Gilbert Achcar: “El pueblo quiere…”. Esbozo sobre la especificidad del capitalismo en la región árabe

by • 2 julio, 2014 • Artículos, Coyuntura política, Historia socialComments (0)878

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Achcar, Gilbert. Profesor de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la Universidad de París VIII. Nacido en el Líbano y residente en Francia, acaba de publicar dos nuevos libros en castellano: en colaboración con Michel Warschawski, “La guerra de los 33 días. Israel contra Hezbolá en el Líbano y sus consecuencias” (Icaria Editorial); y con Noam Chomsky, “Estados Peligrosos. Oriente Medio y la Política Exterior Estadounidense. Diálogos sobre terrorismo, democracia, guerra y justicia” (Paidos).


“La fórmula de ‘el pueblo quiere’ ha sido utilizada en las recientes movilizaciones para expresar todo tipo de reivindicaciones, desde las más elementales hasta el famoso ‘el pueblo quiere la caída del régimen’, el eslogan más conocido de la sublevación general. En su origen, se refiere a dos versos célebres de un poeta tunecino, que están en condicional, mientras que aquí la afirmación está en presente. Lo que revela el eslogan es la irrupción del pueblo como voluntad colectiva en la escena pública, al pueblo como sujeto político” (http://www.vientosur.info/spip.php?article7841). Ésta es la explicación que da Gilbert Achcar sobre el título de su último libro: “Le peuple veut”: une exploration radicale du soulèvement árabe, Edit Sindbad-ACTES SUD. El texto que sigue es una traducción de una parte del Capítulo II de este libro, páginas 104-114, publicadas en la página web de la revista Contretemps.[i]

Las particularidades del desarrollo socioeconómico de la región árabe son el resultado de una mutación emprendida en los años 1970 en el seno del sistema regional formado durante los dos decenios precedentes. Durante esos decenios, las monarquías hoy reagrupadas en el CCG [Consejo de Cooperación del Golfo, NdT] eran de hecho, cuando no de derecho, protectorados coloniales. Los Estados Unidos ejercían una tutela de hecho sobre el Reino saudita, mientras que el Reino Unido ejercía una tutela de derecho y/o de hecho sobre los demás territorios. En su origen, estos territorios estaban débilmente poblados y eran disputados por tribus y clanes: territorios con estructuras sociales arcaicas, a los que les faltaban los mínimos atributos de la personalidad estatal. A pesar de ello, Londres estableció en la región una pléyade de simulacros de Estado, según la vieja y probada receta imperial de “dividir para reinar”. Eso permitía dominarlos mejor y garantizar su sumisión al Imperio, único capaz de protegerlos contra los intentos anexionistas de sus vecinos con poblaciones bastante más numerosas.

Contrariamente a la modernización realizada en otras regiones bajo su dominio, en las que establecieron instituciones que imitaban, a veces de forma caricatural, a sus propias instituciones políticas y sociales, las dos potencias protectoras (Gran Bretaña y los EE. UU.) velaron por perpetuar las instituciones arcaicas –tribales, patriarcales– de esas jefaturas tribales de clanes transformadas en monarquías. Con toda evidencia, la razón de ese conservadurismo, que rompía singularmente con la “misión civilizadora” que se habían arrogado las potencias occidentales desde los últimos decenios del siglo XIX, era la riqueza petrolífera de los territorios en cuestión. Su arcaísmo permitía a las potencias protectoras explotar a placer sus recursos, mientras los jeques de los clanes se contentaban con las rentas petrolíferas que les permitían saciar de sobra su sedienta acumulación de signos ostentosos de riqueza, a menudo incluso extravagantes.

Los años 1950 y 1960 en la región árabe conocieron el ascenso de un nacionalismo cuyo vector privilegiado pasó a ser el ejército, y su medio usual de acceso al poder el golpe de Estado. La putrefacción de los regímenes monárquicos en Egipto, Irak y Yemen del Norte, el ascenso de las luchas anticoloniales en Argelia y Yemen del Sur, la agudización de la cuestión agraria, una primera fase del bloqueo del desarrollo capitalista ilustrada por la atrofia de la burguesía nacional industrial frente a la alianza de los propietarios de la tierra y de la burguesía compradora (intermediaria comercial entre su país y la potencia tutelar),… todos esos elementos combinados, empujaron a algunas castas militares a sustituir a las deficientes burguesías nacionales y a sus representaciones políticas impotentes, a fin de conducir a sus países por una vía nacionalista y desarrollista.

