Territorialidades, extractivismo y migraciones Una mirada desde el norte semiárido hasta el AbyaYala

by • 30 agosto, 2018 • Antidesarrollismo, Artículos, Coyuntura política, Ecología, Geopolítica, Historia social, OrganizaciónComments (0)454

El territorio entendido como la apropiación material y simbólica de un espacio, es una construcción política y, por ende, un proceso abierto en permanente reelaboración. Los territorios se construyen a partir del movimiento, en sucesivas, simultaneas y contradictoras territorializaciones, mediante las cuales diferentes grupos intentan imprimir en el espacio su particular proyecto de orden social. En este sentido, comprendemos las migraciones como un fenómeno eminentemente territorial: los territorios se constituyen en el devenir de las poblaciones y, paralelamente, las poblaciones lo hacen al territorializarse-desterritorializarse. Para ejemplificar estos planteamientos, presentaremos dos casos: (1) Las travesías territoriales del norte semiárido de Chile y (2) El desplazamiento ambiental en AbyaYala. En ambos casos, nuevos fenómenos migratorios se asocian a la imposición de una territorialidad extractivista que reconfigura las relaciones sociales.

1.Las travesías territoriales del norte semiárido de Chile.

En el norte semiárido de Chile las territorialidades tradicionales son territorialidades en movimiento que, históricamente, se han constituido siguiendo los ritmos y rutas del agua. En este caso encontramos ‘territorialidades amplias’ o macroregionales, que desbordan la comprensión territorial estatal pues no obedecen su división político-administrativa. Estas macroregiones se territorializanen función de las cuencas hidrográficas y toman forma a partir de las migraciones cíclicas entre cordillera, valle, secano y costa.  Siguiendo la lógica de ‘nichos ecológicos’ los grupos se desplazan estratégicamente para lograr sus medios de vida. En este tránsito de cordillera a mar, podemos identificar las siguientes rutas de migración estacional:

(a)El tránsito estival del secano a la cordillera. Se trata de un proceso estacional en el que caravanas de familias crianceras de las cuencas de Huasco, Elqui, Limari y Choapa migran desde las tierras secas a la precordillera o cordillera[1] en busca de forraje para sus animales. Esta migración parte a fines de noviembre o en diciembre y dura unos tres meses, tiempo en el que las familias instalan sus ranchos en las majadas cordilleranas. Este movimiento permite un conocimiento muy profundo de la biodiversidad presente en los pisos ecológicos altoandinos;la gente sabe ubicar bofedales, y reconocer y diferenciar la vegetación con usos medicinales (chachacoma, yareta, carapela, copa-copa, clavillo, etc.) de la que puede dañar a ellos o sus animales. Para las familias crianceras el viaje a la cordillera es un espacio/tiempo de actualización de conocimientos heredados por generaciones. Por siglos los cordones montañosos de Los Andes han sido caminos para quien sabe andarlos, caminos que han unido pueblos, y no espacios vacíos ni barreras.

(b)El tránsito desde el secano y los valles hacia la costa: En ‘años malos’ cuando la sequía es intensa, la tradición es migrar a la costa para buscar ahí la subsistencia. En esta migración las labores agroganaderas son reemplazadas por la recolección de huiro, cochayuyo, luche, mariscos y sal. En estas migraciones estacionales se establecen redes de apoyo que aun recorren los valles, el secano y la costa de la macroregión del semiárido. Tradicionalmente, este desplazamiento transversal (cordillera-mar) se articulaba al desplazamiento longitudinal (norte-sur) de pescadores/recolectores que trabajaba siguiendo los ritmos ecosistémicos, ajustándose, por ejemplo, al periodo de desove[2].

Si bien estas prácticas entran en tensión con los diferentes modelos de desarrollo impuestos por el Estado chileno, será la implementación del neoliberalismo la que pondrá en crisis sus condiciones de reproducción histórica. Efectivamente, la imposición de una territorialidad extractivista, presente a través de los monocultivos industriales y la megaminería, generará una intensa escases hídrica; mientras en la costa se sectoriza la pesca artesanal y delimita su espacio a las 5 mil millas. En su conjunto estos procesos reconfiguran las dinámicas migratorias. En esta línea destacamos:

(a)La migración campo-ciudad. Se trata de la masificación de una práctica que tradicionalmente tuvo un rol adaptativo en los periodos de sequía, pero que en el nuevo contexto presenta otros matices. Sin agua para la producción, las familias se ven obligadas a migrar a ciudades intermedias (Vallenar, Ovalle, Canela, etc.) o a los centros regionales (La Serena, Coquimbo), abandonando sus casas y terrenos. Esta migración rompe los circuitos del tránsito tradicional, y también las relaciones comunitarias que difícilmente se acomodan al nuevo contexto, además la ‘ciudad’ introduce una serie de nuevas necesidades y, por ende, nuevos gastos que precarizan la vida. Niños y jóvenes crecen en una realidad muy distinta a la de sus padres, permeados por imaginarios desarrollistas, pero sin acceso a los medios para disfrutarlos.

(b) El tránsito a las minas. La migración a la minería del norte es parte de un relato que cruza generaciones; desde las salitreras de fines del siglo XIX que la minería ocupa un rol central en las dinámicas territoriales del semiárido[3]. En este sentido, el actual ciclo extractivista reedita el mito ‘el doradista’[4], que ve en la mina la solución a todos los problemas. Así, el trabajo semiesclavo de las salitreras se actualiza en la minería del cobre y el oro, bajo la forma de un régimen de contrato flexible, basado en la subcontratación, con turnos de 7×7 o 20×10, donde la productividad se mide en términos de ‘horas hombre’. La migración temporal, pero continua, de esta mano de obra barata sostiene las dinámicas de explotación y acumulación capitalista. El minero gana dinero, pero hipoteca su vida.

 (c) El trabajo agrícola de temporada. En los valles del semiárido la diversidad de los huertos tradicionales fue desplazada por el monocultivo industrial de uvas, paltas y cítricos. Este giro productivo conllevó una nueva dinámica laboral, basada en el trabajo estacional de trabajadores que se asumen como ‘temporeros’. Los temporeros encarnan un tipo particular de migración laboral, asociada a un trabajo flexible y precario, que se concentra en los meses de verano. El origen de estos temporeros es diverso, en algunos casos son jóvenes de sectores urbanos que trabajan esporádicamente, en otros, personas que recorren gran parte de la región chilena siguiendo el calendario de cosechas.

Como se puede observar la actual configuración territorial del norte semiárido se asocia a fenómenos migratorios diversos, complejos y en tensión. Algunos tienen origen en prácticas previas a la invasión española y son, por tanto, manifestaciones de resistencia a sucesivos procesos de colonización; mientras otros son resultado y a la vez expresión de las actuales dinámicas extractivistas.

2.Los desplazamientos ambientales en AbyaYala

En AbyaYala la expansión extractivista opera como una nueva avanzada colonizadora, que reacomoda el espacio siguiendo los criterios de eficiencia y competitividad productiva. En este contexto, la migración forzada es una dimensión central de las dinámicas de colonización y despojo territorial. En esta línea, comprendemos en la categoría ‘desplazados ambientales’ a los grupos humanos que se han visto obligados a abandonar su territorio debido a la precarización de sus sistemas de vida, cuando sus territorialidades son subordinadas por la territorialidad extractivista de una minera, planta hidroeléctrica o agronegocio; cuando sus territorios son devastados por la guerra que, generalmente, tiene motivos económicos; y cuando son víctimas de los mal llamados ‘desastres naturales’, que en gran medida tienen origen antrópico.

El régimen extractivista produce migraciones forzadas, pues las comunidades locales que obstaculizan la viabilidad del progreso son expulsadas de sus territorios, directa o indirectamente. En estos casos, el desplazamiento ambiental es considerado uno más de los‘efectos no deseados’ o ‘externalidades’ del desarrollo capitalista. Aquí se reproduce la lógica colonialista de la invasión territorial: Por una parte, tenemos las estrategias que mediante la violencia directa expulsan a las comunidades, usando brigadas paramilitares que siembran el miedo o incluso la muerte, como muestran los asesinatos de luchadores y luchadoras sociales. Por otra parte, tenemos las estrategias de ‘pacificación social’ que mediante campañas de Responsabilidad Social Empresarial (RSE) y siguiendo las lógicas de la mitigación de daños y su compensación monetaria, reubican a las poblaciones en nuevos lugares, prometiendo una mejor vida. En ambos casos, el despojo genera resistencias, por eso el avance extractivista, amparado estatalmente, es proporcional a la intensificación de los conflictos territoriales.

