Sobre historiografía del anarquismo*

by • 21 agosto, 2018 • Artículos, Historia anarquista, Historia social, Reflexiones y otros, Teoria políticaComments (0)973

Introducir un discurso sobre la historiografía del anarquismo comporta, en vía preliminar, la definición de algunos problemas de método. Ante todo, el que surge de la relación entre la búsqueda de la objetividad histórica, de una parte, y el inevitable planteamiento ideológico, de la otra; luego el que inviste la delimitación del tema sea en sentido espacial, sea en sentido temporal; finalmente, el que define las motivaciones teóricas e ideológicas que están en la base de la investigación.

En lo que respecta al primer punto, pensamos que la objetividad histórica en sentido absoluto no existe. Cada historiador y cada historiografía forjan los propios cánones de verdad según los criterios científicos e ideológicos más diversos y más dispares. En cuanto se refiere a nuestro planteamiento, anticipamos aquí sólo el motivo de fondo al que nos atendremos: la confrontación continua entre el campo propio de la ideología y el de los hechos. Tal confrontación nos dirá en que medida la primera se ha hecho histórica en los segundos. Sobre el segundo punto trataremos no tanto de delimitar a priori un ámbito temático general como de elegir, cada vez, aquellos ejemplos que por naturaleza contienen y expresan una experiencia de carácter general. En fin el tercer punto va en cierto sentido vinculado con el primero, en el sentido que las directivas de nuestro planteamiento ideológico e historiográfico no son sólo, evidentemente, un método y un criterio de investigación, sino también el surgimiento de una exigencia tendiente a ligar la experiencia significativa del pasado a los problemas actuales, para que la enseñanza de ayer sea guía en la lucha de mañana.

Los tres puntos rápidamente señalados arriba, si bien se refieren a las condiciones preliminares para una introducción a la historiografía del anarquismo, indican también, al mismo tiempo, los términos irreductibles de una investigación que termina por remontar del campo histórico al propiamente ideológico. A nuestro entender resulta absolutamente inescindible una evaluación histórica de una evaluación ideológica, no sólo por los motivos ya señalados, sino también por que el campo de la una traspasa automáticamente el de la otra. Evaluar historiográficamente el anarquismo es, en último análisis, discutir en torno a su ideología. De modo que no deberá sorprender si en el curso del análisis tomaremos en consideración algunos juicios que corresponden propiamente al campo ideológico.

Complejidad y multiformidad de las interpretaciones

Una primera consideración de carácter general se refiere a la contemporánea, compleja y dispar serie de juicios y de interpretaciones con respecto a la ideología y la historia del anarquismo. Tales juicios son de tal modo contradictorios entre sí, incluso proviniendo de la misma escuela ideológica, que se borran recíprocamente, mientras otros, aun sin ser opuestos, son por lo general bastante distintos. Tal complejidad y multiformidad hacen extremadamente difícil un análisis sintetizador: el campo es vasto y espacia sus horizontes políticos y culturales muy heterogéneos. La multiplicidad de juicios, además, si por un lado es índice de una dificultad objetiva presente en la materia, por su vastedad y complejidad, por el otro demuestra que los juicios son reconducibles de su aspecto científico al más concreto de las motivaciones ideológicas.

Hay un único punto en común entre estas diversas posiciones y es el relativo al carácter utópico del anarquismo. En la heterogeneidad de las interpretaciones es éste el único hilo conductor, la única matriz que inutiliza las contradictorias concepciones interpretativas de partida. Marxistas y conservadores, radicales y reaccionarios, liberales y progresistas están todos de acuerdo al asignar al anarquismo ante todo una dimensión utopista. De ahí resulta que si la historia humana ha sido hasta ahora historia del poder, una historia del anarquismo es no-historia. Su oposición al Estado y por tanto contra la formación histórico-política de la civilización moderna, su negación de validez revolucionaria “al mismo modo de presentarse de la revolución socialista”,1el ser elemento perenne de subversión y perturbación del orden constituido, sea éste capitalista o socialista, todo eso vuelve extremadamente arduo el cometido de la historiografía del poder.

