La postura que defiende la posibilidad de una posible gestión de las instituciones que pueda implicar un mejor reparto de la riqueza, una mejora de las condiciones sociales y una posibilidad de conquistar posiciones –en la supuesta guerra de posiciones– es demasiado frágil para no ser criticada. Brevemente daremos las razones de ello:

• La era actual es la etapa de la subsunción real, esto es, la etapa en la que la mercantilización alcanza todas las esferas de la vida. Esto significa que prácticamente nada fuera de esta sociedad se mide a través del valor. Y aquellos aspectos que permanecen fuera de la esfera del valor, lo hacen a modo de subordinación de este, como sucede con la reproducción de la fuerza de trabajo en el ámbito de los cuidados.

• Que todo este dominado por el valor significa de facto, que la medición de toda la riqueza se lleva a cabo a través de la faceta del trabajo abstracto. Esto no significa sencillamente que el valor de la mercancía sea tiempo de trabajo socialmente objetivado. Si mantenemos esta fórmula así, corremos el riesgo de caer en una lectura clásica, al perder de vista que el propio trabajo no es algo sustantivo, sino que expresa una relación social. Si el valor es tiempo de trabajo socialmente objetivado es porque el capitalismo es capaz de coaccionar la vida human para poner a su disposición el tiempo de ésta. La mercancía deja de existir en cuanto el tiempo de cada una de nosotras y nosotros deja de alquilarse.

• La proyección histórica de Marx era que el aumento de la productividad del capitalismo conducía a un atolladero sin salida, basado en la imposibilidad histórica de seguir midiendo la riqueza a través del trabajo humano abstracto. Las potencias productivas de nuestra sociedad hacen que cada vez sea menos necesario el trabajo vivo en la producción de mercancías a gran escala. Estamos llegando a un punto donde en las ramas de mayor valor agregado el trabajo vivo se invierte en la planificación y proyección del producto, pero no en la reproducción a gran escala de este.

• El Estado no escapa de estas lógicas. El Estado de hecho es un capitalista más con características específicas. El Estado es el capitalista colectivo que regula al resto de capitales existentes. En algunos casos su función es sencillamente la del fondo común de los capitales “privados” necesario para regular y reproducir la vida social. En otros casos, el mismo es una empresa dedicada a la producción de plusvalía. En su carácter de capitalista colectivo normaliza las relaciones de producción para que estas sigan funcionando. Por supuesto, el nivel de complejidad que alcanza el capitalismo exige la existencia de aparatos especializados que sirven desde el encuadramiento de masas –sindicatos, partidos, medios de comunicación– hasta la ordenación de la sujección de la fuerza de trabajo tanto al Capital como al Estado –el derecho y todas sus derivaciones– así como la represión de aquellos que transgreden la ley del valor o de la soberanía –como la policía.

• Como parte del entramado capitalista en la era de la subsunción real, el Estado, independientemente de su forma, mide su capacidad de actuar como el resto de capitales: de un lado los beneficios, de otro los costes. El Estado obtiene dinero de distintas maneras y los invierte de diferentes formas, pero un hecho es esencial, concretamente, que depende de él. No hay Estado capitalista que pueda escapar a la balanza de costes y beneficios. Si quiere implementar una política pública, debe obtener dinero para financiarla. Si decide tomar medidas fiscales para financiarla, o expropiar una proporción del suelo nacional, o gravar con una tasa a los capitales, puede hacerlo, pero del mismo modo, corre el riesgo de ser menos competitivo en el mercado, de ofrecer políticas menos ventajosas y por tanto dejar de obtener beneficios por fuga de capitales u otras formas de coacción del propio capital. El Estado está dominado por la ley del valor, sobre todo a partir de la consolidación del proceso de conformación de los grandes mercados regionales.

• A los Estado también les afecta la bajada de la tasa de ganancia y la crisis derivada de medir la riqueza a través de la ley del valor. Mientras ellos pudieron posibilitar, a través de la implementación de políticas keynnesianas, las rentabilidades del capital, éste pudo dar todavía una imagen de poder redistribuir el reparto de la riqueza. La crisis de la tasa de ganancia a partir de la década de los 70´es una crisis derivada tanto de la competencia intercapitalista, como de la competencia entre capital constante y capital variable. Esta crisis imposibilita a los Estados llevar a cabo políticas de inversión dentro del marco nacional. Su capacidad de ordenar y regular el capitalismo en la escala estatal con inversiones productivas, fracasa.