El modelo de referencia para la tipología de este fenómeno político es una variante sui géneris del bonapartismo analizado por Marx[ii], una variante cuyo impacto en la región fue considerable: el kemalismo. Al salir de la Primera Guerra Mundial, el sultanato-califato del ex Imperio otomano, que englobó a la mayor parte de la región árabe en el curso de su historia, estaba en un estado de decrepitud avanzada y bajo dominación europea. Fue derrocado por una casta militar nacionalista dirigida por Mustafá Kemal, que se fijó dos tareas principales: modernizar Turquía siguiendo el ejemplo de la Europa Occidental, a la vez que se emancipaba de su dominación, y desarrollar las infraestructuras y la economía del país por medio de una intervención vigorosa del Estado. Los esfuerzos para la industrialización de Turquía bajo Mustafá Kemal se inspiraron incluso en la experiencia en curso de la vecina Unión Soviética y, en concreto, en su plan quinquenal.

El tipo de bonapartismo que prevaleció en cinco países –Egipto, Irak, Siria, Argelia y Yemen del Norte– de la región árabe a lo largo de los años 1960 y cuyo arquetipo fue el régimen dirigido por Gamal Abdel-Nasser en Egipto, se aparta del modelo kemalista en dos puntos principales. Mientras que bajo Kemal el ejército turco fue devuelto a los cuarteles (de los que salió en 1960 para imponerse durante cerca de cincuenta años como fuerza tutelar del poder político, ejerciendo directamente ese poder de forma intermitente), en los cinco países mencionados más arriba el bonapartismo nacionalista árabe tomó la forma de dictaduras militares permanentes; más en concreto, de dictaduras militar-seguritarias con un papel importante de los servicios de información de todo tipo, los mujabara. En el caso del Irak, bajo Saddam Hussein, los servicios de ese tipo, así como el aparato del partido dirigente, jugaron incluso un papel mayor que el de los militares, un poco a imagen de la Alemania nazi. Por otra parte, el papel económico del Estado en Egipto, Irak, Siria y Argelia fue bastante más allá del modelo kemalista en la imitación del modelo soviético, llegando a sustituir en gran medida al sector privado, tanto mediante nacionalizaciones extensivas como por medio de inversiones públicas masivas.

El bonapartismo nacionalista árabe se radicalizó considerablemente durante los años 1960. Bajo la influencia directa de la Unión Soviética, cuyo modelo de desarrollo podía ser percibido como atractivo por países del tercer mundo en aquella época, el modelo nasserista substituyó a la burguesía realmente existente por el ejecutivo no sólo en el ámbito político, que era la característica del bonapartismo analizado por Marx. El Estado nasserista sustituyó también a la burguesía en el plano económico, expropiándola en gran parte y poniendo en pie un capitalismo de estado llamado “socialismo” que, sin suprimir el derecho a la propiedad privada de los medios de producción sociales, se convirtió en gran medida en preponderante.

Junto a las nacionalizaciones, las inversiones infraestructurales e industriales a gran escala realizadas por el Estado (siguiendo el modelo de planificación soviético) aseguraron el dominio del sector público en las economías concernidas. Durante su apogeo en los años 1960, el modelo nasserista no solo fue imitado por las demás dictaduras nacionalistas, sino que también influenció a otras experiencias bonapartistas más tradicionales en la región: Habib Bourguiba, admirador de Mustafá Kemal, en Túnez conoció su fase “socialista”, y el propio Líbano intentó la planificación bajo el general Fouad Chéhab.

El bonapartismo nacionalista árabe comenzó a declinar a finales del mismo decenio, a pesar de los golpes de Estado de 1969 en Sudán y en Libia (que, brevemente, extendieron el modelo nasserista a esos dos países), así como de las nacionalizaciones de los hidrocarburos en Argelia, Irak y Libia al inicio del decenio siguiente. Ese modelo alcanzó sus límites económicos, en el caso original de Egipto, cuando fue confrontado a los siguientes problemas:

1) La explosión demográfica, resultante de la mejora sustancial de las condiciones sanitarias realizada por el nuevo régimen.

2) Los vicios del modelo soviético de industrialización que privilegiaba la industria pesada y la cantidad en detrimento de la calidad.

