Nación y nacionalismo: el atractivo manjar envenenado

by • 24 junio, 2015 • Artículos, Coyuntura política, Reflexiones y otros, Teoria políticaComments (0)844

“El hecho de pertenecer a una de­terminada clase, nación o raza, no determina en modo alguno acerca de todo el pensar y sentir del individuo.” -Rudolf Rocker.(1)

Introducción

El nacionalismo, entendido este como movimiento político que une a sus partidarios/as bajo la exaltación y defensa de una determinada nación, vuelve a estar en boca de la actualidad política. Ucrania, Palestina, Rusia, España, Cataluña, Galicia, Euskal Herria dan buena fe de un nuevo renacer del impulso de los nacio­nalismos. Las motivaciones para matar y dejarse matar por algo artificiósamente creado como la nación cobran fuerza. Y nueva­mente, el persistente atractivo del nacionalismo vuelve a presentarse tanto a las oligarquías económicas locales como a los oprimidos (por las oligarquías supranacionales y locales) como la solución defi­nitiva a sus problemas. ¿Qué hay de novedoso en todo esto? ¿Es la idea de liberación nacional algo por lo que debamos luchar? ¿Qué posturas debemos defender frente a cuestiones como la defensa de la lengua y la cultura propias frente a la imposición de otras ajenas? ¿Qué intereses hay detrás de la defensa de la nación? A estas y a otras tantas preguntas trataremos de dar respuesta, utilizando diver­sas fuentes de autores anarquistas que han tratado de analizar bajo una clave antiautoritaria la cues­tión del nacionalismo.

Pueblo y nación: aclarando términos

Un pueblo es el resultado natural de las alianzas sociales, una conflu­encia de seres humanos que se pro­duce por una cierta equivalencia en las condiciones exteriores de vida, por la comunidad del idioma y por pre­disposiciones espaciales debidas a los ambientes climáticos y geográficos en que se desarrolla. Pero una nación no es nunca más que la consecuencia arti­ficiosa de las aspiraciones políticas de dominio, como el nacionalismo no ha sido otra cosa que la religión política del Estado moderno. La pertenencia a una nación no es determinada nunca por profundas causas naturales, como lo es la pertenencia al pueblo. Eso de­pende siempre de consideraciones de carácter político y de motivos de razón de Estado, tras los cuales están siem­pre los intereses particulares de las minorías privilegiadas en el Estado.(2)

Este breve párrafo resume la esencia manipuladora del concep­to de nación y del nacionalismo. Alterar el cariño natural por la tierra en la que nos criamos y la idea de pueblo como algo laxo, abierto y natural para conseguir unos determinados fines políticos.

Naturalmente, fue la burguesía en los amaneceres de su establec­imiento como clase dominante, quién necesitada de vincular a oprimidos y oprimidas y su proyecto de estado moderno (los estados-nación). Era necesario con­struir una maquinaria estatal que garantizase la protección de los intereses de la clase empresaria, que movilizase ejércitos para las guerras entre las diferentes bur­guesías nacionales y persiguiera y dividiera a los oprimidos por diferencias culturales, étnicas o de nacimiento.

La moderna organización en estados nación implica por tanto un paso más en el perfecciona­miento del dominio autoritario, pues sacraliza el Estado y lo eleva a los altares. Ideas surgidas entonces como voluntad genera, identificar a la nación con algo natural, exaltaciones del fervor patriótico a través de la banderas, los himnos y la mistificación de la tradición no son sino elementos que dan muestra de una serie de ritos e iconografías que dotan a la nación de un halo de misticismo y religiosidad.

 Cultura, lengua, religión: ingredientes mágicos de la nación

Quizá el lector intente aplicar una definición de nación como territorio organizado por personas que comparten idioma, religión y costumbre, o al menos una de las tres. Semejante definición, clara, concisa y estática no describe dicho fenómeno; es una apología del mismo, es su justifi­cación. El fenómeno no consistió en una definición estática sino en un proceso dinámico… Fueron meros pretextos, in­strumentos para movilizar ejércitos. La coronación del pro­ceso no consistía en la consagración de aquello que se tenía en común, sino es su empobrecimiento.(3)

Lengua, cultura y otros elementos generados por las comunidades humanas son utilizados como meros pretextos para conciliar a grupos sociales an­tagónicos, con intereses opuestos, bajo la sombra de una determinada nacionalidad. Así, la cultura, que debiera ser algo libre, que emanara del individuo y del constante evolucionar y enriquecimiento entre las personas, queda reducida a bloques monolíticos, cerrados y definidos por una institución que se dote de la suficiente legitimidad para hacerlo. Hablamos del Estado, por supuesto. Ya no existen las diferencias de clase, sino que ricos y pobres, oprimidos y opre­sores están vinculados al mismo proyecto. Y tienen enemigos comunes: los habitantes de otras naciones. Así, nuevamente, se constata como este proyecto beneficia a las clases dirigentes del Estado, al capita­lismo que necesita de guerras y a la persecución del diferente y del otro como chivo expiatorio.

Lengua y cultura debieran ser algo vivo, que en libre desarrollo y enriquecimiento mutuo entre las personas, creciera libre en la sociedad.

