Para comprender la razón del estado moderno: el totalitarismo del estado y del capital

by • 14 julio, 2014 • Artículos, Teoria políticaComments (0)1606

[vc_row][vc_column][TS-VCSC-Image-Picstrips image=”9258″ splits_number=”11″ lightbox_effect=”flip” lightbox_backlight=”custom” lightbox_backlight_color=”#840e7c” el_file=”” tooltip_css=”false”][vc_column_text]

El siguiente texto tiene como objetivo problematizar la razón que hay detrás de la figura histórica del Estado moderno, y la centralidad que esta figura ha tenido para el pensamiento socialista y revolucionario de los últimos siglos. A saber, se intentara comprender al estado como una figura política, que en sociedades complejas como en la que vivimos actualmente, va mucho más allá de un aparato burocrático militar, extendiendo su funcionalidad e influencia a todas las instituciones encargadas (como muchas de la sociedad civil) de la reproducción de la hegemonía y la estructura de dominación. Es este ejercicio lo que nos permitirá visualizar con mayor claridad las tramas de dominación que con el paso de los años, mediante un proceso material e intersubjetivo de imposición, se han ido densificando y cristalizando en nuestras conciencias (mediante una relación de alienación con la institución) procurando que la imaginación radical y creadora de lo social histórico quede relegada a un plano no consciente, a tal punto que se vuelve imposible pensar una existencia social sin el estado y las instituciones de la sociedad civil asociadas a él y su proyecto burgués.

Nuestra tesis, que es afirmada desde perspectivas distintas, claro está, y por pensadores tan diversos como Carl Schmitt, Mijail Bakunin, Cornelius Castoriadis, o Aníbal Quijano, es: primero, que el estado es una agente totalitario cuya naturaleza extractora y alienante, es imponerse por sobre la sociedad, a la vez que situarse inalcanzable y por fuera del control de cualquier fuerza política que se situé por fuera del campo político legitimo impuesto por el sistema mundo capital, el estado y sus fuerzas políticas aliadas.En este sentido, bajo la dominación del estado, ocurrirá siempre lo que Dussel denomina la entropía de las instituciones en el tiempo, o el fetiche dominador.

Esto deriva inevitablemente[1] en la generación de un control y cooptación total de las capacidades auto-administrativas del pueblo, y/o el poder popular de las gentes, entendido como potestas o como hiperpotentia creadora. En efecto, esto degenera en una condición inevitable de alienación del pueblo respecto de las instituciones que gobiernan su vida, y finalmente su voluntad de vivir. Y, segundo, que cualquier idea socialista que promulgue la justicia económica, la libertad y autogestión de nuestras vidas – siempre reconociendo nuestras más profundas determinaciones- y por lo tanto, que esté en contra del control privado y totalitario de la producción, distribución y consumo, de recursos bienes y servicios, -producidos por toda la sociedad-, debe tener claro cuál es el fundamento de esta nefasta creación social histórica, y en este sentido, intentar ir lo más allá posible del control autoritario y burocrático de nuestras vidas realizadas por el estado y las instituciones de la sociedad civil que siendo abiertamente conservadoras y/o reaccionarias, se legitiman y amparan bajo su resguardo. Sin embargo, reconocemos que el estado es una figura política que no es posible actualmente dejar de considerar en el diseño de nuestras estrategias políticas antagónicas.

I)      Fundamentos del contrato. El estado como totalidad

El estado nación es una figura política que emerge desde procesos concretos asociados a la transformación de la macro organización económica a nivel europeo y después mundial, y también asociado a transformaciones a nivel de la institucionalidad, como respuesta a los regímenes absolutistas y la guerra que regían en gran parte de Europa. La idea que hay detrás según Maquiavelo y Carl Schmitt es un proceso defensivo, de reordenamiento y de renuncia a la autodefensa por parte de los individuos. Asociado a esto, es importante también el proceso de conformación de una identidad única, lo que nos habla de un proceso crecientemente totalizante y diferenciador, en algunos casos de explicita negación, del otro. Autores realistas nos hablan de que efectivamente lo que hay detrás de este proceso es una negación del otro.

