El poder en el ideario ácrata: una revisión critica

by • 28 julio, 2014 • Artículos, Coyuntura política, Teoria políticaComments (0)1413

“Hoy por hoy, el principal enemigo de la razón teórica libertaria es quien se instituye a sí mismo como guardián indómito del fuego sagrado, como incorruptible paladín de la pureza doctrinal, como abanderado de las esencias, como martillo implacable de herejes y de desviaciones.”
“Para innovar y con ello dar vida hay que atreverse a profanar, sin la menor reserva, hay que aprender a ser radicalmente irrespetuosos”
Tomás Ibáñez.

El despliegue de un ejercicio crítico constante, realizado por los “padres” del anarquismo a las anquilosadas formas políticas de dominio y explotación; tan necesario para conformar cualquier teoría revolucionaria, hace mucho que parece haber sido olvidado por innumerables “seguidores” y “admiradores” del pensamiento ácrata. La vitalidad dada por lxs pensadorxs que perfilaron “la idea” a fines del sXIX y principios del sXX, esa que cuestionaba innumerables facetas de su tiempo y buscaba conformar un mundo nuevo lejos de los impedimentos morales y sociales que intentaban – he intentan imponernos aun – los sectores explotadores de la sociedad, fue dejada de lado por innumerables anarquistas, quienes sin darse cuenta se han vuelto profundamente conservadores. Así, hoy en día muchxs de quienes se consideran libertarixs son profundamente dogmáticos y no se preguntan respecto a concepciones que por “clásicas” que sean no pueden dejar de ser parte de la reflexión y la crítica.

Precisamente a eso apuntan las siguientes líneas, es decir, a problematizar y comprender críticamente conceptualizaciones sustanciales – y nociones – que existieron, y aún existen en el ámbito ácrata. En efecto, realizaremos una revisión crítica de conceptos transversales y de suma importancia para toda teoría revolucionaria que busque la transformación radical de las condiciones materiales e ideológicas. Dicho objetivo, demasiado amplio para estas páginas, intentaremos esbozarlo en el análisis de dos conceptos: Poder y dominación. La revisión de estos dos términos, nos parece un ejercicio sumamente necesario a discutir entre cualquier revolucionarix siendo, por tanto, nuestro humilde objetivo: contribuir a dicha discusión.

Poder y dominación: una mirada histórica de su conceptualización

Es bien sabido que a lo largo de la historia del anarquismo los significados que se han atribuido a estos conceptos han sido muy diversos. En este sentido, es que se hace necesario dejar en claro que el ejercicio que nos atañe en este texto viene a ser la crítica y la relativización del absoluto negativo, e incluso trascendente, del concepto poder que hay en varixs autorxs anarquistas como es el caso de Bakunin.

La noción que tiene el principio organizativo de Estado acerca del poder como “hecho social”, se origina a partir de tradiciones filosóficas muy antiguas que es preferible trabajar en extenso en otros trabajos futuros. Sin embargo, conviene mencionar que esta noción viene siendo prefigurada, primero, como teoría política para el ejercicio de dominación (comprendiendo que el “poder” siempre viene desde arriba) con antecedentes históricos como las teorías políticas del papado medieval, por ejemplo, las del Papa León I (440-461) (1), en donde se expresa, tal vez por primera vez la idea clave del “Estado”, en términos políticos modernos, al afirmar la “plenitudo potestatis” al asignar la soberanía ultima en esa potestad impuesta desde arriba y para siempre, por sobre la sociedad de los hombres. También bajo este papado se desarrolló una teoría de la jerarquía entendiendo que el poder desciende, y que la obligación de obediencia se confirmaría en cada tramo de la escala.