La imposición de de una determinada lengua o una determinada cultura, y la definición de estas de modo cerrado e inamovible solo obedece a los intereses del Estado que se legitima así mismo a tra­vés de estas. Todo proceso de construcción nacional implica la imposición de una determinada lengua y cultura, con la consiguiente muerte de las mismas. El aniquilamiento de lenguas y culturas a lo largo de la historia dan buena prueba de ello.

En la actualidad, donde una cultura dominante, acorde a los interés del mercado, trata de imponerse sobre el resto, es necesario, que defendamos no tanto una determinada cultura que acabara convirtién­dose nuevamente en algo cerrado que tratásemos de imponer, sino en la absoluta capacidad libre del individuo de elegir su lengua y su cultura, y que estas se desarrollan libremente.

¿Qué encargado de un campo de concentración no desciende de un pueblo oprimido?

Si algo nos ha enseñado la historia es que el naci­miento de nuevas naciones, antaño luchas entusiastas en las que los valores de justicia y libertad primaban acabaron engendrando auténticos monstruos. ¿No fue una lucha contra la opresión del Imperio Britá­nico la que engendró a los sobradamente conocidos EEUU por su capacidad imperial? ¿No fue la Alemania que décadas antes luchaba por la unidad nacional la que llevó acabo un exterminio sistemáticamente planeado y racional de millones de personas? ¿No son los ahora asesinos de niños en Ghaza, el pueblo históricamente oprimido? El proceso es siempre el mismo: las naciones oprimidas acaban convirtiéndo­se en opresores mucho más eficaces y sanguinarios que sus predecesores.

Cuando las izquierdas especialmente claman por la liberación nacional, anteponiendo los intereses nacionales a la lucha contra la sociedad de clases, a la lucha contra el dominio del trabajo asalariado y de la autoridad sobre nuestras vidas, deberían hacer un ejercicio de memoria histórica. La liberación na­cional es el camino fácil y sencillo, es un canto de sirenas para los oprimidos que no aspiran a acabar con la opresión, sino a ejercerla.

Toda población oprimida puede convertirse en nación, en un negativo fotográfico de la nación opresora.(4)

Si el 12 de octubre no hay nada que celebrar, salvo la opresión y el exterminio, tampoco hay que celebrar ni un solo día nacional, ya sea de Castilla, Cataluña, Palestina o cualquier proyecto de nación. Es necesario mirar con la perspectiva dinámica oportuna en todo proceso de liberación nacional y ver las fases que estas atraviesan: el germen de la autoridad acaba infectando cualquier proceso en el que este inoculado, y el proceso de liberación na­cional es sin lugar a dudad un proyecto autoritario antes o después, tal y como hemos explicado.

La propuesta anarquista: el federalismo libertario

El anarquismo no pretende la unidad en el sentido que habitualmente se utiliza este término de uniformar, igualar, romper la diversidad existente en la humanidad, el anarquismo pretende la unión, es decir, la relación orgáni­ca entre las personas por medio del libre acuerdo. Una so­ciedad libertaria solo aspira a instalar una estructura en cuanto a la necesidad de una constitución social federativa respetando todo lo demás: idiomas, costumbres, hábitos de vida, características culturales, etc. (5)

Los anarquistas se declaran enemigos de cualquier tipo de centralismo, de cualquier imposición coerci­tiva y de cualquier estructura en las que la capacidad decisoria no emane del individuo. El federalismo libertario es la propuesta de organización territorial, social y económica que ofrecen los anarquistas como forma de organización social donde la cultura en todas sus formas y libre de ataduras sea desarrollada libremente por las personas. Es por tanto la contrapo­sición a la idea de nación que necesita de un Estado (bajo cualquier forma, centralista) para delimitar su territorio y establecer la lengua, las costumbres y la cultura de manera impuesta, controlada y monolítica

En respuesta a esto, los anarquistas entienden que la organización social debe ser organizada por las personas libremente en igualdad de condiciones, guiados por el espíritu de la solidaridad y el inter­nacionalismo. La libre unión de los anarquistas, el federalismo, es capaz de otorgar una estructura allí donde sea necesaria y deseable para organizar la vida social, pero siempre de abajo arriba y respetando la autonomía de cada una de sus partes. La base del federalismo libertario es la autogestión y la autoor­ganización de sus unidades más pequeñas, de las que emanan las decisiones, mediante el asamblearismo, la horizontalidad, el libre acuerdo y la autonomía. La libre unión de personas, de grupos, asociaciones, municipios libres, sindicatos… tendrá como base la li­bertad individual y colectiva, que garantizará el libre desarrollo de la cultura, la lengua, las costumbres y los hábitos de vida.

El federalismo libertario, en contraposición a federalismo estatal, rechaza por principio toda cen­tralización de cualquier signo y, por supuesto, de cualquier forma de Estado. Frente a la forma de uni­dad centralista que impone una serie de estructuras propone que sean las propias personas quienes de­cidan bajo que estructura deciden organizar la vida social y económica, sin ninguna clase de imposición.

Publicado originalmente en Contragolpes. Órgano de expresión de Juventudes Libertarias de Madrid (FIJL). Nº2. Septiembre/Octubre, Madrid. 2014. Pp. 4-6.

Notas

1 Nacionalismo y Cultura. Rudolf Rocker.

2 Idem.

3 El persistente atractivo del nacionalismo. Fredy Perlman

4 El persistente atractivo del nacionalismo. Fredy Perlman

5 Anarquismo y nacionalismo. Juventudes Libertarias de Bilbao (FIJL) 1998.

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