Los clásicos contractualitas hablan de un estado de naturaleza que, entendiéndolo de manera muy distinta, por ejemplo, Hobbes y Locke, lo que permite es el despliegue de una institucionalidad fuerte, dominante y legitima, que deviene a su vez de una necesidad imperiosa por parte de los individuos, de ser protegidos y salvaguardados por un “dios en la tierra” que viene a combatir la corrupción moral, a ocuparse de los asuntos administrativos de la propiedad pública y a proteger a la propiedad privada[2].

El estado viene proteger a los hombres y mujeres de la guerra inminente que se viviría fuera de las instituciones y su potestad. El estado implica la cesión total de nuestro poder, entendido como Potentia y por lo tanto de la posibilidad real de ejercer autodefensa y autogestión de toda la producción social. La soberanía, sin embargo, en un nivel mítico e ideal, radicaría finalmente en pueblo, como lo planteaba Rousseau.

Sin embargo, autores como Carl Schmitt, nos ayudan a comprender de forma realista cual es el fundamento que hay detrás del estado y finalmente en donde reside realmente la soberanía cuando el político legitimo es controlado por la figura estado. Según este autor, el estado de derecho no es realmente como lo conciben idealmente los liberales y los antiguos contractualistas. Al contrario, la igualdad ante la ley y el imperio de la ley objetiva y neutral, no sería más que un mito que recubre de legitimidad a la política hermética y por lo tanto, a la negación de la soberanía popular. Es la idea del conflicto y la dominación (creada por la guerra y la usurpación) por parte de una elite poderosa, lo que hay detrás de la constitución de un orden y una ideología estatal, por lo tanto, es este carácter agonístico, siguiendo a Arendt, lo que está detrás de la política. La soberanía en este sentido radica, acuñando nuevamente a Arendt, en la soledad del gobernante y su camarilla. O lo que nosotros entendemos aquí, como totalitarismo.

Este proceso de institucionalización e institución de un nuevo orden, inspirado en ideas propias de la ilustración y del iluminismo, es parte también de un proceso de mayor alcance. Este proceso enmarcado en la idea histórica y humana de progreso, es impulsado por el uso de la razón y, por lo tanto, del ejercicio efectivo de una nueva racionalidad que tiene como objetivo romper las cadenas del hombre y su relación con el oscurantismo. Lo social histórico en este sentido estaría muy relacionado en un principio a la imagen orgánica. Así, lo social está asociado a la idea de una racionalidad que consiste en la congruencia de los elementos de una totalidad, regidos todos bajo una misma lógica o identidad. En efecto, una sociedad será más racional, mientras este concebida bajo esta idea de totalidad. Para autores como Saint Simón, esta sociedad sistemáticamente planificada y debe estar mediado por la intencionalidad y misión orgánica de un macro-sujeto histórico, es decir, los productores.

Este proceso necesario para la iluminación y el progreso, devenía a su vez de la capacidad que otorgo la misma racionalidad, para conocer nuestras propias determinaciones, y el plano de lo no consciente. Esto llevaría finalmente a la consolidación en lo factible de un proceso de liberación y de generación de autonomía real de los hombres. Lo que había detrás era la conciencia de que la sociedad y la idea de libertad es auto creación: “La sociedad es auto creación, su institución es auto institución hasta ahora auto ocultada. Esta auto ocultación es precisamente la característica fundamental de la heteronomía de las sociedades. En las sociedades heterónomas, es decir, la inmensa mayoría que existieron hasta ahora -esto es, casi todas,- encontramos (institucionalmente establecida y sancionada) la representación de una fuente de institución de la sociedad que esta fuera de la sociedad: los dioses, dios, los antepasados, las leyes de la naturaleza, las leyes de la razón, las leyes de la historia. En otras palabras, encontramos la representación impuesta a los individuos de que la institución de la sociedad no depende de ellos, de que los individuos no pueden establecer ellos mismos su ley -pues esto es lo que quiere decir autonomía- , sino que la ley está ya dada por algún otro o alguna otra entidad. Hay pues una auto ocultación de la auto institución de la sociedad y esto forma parte de la heteronomía de la sociedad. (Catoriadis, C. 2005, P: 138)

