¿Capitalismo o capitalismos?

by • 31 enero, 2019 • Artículos, Coyuntura política, EconomíaComments (0)229

En general, la palabra capitalismo se reserva para los sistemas socioeconómicos surgidos tras las revoluciones burguesas y tras las revoluciones industriales y comerciales que acompañaron al movimiento de la República holandesa de las Provincias Unidas en los últimos veinte años del siglo XVI.

Más frecuentemente, se identifica el origen del capitalismo con la denominada Gloriosa Revolución que, en los años 1688-1689, puso fin al régimen absolutista en Inglaterra, y con la revolución industrial que en las décadas posteriores caracteriza a esta nación.

Las más de las veces se niega la calificación de capitalismo a esas componentes sociales que prácticamente en toda época y un poco por todas partes han ejercido actividades financieras, teniendo como objetivo conseguir beneficios y rentas, así como acumulación y concentración de riquezas.

Considerando el grueso de las pruebas aportadas por los historiadores, economistas y arqueólogos, parecería más razonable reconocer que el capitalismo es un fenómeno surgido en la noche de los tiempos, y más antiguo que la moneda y que la historia documentada de la escritura.

Pruebas, documentos y hallazgos demuestran claramente que mucho antes del siglo IV antes de nuestra era fue introducida la moneda acuñada o que alrededor del tercer milenio ya se desarrollaron las primeras formas de escritura, y existía actividad de tipo industrial, comercial y financiera organizada, gestionada por componentes sociales orientados al enriquecimiento y a la concentración de riqueza.

En qué época se pueden situar las primeras actividades productivas con carácter de negocio, es decir organizadas y gestionadas con fines de beneficio y de renta y, por tanto, de acumulación de riqueza, solo puede ser materia de hipótesis.

No parece sensato todavía negar que los presupuestos para el ejercicio empresarial en diferentes sectores existían ya con la denominada revolución agrícola, o sea, con el paso a la agricultura organizada para la producción y venta de reservas alimentarias más que para el consumo inmediato de productos de la tierra.

Este tipo de agricultura implicaba inversiones, organización y gestión de recursos materiales, humanos y financieros, para la realización del riego y la canalización, y para todas las fases de la actividad agrícola, sobre todo de la extensiva y a gran escala, como en el caso de los cereales.

Otros aspectos técnicos, referidos a las actividades productivas y comerciales, además de las organizativas, de gestión, contables y burocráticas, se añadieron las jurídico-institucionales, referentes si no con certeza al menos con una razonable garantía de derechos personales y materiales de cuantos desarrollaban tales actividades y percibían y gestionaban sus frutos.

Todas estas actividades conllevaban también un aspecto financiero que, en ausencia de moneda acuñada, durante milenios se ha basado exclusivamente en formas crediticias con referencia a aquellas que los historiadores y economistas modernos y contemporáneos definen como monedas de cuenta.

Incluso el crédito hay que considerarlo en cualquier época como el elemento básico de eso que ha sido definido como capitalismo. Posee varios aspectos que pueden en conjunto entrar de alguna manera en la noción de confianza, y comprende todas las fases de las actividades comerciales, desde la acumulación hasta el préstamo, a la inversión, a las modalidades de desarrollo del cambio, tanto para la adquisición de factores productivos como para la colocación del producto acabado.

Hay que decir que desde las épocas más antiguas se sabía de los efectos negativos de la acumulación y concentración de la riqueza en manos de quien desarrollaba actividades comerciales, tanto que fueron condenados por filósofos como Platón o Aristóteles, que los denominaron crematística.

Que ya en tiempos remotos la orientación hacia la transferencia de riquezas de los más pobres a los más ricos comportase a la larga condiciones insostenibles de desigualdad, sufrimiento, miseria y reducción a la esclavitud está comprobado por los denominados edictos jubilares.

Estos edictos, aparecidos hace al menos cinco mil años en las primeras sociedades urbanas grandes, concedían periódicamente la condonación de las deudas, la restitución de las tierras y la liberación de los esclavos, con el fin de conjurar el progresivo empobrecimiento de los pequeños y medianos propietarios de tierras e impedir la concentración de bienes en pocas manos.

Es posible saber algo de cuanto sucedía a partir del tercer milenio porque esa es la época del nacimiento de la escritura.

Para las épocas precedentes, se puede aventurar la hipótesis de que el reparto menos desigual de los bienes de los que eran expropiados quienes no podían hacer frente a sus deudas, añadiendo a ello la libertad personal, probablemente tuviera que ver con situaciones económicas precedentes.

