La producción de la figura terrorística (ejercicio de flash-back vintage)

by • 14 abril, 2015 • Artículos, Coyuntura política, Geopolítica, Historia social, Reflexiones y otros, Teoria políticaComments (0)924

“(…) el terrorismo sigue sin ser identificado como una criatura de la Modernidad (…)”

Peter Sloterdijk

Claramente, definiciones para el terrorismo hay múltiples como también estudios al respecto, los que han proliferado desde la caída de las Torres Gemelas en 2001. Existen tratados sobre la Historia General del Terrorismo, mostrando cierta continuidad desde los sicarios a principios de la era cristiana y el yihadismo. También hay estudios referidos a las conceptualizaciones y vínculos jurídicos del terrorismo, y hasta una Historia Oficial de la Ley 18.314. De manera similar, se han investigado las motivaciones de estas conductas y las condiciones sociales propicias para el terrorismo. Ahora, nosotros nos estableceríamos en el cruce de esos documentos. Todavía pudiendo aportar dentro de los ámbitos señalados, este trabajo propone mirar al terrorismo de otro modo, es decir, no cómo definirlo correctamente, sino cómo se enuncia.

En gran medida, revisamos la trama discursiva referida a aquél como una estratificación de luchas minúsculas que evidencian cierto dispositivo. En otros términos, la red que se tiende entre lo dicho y lo no dicho, que posiciona elementos heterogéneos respecto a una función estratégica. En esta oportunidad nos adentraremos, especialmente, en la definición que se realiza de la figura del terrorista, el cual funcionaría como paradigma de gobierno de las formas-de-vida. Entonces, aludimos brevemente a casos paradigmáticos como posibilidad de entrada al estudio concentrado en el territorio chileno entre 1984 y 1991, lo cual no implica evitar saltos temporales, ya que la distinción diacronía-sincronía no es del todo pertinente. En gran parte, ya que si fuese efectivamente algo así como un dispositivo terrorístico, éste sólo sería posible a posteriori, aun cuando sea condición para la configuración del mismo archivo que lo tornará visible.

Como hemos dicho, estas páginas se concentran en la figura del terrorista, objetivación producida por ciertos discursos que lo emplazan. Por tomar algunas de las líneas posibles, daremos cabida a su configuración jurídico-mediática, primordialmente. Cabe destacar que la promulgación de la Ley Antiterrorista chilena en 1984 no sería el origen, ni la primera aparición del término, sino más bien un resultado de modalidades precedentes. Asimismo, aquella no la trabajamos directamente, sino más bien respecto a las discusiones y los diversos posicionamientos que la hicieron posible. Por otro lado, los casos tomados desde el aparato mediático no son los más publicitados de la época, ya sea porque la configuración social se puede revisar, justamente, ahí en el decir anónimo, o bien, porque estamos obligados a hacerlo de esta manera. Por el tratamiento que haremos de los acontecimientos, enfatizamos sólo en algunas líneas que rostrifican al terrorista.

En cierto momento es posible sustentar al terrorismo como una acción política, la que daría cuenta, mayoritariamente, de una agresión marxista. De tal manera, se señala que todavía siendo el terrorismo un fenómeno antiguo, en dicho entramado, toma aspectos muy singulares: “Uno de esos rasgos es que empieza a tener una articulación sistemática y un claro trasfondo ideológico.” (BENAVENTE, 1987:49) Al contrario, otros caracterizan estas conductas como “(…) pura criminalidad común, despojándolo de toda implicación de carácter político o ideológico.” (GANTZ, 1986:160) Por lo tanto, se vuelve inconsistente decir que habría cierta homogeneidad del discurso. Más vale mostrar las distintas posiciones que, en el mismo archivo, esclarecen líneas de diferentes mecanismos de gobierno que allí se esbozarían.