Es esta auto ocultación, en palabras de Castoriadis, lo que deberíamos ir continuamente descubriendo para hacer de nuestra sociedad una sociedad histórica cada vez más autónoma y más libre. Sin embargo, el proceso de racionalización se vio también influido en gran medida por las ideas cristianas, liberales y burguesas. Esto se vio figurado en un acoplamiento entre ideas liberales y cristianas; y la fetichización de la idea de la racionalidad instrumental y el “reino del hecho” como lo describían algunos críticos de Frankfurt. En efecto, las ideas críticas y radicales también se vieron infectadas de la idea dominante en la que se transformó el positivismo.

En este sentido, el progreso histórico del hombre basado en uso de la racionalidad, se vio desfigurado y hegemonizado por una idea de racionalidad que devenía de intereses de clases particulares, por ejemplo, de los nobles asociados a estados fuertes (por ejemplo el francés) y las clases burguesas asociadas a institucionalidades más débiles en términos de un control sobre el mercado (idea anglo sajona). Y por otro lado, la influencia ideológica que ejerció la iglesia y el papado. La racionalidad liberadora y progresista que tenía como horizonte el ideal de la ilustración se vio mutada en “racionalismo instrumental”, bajo la razón burguesa– que un primer momento fue crítica- [3]

Para la razón burguesa la idea de totalidad sacaba varios resquemores, aunque autores como Locke que promulgaba la creación de una Estado de derecho que salvaguardara la esfera de lo privado, despertaba simpatía entre muchos de ellos. El liberalismo promulgaba el derecho a la propiedad privada, promovía la división de poderes y en cierto sentido, la autonomía relativa de las esferas. A su vez era partidario de controles y equilibrios que evitarían la tiranía de la mayoría e integran una noción negativa de la libertad. Propia también de las ideas cristianas.

La libertad en principio obtenida con el nacimiento, a contra parte de la exposición y el despliegue de las relaciones y el sentido en una esfera pública, debía ser controlada por la institucionalidad. E incluso negada para ciertos sectores o grupos despóticos, por ejemplo. La libertad es algo innato a los hombres, idealizado en el principio cristiano del libre albedrio y de la compasión, desarrollada en ausencia de los otros, y que debe ser controlada por la legalidad. Es finalmente en la esfera de lo privado en donde se puede desplegar y desarrollar la libertad del hombre. El otro, y la necesidad de regulación de las relaciones y necesidades, bajo una óptica subjetiva burguesa, deben ser obviados y no considerados en la perspectiva del desarrollo de la autonomía y de la libertad. “El tomar en consideración al hermano no significa depender de su juicio. Todo lo contrario, la libertad cristiana es la libertad frente a todas las convenciones humanas y frente a todas las normas de valor”

En esto radica una de las contradicciones más importantes, para efectos de esta explicación, de la subjetividad y racionalidad burguesa. Es decir, que el pensamiento liberal es atomístico en el discurso, y totalista en la práctica, ya que nunca han podido prescindir de la figura de un macro-sujeto totalizante como lo es el estado- nación. En palabras de Aníbal Quijano, para el liberalismo, “La sociedad es percibida así no como una relación entre las partes y una totalidad y entre las partes dentro de un todo, sino entre privados originalmente atomizados y dispersos que desde sí y ante sí establecen y rigen sus relaciones, o no. Toda idea o perspectiva de la sociedad como una totalidad tiene que ser percibida, desde ese punto de vista, como una amenaza contra el privilegio de lo privado (…) En efecto, lo que en un plano se atribuye al mercado y a la “mano invisible”, rechazando la injerencia de todo poder regulador (globalizante), en el plano del Estado implica la necesidad de orden v de autoridad central, inclusive de la “razón de Estado” para la defensa global del orden social de tal modo admitido, tácitamente, como orden global” (Quijano, A. 2014)