3) El desorden burocrático y la corrupción, que no tardaron en extenderse por el país, tanto más fácilmente en la medida que el régimen ahogaba las libertades políticas.

4) El peso del endeudamiento exterior adquirido para la financiación de los proyectos de desarrollo y armamento.

Todas las dictaduras militares padecen el impulso de aumentar los medios de sus fuerzas armadas, pero en la región árabe, las amenazas reales que pesaron sobre la mayor parte de ellas crearon una presión auténtica: Egipto, Siria e Irak, en particular, están situados en zonas de fuertes turbulencias militares, sobre todo a causa de la vecindad de Israel en el caso de las dos primeras y de las tensiones del Golfo en el caso de la tercera. En 1956, el aún reciente régimen militar de Egipto fue agredido por Francia y Gran Bretaña en alianza con Israel; en 1968, el régimen militar en Irak, en el poder desde 1958, fue amenazado por Gran Bretaña a partir de Kuwait y, además, las tensiones entre Irak e Irán existían ya desde los tiempos del shah en Irán. La importancia de la renta petrolífera atenuó sin embargo, como ocurrió en Argelia y Libia, la presión económica del endeudamiento en Irak antes de la ruinosa guerra contra Irán.

En este contexto de atasco económico creciente la derrota aplastante de Egipto y de Siria frente a Israel, en junio de 1967, precipitó el declive de los dos regímenes nacionalistas que se habían radicalizado fuertemente a la izquierda en el curso de los años precedentes. El año 1970 marcó un giro decisivo en la historia contemporánea de la región árabe: el aplastamiento sangriento de la resistencia palestina por el poder real hachemita en Jordania en septiembre de 1970 suprimió el principal contrafuego de la derrota de 1967. El repentino fallecimiento de Gamal Abdel-Nasser a finales del mismo mes dio el último golpe definitivo a esa época. Anuar al-Sadat le sucedió con la firme intención de poner el país en la vía de la “desnasserización”, incluyendo la restitución a los antiguos propietarios de las tierras que les habían sido confiscadas por las sucesivas reformas agrarias. En noviembre de 1970, Hafez al-Assad se apoderaba del poder en Damasco, desplazando a la fracción de izquierdas del partido Baas sirio. Los dos hombres no iban a tardar en promover medidas de liberalización económica bajo el signo de la infitah, una liberalización que favoreció el desarrollo de un capitalismo nepotista tanto más en la medida que, a pesar de una semiliberalización política en Egipto, se perpetuaba el régimen dictatorial.[iii]

El giro emprendido con los cambios en El Cairo y en Damasco se encontró considerablemente reforzado por el ascenso del poder de las monarquías petrolíferas del golfo Arabo-Iraní. Habiendo seguido el movimiento de nacionalización de los hidrocarburos inaugurado por la Argelia de Houari Boumedian en 1971, esas monarquías se encontraron de repente con que disponían de rentas considerables gracias a la subida brutal de los precios del petróleo, provocada por la reducción progresiva de la producción y el embargo parcial de las exportaciones decretado por los países petroleros árabes con motivo de la guerra israelo-árabe de octubre de 1973. La región árabe pasó así de la era nasserista “socialista” a la era ultrarreaccionaria saudí. El reino saudí disponía de medios financieros considerables, a los que se añadieron los de las demás monarquías árabes del Golfo que se sumaron a su liderazgo. En estas monarquías hubo dos factores que provocaron la expansión espectacular de un capitalismo nepotista en el seno del Estado patrimonial: la emergencia de una nueva generación de miembros tentados por los negocios en las familias clánicas reinantes; así como la llegada de redomados negociantes de todo tipo, provenientes de los demás países de la región y del resto del mundo, atraídos por este nuevo Eldorado. Evoluciones similares se vieron aceleradas en las monarquías no petrolíferas, a menudo en combinación con capitales provenientes de las monarquías petrolíferas.

