El imaginario revolucionario. Una aproximación a las propuestas de Eduardo Colombo (Español/Portugues)

by • 8 octubre, 2018 • Artículos, Coyuntura política, Historia anarquista, Organización, Reflexiones, Teoria políticaComments (0)545

Introducimos en el siguiente texto al pensamiento de Eduardo Colombo, desgraciadamente, fallecido este mes de marzo de 2018, un teórico y militante anarquista con grandes conocimientos en filosofía política, sociología y psicología, cuya obra realiza una aproximación a las fundamentales ideas de imaginario social y espacio público; frente a la apatía política y la desesperanza social de gran parte de la sociedad, como él insistía, se impone la necesidad de extender un imaginario colectivo revolucionario que reproduzca los rasgos de una sociedad verdaderamente libre.

Los hombres creen que llegará un día en que serán libres e iguales cuando hayan destruido los obstáculos que le impiden serlo, sin darse cuenta que sólo lo son mientras luchan para conseguirlo. Gustav Landauer

Recordaremos en primer lugar el concepto de «bloque imaginario» o «imaginario social», cuando se alude al funcionamiento de la sociedad sobre la base de una serie de ideas y valores que se organizan como una especie de «campo de fuerza» que atrae y orienta los diversos contenidos de todo un universo de representaciones (expresado en instituciones, ideologías, mitos o formas sociales); cuando se consolida ese universo, supone una evidente limitación para el pensamiento y la acción. El imaginario social, no obstante, posee también una carga creadora basada en la realidad que vive el ser humano, no en fantasías o ilusiones. El bloque imaginario triunfante después de la caída del bloque soviético se basó primordialmente en que las únicas posibilidades reales eran ya la democracia representativa, el liberalismo y la economía de libre mercado.
Eduardo Colombo considera que existe en la sociedad un imaginario revolucionario (es decir, verdaderamente progresista), aunque no de una manera unívoca, al igual que también se producen los imaginarios conservador y reformista. Resulta francamente difícil tener una opinión sobre el comportamiento humano, y sobre las instituciones y la historia, desde un punto de vista independiente de nuestros propios valores, deseos y prejuicios; no obstante, es el peso de los argumentos, un juicio sólido y el conocimiento lo que nos permite acercarnos a una comprensión razonable del mundo en que vivimos. Así, no hay posición más sumisa, ni mayor obstáculo al «libre examen», que la que se pliega al pensamiento establecido y a los consecuentes paradigmas sociales y políticos; insistiremos una vez más, al igual que hace Colombo, que el ejercicio de la razón es tributario de un pensamiento verdaderamente crítico.

Colombo insiste en la capacidad simbólico-instituyente de los seres humanos, lo que llamamos el «imaginario social»; cuando esta potestad queda acaparado por una minoría, o a veces también por una mayoría, que es la que impone la ley al conjunto de la sociedad es cuando nace el Estado (el poder político); a la posición anarquista de Colombo le es indiferente si el origen y justificación de dicho poder son religiosos, naturalistas o democráticos (en su vertiente representativa). Los movimientos anarquistas se esforzaron por transferir al colectivo social esa capacidad de decisión, combatiendo así el poder colectivo concentrado en pocas manos; solo los explotados y oprimidos, por su propia condición social, podían ser la fuente de una transformación revolucionaria. No resulta muy sensato que los ricos y poderosos renuncien a sus riqueza y al poder; volvemos de nuevo al concepto de «imaginario social», por lo que los valores y aspiraciones de una sociedad jerárquica (son los de dominadores y sometidos) son los que ese encarnan en la instituciones y, a pesar de ello y aunque sea de forma extraordinaria, se siguen produciendo sublevaciones (producto del imaginario revolucionario).

Es el imaginario revisionista, concretado en el pensamiento neoliberal, el que niega toda tentación revolucionaria equiparándola inmediatamente con el totalitarismo. Colombo nos recuerda que las revoluciones no son solo hechos históricos, sino momentos necesarios en la vía para un cambio radical en la sociedad jerárquica; por supuesto, es una visión netamente anarquista, pero de una profundidad revolucionaria incuestionable. No es casualidad que el anarquismo resulte despreciado y vilipendiado por el revisionismo histórico, sea conservador, reformista o cuestionablemente revolucionario (por autoritario). Solo el anarquismo resulta verdaderamente transformador, ya que el lenguaje del poder es siempre el del estatismo y la sujeción; sea la Iglesia o el Estado, en cualquiera de sus formas, los que ejercen el poder siempre existen límites de todo tipo para el ser humano (el cuerpo, la moral, la democracia…). Colombo considera, al igual que Landauer, que existen dos formas en que la historia interviene en las pasiones humanas: una es la historia que se enseña en la escuela (los detritus del pasado) y otra es la fuerza que nos propulsa concretada en nuestros deseos y pasiones. Insistamos en el imaginario revolucionario anarquista, obviado también a nivel histórico por la visión simple y maniquea del revisionismo neoliberal, con el modelo político de la democracia representativa, que considera que «toda revolución está preñada de jacobinismo, leninismo y totalitarismo».

