Eduardo Colombo: La lucha por la libertad

by • 11 abril, 2015 • Artículos, Colombo Eduardo, Coyuntura política, Reflexiones y otros, Teoria políticaComments (0)1303

Nota de Des/Bordes: El siguiente fragmento pertenece a un texto que pensamos que plantea y abre debate a algunas de las preguntas que consideramos esenciales en torno a la reflexión sobre la democracia como hecho histórico socio-cultural y sus límites como propuesta organizativa contemporánea. Si la Democracia se ha convertido en el ideal dominante de la vida política contemporánea, y de la libertad se habla hoy en día como la consecuencia formal del régimen democrático, siguiendo al autor del texto hay que preguntarse de qué Democracia y de que tipo de libertad se trata.

Eduardo Colombo establece, a través de este texto, la fase preliminar para una crítica de la ley de la mayoría y del sujeto político liberal concebido como individuo. Los conceptos claves para desarrollar está crítica son también los ejes conceptuales de la discusión en torno a la Democracia como posible forma institucional de una sociedad autónoma. El texto marca la dirección para la negación de la concepción liberal dominante de la libertad entendida como independencia individual y apuesta para el concepto anarquista de la libertad apoyado en la autonomía, la auto-institución de la sociedad y la igualdad. A través de este planteamiento se abre una vez más la necesidad de reflexionar sobre los limites intrínsecos de la democracia como base organizativa para la institución de la libertad política.

La lucha por la libertad

Institución y política

En la visión contemporánea, la “democracia” se ha convertido en un ideal casi generalizado de la vida política, y por lo mismo, la Libertad se presenta, siguiendo el ejemplo de los antepasados, como la consecuencia formal de tal régimen. Sin embargo, ¿de qué libertad y de qué democracia hablamos? Dos conceptos superiores de la filosofía política entran en juego en esta cuestión, uno es la autonomía, el otro la representación.

Con la instalación del bloque neoliberal (2), la distinción establecida por Benjamin Constant entre la “libertad antigua” y la “libertad moderna” parece haber adquirido una nueva vitalidad. Siguiendo este punto de vista, la primera de estas libertades sería democrática, “se compone de la participación activa y constante del poder colectivo” (3). Pero el poder social, colectivo, “dañaba en todos los sentidos la independencia individual” (4) pensaba Constant. Y él consideraba que esta participación de cada uno en la soberanía de cuerpo social constituía “lo antiguamente denominado libertad”, juzgando (en la Antigüedad) que esta libertad colectiva era compatible con “el ajuste perfecto del individuo a la autoridad del conjunto” (5).

La democracia directa otorgaba a los ciudadanos compartir el poder social.

El enfoque moderno renuncia a esta libertad. “El objetivo moderno es la seguridad en el disfrute privado; así que denominan libertad a estas garantías acordadas por las instituciones a estos disfrutes” (6).

En la base de la posición liberal, que se perpetúa con el liberalismo, se encuentra la idea de que el individuo es libre antes de formar parte de la sociedad y que aliena una parte de esta libertad en beneicio de la creación de un cuerpo político artiicial que le garantiza el orden y la seguridad, de lo que resulta “el
disfrute apacible de la independencia privada” (7).

El liberalismo, en su búsqueda de la independencia individual, la seguridad y los disfrutes privados, el derecho personal, en una palabra, la libertad negativa, abandona lo esencial: la libertad como autonomía. La concepción individualista y atomista de la sociedad privilegia una idea de libertad centrada en la independencia de cada ser humano considerado como unidad biológica, natural. Por tanto, hace falta reconocer que la valoración de la independencia “lleva consigo la desocialización del hombre a través de la convicción de que el hombre, como tal, es el individuo concebido y se constituye independientemente de todo lo concerniente a la sociedad”. Así, con la intención de autonomía sostenemos que “no es mi naturaleza la que me dicta la ley de mis actos, sino la razón práctica como voluntad libre” (8). El sujeto autónomo, por lo tanto, no puede ser “un individuo aparte, sino un sujeto que no se concibe sino en relación de comunicación intersubjetiva con otros sujetos” (9).

El individuo humano, considerado como sujeto, como ego, es el resultado de un proceso de socialización que exige la existencia de lo social como instancia global irreductible. Desde su nacimiento, el individuo biológico se inserta en un mundo de significados y de interacciones múltiples que le constituyen y le modelan, es un producto de su sociedad. Pero no es un producto inerte, se trata de un sujeto agente (responsable) de sus actos que se conforma o que discrepa. Si se rebela (10), buscará otro futuro, luchará, se unirá a sus iguales para cambiar el mundo.

Las formas institucionales de una sociedad autónoma serán la expresión del reconocimiento de su autoinstitución, es decir, de la consciencia del hecho de que es ella la fuente última de las normas. Así pues un sujeto libre podrá airmar: en última instancia soy yo el que decide. La libertad de los anarquistas se haya en el reconocimiento de esas premisas claramente definidas por Bakunin: “El hombre no se convierte en hombre y no llega, tanto a la conciencia como a la realización de su humanidad, más que en la sociedad y solamente por la acción colectiva de la sociedad entera. […] En in, el hombre aislado no puede
tener conciencia de su libertad. Ser libre, para el hombre, significa ser reconocido y considerado y tratado como tal por otro hombre, por todos los hombres que le rodean”. Y también: “No soy verdaderamente libre sino cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres” (11).

En estas páginas de Dios y el Estado, Bakunin, habiendo negado la transcendencia de la ley, la heteronomía, airma la libertad como autonomía (12). La libertad individual es una creación, un producto
de la vida social. Esto signiica el reconocimiento de la larga construcción histórico-social de la Libertad, ese objeto precioso de los humanos moldeado en la lucha y la revolución por las cuales se exprime la fuerza que instituye lo social.