Para explicar eso no-historia los historiadores del poder han elaborado explicaciones sobre explicaciones. Aceptables algunas, en parte, por lo que respecta a una reconstrucción dinámica de los hechos, son todas en cambio extremadamente etéreas y evanescentes, bajo el perfil de una explicación interna del sujeto histórico en examen. Por lo demás no podría der se otro modo. Si el anarquismo es una no-historia, su autonomía no existe, la razón de su existencia hay que buscarla en otra parte. De aquí al amontonarse confuso y contradictorio de las interpretaciones: el anarquismo se torna al mismo tiempo expresión de la masa campesina, de la pequeña burguesía, del proletariado, de las formas primitivas de rebelión social, de los artesanos en lucha contra la industrialización, del banditismo social, de los emigrados marginados, de la clase obrera no organizada, de los intelectuales bohemios de fin de siglo, del territorismo según múltiples versiones, etc., etc. Cada una de estas definiciones, absolutizando sólo aspectos sociológicos parciales del anarquismo, esto es ligados a tiempos y modos particulares del mismo, ha elevado a canon interpretativo historiográfico la parte por el todo.2 Para recomponer las ruinas de tanto estrago es necesario volver a llevar al anarquismo a su múltiple extensión espacial que se identifica con su peculiar carácter internacionalista, reexaminándolo además prospectivamente en el arco global de su desarrollo histórico; es decir, hay que restituirle los caracteres espaciotemporales
que le son propios.

Genesis y naturaleza de clase del anarquismo

Buena parte de la historiografía concuerda en asignar una causa precisa a la génesis del anarquismo. Tal causa es individualizada generalmente en un doble momento: de una parte el atraso socio-económico, que hace de humus congenial, de la otra el contexto histórico dinámico que ve el pasaje de la economía precapitalista a la forma moderna de industrialización. Este contexto, que interesa a gran parte de los países europeos, constituye la cornisa natural del anarquismo. Este es, por lo tanto, un “producto de ochocientos. Y, en parte, el reflejo del desencuentro entre la máquina de la revolución industrial y una sociedad artesana y campesina”.3 De ahí deriva un modo de concebir el mundo y la historia propio de clases sociales que vuelven la mirada al pasado, en vez de mirar al porvenir. Los anarquistas, en efecto, “encontraron acompañamiento sobre todo en aquellas clases sociales que, incapaces de adaptarse a la tendencia histórica dominante, iban perdiendo influencia y consistencia”.4 El anarquismo se vuelve así “un movimiento de desheredados, de elementos empujados al margen de la historia del progreso material del siglo decimonoveno”5.

Las interpretaciones arriba expuestas resumen, en un determinado sentido, la opinión de cuantos vinculan en clave mítica arcaica y hasta poética, la génesis del pensamiento y del movimiento anarquista. Bajo este aspecto tal génesis sería, más que un nacimiento, un renacimiento, o mejor, un imposible retorno. James Joll, por ejemplo, conjugando la competente de la herejía con la de la razón, como causas concomitantes al florecer del anarquismo, reconocen la primera la característica recurrente de aquellos movimientos que apoyan “la reivindicación de una reforma social sobre la fe en la posibilidad inmediata del Milenio, una combinación del Segundo Advenimiento y del retorno a la Edad del oro en el Paraíso Terrestre”. 6 La tesis es sugestiva, pero débil y superficial en sus argumentos. Ella es la consecuencia de una lectura apresurada y parcial de la ideología anarquista. Esta última, al refutar y negar la supuesta validez de las leyes, parece negar también la complejidad de la vida social: un mundo sin leyes no puede sino ser un mundo estructuralmente pobre, socialmente amorfo, culturalmente simple. Estos caracteres están comprendidos en la lectura de la doctrina libertaria como sus elementos naturales y constantes, revelando así, de reflejo, la ineficaz prospectiva de la óptica del poder: la imposibilidad de conseguir una vida social rica y compleja fuera de la tutela dominadora de las leyes.7

Examinemos ahora con particular atención (dada su universalidad entre los historiadores del poder) esta tesis general interpretativa, afín de comprobar su incapacidad para explicar completamente la génesis del anarquismo. Se trata, por caso, de ver en qué medida y manera el anarquismo es característico de los países atrasados, como por ejemplo Italia y España de la época. Entendamos, nadie quiere negar que Italia y España de entonces no fuesen económicamente atrasadas, respecto de los otros países europeos, sino sólo volver a poner en discusión esa presunta relación automática, sobre todo en lo que respecta a la naturaleza de clase del anarquismo. En efecto, precisamente en este tema, extremadamente importante, la historiografía corriente incurre en algunas evidentes e insolubles contradicciones. Si efectivamente España e Italia expresan clases subalternas atrasadas en relación a la forma capitalista moderna de producción, ¿cómo explicar entonces el surgimiento y la naturaleza de clase del anarquismo en Francia? Si el anarquismo italiano y español es la expresión de la masa campesina y subproletaria,8 el francés se caracteriza por una neta prevalencia de elemento urbano y obrero.9

