Introducción a la guerra civil (IV)

by • 20 febrero, 2019 • Artículos, Coyuntura política, Organización, Poder, Práctico, Reflexiones y otros, Teoria políticaComments (0)228

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Una ética de la guerra civil

Nueva forma de comunidad: afirmarse guerreramente. De lo contrario el espíritu se debilita. Nada de “jardines”, “alejarse de las masas” no basta. ¡Guerra (¡pero sin pólvora!) entre pensamientos diversos! ¡Y entre sus ejércitos!

Nietzsche
Fragmentos póstumos

67 Todos aquellos que no pueden o no quieren conjurar las forma-de-vida que los mueven han de rendirse a esta evidencia: son, somos, los parias del Imperio. Existe, anclado en alguna parte de nosotros, un punto de opacidad sin retorno similar a la marca de Caín y que llena a los ciudadanos de terror cuando no de odio. Maniqueísmo del Imperio: de un lado, la nueva humanidad radiante, cuidadosamente reformateada, transparente a todos los rayos del poder, idealmente desprovista de experiencia, ausente de sí incluso en el cáncer: son los ciudadanos, los ciudadanos del Imperio. Y luego hay nosotros. Nosotros no es ni un sujeto ni una entidad formada, ni tampoco una multitud. Nosotros es una masa de mundos, de mundos infraespectaculares, intersticiales, con existencia inconfesable, tejidos de solidaridades y de disensiones impenetrables al poder; y luego son también los extraviados, los pobres, los prisioneros, los ladrones, los criminales, los locos, los perversos, los corrompidos, los demasiado-vivos, los desbordantes, las corporeidades rebeldes. En resumen: todos aquellos que, siguiendo su línea de fuga, no se encuentran a gusto en la tibieza climatizada del paraíso imperial. Nosotros es todo el plano de consistencia fragmentado del Partido Imaginario.

68 En la medida en que nos mantenemos en contacto con nuestra propia potencia, aunque sólo fuera pensando nuestra experiencia, nosotros representamos, en el seno de las metrópolis del Imperio, un peligro. Nosotros somos el enemigo cualquiera. Aquel contra el cual todos los dispositivos y las normas imperiales son agenciados. Inversamente, el hombre del resentimiento, el intelectual, el inmunodeficiente, el humanista, el injertado o el neurótico ofrecen el modelo del ciudadano del Imperio. De ellos se puede estar seguro de que no hay nada que temer. Debido a su estado, están ancados a condiciones de existencia de una artificialidad tal que únicamente el Imperio puede asegurárselas; y toda modificación brutal de éstas significaría su muerte. Ellos son los colaboradores-natos. No es solamente el poder, es la policía quien pasa a través de sus cuerpos. La vida mutilada no aparece solamente como una consecuencia del avance del Imperio, es en primer lugar una condición suya. La ecuación ciudadano = poli se prolonga en la extremada grieta de los cuerpos.

69 Todo lo que el Imperio tolera es para nosotros semejantemente exiguo: los espacios, las palabras, los amores, las cabezas y los corazones: otras tantos instrumentos de tortura. Dondequiera que vayamos se forman casi espontáneamente alrededor de nosotros unos de esos cordones sanitarios tetanizados, tan reconocibles en las miradas y en los gestos. Basta con bien poco para ser identificado por los ciudadanos anémicos del Imperio como un sospechoso, como un dividuo de riesgo. Una negociación permanente tiene lugar para que nosotros renunciemos a esa intimidad con nosotros mismos que tanto se nos ha reprochado. Y en efecto, no siempre aguantaremos así, en esta posición desgarrada de desertor interior, de extranjero apátrida, de hostis muy cuidadosamente enmascarado.

70 Nosotros no tenemos nada que decir a los ciudadanos del Imperio: para esto haría falta que tuviéramos algo en común. Para ellos, la regla es simple: o desertan, se lanzan al devenir y se unen a nosotros, o permanecen donde están y serán entonces tratados de acuerdo con los principios bien conocidos de la hostilidad: reducción y aplastamiento.

71 La hostilidad que, dentro del Imperio, rige tanto la no-relación consigo mismo como la no-relación global de los cuerpos entre ellos, es para nosotros el hostis. Todo lo que quiere arrebatárnoslo tiene que ser aniquilado. Quiero decir que es la esfera misma de la hostilidad lo que debemos reducir.

72 La esfera de la hostilidad sólo puede ser reducida extendiendo el dominio ético-político de la amistad y la enemistad; es por esto que el Imperio no consigue reducirla, a pesar de todas sus protestas a favor de la paz. El devenir-real del Partido Imaginario no es más que la formación por contagio del plano de consistencia donde amistades y enemistades se despliegan libremente y se vuelven legibles a sí mismas.

