Introducción a la guerra civil (III)

by • 11 febrero, 2019 • Artículos, Coyuntura política, Poder, Teoria políticaComments (0)136

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El Imperio, el ciudadano

Así el Santo se coloca por encima del pueblo y el pueblo no siente nada su peso; dirige al pueblo y el pueblo no siente en absoluto su mano. Por eso todo el imperio ama servirle y no se cansa de hacerlo. Como no disputa por la primer fila, no hay nadie en el imperio que pueda disputársela.

Lao-Tse
Tao Te King

48 La historia del Estado moderno es la historia de su lucha contra su propia imposibilidad, es decir, de su desbordamiento por el conjunto de los medios desplegados para conjurar ésta. El Imperio es la asunción de esa imposibilidad, y, de este modo, también de esos medios. Diremos, para mayor exactitud, que el Imperio es el recogimiento del Estado liberal.

Glosa α: Existe pues la historia oficial del Estado moderno, es el gran relato jurídico-formal de la soberanía: centralización, unificación, racionalización. Y existe su contrahistoria, que es la historia de su imposibilidad. Si se quiere una genealogía del Imperio es más bien de este lado por donde habrá que buscar: en la masa creciente de las prácticas que es necesario sancionar, de los dispositivos que es necesario ubicar, para que la ficción continúe. En otras palabras, el Imperio no empieza históricamente ahí donde acaba el Estado moderno. El Imperio es más bien lo que, a partir de cierto punto, pongamos 1914, permite el mantenimiento del Estado moderno como pura apariencia, como forma sin vida. La discontinuidad, aquí, no está en la sucesión de un orden a otro, sino que atraviesa el tiempo como dos planos de consistencia paralelos y heterogéneos, como esas dos historias a las que acabo de referirme y que son ellas mismas paralelas y heterogéneas.

Glosa β: Por recogimiento, se entenderá aquí la última posibilidad de un sistema agotado, la cual consiste en darse la vuelta para después, mecánicamente, hundirse en sí mismo. El Afuera deviene el Adentro, y el Adentro se ilimita. Lo que anteriormente estaba presente en un determinado lugar delimitable deviene posible en todas partes. Lo que está recogido no existe ya positivamente, de manera concentrada, sino que permanece fuera de la vista, suspendido. Es la artimaña final del sistema, y asimismo el momento en que es a la vez lo más vulnerable e inatacable. La operación con la cual el Estado liberal se recoge imperialmente puede ser descrita así: el Estado liberal había desarrollado dos instancias infrainstitucionales con las cuales tenía a raya y controlaba la población: por un lado la policía, entendida en el sentido original del término —“La policía vela por todo lo que concierne a la felicidad de los hombres. […] La policía vela por lo vivo”. (N. de La Mare, Tratado de la policía, 1705)—, y por el otro la publicidad, como esfera de aquello que es igualmente accesible a todos, y por tanto independientemente de sus formas-de-vida. Cada una de estas instancias no designaba en realidad sino un conjunto de prácticas y de dispositivos sin continuidad real, aparte de su efecto convergente sobre la población, ejerciéndose la primera como sobre el “cuerpo” de ésta, y la otra como sobre el “alma”. Bastaba entonces con controlar la definición social de la felicidad y con mantener el orden en la publicidad para asegurarse un poder sin partición. En esto, el Estado liberal podía efectivamente permitirse ser frugal. A lo largo de los siglos XVIII y XIX se desarrollan por tanto la policía y la publicidad, a la vez al servicio y fuera de las instituciones estato-nacionales. Pero es sólo con la Primera Guerra Mundial que llegan a ser el pivote del recogimiento del Estado liberal en Imperio. Asistimos entonces a esta cosa curiosa: conectándose las unas en las otras en favor de la guerra, y de manera ampliamente independiente de los Estados nacionales, estas prácticas infrainstitucionales dan origen a los dos polos suprainstitucionales del Imperio: la policía se vuelve el Biopoder, y la publicidad se transforma en Espectáculo. A partir de este punto, el Estado no desaparece, se vuelve solamente segundo respecto de un conjunto transterritorial de prácticas autónomas: las del Espectáculo y las del Biopoder.

Glosa γ: 1914 es la fecha del colapso de la hipótesis liberal, a la cual había correspondido la “Paz de los Cien Años” salida del Congreso de Viena. Y cuando en 1917, con el golpe de Estado bolchevique, cada nación se ve como cortada en dos por la lucha mundial de clases, toda ilusión de un orden inter-nacional pasó a la historia. En la guerra civil mundial, los Estados pierden su estatuto de neutralidad interior. Si un orden puede seguir siendo contemplado, tendrá por tanto que ser supranacional.

Glosa δ: En cuanto asunción de la imposibilidad del Estado moderno, el Imperio es de igual modo la asunción de la imposibilidad del imperialismo. La descolonización habrá sido un momento importante del establecimiento del Imperio, lógicamente marcado por la proliferación de Estados fantoches. La descolonización significa esto: han sido elaboradas nuevas formas de poder horizontales, infrainstitucionales, que funcionan mejor que las viejas.


49 La soberanía del Estado moderno era ficticia y personal. La soberanía imperial es pragmática e impersonal. A diferencia del Estado moderno, el Imperio puede legítimamente proclamarse democrático, siempre que no prohíba ni privilegie a priori ninguna forma-de-vida.

Y por una buena razón, ya que es lo que asegura la atenuación simultánea de todas las formas-de-vida; y su libre juego en esta atenuación.

Glosa α: Sobre los escombros de la sociedad medieval, el Estado moderno intentó recomponer la unidad alrededor del principio de la representación, es decir, del hecho de que una parte de la sociedad podría encarnar la totalidad de ésta. El término “encarnar” no es utilizado aquí a falta de otro, mejor. La doctrina del Estado moderno es explícitamente la secularización de una de las más temibles operaciones de la teología cristiana: aquella cuyo dogma es figurado por el símbolo de Nicea. Hobbes le consagra un capítulo del apéndice al Leviatán. Su teoría de la soberanía, que es una teoría de la soberanía personal, se apoya en la doctrina que hace del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo tres personas de Dios “en el sentido de aquello que desempeña su propio papel o el de otro”. Lo que permite definir al soberano como el actor de aquellos que han decidido “designar a un hombre, o una asamblea, para asumir su personalidad” y esto de tal manera que “cada uno se confiesa y reconoce como el autor de todo lo que habrá hecho o hecho hacer, en cuanto a las cosas que conciernen a la paz y la seguridad común, aquel que ha asumido así su personalidad” (Leviatán). Y así como en la teología iconófila de Nicea, el Cristo o el icono no manifiestan la presencia de Dios, sino por el contrario su ausencia esencial, su retirada sensible, su irrepresentabilidad, así el Estado moderno, el soberano personal, no lo es sino porque la “sociedad civil” se ha retirado, ficticiamente, de él. El Estado moderno se concibe, por tanto, como esa parte de la sociedad que no forma parte de la sociedad, y que por eso mismo está en condiciones de representarla.

