Introducción a la guerra civil (II)

by • 4 febrero, 2019 • Artículos, Coyuntura política, Geopolítica, Organización, Poder, Reflexiones y otros, Teoria políticaComments (0)215

Para ver primera parte click aquí


El Estado moderno, el sujeto económico

La historia de la formación del Estado en Europa es la historia de la neutralización de los contrastes confesionales, sociales y de otro tipo en el seno del Estado.

Carl Schmitt, Neutralidad y neutralización

32 El Estado moderno no se define como un conjunto de instituciones cuyos diversos tipos de agenciamiento ofrecerían la oportunidad de un interesante pluralismo. El Estado moderno, mientras permanece, se define éticamente como el teatro de operaciones de una bífida ficción: que existiría algo así como neutralidad y centralidad, habiendo formas-de-vida.

Glosa: Las frágiles construcciones del poder son reconocibles por su pretensión incesantemente renovada a establecer como evidencias lo que son sólo ficciones. En el curso de los Tiempos Modernos, una de entre estas ficciones parece ser el decorado de todas las demás: la ficción de una neutralidad central. La Razón, el Dinero, la Justicia, la Ciencia, el Hombre, la Civilización o la Cultura: por todas partes el mismo movimiento fantasmagórico: plantear la existencia de un centro, y que este centro sería neutro, éticamente. El Estado, por tanto, como condición histórica del florecimiento de estas cursilerías.


33 El Estado moderno se dio como etimología la raíz indoeuropea st- de la fijeza, de las cosas inmutables, de lo que es. La maniobra ha engañado a más de uno. Ahora que el Estado ya sólo se encarga de sobrevivir, la conmoción se esclarece: es la guerra civil —stasis en griego— la que figura la permanencia, y el Estado moderno sólo habrá sido un proceso de reacción a esta permanencia.

Glosa α: Contrariamente a lo que se intenta acreditar, la historicidad propia a las ficciones de la “modernidad” nunca es la de una estabilidad adquirida para siempre, de un umbral al fin superado, sino precisamente la de un proceso de movilización sin fin. Bajo las fechas inaugurales de la historiografía oficial, bajo la gesta edificante del progreso lineal, no habrá dejado de acometerse todo un trabajo ininterrumpido de reagenciamiento, de corrección, de perfeccionamiento, de revoque, de desplazamiento, e incluso a veces, de reconstrucción a un alto costo. Es este trabajo, y sus fracasos repetidos, los que dieron nacimiento a toda la pacotilla nerviosa de lo nuevo. La modernidad: no un estadio donde uno estaría instalado, sino una tarea, un imperativo de modernización, de flujo tendido, crisis tras crisis, vencido únicamente por nuestra lasitud y escepticismo, finalmente.

Glosa β: “Este estado de cosas estriba en una diferencia, que no se ha recalcado lo suficiente, entre las sociedades modernas y las sociedades antiguas, en lo que se refiere a las nociones de guerra y de paz. La relación entre el estado de paz y el estado de guerra es, de antaño a hoy, exactamente inversa. La paz es para nosotros el estado normal, que una guerra viene a romper; para los antiguos, el estado normal es el estado de guerra, al que una paz viene a poner fin.”

Benveniste

Vocabulario de las instituciones indoeuropeas


34 En teoría y en práctica, el Estado moderno nace para poner fin a la guerra civil, entonces llamada “de religión”. Es pues, históricamente y por su propia declaración, segundo con respecto a la guerra civil.

Glosa: Los Seis Libros de la República de Bodin son publicados cuatro años después de la Matanza de San Bartolomé, y el Leviatán, de Hobbes, en 1651, esto es, once años después del comienzo del Parlamento Largo. La continuidad del Estado moderno, desde el Absolutismo hasta el Estado benefactor, será la de una guerra incesantemente inacabada librada contra la guerra civil.


35 Con la Reforma, y luego con las guerras de religión, se pierde en Occidente la unidad del mundo tradicional. El Estado moderno surge, entonces, como portador del proyecto para recomponer esta unidad, secularmente esta vez, no ya como unidad orgánica, sino como unidad mecánica, como máquina, como artificialidad consciente.

Glosa α: Lo que, durante la Reforma, había debido arruinar toda la organicidad de las mediaciones consuetudinarias, es la brecha abierta por una doctrina que profesa la estricta separación de la fe y las obras, del reino de Dios y el reino del mundo, del hombre interior y el hombre exterior. Las guerras de religión ofrecen entonces el absurdo espectáculo de un mundo que se dirige al abismo por haberlo simplemente entrevisto, de una armonía que se fragmenta bajo la presión de mil pretensiones absolutas y discordantes de unidad. Por el efecto de las querellas entre sectas, las religiones introducen así cada una contra su voluntad la idea de la pluralidad ética. Pero aquí la guerra civil es todavía concebida por esos mismos que la suscitan como algo que debía muy pronto encontrar su término, no siendo asumidas las formas-de-vida sino condenadas a la conversión según uno u otro de los patrones existentes. Los diversos levantamientos del Partido Imaginario se han encargado desde entonces de volver caduca la reflexión de Nietzsche, que escribía en 1882: “El más grande progreso de las masas ha sido hasta el día de hoy la guerra de religión, pues es la prueba de que la masa ha comenzado a tratar las ideas con respeto.”