II)      El pensamiento crítico socialista y el estado

Antes de seguir es necesario recordar que este análisis intenta dar cuenta de un proceso más macro y no de las relaciones específicas y constitutivas que tiene cada pensamiento y autor con ciertas influencias ideológicas y contextos históricos concretos sobre su praxis. Asimismo creemos que este ejercicio es muy necesario, pero dado el espacio y la intencionalidad original del texto no podrá ser tratado con mayor especificidad.

Continuando. El pensamiento crítico tampoco ha podido prescindir de la figura del estado totalitario. Esto se ha vinculado principalmente a la hegemonía que provoco en las ideas socialistas, la idea totalizante -y no dialéctica- de un racionalismo instrumental sobre las relaciones sociales y de liberación y la dinámica de expansión de influencia del sistema mundo capitalista. Es esto, lo que provoca la infección de positivismo en las ideas socialistas y radicales.

En este sentido, se hace necesario mencionar también que la conformación y acoplamiento de la idea del estado a la totalidad que es el mercado y su idea de valor, es un proceso material y en ese sentido, también intersubjetivo. Este proceso de acoplamiento entre estado y sistema mundo capital, es posible rastrearlo desde el principio de la expansión de la economía mundo que autores como Wallerstein visualizan en el siglo XVI. La totalidad en efecto, desde esta lectura, es el capitalismo. Y el estado (adherido obgligatoriamente a un sistema interestatal) es una expresión de la necesidad legal de los grandes productores y corporaciones multinacionales para controlar la injerencia de ciertas fuerzas sobre el flujo normal del mercado, y/o el proceso de acumulación. Lo que ilustra esto es que en realidad la soberanía popular que quiere tener o representar el estado no es tal, considerando la existencia siempre en expansión de la totalidad capitalista y el conflicto que hay detrás de estas relaciones de producción entre clases, y/ o productores y zánganos explotadores.

La conformación de un orden global viene a su vez asociado a la creación de un marco mental para todos los habitantes, de tal modo que se vuelva impensable, salvo en intensos desgarramientos y desarraigos, la existencia social y la libertad, sin el estado y sin el capitalismo. Es por esto es que podemos afirmar que el estado nación y su espacio de dominación se producen recíprocamente, bajo una óptica no dialéctica, de ocultamiento del conflicto y de dominio total. Esto implica el dominio y control total del estado por parte de una elite dominante y la aceptación de los súbditos.

Por otro lado, en un sentido funcional, el acoplamiento estructural de esta macro institución con la idea total del mercado, y su idea del valor, se volvió totalmente necesaria. Pese a la importancia del estado en cuanto a su campo de acción, a la cantidad y densidad de sus funciones y que el número y carácter de sus aparatos ha aumentado en los últimos tiempos como resultado del propio desarrollo del capital, no hay que olvidar que ello no constituye algo esencialmente nuevo. Indica el mantenimiento de un rasgo siempre presente en el modo de producción capitalista a lo largo de su existencia. La totalidad del mercado se hizo con el uso de una institucionalidad política ad hoc. Es decir, gracias al estado, principalmente en su forma de estado de excepción y organizaciones interestatales que controlen, a su vez, la injerencia del estado en el mercado y el proceso de acumulación.