Glosa β: Las diferentes revoluciones burguesas nunca han menoscabado el principio de la soberanía personal, en el sentido en que asamblea o líder elegido directa o indirectamente no rompen en absoluto con la idea de una representación posible de la totalidad social, es decir, de la sociedad como totalidad. Así, el paso del Estado absolutista al Estado liberal no hacía más que liquidar a su vez a aquel, el Rey, que había liquidado perfectamente el orden del que surgió, el mundo medieval, que debía aparecer como su último vestigio vivo. Es en cuanto obstáculo para el proceso que él mismo había iniciado que el rey fue juzgado, y su muerte fue el punto final de una frase que él mismo había escrito. Sólo el principio democrático, promovido desde el interior por el Estado moderno, había de arrastrarlo hacia su disolución. La idea democrática, que no profesa nada más que la equivalencia absoluta de todas las formas-de-vida, no es distinta de la idea imperial. Y la democracia es imperial en la medida en que la equivalencia entre las formas-de-vida no puede ser establecida más que negativamente, por el hecho de impedir por todos los medios que las diferencias éticas alcancen en su juego el punto de intensidad en el que devienen políticas. Pues entonces se introducirían en el espacio liso de la sociedad democrática algunas de esas líneas de rupturas y de esas alianzas, de esas discontinuidades mediante las cuales la equivalencia entre las formas-de-vida quedaría arruinada. Es por esto que el Imperio y la demokracia no son otra cosa, positivamente, que el libre juego de las formas-de-vida atenuadas, como se dice de los virus que son inoculados a modo de vacuna. Marx, en uno de sus únicos textos sobre el Estado, la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, defendía en estos términos la perspectiva imperial, aquela del “Estado material” que él opone al “Estado político”.

“La república política es la democracia en el interior de la forma abstracta de Estado. Es por esto que la forma abstracta de Estado de la democracia es la República.”

La vida política en el sentido moderno es la escolástica de la vida del pueblo. La monarquía es la expresión acabada de esta alienación. La república es la negación de esta alienación en el interior de su propia esfera.”

Todas las formas de Estado tienen a la democracia por verdad y por consiguiente son no verdaderas en la medida en que no son la democracia.”

En la verdadera democracia el Estado político desaparecería.”

Glosa γ: El Imperio no se comprende por fuera del viraje biopolítico del poder. Al igual que el Biopoder, el Imperio no corresponde a una edificación jurídica positiva, a la instauración de un nuevo orden institucional. Ambos designan más bien una resorción, la retracción de la vieja soberanía sustancial. El poder siempre ha circulado dentro de dispositivos materiales y lingüísticos, cotidianos, familiares, microfísicos, siempre ha atravesado la vida y el cuerpo de los sujetos. Pero el Biopoder, y en esto se da una novedad real, consiste en que ya sólo haya esto. El Biopoder consiste en que el poder ya no se alce delante de la “sociedad civil” como una hipóstasis soberana, como un Gran Sujeto Exterior, consiste en que no sea ya aislable de la sociedad. El Biopoder quiere solamente decir esto: el poder se adhiere a la vida y la vida al poder. Aquí asistimos por tanto, en relación a su forma clásica, a un radical cambio de estado del poder, a su paso del estado sólido al estado gaseoso, molecular. Por decirlo con una fórmula: el Biopoder es la sublimación del poder. El Imperio no se concibe por debajo de tal comprensión de la época. El Imperio no es, no podría ser, un poder separado de la sociedad; ésta no lo soportaría, de la misma forma en que aplasta con su indiferencia los últimos vestigios de la política clásica. El Imperio es inmanente a “la sociedad”, es “la sociedad” en cuanto que ésta es un poder.


50 El Imperio existe positivamente sólo en la crisis, es decir, de manera todavía negativa, reaccional. Si estamos incluidos en el Imperio es por la sola imposibilidad de excluirse de él completamente.

Glosa α: El régimen imperial de pan-inclusión funciona invariablemente de acuerdo con la misma dramaturgia: algo, por una razón cualquiera, se manifiesta como extranjero o ajeno al Imperio, o como algo que intenta escapar de él, terminar con él. Este estado de cosas define una situación de crisis, a la que el Imperio responde con un estado de emergencia. Entonces solamente, en el momento efímero de estas operaciones reactivas, se puede decir: “el Imperio existe”.

Glosa β: No es que la sociedad imperial haya llegado a ser una plenitud sin resto: el espacio dejado vacío por el desmedro de la soberanía personal permanece tal cual, frente a la sociedad. Este espacio, el lugar del Príncipe, está ocupado actualmente por la Nada del Principio imperial, que sólo se materializa, sólo se concentra, en la ira contra aquello que pretenda mantenerse afuera. Es por esto que el Imperio carece de gobierno, y en el fondo de emperador, porque aquí sólo hay actos de gobierno, todos igualmente negativos. Lo que, en nuestra experiencia histórica, más se aproxima a este nuevo curso es de nuevo el Terror. Donde “la libertad universal no puede producir ni una obra positiva ni una operación positiva, lo único que le queda es la operación negativa; ésta es solamente la furia de la destrucción”. (Hegel)

Glosa γ: El Imperio está tanto más a la obra cuanto más la crisis está en todas partes. La crisis es el modo de existencia regular del Imperio, como el accidente es el único momento en que se precipita la existencia de una compañía de seguros. La temporalidad del Imperio es una temporalidad de la emergencia y la catástrofe.


51 El Imperio no sobreviene al término de un proceso ascendente de civilización, como su coronamiento, sino al término de un proceso involutivo de desagregación, como aquello que debe frenarlo, y si es posible congelarlo. Es por esto que el Imperio es kat-echon. “‘Imperio’ designa aquí el poder histórico que consigue retener el advenimiento del Anticristo y el fin del eón actual.” (Carl Schmitt, El nomos de la Tierra) El Imperio se aprehende como el último bastión contra la irrupción del caos, y actúa dentro de esta perspectiva mínima.

52 El Imperio presenta en su superficie el aspecto de un recuerdo paródico de toda la historia, ahora congelada, de “la civilización”. Pero a esta impresión no le hace falta cierta exactitud intuitiva: el Imperio es efectivamente la última parada de la civilización antes de su término, el extremo final de su agonía, donde todas las imágenes de la vida que se le va desfilan ante ella.


53 Con el recogimiento del Estado liberal en el Imperio, se ha pasado de un mundo parcelado por la Ley a un espacio polarizado por normas. El Partido Imaginario es la otra cara de este recogimiento.

Glosa α: ¿Qué significa el Partido Imaginario? Que el Afuera se ha trasladado al interior. El recogimiento se ha llevado a cabo sin revuelo, sin violencia, como en una noche. Exteriormente, nada ha cambiado, al menos nada notable. uno se asombra sólo con la aparición de la nueva inutilidad de tantas cosas familiares; así los viejos repartos, que han dejado de operar para llegar a ser de un solo golpe tan volumninosos.

Una pequeña neurosis persistente pretende que se siga tratando de distinguir lo justo de lo injusto, lo sano de lo enfermo, el trabajo del ocio, el criminal del inocente o lo ordinario de lo monstruoso, pero es necesario rendirse ante la evidencia: esas antiguas oposiciones han perdido todo poder de inteligibilidad.