73 El agente del Partido Imaginario es aquel que, partiendo de donde se encuentra, de su posición, desencadena o prosigue el proceso de polarización ética, de asunción diferencial de las formas-de-vida. Este proceso no es otro que el tiqqun.

74 El tiqqun es el devenir-real, el devenir-práctico del mundo; el proceso de revelación de toda cosa como práctica, es decir, como tomando lugar dentro de sus límites, dentro de su significación inmanente. El tiqqun es que cada acto, cada conducta, cada enunciado dotados de sentido, es decir, en cuanto acontecimiento, se inscribe por sí mismo en su metafísica propia, en su comunidad, en su partido. La guerra civil quiere solamente decir: el mundo es práctico; la vida, heroica, en todos sus detalles.

75 El movimiento revolucionario no fue derrotado, como lamentan los estalinistas de siempre, debido a su insuficiente unidad, sino a causa del nivel demasiado débil de elaboración de la guerra civil en su seno. A este respecto, la confusión sistemática entre hostis y enemigo ha tenido el efecto debilitante que conocemos, desde lo trágico soviético hasta lo cómico grupuscular.

Entendámonos: el Imperio no es el enemigo con el cual tendríamos que medirnos, y, de igual modo, las otras tendencias del Partido Imaginario no alcanzan para nosotros el grado suficiente de hostis para ser liquidadas, sino todo lo contrario.

76 Toda forma-de-vida tiende a constituirse en comunidad, y de comunidad en mundo. Cada mundo, cuando se piensa a sí mismo, es decir, cuando se capta estratégicamente en su juego con los otros mundos, se descubre como configurado por una metafísica particular, que es, más que un sistema, una lengua, su lengua. Y es entonces, cuando se ha pensado así mismo, que este mundo deviene contaminante: ya que sabe de qué ethos es portador, ha pasado a ser amo en un determinado sector del arte de las distancias.

77 El principio de la serenidad más intensa consiste, para cada cuerpo, en ir hasta el final de su forma-de-vida presente, hasta el punto en que la línea de incremento de potencia se desvanece. Cada cuerpo quiere agotar su forma-de-vida, dejarla muerta tras de sí. Después pasa a otra más. Ha ganado en espesor: su experiencia le ha alimentado. Y ha ganado en soltura: ha sabido desprenderse de una figura de sí.

78 Donde estaba la nuda vida tiene que advenir la forma-de-vida. La enfermedad y la debilidad no son afecciones de la nuda vida, genérica, sin ser en primer lugar afecciones que tocan singularmente a ciertas formas-de-vida, orquestadas por los imperativos contradictorios de la pacificación imperial. Repatriando así sobre el terreno de las formas-de-vida todo aquello que es exiliado al lenguaje pleno de confusiones de la nuda vida, volcamos la biopolítica en política de la singularidad radical. Una medicina está por ser reinventada, una medicina política que partirá de las formas-de-vida.

79 En las condiciones presentes, bajo el Imperio, toda agregación ética sólo puede constituirse como máquina de guerra. Una máquina de guerra no tiene la guerra por objeto; al contrario: sólo puede “hacer la guerra a condición de que cree otra cosa al mismo tiempo, aunque sólo sean nuevas relaciones sociales no-orgánicas” (Deleuze-Guattari, Mil mesetas). A diferencia tanto de un ejército como de cualquier organización revolucionaria, la máquina de guerra sólo tiene una relación de suplemento con la guerra. Es capaz de tretas ofensivas, está en condiciones de librar batallas, de tener un recurso sutil a la violencia, pero no lo necesita para llevar una existencia plena.

80 Aquí se plantea la cuestión de la reapropiación de la violencia, de la cual hemos sido tan perfectamente desposeídos, con todas las expresiones intensas de la vida, por las democracias biopolíticas. Comencemos por acabar con la vieja concepción de una muerte que sobrevendría al término, como punto final de la vida. La muerte es cotidiana, es ese empequeñecimiento continuo de nuestra presencia bajo el efecto de la imposibilidad de abandonarse a nuestras inclinaciones. Cada una de nuestras arrugas, cada una de nuestras enfermedades, es un gusto al que no hemos sido fieles, el producto de una traición hacia una forma-de-vida que nos anima. Ésta es la muerte real a la que estamos sometidos, y cuya causa principal es nuestra falta de fuerza, el aislamiento que nos impide devolverle al poder cada uno de sus golpes, abandonarnos sin la seguridad de que tendremos que pagarlo. He aquí por qué nuestros cuerpos experimentan la necesidad de agregarse como máquinas de guerra, pues sólo esto nos vuelve igualmente capaces de vivir y de luchar.