Glosa β: Alcanzado el otro extremo de su órbita histórica, el Estado moderno vuelve a encontrar a su viejo enemigo: las “sectas”. Pero en esta ocasión, él no es la fuerza política ascendente.


36 El Estado moderno pone fin a la confusión que el protestantismo había traído primero al mundo, reapropiándose de la operación de éste. El fallo acusado por la Reforma entre el fuero interno y las obras externas, es aquello mediante lo cual el Estado moderno, instituyéndolo, consiguió extinguir las guerras civiles “de religión”, y con ellas las religiones mismas.

37 El Estado moderno expira las religiones porque toma su relevo en la cabecera del más atávico fantasma de la metafísica el fantasma de lo Uno. De aquí en adelante, el orden del mundo que se esconde de sí mismo tendrá que ser incesantemente restablecido, conservado con todas las fuerzas. La policía y la publicidad serán los medios nada ficticios que el Estado moderno pondrá al servicio de la supervivencia artificial de la ficción de lo Uno. Toda su realidad se condensará en esos medios, con los cuales asegurará el mantenimiento del orden, pero de un orden exterior, ahora público. Es por esto que todos los argumentos que hará valer en su favor se reducirán finalmente a éste: “Fuera de mí, el desorden.” Pero fuera de él no está el desorden, fuera de él una multiplicidad de órdenes.

Glosa: A partir de aquí habrá, por un lado, la conciencia moral, privada, “absolutamente libre” y, por el otro, la acción política, pública, “absolutamente sometida a la razón de Estado”. Y éstas serán dos esferas distintas, e independientes. El Estado moderno se engendra a sí mismo a partir de la nada, sustrayendo del tejido ético tradicional el espacio moralmente neutro de la técnica política, de la soberanía. El gesto de esta creación es el de un autómata melancólico. Cuanto más se encuentran los hombres alejados de este momento de fundación, más se ha perdido el sentido de este gesto. La tranquila desesperanza es lo que se expresa aún en la antigua fórmula: cuius regio, eius religio.


38 El Estado moderno, que pretende poner fin a la guerra civil, es más bien la continuación de ésta por otros medios.

Glosa α: ¿Hay necesidad de abrir el Leviatán para saber que “si la mayoría ha proclamado a un soberano mediante sufragios concordes, cualquiera que estuviera en desacuerdo debe en adelante consentir con el resto, o dicho de otra manera, aceptar ratificar todas las acciones que pudiera llevar a cabo el soberano, o bien exponerse a ser eliminado por los demás. […] Y ya sea que forme parte del grupo o no, que su aprobación sea solicitada o no, debe o bien someterse a los decretos del grupo, o permanecer en el estado de guerra en que antes se encontraba, estado en el cual cualquiera puede eliminarlo sin injusticia”? La suerte de los communards, de los prisioneros de Action Directe o de los insurgentes de junio de 1848 informa ampliamente sobre el origen de la sangre con la cual se hacen las repúblicas. Aquí reside el carácter propio, y el principal escollo, del Estado moderno: éste sólo se mantiene mediante la práctica de eso mismo que pretende conjurar, mediante la actualización de eso mismo que declara como ausente. Algo de esto es sabido por los polis, quienes deben contradictoriamente aplicar un “estado de derecho” que, de hecho, reposa sobre ellos solos. Por tanto, el destino del Estado moderno era el de nacer en principio como el aparente vencedor de la guerra civil, para ser después vencido por ella. El de sólo haber sido finalmente un paréntesis y un partido en el curso paciente de la guerra civil.

Glosa β: En todas las partes en que el Estado moderno extendió su reino, se autorizó a sí mismo unos mismos argumentos, construcciones semejantes. Estas construcciones están reunidas en su más alto grado de pureza y dentro de su encadenamiento más estricto en Hobbes. He aquí por qué todos aquellos que han pretendido medirse con el Estado moderno han experimentado primero la necesidad de medirse con este singular teórico. Todavía hoy, en la cima del movimiento de liquidación del orden estato-nacional, resuenan públicamente los ecos del “hobbesianismo”. Así, cuando el gobierno francés, durante el tortuoso caso de la “autonomía de Córcega”, termina por ajustarse a partir del modelo de la descentralización imperial, su ministro del Interior dimitió con esta conclusión sumaria: “Francia no necesita una nueva guerra de religión.”


39 El proceso que, a escala molar, toma el aspecto del Estado moderno, a escala molecular se denomina sujeto económico.

Glosa α: Nosotros nos hemos interrogado ampliamente sobre la esencia de la economía, y más específicamente sobre su carácter de “magia negra”. La economía no se comprende como régimen del intercambio, y por tanto de la relación entre las formas-de-vida, fuera de una captación ética: la de la producción de un cierto tipo de formas-de-vida. La economía aparece mucho antes que las instituciones con las que usualmente se señala su emergencia —el mercado, la moneda, el préstamo con intereses, la división del trabajo— y aparece como posesión, como posesión, precisamente, mediante una economía psíquica. Es en este sentido que se trata de una verdadera magia negra, y es únicamente en este nivel que la economía es real, concreta. Es por esto que es aquí que su conexión con el Estado es empíricamente constatable. El crecimiento por rachas del Estado es aquello que, progresivamente, creó la economía en el hombre, creó al “Hombre”, en calidad de criatura económica. Con cada perfeccionamiento del Estado se perfecciona la economía en cada uno de sus sujetos, y viceversa.