Ahora bien, pareciera que el fundamento primordial sería la politicidad de los actos terroristas. Por ello, en relación a la balacera ocurrida en Limache, sería posible comentar que “la policía estima que la célula del ‘MIR’ realizaba en esos momentos un trabajo de exploración previa, en planificación de un futuro ataque a dicha unidad” (N1, 29 octubre 1986) y no al Banco del Estado como se decía en las primeras indagaciones. En gran medida, dicho acontecimiento permitió dotar de inteligibilidad a otros sucesos, como un asalto ocurrido en la Textil Viña unos meses antes. Mejor dicho, sería un modo específico de enunciar los hechos, lo que posibilita aglutinar ciertos elementos y explicar unas conexiones arbitrarias, sin una necesaria verificación. Principalmente, porque se construye una verosimilitud.

Sin embargo, como decíamos, el sustento político de estas actividades no ha sido una característica totalizante de la trama discursiva revisada. A raíz de otro suceso, en el mismo periódico durante las mismas fechas, se exponía esa otra manera de enunciar al terrorismo, es decir, como un acto absolutamente inexplicable. La mayor afectada del ataque incendiario en Forestal, Rosa Rivera Fierro decía: “(…) no se imaginan lo que estoy sufriendo con mi cuerpo quemado… Quienes hicieron esto son unos salvajes y debían castigarlos con la misma moneda (…) No los entiende nadie. ¿Cómo pueden hacerlo?” (30 diciembre 1986) Con estas afirmaciones se presenta esa impoliticidad de los actos, despojándolos de cualquier sentido ideológico. Por eso, Fernando Guzmán decía: “no logro comprender la actitud de las personas que hacen este tipo de cosas. Matar por matar, hacer daño por el gusto de hacerlo… son actos incomprensibles”(1). Así, con sentencias de aquella índole, se valoriza la figura terrorística, subjetivándola como miserable, salvaje e incomprensible.

Durante las posteriores publicaciones referidas al ataque incendiario de la micro en Viña del Mar, se expone ampliamente la situación de la modestísima pobladora, esa luchadora del progreso que ansiaba vivir. De igual manera, se explota el sufrimiento de Rosa tras el ataque, debido al aborto espontáneo que sufrió, codificando a la mujer en su rol de madre como único devenir posible. En relación al mismo acontecimiento, un dirigente vecinal espera que “(…) sirva de ejemplo para esos miserables que no dejan vivir.” (31 diciembre 1986). Entonces, más que sentenciar los hechos, se delimita la irracionalidad de la figura terrorística. Por su parte, la Corporación Nacional Pro Defensa de la Paz (CORPAZ) iría en apoyo económico, psicológico y espiritual de las víctimas, movilización que apelaba a todo chileno de buen corazón. Consiguiente, el discurso terrorístico permite vincular lo propiamente delictual del acontecimiento con elementos ajenos, exhibiéndonos cierto modo enunciativo; en este caso, mediante el relato periodístico.

Siguiendo esta línea, Carlos Alonso y Simeon Rizo en Algunos aspectos de la agresividad terrorista y la acción policial, un estudio publicado por la Facultad de Medicina de la Universidad de Valparaíso, dicen:

“Esta personalidad, socialmente anormal, está comandada por el fanatismo, al que se llega con la concurrencia de los siguientes factores: a) En algunos, por daños cerebrales mínimos que pueden determinar una personalidad agresiva, inmadura o sicopática. b) En otros, por un desarrollo neurológico anormal, con dificultades en determinados aprendizajes, aunque tengan un coeficiente intelectual normal o superior. c) En la mayoría, por un desarrollo sicológico infantil, afectado por una crisis en su familia de origen, por violencias en las relaciones de los padres o por carencia de afectos en la primera infancia. d) Con frecuencia existe una percepción anormal y amarga del orden social en que viven, con frustraciones y resentimientos desde los primeros años de vida, lo que no sólo favorece su agresividad personal, sino que condiciona la soledad, el aislamiento y la angustia afectiva. e) Lo anterior puede acompañarse de una distorsión de la imagen de la autoridad por experiencias inadecuadas o dolorosas, o por no haber tenido en la infancia una imagen aceptada como buena, de quien hacía de autoridad.” (ALONSO y RIZO:7-8)2

Al parecer, en el régimen que nos atañe no habría una centralidad de la descripción fisionómica para determinar las conductas criminales. Por lo tanto, estaría muy distante del modo en que, a partir de la aplicación judicial de la antropología criminal, Cesare Lombroso las enuncia:

“Lo que á [sic] primera vista choca en su fisonomía es su bestialidad. La cara, que presenta una asimetría muy marcada, se distingue por un estenocrotafia enorme y por la exageración de los arcos superciliares; encontramos enseguida la nariz fuertemente torcida á [sic] la derecha, las orejas de asa é [sic] insertas á [sic] diferentes alturas, y, por último, la mandíbula inferior gruesa, cuadrada y prognática, que acaba de dar á [sic] esta cabeza los caracteres típicos de un criminal nato.” (LOMBROSO:21)

En los límites de nuestro archivo, un terrorista no se podría identificar a partir de sus características físicas. Tampoco en la nacionalidad del implicado como se intentaba con la Ley de Residencia (1918) para expulsar a los agitadores foráneos que venían a contaminar al organismo nacional con sus ideas perniciosas. Por ello, las discusiones referentes a la promulgación de la Ley 18.314 daban cuenta de otros aspectos a la hora de delimitar a la figura terrorística. En consecuencia, se problematizaría la posibilidad de usar la Ley de Estados antisociales para delimitar ese potencial devenir terrorista de

“(…) los sindicados o reputados como activistas de doctrinas violentistas que no tengan hogar fijo, carezcan de medios lícitos de subsistencia, no ejerzan profesión u oficio, oculten su verdadero nombre, falseen su domicilio o tengan en su poder documentos de identidad falsa, quedan sujetos a importantes restricciones en su capacidad de desplazamiento y operatoria, que son consecuencia de un proceso judicial, debidamente iniciado y fallado por los Tribunales Militares.” (HL, 1984:11)

En relación a dicha disposición, es posible señalar que los modos de vivir tenían una preponderancia mayor que los aspectos físicos de los posibles implicados. De este modo, la trama discursiva nos esclarecería cuáles son las condiciones de emergencia del terrorismo, lo cual, a su vez, esboza el foco de la mirada. Es decir, ya no sería un control directo del cuerpo del delito, lo cual se podría ver en relación a sucesos terroristas de otras configuraciones sociales. Ahora, se enfatiza no tanto a un sujeto terrorista, o bien, sí, pero a través de él, en realidad se expone la necesaria transformación de las condiciones sociales que posibilitan su existencia.

En relación a la detención de Efraín Plaza Olmedo en 1912 se exponía que “sus gestos y maneras demuestran que es un degenerado” (EL MERCURIO, 15 julio 1912), mostrándose aquella disposición epistémica que ya no tenía mayor cabida. Así, las mutaciones que suceden respecto al terrorismo no son tanto del orden de un buen o mal modo de definirlo, tampoco dan cuenta de un aspecto olvidado que debería ser penalizado ni de un fenómeno novedoso. O bien, sí, todas las anteriores, mas serían absolutamente otros regímenes los que se traslucen en sus divergencias enunciativas. Por ello, aquí el terrorismo se constituye desde puntos distintos a lo que podría suceder en otra configuración social.

En este sentido, tras el asesinato de Jaime Guzmán la rearticulación de la trama discursiva produce un rostro nuevo del terrorista. De cierta manera, no habría que ejercer una vigilancia sólo sobre esta clase de individuos, sino provocar un absoluto aislamiento del violentismo. En consecuencia, Genaro Arriagada (1991) calificando a los terroristas de irracionales, trastocados tanto ética como psicológicamente, lo que estaría haciendo es mutar la enunciación del terrorismo como un accionar político, o sustentado ideológicamente. Pareciera que con esta articulación la politicidad de los actos terroristas queda completamente en entredicho. No habría nada que salvar ahí. No habría ningún punto por el cual nosotros podemos comprender dicho acontecimiento.

Entonces, una novedad respecto al sustento político que mantenían estas actividades anteriormente, lo cual funcionaba a ratos. Pareciera completamente ajeno a las palabras de Ambrosio Rodríguez (1987) cuando decía que el terrorismo tenía una clara inspiración marxista. Que debía tratarse como fenómeno político, lo cual también defendían otros partícipes del Seminario Latinoamérica frente al Terrorismo: “Creo que en el mundo son pocos los casos en que la acción terrorista no responde a una agresión marxista” (BORDABERRY, 1987:22). Respecto a ello, el terrorista no estaría, necesariamente, inspirado por el marxismo, como se enunciaba en casos precedentes, sino que simplemente son los sectores ultras, esos que podían ser de derecha o izquierda. En definitiva, se tornan absolutamente irracionales para la configuración democrática que se estaba esbozando. Así, en aspectos que ya se venían discutiendo, habría que rechazar formas de agresión realmente intolerables, debido a la garantía de defender los derechos humanos de la población (GANTZ, 1986).

