Paul Feyerabend: No hableís, organizaos!

by • 29 junio, 2016 • Artículos, Ecología, Fayerabend, Paul., Organización, Teoria políticaComments (0)1470

Hace dos semanas recibí de América una invitación para escribir un artículo en el número extraordinario de Telos, titulado “ecología, filosofía y política”, decía la carta:

Hemos pensado que usted puede estar interesado en las repercusiones ecológicas de los debates más recientes en teoría de la ciencia…

Al principio pensé en rechazar la invitación, pues mi interés en las repercusiones de una cosa las insípida como la teoría de la ciencia es más bien escaso (desgraciadamente, no siempre ha sido así). Pero después me pareció que un movimiento importante como la ecología no debía quedar inhibido por estériles discusiones académicas. Los problemas están claramente ante nuestros ojos; son problemas urgentes que requieren una solución. Pero ¿que es lo que ocurre? Se invita a discusión sobre las repercusiones ecológicas de los debates mas recientes en teoría de la ciencia. Y no son unos dinosaurios académicos quienes invitan a tales debates, sino intelectuales comprometidos. Por lo visto, tampoco esta gente ve más allá de las paredes de su oficina. Esta fue la impresión que me empujó a la siguiente respuesta.

Hace unos meses recibí un artículo de un conocido sociólogo acerca de una serie de estudios estadísticos sobre la eficacia de la medicina científica. Los estudios ponían de manifiesto que hay procedimientos, ampliamente extendidos, que no sólo son ineficaces, sino que disminuyen la vida de los pacientes.

Completamente sorprendido, el autor constata que esta información no ha hecho mella en la investigación ni en la praxis médicas. El intenta explicar esta extraña inercia y propone una serie de antídotos sociales y epistemológicos: Hay que emplear unos criterios nuevos a la hora de seleccionar a los especialistas (e incluso a los estudiantes de medicina) y hay que construir la investigación sobre otros principios.

Problemas semejantes salieron a la luz a lo largo de una serie de discusiones que tuvieron lugar en la ETH (Eidgendenossische Technische Hochschule) de Zurich. Allí se dijo que muchas veces los científicos excluyen de su investigación todo tipo de consideraciones humanitarias. Cuando un científico tiene que elegir entre dos programas de investigación, encuentra a su disposición hermosos y a veces muy complicados criterios. Entre ellos ocupan un lugar destacado la eficacia, la elegancia de la solución, la contrastabilidad. Pero casi nadie se ocupa de la cuestión de sí la solución será del agrado de los hombres y mujeres que tienen que vivir con ella. Lo que aquí se propuso fue hacer que los científicos e ingenieros trabajaran conjuntamente con filósofos y otros expertos en valores, de modo, que por ejemplo, cada equipo de investigación contara con un filósofo.

Ambos tienen una característica común: intentan poner remedio a una situación insatisfactoria desde dentro, y concretamente mediante una serie de propuestas inteligentes. Pero el problema es más grave. A este respecto, se han pasado por alto los resultados de las investigaciones concretas. ¿se puede esperar que una serie de propuestas filosóficas abstractas consigan lo que los resultados concretos no consiguen?

Tomemos el primer caso: Blenker y otros han puesto de manifiesto que personas mayores, que necesitaban de un cuidado especial y que fueron atendidas por personal especializado murieron, dentro de un período de tiempo previsto, mucho antes que otras personas que no habían recibido atención alguna. Este resultado científico concreto que no se ha tenido en cuenta en ninguna estimación científica; tampoco la praxis ha cambiado.

El procedimiento que en ingles se conoce con el nombre de radical mastectomy (la extirpación completa de las glándulas mamarias y linfáticas) lo introdujeron por primera vez Willian Halstead y John Hopkins Spital en Baltimore a finales del siglo pasado. Una serie de investigaciones que comenzaron en los años 50 de mostraron que las posibilidades de vida de las pacientes que habían sido sometidas a este tratamiento no variaban en gran medida. Y, a pesar de todo, todavía a finales de los años setenta se seguía sometiendo a esta operación al 80% a las enfermas con cáncer de mama (en los EEUU). Cuando es la propia gente que se las tiene que ver directamente con su investigación quien pasa por alto los resultados concretos de la misma, ¿cabe esperar que hagan más caso de una crítica abstracta o de la propuesta de cambiar el carácter de la profesión?