Esta derivación en sumisión por parte de la institucionalidad política moderna, deviene de la imposición histórica de una racionalidad determinada, la burguesa, principalmente de influencia anglosajona -y hoy, norteamericana- en los procesos modernos de conformación de una institucionalidad política de orientación y fines emancipadores. La racionalidad burguesa anglo sajona ha sido descrita por muchos otros autores como una racionalidad instrumental y ligada a la desvalorización de una moral emancipadora. En efecto, desde Horkheimer se hace más claro que lo propio de la modernidad hegemonizada por las burguesías anglo sajona, y posteriormente por la norteamericana, es una racionalidad instrumental en donde lo racional es lo útil. Este proceso se hace extensivo, y dominante hacía américa latina en un proceso largo de más de 500 años compuesto por dos partes: 1) el que se consolida a partir del triunfo y conquista de la hegemonía en el poder del capital y de las relaciones de poder presentes en el sistema mundo, por parte de la burguesía anglosajona en los siglos XVIII y XIX, en donde lo que Quijano denomina “razón histórica” y liberadora de la primera modernidad, se ve vapuleada y casi totalmente derrotada por los avances del sistema capitalista y sus demandas agro extractivas sobre Latinoamérica. 2) Y posteriormente, bajo el dominio de la “pax americana”, posteriori a la primera y segunda guerra mundial, en donde la hegemonía fue trasladada a Norteamérica, desde donde se ejerció una presión autoritaria para la modernización y la guerra sanguinaria contra la racionalidad liberadora que orientaba a varias fuerzas políticas que dirigían procesos contra hegemónicos de creciente influencia. Es a partir de aquí que también se genera el mito quimérico de la modernidad sin revolución (Quijano, A. 2014) y necesariamente impregnada de los valores difundidos desde la Europa anglo y Norteamérica dominantes. Todo este proceso sin duda también influye en la construcción de la idea socialista para la construcción del poder necesario para la transformación de la sociedad.

Es, en efecto, la hegemonía y derivadamente, la trama de significados y proyecciones que impone esta racionalidad, lo que permite el acoplamiento perfecto entre el estado y el capitalismo moderno. La dominación moderna.

Hoy en día, lo que vemos en nuestras sociedades es justamente esto. Es decir, convivimos bajo el dominio de un estado fuerte, en su forma de excepción que legitima el proceso creciente de control para la garantización de los procesos de acumulación, y a su vez, gobierna hermetizado en su campo político, y aislado de fuerzas constituyentes que ponen en cuestión las instituciones políticas dominantes. De esta manera, toda mediación o institucionalidad democrática parece más fuerte y deseable si no sustituyen las formas tradicionales de dominio; y para la lógica más reformista, si bien sus propuestas de institucionalidad “democrática” no transforman radicalmente la lógica de dominio, por lo menos las enmascaran o hacen su ejercicio más costoso para las clases dominantes. Lo que también es considerado un avance en su misma lógica. Para nosotros obviamente esto no es más que reformismo critico que en términos concretos fortalece la estructura de dominación hacia dentro de los estados y también hacia fuera (hacia el sistema mundo).

Asimismo es importante mencionar que muchas de las ideas acerca de cuál debe ser la estrategia para la revolución internacional, consideraban la creación de instituciones fuertemente cohesionadas e internacionales, que disputaran la hegemonía de los estados y el capital, pero que no necesariamente se transformaran en una institución fetiche que se impone por sobre la diversidad de un nuevo sujeto revolucionario que para entonces era sin duda el sujeto productor y /o el trabajador, proletario. Sin duda el mundo socialista es amplio y las estrategias también han sido diversas. Sin embargo, para hacer este ejercicio más ilustrativo me centrare en la crítica a una de las concepciones que según mi criterio fue fuertemente influenciado por la racionalidad instrumental y burguesa, a saber, concepción que es definida por el filósofo argentino Ruben Dri como la toma o conquista del poder.

Esta concepción teórica estratégica, deviene de una concepción determinada del poder, así como de la influencia que ejerció el positivismo en las ideas socialistas. El poder para esta concepción es un objeto que se pude agarrar o tomar, para desde allí iniciar procesos transformadores, sin importar muchas veces que los procesos de creación de hegemonía, y por lo tanto, de fortalecimiento de las nuevas creencias colectivas, y la institucionalidad correspondiente, sean realizados al mismo tiempo, o incluso antes, como una necesidad tácticamente necesaria y coherente. La institucionalidad por excelencia para llevar a cabo este proceso de toma del poder es el partido de revolucionarios profesionales y es este, el único portador de la conciencia socialista que debe ser introducida en los proletarios desde afuera (Dri, R. 2014).