Todas estas diversas y contradictorias interpretaciones sociológicas sobre la génesis del anarquismo testimonian sin quererlo, de una parte, que el mismo no es la expresión de ninguna precisa clase explotada (pero lo es de una práctica revolucionaria), mientras de la otra confirma indirectamente la unilateralidad de cada planteamiento historiográfico que no tenga en cuenta su carácter contemporáneamente internacionalista y revolucionaria. Carácter internacionalista que se expresa en su pluralismo sociológico, ideológico y organizativo, carácter revolucionario que se expresa en el dinamismo de la lucha social, siendo esta cada vez el producto de clases y sectores sociales diversos que se ponen de hecho en lucha abierta contra la explotación económica y autoritarismo estatal.

Los nudos de la comprensión historiográfica del anarquismo no pueden por eso ser buscados en el análisis estático de algunos de sus momentos que de vez en vez se presentan distintos y contradictorios, o sea signados más por la dimensión táctica que por la estratégica, sino en la visión abarcativa de su desarrollo. Además este desarrollo no se justifica y no se explica sino es interpretado a través de una lectura correcta y precisa del pensamiento anarquista. No es pues la descripción geográfico-económica la clave para explicar la consistencia o no del anarquismo, como lo hace Santarelli para Italia,10 sino la reconstrucción de los momentos revolucionarios que ponen siempre, toda vez que se manifiestan, el anarquismo en primer plano. Bajo este aspecto la secuencia de las luchas sociales que recorren Europa en la segunda mitad del Ochociento, no son índice suficiente ni referencia específica para reproducir el recorrido histórico del anarquismo. Hay que poner, en esta base, el planteo de una investigación que derive de esas luchas los movimientos revolucionarios, de intransigente desencuentro con el poder. 11 Sólo así, por ejemplo, se pueden leer e interpretar los movimientos insurreccionales de los internacionalistas italianos y españoles en los años 1873-77. Su significado auténtico y originario no resulta insertado en la identificación entre “Jacquería” campesina y anarquismo, sino en la situación específica potencialmente revolucionaria que caracteriza a Italia y España de entonces.12 Además esta interpretación es confirmada por la presencia simultánea del elemento urbano y obrero en la Comuna de París.13 Por aquí se ve precisamente que lo común entre esta última y los movimientos insurreccionales italianos y españoles, no es el sujeto sociológico que cambia según el contexto histórico, sino la explicita lucha revolucionaria practicada por las clases inferiores.

La misma consideración vale para este siglo. Rusia, Alemania, Estados Unidos, América Latina, Italia y España ven a distintas clases sociales expresar históricamente el anarquismo: los campesinos de Ucrania y de Andalucía no son ciertamente los obreros de la República Bávara de los Consejos y los I.W.W. (Nota del Editor: Industrial Workers of the World). La multiformidad de las luchas y los contextos históricos particulares son datos de la diversidad de las cosas y viceversa, pero si esa multiformidad no es reconducida a los objetivos ideológicos del anarquismo, queda, como se dice, o como “historia sociológica” o como “histoire evenementielle”.14 Cierto es que no basta decir situación revolucionaria para decir presencia y desarrollo del anarquismo. Si nos referimos a los países arriba citados, es porque ellos fueron sometidos, con mayor o menos intensidad, a aquel desencuentro abierto entre masa oprimida y poder que habíamos señalado antes. Es porque en estas luchas se prefiguran algunas formas libertarias como expresión espontánea de necesidades colectivas traducidas en términos de autogestión, acción directa, libre experimentación, etc. Para leer e interpretar históricamente el anarquismo es necesario entonces una verificación y una confirmación continua entre pensamiento y acción, entre fines y medios, entre teoría y práctica. Es ésta una primera introducción para una explicación interna del sujeto histórico en examen. Sólo de aquí se puede partir para una reconstrucción que comprenda y explique los vínculos orgánicos con el contexto general.