Tal y como lo ve Colombo, el anarquismo jamás idealizó al pueblo, ni tuvo una visión romántica del proletariado; muy al contrario, solo es posible ver que la mayor parte de las personas tienen una visión de la vida sencilla y, en gran medida, conservadora. El imaginario social predominante asegura la institucionalización autoritaria garantizando la obediencia y la sumisión. No obstante, el imaginario revolucionario produce «momentos fuertes» en la historia en los cuales se produce una nueva institucionalización de lo social y la acción humana desplaza los límites de lo posible; a pesar de ello, esos momentos revolucionarios acaban instaurando un nuevo orden en el que se aplastan los movimientos marginales y aseguran una nueva domesticación. A pesar de que los trabajadores se acabaron integrando en la sociedad moderna de forma mayoritaria en el nuevo imaginario (división entre sociedad y Estado, igualdad solo formal ante la ley, democracia representativa, sacralización de la propiedad privada…), no se logra acabar del todo con los deseos sociopolíticos de la plebe (igualdad de hecho, democracia directa, delegación con mandato controlable y revocable…). El anarquismo, nacido en el siglo XIX, combatió siempre toda explotación y dominación, también el imaginario social que incluye las formas propias de la democracia representativa; el imaginario revolucionario anarquista, que debe formar parte siempre de los movimientos libertarios, está formano por una libertad construida con la base de la igualdad, el rechazo a dominar o a ser dominado, la desaparición del Estado y de la propiedad privada, el antiparlamentario, la acción directa y la lucha de clases. Son las señas de identidad ácratas que Colombo considera inexcusablemente recuperables, ya que el poderoso imaginario neoliberal puede haber influido también sobre los movimientos revolucionarios. El imaginario social que ha caracterizado el proyecto de la modernidad, como todo paradigma histórico, es susceptible de ser vulnerado y volver a confiar en las ideas como motor para la acción revolucionaria.

Por lo tanto, hay que comprender la crítica radical que realiza el anarquismo, no solo al poder instituido, también al imaginario que lo sustenta; su reproducción simbólica y la servidumbre que genera por costumbre establecida. El poder político, aunque pretende presentarse como incontestable al ceñirse a un marco preestablecido, es susceptible de todo tipo de análisis y, como es lógico, es solo producto de la contingencia histórica y humana. Insistiremos en que Eduardo Colombo considera que el poder político, al margen de la forma institucional que tome (sea tiranía o sea democracia representativa) es «la consecuencia de la expropiación efectuada por una minoría de la capacidad de autoinstituirse, que es propia del colectivo humano»; a pesar de ello, el expropiador del poder social quiere presentarse como si la sociedad se debiera a su existencia. Colombo denuncia que toda la filosofía política, clásica y moderna, es un esfuerzo para justificar y legitimar el derecho de coerción inherente al poder político. A pesar de ello, junto a ese derecho a la dominación se produce de forma paralela un derecho a la resistencia, el cual parece haberse manifestado siempre enfrentado al primero. Resulta muy reivindicable una espacio político no jerarquizado en el que los seres humanos pueden reconocerse como libres e iguales, «el espacio político de la anarquía». El movimiento anarquista, según Colombo, debe esforzarse en reflexionar sobre las formas institucionales que se producirían en una sociedad libertaria;el anarquismo es  una teoría política, ya que lo que suprime en realidad es la coacción y no la política en sí, y de forma consecuente es también una ética y un ethos (el lugar donde habitaría esa deseable sociedad).

