Utopía y el proyecto revolucionario

by • 2 mayo, 2014 • Artículos, Coyuntura política, Teoria políticaComments (0)1214

“… Si la historia, lejos de ser lineal, sufre virajes, torsiones, curvaturas inesperadas (y todo el pasado está ahí para demostrarlo), entonces tenemos la posibilidad de estar determinados no sólo por la línea temporal descrita anteriormente bajo el signo de la mundialización del Capital y el Estado, así como bajo la amenaza nuclear, sino también por otra línea temporal, la de los esfuerzos milenarios más intensos con resultados, hasta ahora, menos duraderos, la línea de la resistencia, de la rebelión, de la lucha autogestionaria”

René Lourau – Autogestión e institución

El cambio – la revolución – por momentos, quizá por muchos momentos, nos parece muy lejano. Lo cotidiano, el status quo, aparece siempre como un velo fantasmal que nos llena de desesperanza. La mayoría no se cuestiona lo existente, no ven la posibilidad de cambio y son presa del conformismo, que se apodera de manera tal sobre el “común de la gente” que nos hace parecer simplemente como inadaptadxs, locxs y/o soñadorxs. ¿Será posible un cambio? ¿Una revolución? ¿Un mundo mejor? La imposibilidad de pensar que puede haber algo mejor al estado actual de las cosas cierra puertas e incluso nos contagia, de ahí esa desesperanza, pensar en que se pierde el tiempo, coquetear con la renuncia a ese mundo soñado y seguir la corriente.

En efecto, la falta de certezas cimienta nuestra desesperanza, nos ahoga en el miedo y nos llama a conformarnos con que lo actual: “el mal menor”. El continuo fracaso en la empresa de cambio nos da el ejemplo de la imposibilidad de algo mejor, ¿para qué perder el tiempo en algo que no es seguro? Si fracasaron tantos ¿por qué ahora resultaría diferente? Es, tal vez, el miedo el que invade, y nos gana la “pulseada”. Es también la “muerte de dios”, de la cual nos habló Nietzsche, la que nos agobia y nos apresa. ¿Nos faltará esa verdad objetiva, incuestionable, que en el pasado nos entregó la providencia y que el marxismo ortodoxo vio en la economía, que da las claves del futuro y nos entrega el camino correcto a seguir? Esa historia lineal, continua y descifrable.

Todo esfuerzo parece ser vano sin las “certezas” del pasado, “como si un libro nos pudiera dar las recetas para el futuro, como si existieran las claves del curso de la historia y el transcurso del tiempo fuese lineal y univoco”. Olvidamos que las “certezas” del pasado solo nos dieron la justificación para la violencia y la muerte, que se nos intentó convencer de que el “fin justifica los medios” y que fuimos entregados al capitalismo de Estado, la anulación de la libertad y la autonomía ¿por eso renunciar?

Es que tal vez aún estamos amarrados a la cosmovisión judeo-cristiana, anhelando ese fin último que justifique nuestro sacrificio. La idea de progreso arrinconada por las muestras burdas de su desarrollo – el holocausto, la bomba atómica – la transfiguración de las ideas socialistas – la URSS – con la obvia desmoralizacion que generó nos traslada a la incertidumbre y la falta de sentido ¿salida? El nihilismo más burdo y la posmodernidad.

I.

Ansiamos conocer el mundo pero contemplamos de frente, una noche en el campo, sentimos bruscamente todo su indescifrable espesor, nos sentimos repentinamente e irremediablemente extranjeros al mundo, a su inhumanidad, a la tranquilidad impasibilidad de las piedras y de las montañas que nos ignoran. En este silencio obstinado del mundo se reconoce de nuevo el absurdo” (Ibáñez, T. 13)

La muerte de dios nos ahoga y nos quita certeza, pero nos devuelve el curso de la historia a nuestras manos. No se entiende que sin una historia escrita, sin una trascendencia y un destino definido, nosotrxs mismos nos volvemos el futuro. Si algo hay certero, es que no hay una “verdad” tal como fue pensada en el pasado, la verdad es construida por personas y como producto de estos es imperfecta e incompleta toda vez que no existe un “meta-nivel” – Dios o el Progreso – que trascienda la vida humana (Ibáñez, T. 75) y que nos entregue las claves de la historia.

El mundo es inevitablemente indescifrable para nosotrxs, en él nuestras interrogantes nunca tendrán respuestas absolutas. La vida no tiene sentido, y es nuestra incontrolable tendencia a dotarla de sentido lo que nos invita, o más bien nos lleva, a renunciar a la utopía y entregarnos a las viejas “certezas del pasado”. Pero aquí está la clave para el rebelde. Si la única certeza posible es lo absurdo que es la vida, si la vida no tiene un sentido y ni una explicación, la toma de conciencia de aquello nos entrega una “extraña libertad”.