La infitah no tardó en generalizarse a los demás regímenes salidos del bonapartismo nacionalista: en Argelia, bajo Chadli Bendjedid, que sucedió a Bumedian en 1979 tras la muerte de este último[iv]; en Irak, bajo el mismo Saddam Hussein durante la guerra con Irán.[v] El régimen de Yemen del Norte conoció un giro derechista radical tras la retirada de las tropas de intervención egipcias en 1967, cayendo bajo la tutela del Reino saudí; el nepotismo iba a generalizarse en el país bajo Alí Aballah Saleh, llegado al poder en 1978.[vi] El sudanés Gaafar al-Numeyri se alineó muy rápidamente con la orientación post-nasserista de Sadat, tanto más en la medida que tuvo que combatir una oposición de izquierdas durante los primeros años en el poder; a partir de 1981 acabó aliándose con los Hermanos Musulmanes. La evolución del régimen libio de Mouammar Gadafi fue la más errática de todas: de un alineamiento con Sadat, con fuerte referencia islámica al comienzo de los años 1970, emprendió un giro “socialista” a partir de 1977, acompañado de nacionalizaciones muy extensivas, a la vez que reforzaba su poder personal. Luego, una decena de años más tarde e inspirándose en la perestroika de Mijail Gorbachov en la Unión Soviética, efectuó un nuevo giro hacia su propia versión de la infitah, con un simulacro de liberalización política y una liberalización económica que fue un fracaso. El viraje a la derecha más radical del régimen con el cambio de siglo favoreció el desarrollo acelerado de un capitalismo patrimonial y de amigotes alrededor de la progenitura de Gadafi.[vii]

El giro de 1970 conllevó igualmente una estabilización de los poderes autocráticos después de la alta inestabilidad de los decenios anteriores[viii]: Gadafi tenía el récord de longevidad en el poder, habiendo gobernado Libia durante 42 años, hasta el levantamiento de 2011; Sadat fue asesinado en 1981, pero su sucesor Hosni Mubarak iba a instalarse treinta años en el poder, igualmente hasta 2011; Hafed al-Assad gobernó treinta años, hasta su muerte en 2000; Saddam Hussein no fue desalojado del poder, al que había accedido en 1968, más que por la invasión de Irak dirigida por los Estados Unidos en 2003, es decir treinta y cinco años más tarde; Ali Abdallah Saleh permaneció en el poder 34 años hasta que fue obligado a abdicar en 2012; apartando a Bourguiba (instalado a la cabeza del Estado desde la independencia tunecina en 1956), Ben Alí se apoderó del poder en 1987 y lo preservó durante 24 años, hasta 2011. Tras los golpes de Estado en Egipto (1952), Irak (1958) y Yemen del Norte (1962), el derrocamiento de la monarquía libia en 1969 fue el último golpe de Estado republicano exitoso. Todas las demás monarquías árabes han sobrevivido hasta hoy, generalmente gobernadas por monarcas hasta el fin de su vida (cuarenta y siete años de reinado en el caso del rey Hussein de Jordania).

La longevidad de las dictaduras republicanas facilitó enormemente su evolución hacia un patrimonialismo semejante al de las monarquías, con una tendencia cada vez más fuerte de los regímenes autocráticos (con una excepción importante, Argelia, donde el poder de la casta militar es ejercido colegialmente desde la muerte de Boumedian). No les faltó nada, incluso la transmisión hereditaria del poder: Bachar al-Assad preparaba a uno de sus hijos para sucederle, al igual que Gadafi, Mubarak y Saleh. Los grupos dominantes de los países concernidos –castas militar-seguritarias y burguesías de Estado– adquirieron un carácter cada vez más mafioso, con una expansión del nepotismo capitalista enormemente favorecido por la extensión de las recetas neoliberales al conjunto de la región: a través de la liberalización del comercio y de la atribución nepotista de las licencias a la importación; de priorizar al sector privado mediante la expansión de los negocios, tanto más libre de límites en la medida en que su cómplices están bien situados en el aparato del poder; de reducir el sector público por medio de privatizaciones que, como las que se dieron en Rusia, son un medio privilegiado de enriquecimiento de la mafia dominante, que se apropia de los bienes públicos más rentables a precios irrisorios, etcétera.

En un contexto marcado por la continuidad post-“socialista” del carácter dictatorial del poder en países como Egipto, Siria, Irak, Argelia o Libia, donde las antiguas burguesías industriales, comerciales y financieras habían sido diezmadas, las recetas neoliberales no podían conducir más que al resultado que hemos descrito. En su mayoría, las empresas productivas del sector público, fruto de una industrialización de tipo soviético, se volvían menos rentables en la medida en que el comercio era liberalizado: el Estado se encontró confrontado a elegir entre perpetuar una explotación con pérdidas o el cierre de las fábricas. La correlación de fuerzas sociales no le permitía optar por despidos masivos. Por la misma razón, no pudo reducir los efectivos de la burocracia administrativa o del ejército tan drásticamente como le exigían las instituciones financieras internacionales.