El segundo caso es todavía más llamativo: los filósofos deben participar en la selección de programas de investigación científicos. Obsérvese de que modo el debate se mantiene dentro de los límites académicos (tengo la sospecha de que aquel número de Telos tendrá el mismo resultado): el objetivo era hacer la investigación mas humana, pero no se consulta a las mujeres y hombres afectados por la investigación. lo que se hace es consultar a especialistas en el enjuiciamiento de estos mismos hombres. Pero con esto no se hace otra cosa que agrandar el problema en lugar de solucionarlo. ¿Creemos de verdad que los especialistas en el hombre están menos sometidos a la ley de la inercia que los médicos? La historia nos enseña algo completamente distinto. Hay caprichos filosóficos que se expanden, a pesar de los resultados concretos, igual que los caprichos médicos y científicos. Y, además, ¿a quién vamos a elegir? Hay hegelianos, positivistas, tomistas, existencialistas, y muchos otros pájaros de parecido plumaje. Todos ellos tienen sus opiniones propias acerca de la naturaleza del humano. Y, finalmente, ¿por que tienen los científicos que hacer caso de los filósofos? ¿por que no deberían más bien decir: “¡vaya! alguien nos ha metido un loco en nuestro equipo, intentemos neutralizarlo”.

Desarrollos de este tipo hacen verdaderamente difícil el que las instituciones dudosas puedan cambiar de una manera puramente intelectual, es decir, mediante argumentos y la presentación de puntos de vista razonables y simpáticas filosofías. Dicho de otro modo más preciso, dudo mucho que una acción ecológica quede reforzada por una filosofía ecológica. Al contrario, una filosofía de este tipo puede crear con sus debates un anillo protector que impida que se acometan cambios considerables del status quo. Es posible que la crítica sea clara e incisiva; puede atacar el centro mismo de la cuestión; se construyen nuevas posiciones mientras se derrumban otras, pero todo eso ocurre en u lugar seguro, donde no se pueden causar grandes daños, en las páginas de una revista respetable o cuasi respetable o entre las paredes de la academia.

Pero, ¿acaso no descansa la acción en el pensamiento?, y ¿acaso el pensamiento no necesita un marco general, una lógica, una filosofía, una religión que le proporcione estructura, contenido y fuerza? Respondo con un sí restringido a la primera pregunta y con un no rotundo a la segunda?

¿que significa actuar políticamente? significa intentar transformar cabezas y situaciones en el mundo. La acción política puede ser democrática o totalitaria, abstracta o personal. Una acción totalitaria intenta influir en los hombres pero sin darle posibilidad alguna de repercutir a su vez sobre ella. Es una calle de dirección única. Ejemplos de ello encontramos en los métodos de educación de las escuelas autoritarias y en el entrenamiento militar. Una acción puede ser un completo fracaso y, sin embargo, ser también totalitaria. Ejemplos de esto son algunas guerras de agresión, casi todos los programas de educación (o los programas de la rehabilitación de la prisiones) y una gran parte de la praxis médica moderna. Una acción democrática, por el contrario, dispone la situación de tal manera que al menos en principio, todos los que están afectados por la acción pueden tomar parte en ella. Los ciudadanos ya no son objetos pasivos de procesos, como guerras políticas o argumentos entre grupos privilegiados que tienen lugar por encima de sus cabezas, sino que son ellos mismos el grupo privilegiado que planifica cada movimiento de la guerra y cada rasgo de la argumentación. Ejemplos de ellos son los movimientos de iniciativas ciudadanas, los matrimonios abiertos y algunos casos de trabajo antropológico. La acción democrática surgió en la Atenas antigua. Protágoras (véase su gran discurso en el diálogo platónico Prtotágoras) y Pericles (la oración fúnebre, transcrita por Tucídides) han descrito sus caracteres con una claridad aún hoy no superada.

La acción política es abstracta cuando no se dirige a hombres reales con todas sus peculiaridades, sino a caricaturas de estos hombres. Todo intento de influir en los hombres y mujeres  solo mediante argumentos es una acción abstracta en este sentido. Una acción política es personal cuando no es abstracta. Una acción personal se ocupa de amigos y no de entidades abstractas. Está claro que una acción abstracta, incluido el pensamiento abstracto tiene caracteres totalitarios; se considera obvio que sólo merece consideración la humanidad reducida (por ejemplo, “el hombre racional”) que postula. Una acción abstracta es también elitista; sólo un grupo muy especial de gente tiene la formación y el conocimiento suficiente como para entender las caricaturas.

Estos explica los aspectos totalitarios y elitistas del liberalismo, del marxismo académico y de otras ideologías progresistas. se supone que tanto los liberales como los liberales como los marxistas hablan de libertad, de igualdad y de verdad. Pero la igualdad que ellos defienden no concede los mismos derechos a todas las formas de vida, por ejemplo, no trata de la misma manera a los indios de a los estudiantes de Harvard (o CUNY): sólo asegura un acceso igualitario si se trata de acceder a su propio terreno de juego, al edificio del racionalismo occidental. Las otras formas de vida sencillamente no existen. Y la verdad no es un fundamento del ser que englobe todos los aspectos del humano, el cuerpo, tanto como el alma, lo terrenal tanto como lo divino, sino que es simplemente el resultado del andar jugando en este edificio. Nosotros no tenemos ni libertad ni conocimiento; lo único que tenemos es una nueva esclavitud construida sobre nuevos prejuicios.