Sería fácil mostrar de qué modo, en el curso del siglo XVII, el Estado moderno naciente impuso la economía monetaria y todo lo que se relaciona a ella para poder extraer de ahí con qué alimentar el despegue de sus aparatos y sus incesantes campañas militares. Por lo demás, esto ya ha sido hecho. Pero tal punto de vista capta sólo superficialmente el nudo que liga Estado y economía.

Entre otras cosas, el Estado moderno designa un proceso de monopolización creciente de la violencia legítima, un proceso, por tanto, de deslegitimación de toda violencia que no sea la suya. El Estado moderno sirvió así al movimiento general de una pacificación que sólo se mantiene, desde el fin de la Edad Media, por medio de su acentuación continua. No es sólo que a lo largo de esta evolución obstaculice de modo cada vez más drástico el libre juego de las formas-de-vida; es que trabaja asiduamente en ellas mismas para destrozarlas, para desgarrarlas, para extraerles su nuda vida, extracción que es el movimiento mismo de la “civilización”. Cada cuerpo, para volverse sujeto político en el seno del Estado moderno, tiene que pasar por el centro de mecanizado que lo convertirá en tal: tiene que empezar por dejar de lado sus pasiones, impresentables, sus gustos, irrisorios, sus inclinaciones, contingentes, y tiene que dotarse en lugar de todo esto de intereses, que son ciertamente más presentables, e incluso representables. Así pues, cada cuerpo, para volverse sujeto político, tiene que proceder a su autocastración como sujeto económico. Idealmente, el sujeto político se habrá entonces reducido a una pura voz/voto [voix].

La función esencial de la representación que una sociedad proporciona de sí misma es la de influir sobre el modo en que cada cuerpo se representa a sí mismo y, de este modo, sobre la estructura psíquica. El Estado moderno es pues primero que nada la constitución de cada cuerpo en Estado molecular, dotado, a modo de integridad territorial, de una integridad corporal, perfilado como entidad cerrada dentro de un Yo opuesto al “mundo exterior” así como a la sociedad tumultuosa de sus inclinaciones, las cuales hay que contener, y en fin requerido a relacionarse con sus semejantes como buen sujeto de derecho, para tener tratos con los otros cuerpos en función de las cláusulas universales de una especie de derecho internacional privado de las costumbres “civilizadas”. Así, cuanto más se constituyen las sociedades en Estados, más se incorporan sus sujetos a la economía. Se auto- e inter-vigilan, controlan sus emociones, sus movimientos, sus inclinaciones, y creen poder exigir de los demás la misma contención. Se aseguran de nunca descuidarse nunca en los lugares donde podría serles fatal, y se arreglan un pequeño rincón de opacidad donde dispondrán de todo el ocio para “aflojarse”. En el resguardo, atrincherados en el interior de sus fronteras, calculan, prevén, se conforman como el intermediario entre el pasado y el futuro, y atan su suerte al encadenamiento probable de uno y otro. Eso es todo: se encadenan, a sí mismos y los unos a los otros, contra cualquier desbordamiento. Fingido dominio de sí, contención, autorregulación de las pasiones, extracción de una esfera de la vergüenza y el miedo —la nuda vida—, conjuración de toda forma-de-vida, y a fortiori de todo juego elaborado entre ellas.

Así, la amenaza lúgubre y densa del Estado moderno produce primitivamente, existencialmente, la economía, a lo largo de un proceso que se puede hacer remontar al siglo XII, a la constitución de las primeras cortes territoriales. Como bien notó Elias, la curialización de los guerreros ofrece el ejemplo arquetípico de esta incorporación de la economía que tiene ubicados sus jalones desde el código de comportamiento cortés del siglo XII hasta la etiqueta de la corte de Versalles, primera realización de envergadura de una sociedad perfectamente espectacular donde todas las relaciones están mediadas por imágenes, y todo esto pasando por los manuales de civilidad, de prudencia y de saber-vivir. La violencia, y rápidamente todas las formas de abandono que fundaban la existencia del caballero medieval, se ven lentamente domesticadas, es decir, aisladas como tales, desritualizadas, excluidas de toda lógica, y finalmente reducidas mediante la mofa, el “ridículo”, la vergüenza de tener miedo y el miedo de tener vergüenza. Es a través de la difusión de este autoconstreñimiento, de este terror al abandono, que el Estado logró crear al sujeto económico, contener a cada uno en su Yo, es decir, en su cuerpo, extraer algo de nuda vida de cada forma-de-vida.