En este sentido, el embrión de la soberanía absoluta en un cuerpo político abstracto comienza a existir. Posteriormente, es Thomas Hobbes quien desarrolla, primero como respuesta y resistencia al poder divino y tirano ejercido por familias o personalidades déspotas, una teoría política que tiene como objetivo final abolir “un estado de naturaleza… el de los individuos, (…) el estado de guerra de todos contra todos” y crear un dios mortal, es decir, un ser artificial creado por los hombres para escapar del miedo a la muerte violenta en manos de otros hombres (Colombo, E. 2000). El cuerpo que emerge finalmente es el contrato único (Leviatán) que es caracterizada por el propio Hobbes como “una unidad real, instituida por pacto de cada hombre con los demás”. Es este poder, concentrado en el Leviatán, quien puede garantizar la subsistencia y hace posible lo social. Son, por lo tanto, los regímenes absolutistas, concebidos ya racionalmente y no como fuerzas divinas que bajan a la tierra para someter a los humanos, quienes encuentran su justificación y fundamento en esta teoría política y concepción teórica acerca del poder. Esta teoría política comprende al ciudadano como un individuos egoísta, que debe renunciar a lo público (es decir, a su ejercicio de poder) en pos de ganar seguridad y una vida tranquila. Esto debe ser comprendido desde nuestra concepción como degradación de la capacidad pública de las organizaciones populares y/o comunidades para dirigir su propia vida, y para el control social de las instituciones encargadas de la administración de los usos públicos de los recursos socialmente producidos.

Finalmente, es Rousseau quien cerraría el ciclo formativo de la idea metafísica del Estado al situar la última soberanía en el mito de la voluntad general, que en sus palabras es “la alienación total de cada asociado con todos sus derechos a toda la comunidad (…) cada uno de nosotros pone en común su persona y su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general”.

Siguiendo con la línea argumentativa nos centraremos ahora en la comprensión de la concepción abstracta del poder de uno de los autores fundamentales para el anarquismo clásico, como es el caso de Mijaíl Bakunin.

bakunin2No hay duda que la concepción que tenía Bakunin del poder era principalmente negativa, y aludía sobre todo a un poder sobre, entendido como Potestas y soberanía última que mandaba/dirigía trascendiendo todo raigambre real y material de poder entendido como Potentia –. Esta concepción existía en Bakunin, entre otras cosas, por la influencia de la episteme hegemónica de la sociedad de su tiempo (y la autoridad natural que ejerce esta sobre los hombres) acerca del poder y la organización de un espacio político que se pusiera como objetivo revolucionario la emancipación del hombre y el ejercicio de poder.

Los liberales y contractuales que Bakunin criticaba, dan forma histórica a la fetichización del poder, -con la forma Leviatán, Dios en la tierra – que despotencia el poder asociativo de la comunidad -, Potentia, tornándola una masa pasiva que obedece la órdenes del poder político (clases dominantes, elites, etc). Esto puede ser entendido como alienación del poder de las gentes y comunidades, de los individuos y sujetos colectivos. Alienación de su base material, a partir de lo cual el poder se diviniza, volviéndose autorreferente y totalitarista.

Bakunin criticaba esa concepción, definiendo como punto de partida a la sociedad – o lo social – (fiel a su concepción materialista social histórica) y además, diciendo que las definiciones a priori, u condiciones ineluctables, tan propias de las ideas religiosas de la sociedad de su tiempo (que son bien parecidas a las ideas que hay detrás de los principios organizativos dominantes de hoy) acerca del individuo, de la libertad, y de la condición humana en general, no podían ser si no corruptoras de las buenas intenciones y las tendencias infinitas y transformadoras para la consecución de libertad.

La idea de poder que él tenía siempre llevaría a una entropía y a un totalitarismo político expresado históricamente en la forma organizativa de Estado. Que no era más que la organización de ese poder separado de la sociedad. Es en esa esfera que el poder esencialmente solo podía ser ejercido por unos pocos y no permitiría de ninguna forma la existencia de un poder igual a su lado. Por lo tanto, el poder siempre podría venir desde arriba, es decir, el poder solo podría ser comprendido como un poder sobre otro.  A saber:

“(…) está en la naturaleza de todo poder la imposibilidad de soportar un superior o un igual, pues el poder no tiene otro objeto que la dominación, y la dominación no es real más que cuando le está sometido todo lo que la obstaculiza, ningún poder tolera otro más que cuando está obligado a ello, es decir, cuando se siente importante para destruirlo o derribarlo. El solo hecho de un poder igual es una negación de su principio y una amenaza perpetua contra su existencia” (Bakunin, M. 2008).

Bakunin lo tenía claro. Para él, poder y dominio eran indisolubles, una era condición de la otra. Sin embargo, creemos que es pertinente comprender que en la idea de la tendencia instintiva del hombre al poder, y la influencia de la semántica y episteme dominantes de la sociedad de su tiempo, Bakunin termino quitando dinamismo y posibilidades reales al concepto de poder y sus figuras organizativas. Es decir, no lo entendió como potencia, o como expresión de la comunidad y la asociatividad – sino como un principio/idea/tendencia que devenía siempre en dominación – siempre en la creación de instituciones represoras y autorreferentes.

