Sexo, biocuerpos y género. Problemas de una guerra inconclusa

by • 19 abril, 2018 • Artículos, Coyuntura política, Educación, Feminismo, Género, Literatura y poesia subversiva, Reflexiones y otros, Teoria políticaComments (0)708

Feminidad/es y masculinidad/es hegemónicas, serviles, patriarcales, biologistas, contrahegemónicas, biocuerpos, género, disidencias, afectos, sexo, libido, placer, represión, frustración, expectativas socioculturales, amor y política, hegemonía, dominación, autoestimulación erótica, culpa, castigo, feminización, antipatriarcado, antimachismo, violencia, violación, límites, celos, relaciones monógamas o polígamas, estupidez, religiosidad, respeto… podría seguir enunciando conceptos que se vienen de golpe, cuando requiero reflexionar sobre un tema de tantas aristas. Un tema, por decir algo. En rigor, no es un tema, es una experiencia de vida, una pulsión constante. Algo que pesa sobre las existencias de criaturas animales humanas, tengan los biocuerpos que tengan. Primera imagen, mis decisiones, mi cuerpo, mi deseo, mi género. Segunda imagen, clítoris externo, ovarios en sacos escrotales. Tercera imagen, glande labial, testículos internos. Menstruación, mucus cervical, semen, espermatozoides. Nombres, nombres, nombres, nombres y más nombres. Clasificaciones de una ciencia que ha nacido a la sombra de siglos y siglos de patriarcado, falocracia y machismo; a la sombra del capitalismo, de la propiedad privada, del imperialismo, de las religiones monoteístas emblemáticas (culpa y castigo son su única divinidad: catolicismo, judaísmo e islamismo). Esa ciencia fisiologista o biologista que articula el discurso de la diferenciación sexual (de la que deriva, naturalizadamente, la diferenciación genérica) ha insistido en que los biocuerpos son catalagobles en tres grandes grupos, considerando a uno de ellos una aberración y al otro grupo, principalmente, una matriz contenedora (ni siquiera generadora) de otra criatura viva (una especie de laboratorio en el que, mitosis más mitosis menos, se produce la “procreación”). El grupo que se considera aberrante es el biocuerpo hermafrodita, el que es intervenido (en la actualidad) inmediatamente al nacer, tomándose una decisión “médica” respecto del biocuerpo “preponderante” en ese monstruo recién nacido. Monstruosidades más o monstruosidades menos, los biocuerpos de los animales humanos no dejan de ser increíbles y maravillosos; en efecto, dos células (que no son ni masculinas ni femeninas), provenientes de órganos diferentes con funciones distintas (órganos que no son ni femeninos ni masculinos), se encuentran y, radicalmente, inician una serie de reacciones electroquímicas, se multiplican, se copian, tienen memoria, generan nuevos órganos y ¡maldita sea! se configura una nueva criatura animal humana que, en determinado momento, hablará, comerá, cagará y se construirá un género sexual, independiente de su biocuerpo o de la caterva de disciplinamientos que ejecutará la familia, la religión, la sociedad y la cultura sobre sus propias impresiones. Esa criatura animal humana fue gestada por la mezcla fisioquímica de dos células que estaban incorporadas en dos biocuerpos animales humanos. Hace algún tiempo, para lograrse esa mezcla se realizaba un ritual, asociado al amor, en ocasiones, o a la más aberrante de las violencias, en otros casos, y si no se realizaba algún tipo de intervención necesaria o azarosa (una guerra, un accidente) se gestaba una criatura animal humana en el útero (si aceptamos el nombre) de un biocuerpo, denominado “mujer” (proveniente según dicen de “muliere” (latín) que era la esclava que llevaba las mulas), “hembra” (proveniente del concepto latino “femina”, “equivalente” conceptual a “hominis”, de donde proviene “hombre”). Así, conceptos más conceptos menos, parece que esta escritura no va a ninguna parte y preferiría