Policías o la máquina de la seguridad

by • 9 agosto, 2017 • Artículos, Coyuntura política, Geopolítica, Organización, Teoria políticaComments (0)683

La biopolítica es el perfeccionamiento de la disciplina. En ese contexto, la policía se ocupa del cuerpo colectivo de los individuos: el cuerpo urbano intervenido en salvaguarda del Estado. Aquí, un análisis reflexivo de varias novedades editoriales sobre el tema.

La democracia no puede sobrevivir si no hay orden en las calles. Esta frase del politólogo y abogado alemán-chileno Norbert Lechner presenta el requerimiento de atender la cuestión policial y esclarecer las tensiones y relaciones entre policía y política, población y disciplina, orden y biopolítica.

Una reflexión de estas características la posibilita la colección “Estudios policiales”, dirigida por Marcelo Saín, auspiciada por la Policía de Seguridad Aeroportuaria y editada por Prometeo. En uno de sus títulos, Modelos de actividad policial. Un análisis comparativo internacional, David H. Bayley enumera una veintena de sociedades antiguas que contaba con policía pública; entre ellas, las culturas de los maoríes, thoga, sirios, asantes, hopi. En cambio, la administración ejecutiva de la justicia en Grecia y Roma estaba en manos privadas: los particulares llevaban a los “malhechores” ante los jueces, quienes devolvían los prisioneros a sus captores para que administraran los castigos permitidos, y así la coacción se aplicaba en nombre de la comunidad.

Con el desarrollo de la potestad estatal, las fuerzas policiales estatales aparecen en la Alta Edad Media. Antes, en Francia e Inglaterra, el poder de policía estaba en manos de los terratenientes. Mientras se conforma la policía pública, que percibe salarios y recibe órdenes de la comunidad, se configura también una conceptualización moderna de la policía como gobierno que abarca buena parte de la extensión de la política. En ese sentido general, por policía se entendía el orden, el saneamiento, el control, la salvaguarda del interés general; también las reglas impuestas a esos fines; las penas e infracciones de menor gravedad, así como la función pública que hace respetar reglas.

Como lo recordó Michel Foucault en Omnes et singulatim. Hacia una crítica de la razón política , los autores de los siglos XVI y XVII entendieron por policía algo muy distinto a la caracterización posterior. Más que una institución o un mecanismo funcionando en el seno del Estado, la concebían como una técnica de gobierno propia de los estados, con la tarea de “permitir a los hombres sobrevivir, vivir y hacerlo de un modo aun mejor”.

Esa policía vela por todo lo que se refiere a la felicidad de los hombres, aunque la policía vela por todo lo que regula las relaciones sociales. La policía vela sobre lo que está vivo. Nicolas de La Mare, que incorpora esa definición en su Traité de la Police (1705), advirtió que la policía se ocupa hasta de la religión, pero no –como lo destacó Michel Foucault– desde el punto de vista de la verdadera dogmática, sino desde el punto de vista de la calidad moral de la vida; igualmente, en el análisis de Foucault, al velar sobre la salud y el abastecimiento, se preocupa de la preservación de la vida; tratándose del comercio, de las fábricas, de los obreros, de los pobres y del orden público, se ocupa de las comodidades de la vida; al velar sobre el teatro, la literatura, los espectáculos, su objeto son los placeres de la vida. En pocas palabras, señala Foucault, “la vida es el objeto de la policía: lo indispensable, lo útil y lo superfluo. Es misión de la policía garantizar que la gente sobreviva, viva e incluso haga algo más que vivir.” El orden es poiesis policial, técnica aplicada no sobre una materia inerte, ni a un objeto vivo sumiso y pasivo, sino a seres que viven y reaccionan. Policía, mirada orientada, pies ligeros –a diferencia de la lentitud judicial–, manos que agarran y pegan –y buscan la justificación por la urgencia de actuar. Gris policial, de noche y niebla, de metamorfosis que operan sobre los cuerpos, la sensibilidad y la imaginación.

Un trasfondo mítico, el de la nuda vida, sobre el cual se instalarían formas; una superficie constante, un territorio, la piel sobre la cual se hunde la excepcionalidad y se graba la animalización preventiva. Y un afuera externo que señala lo salvaje primero o lo bárbaro, y un afuera interno donde anida lo peligroso e inseguro.

Por eso la policía debe velar por las puertas y muros –apenas una diferencia de grado distingue el campo de batalla de la pared doméstica. Por eso integra el dispositivo de poder ejercido sobre una relación de sometimiento que le permite al soberano secuestrar bienes, apoderarse del cuerpo o de la vida del súbdito y del enemigo. Policía, programa de racionalidad gubernamental, de reglamentación general de los individuos. Luego, la noción de policía se volvió peyorativa y su práctica imprecisa.