Pensamiento y acción: una comprobación continua

Tal contexto, extendiendo el punto de vista subjetivo de la explicación interna, es investigado en el área del movimiento social, sobre todo obrero y campesino, que constituye el campo de acción natural del anarquismo. La ampliación del punto de vista subjetivo de una dimensión más vasta, pero al mismo tiempo más heterogénea en su composición y en su tendencia, impone en este punto el problema de la relación no sólo entre pensamiento y acción en el seno del anarquismo, sino también, paralelamente, la relación entre este último y el movimiento social.15Por cuanto se refiere al primer aspecto, se nos pregunta: ¿Cómo “leer” esta relación que constituye el presupuesto fundamental de nuestra interpretación? En nuestra opinión, para relevar la constante histórica del anarquismo –porque este es el problema de fondo- es necesario que la verificación entre praxis y entendimientos ideológicos sea confirmada por una relación no contradictoria entre ella y los fines últimos del pensamiento y de la acción, que aparezca como el reflejo del uno sobre el otro.

Así, por ejemplo, para comprender en qué medida la línea teórica del federalismo proudhoniano se ha hecho historia en la forma organizativa anarcosindicalista -especialmente en la francesa- se debe hacer un cotejo que logre, de esta traducción, una continuidad histórica no contradictoria: la descentralización y la autonomía de las Bourses du travail (Bolsas de trabajo) representan esta continuidad;16 el sorelismo y el consiguiente “sindicalismo puro”, la contradicción.17 Así, también, la teorización bakuniniana de la alianza clase obrera-masa campesina debe ser rastreada en la exacta crítica anarquista al planteamiento marxista de la lucha de clases y por lo tanto, e el terreno histórico, en la repetida desconfianza de la clase obrera que olvidaba la importancia fundamental de este vínculo (la Comuna de París y la República bávara) están sólo entre los ejemplos más elocuentes). Como se ve, no se trata únicamente de cuantificar el problema, sino también de cualificarlo, en el sentido de que la relación entre pensamiento y acción no es sólo una relación entre ideología y su difusión social, sin también la referente al modo en que sucede tal traducción.

¿Pero qué quiere decir este razonamiento? Según nosotros inviste dos aspectos simultáneamente. El primer aspecto se refiere a la interpretación histórica de esta relación, que se da “institucionalmente” no en la forma de división entre movimiento anarquista específico y movimiento social general, sino en la compenetración del primero en el segundo en la medida en que lo interpreta revolucionariamente, nulificando por eso todo planteamiento jerárquico organizativo. El segundo aspecto, en cambio, versa sobre algunos aspectos de técnica historiográfica y filológica: se trata, por una parte, de leer con sentido anarquista algunos acontecimientos o formas de pensamiento que no se han presentado “oficialmente” como tales;18 por la otra, para no caer en errores de evaluación, como hace por ejemplo Daniel Guérin,19 hay que confrontar ese hallazgos a la luz de una lectura atenta y rigurosa de la ideología y de la teoría anarquista.20

Nico Berti

*Abreviado de un trabajo publicado, en italiano, en la revista “Interrogations” (N°2, marzo 1975, París), con el título “El anarquismo: en la historia, pero contra la historia”.


Notas

1 E. Santarelli. Il socialismo anarchico in Italia, Milán, Feltrinelli, 1973, p.20. Más arriba Santarelli escribe: “Se plantea, ante todo, la cuestión de la legitimidad de una historia del anarquismo. ¿Es posible concebir la historia de una idea y de un movimiento que niegan en forma utopista a la sociedad capitalista y, después de 1917, también la nueva sociedad socialista”? Ibidem. Santarelli concluye afirmando que sólo el marxismo está en condiciones de explicar la historia del anarquismo (Ibid, p.23).