En relación a lo anterior, es evidente que hay resabios de ciertos elementos ya bosquejados previamente en la trama discursiva. Ahora bien, lo que entraría en juego es no sólo el reajuste de aquéllos, sino también la suma de nuevos que eran imposibles con anterioridad, para que estos comiencen a primar. En otros términos, ahora se hace viable enunciar al terrorismo apoyándose en los Derechos Humanos. En consecuencia, se expone cómo “nunca un hecho de esta naturaleza había provocado una ola de indignación generalizada (…)” (Todos…, 1991:6). En este caso, el repudio total al acontecimiento, principalmente, porque ha sido atacada toda la sociedad chilena. Es decir, no murió un Senador de la República de Chile, tampoco atacaron solamente al Parlamento, sino que dispararon contra la Democracia –con mayúscula.

La gran masa sensata quiere vivir tranquilamente, por lo que estas acciones deben ser aisladas. Ahora bien, dicho aislamiento no se concretaría al encerrar el cuerpo terrorístico, sino más bien en la modulación de sus posibilidades. En esta línea, se manifestaba la necesidad de que la opinión pública tome conciencia en que el terrorismo no es consecuencia de cierta situación política, sino que ha tomado rasgos netamente delictuales (KRAUSS, 1991). Por lo mismo, la represión iría perdiendo cada vez más sentido. En consecuencia, se constituye la urgencia de la prevención, para la cual se requiere un cálculo detallado para producir las técnicas de gobierno correctas. Tal vez ahí toman relevancia las investigaciones sobre la debida exposición del terrorismo en los medios (FRÜHLING y GARCÍA, 1993). Estas disposiciones muestran la estratificación de ciertas líneas de la máquina neoliberal.

Asimismo, se vuelve inteligible la incorporación de los Derechos Humanos como eje de gobierno. Ahí yacería la relevancia del Informe Rettig. No en una búsqueda por La Verdad como decían, sino como exposición de la preponderancia que iban tomando aquéllos como mecanismo gubernamental. Bajo términos similares, se discutía la impertinencia de crear organismos especializados para hacer frente al terrorismo. Principalmente, porque “(…) una presencia demasiado visible de la policía o los militares provocaría un sentimiento de rechazo en la opinión pública, que desea vivir de manera normal.” (FRÜHLING y GARCÍA, 1993:15) En breve, “el personal franco debería vestir de civil y no de uniforme en la vía pública” (ALONSO y RIZO:15).

Justamente, gracias a dichos lineamientos, las discusiones actuales referidas a la Ley Antiterrorista chilena se tornan lumínicas. En este sentido, la figura del terrorista habría mutado hacia la delimitación de sus flujos. La composición social desarrolla mecanismos que regulan esa circulación más que normar los cuerpos, aunque ello no desaparezca del todo. De cualquier modo, el encierro tendría otro objetivo, no tanto el aislamiento del cuerpo como la ejemplaridad del castigo para la población. Por ello, mostraría una técnica gubernamental de la población más que un mecanismo de disciplinamiento para el terrorista. En suma, no importa tanto la identificación de los culpables, aun manteniendo su búsqueda, ya que se hace más urgente exhibir los valores indeseables para un buen funcionamiento del entramado social que las actividades terroristas propiamente. Consecuentemente, los terroristas se constituyen mucho más como medio para gobernar al conjunto que como objetivo de las políticas antiterroristas. En relación a estas técnicas, consideramos que se torna inteligible el primer artículo de la promulgación de la Ley de Arrepentimiento Eficaz (1992):