En las sociedades humanas más antiguas, en la que la caza y la recolección de frutos salvajes de la tierra tenían un papel preponderante, era probablemente menos fácil, menos ambicioso y menos racional acumular y centralizar riquezas en las propias manos, y no en las organizaciones sociales, sobre todo en el caso del cultivo extensivo de cereales.

En época contemporánea, al contrario que en el pasado lejano, sobre todo en las fases más recientes, no están previstos antídotos drásticos contra la concentración de riqueza y el crecimiento de las desigualdades como en los años jubilares, sino formas más o menos blandas, si no ilusorias o engañosas, del denominado liberalismo compasivo.

El razonamiento hasta aquí expuesto no tiende a sostener que el capitalismo sea tan antiguo como la humanidad o que su destino sea inevitable. Lo que se ha intentado destacar es la presencia de algunos elementos de semejanza y persistencia en sociedades y épocas por otro lado muy difíciles e incomparables.

Por otro lado, lo que se denomina capitalismo puede ser llamado tranquilamente con uno o más términos diferentes. Un evento como la declaración de la inconvertibilidad del dólar, en 1971, puede verse como una evolución del capitalismo o como el fin de un sistema y el comienzo de otro. Todo depende de la importancia que se atribuya a una cierta mutación y a sus consecuencias.

Argumentaciones análogas pueden valer para cada una de las grandes crisis de 1929 o 2008, o para las dos guerras mundiales o para el nacimiento de la Unión Soviética o para cada una de las revoluciones políticas e industriales que han caracterizado al nacimiento y transformación del denominado capitalismo moderno.

El crédito y la inestabilidad

Entre las numerosas posibilidades de aproximación y representación de la realidad socioeconómica, puede resultar útil redibujar y considerar los elementos persistentes en las actividades humanas y en su estructura organizativa, con el fin de investigar qué factores pueden ser susceptibles de evolución, reformas o revoluciones en el sentido de mejora, sostenibilidad y duración.

En tal contexto, la historia de la economía y las finanzas, incluso en las épocas más remotas, puede permitirnos darnos cuenta de cuáles son los aspectos permanentes y fundamentales, y cuáles son solamente provisionales, accesorios y secundarios, aunque relevantes, en la estructura y evolución de la economía de las sociedades humanas.

Ciertamente, en el ámbito de eso que se denomina capitalismo, desarrolla un papel fundamental por el ansia de beneficio y de enriquecimiento, aparte de la tendencia al ejercicio de empresa y, si no exactamente al azar y a la destrucción creadora, por lo menos al riesgo más o menos razonable en la identificación y previsión de las oportunidades de negocio y de beneficio.
Para equilibrar lo que Keynes llega a definir como “animal spirits” de las clases emprendedoras, persisten otros factores como la confianza, la seguridad, la convivencia o el goce de los bienes propios.

En épocas y lugares en los que no había garantía de la propia integridad y libertad personal ni del derecho a la posesión y disfrute de los bienes fruto de la iniciativa propia o del propio trabajo, evidentemente eso que se denomina capitalismo, o como quiera llamarse, o no existe o tiene un papel marginal o precario.

El ahorro, el préstamo, la inversión, el intercambio y, en general, todas las expresiones de la actividad productiva y comercial, y de los negocios y las finanzas se basan en una condición, considerada bastante satisfactoria y suficiente de garantía, si no de certeza, de los propios derechos personales y patrimoniales.

En por ello superfluo insistir en que tal garantía, que incluso parece el fundamento si no el acta de nacimiento del capitalismo moderno, todavía no es absoluta y está continuamente sujeta a cuestionamiento, las más de las veces gradualmente, sobre todo como consecuencia de hechos económicos traumáticos, políticos o económico-políticos.

No por casualidad, lo que se ha definido como destrucción creadora, o sea la continua puesta en duda de elementos alcanzados fatigosamente, constituye un peculiar aspecto distintivo de la evolución del capitalismo.

Queda todavía el hecho de que las actividades comerciales requieren condiciones mínimas de seguridad, en ausencia de las cuales no podrían desarrollarse las contrataciones, los intercambios ni las acciones de ahorro, préstamo e inversión en las que se exteriorizan.

Sobre el papel central otorgado al crédito en el ámbito del capitalismo, hay que decir que se ha hecho todavía más relevante en el capitalismo moderno, surgido tras las revoluciones burguesas.