Hoy en día, en AbyaYala abundan los conflictos territoriales que han implicado migraciones forzadas, por ejemplo: (a) Millones de familias desplazadas, 22 personas asesinadas, especies devastadas y el río Doce completamente contaminado con más de 40 millones de metros cúbicos de residuos mineros de la empresa Samarco (de capitales brasileros, Vale, y de la anglo-australiana, BHP- Billiton) en el estado de Minas Gerais, en el sudoeste de Brasil. Este “ecocidio” denominado comunicacionalmente “tsunami de barro” evidencia el rol del extractivismo minero en las catástrofes ecológicas y su proyecto de muerte sobre los territorios; (b) Las comunidades afrodescendientes e indígenas desplazadas por la megaminera de carbón ‘El Cerrajón’, en la Guajira de  Colombia; (c) Las cerca de 1.200 familias desplazadas por el proyecto minero a tajo abierto ‘Toromocho’ de la empresa de capitales chinos Chinalco, en Perú; y (d) Los más de 900 mil campesinos expulsados –y otrxsasesinadxs y desaparecidxs- por el agronegocio de la soja en los distritos de Alto Paraná, Caazapá, Caaguazú, San Pedro y Paraguarí, en Paraguay. En el Chile neoliberal, el desplazamiento ha sido ‘mediado’ por el Estado, como en el caso emblemático de las comunidades Puhuenches‘reubicadas’ por el proyecto hidroeléctrico Ralco de la transnacional Endesa en la década del noventa, que generó el precedente para la gestión de conflictos territoriales en este país.

Cabe señalar que a los casos anteriores se suman todas las experiencias de desplazamiento silencioso, asociados a la privación de los medios de vida de las comunidades, particularmente el agua. Situación reiterada en el norte de Chile, donde a raíz de las explotaciones mineras de Potrerillos y El Salvador, los collas transhumantes se vieron obligados a migrar y refugiarse. Así también ocurrió en el desierto de Atacama, donde las explotaciones de litio implicaron la concesión del salar y el despojo sistemático del agua, que impide la reproducción de las prácticas tradicionales de las comunidades Lickanantay, que migran a Calama, mientras sus prácticas de subsistencia son reproducidas como simple folklore.

En los dos casos expuestos, uno a nivel local (norte semiárido) y el otro a nivel regional (AbyaYala) se constata la asociación entre territorialidad y migración, y como estos fenómenos se configuran en los tiempos del extractivismo intensivo. De múltiples maneras el extractivismo se encadena a los procesos migratorios, forzando directa o indirectamente desplazamientos territoriales. Este es un proceso global, no un asunto aislado y/o coyuntural, por eso debe comprenderse en la complejidad de su interacción. Como señalamos al inicio, la migración es un fenómeno eminentemente territorial y las formas como hoy se expresa responden a las lógicas coloniales de reordenamiento del mundo.

Las migraciones tienen que ser leídas en los contextos en que se constituyen y en la región chilena y todo AbyaYala hoy confluyen diversas situaciones que permiten problematizar la migración como un fenómeno de territorialización claramente político que incluye, pero no se limita, a las expresiones de discriminación y el estudio del ‘problema’ de los migrantes. En este sentido, es importante problematizar las condiciones sociopolíticas que generan gran parte de las migraciones actuales y entenderlas en clave territorial. Nuestros territorios son procesos abiertos, siempre permeados por el movimiento de población. Territorializaciones y desterritorializaciones moldean en conjunto la forma territorio, por eso con distintos niveles y formas las migraciones son constitutivas de los territorios.

Lorena Bugueño – Ely Jiménez

Colectivo El Kintral

Fuente: http://mingako.org


Notas bibliográficas

[1] En tiempos de sequía extrema, algunos grupos, incluso, cruzan la cordillera desafiando los controles estatales.

[2]La travesía por las costas de norte a sur evitaba la sobreexplotación y la contaminación que producen las áreas de manejo.

[3] Tomamos este punto por ser la referencia de los relatos orales, aun cuando existe investigación etnohistórica y arqueológica que podría situar mucho antes este fenómeno.

[4] Término que MaristellaSvampa ha recuperado de Rene Zavaleta Mercado, y hace referencia a la creencia en un lugar repleto de oro ‘El Dorado’, que es intensamente buscado, y aun no encontrado.

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