Andrea Cavalletti, en Mitología de la seguridad. La ciudad biopolítica (Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2010) y Hélene L’Heuillet, en Baja política, alta policía. Un enfoque histórico y filosófico de la policía , (Buenos Aires, Prometeo, 2010), trazan una complementaria genealogía foucaultiana de la policía. En ambas lecturas es clave el surgimiento de la biopolítica en el siglo XVIII, el poder que comenzó a actuar sobre los individuos como miembros de una especie biológica, convirtiendo a la población en una noción central para la económía y la política, para el gobierno a través de estadísticas, para la gestión de condiciones de vida: hábitat, higiene, seguridad, flujos migratorios, natalidad. Se gestiona el control de la vida a lo largo de todo su desarrollo; se persigue la captura biopolítica de lo tenido como patológico.

Es la época de configuración del paradigma de la seguridad. La solución hobbesiana a la inseguridad horizontal consiste en una verticalidad: fuera del Estado, ninguna seguridad. Y a la policía se le confía la libertad.

Todo gobierno necesita una policía garante de su seguridad, más si la multitud es temida –masa peligrosa para el pensamiento hobbesiano, fantasma de la inseguridad. En la mitología contenida en toda sociedad del control, toda seguridad se revela como una particular inseguridad –la experiencia argentina es reveladora: la doctrina de la seguridad interior provocó la más radical incertidumbre sobre la existencia, la desaparición de personas. En la exposición a la inseguridad vive toda seguridad biopolítica.

Cuando el concepto de policía comienza a perder su significado más amplio, a finales del siglo XVIII, se articula la noción de civilización, palabra derivada de civilité , término estático y aristocrático que no alcanzaba a expresar el proceso de educación y refinamiento continuado, el progreso que implica cierta seguridad de la persona y de la propiedad.

Este significado de la palabra civilización sustituye a la noción de policía, al expresar el carácter continuo, siempre relativo y creciente de la seguridad, y se pasa de los códigos de la “ciencia de la policía” a los ensayos sobre el concepto de civilización. Si aquella policía se refería a todo lo que contribuye a la felicidad de los ciudadanos, a los nacimientos y subsistencia, todavía esta civilización (biopolítica) evoca la turbulencia de los indeseables, el bosque de los náufragos, la lucha por los espacios, los rostros borrados de los enemigos.

Y mientras se define al refugiado político a partir de pautas crecientemente restrictivas, aquel que atraviesa la frontera por razones económicas se convierte en enemigo y objeto de la seguridad biopolítica. La inseguridad de la cual huye el refugiado económico, afirma Cavalletti, hace emerger la misma inseguridad en la zona hacia la cual huye. El dispositivo biopolítico no deja lugar para la fuga de la población excedente, cuyas vidas quedan bajo el Estado de excepción, espectro difundido por doquier.

Hélene L’Heuillet recuerda que ya Hegel concibió a la policía como “baja política”, que tiene por encima al Estado. La seguridad, la protección de la propiedad privada y la libertad personal quedan, así, convertidos en objetivos no del Estado, sino que dependen de la policía, de lo que se encuentra “bajo” la doctrina de la soberanía constitutiva de la alta política. Por un edicto de Luis XIV, el 16 de marzo 1667 nació la institución policial en Francia, a partir de la separación de la policía y la justicia –antes, la policía era un poder subordinado al poder de la justicia. Con esta autonomía se abre un nuevo uso del saber, de la escritura, del archivo, de la memoria, del examen, de la indagación y la confesión. Es la época de emergencia del aparato de escritura del Estado moderno en el dispositivo disciplinario de saber-poder.

La curiosidad del Estado es saciada por la policía, que recoge para él informaciones, que lo hace invocando el orden. El orden, una forma, también una idea de la política y una tarea de la policía: “Si existe una finalidad de la policía, es el orden. Si la policía es un saber y una inteligencia del Estado, es con miras al orden: el secreto del Estado es el del mantenimiento del orden”, dice Hélene L’Heuillet.

Sabe que el orden debe ser guardado, no salvado. Y la justificación se halla en un desorden primero insoportable, brutal, homicida. Ese desorden hobbesiano es ausencia de mando y el mantenimiento del orden, entonces, contiene una idea de orden.