Glosa β: “En cierto sentido, el campo de batalla se trasladó al fuero interno del hombre. Es ahí donde éste tendrá que resolver una parte de las tensiones y pasiones que anteriormente se exteriorizaban en el cuerpo a cuerpo en el que los hombres se enfrentaban directamente. […] Los impulsos, las emociones apasionadas, que ya no se manifiestan en la lucha entre los hombres, suelen dirigirse al interior del individuo, contra la parte ‘vigilada’ de su Yo. Y esta lucha casi automática del hombre consigo mismo, no siempre conoce una solución feliz.” (Norbert Elias, El proceso de civilización)

Tal como lo testimonió a lo largo de los “Tiempos Modernos”, el individuo producido por este proceso de incorporación de la economía lleva consigo una grieta. Es a través de esta grieta que chorrea su nuda vida. Sus gestos mismos están agrietados, rotos desde el interior. Ningún abandono, ninguna asunción, puede ocurrir ahí donde se desencadena el proceso estatal de pacificación, la guerra de aniquilamiento dirigida contra la guerra civil. En lugar de las formas-de-vida, encontramos aquí, de manera casi paródica, subjetividades, una sobreproducción ramificada, una arborescente proliferación de subjetividades. En este punto converge la doble desgracia de la economía y el Estado: la guerra civil se ha refugiado en cada uno, el Estado moderno ha puesto a cada uno en guerra contra sí mismo. Es de aquí que nosotros partimos.


40 El gesto fundador del Estado moderno —es decir, no el primero, sino el que reitera sin cesar— es la institución de esa escisión ficticia entre público y privado, entre política y moral. Es de este modo que acaba agrietando los cuerpos, que tritura las formas-de-vida. Este movimiento de escisión entre libertad interior y sumisión exterior, entre interioridad moral y conducta política, corresponde a la institución como tal de la nuda vida.

Glosa: Los términos de la transacción hobbesiana entre el súbdito y el soberano son conocidos por experiencia: “yo cambio mi libertad por tu protección. En compensación por mi obediencia exterior absoluta, tú debes garantizarme la seguridad”. La seguridad, que está primero planteada como puesta a resguardo del peligro de muerte que “los otros” hacen pesar sobre mí, toma a lo largo del Leviatán una extensión muy distinta. Leemos, en el capítulo XXX: “Por seguridad no entiendo aquí la mera preservación, sino también todas las demás satisfacciones de esta vida que cada uno puede adquirir por medio de una actividad legítima, sin peligro ni daño para la República.


41 La operación estatal de neutralización, según se la considere de uno u otro borde de la grieta, instituye dos monopolios quiméricos, distintos y solidarios: el monopolio de lo político y el monopolio de la crítica.

Glosa α: Por un lado, ciertamente, el Estado pretende arrogarse el monopolio de lo político, del cual el famoso “monopolio de la violencia” no es más que su huella más groseramente constatable. Pues la monopolización de lo político exige también degradar la unidad diferenciada de un mundo en una nación, y luego esta nación en una población y un territorio, desintegrar toda la organicidad de la sociedad tradicional para someter los fragmentos restantes a un principio de organización, y finalmente, tras haber reducido la sociedad a una “mera masa indistinta, a una multitud descompuesta en sus átomos” (Hegel), presentarse como el artista que va a dar forma a su materia bruta, y esto bajo el principio legible de la Ley.

Por otro lado, la escisión entre privado y público da origen a esta segunda irrealidad, que es simétrica a la irrealidad del Estado: la crítica. El lema de la crítica corresponde naturalmente a Kant formularlo en ¿Qué es la Ilustración? Curiosamente se trata también de una frase de Federico II: “Razonad tanto como queráis y sobre todo lo que queráis, ¡pero obedeced!” La crítica desprende por tanto, simétricamente al espacio político, “moralmente neutro”, de la Razón de Estado, el espacio moral, “políticamente neutro”, del libre uso de la Razón. Es la publicidad, primero identificada con la “República de las Letras” pero rápidamente desviada como arma estatal contra todo tejido ético rival, ya sean las inextricables solidaridades de la sociedad tradicional, la Corte de los Milagros o el uso popular de la calle. A la abstracción de una esfera estatal de la política autónoma, responderá en adelante esta otra abstracción: la esfera crítica del discurso autónomo. Y del mismo modo en que el silencio tenía que rodear los gestos de la razón de Estado, la proscripción del gesto tendrá que rodear las habladurías, las elucubraciones de la razón crítica. La crítica se pretenderá, por tanto, tanto más pura y radical cuanto más ajena sea a cualquier positividad a la que podría ligar sus fabulaciones. Recibirá así, a cambio de su renuncia a cualquier pretensión inmediatamente política, es decir, a disputar al Estado su monopolio, a cambio de esto, por tanto, recibirá el monopolio de la moral. Podrá interminablemente protestar, siempre y cuando nunca pretenda existir de otro modo. Gestos sin discurso por un lado, discursos sin gesto por el otro, a ambos el Estado y la Crítica aseguran mediante instancias propias —la policía y la publicidad— la neutralización de todas las diferencias éticas. Es así como se ha conjurado, con el juego de las formas-de-vida, lo político mismo.