La totalidad del razonamiento político moderno, incluyendo en él, a los filósofos liberales y funcionales, a los totalitarios, y a algunos socialistas, tenía una relación dialéctica con el poder existente y con su definición soberana. Esta relación podríamos definirla de la siguiente manera: o bien se toma el poder, y se es como el poder, o bien se reniega del poder, lo que define inmediatamente el espacio político como negación absoluta del poder (Negri, T. 2008). No habría espacio para una concepción por decirlo de alguna manera constructivista, o material del poder.

Hoy en día, el desarrollo histórico de las ideas y de la sociedad nos permitieron la creación de una noción positiva del poder político, que tiene a su vez como fundamento positivo – contrapuesta a la dominación – la voluntad de vivir de la comunidad, que es el fundamento material de la definición de poder político. Bakunin no diferencia entre las distintas instancia que hoy sumamos a la lectura: Potentia –potencia- (capacidad instituyente siempre latente en los sujetos y la unidad de ellos bajo formar y figuras políticas determinadas) y Potestas (ejercicio delegado de ese poder, en instituciones o asociaciones populares). Para él, poder era sinónimo de la forma histórica que adoptaba la organización del poder en Estado o su complejo militar, y no fue posible concebirlo como potencia que podría derivar históricamente, dada la voluntad política declarada de las “masas”, en otras formas o figuras organizativas no jerárquicas (2).

La forma histórica de Estado para Bakunin era la “organización del poder”, pero el poder y todo ejercicio de institucionalización siempre será autorreferente y alienante, pues “está en la naturaleza de todo poder la imposibilidad de soportar un superior o un igual, pues el poder no tiene otro objeto que la dominación”. Bakunin realizaba una crítica a la tendencia de delegación, o institucionalización del poder – que sin duda reviste el peligro de la dominación – especialmente en su forma Estado. Nunca fue contrario a la organización o a la creación de instituciones que representarían los intereses de los explotados y que intentarían por sobre todas las cosas, guardar capacidad de soberanía en la asociatividad popular. Su error fue no otorgar fundamento material y positivo a su noción del poder político, lo que según nosotros hoy en día resta capacidad de comprensión acerca de la dinámica de las expresiones plurales y heterogéneas de los movimientos socio-políticos. Sin embargo no se debe comprender que el pensamiento de Bakunin no pueda o debe ser actualizado con las necesarias revisiones críticas a conceptos tan problemáticos y sustanciales como lo es su concepción de poder-sobre (concepción negadora y no construccionista).

colomboUna definición más actual de lo que es la forma Estado nos dice que “El principio de estado incluye la dominación y su núcleo especifico de comando/obediencia, se reconoce a sí misma como una forma ineluctable de lo político, es una organización jerárquica del poder presentada al interior del mismo discurso que constituye el estado en tanto principio o paradigma, como necesario a la integración de sociedades complejas (……) En la perspectiva actual de la filosofía política, con la sola y honorable excepción del anarquismo la instancia política en su totalidad es considerada como dependiente de este principio” (Colombo, E. 2000).

Siguiendo nuestra idea argumentativa central es claro que la crítica anarquista clásica al poder (entendiendo a este como un “lugar abstracto” del cual se debe rehuir, si no se quiere reproducir la dominación política burguesa) tiene influencias de las primeras ideas liberales y contractuales acerca del fundamento de lo social. Por lo mismo, creemos que se han asimilado e igualado en significado muchas veces conceptos como poder y dominación, lo que perspectivas actuales del pensamiento anarquista han diferenciado con el fin de introducir finalmente una noción positiva, material del concepto poder.

En este sentido, es que creemos que es reproducida la idea alienante de poder, comprendiendo que hay tendencias ideológicas que pregonan aun que se debe luchar contra todas las manifestaciones de poder, incluidas las que tienen que ver – siguiendo las ideas de Bertolo y Colombo – con la manifestación real del “poder simbólico instituyente” desde abajo, en el ejercicio de la creación del nomos (3) regulador de una sociedad, que para ellos, se debe dar bajo condiciones de igualdad de ejercicio efectivo y acceso a la esfera de lo público.

Esto iría en línea con la perspectiva histórica y constructivista de la libertad que fue radicalmente crítica, sin duda, de unos de los fundamentos del liberalismo y el pensamiento religioso, es decir, la perspectiva que señala que la libertad se construiría solo con los otros y en condiciones de igualdad.

