Cooperativas como instrumento de aprendizaje y libertad

by • 13 mayo, 2016 • Antidesarrollismo, Artículos, Coyuntura política, Economía, Historia anarquista, OrganizaciónComments (0)1729

pilpilen04_web-5Introducción

El cooperativismo surge en Europa junto al socialismo, el sindicalismo y el anar­quismo como respuesta ante el brutal establecimiento de la revolución industrial. Pero el acto de cooperar, de actuar coordi­nadamente con otro, con otra, caracteriza a la vida y al ser humano, en su naturaleza so­lidaria y gregaria, en la construcción de su identidad y cultura, como crecientemente lo demuestran los estudios que rescatan las prácticas de los pueblos originarios del con­tinente. Ya en el número anterior de esta Re­vista tuvimos una reseña del significado del mingako: un conjunto de prácticas humanas de cooperación, sin dinero de por medio.

Los orígenes del cooperativismo chileno

En el siglo XIX nutridos grupos de artesanos entre 1825 y 1870 dieron vida a un movimien­to de industrialización popular que fue sofo­cado por el patriciado mercantil enquistado en el Estado autoritario construido por Diego Portales y sus secuaces. Es decir “empresas” donde el factor que organizaba y dirigía al res­to de los factores de producción era el trabajo. En 1853, el movimiento artesanal da origen a la “Sociedad de Socorros Mutuos de la Unión de Tipógrafos”, con el objeto de mejorar sus condiciones de vida; en 1887 – en Valparaíso – nace la Cooperativa de consumo “La Esme­ralda”, vinculada a grupos de artesanos que ya habían realizado una docena de insurreccio­nes y motines protagonizados junto a sectores obreros aliados, mostrando una gran capaci­dad de lucha. En 1904 surge la Cooperativa de consumo de los trabajadores de Ferrocarriles que para algunos historiadores es la primera cooperativa promovida por el Estado, si bien su nacimiento se debió a la demanda de las/los trabajadoras/es.

Cooperativismo desde la iglesia y el Estado.

A mediados de la década de 1950, la iglesia católica promueve las cooperativas parroquia­les de ahorro y crédito, y el Estado da fuerte promoción a diversas cooperativas. Pero es con el gobierno democristiano de Eduardo Frei (1964-1970) donde el cooperativismo es ya un instrumento vital para el proyecto que, en lo geopolítico en la región de Sudamérica, tenía por misión detener el ascenso de la izquierda y el mundo obrero y campesino al poder. El partido demócrata cristiano para su creación y ascenso al gobierno en 1964, fue financiado por El Pentágono, como lo demuestran docu­mentos desclasificados de la CIA en EE.UU. con una cifra de 20 millones de dólares de la época. Una vez en el gobierno desde el Estado se promueve las cooperativas, favoreciendo directamente su desarrollo desde su institu­cionalidad, ejerciendo contención al proceso revolucionario y dando la sensación de “pro­greso” al aumentar el consumo. La tarea era dar a Latinoamérica la sensación de ser la cla­se media del mundo, para evitar nuevos brotes

del tipo revolución cubana. Así la Corporación de Reforma Agraria (CORA), impulsó las coo­perativas de asignatarios de tierras expropia­das, el Instituto de Desarrollo Agropecuario (INDAP), apoyó la creación de cooperativas campesinas y pesqueras. Como corolario de este cooperativismo desde el Estado en 1965 se crea la Comisión Nacional Coordinadora de Cooperativas, compuesta por funcionarios gubernamentales, representantes del movi­miento cooperativo (mayoritariamente de­mocristianos) y el SERCOTEC. La Universidad Católica de Chile crea el Instituto de Estudios Cooperativos (1965) y la Universidad de Chile implementa la Carrera de Técnico en Coope­rativas (1968).