2 Se ven, por ejemplo, las contradictorias explicaciones de Gian Mario Bravo. Este escribe primero que es “equivocado ver en el anarquismo lo ‘novelesco’, la ligazón con el atraso económico (Cfr. G. M. Bravo -a cargo de- Gli anarchici, Turín, UTET, 1971 p.14) y pocos meses después afirma: el bakuninismo, por la mayor simplicidad de su concepción (…) se impone organizativamente en algunos países y regiones subdesarrolladas, demostrando ser no sólo la expresión propia del atraso económico y del aventurismo político…”, cfr. Marx-Engels, Marxismo e Anarchismo, Roma, Edditori Riuniti, 1971, p.17. Sobre la interpretación del anarquismo como expresión del mundo está la conocida tesis de Alain Sergent y Claude Hermes, Histoire de l’anarchie, París, Ediciones Le Postulan, 1949, vol I, justamente criticada por Leo Vallani en “Movimiento operaio”, Milán 1952, n. 1, pp. 161-165; a ellos se puede agregar el alemán Franz Brupbacher, quien ve una relación entre anarquismo y estructura socioeconómica artesanal. Cfr. Brupbacher, Marx and Bakunin, Berlín Wilmersdorf, 1922, p. 60 y sigs., 240 y sigs., y el politicólogo marxista Antonio Negri, que interpreta el anarquismo como “rebelismo subproletario”, cfr. A. Negri (a cargo de), Scienze politiche I (Statu e politica), Milán, Enciclopedia Feltrinelli Fischer, Feltrinelli Editore, 1970, Vocablo “Anarquismo”, p. 15.

3 J. Joll, Gli anarchici, Milán, Il Saggiatore II°, 1970, p. 11.

4 G. Woodcock, L’ Anarchia. Storia delle idee e dei movimenti libertari, Milán, Feltrinelli 1966, p. 415. Sobre estas interpretaciones, ver la crítica de Daniel Guérin. Cfr. D. Guérin, L’anarchismo dalla doctrina all’azione, Roma Samona y Savelli, 1969, pp. 167-168.

5 G. Woodcock, L’ Anarchia. Storia delle idee e…, p. 415.

6 J. Joll, Gli anarchici…, p. 19.

7 Escribe aun Joll: “los anarquistas concuerdan en suponer que en la nueva sociedad imperarán una simplicidad y una frugalidad extremas, y los hombres estarán bien contentos con deshacerse de las conquistas técnicas de la era industrial, su pensamiento parece a menudo apoyarse en la visión romántica y tradicionalista de una pérdida sociedad idealizada de artesanos y campesinos, y en la condena irrevocable de la organización social y económica contemporánea”. Ibid., p. 360. Contra esta tesis superficial está, por ejemplo, la compleja y perfeccionada concepción kropotkiana de la tecnología, puesta de relieve por el sociólogo y urbanista norteamericano Lewis Mumford. Cfr. L. Mumford La citta nella storia, Milán, Comunitá, 1964, pp. 639-640. Sobre este mismo argumento, véase también de C. Doglio, L’equivoco della cittá-giardino, Nápoles, RL.1953, pp. 33-43 (nueva edición: Florencia. Crescita Política, 1974).

8 Este es sobre todo la tesis de fondo de la historiografía corriente, marxista y no marxista. Para Italia véase a este propósito E. Conti. Le origine del socialismo a Firenze, Roma, Rinascita, 1950, pp. 144-145; F Della Peruta, Democracia e socialismo nei risorgimento, Roma, Editori Riuniti, 1973, p. 286; G. Trevisani, Storia del movimento operaio italiano. Dalla Prima internazionale a fine secolo, Milán, Avanti, 1960, vol. II p. 117; A Romano, Storio del movimento socialista in italia. Testi e documenti 1861- 1882, Bari, Laterza, 1967, vol. III, p. 433. Para España, ver el juicio de Gerald Brenan; cfr. G. Brenan, Storia della Spagna 1874- 1936, Turín Einaudi, 1970, pp. 128-192, donde el anarquismo es visto como una representación invertida, en sentido revolucionario, de las más profundas tradiciones ibéricas; Aldo Garosci radica en vez la génesis del anarquismo español en la falta de una relación orgánica entre pueblo y Estado porque este último manteniendo ciertas estructuras medievales, permanecía al mismo tiempo fuera de la vida moderna: de ahí el rebelismo y la extraneidad de las clases inferiores hacia el poder. Indirectamente se podría decir también aquí que el anarquismo nace de un atarso sociopolítico. Cfr. A. Garosci, Problemi dell’anarchismo spagnolo, en Anarchici e anarchia nel mondo contemporaneo, Turín, Fundazione Luigi Einaidi, 1971, 59, 60, 61.