No soy verdaderamente libre más que cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres. La libertad de otro lejos de ser un límite o la negación de mi libertad, es al contrario su condición necesaria y su confirmación- no me hago verdaderamente libre más que por la libertad de los otros, de suerte que cuanto más numerosos son los hombres libres que me rodean y más vasta es su libertad, más extensa, más profunda y más amplia se vuelve mi libertad” (Bakunin, M. 2008).

En efecto, entre igualdad de acceso al ejercicio efectivo del poder simbólico instituyente y la libertad, no hay antinomias, y los lugares comunes de ciertas tendencias liberales deben ser por lo menos confrontados con todos nuestros esfuerzos.

Finalmente, es conveniente recalcar, para hacer justicia y valorizar el pensamientos de estos autores que escriben entre el siglo XVIII – XIX que este ejercicio de legitimación de una semántica determinada deviene a su vez de la hegemonía ideológica de este tipo de pensamiento (liberal y contractual). Esto, ya que aparte de la practica empírica en donde el Estado es percibido como un ente real y determinante en nuestras vidas, es necesario – por parte del mismo Estado – hacer un ejercicio de legitimación discursiva entendiéndose a sí mismo como un hecho ineluctable, desplegando e instituyendo en el imaginario social estas ideas, a través del control de los procesos de socialización, y contribuyendo, finalmente, a la naturalización de diversas prácticas y significados acríticos.

Sin embargo, es el anarquismo en conjunto con otras tradiciones críticas, y socialistas revolucionarias, quienes ponen en cuestión la tradicional forma dominante de entender a la instancia política, y proponen una visión radicalmente nueva del ejercicio de lo político, comprendiendo el uso del poder, como “la capacidad simbólico instituyente” de creación del nomos (y formas reguladoras de lo social) y por lo tanto, también, de las obligaciones sociales que les competen.

El estado moderno o, mejor dicho, la idea o “principio metafísico” que lo constituye, completa el proceso de autonomizacion de la instancia positiva e introduce en la totalidad del tejido social la determinación semántica que la estructura de la dominación impone: toda relación social en una sociedad la forma estado, es, en última instancia, una relación de comando obediencia, de dominante a dominado” (Colombo, E. 2000).

Poder: una revisión crítica del concepto

El poder, en tal sentido, puede ser separado del poder político y su (in)definición tradicional debe ser problematizada de forma que logremos terminar con continuos equívocos existentes en la actual discusión de éste concepto en el ámbito ácrata.

bertoloDesde una postura similar a Colombo, Amadeo Bertolo llama a realizar una revisión crítica del concepto de poder, sobre todo considerando el posicionamiento acrítico realizado por numerosos anarquistas, toda vez que la discusión respecto a este concepto efectivamente estuvo entre las preocupaciones de “los padres fundadores” del pensamiento ácrata. En efecto, no es menor para cualquier ácrata definirse frente al concepto de poder y posicionarse frente a propuestas como el “poder popular” sin tener un piso semántico común que permita destapar verdaderamente que está en juego en dichas propuestas.

Así, además de explicarse la utilización del concepto de poder debido a su historicidad, la cual como se menciono tiene que ver con una tradición liberal que entrecruza poder con Estado y dominación, nos llama a su vez a buscar claridad respecto a este concepto. En dicha línea, es interesante la propuesta de Bertolo quien en la línea de Colombo, muestra un poder que es inherente al ser humano proponiendo separar este concepto de dominación y de autoridad.

El hombre ha perdido a lo largo del camino evolutivo de la “hominización” las determinaciones instintuales y las ha sustituido por determinaciones culturales, o sea, por normas, reglas, códigos de comunicación y de interacción. Justamente en esta sustitución reside la específica libertad humana en su más alto nivel: la autodeterminación.” (Bertolo, A. 86)

El hombre, y aquí entendiéndolo no como genero sino como especie, como ser eminentemente social, tiene en sus manos su destino, se auto-determina y debe producir el mismo las reglas, códigos o normas que rigen su vida. Pero esta auto-determinación no viene de la mano con la coerción estatal inventada en los siglos anteriores, sino un ejercicio inherente al ser humano, que en tanto producto social, debe “crear y recrear la sociabilidad inventando, transmitiendo y modificando normas”(Bertolo, A. 87).