No obstante, son las formas adquiridas, precarias y cambiantes, de lo instituido, las únicas que permiten a la acción instituyente realizarse. Es sobre esta Tierra trabajada por las generaciones precedentes donde luchamos.

Hay, entonces, unas adquisiciones teóricas que los anarquistas deienden y que constituyen su idea de la libertad. La primera en importancia, posiblemente, y al lado de la autonomía, es la igualdad, no “la igualdad delante de la ley”, sino la igualdad política de hecho, la que exige “nivelar los rangos y las fortunas”, y que presupone la diversidad ininita de los seres. Sin igualdad, la libertad es privilegio. Solo puede existir dentro de una sinergia de valores.

Luego, la crítica de la idea de representación viene a reforzar la libertad en su dimensión política. La soberanía del demos, habiendo sido apartada durante siglos de la escena pública, cuando vuelve con la fuerza de las revoluciones, es reconocida pero inmediatamente controlada, limitada, escamoteada.

Después de la Revolución francesa la fuente del poder político retorna a manos del pueblo, su voluntad soberana es aceptada por “los modernos”, pero con la condición de estar representada, institucionalizada como régimen representativo.

La delegación de la voluntad en un representante (delegación omnipresente en lo que hoy llamamos “democracia”) significa que el individuo no es soberano más que en apariencia; “y si en determinados momentos, aunque raros, […] ejerce su soberanía, siempre es para renunciar a ella” (13). Lo cual ya había
descubierto Benjamin Constant. Sin olvidar que más de medio siglo antes Rousseau escribió: “el soberano, que no es otro que un sujeto colectivo, no puede ser representado más que por sí mismo; el poder puede transmitirse, pero no la voluntad” (14).

La libertad, pues, para los anarquistas, y contrariamente a la concepción liberal reinante, es inseparable de la autonomía, de la igualdad, de la crítica de la representación, y también, corolario indispensable, de la negación de la ley de la mayoría. Desde su existencia como movimiento social y político, el anarquismo ha negado a toda mayoría el derecho a imponer sus decisiones a la minoría.

Una sociedad que haya creado las instituciones correspondientes a la autonomía originaria del colectivo humano (instituciones basadas en el federalismo, las comunas, las colectividades, la imbricación de múltiples y complejos niveles de decisión, etc.) deberá contar con las consecuencias de su libertad: la arbitrariedad de la norma, la indeterminación fundamental de la justiicación de sus valores. Es en la historia de sus luchas (en todo lo que el pasado ha llevado al presente) donde el ser humano encuentra la razón de sus creencias.

“Es la vida política misma”, escribe Quentin Skinner (15), “la que forma los grandes problemas que tratará el teórico” delimitando hechos, objetos y situaciones, que serán tratados como campos sociopolíticos, una suerte de espacio-tiempo, de momentos de la historia, en los que la gestación de nuevas formas, instituciones, ideas, normas o mitos, se muestra en la intensidad del debate y de la lucha. Tres de esos momentos parecen decisivos en la construcción sociohistórica de la libertad: la democracia directa de Atenas en la Grecia antigua, el periodo que cubre los siglos XVII y XVIII con las revoluciones inglesa y francesa y sus consecuencias, y, inalmente, el auge del movimiento obrero revolucionario en la segunda mitad del siglo XIX.

Eduardo Colombo

Traducción: GLadys  M.

Publicado en Des/Bordes, Nº1, Otoño 2014. Revista de la Sociedad de amigas de la anarquia. Editada por Grupo libertario accion directa (GLAD). pp. 48-49

Puede verse la revista en http://lapeste.org/2015/04/09/revista-desbordes-no-1-otono-2014/


Notas bibliográficas

1. pp. 5-7 Colombo, Eduardo, «La lutte pour la liberté.» en revista Réfractions, N° 27 Libres. De quelle liberté? – automne 2011. Traducción del francés de Gladys M. El texto completo está disponible en: http://glad-madrid.org/des-bordes El texto en su versión original está disponible en: http://refractions.plusloin.org/IMG/pdf/2702.pdf

2. Hablamos de bloque neoliberal para hacer referencia a esa organización de la vida social que Dardot y Laval llaman forma de nuestra existencia, que “ordena a cada uno a vivir en un universo de competición generalizada”, y que “ordena los informes sociales al modelo de mercado”. Ver La nouvelle raison du monde. La Découverte, Paris, 2010, p. 5.

3. Benjamin Constant, «De la liberté des anciens comparée à celle des modernes.» (1819) en Pierre Manent, Les libéraux. Gallimard, Paris, 2001, p. 446.

4. Ibid., p. 451

5. Ibid., p. 441

6. Ibid., p. 447

7. Ibid., p. 44648. Alain Renaut, L’ère de l’individu. Gallimard, Paris, 1989, pp. 92-93

9. Vincent Descombes, Le complément de sujet. Gallimard, Paris, 2004, p. 333

10. Quentin Skinner, Les fondements de la pensée politique moderne. Albin Michel, Paris, 2001, p. 9

11. Bakunin, L’Empire knouto-germanique (Dieu et l’État), en OEuvres complètes, vol 8, Champ libre, Paris, 1982, pp. 171- 173.

12. Ver E. Colombo: L’espace politique de l’anarchie. Ed. ACL, Lyon, 2008, pp. 100- 102

13. B. Constant, «De la liberté des anciens comparée à celle des modernes» en P. Manent: Les libéraux, op. cit., p. 442.

14. Jean-Jacques Rousseau, le Contrat Social, livre II, chap. I.

15. Quentin Skinner, Les fondements de la pensée politique moderne. Albin Michel, Paris, 2001, p. 9


Revista: Des/Bordes Nº 1, Otoño 2014

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