Antes de la legalización y expansión del préstamo con interés, de los sistemas bancarios modernos, de la multiplicación de depósitos y del papel moneda, de los valores y, últimamente, de la moneda virtual, esto no hubiera sido posible. A pesar de ello, o seguramente a causa de ello, permanecen en condiciones de incertidumbre e inestabilidad prácticamente en cualquier punto y fase del capitalismo, incluso en las condiciones actuales que de hecho parecerían su triunfo sobre el estado actual contemplado como superación definitiva de toda posible alternativa.
La incertidumbre e inestabilidad de los valores, del volumen de negocios y de beneficios y, en consecuencia, también de la propiedad sobre todo empresarial (pero no únicamente) parece paralela a la existencia misma del capitalismo moderno, todavía más que a cualquiera de los anteriores, de la acumulación originaria y del Antiguo Régimen.

En particular, la legalización del mecanismo de multiplicación de los depósitos y de todas las formas de proliferación de valores e instrumentos financieros ha introducido un potentísimo factor de transferencia sustancial a gran escala de riqueza a favor de las clases financieras.

Se trata de un auténtico proceso de expropiación en perjuicio de los demás componentes sociales, pero sobre todo de aquellos menos susceptibles de defenderse y reaccionar de manera eficaz.

Los multiplicadores de depósitos e instrumentos financieros crean valores añadidos que no nacen de la riqueza producida y ahorrada sino simplemente de mecanismos de azar, típicos de los sistemas bancarios y financieros modernos, a través de los que se presta riqueza a otros, confiando en el hecho de que estos últimos no pidan su restitución.

No por casualidad el historiador Marc Bloch era propenso a identificar incluso en tales características la definición misma de capitalismo moderno: “Retrasar los pagos o los reembolsos y amontonar constantemente estos retrasos de unos sobre los otros, tal ha sido de hecho el gran secreto del régimen capitalista moderno, cuya definición más exacta es la de un régimen que moriría en caso de una verificación simultánea de todas las cuentas”.

Los mecanismos de multiplicación crean valores monetarios que no tienen como base actividad productiva sino actos de creación de la nada y, como tales, constituyen un potencial inflacionista que, sin embargo, normalmente no se emplea sino en mínima cantidad, en la adquisición de bienes inmobiliarios, empresas y productos financieros, frecuentemente con fines especulativos, más que de inversión a largo plazo en actividades productivas.

Parece bastante indiscutible que en la década a caballo del inicio del tercer milenio se ha producido una transformación sin duda relevante de los sistemas capitalistas, al menos por la entidad de los valores en juego.

Tal transformación ha comportado o por lo menos acentuado el carácter de sistema a tracción financiera del capitalismo moderno, por el hecho de que incluso de manera provisional, las componentes financieras más agresivas han asumido un papel preponderante respecto a las actividades comerciales más tradicionales.

Y cada vez con más claridad los hechos pueden confirmar no solo la perenne inestabilidad del capitalismo moderno sino también su congénita imposibilidad de hacer cuadrar las cuentas y restituir a cada uno lo suyo, tanto que toda petición seria de rendición de cuentas se convierte en una catástrofe.

El crédito y la tutela de los ahorradores

La historia del sistema capitalista moderno parece demostrar de forma suficientemente inequívoca que su funcionamiento normal, si no óptimo, reside en que se encuentre constantemente en condiciones de expansión. Tales condiciones han sido diversamente aseguradas en el curso de su evolución.

Las aplicaciones del progreso científico y tecnológico, la explotación del trabajo esclavizado y de las materias primas de las colonias o la continua búsqueda de fuentes de recursos materiales y humanos al más bajo costo posible, han sido la modalidad en la que de vez en cuando se ha expresado su vocación expansionista.

Otro dato constante del capitalismo moderno es la expansión del crédito que, en virtud del mecanismo de multiplicación de los depósitos, es una suerte de motivo central y de apoyo permanente al desarrollo de las actividades productivas y comerciales.

En periodos de estancamiento o ralentización en las tasas de incremento de los volúmenes de negocio, en ausencia de crisis graves con caída general de la confianza e incluso en la solidez y en la capacidad de reembolso de la banca, el multiplicador de depósitos ha seguido funcionando como factor de expansión del sistema económico.

Por el contrario, en situaciones de grave crisis, incluso esta fuente, además de agotarse, tiende a provocar una disminución traumática de la disponibilidad líquida de los sistemas bancarios y, con ello, una caída general de los valores monetarios de bienes, o sea, de la riqueza. Algo así sucedió tras la caída de la banca de negocios Lehman Brothers y de la bancarrota de las empresas bancarias y de seguros que han caracterizado la gran crisis de 2008.

La intervención de gobiernos y bancos centrales ha consistido, aparte del salvamento y nacionalización temporal con dinero del contribuyente, en el restablecimiento de la confianza en los sistemas bancarios y financieros, y en la inyección en ellos de ingentes cantidades de medios líquidos a buen precio. Se ha podido constatar, un poco por todas partes, una clamorosa confirmación de la validez de la teoría keynesiana de las trampas de la liquidez.

En sustancia, ha sucedido que empresarios y consumidores han demostrado ser enormemente propensos no solo a endeudarse incluso con tasas convenientes para expandir volúmenes de negocios y adquisiciones de bienes de consumo, sino también a utilizar para tales objetivos los capitales de su propiedad.

Expectativas nada ilusionantes sobre beneficios y volúmenes de negocio y perspectivas negativas sobre réditos futuros son factores de incertidumbre que inducen a la prudencia y tienden a deprimir las compras, tanto de bienes de inversión como de bienes de consumo. Estos factores de alguna manera se han traducido en tendencias deflacionistas, o sea, en caídas del nivel general de precios.

La incertidumbre y la desorientación de los ahorradores e inversores han sido inducidas por las decisiones de gobiernos y bancos centrales de endosarles gran parte de las pérdidas derivadas del crac bancario causado por la mala gestión del crédito y de la indulgencia en finanza creativa y productos financieros derivados de parte de sujetos ya fuertemente dañados y quemados por las recientes experiencias negativas.

Gobiernos y bancos centrales demuestran una singular ineptitud e ineficacia al buscar y perseguir a los responsables de las nefastas gestiones bancarias, y también de auténtica estafa a los ahorradores e inversores, mientras no dudan en descargar sobre estos últimos, incluso con efecto retroactivo, pérdidas y costes causados por otros. Gobiernos y bancos centrales todavía se muestran menos propensos a introducir reglamentaciones y controles verdaderamente eficaces sobre el ejercicio del crédito, que resultarían idóneos para impedir la mala gestión y la producción de préstamos envenenados.

Por extraño que pueda parecer, las autoridades gubernamentales y monetarias no se han esforzado en intentar impedir la aparición de créditos sin fondos, sino que solo han curado las heridas y, cuando conviene, han alejado o sustituido a los responsables.

También es muy raro que se pongan a trabajar eficazmente para intentar reparar al menos en parte el daño causado, empresa a decir verdad bastante incierta. Salvo errores, no se habla nunca y, por ello, no se ha contemplado jamás la posibilidad de introducir normas tendentes a prevenir la irrupción de sufrimientos y la gestión alegre, clientelar y amistosa del crédito.

Más que un tabú, parece un argumento de marcianos. Y se puede intentar en cierta medida, si no eliminar, al menos limitar este género de daños.

Se puede prever la presencia en los consejos de administración y en los otros órganos de decisiones de la banca, de miembros nombrados por los bancos centrales, que dependen exclusivamente de ellos tanto para los nombramientos como para los ascensos, así como para las gratificaciones.

Por lo que respecta a los órganos de control formalmente externos a las empresas bancarias, o sea, las comisiones de revisión y certificación, se eliminaría la anomalía por la que su independencia de juicio es objetivamente menguada o invalidada por el hecho de ser nombradas y pagadas por la misma empresa a la que deben controlar.

Esta extravagancia podría evitarse previendo que los encargos sean asignados por sorteo y que tales órganos respondan ante la autoridad monetaria o ante otro órgano público de control.

En cuanto a los órganos de control interno de las entidades bancarias, o sea, los auditores, el control de gestión y los departamentos de análisis de los recursos crediticios de los demandantes de préstamo y de gestión de las relaciones con la clientela deberían gozar de tutela y garantías por parte de los órganos públicos de control por lo que concierne a las sedes de trabajo, promociones y retribuciones.

Resulta como poco inoportuno que el personal encargado de la concesión de créditos, de su gestión y del control y de la resolución de irregularidades, esté expuesto a las presiones de los directivos a los que están jerárquicamente subordinados.

Nada, obviamente, garantiza que medidas de este género puedan ser plenamente resolutivas.

Pero, por un lado intentarlo no perjudica y, por otro, se trataría en cualquier caso de actos debidos a la defensa del ahorro que, en teoría, en ordenamientos jurídicos como el italiano, tendrían incluso la tutela constitucional.

Francesco Mancini

Publicado originalmente en Tierra y Libertad, N° 365-366, Diciembre 2018 – Enero 2019


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