De este modo, un ejercicio central en la vida humana sería la producción de la función de regulación social.

La producción y la aplicación de normas y sanciones definen entonces la función de regulación social, una función para la cual propongo el término poder. Hemos definido así el poder como una función social “neutra” e incluso necesaria, no sólo para la existencia de la sociedad, de la cultura y del hombre, sino también para el ejercicio de aquella libertad vista como elección entre posibilidades determinadas, que tomamos como punto de partida de nuestro discurso.”(Bertolo, A. 88)

Y desde aquí se extraen las conclusiones más importantes de su propuesta: si el ser humano tiene como una de sus características centrales la auto-determinación, y con ello la libertad, la participación en el proceso regulatorio de la sociedad se vuelve central. En otras palabras, si el acceso a la construcción de la función de regulación social, dígase Poder, será la que determine su libertad, cada individuo será por tanto más libre en la medida que tenga mayor acceso al poder (Bertolo, A. 89)

Así, Bertolo no solo acota el concepto de poder a la función de regulación social, y con ello, a la construcción de normas, reglas y códigos (Nomos) que permitan la interacción y organización humanas sino que propondrá el termino Dominación como el que define “las relaciones entre desiguales –desiguales en términos de poder, o sea, de libertad– define las situaciones de supraordinación/subordinación; define los sistemas de asimetría permanente entre grupos sociales.” (Bertolo, A. 89-90)

Separando los términos Poder y Dominación, caracterizándose este último por definir la clásica relación mando/obediencia, en donde el mando “tiene un contenido de regulación del comportamiento del que obedece.” (Bertolo, A. 89-90).

Esta propuesta de conceptualización claramente tiene consecuencias de suma importancia en la teoría revolucionaria, sobre todo si consideramos que ésta pone en “tela de juicio” las clásicas posturas anarquistas – de negación del poder o de huida de éste –. Pero esta postura lejos de ser un ejercicio intelectual injustificado se explica en la necesidad de analizar de formas más certera las formas y modalidades que asume la dominación en la actualidad – volveremos a aquello más adelante –. A su vez, que pone en cuestión la pretensión de eliminar el poder al poner énfasis que el establecimiento de reglas, códigos y normas es un ejercicio propio de “lo social”.

clastresContinuando nuestra reflexión, si unimos las propuestas teóricas de Colombo y Bertolo con las conclusiones del antropólogo Pierre Clastres quien determina que las relaciones jerarquizadas y autoritarias de “orden-obediencia” que nos da nuestra cultura occidental, podemos notar que la separación del poder político, y su institución de dominación por excelencia: el Estado, se levanta como un órgano separado de la sociedad que no es, ni ha sido, la única y mejor forma de organización social existente (Clastres, P. 1978. 16). En efecto, en La sociedad contra el Estado nos señala como rasgo distintivo de la gran mayoría de las sociedades indígenas del continente americano la ausencia de una autoridad de poder y de divisiones sociales (Clastres, P. 27) (4).

Lo más relevante que podemos encontrar en los estudios de Clastres – en relación a la temática de las presentes líneas – es que su obra nos deja en manifiesto como los seres humanos han logrado organizarse en sociedades sin un poder político separado de la sociedad, y por tanto, en un espacio en que el poder esta sociabilizado. Es decir, en donde el ejercicio del poder es ejercido colectivamente y por un sector separado de la sociedad. Para ello, las sociedades primitivas no realizan una separación de clases y el “líder” no tiene poder sino que se ve sometido a las decisiones del conjunto de la sociedad, la cual es la verdadera detentora del poder.

Es por ello que es tan relevante cuestionarnos las concepciones clásicas respecto al poder. Si nos cerramos a lecturas del poder que lo enlazan únicamente con su faceta represiva y que lo toma prácticamente como un sinónimo de “poder político”, corremos el riesgo de comprender que el poder se encuentra establecido únicamente en el Estado – y si se quiere incluso en la denominada “cultura occidental” -.

ibañezEn tal sentido, se puede caer en el equívoco de focalizarnos únicamente en el Estado, negando el poder y buscando su desaparición eludiendo el hecho de que, tal como lo señala Tomás Ibáñez, “incluso sin estado las relaciones y los dispositivos de poder siguen presentes en la sociedad” (Ibáñez, T. 2007. 46). En efecto, este mismo autor acusa el peligro de la creencia en la supresión del poder, viendo en este el Estado y obviando su existencia en otras modalidades de relaciones sociales (Ibáñez, T. 98).