creer que así es, que no va a ninguna parte, porque estas pocas líneas no van a echar por tierra siglos de estupidez humana, siglos de construcciones culturales que hasta hoy, entre defensas acaloradas de lo queer, siguen perpetuando estereotipos ridículos, anclados y amparados en una ciencia “hetero”normada, patriarcal, machista. ¿Saben? Pongo comillas a “hetero”, porque resulta que lo heterosexual o lo homosexual son también categorías que debiésemos desarmar, reflexionar, volver a mirar, crear nuevos conceptos o, por lo menos, tener claro que la cultura es homogeneizante y que por lo mismo hay más presencia en la disciplina y en la hegemonía, sobre todo la referida a la construcción de género/sexo, en lo “homo”, en lo igual o igualizante, el pasar la aplanadora por las diferencias y pretender que nuestras prácticas género/sexuales sean homogéneas. Esto solo es conceptual, por supuesto, en rigor y en lo personal, me da lo mismo, como decía Hija de Perra, por donde “tiran”, “culean”, “follan”, “tienen ayuntamiento carnal”, “fornican” o “refocilan”; soy una persona convencida de que la “cópula sexual” se puede realizar dándose las manos o mirándose a los ojos con cierto nivel de complicidad, afecto o empatía. Tal punto es complejo, porque resulta que toda relación animal humana en la que se involucra tangencial o íntegramente los biocuerpos es sexual y es afectiva en tanto se involucra el género, sea cual sea el que se haya construido. Así, la amistad es una relación erótico sexual genérica síquica dialógica corporal intelectiva cognitiva; y no estoy hablando de tirar con tod@s ni ninguna de esas pelotudeces del poliamor entendido como andar culeando por culear. Estoy hablando de liberarse de los celos, la posesión, la dominación, la culpa, el castigo, sí… estoy hablando de eso, pero no estoy hablando de esa pretensión de mierda que tienen algunos egos rebosantes de vanidad de andar fornicando todo el día como si eso fuese placentero o real o como si ya no tuviésemos suficiente con el exitismo sexual, el triunfalismo cachondo que nos muestra la televisión junto con la tajante frustración y la derrota implacable para quienes, junto con tener que decidir por la presión sociocultural de ser “macho” o “hembra”, reciben el peso de la fealdad como un espaldarazo del infierno al que se condena inmediatamente a las criaturas feas. Porque además de toda la mierda que hay que tragar respecto del pico, la zorra, el hoyo del culo, chupar o lamer, ser madre o padre de acuerdo al biocuerpo charcha que te tocó, también hay que tragar la mierda de la belleza, la fealdad, la sanidad, la insanidad. Hegemonía hegemonía hegemonía y más hegemonía. Criaturas animales humanas que nacen con biocuerpo “mujer” que quieren tener biocuerpo “hombre”, pero odian lo masculino (un cúmulo conceptual de difícil y contradictoria definición; ¿es masculino un “muchacho” que ama a otro “muchacho”?; ¿es masculino violar?; ¿es masculino querer ser “madre” o “padre”?; ¿qué es ser masculino? Sabemos lo que espera la hegemonía, lo que espera la disidencia, lo que esperan algunas “mujeres” (las hegemónicas, las contrahegemónicas, las disidentes); sabemos lo que esperan algunos “hombres” (los hegemónicos, los contrahegemónicos, los disidentes)). Pareciera que todo el mundo tiene claro, o tiene intención de tenerlo, qué es ser femenin@ o masculin@: gays y lesbianas, si se me permite el uso de esos rótulos precarios, también lo tienen claro o dicen tenerlo. Es más, tod@s se retuercen contra la “heteronorma” y apuntan con el dedo a quienes la “ejecutan”, pero en sus intimidades reproducen sin pudor o con pudor una serie de prácticas “heteronormadas” asociadas a lógicas de explotación, dominación, belicosidad. Dominar, poseer y controlar no tienen que ver con solidarizar, empatizar o libremente comprometerse con alguien en algo. Insisto en esto, dos criaturas animales humanas diferentes pero semejantes se vinculan erótico sexualmente: si son semejantes, son homosexuales, al mismo tiempo, son diferentes (aunque compartan rasgos y características biocorporales, políticas o de género), por lo tanto, son heterosexuales; entonces, ¿quién es hetero y quién es homo? La heteronorma es, una vez más, un cúmulo de normativas prácticas, reales, concretas que provienen del establecimiento de la hegemonía, algunas de esas normativas son tan pasmosamente inconscientes que, hasta las “parejas más disidentes”, las acatan sin darse cuenta: celos, posesión, culpa-castigo, conquista, entre otros rasgos totalmente contrarios a la práctica de “amarse” (a ver si aún es tolerable ese manido concepto) con libertad o propugnando construir libertad (insisto en que no estoy hablando de andar culeando como en las orgías de la clase alta atiborrada de excesos). Es curioso, pero creo que toda esta majamama de ideas no le dice nada a nadie o dice mucho sin poder hilar por un solo camino. Es curioso, pero creo que la idea de género/cuerpo, sexo/sique, afectos, prácticas eróticas y otras aristas de todo este gran embrollo no está ni remotamente exento de la cagada neoliberal, judeocatólicoislámica, globalizante, que nos mantiene en la más violenta violación y explotación intelectual, afectiva, corporal, laboral, alimenticia, climática. No digo nada nuevo, ya lo sé, no se impacienten: que está todo conectado es algo que ya se dijo en Fullmetal Alchemist o en los tratados de filosofía esotérica del año del pepino. Creo que debo revisar estas palabras, para poder ir concluyendo antes de que alguien termine ofendiéndose en su sensibilidad/racionalidad masculina/femenina frente a tanta destrucción conceptual. Solo quiero señalar que, cada vez que queramos infibular o castrar simbólica o físicamente a alguien, recordemos también que así como existen falos como cuchillos y vulvas como plantas carnívoras, existen también criaturas animales humanas que en esta guerra contra todo, están decididamente construyéndose un género-sexo radicalmente distinto, aunque no intervengan sus biocuerpos más que con tatuajes o aretes. En esta guerra, hay que luchar con todas las fuerzas contra todas las manifestaciones de la hegemonía, no hay que disputarla ni esperar reemplazarla con otra hegemonía: a la hegemonía hay que destruirla, es una de las pocas formas en las que dejaremos de ser subalternidades. Lo masculino o lo femenino son realidades culturales, no naturales, concretas que están a disposición de las entidades animales humanas: si usted toma un espejo y entre las piernas tiene algo, recuerde que es su animalidad humana, si siente afectos o deseos o piensa o decide, es eso, es su animalidad humana respirando por cada poro. Recuerde, si quiere ser ciborg, recuerde que ya Motoko Kusanagi no sabía o intuía más bien que había algo que podía ser su “alma” (y si se puede intuir o percibir algo como un “alma”, se puede percibir una “identidad” o algo así, por ende, se puede intuir, proyectar, percibir o construir algo como un “género”). Vaya a saber usted, por la cresta, si esa otra cagada es también otra disposición cultural, el alma. Ahora solo nos falta cuestionar la ética, ¡ah!, pero ahí no. Miren, como sea, queer, femenisculina, mascumenina, lo que quiera, la ética es la ética: violar es una mierda PUNTO. Y ahora sí que perdí el hilo y ya no sé ni por dónde partí esto. Creo que la idea era realizar un ordenado artículo sobre hegemonía y masculinidades, es decir, masculinidades decididamente u obligatoriamente serviles a la hegemonía patriarcal, machista, fálica, como, por ejemplo, a) un empresario exitoso y proveedor de SU hogar, casado, con hijos, proclive a mantener aventuras sexuales con otras mujeres diferentes a la SUYA o b) un proletario explotado, acosador callejero habitual, que se percibe a sí mismo como un hombre recio, porque es bruto, que resuelve cosas con violencia (no con refinada violencia como se suele pensar del macho empresario exitoso) y que de seguro tiene un hijo punk aflautado al que considera lo más “maricón de lo maricón”, contrastándolas con algo que se podría llamar, con reparos y múltiples críticas, masculinidades disidentes, por ejemplo, animales humanos con biocuerpo “hembra o macho” con ciertos comportamientos “masculinos” o tendencias, culturalmente construidas y transmitidas, a lo “masculino”; síntesis, tener “pene” no significa “tener pene” (las niñas no nacen con vulva y los niños no nacen con pene: nacen con órganos nominalizados por una cultura cientificista que ha naturalizado el género a propósito de ciertos cuerpos). Otra cosa que pretendía esta escritura era sostener y demostrar que de cualquier forma y sea como sea el concepto de feminazi es, no solo inaceptable, sino que lógicamente imposible, es una contradicción en sí misma y aunque le duela a “algunos masculinos disidentes”, si es posible y lógico, por razones históricas de las que hay que hacerse cargo, la conjunción de masculino y violador. Claro está que lo anterior no quita que existan animales humanos con biocuerpos “hembra” con género “mujer” o “femenino” que propugnan un machismo asqueroso igual que los animales humanos de biocuerpo “macho” con género “hombre”: violencias de género de por medio, la criatura animal humana está cagada, sí por el peso cultural de su biocuerpo, pero por sobre todo por su tendencia a la destrucción y la violencia, a la dominación, la explotación, la posesión, la conquista y el engaño: lógicas mercantiles y lógicas bélicas inmiscuidas en las relaciones sicoafectivas (entre pares animales humanos y pares animales animales, por darle algún concepto más o menos decodificable e inteligible a la difícil tarea de hablar sin caer en la dicotomía humano-animal). ¡Diantres, rayos, centellas, huesos rotos! ¿De qué mierda estaba escribiendo? Ahora, además de la cagada del género/cuerpo, del sexo/afecto, de la hegemonía/subalternidad, de los problemas de definición identitaria de feminidad/masculinidad, del conflicto de clases y capitalismo patriarcal, de la propiedad privada y sus lógicas bélicas y mercantiles, del fenómeno disciplinatorio de la fealdad/belleza, además de todo eso, el difícil modelo de lo animal/humano. Creo que dejaré estas escrituras hasta aquí. El biocuerpo se me retuerce y siento la imperiosa necesidad de cagar. Espero que de todas estas reflexiones, recuerden al menos, que tener “vulva” o tener “pene” no nos hace ni mejores ni peores, es que tan grande es nuestra disposición a luchar en todos los frentes contra la hegemonía lo que podría, quizás, marcar la diferencia. Por el momento, yo veo mi biocuerpo en un espejo y no sé qué pensar; algo sí tengo claro, con este biocuerpo, yo decido construirme un género disidente a lo que me obligue la hegemonía, sin perder la perspectiva crítica, sin dejar de dar cara y luchar, sin dejar de construir junto a otras criaturas animales humanas GRUPO, solidaridad, apañe y no juzgar por su pura biocorporalidad que, a estas alturas, con inyecciones e intervenciones quirúrgicas puede ser transformada en lo que se antoje (claro que eso cuesta dinero y volvemos al tema de la clase). En fin, será harina del mismo costal, pero que tiraré a la mesa en otro momento, aquel de la intervención quirúrgica. Las deidades os guarden el sueño. A la mierda todo. Y me cago en tal.

Por cierto, solo para dejar las ondas en el agua, un violador no es un hijo sano del patriarcado, porque el patriarcado no tiene ni hijas ni hijos san@s. Y eso que todavía no me meto con Walt Disney. Salut y que lo que tengáis entre las piernas sane y se libere.

Equis Ese.

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