Para esta concepción sin duda alguna prima la organización, la totalidad, la generalidad por sobre cualquier particular o los individuos que la conformen. Es en este sentido, que este aparato toma la forma también de un estado abstracto que no entra en procesos dialecticos con los particulares, sus representados. Al contrario, los aplasta, los objetualiza, los transforma en militantes de obediencia debida (Dri, R. 2014). La organización revolucionaria es política y cualquier otra forma de organización social, que no cabe dentro de la normatividad –campo político legitimo- que da forma a la política en la sociedad burguesa, es potencialmente concebible como una organización reaccionaria. Esto sin duda puede llevar, como lo demuestra la historia, a la desvalorización de todo tipo de movilización y movimientos sociales que se forman al margen y por fuera, del campo político dominante. Del micro poder al macro poder, sin solución de continuidad. (Dri, R. 2014), así ilustro el filósofo el gran déficit de esta concepción. Así como fue como la toma del poder y el estado (así como un estado que no se dialectiza con sus componentes, a diferencia de lo que puede ser una concepción puramente negativa de la dialéctica) se volvieron ejes del socialismo. Por un lado una concepción de poder determinada, así como la influencia de una racionalidad de fuerte influencia para el periodo en donde fue concebida.

La concepción estrategica que entendia a la  conquista del poder como una de sus principales tacticassolio proponerse como objetivo fundamental la conquista del poder del estado, en forma parcial o total. Frente a este gran problema, la factibilidad política obligaba a los nuevos estados “revlucionarios” a resolver la tensión entre objetivos de largo plazo (abolición del capitalismo) y los objetos más inmediatos (mejoras sustanciales en términos de acceso al bienestar de ciertos grupos de la sociedad), además de resolver si ingresar a las disputas “burguesas” por el acceso y el control del mercado internacional. Este tipo de poder obliga por lo tanto a definir prioridades. Y dadas las condiciones de obligatoriedad que impone el sistema mundo, y el sistema interestatal de control hacia dentro de los estados, el objetivo de largo plazo –el fundamental- parecía siempre ir pasando a segundo plano, hasta transformarse en términos prácticos en algo inalcanzable. Esto incluso podía llegar a considerarse como algo beneficioso por los grandes productores oligopolistas, considerando por ejemplo, que priorizar el acceso de grandes sectores de población para el consumo (redistribución del ingreso), aumentaría en términos relativos la demanda y el consumo de grandes sectores de la población. Los que conllevaría a reducir la superproducción.

Es necesario, sin embargo hacer énfasis en que esta concepción si bien fue hegemónica, hoy día no es tal, sobre todo considerando la praxis propia de grandes movimientos sociales, que al parecer de varios autores, como Wallerstein y Aguirre Rojas, están situados en la vanguardia de lo anti sistémico. Aunque muchas veces se puede observar rasgos de instrumentalización y jerarquías totalitarias dentro de sus orgánicas, su estrategia ya no es la toma del poder, sino el ir construyendo ese poder[4] mediante la creación de instituciones de control democrático radical. Esta construcción de poder se realiza por fuera del campo político dominante, y con el objetivo de socavar el control de las corporaciones y la cooptación que ejercen estas mediante métodos autoritarios por sobre grandes porciones de población, y finalmente sobre su fuerza vital de autonomía, es decir de auto-dirigir en libertad e igualdad, y entre todos, a la sociedad en donde vivimos. La conquista del poder del estado ya no es el objetivo, sin embargo, la institucionalidad burguesa representada en el estado capitalista es una realidad con la cual debes enfrentarte ideológicamente (así como disputar espacios públicos de legitimación política que están dentro del campo político burgués y autoritario, pero siempre luego de la creación y el fortalecimiento de una institucionalidad por fuera del campo político hegemónico) y agotar todo recurso para no ser cooptado por este. Entendiendo que el estado moderno y capitalista esta necesariamente arraigado en el plan de control del sistema mundo capitalista por parte de las elites financieras que dominan también la política practica en términos de legalidad, y son fieles representantes de lo político, en términos de hacer evidente el conflicto entre clases. Conflicto que es principalmente ocultado (auto ocultado) por las elites gobernante nacionales.