La visión que identifica el poder como sinónimo de Estado, o si se quiere de relaciones jerarquizadas, y que por tanto, apela eliminar la modalidad Estado nos puede cegar respecto a otras relaciones de poder que no necesitan del Estado para estar vigentes – por ejemplo el patriarcalismo y el machismo, y la consecuente división sexual del trabajo -. De este modo, incluso puede terminar por invisibilizar que el poder de tipo coercitivo – es decir, acompañado preferentemente por “un régimen de sanciones” – es una determinada modalidad de dominación y que también existen, o han existido, relaciones de dominación basadas en otras relaciones de poder (Ibáñez, T. 99).

En efecto, Michel Foucault, logró mostrarnos como el poder lejos de ser un fenómeno estático por el contrario es un proceso que siempre está en constante movimiento. Para éste autor el poder sería una fuerza que ha llegado a trabajar sobre la gente y a través de ella, en un proceso de disciplinamiento en donde por medio de tecnologías individualizantes y homogeneizantes – se crea al “individuo” y a la “población” – se ejerce el (bio)poder para influir no solo en las mentes de las personas sino también en su vida y en su cuerpo. En efecto, para el filósofo francés “el poder no es una sustancia. Tampoco es un misterioso atributo cuyo origen habría que explorar. El poder no es más que un tipo particular de relaciones entre individuos… el rasgo distintivo del poder es que algunos hombres pueden, más o menos, determinar por completo la conducta de otros hombres…” (Foucault, M. 1990. 138).

Cabría añadir aquí, que el poder, visto de ésta forma, sería un tipo específico de poder, construido a partir de los siglos XVII y XVIII, sería una forma de regulación social creada por los sectores dominantes de modo de encauzar y disciplinar a las sociedades modernas hacia sus intereses y ambiciones. De esta forma, es necesario considerar que otras formas de poder existieron, y pueden existir, y el hacernos cargo de aquello nos permitirá afrontar no solo una modalidad particular que toma el poder, sino realizar una crítica y una confrontación más profundas a las diversas modalidades que asume la dominación.

Si nos quedamos con las definiciones de Colombo y Bertolo, debemos tomar en consideración la necesidad de sociabilizar el poder, ya que siendo inherente al ser humano, nuestra meta se volvería que todos/as tuviesen el acceso a éste como forma de armonizarla con nuestra libertad y auto-determinación. Ello no quiere decir tomar una postura por la “toma del poder” ni proclamar como eslogan “poder libertario” o “poder popular” (5) sino que considerar críticamente y en toda su pluralidad las formas que tiene la dominación para insertarnos determinadas relaciones de poder, y confrontar constructiva-mente aquello creando formas organizativas que den pleno acceso a todos/as en la toma de decisiones, y devolviendo a cada uno la posibilidad de decir lo mejor para sí y para quienes lo rodean.

Si rechazamos o compartimos la idea de poder libertario o poder popular es otro tema, lo importante creemos sería no asumir una postura desde una lectura equivoca. En tal sentido, nos parece importante asumir una claridad conceptual respecto a poder y dominación para decidir dentro de un análisis crítico y constructivo, y no a partir de lecturas dogmáticas del ideario anarquista que en sí sería contradictorio con el ideario ácrata. Después de todo, las presentes líneas no son más que un aporte a la discusión y construcción de la praxis ácrata y no una carta gantt a seguir.

Conclusiones

En síntesis, es necesario tener claridad respecto a lo que está en juego cuando hablamos de poder y dominación. En el anarquismo no han hecho falta reflexiones respecto dichos conceptos, ya que han sido fundamentales en su aguda critica al sistema capitalista. En efecto, la crítica a la dominación y al poder (sobre) son parte sustanciales de su debate teórico/practico.

Por lo tanto, la problemática que se genera en la actualidad no es por una falta de reflexión en el pensamiento ácrata respecto a poder y dominación. Más bien, ésta se ha generado debido al carácter polisémico del término poder, que a llevo a un verdadero “lenguaje de sordos” al no tomarse en consideración las acepciones de este concepto. Es crucial, a nuestro parecer, definir claramente la diferencia entre un poder hacer – potencialidad – y un poder sobre – dominación, antes de entrar en alguna propuesta política. Tener una definición clara que genera una base semántica común podría romper en parte el estancamiento en el debate poder/dominación para entrar a un plano práctico en la lucha emancipadora.