Glosa β: A uno le sorprenderá muy poco, después de esto, que la crítica haya dado sus obras maestras más acabadas precisamente ahí donde los “ciudadanos” hayan sido los más perfectamente desposeídos de todo acceso a la “esfera política”, y de hecho a toda práctica; donde toda existencia colectiva haya sido puesta bajo el control del Estado, quiero decir: bajo los absolutismos francés y prusiano del siglo XVIII. Que el país del Estado sea asimismo el país de la Crítica, que Francia, puesto que de ella se trata, sea en todos sus aspectos, e incluso usualmente de manera confesa, tan ferozmente dieciochesca, esto no tiene nada de sorprendente. Asumiendo la contingencia del teatro de nuestras operaciones, no nos desagrada evocar aquí la permanencia de un carácter nacional, agotado en todas las otras partes. En lugar de mostrar cómo, generación tras generación, desde hace más de dos siglos, el Estado ha hecho las críticas y las críticas, a cambio, han hecho al Estado, juzgo más instructivo reproducir las descripciones de la Francia prerrevolucionaria hechas a mediados del siglo XIX, esto es, a corta distancia de los acontecimientos, por un espíritu a la vez muy prudente y aborrecible: “La administración del Antiguo Régimen había privado por adelantado a los franceses de la posibilidad y las ganas de ayudarse mutuamente. Al sobrevenir la Revolución, en vano se habría buscado en casi toda Francia a diez hombres habituados a actuar regularmente en común, y a velar ellos mismos por su propia defensa: el poder central era el encargado de la misma.”

“Francia [era] uno de los países donde toda vida política se había extinguido desde hacía mucho y por completo, donde los particulares más habían perdido la familiaridad con los asuntos públicos, el hábito de lectura de los hechos, la experiencia de los movimientos populares y casi la noción de pueblo.

“Dado que no existían ya instituciones libres ni, por consiguiente, clases políticas, ni cuerpos políticos vivos, ni partidos organizados y dirigidos, y que en ausencia de todas esas fuerzas regulares la dirección de la opinión pública, una vez que ésta renació, tocó en suerte únicamente a los filósofos, cabía esperar una Revolución hecha con la mira puesta no tanto en determinados hechos particulares cuanto en principios abstractos y en teorías muy generales.

“La condición misma de estos escritores los preparaba para disfrutar las teorías generales y abstractas en materia de gobierno, y para confiarse a ellas ciegamente. En el alejamiento casi infinito de la práctica en que ellos vivían, ninguna experiencia venía a mitigar los ardores de su condición.

“No obstante, habíamos conservado una libertad entre las ruinas de todas las demás: podíamos filosofar casi sin restricción sobre el origen de las sociedades, sobre la naturaleza esencial de los gobiernos y sobre los derechos primordiales del género humano.

“Todos aquellos a los que dañaba la práctica cotidiana de la legislación pronto se prendaron de dicha política literaria.

Cada pasión pública se disfrazó así de filosofía; la vida política fue violentamente retrotraída a la literatura.”

Y finalmente, a la salida de la Revolución: “Ustedes perciben un poder central inmenso, que ha atraído y absorbido en su unidad el conjunto de parcelas de autoridad y de influencia antaño dispersas en una muchedumbre de poderes secundarios, de órdenes, de clases, de profesiones, de familias y de individuos, y como desperdigadas en todo el cuerpo social”. (Alexis de Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución, 1856)


42 Que ciertas tesis, como aquella de la “guerra de todos contra todos [chacun contre chacun]”, se encuentren izadas al rango de máximas de gobierno, es algo que depende de las operaciones que autorizan. Así uno se preguntará, en este caso preciso, ¿cómo la “guerra de todos contra todos” pudo desencadenarse antes de que cada uno fuera producido como cada uno? Y se verá entonces de qué modo el Estado moderno presupone el estado de cosas que produce; de qué modo fija en antropología la arbitrariedad de sus propias exigencias; de qué modo la “guerra de todos contra todos” es más bien la indigente ética de la guerra civil que el Estado moderno ha impuesto por todas partes bajo el nombre de economía; y que no es más que el reino universal de la hostilidad.

Glosa α: Hobbes acostumbraba bromear sobre las circunstancias de su nacimiento, provocado por un súbito espanto de su madre: “El miedo y yo —decía— nacimos gemelos”. Por mi parte, prefiero atribuir más la miseria de la antropología hobbesiana a una excesiva lectura del imbécil de Tucídides que a su carta astral. Podremos leer bajo esta luz más correcta los disparates de nuestro cobarde:

“Para hacerse una idea clara de los elementos del derecho natural y de la política, es importante conocer la naturaleza del hombre.

La vida humana puede ser comparada con una carrera. […] Pero tenemos que suponer que en esta carrera no se tiene otro objetivo ni otra recompensa que adelantar a nuestros competidores.”

Elementos de Derecho Natural y Político, 1640

“En esto se manifiesta claramente que durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que mantenga a todos en respeto, se encuentran en esa condición que se llama guerra, y esta guerra es guerra de todos contra todos. Pues la guerra no consiste solamente en batallas o en combates efectivos, sino en una extensión de tiempo en la que la voluntad de enfrentarse en batallas está suficientemente patente.

“Además, los hombres no sacan placer, sino por el contrario una gran cantidad de dolor, permaneciendo en compañía donde no hay poder capaz de mantenerlos en respeto a todos.”