Según nuestra perspectiva, la instancia política de organización no se agota en el principio jerárquico de comando/obediencia, o de organización jerárquica del poder, en ausencia de los muchos representados, que implicaría el principio totalitarista del estado moderno del que hablamos más atrás; Sin embargo, hay que comprender que nuestra política radical y subversiva debe disputar algo tan esencial e importante como nuestra existencia (nuestra autonomía) frente a la totalidad dominante que se intentara poner por sobre nosotros, y anular así, por lo tanto, nuestra capacidad real de poner en cuestión y crear un orden antagónico al orden capitalista, que somete nuestra soberanía a pura estadística. La totalidad del sistema mundo capital es nuestro enemigo, pero debemos empezar desde muy abajo y no tranzar en esto, aunque el camino aparentemente parezca largo. La experiencia histórica nos habla que disputar el poder del estado, para transformarse en un nuevo estado totalitario, no es el camino. Es imprescindible ir creando la hegemonía, mediante la legitimación de nuevas creencias colectivas, que existieron y pueden ser revitalizadas siempre; porque la historia cumple siempre que nosotros queramos un rol reactivo.

Sin duda, la estrategia debe ser crear al poder suficiente de las grandes capaz de la población explotada para que se auto-generen la conciencia crítica suficiente, para dejar de sufrir la realidad y comenzara transformarla. Esto es el ejercicio de la política emancipadora, de la política popular libertaria. Para esto no hay que perder de vista la eliminación del sistema capitalista, aunque se imponga como una forma productiva y política ineluctable. Debemos siempre tener la seguridad de que nuestra materialidad puede ser transformada desde nuestros vínculos más próximos con nuestra realidad. No hay otro camino que ese. Entre todxs, nunca más idealmente solxs.

Debemos comenzara a crear las formas antagónicas al orden de la acumulación y la propiedad privada, desde nuestros territorios, entre todxs, visualizando siempre un mundo post capitalista en nuestra realidad más próxima. Articulándonos y creando una organización de nuestro poder no jerárquica, no perversa.

Finalmente, es importante decir que el pensamiento crítico tiene como afirmación fundamental: que la realidad no se reduce a lo que existe. Es decir, se concibe a la realidad como un campo histórico de posibilidades donde tienen cabida opciones que fueron marginadas o que ni siquiera se intentaron. (Santos, B. 2000) Y es esta condición bajo la cual se afirman en su proyecto también un sinfín de proyectos contra-hegemónicos y minorías articuladas con un horizonte anti sistémico. Así, el pensamiento crítico, al develar las formas actuales de dominación mediante praxis de liberación real y concreta -por ejemplo, a través de la sistematización del pensamiento propio y el externo (de los movimientos), o creación de instituciones que socaven el control del estado en nuestros territorios- y apuntando más allá de lo que existe, estas formas de pensamiento y de práctica ponen en duda la separación entre realidad y utopía, formulando propuestas lo suficientemente utópicas para desafiar al estatus quo y suficientemente reales para no ser descartadas con facilidad por inviables.

 

Por qué debemos superar ese contrato, y también la lucha ciega contra toda institucionalización[5]

El contrato[6] entre la sociedad en vías de emancipación de la normatividad burguesa, y el estado capitalista, debe ser criticado y superado mediante una praxis política radical y revolucionaria que tenga como objetivo crear una institucionalidad democrática y radical por fuera campo político legítimo y burgués, que dé cuenta de la legitimidad que debe tener un proceso de nuevas creencias colectivas, y su correlato organizativo en los múltiples territorios. Correlato que no encuentra lugar en la actual institucionalidad burguesa. Y es ahí, en donde nuestra focalización política debe situarse. Es decir, la creación de nuevas instituciones para afirmar el proceso de creación real de autonomía, contra la heteronomía impuesta desde las elites gobernantes.