“Quedará exento de las penas establecidas en el artículo 3° de la ley N° 18.314, para el delito del número 5 del artículo 2°, y de las del artículo 7° de la misma ley, el que sin haber cometido otro de los delitos sancionados en ella, en cualquier tiempo antes de la dictación de la sentencia de término en el proceso que le afecte o pueda afectarle, abandone la asociación ilícita terrorista y:

a) entregue o revele a la autoridad información, antecedentes o elementos de prueba que sirvan eficazmente para prevenir o impedir la perpetración o consumación de delitos terroristas e individualizar y detener a los responsables, o

b) ayude eficazmente a desarticular a la asociación ilícita a la cual pertenecía, o a parte importante de ella, revelando antecedentes no conocidos, tales como sus planes, la individualización de sus miembros o el paradero de sus dirigentes e integrantes.”

Así, importa que el medio en el cual se mueve la figura terrorística sea el intervenido, y no hacer tanto ahínco en el terrorista. En definitiva, este apartado jurídico permite exponer una mutación diagramática. Por otro lado, la pena de muerte tampoco podía ser la modalidad de castigar al terrorismo, porque como señalaban los distintos estudios jurídicos de la época, dicha muerte podía mostrarse como heroica.

En realidad, ya no importaría tanto la conexión de los responsables del asesinato con alguna organización terrorista, sino la posibilidad de vincular espectacularmente las relaciones. Por razones similares, tampoco se hacía perentorio exponer las ligaduras de distintos hechos para esclarecer una determinada estrategia político-militar. No, la imagen que sobrevuela al terrorismo desde aquel acontecimiento comienza a mostrarnos varios puntos del dispositivo que presenciamos. Asimismo, la intercepción de la comunicación, el registro de documentos y la observación de personas sospechosas no serían cuestionables, debido a que con las acciones terroristas se corre el inminente riesgo de destruirlo todo. Pareciera que la configuración social estudiada se estructura, o al menos se bosqueja, como un campo de concentración (AGAMBEN, 2006). Bajo estos parámetros, se vuelve inteligible el proyecto de George W. Bush, quien se encontraba “(…) implementando un proyecto satelital para conocer con debida antelación lo que sucede en el mundo (…)” (ARRELLANO, 2006:82).

Si se torna posible esclarecer a la configuración social presente como campo de concentración, se subjetiva a la figura terrorística como homo sacer: aquel que puede ser muerto por quien sea, pero nunca sacrificado. Al construirse este espacio biopolítico por excelencia, lo que sucede es que todas y todos caemos en el borde móvil de devenir fuera de la ley, mejor dicho, de ser subjetivados como terroristas. Para ir finalizando, exponemos otro movimiento:

“Ya el USA Patriotic Act, emanado del Senado el 26 de octubre de 2001, permitía al Attorney general ‘poner bajo custodia’ al extranjero (alien) que fuera sospechoso de actividades que pusieran en peligro ‘la seguridad de los Estados Unidos’; pero dentro de los siete días el extranjero debía ser, o bien expulsado, o acusado de violación de la ley de inmigración o de algún otro delito.” (AGAMBEN, 2010:27)

De cierta manera, la novedad que se produce con dicho ordenamiento es la cancelación de cualquier posibilidad jurídica del individuo inculpado, donde los talibanes capturados en Afganistán gozarían del estatuto de deteinees, es decir, ni de prisioneros ni de acusados. En ellos se ve la sustracción de la ley y el control jurídico, lo que constituye un estado de excepción, suspendiendo el entramado jurídico en función de salvar al Derecho mismo. En consecuencia, convirtiéndose en nuda vita, la cual se produce como jurídicamente innominable e inclasificable. Esta que encontraría, tal vez, su máxima indeterminación en Guantánamo, exhibiéndose como paradigma de gobierno de la actualidad. Ahí estaría la urgencia de estas páginas.

Fuente: http://www.columnanegra.org


NOTA:

1. Cfr. Varas, Pedro (1988) Chile: objetivo del terrorismo. Instituto Geográfico Militar: Chile y La Tercera (13 septiembre 1987) Terrorismo: El flagelo del Siglo.


Giorgio Agamben: Del Estado de derecho al Estado de seguridad

La reestructuración de los aparatos represivos y la crisis neoliberal en la región chilena

La vida como objeto del poder: la biopolítica de Foucault y Agamben

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