Sin la absorción parcial de los jóvenes, en particular de los diplomados, por las burocracias estatales, el problema del paro habría sido aún más explosivo de lo que es hoy en la región. Por esa misma razón, el Estado no pudo practicar una “terapia de choque” y liberalizar los precios brutalmente, tal como hizo Augusto Pinochet en Chile tras el sangriento golpe de Estado de 1973, o siguiendo el ejemplo de Europa del Este tras el hundimiento de las dictaduras “comunistas”, aplicando las medidas que les imponían las instituciones financieras internacionales.

Y es que los regímenes de la región árabe conocían el potencial de revuelta de su población tras los disturbios suscitados por las tentativas de supresión de las subvenciones a los productos de primera necesidad en Egipto en 1977, en Marruecos en 1981, en Túnez en 1983 o en Jordania en 1989. A diferencia de las poblaciones de Europa del Este, la gran mayoría de las poblaciones de la región árabe no alimenta ninguna ilusión sobre la perspectiva de acceder a un nivel de vida occidental a condición de apretarse provisionalmente el cinturón; además, para una proporción importante de esas poblaciones, el cinturón está ya apretado hasta el último agujero. El resultado de este callejón sin salida local del neoliberalismo es que la mayor parte de las economías de la región han acabado por combinar las desventajas de un capitalismo de Estado burocrático, que ha llegado a los límites de su potencial desarrollista, y las de un capitalismo neoliberal corrupto, sin ninguna de las presuntas ventajas del estatismo o del neoliberalismo.

Es esta modalidad específica del modo de producción capitalista, dominante en la región árabe, que combina patrimonialismo, nepotismo y capitalismo de amigotes, pillaje de los bienes públicos, hipertrofia burocrática y corrupción generalizada, sobre un fondo de debilidad, incluso inexistencia, del Estado de Derecho y de gran inestabilidad sociopolítica, lo que constituye la razón del bloqueo del desarrollo regional. Es esta cadena la que se rompió en diciembre de 2010 en Túnez, arrastrando a su vez a la ruptura a los demás eslabones.

En 2005, concluí con este comentario en examen del Informe 2004 sobre el desarrollo humano en el mundo árabe, elaborado por el PNUD:

Sin embargo, el informe sufre las limitaciones debidas a las condiciones mismas de su elaboración como informe de una agencia intergubernamental. De forma extraña, subestima el papel, sin embargo fundamental, jugado por las televisiones por satélite –en particular la cadena pionera Al Jazeera– en la emergencia de una opinión pública árabe autónoma. Debido a ello, su constatación parece exageradamente sombría en cuanto al potencial político de las poblaciones de legua árabe […].

En fin, y sobre todo, el informe se dirige tanto a los gobernantes como a los gobernados para efectuar el cambio necesario. A fin de evitar la “catástrofe inminente” que resultaría de una explosión social –de la que el informe teme que desemboque en guerra civil–, los reformadores del poder y de la sociedad civil deben negociar una redistribución política con vistas a realizar la “buena gobernanza”. Perspectiva bien vana, vista la realidad de la opresión característica de la mayor parte de los países árabes y de la naturaleza social de los gobiernos.

Un estudio libre de toda presión institucional concluiría más bien en la necesidad de un reagrupamiento de las fuerzas democráticas a fin de imponer “desde abajo” cambios radicales, que serán tanto menos violentos en la medida que sean masivos, como la historia ha demostrado ampliamente y como la actualidad reciente ha confirmado también. Además, no podrá haber consolidación de la democracia sin una redistribución mayor de la propiedad y de las rentas en esta parte del mundo, en la que subsisten numerosos estados patrimoniales cuyas familias reinantes se apropian aún de una parte considerable de los recursos nacionales, agrícolas y mineros. Por ello instaurar hoy de forma duradera las libertades y la democracia mediante una acción concertada con una parte de las clases dirigentes en el mundo árabe, parece mucho más ilusorio que antaño en las monarquías absolutas europeas o, hace poco, en las dictaduras burocráticas de Europa central y oriental.[ix]


Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR, 14 de Junio de 2013. Disponible en http://vientosur.info/spip.php?article8037

[i] Disponible en http://www.contretemps.eu/lectures/lire-extrait-peuple-veut-gilbert-achcar