81 De lo que precede se deducirá sin esfuerzos esta evidencia biopolítica: no hay muerte “natural”, todas las muertes son muertes violentas. Esto vale existencial e históricamente. Bajo las democracias biopolíticas del Imperio, todo ha sido socializado; cada muerte entra en una red compleja de causalidades que hacen de ella una muerte social, un asesinato; ya sólo hay asesinato, que unas veces es condenado, otras amnistiado, y la mayor parte de ellas ignorado. En este punto, la cuestión que se plantea ya no es la del hecho del asesinato, sino la de su cómo.

82 El hecho no es nada, el cómo es todo. Que no exista ningún hecho que no sea previamente calificado lo prueba de manera suficiente. El golpe maestro del Espectáculo consiste en haberse hecho del monopolio de la calificación, de la denominación; y, a partir de esta posición, en traficar su metafísica de contrabando, entregando como hechos el producto de sus interpretaciones fraudulentas. Una acción de guerra social es un “acto de terrorismo”, mientras que una intervención mayor de la OTAN, decidida de la manera más arbitraria, es una “operación de pacificación”; un envenenamiento masivo es una epidemia, y se denomina “Cárcel de Alta Seguridad” la práctica legal de la tortura en las prisiones democráticas. Frente a esto, el tiqqun es por el contrario la acción de devolver a cada hecho su propio cómo, de tomarlo incluso por únicamente real. La muerte en duelo, un hermoso asesinato premeditado, una última frase genial pronunciada con pathos, bastan para borrar la sangre, para humanizar lo que se considera lo más inhumano: el asesinato. Pues en la muerte más que en otra parte, el cómo reabsorbe al hecho. Entre enemigos, por ejemplo, el arma de fuego será excluida.

83 Este mundo está atrapado entre dos tendencias, una a su libanización, otra a su helvetización; tendencias que pueden, zona por zona, cohabitar. Y en efecto, éstas son aquí dos maneras singularmente reversibles, aunque aparentemente divergentes, de conjurar la guerra civil. El Líbano, antes de 1974, ¿no era apodado la “Suiza del Medio Oriente”?

84 En el curso del devenir-real del Partido Imaginario, nos encontraremos sin duda con estas sanguijuelas lívidas: los revolucionarios profesionales. Contra la evidencia de que los únicos momentos bellos del siglo fueron despreciativamente llamados “guerras civiles”, correrán todavía a denunciar en nosotros “la conspiración de la clase dominante para aplastar la revolución mediante una guerra civil” (Marx, La guerra civil en Francia). Nosotros no creemos en la revolución, ahora más en unas “revoluciones moleculares”, y sin reservas en asunciones diferenciadas de la guerra civil. En un primer momento, los revolucionarios profesionales, cuyos desastres repetidos apenas se han enfriado, nos difamarán como diletantes, como traidores a la Causa. Querrán hacernos creer que el Imperio es el enemigo. Nosotros objetaremos a Su Tontería que el Imperio no es el enemigo, sino el hostis. Que no se trata de vencerlo, sino de aniquilarlo, y que, a las malas, podemos prescindir de su Partido, siguiendo en esto los consejos de Clausewitz acerca de la guerra popular: “La guerra popular, al igual que algo vaporoso y fluido, no debe condensarse en ninguna parte ni formar un cuerpo sólido; de otro modo, el enemigo envía una fuerza adecuada contra su núcleo, lo aplasta y toma numerosos prisioneros; entonces desaparece el coraje, todos piensan que la cuestión principal está decidida, que cualquier esfuerzo ulterior sería inútil y las armas caen de las manos del pueblo. Sin embargo, es preciso que este vapor se condense en algunos puntos, forme masas más compactas, nubes amenazadoras desde las cuales de vez en cuando se produzca un relámpago formidable. Estos puntos se situarán principalmente en los flancos del teatro de guerra del enemigo. […] No se trata de destrozar el núcleo, sino solamente de corroer la superficie y los bordes.” (De la guerra)

85 Los enunciados que preceden quieren introducir a una época amenazada de forma cada vez más tangible por el rompimiento en bloque de la realidad. La ética de la guerra civil que se ha expresado aquí recibió un día el nombre de “Comité Invisible”. Es la firma de una fracción determinada del Partido Imaginario, su polo revolucionario-experimental. Con estas líneas, esperamos desbaratar las ineptitudes más vulgares que puedan ser proferidas acerca de nuestras actividades, así como sobre el período que se abre. Todo esta previsible habladuría, ¿cómo no lo intuiríamos, ya, en la fama que el shogunato Tokugawa se hizo al final de la era Muromachi, y de la cual uno de nuestros enemigos observaba correctamente: “A través de su propia agitación, en el alza de pretensiones ilegítimas, esta época de guerras civiles se revelaría como la más libre que haya conocido Japón. Una manada de personas de todos los tipos se dejaba deslumbrar. Es por esto que se insistirá tanto sobre el hecho de que solamente fue la más violenta”?

Publicado originalmente en Tiqqun 2


Introducción a la guerra civil (I parte)

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