9 No habría que documentar esta tesis si se piensa que la Comuna de París cae precisamente por la indiferencia (y la falta de vinculación) con la masa campesina: la Carta a un francés de Bakunin queda como un dramático testimonio. Cfr. M. Bakunin, Lettres a un francais sur la crise actuelle, en M. Bakunin, Oeuvres, París, P-V.; stock, 1907, pp. 71-284. Ver de todos modos cuanto escribe Edouard Dolléans sobre la preponderancia de los proudhonianos y en especial de los “comunistas no autoritarios” en la Comuna (Cfr. E. Dolléans Storia del movimiento operaio, Roma, Ediziones Leonardo, 1946, vol. I, p 404), que fue obra de la difusión del socialismo en la clase obrera urbana; cfr. J. Bruhat, J. Dautry, E. Tersen (a cargo de), La Commune de 1871, París, Editions Sociales, 1960, pp. 25-30. Tampoco después de la época de la Primera Internacional el anarquismo francés perderá este carácter: basta pensar en el florecimiento del anarcosindicalismo que hundía las propias raíces precisamente en la clase obrera. Véase a este respecto J. Julliard, Fernand Pelloutier et les origines du syndicalismo d’action directe, París, Seuil, 1971, pp. 117-262; y el texto clásico del mismo Pelloutier: Cfr. F. Pelloutier, Histoire des Bourses du travail, París, Gordon y Breach, 1971.

10 Este escribe que la consistencia del anarquismo italiano se encuentra al “sud del Apenino tosco-emiliano. Esta línea constituirá siempre, grosso modo, un elemento de distinción entre una sociedad capitalísticamente evolucionada y una sociedad atrasada”. Cfr. E. Santarelli, Il socialismo anarchico…, p. 26. Esta opinión va un poco redimensionada. Ante todo por lo que se refiere al Ochociento el anarquismo italiano presenta una distribución geográfica bastante homogénea y uniforme. Véase a este respecto, para el período de la Primera Internacional, el informe del jefe de policía de Roma al Prefecto, relativo al “Cuadro demostrativo del número de secciones integrantes de la Federación Italiana”. Cfr. Archivo del Estado de Roma. Jefatura de la ciudad y alrededores de Roma, Despacho N°771; en el fasc. Prefettura 1874, Prot. 164, n.2. Véase también, siempre sobre el período de la Primera Internacional, el análisis de la composición social de sus adherentes, hecha por Pier Carlo Masini. Cfr. P. C. Masini, La Prima Internazionale in Italia. Problemi de una revisione storiografica, en AA.VV. Il movimiento operaio e socialista. Bilancio storiografico e problemi storici, Milán, Edizione del Gallo, 1965, pp. 95-113. Este análisis demuestra el error de las interpretaciones sociológicas que pretenden que el anarquismo italiano es la expresión de la pequeña burguesía y de “desplazados” y marginados sociales. Sobre esta huella se ve también la reconstrucción hecha por Letterio Briguglio de las fuerzas anarquistas operantes en Italia en los primeros años Ochenta. Cfr. L. Briguglio, Il partido operaio italiano e gli anarchici, Roma, Ediciones de historia y literatura, 1969, pp. 15-22.

11 Una interpretación indirecta de cuanto sostenemos se puede encontrar leyendo lo que escribe Luiggi Lotti sobre la situación de estancamiento del movimiento anarquista italiano en los años precedentes a la Semana Roja. Esa situación cambió rápidamente después de los años 1911-1912 precisamente porque comenzaba a subir aquel clima revolucionario que desembocó, en 1914, en las jornadas insurreccionales de Junio. Cfr. L. Lotti, La Settimana Rosa, Florencia, Felice Le Monier, 1965, pp. 3-10. La misma consideración se puede hacer también para el movimiento anarquista ruso, que era mucho más débil en los años anteriores a la revolución: cfr. Volin, La rivoluzione sconosciuta, Nápoles, RL, 1950, p. 11. (reedición: Roma, Samoná e Savelli, 1970).