Sin embargo, no están en absoluto suprimidas, sino que permanecen simplemente, sin consecuencias. Pues la norma no ha abolido la Ley, solamente la ha vaciado y dirigido hacia sus propios fines, la ha orientado a su inmanencia contable y gestora. Entrando en el campo de fuerza de la norma, la Ley ha tirado los oropeles de la trascendencia para ya sólo funcionar en una especie de estado de excepción indefinidamente prorrogado.

El estado de excepción es el régimen normal de la Ley.

En ninguna parte hay ya un Afuera visible —la Naturaleza pura, la Gran Locura clásica, el Gran Crimen clásico o el Gran Proletariado clásico de los obreros con su Patria realmente existente de la Justicia y la Libertad han desaparecido, pero sólo han desaparecido en la realidad porque primero habían perdido toda fuerza de atracción imaginaria—, en ninguna parte hay ya un Afuera, pues hay en todas partes, en cada punto del tejido biopolítico, algo de Afuera. La locura, el crimen o el proletariado muerto de hambre no habitan ya algún espacio delimitado y conocido, no tienen ya su mundo fuera del mundo, su gueto propio con o sin muros; se han vuelto, a lo largo de la evaporación social, una modalidad reversible, una latencia violenta, una dudosa posibilidad de cada cuerpo. Y es esta duda lo que justifica el proseguimiento del proceso de socialización de la sociedad, el perfeccionamiento de todos los micro-dispositivos de control; no que el Biopoder pretenda regir directamente sobre hombres o cosas, sino más bien sobre posibilidades y condiciones de posibilidad.

Todo lo que sobresalía en el Afuera, la ilegalidad, por tanto, pero también la miseria o la muerte, en la medida en que se consigue gestionarlas, sufren una integración, que las elimina positivamente y les permite entrar en la circulación. Es por esto que la muerte no existe, en el seno del Biopoder: porque ya sólo hay asesinato, que circula. A través de las estadísticas, es toda una red de causalidades lo que ahora incrusta a cada viviente en el conjunto de las muertes que ha exigido su supervivencia (excluidos, pequeños indonesios, accidentados en el trabajo, etíopes de todas las edades, celebridades muertas en choques, etc.). Pero es también médicamente que la muerte se ha vuelto asesinato, con la multiplicación de esos “cadáveres con corazón palpitante”, de esas “muertes rosas”, que habrían desaparecido desde hace mucho tiempo si no estuvieran conservados artificialmente para servir como reserva de órganos para algún inepto trasplante, si no estuvieran conservados para ser desaparecidos. La verdad es que ya no hay un margen identificable porque la liminaridad se ha vyelto la condición íntima de todo lo existente.

La Ley fija repartos, establece distinciones, delimita lo que le contravenga, toma nota de un mundo ordenado al que ella da forma y duración; la Ley nombra, no deja ya de nombrar, de enumerar lo que está fuera-de-la-ley, pronuncia su afuera. La exclusión, la exclusión de aquello que la funda —la soberanía, la violencia— es su gesto fundacional. Por el contrario, la norma ignora incluso la idea de una fundación. La norma no tiene memoria, se mantiene en una relación muy estrecha con el presente, pretende abrazar la inmanencia. Mientras que la Ley se da figura, venera la soberanía de aquello que no es incluido por ella, la norma es acéfala y se felicita cada vez que se corta la cabeza de algún soberano. No tiene hieros, lugar propio, pero actúa invisiblemente sobre la totalidad de un espacio cuadriculado y sin bordes al que ella da distribución. Aquí nadie es excluido o rechazado a una exterioridad designable; el estatuto mismo de excluido es sólo una modalidad de la inclusión general. No es ya, por tanto, sino un solo y único campo, homogéneo pero difractado en infinitos matices, un régimen de integración sin límites que trabaja conteniendi las formas-de-vida en un juego de baja intensidad. Reina en ella una inaprensible instancia de totalización que disuelve, digiere, absorbe y desactiva a priori toda alteridad. Un proceso de inmanentización omnívora se despliega a escala planetaria. La meta: hacer del mundo un tejido biopolítico continuo. Mientras tanto, la norma vela.

Bajo el régimen de la norma, nada es normal, todo está por ser normalizado. Lo que funciona es un paradigma positivo del poder. La norma produce todo lo que es, en cuanto que ella misma es, se dice, el ens realissimum. Lo que no entra en su modo de develamiento no es, y lo que no es no entra en su modo de develamiento. La negatividad jamás es reconocida aquí como tal, sino como una simple defecto con respecto de la norma, un agujero a ser remendado en el tejido biopolítico mundial. La negatividad, esa potencia cuya existencia no está considerada, se encuentra aquí lógicamente abandonada a una desaparición sin huellas. No sin razón, pues el Partido Imaginario es el Afuera de este mundo sin Afuera, la discontinuidad esencial alojada en el corazón de un mundo vuelto continuo.

El Partido Imaginario es la sede de la potencia.

Glosa β: Nada ilustra mejor la manera en que la norma ha subsumido la Ley que la manera en que los viejos Estados territoriales de Europa han “abolido” sus fronteras, en favor de los acuerdos de Schengen. La abolición de las fronteras de la que se trata aquí, es decir, la renuncia al atributo más sagrado del Estado moderno, no tiene naturalmente el sentido de su desaparición efectiva, sino que por el contrario significa la posibilidad permanente de su restauración, a merced de las circunstancias. Así las prácticas de las aduanas, cuando las fronteras son “abolidas”, de ningún modo vienen a desaparecer, sino que por el contrario resultan extendidas, en potencia, a todos los lugares, a todos los instantes. Bajo el Imperio, las fronteras se han vuelto como las aduanas — móviles.


54 El Imperio no tiene, jamás tendrá, una existencia jurídica, institucional, porque no la necesita. El Imperio, a diferencia del Estado moderno, que se pretendía como un orden de la Ley y la Institución, es el garante de una proliferación reticular de normas y dispositivos. En tiempos normales, estos dispositivos son el Imperio.

Glosa α: Cada intervención del Imperio deja tras de sí normas y dispositivos gracias a los cuales el lugar donde había sobrevenido la crisis será gestionado como espacio transparente de circulación. Es así como la sociedad imperial se anuncia: como una inmensa articulación de dispositivos que inerva con una vida eléctrica la inercia fundamental del tejido biopolítico. En el cuadriculado reticular, amenazado continuamente de avería, de accidente, de bloqueo, de la sociedad imperial, el Imperio es lo que asegura la eliminación de las resistencias para la circulación, lo que liquida los obstáculos para la penetración, para el atravesamiento de todo por los flujos sociales. Y es también él quien asegura las transacciones, quien garantiza, en una palabra, la supraconductividad social. He aquí por qué el Imperio no tiene centro: porque él es lo que hace que cada nodo de su red pueda ser uno. Como mucho, podemos constatar a lo largo del ensamblaje mundial de los dispositivos locales condensaciones de fuerzas, el despliegue de esas operaciones negativas mediante las cuales progresa la transparencia imperial. El Espectáculo y el Biopoder no aseguran menos la normalización transitiva de todas las situaciones, su puesta en equivalencia, que la continuidad intensiva de los flujos.