Salvador Allende declaró en más de una ocasión que “el cooperativismo chileno es esencialmente capitalista”. Tras el golpe mi­litar de 1973, la CONFECOOP (Confederación de confederaciones de cooperativas de Chile) repitió con Eduardo Frei M. “El golpe era ab­solutamente inevitable”. Pero la experiencia de los cordones industriales, consistente en la toma, defensa y puesta en producción de las empresas paralizadas por los trabajadores, contra los empresarios golpistas en 1972, tra­jo a la mano la capacidad auto organizativa de los trabajadores, mientras los jerarcas de la UP se comportaban como una vulgar casta polí­tica (nada nuevo). Por ello los asentamientos producían, trigo, carne, leche y alimentos, así como las empresas tomadas hacían muebles, línea blanca, autos, radios y televisores.

¿Por qué Cooperativas?

En el intento por ejercer derecho a ciudada­nía y construir poder popular, en el Chile de los 70, muchas cooperativas y experiencias de empresas administradas por los y las trabaja­dores y trabajadoras, rebasaron las directri­ces dadas por el estado, la ley y los partidos. Es decir las cooperativas no son “neutrales”, son formas poderosas de organización si el propósito efectivamente está al servicio de un objetivo claro. Asentamientos con cientos de campesinos y mapuche fueron una escuela de aprender haciendo, que queda en nuestra memoria colectiva. Hoy cuando hay atisbo de resistencia a la depredación sistémica en que se encuentra Chile, es necesario discutir, po­ner sobre la mesa, el modo en que se genera la autonomía, la coherencia de proyecto y la integralidad del mismo. La normalidad indica que “trabajamos y vivimos en campo enemigo”, en la empresa privada, que estamos reducidos una y otra vez al uso degradante del derecho a petición, como también a la periódica elección individualista de los candidatos designados y controlados mayoritariamente por la clase po­lítica neoliberal.

En los últimos veinte años, ha habido un im­portante aumento en la constitución de coope­rativas en Chile, pero en su mayoría (me atrevo a afirmar que en más del 90 % de los casos) han sido creadas por instancias de ONG, con­sultoras y financiadas por el Estado, la gente se “une” no porque ellos lo deciden, sino porque así acceden a los subsidios de fomento produc­tivo del Estado. Se genera un círculo cultural perverso, donde los microempresarios sueñan con ser grandes empresarios y prácticas como la confianza, la autogestión, la ayuda mutua, se subordinan al acceso a “cosas”, capital de trabajo, equipos, puntos de venta, se consoli­da y mantiene a una masa social llamada “de la microempresa”, incapacitada laboralmente, que vive de un empleo o un autoempleo preca­rio e inserto en una economía informal, en vez de contar con una clase trabajadora técnica consciente de sus poderes cívicos, capacitada para producir y generar tecnología, y decidida a hacer camino hacia la autogestión.

Cooperativismo con identidad política y contrario al modelo. Por ello el modelo coope­rativo es necesario investigarlo, interrogarlo y explorarlo pero desde enfoques populares, desde la historia integrada a los procesos y luchas políticas y sociales: Porque hace más de un siglo era una práctica de la autogestión popular. Hoy, cuando el extractivismo y la depredación no tiene contrapeso, vemos flo­recer las huertas, las publicaciones colectivas, colectivos de arte y cultura, de autoconsumo, de productores y consumidores unidos en cír­culos de precio justo, experiencias de aplica­ción, instalación y uso de equipos de energías renovables, de baños secos, de software libre, etc. Instancias todas que pueden utilizar la figura cooperativa, como un paraguas que les articule entre sí, pero también con un merca­do y un Estado, protegiendo al ciudadano, a la ciudadana, no solo en su rol de contribuyente, sino en una organización social, política, cul­tural y económica, democrática, donde una persona es un voto independiente de su capi­tal aportado, pero donde hay responsabilidad comunitaria, porque las cooperativas en las que pensamos son esencialmente locales y de relaciones cara a cara.

Pilpilén Negro, N°4. Los Choros, Mayo 2016. Pp. 6-7

Descargar número completo: Pilpilen N°4

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