En la modernidad, la policía, centrada en la ciudad, se constituye en guardiana del cuerpo, aunque ya el orden del cuerpo queda establecido y mantenido a través de la disciplina más que del enfrentamiento. Igualmente, el desorden que necesita la policía tiene su origen en el cuerpo. La disciplina es un cuidado del cuerpo. La disciplina, actúa antes de la explosión de violencia y nace con la desaparición de los suplicios, con el fin de la tortura pública, con el cese del espectáculo del castigo.

Se hace discreto el trabajo de hacer sufrir; la sobriedad punitiva es una estética de época. La sobriedad tiene forma también de reglamento, sustituto vago, gris, velado de la ley. El cuerpo disciplinado no es aquel moldeado por los ritmos y armonías, sino el cuerpo atravesado por la regla. Mantener el orden es, suplementariamente, combatir un enemigo, pero regularmente consiste en tener injerencia en el desorden interior que rige los cuerpos.

La ciudad protege de la muchedumbre, fuente de peligrosidad, cuerpo y masa compactos y turbulentos. En el siglo XVIII, la ciudad le da un contenido a la noción de sociedad, y en él emerge la desproporción entre la cabeza del país y su cuerpo. Cabeza de Goliat, la ciudad es un problema de policía. La calle misma es una obra de la policía; ella le da existencia, hace público lo que era privado; concibe, abre y regula ejes de circulación.

El hombre de las luces se pasea por el mundo como si este fuera un jardín plantado para él, para reconciliar su espíritu atribulado, para deshojar el aburrimiento; él va y viene, y la policía que regula más y más la circulación, lo deja circular sin dejar de controlarlo y protegerlo.

La ciudad está reglamentada. Y el reglamento es la forma de legislación que conviene a la policía; no la ley general de la abstracta voluntad general, sino una legislación minuciosa que se adosa a la ciudad para poner orden, poner en su lugar lo que se mueve, mantener un orden limpio, cultivar un orden recto, que endereza por la fuerza. “La inconmensurabilidad de lo alto y de lo bajo, de lo rectilíneo y de lo curvo, de lo racional y de la violencia potencial, está en su colmo en la oposición entre la justicia y la policía. La policía también es una aplicación de la justicia, que es recta y soberana. Una es lenta, la otra rápida”, dice L’Heuillet.

Si la policía no está fuera de derecho puesto que no existiría ni derecho constitucional ni estado sin capacidad ejecutoria, ocupa una región con áreas de rechazo al derecho, de fuera de la ley, de no derecho; y en su ronda nocturna no se conforma con el derecho, pues debe hacer uso de la fuerza, actuar en nombre de la ley allí donde ella carece de asidero –la fuerza no constituye derecho; la facticidad no produce validez. Ese Estado que descansa sobre la policía no descansa.

Y si la policía hace uso de la fuerza, su principio no es la fuerza: la validez de su actuación le cabe por representación del Estado, pero no bajo la forma ley sino mediante la orden –y ella, en la filosofía del derecho hegeliana deriva de un sentimiento compartido del orden, mantenedor del Estado y no meramente basado en la fuerza. L’Heuillet afirma que “si la policía se ocupa de la calle es porque ésta es el terreno del conflicto social: la calle es la casa de aquellos que no la tienen”.

El barrio tiene como modelo al bosque, matorrales que brotan y rebrotan y pueden obturar el paso; las pandillas son móviles más que masivas, e inquieta la potencia que tienen de transformar un lugar. Pronto, así, se sustituirá en gran medida el miedo a la muchedumbre por el miedo a las pandillas, bandas escurridizas, hordas nómades que desafían la territorialización policial, máquina que ya más que por el orden se legitimará en la búsqueda de seguridad, entidad etérea, espectro que puede desvanecerse en un callejón, en la oscuridad o en la vereda soleada, en el banco de una plaza, en la habitación de edificio custodiado, en el jardín de un barrio privado.

Michel Foucault advierte que esta tecnología política del Estado, la policía, es ajena al estado de justicia medieval y al estado administrativo moderno, ya que a sus leyes –que apuntan a la justicia– y reglamentos –con función disciplinaria– añade dispositivos de seguridad que tienen por finalidad la exclusión. “Hacer la limpieza, es a la vez darle lugar adentro a cada cosa, arrojar afuera lo que no tiene cabida”, dice L’Heuillet.

La policía se ocupa del cuerpo de los individuos, pero tomados en su conjunto: cuerpo urbano intervenido en salvaguarda del Estado, que aspira a la seguridad y que obliga a actuar sobre lo que agita, anima, trastorna al cuerpo. Así, la biopolítica es el perfeccionamiento de la disciplina. Orden y seguridad son las metas que orientan a la política disciplinaria y la biopolítica.

CLAUDIO MARTINIUK

Fuente: https://www.clarin.com

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