Glosa β: Por supuesto, hay zonas de aplastamiento, zonas donde el control imperial es más denso que en otras, donde cada intersticio de lo existente paga su tributo al panoptismo general, y donde finalmente la población no se distingue ya de la policía. Inversamente, hay zonas en las que el Imperio parece ausente y hace saber que “ahí ya no se atreve siquiera a aventurarse”. Sucede que el Imperio calcula, el Imperio pesa, evalúa, y luego decide estar presente aquí o allá, manifestarse o retirarse, y esto en función de consideraciones tácticas. El Imperio no está en todas partes, y no está ausente de ninguna parte. A diferencia del Estado moderno, el Imperio no pretende ser la cosa más alta, el soberano siempre visible y siempre resplandeciente, el Imperio sólo pretende ser el último resorte de cada situación. Así como un “parque natural” no tiene nada de natural en la medida en que las potencias de artificialización han juzgado preferible y decidido dejarlo intacto, así el Imperio todavía está presente donde está efectivamente ausente: por medio de su retirada misma. El Imperio es por tanto tal como puede ser en todas partes, se mantiene en cada punto del territorio, en el intervalo que hay entre la situación normal y la situación excepcional. El Imperio puede su propia impotencia.

Glosa γ: La lógica del Estado moderno es una lógica de la Institución y la Ley. La Institución y la Ley están desterritorializadas, en principio abstraídas, distinguiéndose de este modo de la costumbre, siempre local, siempre impregnada éticamente, siempre susceptible de contestación existencial, a la cual la Institución y la Ley le han arrebatado en todas partes su lugar. La Institución y la Ley se erigen frente a los hombres, verticalmente, sacando su permanencia de su propia trascendencia, de la autoproclamación inhumana de sí mismas. La Institución, al igual que la Ley, establece repartos, nombra para separar, para ordenar, para poner fin al caos del mundo, o más bien para rechazar el caos hacia un espacio delimitable, el del Crimen, de la Locura, de la Rebelión, de lo que no está autorizado. Y ambas están unidas en el hecho de que no tienen que dar explicación a nadie, sin importar de qué se trate. “La Ley es la Ley”, dice el caballero.

Incluso si no le repugna servirse de ellas, como al resto, a modo de armas, el Imperio ignora la lógica abstracta de la Ley y la Institución. El Imperio no conoce más que las normas y los dispositivos. Al igual que los dispositivos, las normas son locales, están en vigor aquí y ahora tanto como esto funcione, empíricamente. Las normas no tienen guardados en sí su origen y su porqué; no es en ellas donde hay que buscarlos, sino en un conflicto, en una crisis que los ha precedido. Lo esencial ya no reside actualmente, por tanto, en una proclamación liminar de universalidad, que pretendería a continuación hacerse respetar en todas partes; la atención se dirige más bien sobre las operaciones, sobre la pragmática. Sin duda hay una totalización, aquí también, pero ésta no nace de una voluntad de universalización: se forma mediante la articulación misma de los dispositivos, mediante la continuidad de la circulación entre ellos.

Glosa δ: Bajo el Imperio se asiste a una proliferación del derecho, a una aceleración crónica de la producción jurídica. Esta proliferación del derecho, lejos de sancionar cualquier triunfo de la Ley, traduce, por el contrario, su extrema devaluación, su caducidad definitiva. La Ley, bajo el reino de la norma, es ya únicamente un modo entre tantos otros, y no menos ajustable y reversible que los demás, de retroactuar sobre la sociedad. Es una técnica de gobierno, una manera de poner término a una crisis, y nada más. La Ley, que había sido ascendida por el Estado moderno al rango de única fuente del derecho, es ya únicamente una de las expresiones de la norma social. Los jueces mismos no tienen ya la tarea subordinada de calificar los hechos y de aplicar la Ley, sino la función soberana de evaluar la oportunidad de tal o cual juicio. Por consiguiente, lo confuso de las leyes, donde encontraremos cada vez más referencias a nebulosos criterios de normalidad, no constituirá en ella un vicio agobiante, sino al contrario una condición de su duración y de su aplicabilidad a todo caso particular. La judicialización de lo social y el “gobierno de los jueces” no son más que esto: el hecho de que éstos no decretan más que en nombre de la norma. Bajo el Imperio, “un proceso antimafia” no hace otra cosa que coronar la victoria de una mafia, la que juzga, sobre otra, la que es juzgada. Aquí, el Derecho se ha vuelto un arma como cualquier otra en el despliegue universal de la hostilidad. Si los Bloom ya no consiguen, tendencialmente, relacionarse unos con otros e intertorturarse sino en el lenguaje del Derecho, el Imperio, por su parte, no afecciona particularmente este lenguaje, lo usa según la ocasión, según la oportunidad; e incluso entonces continúa, en el fondo, hablando el único lenguaje que conoce: el de la eficacia, de la eficancia para restablecer la situación normal, para producir el orden público, el buen funcionamiento general de la Máquina. Dos figuras cada vez más parecidas a esta soberanía de la eficacia se imponen entonces, en la convergencia misma de sus funciones: el poli y el médico.

Glosa ε: “La Ley debe ser utilizada simplemente como un arma más en el arsenal del gobierno, y en este caso no representa nada más que una cobertura de propaganda para desembarazarse de los miembros indeseables del sector público. Para la mejor eficacia, convendrá que las actividades de los servicios judiciales estén ligadas al esfuerzo de guerra de la manera más discreta posible.”

Frank Kitson

Low intensity operations Subversion — Insurgency and Peacekeeping, 1971


55 Es ciudadano todo aquello que presente un grado de neutralización ética o una atenuación compatibles con el Imperio. Aquí, la diferencia no está absolutamente prohibida, es decir, mientras se despliegue sobre el fondo de la equivalencia general. La diferencia, de hecho, sirve incluso como unidad elemental a la gestión imperial de las identidades. Si el Estado moderno reinaba sobre la “república fenoménica de los intereses”, se puede decir que el Imperio reina sobre la república fenoménica de las diferencias. Y es por esta farsa depresiva que se conjura ahora la expresión de las formas-de-vida. Así el poder imperial puede permanecer impersonal: porque él mismo es el poder personalizante; así el poder imperial es totalizante: porque es ése mismo que individualiza. Más que con individualidades o subjetividades, con lo que tenemos que tratar aquí es con individualizaciones y subjetivaciones, transitorias, desechables, modulares. El Imperio es el libre juego de los simulacros.

Glosa α: La unidad del Imperio no se obtiene a partir de algún suplemento formal a la realidad, sino a la escala más baja, al nivel molecular. La unidad del Imperio no es otra cosa que la uniformidad mundial de las formas-de-vida atenuadas que produce la conjunción del Espectáculo y el Biopoder. Uniformidad tornasolada más que abigarrada, ciertamente hecha de diferencias, pero de diferencias con respecto a la norma. De diferencias normalizadas. De desviaciones estadísticas. Nada prohíbe, bajo el Imperio, ser un poco punk, ligeramente cínico o moderadamente sadomasoquista. El Imperio tolera todas las transgresiones siempre y cuando permanezcan soft. Aquí ya no tenemos que vérnoslas con una totalización voluntarista a priori, sino con una calibración molecular de las subjetividades y los cuerpos. “A medida que el poder se vuelve más anónimo y funcional, aquellos sobre quienes se ejerce tienden a ser más fuertemente individualizados.” (Foucault, Vigilar y castigar)

Glosa β: “Todo el mundo habitado se encuentra a partir de ahora en una fiesta perpetua. Ha soltado las armas que portaba antaño y se ha vuelto, despreocupado, hacia todo tipo de festividades y diversiones. Todas las rivalidades han desaparecido, y una sola forma de competición preocupa actualmente a todas las ciudades, aquella que consiste en ofrecer el mejor espectáculo de belleza y encanto. El mundo entero está repleto ahora de gimnasios, fuentes, puertas monumentales, talleres, academias. Y se puede afirmar, con una certeza científica, que un mundo que estaba agonizante se ha restablecido y ha recibido un nuevo soplo de vida. […] El mundo entero ha sido acondicionado como un parque de diversiones. El humo de las aldeas incendiadas y de las hogueras —encendidas por los amigos o los enemigos— se ha desvanecido más allá del horizonte, como si un viento poderoso lo hubiera disipado, y ha sido reemplazado por la multitud y la variedad innumerables de los espectáculos y los juegos cautivadores. […] Hasta tal punto que los únicos pueblos de los que debemos compadecernos, a causa de las buenas cosas de las que están privados, son aquellos que están fuera de tu imperio, si es que se encuentra aún alguno.”

Elio Arístides

In Romam oratio, 144 d.C.


56 En lo sucesivo, ciudadano quiere decir: ciudadano del Imperio.

Glosa: Bajo Roma, ser ciudadano no era algo exclusivo de los romanos, sino de todos aquellos que, en cada provincia del Imperio, manifestaban una conformidad ética suficiente con el modelo romano. Ser ciudadano designaba un estatuto jurídico sólo en la medida en que éste correspondía primeramente a un trabajo individual de autoneutralización. Como se ve, el término ciudadano no pertenece al lenguaje de la Ley, sino al de la norma. El llamado al ciudadano es así, desde la Revolución, una práctica de emergencia; una práctica que responde a una situación de excepción (“la Patria en peligro”, “la República amenazada”, etc.). El llamado al ciudadano nunca es entonces el llamado al sujeto de derecho, sino el mandato hecho al sujeto de derecho a que salga de sí y entregue su vida, a que se comporte ejemplarmente, a que sea más que un sujeto de derecho para que pueda seguir siéndolo.


57 La deconstrucción es el único pensamiento compatible con el Imperio, si no es que su pensamiento oficial. Los que la han festejado como “pensamiento débil” han acertado: la deconstrucción es esa práctica discursiva completamente dirigida hacia un único objetivo: disolver, descualificar toda intensidad, y en sí misma jamás producirla.

Glosa: Nietzsche, Artaud, Schmitt, Hegel, san Pablo, el romanticismo alemán, el surrealismo: parece que la deconstrucción tuviera vocación de tomar como blanco para sus fastidiosos comentarios a todo aquello que, en el pensamiento, se hizo uno u otro día portador de intensidad. Dentro de su propio dominio, esta nueva forma de policía que se hace pasar por una continuación inocente de la crítica literaria más allá de su fecha de caducidad, se revela con una eficacia bastante temible. Llegará pronto a colocar alrededor de todo aquello del pasado que continúa siendo virulento, cordones sanitarios de digresiones, de reservas, de juegos de lenguajes y de guiños, previniendo con la pesadez de sus volúmenes en prosa cualquier prolongamiento del pensamiento en el gesto, luchando, en resumen, paso a paso contra el acontecimiento. Ninguna sorpresa de que esta espesa corriente de la habladuría mundial haya nacido de una crítica de la metafísica como privilegio concedido a la presencia “simple e inmediata”, a la palabra antes que a la escritura, a la vida antes que al texto y a la multiplicidad de sus significaciones. Resultaría ciertamente posible interpretar la deconstrucción como una simple reacción bloomesca. El deconstructor, que ya no consigue tener un dominio del más pequeño detalle de su mundo, que ya casi no está literalmente en el mundo, que ha hecho de la ausencia su modo permanente de ser, trata de asumir su bloomitud con una bravuconería: se encierra en el círculo cerrado de las realidades que aún le tocan porque comparten su grado de evaporación: los libros, los textos, las películas y las canciones. Deja de ver en lo que lee algo que pudiera relacionarse con su vida, y más bien ve en lo que vive un tejido de referencias a lo que ya ha leído. La presencia y el mundo en su conjunto, en la medida en que el Imperio le concede sus medios, adquieren para él un carácter de pura hipótesis. La realidad y la experiencia ya sólo son para él unos ruines argumentos de autoridad. Existe algo de militante en la deconstrucción, como un militantismo de la ausencia, una retirada ofensiva hacia el mundo cerrado pero indefinidamente recombinable de las significaciones. La deconstrucción tiene de hecho una función política precisa, bajo sus apariencias de simple fatuidad: la de hacer pasar por bárbaro todo lo que viniera a oponerse violentamente al Imperio, por místico a quienquiera que tome su presencia de sí como centro de energía de su revuelta, por fascista toda consecuencia vivida del pensamiento, todo gesto. Para estos agentes sectoriales de la contrarrevolución preventiva, de lo que se trata es solamente de prorrogar la suspensión epocal que les hace vivir. La inmediatez, como explicaba ya Hegel, es la determinación más abstracta. Y como han comprendido bien nuestros deconstructores: el porvenir de Hegel es el Imperio.


58 El Imperio no concibe la guerra civil como una afrenta hecha a su majestad, como un desafío a su omnipotencia, sino simplemente como un riesgo. Así se explica la contrarrevolución preventiva que el Imperio no ha cesado de librar contra todo aquello que podría ocasionar agujeros en el tejido biopolítico continuo. A diferencia del Estado moderno, el Imperio no niega la existencia de la guerra civil, la gestiona. De otra manera, por lo demás, tendría que privarse de ciertos medios, bastante cómodos para pilotarla o contenerla. Donde sus redes penetren todavía sólo insuficientemente, se aliará pues el tiempo que sea necesario con alguna mafia local, inclusive con tal o cual guerrilla, si éstas le garantizan mantener el orden sobre el territorio que les ha correspondido. No hay nada más extraño al Imperio que la cuestión de saber quién controla qué, con tal de que haya control. De donde se sigue que no reaccionar es todavía, aquí, una reacción.

Glosa α: Resulta agradable observar las cómicas contorsiones a las que obliga el Imperio, durante sus intervenciones, a aquellos que, aun queriendo oponerse a él, rechazan asumir la guerra civil. Así las buenas almas que no eran capaces de comprender que la operación imperial en Kosovo no estaba dirigida contra los serbios, sino contra la guerra civil misma, que comenzaba a extenderse bajo formas excesivamente visibles en los Balcanes, no tenían otra opción, en su compulsión de tomar posición, que tomar la causa de la OTAN o la de Milošević.

Glosa β: Poco después de Génova y sus escenas de represión a la chilena, un alto funcionario de la policía italiana entrega a La Repubblica esta conmovedora toma de consciencia: “Bueno, voy a decirle una cosa que me cuesta y que nunca he dicho a nadie. […] La policía no está ahí para poner orden, sino para gobernar el desorden.”


59 La reducción cibernética coloca idealmente al Bloom como retransmisor transparente de la información social. Así pues, el Imperio se representará gustosamente como una red de la cual cada uno sería un nodo. La norma constituye entonces, en cada uno de estos nodos, el elemento de la conductividad social. Antes que la información, es en realidad la causalidad biopolítica la que circula aquí, con mayor o menor resistencia, según el gradiente de normalidad. Cada nodo —país, cuerpo, empresa, partido político— es considerado responsable de su resistencia. Y esto vale hasta el punto de no-conducción absoluta, o de refracción de los flujos. El nodo en cuestió será entonces decretado culpable, criminal, inhumano, y será objeto de la intervención imperial.

Glosa α: Ahora bien, como nadie está nunca demasiado despersonalizado como para conducir perfectamente los flujos sociales, cada uno está siempre-ya, y ésta es una condición misma de su supervivencia, en falta con respecto de la norma; norma que por otro lado sólo será establecida a posteriori, tras la intervención del Imperio. A este estado nosotros lo llamaremos falta blanca. Ésta es la condición moral del ciudadano bajo el Imperio, y la razón por la cual no hay, en realidad, ningún ciudadano, sino solamente pruebas de ciudadanía.

Glosa β: La red, con su informalidad, su plasticidad, su inacabamiento oportunista, ofrece el modelo de las solidaridades débiles, de los vínculos flojos con los cuales está tejida la “sociedad” imperial.

Glosa γ: Lo que aparece finalmente en la circulación planetaria de la responsabilidad, cuando el apresamiento del mundo alcanza el punto en que se busca culpables a los estragos de una “catástrofe natural”, es cuán esencialmente construida es toda causalidad.

Glosa γ: El Imperio tiene la costumbre de eso que él llama “campañas de sensibilización”. Éstas consisten en la elevación deliberada de la sensibilidad de los receptores sociales ante tal o cual fenómeno, es decir, en la creación de ese fenómeno en cuanto fenómeno, y en la construcción de la red de causalidades que permitirán materializarlo.


60 La extensión de las atribuciones de la policía imperial, del Biopoder, es ilimitada, porque lo que tiene misión circunscribir, detener, no es del orden de la actualidad, sino de la potencia. La arbitrariedad se llama aquí prevención, y el riesgo es esa potencia que se encuentra por todas partes en acto en cuanto potencia que funda el derecho de injerencia universal del Imperio.

Glosa α: El enemigo del Imperio es interior. Es el acontecimiento. Es todo aquello que podría suceder, y que pondría en apuros al tejido de las normas y los dispositivos. El enemigo está pues, lógicamente, por todas partes presente, bajo la forma del riesgo. Y la solicitud es la única causa reconocida de las brutales intervenciones imperiales contra el Partido Imaginario: “Observen cómo estamos listos para protegerlos, ya que, tan pronto como algo extraordinario suceda, evidentemente sin tener en cuenta esas viejas costumbres que son las leyes o las jurisprudencias, vamos a intervenir con todos los medios que sean necesarios.” (Foucault)

Glosa β: No cabe duda de que existe un carácter ubuesco del poder imperial, el cual paradójicamente no parece hecho para mermar la eficiencia de la Máquina. De la misma manera, existe un aspecto barroco del edificio jurídico bajo el cual vivimos. De hecho, el mantenimiento de una cierta confusión permanente en lo que respecta a los reglamentos en vigor, a los derechos, a las autoridades y a sus competencias, parece vital para el Imperio. Pues es ella la que le permite poder hacer uso, cuando llegue el momento, de todos los medios.


61 No es adecuado distinguir entre polis y ciudadanos. Bajo el Imperio, la diferencia entre la policía y la población queda abolida. Cada ciudadano del Imperio puede, en cualquier momento, y al grado de una reversibilidad propiamente bloomesca, revelarse como un poli.

Glosa α: La idea de “que el delincuente es el enemigo de la sociedad entera” Foucault la ve aparecer en la segunda mitad del siglo XVIII. Bajo el Imperio esta idea es extendida a la totalidad del cadáver social recompuesto. Cada uno es para sí mismo y para los demás, en virtud de su estado de falta blanca, un riesgo, un hostis potencial. Esta situación esquizoide explica la renovación imperial de la delación, de la vigilancia mutua, del endo- e inter-policiaje. Pues no sólo se trata de que los ciudadanos del Imperio denuncien todo aquello que les parezca “anormal” con un frenesí tal que la policía no consigue ya seguirles la pista, se trata incluso de que a veces ellos se denuncian a sí mismos para acabar de una vez con la falta blanca, para que, cuando caiga el juicio sobre ellos, su situación indecisa, su duda en cuanto a su pertenencia al tejido biopolítico, sea liquidada. Y es por medio de este mecanismo de terror general que son repelidos con todos los medios, puestos en cuarentena y aislados espontáneamente todos los dividuos de riesgo, todos aquellos que, siendo susceptibles de una intervención imperial, podrían arrastrar en su caída, por efecto de capilaridad, las mallas adyacentes de la red.

Glosa β:

“— ¿Cómo definir a los policías?

Los policías provienen del sector público y el sector público forma parte de la policía. Los agentes de policía son aquellos que son pagados para dedicar todo su tiempo al cumplimiento de deberes, deberes que son igualmente los de todos sus conciudadanos.

—¿Cuál es el papel prioritario de la policía?

Tiene una misión amplia, centrada en la resolución de problemas (problem solving policing).

—¿Cuál es el criterio de la eficacia de la policía?

La ausencia de crimen y desorden.

—¿De qué se ocupa específicamente la policía?

De los problemas y las preocupaciones de los ciudadanos.

— ¿Qué es lo que determina la eficacia de la policía?

La cooperación del sector público.

—¿Qué es el profesionalismo policial?

Una capacidad para permanecer en contacto con la población para anticipar los problemas.

— ¿Cómo considera la policía los procedimientos judiciales?

Como un medio entre tantos otros.”

Jean-Paul Brodeur, profesor de criminología en Montreal

citado en Guía práctica de la policía de proximidad, París, marzo de 2000


62 La soberanía imperial consiste en que ningún punto del espacio ni del tiempo, ni ningún elemento del tejido biopolítico, esté al resguardo de su intervención. El almacenamiento del mundo, la trazabilidad generalizada, el hecho de que los medios de producción tiendan a volverse inseparablemente medios de control, la subsunción del edificio jurídico en simple arsenal de la norma, todo esto tiende a hacer de cada uno un sospechoso.

Glosa: Un teléfono móvil se vuelve un soplón, un medio de pago una declaración de tus hábitos alimenticios, tus padres se transforman en delatores, una factura de teléfono se vuelve el expediente de tus amistades: toda la sobreproducción de información inútil de la que eres objeto se revela crucial por el simple hecho de ser en todo momento utilizable. Que ésta sea de este modo disponible hace pesar sobre cada gesto una amenaza suficiente. Y el baldío donde el Imperio abandona su movilización mide bastante exactamente el sentimiento de su propia seguridad que le habita, cuán poco en peligro se siente por ahora

63 El Imperio es apenas pensado, y tal vez difícilmente pensable, en el seno de la tradición occidental, es decir, en los límites de la metafísica de la subjetividad. A lo sumo se ha podido pensar en ésta la superación del Estado sobre su propio terreno; y esto ha producido los irrespirables proyectos de Estado universal, las especulaciones sobre el derecho cosmopolita que vendría finalmente a instaurar la paz perpetua o, más aún, la ridícula esperanza de un Estado democrático mundial, que es la perspectiva última del negrismo.

Glosa α: Quienes no logran concebir el mundo de otra manera que dentro de las categorías que el Estado liberal les proporcionó, usualmente parecen confundir al Imperio con tal o cual organismo supranacional (el FMI, el Banco Mundial, la OMC o la ONU, y ocasionalmente la OTAN y la Comisión Europea). De contracumbre en contracumbre, los vemos cada vez más apoderados, a nuestros “antiglobalización”, por la duda: ¿y si en el interior de esos pomposos edificios, detrás de esas soberbias fachadas, no hubiera nada? En el fondo, guardan la intuición de que esos grandes cascarones mundiales están vacíos, y es, por otra parte, debido a ello mismo que los asedian. Los muros de esos palacios no están hechos más que de buenas intenciones, cada uno de ellos fue edificado en su tiempo como reacción a alguna crisis mundial; y desde entonces fueron dejados ahí, deshabitados, para todos los fines inútiles. Por ejemplo, para servir de señuelo a las tropas del negrismo contestatario.

Glosa β: No es fácil saber a dónde quiere llegar alguien que, al término de una vida de palinodias, afirma en un artículo titulado El “Imperio”, fase superior del imperialismo que “en el actual estadio imperial, ya no hay imperialismo”, que decreta la muerte de la dialéctica para concluir que es preciso “teorizar y actuar a la vez en y contra el Imperio”; alguien que se sitúa unas veces en la posición masoquista de exigir a las instituciones que se autodisuelvan, otras en la de suplicarles que existan. Por eso no hay que partir de sus escritos, sino de su acción histórica. También para comprender un libro como Imperio —esa tipo de baturrillo teórico que opera en el pensamiento la misma reconciliación final de todas las incompatibilidades que el Imperio sueña con realizar en los hechos— resulta más instructivo observar las prácticas que se proclaman como propias. En el discurso de los burócratas espectaculares de los Tute bianche, el término de “pueblo de Seattle” ha sido así sustituido, desde hace algún tiempo, por el de “multitud”. “El pueblo —recuerda Hobbes— es algo que es uno solo, teniendo una voluntad, y a lo cual se puede atribuir una acción propia; pero nada similar a esto se puede decir de la multitud. Es el pueblo quien reina en cualquier tipo de Estado: pues, incluso en las monarquías, es el pueblo quien manda, y quien decide mediante la voluntad de un único hombre. Pero son los particulares, esto es, los súbditos, quienes conforman la multitud. Paralelamente, en un Estado popular y en uno aristocrático, la masa de los habitantes es la multitud, y la corte o el consejo es el pueblo.” Toda la perspectiva negrista se limita por tanto a esto: forzar al Imperio, mediante la escenificación de la emergencia de una así llamada “sociedad civil mundial”, a darse las formas de un Estado universal. Viniendo de personas que siempre han aspirado a posiciones institucionales, quienes por tanto siempre han fingido creer en la ficción del Estado moderno, esta estrategia aberrante se vuelve límpida; y las contraevidencias de Imperio adquieren por sí mismas una significación histórica. Cuando Negri afirma que es la multitud la que ha engendrado al Imperio, que “la soberanía ha tomado una nueva forma, compuesta por una serie de organismos nacionales y supranacionales unidos bajo una lógica única de gobierno”, que “el Imperio es el sujeto político que regula efectivamente los intercambios mundiales, el poder soberano que gobierna el mundo” o incluso que “este orden se expresa bajo una forma jurídica”, de ningún modo da cuenta del mundo que le rodea, sino de las ambiciones que le animan. Los negristas quieren que el Imperio se dé unas formas jurídicas, quieren tener frente a ellos una soberanía personal, un sujeto institucional con el cual contratarse o que podrían hacerse suyo. La “sociedad civil mundial” de la que apelan formar parte, traiciona sólo a su deseo de un Estado mundial. No cabe duda de que adelantan algunas pruebas, o eso que al menos consideran tal, de la existencia de un orden universal en formación: tales serían las intervenciones en Kosovo, en Somalia, o en el Golfo y su legitimación espectacular a través de “valores universales”. Pero aun cuando el Imperio se dotara de una fachada institucional postiza, su realidad efectiva no se quedaría menos concentrada en una policía y en una publicidad mundiales, el Biopoder y el Espectáculo respectivamente. Que las guerras imperiales se presenten como “operaciones de policía internacional” puestas en marcha a través de unas “fuerzas de intervención”, que la guerra misma sea puesta fuera-de-la-ley mediante una forma de dominación que querría hacer pasar sus propias ofensivas por simples asuntos de gestión interior, por una cuestión policial y no política —asegurar “la tranquilidad, la seguridad y el orden”—, Schmitt ya lo había entrevisto hace sesenta años y no contribuye en absoluto a la elaboración progresiva de un “derecho de policía” como quiere creer Negri. El consenso espectacular momentáneo contra tal o cual “Estado canalla”, contra tal o cual “dictador” o “terrorista”, no funda más que la legitimidad temporal y reversible de la intervención imperial que se reivindica suyo. La reedición de los tribunales de Núremberg degenerados para cualquier cosa, la decisión unilateral mediante instancias judiciales nacionales de juzgar crímenes que han tenido lugar en países en los cuales ni siquieran son considerados como tales, no sanciona el avance de un derecho mundial naciente, sino la subordinación consumada del orden jurídico al estado de emergencia policial. En estas condiciones, no se trata de militar a favor de un Estado universal salvador, sino ciertamente de desolar al Espectáculo y al Biopoder.

64 La dominación imperial, tal como comenzamos a reconocerla, puede ser calificada como neo-taoísta, en la medida en que sólo se la encuentra pensada a fondo en el seno de esta tradición. Hace veintitrés siglos, un teórico taoísta afirmaba que: “Existen tres medios para asegurar el orden. El primero se llama interés, el segundo se llama miedo y el tercero denominaciones. El interés une el pueblo al soberano; el temor asegura el respeto de los órdenes; las denominaciones incitan a los inferiores a tomar el mismo camino que los amos. […] Esto es lo que llamo abolir el gobierno por medio del gobierno mismo, los discursos por medio del discurso mismo”. Concluía sin más: “En el gobierno perfecto, los inferiores carecen de virtud.” (Han Feizi, El Tao del Príncipe) Muy probablemente, el gobierno se perfecciona.

