La conservación del paisaje y la usurpación de los territorios. Nuevas formas de transformar la “Naturaleza” en Mercancía

by • 26 junio, 2018 • Antidesarrollismo, Artículos, Coyuntura política, Ecología, Economía, Geopolítica, UrbanismoComments (0)523

Por lo general se celebra que una zona del territorio sea considerada como “protegida”, ya que a simple vista es mucho mejor que se “conserve” así, que en manos de una explotación extractiva, sea minera, forestal o energética. Sin embargo, detrás de estas bonachonas intenciones ambientalistas de “conservación”, se han escondido oscuros intereses y contradicciones, las cuales son necesarias entender un poco más para comprender el funcionamiento sutil de una nueva fase de dominación capitalista; la etapa verde, en la cual la tierra, el agua y la mar, es decir, nuestros territorios, son ahora mercancías.

Hace no mucho falleció el conservacionista Douglas Tompkins, famoso por adquirir grandes terrenos en el sur de Chile y transformarlos en “parques protegidos” como el Parque Pumalín. Tras su muerte, los elogios a su labor como ecologista no se hicieron esperar. Sin embargo, nosotrxs nos preguntamos ¿De dónde sacó Douglas el dinero para comprar todas esas tierras? De sus grandes empresas de ropa deportiva como “Northface”, es decir, de sus multinacionales insertas en el mismo proceso productivo de la maquina destructora. ¿A quién le importó que Douglas haya explotado a cientos de humanos para ganar el dinero necesario para “proteger” las hermosas tierras del sur? En el fondo, Tompkins tuvo que explotar a muchas personas y contaminar al producir sus prendas de vestir, para así poder “proteger” a la naturaleza. Aquí se esconde una de las principales contradicciones dentro del discurso conservacionista, ya que bajo la premisa de “proteger lo natural” para el supuesto beneficio de la comunidad; se encuentra una especial man­era de cosificar nuestros entornos en beneficio de algunos pocos. Murray Bookchin, el anarquista verde, ya nos previno de esta contradicción. Él decía que no se puede tener buenas relaciones con la “naturaleza” mientras que en el ámbito social tenemos una actitud jerárquica y de poder.

La gestión medioambiental de las zonas “protegidas”, en el actual modelo de dominación, pueden ser privadas o “publicas”, como equivocadamente se presentan a través del aparato Estatal (El Estado Neoliberal $hileno público-privado). En el caso privado, hace varios años diversas ong’s ambientalistas se han dedicado a la conservación ambiental en en el país, también millonarios de la clase empresarial como Tompkins, Piñera o Luksic pueden comprar inmensas extensiones de tierra en la Patagonia. El derecho sagrado de la propiedad privada se los permite y el Estado lo respalda. Una vez adquirido el inmueble pueden hacer con este lo que les venga en gana, y así, los mismos que en un lugar instalan campamentos mineros y fábricas industriales, en otro lugar del mundo pueden dedicarse a la filantropía y la conservación de lo “natural”.

Es más, desde los años 80’s y con mayor fuerza después del tratado de Kioto (importante reunión de jefes de Estado en 1997, donde el asunto ecológico y el calentamiento global se volvió un asunto inevitable) los visionarios, genios del mercado, crearon el negocio de los “Bonos de Carbono”, en el cual el aire y los bosques también fueron absorbidos por la economía capitalista. Desde ese momento tener inmensos parques naturales, reservorios de la vida sobre la tierra, podría convertirse en un lucrativo emprendimiento. La venta de bonos de Carbono, consiste en vender paquetes de aire que produce el bosque nativo, a las industrias más contaminantes (mineras, petroleras, energéticas). Éstas compran una cantidad a modo de mitigación o multa para luego, con una venda en los ojos, seguir aumentando su producción. En la región chilena existen bosques privados, propiedades de empresas que ofrecen venta de bonos de carbono, como en el Lago Cabrera en Hualaihue (Hornopirén), donde bosques nativos de Alerce, ancestralmente habitados por Comunidades Mapuche Williche, son ahora propiedad privada. La filantropía burguesa no es gratuita y debemos visibilizar de dónde viene este interés por la biodiversidad.

La otra forma de administración del paisaje es la del Estado. Conaf (Corporación Nacional Forestal), ha sido desde su creación y posterior adaptación neoliberal durante Dictadura, un importante instrumento de Usurpación Territorial del Estado. Uno de sus primeros directores durante este periodo fue Julio Ponce Lerou, uno de los dueños de Chile, Soquimich y la clase política. Desde aquellos años, Conaf ha expropiado Tierras indígenas en su mayoría, a lo largo y ancho del territorio dominado por el Estado de Chile. En la Cordillera varios lugares como el Conguillio o Nahuelbuta, fueron hasta la creación de los famosos “parques nacionales”, territorio libre, fuera de la extensión de la jurisdicción estatal. En Punta de Choros, en la región de Coquimbo; La Reserva Nacional Pingüino de Humboldt, compuesta por las Islas Damas, Choros y Chañaral, eran parte del territorio cotidiano del pueblo costero. Desde hace miles de años, las familias acampaban temporadas enteras en las islas, durante la época de pesca y recolección, en lo que significa la prueba más evidente de su cultura originaria costera. Incluso una comunidad habitaba con sus rucos y botes hasta hace tan solo 30 años, época en la que los marinos (Fuerzas Armadas del Estado Fascista) desalojaron a las comunidades quemando sus rucos. El caso más llamativo de los últimos años es la Isla de Pascua, donde el Pueblo Rapa Nui (desde 1888 anexado al Estado de Chile) fue desplazado de sus territorios sagrados como Hanga Roa, Anakena, Orongo y el litoral. Poco a poco, la administración de Conaf, impulsó la industria del turismo y el consumo a niveles insostenibles, imponiendo la lógica capitalista por sobre la tradición local, alterando las relaciones sociales, económicas y políticas de sus habitantes. Hoy las comunidades Rapa Nui, viven un proceso de reivindicación territorial, que no debería acabar hasta lograr la autodeterminación y expulsar la administración estatal de su Isla.