Y ahora os pregunto: un movimiento, que intente paliar los daños ecológicos causados por el capitalismo, ¿debe seguir sirviéndose dela filosofía de la era capitalista, es decir, del racionalismo científico, siendo así que con ello perpetuaría los perjuicios políticos y personales a los que esta filosofía conduce? ¿debe seguir haciendo planes, proponiendo ideas, produciendo síntesis, sin consultar para nada a los hombres y mujeres, que son, el última instancia, los que tienen que vivir con los productos de esta agitación? ¿puede un movimiento semejante seguir admitiendo que sólo hay una forma de pensar y que los hombres y mujeres que organizan su vida de otra manera (como por ejemplo, los indios de América) tienen que ser educados antes que se les permita participar en el proceso político? ¿acaso la ecología no debería ir acompañada de la materia de una ecología del espíritu. Para mí la respuesta es clara: el movimiento ha de ser democrático y no totalitario. Tiene que establecer vínculos estrechos con el individuo, pero con el individuo tal y como éste es en su vida cotidiana, no tal y como aparece en una teoría abstracta. En la vida cotidiana cosas como el amor, la amistad, la comprensión desempeñan un gran papel; por lo tanto, son cosas que no se deben descuidar. Pero el amor, la amistad la comprensión sólo se dan entre grupos pequeños. También aquí vale eso de que lo pequeño es hermoso (small is beaitiful). De todo esto se sigue que la actividad ecológica es algo que tiene que surgir de los sueños, peculiaridades, problemas, temores y esperanzas de grupos pequeños y no de filosofías anónimas, creadas por pensadores “objetivos”, es decir, pensadores desabridos y sin rostro.

Las acciones democráticas surgidas de pequeños grupos no sólo son más humanas que los movimientos de masas con una serie de lemas, sino que además presentan considerables ventajas políticas. Pues se conocen bien los problemas, se vive con ellos y, por lo tanto, no es necesario crear problemas artificiales con enemigos desconocidos. Además se conocen la ventajas y desventajas de las instituciones locales y federales, y, por lo tanto, no se necesita crear una desconfianza artificial en todas las instituciones.  La desconfianza artificial tiene, además, grandes desventajas; pues presupone que ninguna institución puede solucionar los problemas, cuando en realidad la situación es completamente distinta, ya que hay instituciones que podrían ser capaces de ayudar pero que no son eficientes; Por último, hay otras que son muy lentas pero a la larga muy eficaces. La acción política debería servirse de todas estas diferencias (cf. Lenin, El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo). Tener intereses comunes y llegar a resultados parecidos crea un sentimiento de solidaridad entre los grupos que favorece el intercambio de ideas y la comparación de experiencias. Adaptados los deseos, el movimiento procede desde dentro y no disuelve las relaciones interpersonales con que comenzó. Cuando se actúa se piensa, pero grupos distintos se basan en pensamientos distintos; utilizan argumentos diferentes; conceden un papel distinto al sentimiento, a la imaginación, a la esperanza, al odio, a la desesperación, y las historias que les convencen son también muy diferentes. Poco a poco comienzan a surgir semejanzas entre las ideas de los diversos grupos, pero estas semejanzas sirven para hacerlas más abundantes, no parea sustituirlas; además, surgen de un proceso de intercambio concreto y único desde un punto de vista histórico, y eso hace que se presenten rasgos muy concretos y únicos. Una filosofía que se desarrolla independientemente de este intercambio es incapaz de predecir estos rasgos y los conceptos de una filosofía racional, que son generales en el sentido de que excluyen las casualidades históricas, son incapaces de expresarlos; por ello, los argumentos racionales y las acciones democráticas marchan casi siempre por caminos diferentes. Este es también el motivo de que una discusión puramente filosófica (sociológica, antropológica), sea en cuestiones ecológicas o inútil o potencialmente intolerante. Es inútil, ya que la acción democrática conduce, con mucha probabilidad, a resultados completamente diferentes y es potencialmente intolerante por que con mucha frecuencia los filósofos creen que tienen que habérselas con suposiciones, es decir, que los demás tienen que escucharles, mientras que ellos sólo necesitan escucharse a sí mismos.

Paul Feyerabend.

Publicado originalmente en Feyerabend, Paul. Por que no Platón.

 

 

 

 

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