Leviatán

Glosa β: Lo que Hobbes nos entrega aquí es la antropología del Estado moderno, antropología positiva aunque pesimista, política aunque económica, la del citadino atomizado que “cuando va a dormir, echa los cerrojos de sus puertas” y “cuando se halla en su propia casa, cierra sus cofres con llave” (Leviatán). Otros nos han mostrado cómo el Estado encontró interés político en invertir en algunos decenios, al final del siglo XVII, cualquier ética tradicional, en elevar la avaricia, la pasión económica, del rango de vicio privado al de virtud social (cf. Albert O. Hirschmann). Y así como esta ética, la ética de la equivalencia, es la más nula que los hombres nunca hayan compartido, las formas-de-vida que le corresponden, el empresario y el consumidor, se destacan por una nulidad cada vez más acusada según pasan los siglos.


43 Rousseau creyó poder oponer a Hobbes el “que el estado de guerra nace del estado social”. Haciendo esto, oponía al mal salvaje del inglés su Buen Salvaje, a una antropología otra antropología, optimista esta vez. Pero el error, aquí, no era el pesimismo, era la antropología; y el querer fundar sobre ella un orden social.

Glosa α: Hobbes no forma su antropología sobre la simple observación de las trastornos de su tiempo, de la Fronda, de la revolución en Inglaterra, del naciente Estado absolutista en Francia y de la diferencia entre estos últimos. Desde hacía dos siglos, circulaban relatos de viajes y testimonios de los exploradores del Nuevo Mundo. Poco propenso a asumir como hecho originario un “estado de naturaleza, es decir, de libertad absoluta, como el de hombres que no son ni soberanos ni súbditos, esto es, un estado de anarquía y de guerra”, Hobbes manda la guerra civil que constata en las naciones “civilizadas” a una recaída dentro de un estado de naturaleza que hay que conjurar por todos los medios. Estado de guerra del que los salvajes de América, mencionados con horror tanto en De Cive como en el Leviatán, ofrecen un ejemplo repugnante, ellos que “a excepción del gobierno de pequeñas familias, cuya concordia depende de la concupiscencia natural, no tienen gobierno en absoluto, y viven hasta la fecha de manera cuasi-animal” (Leviatán).

Glosa β: Cuando tocamos en la llaga del pensamiento, el espacio entre una pregunta y su respuesta puede contarse en siglos. Fue pues un antropólogo quien, algunos meses antes de suicidarse, respondió a Hobbes. La época, que había cruzado el río de los “Tiempos Modernos”, se encontraba entonces en la otra orilla, ya profundamente comprometida con el Imperio. El texto aparece en 1977, en el primer número de Libre, bajo el título de Arqueología de la violencia. se ha intentado comprenderlo, así como su continuación La desgracia del guerrero salvaje, independientemente del enfrentamiento que en esa misma década opuso la guerrilla urbana a las viejas estructuras del Estado burgués deteriorado, independientemente de la RAF, independientemente de las BR y de la Autonomía difusa. E incluso con esta cobarde reserva, los textos de Clastres incomodan todavía.

“¿Qué es la sociedad primitiva? Es una multiplicidad de comunidades indivisas que obedecen todas a una misma lógica centrífuga. ¿Cuál es la institución que expresa y garantiza a la vez la permanencia de esta lógica? Es la guerra, como verdad de las relaciones entre las comunidades, como principal medio sociológico de promover la fuerza centrífuga de dispersión contra la fuerza centrípeta de unificación. La máquina de guerra es el motor de la máquina social, el ser social primitivo descansa enteramente sobre la guerra, la sociedad primitiva no puede subsistir sin la guerra. Cuanto mayor es la guerra, menor es la unificación, y el mejor enemigo del Estado es la guerra. La sociedad primitiva es sociedad contra el Estado en cuanto que es sociedad-para-la-guerra. Aquí nos vemos otras vez llevados hacia el pensamiento de Hobbes. […] Él supo ver que la guerra y el Estado son términos contradictorios, que no pueden existir juntos, que cada uno implica la negación del otro: la guerra impide el Estado, el Estado impide la guerra. El error, enorme pero casi inevitable en un hombre de su tiempo, fue haber creído que la sociedad que persiste en la guerra de todos contra todos no es precisamente una sociedad; que el mundo de los Salvajes no es un mundo social; que, por consiguiente, la institución de la sociedad pasa por el fin de la guerra, por la aparición del Estado, máquina antiguerrera por excelencia. Incapaz de pensar el mundo primitivo como un mundo no-natural, Hobbes en cambio vio que no se puede pensar la guerra sin el Estado, que se debe pensarlos en una relación de exclusión.”


44 La irreductibilidad de la guerra social en la ofensiva jurídico-formal del Estado no reside marginalmente en el hecho de que subsiste siempre una plebe por pacificar, sino centralmente en los medios mismos de esta pacificación. Las organizaciones que toman al Estado como modelo conocen así, bajo el nombre de “informal”, aquello que en ellas depende justamente del juego de las formas-de-vida. En el Estado moderno, esta irreductibilidad se manifiesta mediante la extensión infinita de la policía, es decir, de todo aquello que tiene la carga vergonzosa de realizar las condiciones de posibilidad de un orden estatal tan vasto como impracticable.

45 En cada instante de su existencia, la policía recuerda al Estado la violencia, la trivialidad y la oscuridad de su origen.

Glosa α: Desde la creación por Luis XIV de la lugartenencia de París, la práctica de la institución policial no ha cesado de confirmar la manera en que el Estado moderno progresivamente ha creado su sociedad. La policía es la fuerza que interviene “donde algo no marcha”, es decir, donde un antagonismo entre formas-de-vida, un salto de intensidad política se abre luz. Con el pretexto de preservar con su brazo policial un “tejido social” que destruye con el otro, el Estado se presenta entonces como mediación existencialmente neutra entre las partes y se impone, a través de la desmesura misma de sus medios coercitivos, como el terreno pacificado del enfrentamiento. Es así como, en función de este escenario invariable, la policía ha producido el espacio público, como espacio cuadriculado por ella; y es así como el lenguaje del Estado se ha extendido a la cuasi-totalidad de la actividad social, se ha vuelto el lenguaje social por excelencia.

Glosa β: “La vigilancia y la previsión de la policía tienen la finalidad de mediar al individuo con la posibilidad universal que está dada para alcanzar los fines individuales. Tiene que preocuparse por el alumbrado de las calles, la construcción de puentes, la taxación de las necesidades cotidianas, así como por la salud. Ahora bien, aquí prevalecen dos puntos de vista principales. Uno afirma que la vigilancia sobre todo lo demás corresponde a la policía, el otro, en esta materia, que la policía nada tiene que determinar, puesto que cada uno se rige en función de la necesidad del otro. Ciertamente, el individuo particular tiene que tener el derecho de ganarse su pan de esta o aquella manera, pero, por otra parte, también el sector público tiene el derecho de exigir que lo que es estrictamente necesario sea provisto de manera conveniente.”

Hegel

Principios de la filosofía del derecho

(adición al § 236), 1833


46 El Estado moderno ha fracasado de tres maneras: como Estado absolutista primero, como Estado liberal luego, y en breve como Estado benefactor. El paso de uno a otro se comprende sólo en relación con tres formas sucesivas, y correspondientes punto por punto, de la guerra civil: la guerra de religión, la lucha de clases, el Partido Imaginario. Cabe señalar que el fracaso en cuestión no reside en absoluto en el resultado, sino que es el proceso mismo, en toda su duración.

Glosa α: Acabado el primer momento de pacificación violenta, instaurado el régimen absolutista, la figura del soberano encarnado permanecía como el símbolo inútil de una guerra pasada. En lugar de actuar en el sentido de la pacificación, éste provocaba, por el contrario, el enfrentamiento, el desafío, la revuelta. La asunción de su forma-de-vida singular —“ésta es mi voluntad”— tenía como precio, muy evidentemente, la represión de todas las demás. El Estado liberal corresponde a la superación de esta aporía, la aporía de la soberanía personal, pero a la superación de ésta sobre su propio terreno. El Estado liberal es el Estado frugal, que pretende no estar ahí más que para asegurar el libre juego de las libertades individuales y con este fin empieza por arrebatar a cada cuerpo intereses, para luego atarlo a ellos y reinar apaciblemente sobre este nuevo mundo abstracto: “la república fenoménica de los intereses” (Foucault). Dice no existir más que para el buen orden, el buen funcionamiento de la “sociedad civil” que él mismo ha creado fragmento tras fragmento.

Curiosamente, se constata que la época dorada del Estado liberal, que se extiende de 1815 a 1914, correspondió a la multiplicación de los dispositivos de control, a la puesta en vigilancia continua de la población, a la disciplinarización general de ésta, a la sumisión consumada de la sociedad a la policía y a la publicidad. “Esas famosas grandes técnicas disciplinarias que toman a su cargo el comportamiento de los individuos día por día y hasta en el más fino de los detalles son exactamente contemporáneas, en su desarrollo, en su explosión, en su diseminación a través de la sociedad, contemporáneas exactamente de la era de las libertades.” (Foucault) Y es que la seguridad es la condición primordial de la “libertad individual”, aquella que no es nada a fuerza de detenerse donde comienza la de los demás. El Estado que “quiere gobernar sólo lo suficiente para poder gobernar lo menos posible” debe, de hecho, saberlo todo, y desarrollar un conjunto de prácticas, de tecnologías para ello. La policía y la publicidad son las dos instancias con las cuales el Estado liberal volverá para sí transparente la opacidad fundamental de la población. Vemos aquí de qué manera insidiosa el Estado liberal impulsará a su perfección al Estado moderno, poniendo como pretexto que tiene que poder estar en todas partes para no tener que estar efectivamente en todas partes, que tiene que saber todo para poder dejar libres a sus sujetos. El principio del Estado liberal podría formularse así: “Para que el Estado no esté en todas partes, hace falta que el control y la disciplina lo estén.” “Y el gobierno, limitado en principio a su función de vigilancia, sólo tendrá que intervenir cuando vea que algo no pasa como lo quiere la mecánica general de los comportamientos, de los intercambios, de la vida económica, etc. […] El Panóptico es la fórmula misma de un gobierno liberal.” (Foucault, Nacimiento de la biopolítica) La “sociedad civil” es el nombre que el Estado liberal dará a continuación a aquello que será su producto y su afuera al mismo tiempo. No nos extrañaremos, por consiguiente, de que un estudio sobre los “valores” de los franceses crea poder concluir, sin tener jamás la impresión de estar enunciando una paradoja, que en 1999 “los franceses están cada vez más atados a la libertad privada y al orden público” (Le Monde, 16 noviembre de 2000). Evidentemente, entre los idiotas que aceptan responder a un sondeo, que por tanto creen todavía en la representación, exista una mayoría de enamorados infelices, emasculados del Estado liberal. En suma, la “sociedad civil francesa” no designa sino el buen funcionamiento del conjunto de las disciplinas y regímenes de subjetivación autorizados por el Estado moderno.

Glosa β: Imperialismo y totalitarismo marcan las dos maneras con las que el Estado moderno intentó saltar por encima de su propia imposibilidad, mediante la huida hacia delante en la expansión colonial más allá de sus fronteras primero, y después mediante la profundización intensiva de su penetración en el interior de sus propias fronteras. En todos los casos estas reacciones desesperadas del Estado, que pretendía tanto más ser todo a medida que tomaba consciencia de hasta qué punto ya no era nada, tuvieron su conclusión en las formas de guerra civil que él sostenía que lo habían precedido.


47 La estatización de lo social tenía que pagarse fatalmente con una socialización del Estado, y por tanto llevar a la disolución respectiva del Estado y la sociedad. se llama “Estado benefactor” a esta indistinción en la cual ha sobrevivido un tiempo, en el seno del Imperio, la forma-Estado caducada. En el desmantelamiento actual de éste, se expresa la incompatibilidad del orden estatal y de sus medios (la policía y la publicidad). Asimismo, entonces, ya no hay sociedad, en el sentido de una unidad diferenciada; ya sólo hay un amontonamiento de normas y dispositivos mediante los cuales mantienen juntos los pedazos dispersos del tejido biopolítico mundial; mediante los cuales se previene cualquier desintegración violenta de éste. El Imperio es el gestor de esta desolación, el regulador último de un proceso de implosión tibia.

Glosa α: Existe una historia oficial del Estado en la que éste aparece como el único protagonista, en la que los progresos del monopolio estatal de lo político son unas de tantas batallas ganadas sobre un enemigo invisible, imaginario, y precisamente sin historia. Existe luego una contrahistoria, hecha desde el punto de vista de la guerra civil, en la que lo que está en juego en todos esos “progresos”, la dinámica del Estado moderno, se deja entrever. Esta contrahistoria muestra un monopolio de lo político constantemente amenazado por la reconstitución de mundos autónomos, de colectividades no-estatales. Todo lo que el Estado ha abandonado a la esfera “privada”, a la “sociedad civil”, y que ha decretado como insignificante, no-político, deja siempre suficiente espacio al libre juego de las formas-de-vida como para que el monopolio de lo político parezca, en uno u otro momento, disputado. Es así como el Estado es llevado a asediar, rastreramente o con un gesto violento, la totalidad de la actividad social, a hacerse cargo de la totalidad de la existencia de los hombres. Y es entonces que “el concepto del Estado al servicio del individuo saludable se sustituye con el concepto del individuo saludable al servicio del Estado” (Foucault). En Francia esta inversión se obtuvo ya cuando fue votada la ley del 9 de abril de 1898 que concierne a “la responsabilidad de los accidentes de los que son víctimas los obreros durante su trabajo”, y a fortiori la ley del 5 de abril de 1910 sobre la jubilación de los obreros y campesinos, que establece el derecho a la vida. Tomando de esta manera el lugar, a lo largo de los siglos, de todas las mediaciones heterogéneas de la sociedad tradicional, el Estado debía obtener el resultado inverso al pretendido, y finalmente sucumbir a su propia imposibilidad. Queriendo concentrar el monopolio de lo político, lo había politizado todo; todos los aspectos de la vida se habían vuelto políticos, no en sí mismos en cuanto contenidos singulares, sino precisamente en cuanto que el Estado, tomando en ellos posición, también se había constituido aquí como un partido. O de cómo el Estado, llevando por todas partes su guerra contra la guerra civil, ha propagado sobre todo la hostilidad en su lugar.

Glosa β: El Estado benefactor, que toma primero el relevo del Estado liberal en el seno del Imperio, es el producto de la difusión masiva de las disciplinas y regímenes de subjetivación propios del Estado liberal. Sobreviene en el momento en que la concentración de esas disciplinas y regímenes —con la generalización de las prácticas de las aseguradoras, por ejemplo— alcanza tal grado en “la sociedad” que ésta ya no consigue distinguirse del Estado. Los hombres han sido socializados entonces hasta tal punto, que la existencia de un poder separado, personal, del Estado llega a ser un obstáculo para la pacificación. Los Bloom ya no son sujetos, ni económicos ni aún menos de derecho: son creaturas de la sociedad imperial; es por esto que en primer lugar deben ser tomados a cargo en cuanto seres vivos para poder a continuación seguir existiendo ficticiamente en cuanto sujetos de derecho.

Publicado originalmente en Tiqqun 2


Introducción a la guerra civil (I)

Introducción a la guerra civil (parte III)

Introducción a la guerra civil (IV)

Comité Invisible: Ahora (2018)

Comité Invisible: A nuestros amigos (2014)

Norbert Trenkle: Lucha sin clases. ¿por qué el proletariado no resurge en el proceso de crisis capitalista?*

Gilles Dauvé y Karl Nesic: Comunización (2011)

Pin It

Related Posts

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *