las que el uso del dinero resultaba cada vez más importante, que en otras sociedades los intercambios se dieran en formas como el trueque y el regalo. En este campo fueron fundamentales los estudios de Boas sobre los indios kwakiutl, los de Malinowski sobre los indígenas de las islas Trobriand, o el ensayo de Mauss sobre el regalo. En una segunda etapa, los estudiosos de extracción marxista, coherentemente con el pensamiento de su maestro, desviaron la atención al estudio de la producción. Solo en estas últimas décadas han asumido creciente importancia los estudios de antropología del consumo, incluso a través del interés demostrado por los implicados en la comercialización de bienes y servicios.

La producción

El énfasis puesto por los antropólogos sobre la capacidad humana de producir instrumentos (y sucesivamente, bienes), ha quedado demostrado por la constatación de que incluso la presencia de instrumentos de piedra tallada ha sido escogida como línea de demarcación entre el hombre y los homínidos protohumanos. No es que estos últimos no utilizasen instrumentos: los usaban e incluso los construían, pero hasta ese momento se trataba de piedras o de ramas y hojas levemente modificadas (las utilizan, a veces, también los simios). Y es probablemente tal costumbre lo que ha llevado a nuestros predecesores, gradualmente, a adquirir la posición erecta y a caminar sobre dos pies.

Por lo que respecta al análisis del papel de la producción entre las diferentes poblaciones, quedan como fundamentales, y por tanto son utilizadas por muchos antropólogos, algunas definiciones introducidas por Marx y Engels:

1.- El concepto de “modo de producción” se utiliza con referencia a un determinado sistema de organización productiva y social, teniendo en cuenta el desarrollo de las “fuerzas productivas” y las “relaciones de producción”.

2.- Por “fuerzas productivas” se entienden las materias primas empleadas, los individuos que las trabajan, los medios de producción utilizados y los conocimientos técnico-científicos.

3.- Por “relaciones de producción”, las relaciones sociales que regulan el proceso laboral.

El modo de producción, según Marx y Engels, determinaría (al menos aproximadamente) todos los aspectos de la cultura, entendida en su sentido más amplio. Para tales autores, la humanidad habría por tanto pasado de una fase de “comunismo primitivo”, característica de las sociedades cazadoras y recolectoras, donde la propiedad privada estaba limitada a los ornamentos, a los objetos y a los instrumentos personales, a un “modo de producción esclavista”, característico, por ejemplo, de la antigüedad griega y romana, basado en el empleo masivo de esclavos. Del modo de producción esclavista se pasaría luego al feudal, y de éste al modo de producción capitalista, antecámara de la sociedad comunista preconizada por ellos.

Muy pocos antropólogos estarían hoy dispuestos a identificarse con tal interpretación. Y no solo porque el comunismo, hasta ahora, no se haya llevado a cabo (al menos durante largos periodos y a gran escala) sino también porque la sucesión de modos de producción teorizada por Marx parece poco útil para describir lo que ha sucedido en poblaciones diferentes a las occidentales y, a fin de cuentas, muy forzada en referencia a estas últimas. No obstante, sería erróneo rechazarla por completo: es bien cierto que en origen, en todos los pueblos, la propiedad privada se limitaba probablemente a los ornamentos, a los objetos y a los instrumentos personales; y también es cierto que, como profetizaba Marx, el capitalismo se ha extendido gradualmente por todo el planeta.

Las fuerzas productivas y las relaciones de producción influyen en toda la sociedad, haciendo hincapié en la religión, las instituciones políticas, el desarrollo de la ciencia y de las artes. Que a su vez y en diversa medida son influidas por ellas.

La propiedad

Las relaciones de producción, como se ha subrayado, se refieren esencialmente a la apropiación o el control de los medios de producción, como la tierra, las personas, los animales o los recursos financieros. Por este motivo, la antropología económica se ocupa también del papel desempeñado por la propiedad en las diferentes poblaciones humanas. Se la define como “el derecho de usar, de gozar y de disponer de un objeto de manera exclusiva y absoluta; el término se aplica a la instauración, a la delimitación y a la transmisión de derechos sobre el territorio y sobre sus recursos (apropiación de tierra), sobre los bienes acumulados, utilizados, destruidos (posesión de un instrumento, de una casa) y sobre las personas (esclavitud). También hay que señalar que el término propiedad no siempre es adecuado para describir el control de los medios de producción, ya que en muchas poblaciones extraeuropeas (así como, en el pasado, en muchos países occidentales) existen derechos de disfrute o de utilización. La falta de comprensión de esto ha creado a menudo graves problemas: de hecho ha sucedido, incluso recientemente, que empresarios occidentales hayan adquirido terrenos de jefes pertenecientes a otras culturas y después han pretendido disponer de ellos a su capricho, expulsando incluso a sus habitantes, cosa que por el contrario era del todo extraña al modo de pensar de quien lo había cedido y de los campesinos que lo cultivaban.

“De hecho –escribe Beattie– en la mayor parte de las sociedades de cultivadores en los continentes extraeuropeos, numerosas y diferentes categorías de personas pueden tener derechos sobre el cultivo del terreno. Por tal razón, los antropólogos sociales han constatado que no era útil y que además provocaba errores considerar los sistemas de propiedad más simples en términos de “propiedad”. A la pregunta “¿quién posee este pedazo de tierra?” el investigador puede recibir numerosas y diferentes respuestas. Eso no quiere decir que sus informadores sean incoherentes o mientan, aunque naturalmente lo puedan hacer. Simplemente quiere decir que ha formulado equivocadamente la pregunta: en este como en otros casos, en antropología las categorías conceptuales del investigador y las de los individuos de los que intenta comprender las ideas pueden ser tan radicalmente diferentes que hagan imposible el compromiso recurriendo a las categorías occidentales a las que estamos habituados. La pregunta apropiada que hay que formular en tales situaciones es la siguiente: ¿qué personas tienen derecho sobre este pedazo de tierra y qué derechos tienen?

El intercambio

Los antropólogos han llevado a cabo un gran trabajo de investigación sobre el intercambio de bienes y servicios. Éste, en muchas poblaciones humanas, se produce normalmente bajo la forma de regalo. Regalo que puede ser hecho de manera totalmente desinteresada, con el único objetivo de agradar a quien lo recibe, pero que, como ha subrayado Mauss, comporta en general tres obligaciones diferentes: 1. La obligación de regalar (en determinadas circunstancias); 2. La obligación de aceptar el regalo (pocas cosas son consideradas más ofensivas que rechazar un regalo); 3. La obligación de corresponder con otro regalo.

De esto se desprende que, a través del regalo, se puede instaurar un auténtico sistema de intercambio de bienes y servicios que no puede ser definido todavía como comercio. Otra forma de intercambio más difundida es el trueque, que numerosos autores consideran a todos los efectos una práctica comercial. Difiere de la precedente en que el intercambio es generalmente simultáneo, pero sobre todo porque es, por parte de quien lo practica, una apreciación del valor de los bienes o servicios intercambiables, que deberán resultar más o menos equivalentes. Se diferencia de la compraventa porque en este último caso bienes y servicios son intercambiados por dinero utilizable para intercambios sucesivos.

Definir qué es dinero es algo muy difícil, y lo dejo para los economistas. Inicialmente era constituido, en general, por un bien al que todos atribuían un determinado valor. Más tarde, en muchos pueblos, tal bien ha sido identificado con un metal precioso como el oro. La introducción del papel moneda ha sido después justificada con la seguridad de que podría cambiarse en todo momento por una cantidad de oro correspondiente a su valor nominal pero, como sabemos, a partir de 1971 el valor del dólar, en aquel momento el papel moneda más utilizado en el comercio internacional, ha desplazado al oro. Hoy el mismo papel moneda es sustituido cada vez más a menudo por instrumentos telemáticos.

Muchos, sobre todo entre los pensadores socialistas, han auspiciado la abolición del dinero. En una primera aproximación, creo que no se puede estar de acuerdo: allí donde de un bien o servicio se tiene disponibilidad casi ilimitada no hay razón para no hacer uso del dinero. La cosa resulta más discutible con referencia a los bienes y servicios cuya disponibilidad no es, y no puede ser considerada, casi ilimitada. Lo que aquí nos interesa poner de relieve es que la utilización del dinero, ciertamente no indispensable, en cualquier caso ha favorecido enormemente en el curso de la Historia el incremento de los intercambios en el seno de las diferentes poblaciones y también entre ellas.

El consumo

A la producción y al (eventual) intercambio sigue el consumo de bienes. Parte, ciertamente, de las necesidades biológicas más inmediatas, como nutrirse, descansar o calentarse, pero enseguida se extiende, incluso en los pueblos más atrasados desde un punto de vista tecnológico, a otras necesidades características de los seres humanos más o menos inducidos por la sociedad en la que viven. El mismo acto de nutrirse no sirve solamente para mantener con vida nuestro organismo: nos nutrimos con alimentos elaborados para satisfacer nuestro propio placer, y se hace sobre todo en compañía, para reforzar los lazos sociales. Por medio del vestido y de la habitación nos resguardamos de la intemperie, pero también se envían mensajes inherentes al propio estatus social o, en la sociedad occidental contemporánea, a los propios gustos o las propias opiniones.

Los antepasados del hombre no llevaban indumentaria y, seguramente, en el futuro augurado por Laver, su indumentaria no conservará ninguna distinción de clase. “Pero entre estos dos puntos extremos –escribe– se extiende toda la historia de la moda, una historia en la que las diferencias de clase han tenido un papel fundamental. Desde el principio, o casi, ha existido una diferencia entre la indumentaria para usar y la indumentaria para adornarse, entre la ropa “de trabajo” y la ropa “de fiesta”; y se puede afirmar que la diferencia de clase surge cuando un conjunto de personas comienza a llevar “ropa bonita” todos los días, mientras otro grupo de gente va siempre con ropa de trabajo (…) Los hombres de éxito tuvieron la posibilidad de adornarse y de adornar a sus respectivas mujeres más ricamente que los fracasados, y así estaba ya presente el germen de la distinción clasista. A su debido tiempo se comenzó a dar por descontado el hecho de que el jefe tenía derecho a ornamentos más aparentes con respecto a los del simple guerrero (…) Se trata del principio jerárquico que todavía hace parecer que los entorchados del uniforme del general estén absolutamente fuera de lugar en el uniforme del recluta. Por eso el principio jerárquico es uno de los principios fundamentales de la vestimenta. En la historia de la moda ha tenido validez sobre todo para los hombres, con motivo del hecho de que son admirados principalmente por la posición que ocupan (…) ¿Cómo encajan las mujeres en este paisaje? Si bien es cierto que la vestimenta de las reinas y de las grandes damas se ha inspirado siempre en el principio jerárquico, también lo es que en la ropa de mujer siempre está presente también otro elemento, que hemos llamado principio de seducción (…) Hemos recordado a propósito del principio jerárquico (antiutilitario) las grandes golas de la segunda mitad del siglo XVI: en los hombres este principio encontró la expresión más completa, concretándose en golas completamente redondas. Sin embargo, las mujeres, regulándose según el principio de seducción (…) preferían abrirse el escote de modo que se vieran un poco los senos”.

Está claro que, al escribir, el autor tiene en mente sobre todo la evolución de la vestimenta en la sociedad occidental, pero el principio de jerarquía y el de seducción están presentes, bajo diversas formas, en gran parte de las poblaciones humanas.

Todavía más que los vestidos que se llevan, la sociedad contemporánea, casi completamente conquistada por el modo de producción capitalista y el consiguiente consumismo, fija en el automóvil poseído la función de subrayar el estatus social del varón que lo exhibe. Y como “los hombres son admirados principalmente por la posición que ocupan”, en sus manos se convierte también en instrumento de seducción, y como tal se usa en publicidad: la cantidad de chicas semidesnudas que se estrujan contra los coches de lujo en las ferias automovilísticas es un signo evidente.

Por lo demás, como escribe Secondulfo: “El significado simbólico de los bienes, en su forma de status symbol, es comunicar el nivel de acceso a los recursos sociales, la posición en la jerarquía social. No solo desde el punto de vista de la identificación con los semejantes, con la propia clase de referencia, la cultura material media, sino que cristaliza también con los que son los modelos centrales de valor del grupo, representa la memoria constante y la representación escénica”.

Luciano Nicolini

Publicado originalmente en Tierra y Libertad, N° 367, febrero del 2019.


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