Una propuesta es comprender el concepto de poder desde una óptica “constructivista” o “positiva”, como poder hacer o potencialidad, y dejar la acepción poder sobre para otro concepto, dígase dominación como lo plantean autores como Bertolo o Colombo. Si nos afirmamos en esta propuesta se vuelve importante por consiguiente la construcción o el ejercicio colectivo del poder, volverlo una fuerza sociabilizadora que siendo inherente a los hombres y mujeres no debe ser propiedad de nadie. Considerando que para que exista libertad es necesario que existan las condiciones aseguradas de acceso al poder por parte de los sujetos.

Detentar el poder es ejercerlo, ejercerlo es dominar a aquellos sobre quienes se lo ejerce” (Clastres P. 2013. 56)

Si el poder no es propiedad de alguien, o de un sector de la sociedad, como lo proponen los autores expuestos, ello quiere decir que ésta repartido en la sociedad y que su ejercicio depende de todos su componentes. Sin divisiones de clases, sin órganos separados de la sociedad, la sociabilización del poder implicaría no ser dominación sino construcción, organización y orden de la comunidad para sí misma y por si misma.

En tal sentido, solo nos faltaría agregar un comentario final, un punto a desarrollar con posterioridad ya que no es parte del problema tratado en el presente texto. A saber, que el poder entendido como potencia, o poder hacer, necesita resolver sus términos de factibilidad política. En una sociedad como la nuestra, total y global, no deja de ser necesaria una cierta división del trabajo complejo para la producción de bienestar social y la consiguiente creación de instituciones que se encarguen de la administración de los recursos “públicos”– colectivos –. Es decir, independiente de que éstas instituciones puedan ser sociales y autónomas, es decir controladas colectivamente, democráticas, horizontales, etc. – estas necesariamente presentarán una cierta delegación de poder – nuestro poder – entendido en su fundamento material –nuestra voluntad de vivir bien. Este poder, por tanto emergerá a partir de la politización 1) negando las instituciones democráticas liberales, culpables de la desmovilización, ocultamiento del conflicto y despolitización de las grandes masas explotadas, y 2) creadoras de un nuevo nomos, y sus instituciones populares que mantendrán el poder en la gente y las asociaciones populares. La factibilidad política de esta transformación y el proceso de politización de la sociedad civil debe ser tema a tratar en otro texto posterior.

Al no ser partidarios de la salida primitivista ni del mito del “buen salvaje”. Lo que nosotros proponemos es que si es necesaria la construcción de una suerte de nueva institucionalidad esta debe ser sostenida en una solidaridad tal que permita vivir en relaciones de producción que no impliquen explotación. En efecto, habría instituciones dedicadas a oficios distintos pero un modo tal que prime la cooperación y no la dominación. Vivir en sociedad será, en esta línea, crear instituciones, “construir poder” (construir instituciones y la capacidad de controlarlas) y tener un horizonte radical que permita no ser cooptado.

Colectivo La Peste, 2014

Notas

(1) Potestas = Ejercicio delegado del poder. Es la factibilidad política del ejercicio de poder, en términos de una noción amplia, más allá del absoluto negativo que era impuesto por autores como Bakunin. La delegación de este poder, sin embargo, no debe ser comprendida en toda instancia como una superposición de instituciones coercitivas por sobre, alejada la sociedad (oligarquías autocomplacientes). Reconocemos en este texto que el poder entendido como potencia contenida en los sujetos (“pueblo”), no tiene materialidad más que cuando se traduce en alguna instancia organizativa, lo que ya representa cierta delegación de poder, aunque puede ser mínima, horizontales, autogestoras y, en este sentido, no alienantes (de los sujetos respecto a las instituciones por medio de las cuales deciden políticamente sobre la vida en sociedad).

(2) Bakunin no concibe que el ejercicio de poder positivo (instituyente, creador, que supera la fase de negación de otro poder alienante instituido), así como la organización de ese poder potencial de la asociación de los explotados, podrían derivar históricamente en forma(s) de organización de ese poder no jerárquica, autónoma y autogestionaria. Por ejemplo, la primera etapa de los soviets rusos, o las comunidades de Aragón de la España revolucionaria de la década del 30, fueron expresiones de poder instituyente y popular. El poder organizado en instituciones populares autónomas, situados contra el estado y su intervención autoritaria, se mantiene bajo control real y democrático por parte de la sociedad.