Es este un punto extremadamente delicado que vale la pena seguir profundizando más adelante. Sin embargo, es preciso mencionar que la creación de estas instituciones que den cuenta de estas creencias colectivas en ascenso y que están en sintonía con los ideales emancipadores de la libertad, la igualdad y la democracia radical, implica necesariamente una creación de potestad o potestades. Es decir instituciones u organismos mediante los cuales se pretenda lograr, por un lado, la administración local o federal de los recursos que generamos como sociedad, así como el control de los procesos de socialización, y por otro, instituciones que sean capaces de sostener la diversidad de las necesidades populares en un proyecto político democrático y participativo que nos devuelva a la posibilidad histórica de vivir un mundo en libertad. La persecución y consecución constante de autonomía es posible mediante la creación de estas instituciones colectivas, de otra forma se hace imposible imaginar una sociedad que fortalecida en su conciencia crítica, permita el despliegue de un contrato nuevo de la sociedad en la que vivimos.

 

 

Bibliografía

Catoriadis, C. “los dominios del hombre”, 2005,  Gedisa.

Dri, R. “el poder popular”, en: “reflexiones sobre l poder popular”. Miguel Mazzeo, Omar Acha y otros – 1 ed. Santiago, Tiempo robado, 2014.

Quijano, A. “La razón del Estado” En: Modernidad en Los Andes, Henrique Urbano y Mirko Lauer, eds., Centro Bartolomé de las Casas, Cusco, 1991. Antología: Cuestiones y Horizontes. De la Dependencia Histórico-Estructural a la Colonialidad/Descolonialidad del Poder (Buenos Aires: CLACSO, abril de 2014)

Santos Boaventura de Sousa. “descolonizar el saber, reinventar el poder”. 1 ed. Santiago: LOM ediciones.

Wallerstein, I. “la crisis como transición”, en “Dinamica de la crisis global” Samir Amin, Giovanni Arrighi, André Gunder Frank, e Inmanuel Wallerstein. Siglo XXI ediciones. 2005.

 

Notas

[1] A no ser que exista una fuerza política amplia lo suficientemente fuerte para crear un campo político radical alternativo y que tenga como objetivo la creación de un espacio público democrático, y a su vez, que se preocupe por generar una participación y una institucionalidad que derive de esta praxis transformadora y radical y sus respectivos valores para que sea extensiva en el tiempo siguiendo esos principios y valores y que finalmente no se situé por sobre la sociedad que lo creo.

[2] Para autores como Locke, y otros antecedentes del pensamiento liberal lo privado, es el área en donde el humano realmente puede desarrollar su libertad y autonomía

[3] Este proceso oculta varias tendencias históricas que son analizadas con mayor detalle en otros autores (Quijano, A. 2014, Hobsbawn, E. 2013). Sin embargo, nosotros nos centraremos en caracterizar las contradicciones de la razón burguesa.

[4] Entiendo poder aquí como lo entienden Bertolo, A. y Colombo, E. (Ver artículo sobre el poder, publicado en: peste.org / http://lapeste.org/2014/07/28/el-poder-en-el-ideario-acrata-una-revision-critica/). Es decir, como la capacidad instituyente de crear instituciones entre todxs. O, el ejercicio de participación real en la creación social histórica de la definición de normas que construimos como sociedad. Capacidad de autonomía. A diferencia de una concepción puramente negativa de poder, como la que encontramos en autores clásicos del anarquismo como Bakunin.

[5] Institucionalización se entiende aquí no como el proceso de ingreso, con instituciones ya creadas en el campo político “legítimo” burgués. Sino como el proceso de creación de instituciones y la acumulación de fuerzas que conlleva la creación de una institucionalidad popular.

[6] Que es la figura política de acuerdo y delegación de poder, que representa el estado moderno.

[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

Pin It

Related Posts

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *