Wolfi Landstreicher: Una vida proyectual

by • 14 febrero, 2019 • ArtículosComments (0)376

La comprensión de cómo la decisión de vivir en rebelión contra la realidad actual se relaciona con el deseo, las relaciones, el amor y la amistad, requiere una comprensión de cómo tal decisión transfroma a los que lo hacen. La lógica de la sumisión –la lógica que el orden social trata de imponer a los explotados– es una lógica de pasividad, de resignación a la existencia mediocre ofrecida por este orden. De acuerdo a esta lógica, la vida es algo que nos pasa a nosotros, que nosotros simplemente “lo hacemos lo mejor que podemos”, una perspectiva que nos derrota antes de que hayamos empezado la lucha.

Pero algunos de nosotros sentimos un fuego interno que nos empuja hacia algo, algo diferente. En nuestro fuego interno sufrimos la angustia de cada humillación que el mundo actual nos impone. No podemos resignarnos, aceptar nuestro lugar y contentarnos con ir tirando. Motivados por nuestra pasión a una acción decidida, contra todos los pronósticos llegamos a ver la vida de manera diferente –o para ser más exactos, a vivir de manera diferente–.

Existe una realidad social. Está asfixiando el planeta mediante las mercancías y el control, imponiendo una patética y miserable existencia de esclavizamiento a la autoridad y al mercado en todas partes. A raíz del rechazo a esta existencia impuesta –la decisión de rebelarse contra ella– estamos enfrentados con la necesidad de crear nuestras vidas de manera propia, de proyectarlas. Nos proponemos a nosotros mismos una tarea más difícil: la transformación de nosotros mismos, de nuestras relaciones y de la existencia misma. Estas transformaciones no son independientes; constituyen una sola en conjunto –una proyección de la vida que apunta hacia la destrucción del orden social– es decir, una proyección anarquista e insurreccional.

Hoy día, muchos de nosotros somos muy sumisos, siempre listos para disculparnos, dispuestos a distanciarnos incluso de nuestros actos más radicales y desafiantes. Esto indica que todavía no hemos entendido lo que significa vivir nuestras vidas proyectándolas. Nuestras acciones todavía son inducidas, no están llenas de nuestra plena voluntad, salen de nosotros muy a la ligera con una disposición a retirarse al mínimo signo de riesgo o peligro. Por el contrario, el desarrollo de una proyectualidad anarquista requiere una inmersión en lo que uno hace, sin reservarse, sin una seguridad de lo que uno apuesta. Esta inmersión es un proyecto que nunca termina. Es algo en movimiento, una tensión que debe ser permanentemente vivida, permanentemente hay que lidiar con ella. Pero se ha demostrado una y otra vez que la necesidad de una seguridad infalible en lo que uno apuesta, hace que si se es derrotado, se asuma la derrota como una rendición. Habiendo tomado esta responsabilidad por nuestras vidas, no hay lugar para medias tintas. El tema es vivir sin medida. Las cadenas más largas, siguen siendo cadenas.

Uno lee a Nietzsche hablando sobre el amor fati (1). Amor fati es todo lo contrario de la fatal resignación exigida por la lógica de la sumisión, amor fati es entender que el amor al destino es un digno adversario que motiva a uno a actuar con valentía. Brota de la confianza voluntaria en los actos de uno mismo, que se desarrolla en quienes ponen todo su ser en lo que hacen, dicen o sienten. Aquí entra en juego el cómo uno aprende a actuar por sí mismo; errores, fracasos y derrotas no son desastres, sino situaciones de las cuales aprender y avanzar en la permanente tensión hacia la destrucción de todos los límites.

A los ojos de la sociedad, todo rechazo a su orden social es un delito, pero esta inmersión en la vida lleva a una insurgencia más allá del delito. En este punto, el insurgente ha dejado de reaccionar simplemente a los códigos, normas y leyes de la sociedad y ha llegado a determinar sus acciones en sus propios términos, sin tener en cuenta el orden social. Más allá de la tolerancia y cortesía de todos los días, aplicadas con tacto y diplomacia, el insurgente no es muy echado a hablar en abstracto de cualquier cosa relacionada con su vida y sus interacciones, sino que da importancia a cada palabra. Esto viene del rechazo a ser superficial, un deseo de sumergirse en los proyectos y las relaciones que uno ha elegido crear o involucrarse, para sentirlos plenamente como propios, porque son cosas con las que uno crea su vida.

Como la revolución: el amor, la amistad y la amplia variedad de otras relaciones posibles no son eventos por los que uno espera, ni cosas que simplemente pasan. Cuando uno se reconoce a sí mismo como un individuo, un ser capaz de actuar y crear, éstos dejan de ser deseos, anhelos fantasmales que dañan las entrañas de uno; se convierten en posibilidades hacia las que uno se mueve conscientemente, proyectualmente, con la propia voluntad. Esta energía ardiente que empuja a uno a la rebelión que es el deseo –el deseo que se ha liberado de aquello que reducía ese deseo a un simple anhelo–. Ese mismo deseo que impulsa a uno a crear su vida como una proyección hacia la insurrección, la anarquía, la libertad y el placer, es también el deseo que constata que esa proyectualidad se construye mejor en proyectos compartidos. El deseo liberado es una energía expansiva –una apertura de posibilidades– que quiere compartir proyectos y acciones, alegrías y placeres, amor y rebeldía. Una insurrección de un individuo, de hecho, puede ser posible. Incluso añadiría que es el primer paso hacia un proyecto insurreccional. Pero una insurrección de dos, tres, o muchos, aumenta mucho el valor y el disfrute, y abre un sinfín de posibilidades.

Obviamente, los distintos modos de relacionarse que esta sociedad nos pone a disposición no puede cumplir nuestros deseos. Tibias relaciones sentimentales de “amor”, “amistades” basadas en la camaradería de la humillación mutua y la tolerancia sin afectom y encuentros diarios insulsos que mantienen la banalidad de la supervivencia. Están todos basados en la lógica de la sumisión, en simplemente aceptar la mediocridad de esta realidad. Por ello debemos destruir lo que la realidad nos ofrece. Todo esto no tiene nada que ver con un deseo proyectual hacia los demás.

Las relaciones en las que se decide vivir proyectualmente de manera revolucionaria y anarquista, empujan a uno a buscar que sean relaciones de afinidad, de pasión, de intensidad, relaciones variables que ayudan a uno a construir su vida como le mueven sus deseos. Son relaciones con un conocimiento claro de los demás, los cuales comparten una afinidad con la manera de vivir y ser de uno. Tales relaciones se deben crear de una manera fluida, vital y dinámica, cambiante y expansiva, tal y como lo son la afinidad y la pasión. Tal ampliación de las posibilidades no encaja con la lógica de la sumisión, y eso hace que sea un proyecto digno a seguir para los anarquistas.

Wolfi Landstreicher

Publicado originalmente en Willful Disobedience

Fuente: Contra la lógica de la sumisión


Notas

(1) Nota del Traductor: literalmente “amor al destino”, entendido como aceptación de lo ocurre.


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