65 Todas las estrategias imperiales, es decir, tanto la polarización espectacular de los cuerpos sobre ausencias adecuadas como el terror constante que uno se empeña en mantener, tienen como propósito que el Imperio no aparezca nunca como tal, como partido. Esta clase de paz muy especial, la paz armada que caracteriza al orden imperial, se experimenta de una manera más sofocante a medida que ella misma es el resultado de una guerra total, muda y continua. Lo que está en juego en la ofensiva, aquí, no es ganar algún enfrentamiento, sino al contrario hacer que el enfrentamiento no tenga lugar, conjurar el acontecimiento desde su raíz, prevenir todo salto de intensidad en el juego de las formas-de-vida, mediante lo cual lo político advendría. El hecho de que nada suceda es ya para el Imperio una victoria masiva. Frente al “enemigo cualquiera”, frente al Partido Imaginario, su estrategia consiste en “sustituir el acontecimiento que querrían que fuera decisivo, pero que sigue siendo aleatorio (la batalla), con una serie de acciones menores aunque estadísticamente eficaces, que nosotros llamaremos, por oposición, la no-batalla.” (Guy Brossollet, Ensayo sobre la no-batalla, 1975)

66 El Imperio no se opone a nosotros como un sujeto que nos haría frente, sino como un medio que nos es hostil.

Glosa: Algunos han querido caracterizar la época imperial como la de los esclavos sin amos. Si bien esto no es falso, sería más adecuadamente especificada como la época del Dominio sin amos [Maîtrise sans maîtres], del soberano inexistente, como el caballero de Calvino, cuya armadura está vacía. El sitio del Príncipe permanece, invisiblemente ocupado por el principio. Aquí se da, a la vez, una ruptura absoluta con la vieja soberanía personal y una consumación de ésta: el gran desasosiego del Amo ha sido siempre el de no tener por súbditos más que esclavos. El Principio reinante realiza la paradoja ante la cual había tenido que inclinarse la soberanía sustancial: tener hombres libres por esclavos. Esta soberanía vacía no es, propiamente hablando, una novedad histórica, aunque visiblemente así lo sea para Occidente. De lo que se trata aquí es de deshacerse de la metafísica de la subjetividad. Los chinos, que se llevaron sus cuarteles fuera de la metafísica de la subjetividad entre los siglos VI y III antes de nuestra era, se forjaron entonces una teoría de la soberanía impersonal que puede ser bastante útil para comprender los resortes actuales de la dominación imperial. A la elaboración de esta teoría queda asociado el nombre de Han Feizi, principal figura de la escuela calificada, por error, como “legista”, ya que desarrolla un pensamiento acerca de la norma más que de la Ley. Su doctrina, compilada hoy bajo el título de El Tao del Príncipe, dictó la fundación del primer Imperio chino verdaderamente unificado, mediante el cual fue clausurado el período llamado de los “Reinos combatientes”. Una vez establecido el Imperio, el Emperador, el soberano de Qin, hizo quemar la obra de Han Fei en el 213 a.C. No fue sino hasta el siglo XX que fue exhumado el texto que había comandado toda la práctica del Imperio chino; por tanto, cuando éste se derrumbaba.

El Príncipe de Han Fei, aquel que ocupa la Posición, es Príncipe sólo a causa de su impersonalidad, de su ausencia de cualidad, de su invisibilidad, de su inactividad, es Príncipe sólo en la medida de su resorción en el Tao, en la Vía, en el curso de las cosas. No es un Príncipe en el sentido personal, es un Principio, un puro vacío, que ocupa la Posición y permanece en el no-actuar. La perspectiva del Imperio legista es la de un Estado que sería perfectamente inmanente a la sociedad civil: “La ley de un Estado donde reina el orden perfecto es obedecida tan naturalmente como cuando uno come porque tiene hambre y se cubre uno cuando tiene frío: ninguna necesidad de dar órdenes”, explica Han Fei. La función del soberano consiste aquí en articular los dispositivos que lo volverán superfluo, que permitirán la autorregulación cibernética. Si, por ciertos aspectos, la doctrina de Han Fei recuerda a ciertas construcciones del pensamiento liberal, nunca tuvo la ingenuidad de este último: ella se sabe como teoría de la dominación absoluta. Han Fei prescribe al Príncipe mantenerse en la Vía de Lao Tse: “El Cielo es inhumano: trata a los hombres como perros de paja; el Santo es inhumano, trata a los hombres como perros de paja.” Incluso sus más fieles ministros tienen que saber lo ínfimos que son con respecto de la Máquina Imperial; esos mismos que todavía ayer se creían sus amos deben temer que caiga sobre ellos alguna operación de “moralización de la vida pública”, algún hambre voraz de transparencia. El arte de la dominación imperial consiste en absorberse en el Principio, en desvanecerse en la nada, en volverse invisible y con ello verlo todo, en volverse inaprensible y con ello tomarlo todo. La retirada del Príncipe no es aquí más que la retirada del Principio: fijar las normas en función de las cuales los seres serán juzgados y evaluados, velar por que las cosas sean nombradas del modo “que conviene”, regular la medida de las gratificaciones y de los castigos, regir las identidades y atar a los hombres a éstas. Atenerse a esto y permanecer opaco. Tal es el arte de la dominación vacía y desmaterializada, de la dominación imperial de la retirada.

“El Príncipe está en lo invisible,

el Uso en lo imprevisible.

Vacío y tranquilo, carece de ocupación.

Escondido, desenmascara las taras.

Ve sin ser visto,

escucha sin ser escuchado.

conoce sin ser percibido.

Comprende a dónde quieren llevarle los discursos;

no se altera ni se mueve.

Examina y confronta;

cada quien está en su sitio.

No se comunican;

todo está en orden.

Oculta sus huellas,

revuelve sus rastros;

nadie lo alcanza.

Prohíbe la inteligencia;

abandona todo talento;

se halla fuera del alcance de sus súbditos.

Escondo mis intenciones,

examino y confronto.

Les tomo por las manos;

les aprieto sólidamente.

les impido esperar;

abolo incluso el pensamiento;

suprimo hasta el deseo. […]

La Vía del Amo: hacer de la retirada una obra maestra, reconocer a los hombres competentes sin ocuparse de tareas; hacer las buenas elecciones sin planearlo. Es así como uno le responde sin que él pregunte, como uno acaba con la labor sin que él lo exija.”

La Vía del Amo

“No devela sus resortes.

Constantemente inactivo.

Cosas suceden en las cuatro esquinas del mundo.

Lo importante: tomar el centro.

El sabio capta lo importante.

Los cuatro orientes responden.

Tranquilo, inactivo, espera

que uno llegue a servirle.

Todos los seres que el universo encubre

se anuncian por su claridad en su oscuridad. […]

No cambia ni muta,

moviéndose con los Dioses

sin tener nunca descanso.

Seguir la razón de las cosas:

cada ser tiene un sitio,

todo objeto un uso.

Todo está donde se debe.

De arriba hacia abajo, el no-actuar.

Que el gallo vele en la noche,

que el gato atrape los ratones,

cada quien tiene su empleo;

y el Amo carece de emociones.

El método para tomar al Uno:

partir de los Nombres.

A nombres correctos, cosas seguras. […]

El Amo obra por el Nombre. […]

Sin actuar, gobierna. […]

El amo de sus súbditos

tala el árbol constantemente

para que no prolifere.”

Manifiesto doctrinal


Tiqqun

Fuente: https://tiqqunim.blogspot.com


Introducción a la guerra civil (I)

Introducción a la guerra civil (II)

Introducción a la guerra civil (IV)

Comité Invisible: Ahora (2018)

Comité Invisible: A nuestros amigos (2014)

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