[ii] Carlos Marx, El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, http://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/brumaire/brum1.htm

[iii] Sobre la economía política del Egipto postnasserista, además de las obras citadas anteriormente, ver la obra que Adil Husayn redactó sobre los años de Sadat, cuando se reclamaba aún del marxismo: Al-Iqtisad al-Masri min al-Istiqlal ila al-Taba ´iyya 1974-1979, 2 vol. (Beirut, Dar al-Kalima, 1981); así como Nazih Ayubi, The State and Public Policies in Egypt since Sadat (Reading, UK, Ithaca Press, 1991), Eberhard Kienle, A Grand Delusion: democracy and Economic reform in Egypt (Londres, I.B.Tauris, 2000), y Vincent Battesti y François Ireton, dir., L´Egypte au présent. Inventaire d´une société avant révolution (Paris, Actes Sud/Sindbad, 2011), en particular el capítulo 3, págs.403-647. Sobre los años de Hafed al-Assad en Siria ver Michel Seurat, L´État de barbarie (Paris, Seuil, 1989), Volker Perthes, The Political Econoomy of Syria under Asad (Londres, I.B.Tauris, 1995) y Raymond Hinnebusch, Syria: Revolution from Above (Londres, Routledge, 2001), y para el conjunto de los años Assad padre e hijo, Bassam Haddad, Business Networks in Syria: The Political Economy of Authoritarian Resilience (Stanford, CA, Stanford University Press, 2012). Se encontrará un cuadro edificante de las transformaciones socioeconómicas en Siria en la obra ya citada de Mohammed Jamal Barout, Al-´Aqd al-Akhir fi Tarikh Surya. El aspecto político de este estudio es por el contrario mucho más discutible, estando la perspectiva del autor determinada por su preferencia por una solución negociada con el régimen sirio y su presidente. Ver sobre este tema la notable crítica detallada del libro de Barout hecha por Husam al-Din Darwish, Munaqasha Naqdiyya li-Abhath Muhammad Jamal Barut ´an al-Thawra al-Suriyya (Doha, Al-Markaz al- Arabi lil-Abhath wa Dirasat al-Siyasat , 2012). Para una comparación entre los procesos de liberalización económica en Egipto y en la Siria de Hafez al-Assad, ver Raymond Hinnebusch, “The politics of Economic Liberalization: Comparing Egypt and Syria” en Hassan Hakimian y Ziba Moshaver, dir., The State and Global Change: The Political Economy of Transition in the Middle East and North Africa (Richmond, UK, Curzon, 2001), págs.111-134.

[iv] Sobre los años de Chadli Bendjedid, ver Abderrahim Lamchichi, L´Argérie en crise. Crise économique et changements politiques (Paris, L´Harmattan, 1991); un cuadro edificante de la corrupción acelerada del régimen argelino tras Boumedian es dibujado por Hocine Malti en Histoire secrète du pétrole alrérien (Paris, La Découverte, 2010).

[v] Ver Isam al-Khafaji, “State Incubation of Iraqi Capitalism”, Wealth and Power in the Middle East, MERIP, nº 142, septiembre-octubre de 1986, págs.4-9 y 12; leer con Hanna Batatu, “State and Capitalism in Iraq: A Comment”, ibíd., págs.10-12.

[vi] Ver Charles Schmitz, “Politics and Economy in Yemen: Lessons from the Past”, en Kamil Mahdi, Anna Würth y Helen Lackner, dir., Yemen into the Twenty-First Century: Continuity and Change (Reading, UK, Ithaca Press, 2007), págs.31-49, así como Haudhry, The Price of Wealth.

[vii] Ver Dirk Vandewalle, Libya since Independence: Oil and State-Building (Ithaca, NY, Cornell University Press, 1998) y A History of Modern Libya (New York, Cambridge University Press, 2006), así como Patrick Haimzadeh, Au coeur de la Libye de Kadhafi (París, J.-C. Lattès, 2011).

[viii] Ver Roger Owen, The Rise and Fall of Arab Presidentes for Life (Cambridge, MA., Harvard University Press, 2012).

[ix] Gilbert Achcar, “Chances et aléas du printemps arabe”, Le Monde Diplomatique, juillet 2005. Disponible en http://blog.mondediplo.net/spip.php?page=article&id_article=12351&connect=connectdiplofr

Extraído: http://www.herramienta.com.ar
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