• El efecto de esta crisis de reinversión productiva se basa en la acumulación de grandes sumas de capital en el sector financiero que ya no se mantienen vinculadas a un territorio regional productivo. Este capital monetario escapa de esos escenarios más estáticos y va en busca de inversiones mucho más lucrativas que permitan frenar la baja de la tasa de ganancia. Esto explica el nacimiento de las ciudades globales como centros de decisión de este capital a la espera de nuevas inversiones. Este capital en todo caso no lo es tanto, porque reinvierte las dinámicas históricas de acumulación a través del adelanto del beneficio:

«su régimen de acumulación está constituido por la anticipación de la futura producción de valor. Desde el giro de finales de los 70, minado en su propia lógica por la tercera revolución industrial, el capitalismo solo ha podido sobrevivir consumiendo por adelantado su crecimiento futuro a través de la producción de capital ficticio, ahora especialmente por la compra por los bancos centrales de deudas públicas y privadas».

• Por supuesto, esta nueva situación implica nuevas formas de relación con el Estado, que de manera sintomática se pueden ver en la prohibición de los Estado de superar el 3% de inflación, que viene a ser lo mismo que decir que eviten a toda costa procesos de devaluación de su moneda que produjeran que los capitales ansiosos de entrar en busca de beneficios, fueran turbados al ver que una inversión en un país con una inflación disparada,

devaluaría sus propios beneficios, pues si sube la inflación suele ser porque la moneda se devalúa y por tanto la inversión en esa moneda también. Es así sencillo: cada Estado, cada administración, está afectado más que nunca por la competencia contra el resto, por las exigencias de la ley del valor; este esta obligado a ofrecer ventajas a los capitales financieros ficticios en busca de inversiones lucrativas.

• Del mismo modo, la obligación de pagar la deuda a toda costa, incluso aunque la propia obligación al pago derive en un aumento de la deuda, haciéndola de facto más impagable, no es sino la necesaria obligación de seguir mercantilizando todos los recursos que existen y de los que puede hacer uso el Estado, pues si no se llevaran a cabo estos programas de ajuste, el efecto inmediato sería un proceso de desmercantilización caótica derivada de una fuga de capitales.

• El hecho es que la mayoría de administraciones y Estados son absolutamente dependientes del capital financiero. De hecho, es la propia economía la que sobrevive de la postergación de la crisis a través de la formación de capital ficticio que permite adelantar los beneficios del futuro en el presente, que permite mantener en funcionamiento el sistema productivo.

• Por tanto, ninguna institución puede enfrentarse a este problema, pues remite al núcleo de nuestras sociedades, al agotamiento del valor. Algunos Estados y administraciones, si acaso, pueden adaptarse mejor a esta dependencia, ya sea porque en sus regiones existe un capital fijo altamente tecnificado de una enorme productividad, ya sea porque obtienen rentas del dominio de recursos naturales estratégicos (algunos países de la OPEP), ya sea porque tienen suficentes recursos y dominio sobre la fuerza de trabajo para extender por medio una combinación de explotación relativa y absoluta de esta la producción (China). En todo caso, estos dos últimos modelos, podrían estar empezando a dar también muestras de agotamiento.

• Que sin embargo los Estados y las administraciones acepten estos chantajes se debe a que, más allá de su voluntad, no tienen otra posibilidad, porque ellos funcionan con dinero, pagan a sus trabajadores con dinero, se sostienen con dinero. Un proceso de desmercantilización, sino es efecto de un ascenso de luchas que produzca la construcción de un sujeto antagónico dispuesto a organizar la vida fuera de la comunidad del capital, desembocará en una catástrofe social. Al día siguiente de que comenzara este proceso, comenzaría seguramente ¿una guerra? ¿un golpe de Estado? Si no hay dinero, ¿con qué pagamos a los trabajadores públicos? ¿de dónde sacamos los medicamentos? ¿y la gasolina? ¿cómo seguimos importando ciertos alimentos? Es obvio que esto es a lo que se enfrentó Syriza hace un año.

• Es fundamental entender que nuestra vida está hoy tan profundamente regida por la mercancía y los aparatos de Estado, que un proceso de desmercantilización caótico podría tener consecuencias catastróficas. Así pues, las lecciones son muy claras. No podemos usar el Estado, ni las administraciones para conquistar posiciones, porque éstas no existen. La lógica que los rige es la del valor, y si intentamos llevar a cabo una política que produzca beneficios sociales, rápidamente estaremos atrapados en la resta de beneficios menos costes.

Miembro de Colectivo Germinal

Fuente: http://colectivogerminal.org