12 En lo que respecta a Italia véase el ensayo de F. Della Peruta, La banda del Matese e il fallimento della teoría anarchica della moderna ‘Jacquerie’ in Italia, en “Movimiento operaio”, Milán, Año 6, Nueva Serie N.3, Mayo-Junio 1954, pp. 339-340. Pier Carlo Masini, por el contrario, afirma justamente que los internacionalistas no se ilusionan con hacer estallar una revuelta campesina, sino que sólo querían dar un ejemplo. Además la elección de Italia meridional fue dictada no tanto por una vocación estratégica, como por algunas consideraciones tácticas sobre el potencial revolucionario presente en el Mediodía en aquel momento; téngase en cuenta que tres años antes la tentativa fue hecha en Bologna, por tanto sin ninguna vocación revolucionaria campesina. Cfr. P. C. Masini, Gli internazionalisti. La banda del Matese (1876-1878), Milán-Roma, Ediciones Avanti, 1958, pp. 55-57. Para España está la conocida tesis de Hobsbawm sobre la relación anarquismo-atraso socioeconómico (Cfr. Iribelli, Turín, Einaudi, 1966, pp. 116-117), completamente contradicha por la de René Lamberet quien sostiene que las zonas donde el anarquismo se desarrolló eran las “más evolucionadas” de España (Cfr. R. Lamberet, Les travailleurs espagnols et leur conception de l’anarchie de 1868, au debut du XX° siecle, en Anarchici e anarchia…, p. 79. Específicamente para los movimientos del 73 Miklos Molnar afirma precisamente que fallaron porque el anarquismo ibérico tenía un carácter demasiado urbano y obrero “respecto de las necesidades de los campesinos y de los obreros agrícolas” (Ver M. Molnar, A propos de l’insurrection cantonaliste de 1873 en Espagne. L’attitue des anarchistes et la critique d’Engels, en Anarchici e anarchia…, p.100). Molnar sostiene por consiguiente todo lo contrario de cuanto afirma Hobsbawm en la estela del juicio engelsiano.

13 J. Rougerie, Composition d’une population insurgée. L’exemple de la Commune, en “Le mouvement Social”, París, n. 48, 1964.

14 Es éste un tipo de historiografía que reconstruye el anarquismo a través de los hechos “clamorosos”, ejemplos recientes son dados por R. Kramer-Badoni, Anarchia. Passato e presente di un ‘utopia, Milán, Bietti, 1972; R. Manevy y P. Diole, Sous les pils du drapeu noir. Le drame de l’anarchie, París, Domat, 1949; G.Guilleminalt – A. Mahé, Storia dell’anarchia, Florencia, Vallecchi, 1974.

15 Esta es una gran cuestión dejada sin enjuiciar por Max Nettlau. El corte historiográfico de su obra está planteado en su desarrollo en sí coherente, pero privado de relaciones orgánicas con la historia general. Esta interpretación “subjetiva”, ejemplar desde el punto de vista de la verificación exacta entre doctrina y acción -la una se aplica con la otra y viceversa- la hacemos completamente nuestra. Posición sin embargo que debe abrirse de la manera arriba indicada, vale decir a través de una ampliación del punto de vista “subjetivista”. Véase para Max Nettlau las fuentes siguientes: M. Nettlau, Breve storia dell’anarchismo, Cesena, L’ Antistato, 1964; M. Nettlau, Bakunin e l’Internazionale in Italia dal 1864 al 1872, Ginebra, Ediciones del Risveglio, 1928 (reedición (anastática)): Roma, Samina y Savelli, 1970; M. Nettlau, Errico Malatesta, New York, Il Martello, s.d.; M. Nettlau, La Premiére Internationale en Espagne (1868-1888), Dordrecht-Holland, 1971.

16 Para la forma organizativa de las “bolsas de trabajo” cfr. F. Pelloutier, Hostoire des Bourses du Travail…, pp. 283-295.

17 La misma consideración tiene una cierta valencia analógica también para la U.S.I. (Unión Sindical Italiana). Recientemente han escrito, justamente Matuzio Antonioli y Bruno Bezza que en su seno se pueden observar dos modelos contrapuestos. En primero, anarquista, es de ataque “a la lógica misma del capitalismo concentrador, siempre más semejante al Estado”. En vez el segundo, sindicalista revolucionario, es de aceptación “del modelo de desarrollo capitalista con vista a la asunción en primera persona por parte de la clase obrera de la gestión de la producción misma”. No estamos de acuerdo, por el contrario, en su imputación al modelo anarquista de ser la parte débil de la U.S.I.; obviamente para nosotros es lo opuesto. Cfr. Maurizio Antonioli-Bruno Bezza, Note sul sindicalismo industriale in Italia: Felippo Corridoni e la “Riforma della técnica sindicale”, en “Primo Maggio”, Milán, n.2, Octubre, 1933- Enero 1974, p.33 y p.38.

18 Este aspecto historiográfico muy importante ha sido encarado por Carmela Metelli Di Lallo. Cfr. C. Metelli Di Lallo, Componenti anarchici nel pensiero di J.J. Rousseau, Florencia, La Nuova Italia, 1970, pp. 28-30.