Como podemos ver, la conservación como estrategia de resguardo y defensa contra la devastación muchas veces implica que ningún humano y humana pueda habitarla. Esto se traduce en la expulsión de las comunidades que durante mucho tiempo vivieron en el lugar sin destruir el entorno, pues no es casualidad que los lugares más protegidos y cuidados del planeta, son los territorios indígenas o de otros pueblos integrados al ecosistema, donde las comunidades humanas coexisten integradas a los ciclos de la tierra.

Hayan sido comunidades indígenas o pueblos costeros, para la estrategia verde del capitalismo, de la noche a la mañana y con argumentos nunca claros, estos grupos humanos son percibidos como amenazas para el medioambiente. Ahora son técnicos, especialistas y científicos quienes se hacen cargo del lugar. Solo si las poblaciones locales se someten al juego de la folclorización e institucionalización de sus vidas, se permitirá que sigan ahí. Pueden optar a convertirse en mano de obra barata, prestar algún servicio marginal o ser una pieza exótica más del paquete etno-turistico. Sin embargo ninguna de estas actividades, les permitirá más estar en armonía con el territorio, ser parte de éste y confluir armoniosamente con los elementos, especies vivas, paisajes y energías que se albergan en el.

Una zona protegida, requiere una nueva forma de explotación, pues a pesar de haberse creado con la idea de “conservar”, es evidente que el interés detrás de los parques nacionales, reservas nacionales u otro territorio apropiado por el Estado es valorizarlo en el mercado. Hoy la normativa legal, está en plena transformación con la creación del Ministerio del Medio Ambiente, el Servicio de Biodiversidad y áreas protegidas (SBAP) y todo un marco regulatorio para la privatización y concesión del paisaje natural. La implementación del Estado “público-privado” (que no es otra cosa que el poder político en función de la economía capitalista), concesiona estas supuestas “reservas” y dispone del territorio para el enriquecimiento de la clase burguesa que lo administra. De esta forma, es posible ver contradicciones tales como la aprobación de proyectos hidroeléctricos (Centrales de pasada) en Parques Nacionales como Puyehue o Villarrica; o complejos hoteleros dentro de estos espacios.

Muchas veces se ve al turismo como una actividad menos destructiva que el extractivismo, y por eso se suele tomar como ejemplo de un modelo de desarrollo más sustentable, limpio y comunitario. Así, diversos “movimientos sociales” suelen enarbolarlo como bandera de lucha en sus demandas. Sin embargo, se olvidan que el turismo también tiene sus miserias. En primer lugar, lxs viajerxs no llegan solxs a sus destinos, los autos o aviones que los trajeron se mueven con grandes cantidades de combustibles fósiles. Por otro lado, el turismo no beneficia de forma pareja a las comunidades. Como toda actividad capitalista esta estructurada en clases sociales, serán los que están arriba de la jerarquía los que se lleven los más jugosos excedentes y la población local las migajas.

Aunque quizás se pueda decir que el turismo es menos nocivo que una mega-minera, en ningún caso es una alternativa anticapitalista. Las “reservas naturales” transforman la relación con la naturaleza silvestre en una experiencia artificial, en donde los y las urbanitas sin contacto con lo “salvaje” consumen en cómodas cuotas un paisaje al aire libre. Es según Hakim Bey, “el capitalismo perfecto, el consumo de la imagen del mundo tal cual es”. Por senderos señalizados, el/la viajerx está seguro y puede maravillarse con lo exótico, tal como si la naturaleza fuera un gran museo en donde está todo ordenado y dispuesto para ser fotografiado y subido a su red social favorita. El turismo y las turistas actúan como agentes colonizadores, al traer el “progreso” económico como excusa inevitablemente se uniformiza a las diferentes comunidades que poco a poco ven modificadas sus originales formas de vida por las que exige el turismo para existir. Simboliza la avanzada civilizatoria, la puesta en marcha de las relaciones sociales, la dependencia económica y materialista de la sociedad moderna.

Más que zonas “protegidas” e intocables, donde especialistas, profesionales u organismos estatales administren el medioambiente, lo que necesitamos es crear formas de vida en integración con los entornos naturales que existen en nuestra tierra y mar. No necesitamos más mecanismos que nos hagan ver a la naturaleza como algo separado de nuestras vidas cotidianas, encerradas en el vacío de la rutina diaria, abriendo sus puertas solo para experiencias turísticas y superficiales. Más que lugares en conservación, necesitamos espacios donde construir nuevos vínculos con nuestro entorno, donde las relaciones jerárquicas entre animales humanos y no humanos desaparezcan y den paso a una fértil coexistencia en la tierra, en donde la abundancia y la reciprocidad sean nuestro abrigo.

Por El Perro loco de la pradera y El Zorro loco del llano.

Fuente: http://mingako.org

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