(3) Nomos. Deriva históricamente en el vocablo y concepto hispano Normas. También puede ser comprendido como leyes de la comunidad. Auto (nomía) dícese de la capacidad común de autogenerarse leyes o normas reguladoras de lo social. Hetero (nomía) hace alusión a la creación de normas por parte de una institución de la sociedad que esta fuera de la sociedad: los dioses, dios, los antepasados, las leyes de la naturaleza, las leyes de la razón, las leyes de la historia. Cornelius Castoriadis hace alusión a este problema en el siguiente párrafo: “La sociedad es auto-creación, su institución es auto-institución hasta ahora auto-ocultada. Esta auto-ocultación es precisamente la característica fundamental de la heteronomía de las sociedades. En las sociedades heterónomas, es decir, la inmensa mayoría que existieron hasta ahora -esto es, casi todas,- encontramos (institucionalmente establecida y sancionada) la representación de una fuente de institución de la sociedad que esta fuera de la sociedad: los dioses, dios, los antepasados, las leyes de la naturaleza, las leyes de la razón, las leyes de la historia. En otras palabras, encontramos la representación impuesta a los individuos de que la institución de la sociedad no depende de ellos, de que los individuos no pueden establecer ellos mismos su ley -pues esto es lo que quiere decir autonomía- , sino que la ley está ya dada por algún otro o alguna otra entidad. Hay pues una auto-ocultación de la auto-institución de la sociedad y esto forma parte de la heteronomía de la sociedad. Catoriadis, C. “Los dominios del hombre”. Gedisa, 2005. P. Pág. 138).

(4) En este sentido, los grandes imperios con los cuales se encontraron los españoles son la excepción a la regla. El imperio incaico, por ejemplo, es también un Estado, tiene separación de clases y un órgano separado de la sociedad que detenta el poder político, por ello la admiración y el interés de los españoles con este imperio y el desprecio a tribus salvajes que no tiene ni dios ni rey ni amo. El sello eurocéntrico al Estado según Clastres sería su tendencia al etnocidio y la anulación total del “otro”.

(5) Respecto al debate de la relación anarquismo/poder popular o libertario puede verse: Anarquismo y poder popular. Teoría y práctica suramericana. Un gato negro ediciones. Bogota-Manresa, 2011; “Por un poder político libertario”, en Ibáñez, Tomás. La actualidad del anarquismo. Terramar Ediciones, La Plata y Libros de Anarres, Buenos Aires. (Utopía Libertaria), 2007; Correa, Felipe. Poder, dominación y autogestión. La biblioteca Anarquista. Anti-copyright, 2013; Perspectivas y debates anarquistas del poder. Compilación de Textos. Ediciones Apestosas, 2014.

Referencias bibliográficas

Anarquismo y poder popular. Teoría y práctica suramericana. Un gato negro ediciones. Bogota-Manresa, 2011.

• Bakunin, Mijail. Dios y el estado. EL viejo topo, 2010.

• Bertolo, Amedeo. “Poder, autoridad, dominio: una propuesta de definición”. En: Ferrer, Christian. El lenguaje libertario. Antología del pensamiento anarquista contemporáneo. 1a. ed. Terramar, Utopía libertaria. La Plata, 2005.

• Castoriadis, Cornelius. Los dominios del hombre. Gedisa, 2010.

• Colombo, Eduardo. El espacio político de la anarquía. Nordan comunidad, 2000.

• Clastres, Pierre. La sociedad contra el Estado. Monte Avila Editores, CA. Barcelona, 1978.

• Clastres, Pierre. La cuestión del poder en las sociedades primitivas. Selección de textos de Pierre Clastres. Grupo editorial de nombre itinerante, Ninguna de las Anteriores. Santiago, 2013.

• Correa, Felipe. Poder, dominación y autogestión. La biblioteca Anarquista. Anti-copyright, 2013.

• Dussel, Enrique. 20 tesis de política. Siglo XXI editores, 2010.

• Foucault, Michel. Tecnologías del yo y otros textos afines. Ediciones Paidós, Barcelona, 1990.

• Ibáñez, Tomás. La actualidad del anarquismo. Terramar Ediciones, La Plata y Libros de Anarres, Buenos Aires. (Utopía Libertaria), 2007.

Perspectivas y debates anarquistas del poder. Compilación de Textos. Ediciones Apestosas, 2014.

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