El movimiento anarquista puede orientar una transformación social en sentido libertario gracias a la acción de cada momento del presente; aunque mucha gente, debido a que no perciben cotidianamente la construcción del proceso, tienen la impresión de que se trata de una irrupción brusca, es en realidad producto del trabajo de una difusión de ideas y de formas organizativas de carácter práctico. Colombo insiste, y resulta tremendamente importante comprender esto, en que todos estamos socializados; es decir, vivimos y estamos impregnados de los valores de una sociedad jerárquica. Es por eso que los anarquistas, aunque obviamente rebeldes e insumisos en gran medida, también deben luchar contra un bloque imaginario que tienen interiorizado. Desde ese punto de vista, se comprende que tiene que haber una transformación radical de la sociedad, y consecuentemente de los seres humanos, para vivir en una auténtica comunidad libre. Volvemos a la necesidad de una imaginario revolucionario que transgreda la apatía política y la profunda desesperanza que sufre una gran parte de la sociedad. Las ideas, para ser verdaderamente eficaces, deben estar estrechamente relacionadas con los deseos y emociones de los seres humanos; así, aunque la idea de emancipación social hace tiempo que existe, aparece hoy como utópica en el sentido de estar desligada de la vida colectiva. Colombo recuerda que la ideas deben integrarse en la realidad cotidiana a través de los procesos sociales en que las personas se involucran; mediante la insurrección colectiva, se quiebra el imaginario establecido y la gente, a través de esa fractura, puede apropiarse de las ideas emancipadoras y convertirlas en realidad. El imaginario, como mundo de representaciones y creencias, es colectivo, jamás camina solo; así, existen dos procesos que no son extraños entre sí: por un lado, los movimientos de discusión y difusión ideológica y, por otro, cómo ese trabajo debe estar vinculado a los procesos sociales.

Colombo recuerda una fuente de discusión constante en el mundo de la sociología y es cómo pasan las ideas a la realidad social; según este autor, «ese pasaje está en el doble movimiento de elaboración crítica de las ideas y en los movimientos sociales de desobediencia, de protesta y de insurgencia». El imaginario revolucionario pasa, como es obvio, por una dimensión utópica del cambio, ya que de lo contrario seguirán repitiéndose errores; si el imaginario conservador o reformista pasa por poner a alguien de nuevo en el poder, después de un vacío del mismo, hay que hacer comprender a la gente que es un error producto de no haber pensado nada nuevo. Esa incitación a la polémica, a debatir y a pensar cosas nuevas, es con seguridad una de los rasgos del imaginario revolucionario anarquista.

Fuente: http://www.alasbarricadas.org/noticias/node/39735


Versão em português

 O imaginário revolucionário. Uma aproximação às propostas de Eduardo Colombo

Introduzimos no seguinte texto o pensamento de Eduardo Colombo, infelizmente, falecido neste mês de março de 2018, um teórico e militante anarquista com profundo conhecimento em filosofia política, sociologia e psicologia, cuja obra realiza uma aproximação às fundamentais ideias de imaginário social e espaço público; frente à apatia política e a desesperança social de grande parte da sociedade, como ele insistia, se impõe a necessidade de estender um imaginário coletivo revolucionário que reproduza os traços de uma sociedade verdadeiramente livre.

Os homens acreditam que chegará um dia em que serão livres e iguais quando tiverem destruído os obstáculos que o impedem ser, sem se dar conta que só o são enquanto lutam para conseguí-lo – Gustav Landauer.

Recordaremos em primeiro lugar o conceito de ‘’bloco imaginário’’ ou ‘’imaginário social’’, quando se faz alusão ao funcionamento da sociedade sobre a base de uma série de ideias e valores que se organizam como uma espécie de ‘’campo de força’’ que atrai e orienta os diversos conteúdos de todo um universo de representações (expressado em instituições, ideologias, mitos ou formas sociais). quando se consolida esse universo, supõe uma evidente limitação para o pensamento e a ação; O imaginário social, não obstante, possui também uma carga criadora baseada na realidade que vive o ser humano, não em fantasias ou ilusões. O bloco imaginário triunfante depois da queda do bloco soviético foi baseado primordialmente em que as únicas possibilidades reais eram já a democracia representativa, o liberalismo e a economia de livre-mercado. Eduardo Colombo considera que na sociedade existe um imaginário revolucionário (ou seja, verdadeiramente progressista), ainda que não de uma maneira unívoca, assim como também se produzem o imaginário conservador e reformista. É realmente difícil ter uma opinião sobre o comportamento humano, e sobre as instituições e a história, desde um ponto de vista independente de nossos próprios valores, desejos e preconceitos; não obstante, é o peso dos argumentos, um juízo sólido e o conhecimento que nos permite nos aproximarmos a uma compreensão razoável do mundo em que vivemos. Assim, não há posição mais submissa, nem maior obstáculo ao ‘’livre exame’’, que a que se dobra ao pensamento estabelecido e aos consequentes paradigmas sociais e políticos; insistiremos uma vez mais, assim como faz Colombo, que o exercício da razão é tributário de um pensamento verdadeiramente crítico.

Colombo insiste na capacidade simbólico-instituinte dos seres humanos, o que chamamos de ‘’imaginário social’’; quando este poder é monopolizado por uma minoria, ou às vezes também por uma maioria, que é a que impõe a lei ao conjunto da sociedade é quando nasce o Estado (o poder político); à posição anarquista de Colombo lhe é indiferente se a origem e justificação de tal poder são religiosos, naturalistas ou democráticos (na sua vertente representativa). Os movimentos anarquistas se esforçaram em transferir ao coletivo social essa capacidade de decisão, combatendo assim o poder coletivo concentrado em poucas mãos; só os explorados e oprimidos, por sua própria condição social, poderiam ser a fonte duma transformação revolucionária. Não é muito sensato que os ricos e os poderosos renunciem às suas riquezas e ao seu poder; voltemos ao conceito de ‘’imaginário social’’, pelo qual os valores e aspirações duma sociedade hierárquica (são os de dominadores  e submissos) são os que se encarnam nas instituições e, apesar disso e que seja de forma extraordinária, seguem-se produzindo revoltas  (produto do imaginário revolucionário).

É o imaginário revisionista, concretado no pensamento neoliberal, o que nega toda tentativa revolucionária equiparando-a imediatamente com o totalitarismo. Colombo nos lembra que as revoluções não são só fatos históricos, senão momentos necessários na via para uma mudança radical na sociedade hierárquica; óbvio, é uma visão claramente anarquista, mas de uma profundidade revolucionária inquestionável. Não é coincidência que o anarquismo seja menosprezado e vilipendiado pelo revisionismo histórico, seja conservador, reformista ou questionavelmente revolucionário (por autoritário). Só o anarquismo é verdadeiramente transformador, já que a linguagem do poder é sempre a do estatismo e da sujeição; seja a Igreja ou o Estado, em qualquer de suas formas, os que exercem o poder sempre existem limites de todo tipo para o ser humano (o corpo, a moral, a democracia, . . .). Colombo considera, assim como Landauer, que existem duas formas nas quais a história intervém nas paixões humanas: uma é a história que se ensina na escola (os detritos do passado) e outra é a força que nos impulsiona concretizada em nossos desejos e paixões. Insistamos no imaginário revolucionário anarquista, obviado também a nível histórico pela visão simples e maniqueísta do revisionismo neoliberal, com o modelo da democracia representativa, que considerar que ‘’toda revolução encontra-se impregnada de jacobinismo, leninismo e totalitarismo’’.

Tal e como o vê Colombo, o anarquismo jamais idealizou o povo, nem teve uma visão romântica do proletariado; muito pelo contrário, só é possível ver que a maior parte das pessoas que têm uma visão de vida simples e, em grande medida, conservadora. O imaginário social predominante assegura a institucionalização autoritária garantindo a obediência e a submissão. Não obstante, o imaginário revolucionário produz “momentos fortes” na história nos quais se produz uma nova institucionalização do social e a ação humana desloca os limites do possível; apesar disso, esses momentos revolucionárias terminam instaurando uma nova ordem na qual se esmagam movimentos marginais e asseguram uma nova domesticação. Apesar de que os trabalhadores terminarão se integrando na sociedade moderna de modo majoritário no novo imaginário (divisão entre sociedade e Estado, igualmente somente formal diante da lei, democracia representativa, sacralização da propriedade privada . . .), não é possível acabar completamente com os desejos da plebe ( (igualdade de fato, democracia direta, delegação com mandato controlável e revogável,. . . ). O anarquismo, nascido no século XIX, sempre combateu toda exploração e dominação, também o imaginário que inclui as formas próprias da democracia representativa; o imaginário revolucionário anarquista, que constitui parte sempre dos movimentos libertários, está se formando por uma liberdade construída com o alicerce da igualdade, a recusa em dominar ou ser dominado, o desaparecimento do Estado e da propriedade privada, o antiparlamentarismo, a ação direta e a luta de classes. São os sinais de identidade ácratas que Colombo considera indesculpavelmente recuperáveis, já que o poderoso imaginário neoliberal pode ter influído também sobre os movimentos revolucionários. O imaginário que caracterizou o projeto da modernidade, como todo paradigma histórico, é suscetível de ser violado e voltar a confiar nas ideias como motor para a ação revolucionária.

Portanto, é preciso compreender a crítica radical que realiza o anarquismo, não só ao poder instituído, também ao imaginário que o sustenta; sua reprodução simbólica e a servidão que gera por costume estabelecido. O poder político, por mais que se pretenda apresentar-se como incontestável aderindo a um marco pré-estabelecido, é suscetível de todo tipo de análise e, como é lógico, é apenas produto da contingência histórica e humana. Insistiremos que Eduardo Colombo considera que o poder político, à margem da forma institucional que assuma (seja tirania, seja democracia representativa) é “a consequência da exploração efetuada por uma minoria da capacidade de autoinstituir-se, que é própria do coletivo humano”; apesar disso, o expropriador do poder social que se apresentar como se a sociedade se desse à sua existência. Colombo denuncia que toda a filosofia política, clássica e moderna, é um esforço para justificar e legitimar o direito de coerção inerente ao poder político. Apesar disso, junto a esse direito à dominação se produz de forma paralela um direito à resistência, o qual parece ter-se manifestado sempre em oposição ao primeiro. Torna-se defensável um espaço político não hierarquizado no qual os seres humanos podem se reconhecer como livres e iguais, “o espaço político da anarquia”. O movimento anarquista, segundo Colombo, deve se esforçar em refletir sobre as formas institucionais que seriam produzidas numa sociedade libertária; o anarquismo é uma teoria política, já que o que suprime na verdade é a coação e não a política em si, e de forma consequente é também uma ética e um ethos (o lugar onde habitaria essa desejável sociedade).

O movimento anarquista pode orientar uma transformação social em sentido libertário graças à ação de cada momento do presente; por mais que muita gente, por não perceberem cotidianamente a construção do processo, têm a impressão de que se trata de uma ruptura brusca, é na realidade produto do trabalho duma difusão de ideias e de formas organizativas caráter prática. Colombo insiste, e se torna tremendamente importante compreender isto, em que todos estamos socializados; ou seja, vivemos e estamos impregnados pelos valores duma sociedade hierárquica. É por isso que os anarquistas, ainda que rebeldes e insubmissos em grande parte, também devem lutar contra um bloco imaginário que têm interiorizado. A partir dessa perspectiva, compreende-se que deve se ter uma transformação radical da sociedade, e consequentemente dos seres humanos, para viver numa autêntica comunidade livre. Voltemos à necessidade dum imaginário revolucionário que transgrida a apatia política e profunda desesperança que sofre uma grande parte da sociedade. As ideias, para que sejam realmente eficazes, devem estar estritamente relacionadas com os desejos e emoções dos seres humanos; assim, ainda que a ideia de emancipação social existe há tempos, aparece hoje como utópica no sentido de estar desvinculada da vida coletiva. Colombo lembra que as ideias se integrar na realidade cotidiana através dos processos sociais nos quais as pessoas se envolvem; mediante a insurreição coletiva, rompe-se o imaginário estabelecido e as pessoas, através dessa fratura, podem se apropriar das ideias emancipadoras e convertê-las em realidade. O imaginário, como mundo de representações e crenças, é coletivo, jamais caminha sozinho; assim, existem dois processos que não são estranhos entre si: por um lado, os movimentos de discussão e difusão ideológica e, por outro, como esse trabalho deve se vincular aos processos sociais.

Colombo lembra uma fonte de discussão constante no mundo da sociologia e é como se passam as ideias à realidade social; segundo este autor, “esse percurso se encontra no duplo movimento de elaboração crítica das ideias e nos movimentos sociais de desobediência, de protesto e insurgência”. O imaginário revolucionário passa, como é óbvio, por uma dimensão utópica de mudança, já que do contrário seguirão se repetindo erros; se o imaginário conservador ou reformista acontece de colocar alguém de novo no poder, depois de um vazio do mesmo, é preciso que se faça com que as pessoas compreendam que se trata de um erro decorrente de não ter se pensado nada novo. Essa incitação à polêmica, a debater e a pensar coisas novas, é com certeza um dos traços do imaginário revolucionário anarquista.

Traduzido e adaptado por Inaê Diana Ashokasundari Shravya

Fonte: http://www.alasbarricadas.org/noticias/node/39735


Bibliografía

  • El imaginario social, Eduardo Colombo (Nordan-Comunidad, Montevideo 2002).
  • El espacio político de la anarquía, Eduardo Colombo (Nordan-Comunidad, Montevideo, 2000).
  • El lenguaje libertario, varios textos compilados por Christian Ferrer (Tupac Ediciones, Buenos Aires 2005).
  • La voluntad del pueblo, Eduardo Colombo (Tupac Ediciones, Buenos Aires 2006).

Eduardo Colombo: La lucha por la libertad

Colombo: “Cuando el proyecto no existe, el gesto de la revuelta se transforma en repetitivo” [entrevista]

El principio instituyente versus el poder político: Eduardo Colombo contra el Estado

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