19 Ver D. Guérin, Le marxisme libertaire, en, Anarchici e anarchia…, pp. 442-457. En este ensayo sostiene que existe una confluencia teórica y práctica entre la autentica enseñanza marxista y anarquista. El discurso, que se desarrolla más sobre afirmaciones que sobre demostraciones, presentándose por tanto más como una propuesta práctica que como una consideración teórica, (“el marxismo libertario no es una exégeta, sino un militante”, p. 448), se funda en la constatación de la comunidad de objetivos finales. Trae como ejemplo, para apoyar su opinión, la identidad de juicio entre Marx y Bakunin sobre la Comuna de París. De este modo salta por encima del significado operativo marxista de la extinción del Estado y el radicalmente opuesto significado anarquista de su abolición. Cfr. M. Roberti, L’impossibile suicidio, “A, revista anarquista”, año IV, n.5. Milán, junio-julio 1974, siempre sobre la problemática, del “marxismo libertario” es útil consultar el ensayo de Giuseppe Rose que pone en evidencia toda la incongruencia de esta síntesis. Cfr. G. Rose, Le aporie del marxismo libertario, Pistoia, RL, 1971.

20 Como ejemplo tomemos el juicio general de la historiografía marxista tendiente a negar toda validez científica al pensamiento de Bakunin. ¿En qué se basa ese juicio? Se basa en gran parte en el discurso que pronuncio Bakunin en el Congreso de la Liga de la Paz y de la Libertad en Berna, en setiembre de 1868. En ese discurso habría afirmado varias veces que quería “la igualdad de las clases”. Bien, veamos qué a dicho y hecho imprimir verdaderamente Bakunin (primero en Kolokol y después en la Memoria de la Federación Jurasiana). “Quiero la supresión de las clases tanto en las relaciones económicas y sociales como políticas (…). Es necesario que todos los hombres sean al mismo tiempo inteligentes y laboriosos y que todos puedan igualmente vivir de su cerebro como de sus brazos. Entonces, señores, y sólo entonces la igualdad y la libertad política se volverán una verdad. Esto es, pues, lo que nosotros entendemos con estas palabras: “La igualdad de las clases”. Mejor hubiera valido decir la supresión de las clases, la unificación de la sociedad por medio de la abolición de la desigualdad económica y social. Pero nosotros también hemos pedido el igualamiento de los individuos, y es esto sobre todo lo que atrae sobre uno todos los rayos…” (Cfr. M. Bakunin, Discorsi al Congreso di Berna della pace e della Libertá, o en M. Bakunin, La Comune e lo Stato, Milán, Librería Editora “Tempi Nuovi”, 1921, p.67-68 (passim). Analicemos un momento estas proposiciones. Ante todo Bakunin afirma querer “la supresión de las clases”, lo que equivale sustancialmente a su abolición. Pero de inmediato explica que la expresión “igualdad de las clases”, aún sabiendo que no es rigurosamente correcta (tanto que el mismo dice “mejor habría valido decir la supresión”), es debida a una casi homología verbal para aquella otra proposición que quiere la igualdad de los individuos. Entonces hay que preguntarse por qué hace Bakunin este agregado. ¿Por qué no se conforma con la expresión “supresión de las clases” sino que quiere también aquella de la igualdad de los individuos? Nos parece que la respuesta es clara: la puntualización bakuniniana surge de la necesidad teórica de precisar que más allá de la abolición (o supresión) de las clases, o bien, marxísticamente, de la igualdad de todos ante la propiedad, está el problema, después de esta primera igualdad, de crear la igualdad ante el trabajo, la que se obtiene poniendo a todos en las misma condiciones materiales de modo que “puedan vivir de su cerebro y de sus brazos”. Si la supresión de las clases pertenece a la fase de destrucción del capitalismo, la igualdad de los individuos pertenece a la de la construcción del socialismo, el cual no nace automáticamente de la supresión del primero. Estamos ante una interpretación bakuniniana de las clases que, explicando la insuficiencia teórica marxiana al respecto, tiende a volver a llevarla a la raíz estructural de la desigualdad: la división del trabajo (Nota abreviada).


Metodología Anarquista de Trabajo Social Comunitario. Una propuesta Libertaria desde el Trabajo social.

Capi Vidal: El reto de una teoría anarquista en antropología

 

Santiago: Foro “Historia del anarquismo en la región chilena” (Audio)

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