La rebelión es un acto contra dicho absurdo. El rebelde es quien no acepta la inutilidad de la vida, y considerándose un “inocente”, frente aquello, se rebela en contra de lo absurdo. Ahí nace su libertad, ya que liberado del futuro, no habiendo nada escrito, todo depende de sí mismo y el “destino le pertenece por fin” (Ibáñez, T. 15).

En la búsqueda de un mundo nuevo el rebelde inconformista no actúa solo, junto con otrxs “soñadorxs” se embarca en una tarea transformadora a nivel social. Así, de la rebelión pasamos a la revolución y la tarea transformadora pasa a sumirse en un plano social y no queda en lo meramente individual – más adelante desarrollaremos más este punto.

Esta muerto el determinismo, y con eso la ley ciega de causa/efecto. Los medios revolucionarios que empleamos, inclusive la insurrección, no conducen necesariamente a la revolución social. En la realidad no existe el modelo causal tan querido por los positivistas del siglo pasado” (Bonanno, A. 121.)

El no tener un camino pre-establecido nos da las llaves de nuestro destino. Si bien, nada nos asegura que nuestros medios sean los correctos, es por la vía de la expropiación de momentos de libertad al Estado y el poder instituido – la posibilidad de movernos sin vernos determinados por sus reglas y normas – lo que nos entrega pistas y fragmentos del mundo que pretendemos construir. Cada instante expropiado, es un fragmento de nuestras vidas recuperado. Un espacio para ensayar, proyectar e instituir un mundo mejor.

II.

complejo_de_sisifo_cover_by_harry7mason-d5e5b5uLa historia, como se dijo, no tiene un flujo univoco. La historia – “oficial” –, siempre escrita por lxs vencedorxs no es más que una de las temporalidades del continuum histórico. A lado de la historia homogénea de la dominación, ésta ese otro transcurso, ese de saltos “fuera de la historia” que pone en cuestión nada menos que a la división de la sociedad entre dirigentes y ejecutantes – la heteronomía – (Sandoval, M. 3). La historia está lejos de la idea de progreso que invadió los sueños de nuestros abuelxs, madres o padres, no es lineal sino que presenta avances y retrocesos que nos puede dejar enseñanzas.

El devenir por cierto no está definido, lo que nos llama a tomar las riendas de nuestra vida y a construir el futuro según nuestros intereses y anhelos. Pero dicha tarea – de carácter revolucionario – claramente no es fácil, pero si bien no deja de ser utópica tampoco es imposible. Es una tarea (dis)continua en el curso de la historia, es una lucha por la autogestión de la vida, la búsqueda de “un sentido nuevo, de nuevas relaciones sociales de apoyo mutuo, afinidad y horizontalidad” (Sandoval, M. 3).

Bajo esta lógica, como lo indica Lourau, una sociedad no sobrevive sin sueños ni proyectos, porque los significados imaginados son primordiales para sustentar toda forma social – toda Institución social – (Lourau, R. 30). El futuro no escapa de nuestras manos por que se define en el ahora y son éstas las que decidirán su desenvolvimiento. Un proyecto revolucionario, es necesariamente un “significado imaginado” en el presente, una construcción del revolucionario que nace de su análisis y reflexión surgidos en el ahora. No es estático sino que se ajusta a las necesidades y condiciones de las luchas y las comunidades y sujetos que la constituyen.

En sí el proyecto revolucionario no es más que un proyecto inacabado, una lucha constante por eliminar las instituciones de dominación y el poder instituido. Por ello es tan importante perderle miedo a lo incierto y comprender que la utopía, ese deseo de cambio es nada menos que la fuerza motriz de un mundo mejor.

Si bien nuestros sueños se enfrentan a los sutiles mecanismos del (bio)poder, que nos invade por todos lados y pareciera cerrarnos las puertas de nuestra libertad, depende de nosotrxs romper lo instituido y construir el sitio donde queremos vivir. Si no existe, un curso en la historia, y un “meta-nivel” que nos señale el bien o el mal, no es más que nuestras propias decisiones y las de nuestra comunidad las que determinan nuestras obligaciones, existiendo nada más que responsabilidad con uno mismo (Ibáñez, T. 79), y por cierto, con quienes nos rodean, y pretendemos proyectar nuestro futuro.

El futuro es nuestro en la medida que nos apropiemos del presente. Arrancarle la vida, nuestra vida, al poder instituido no es un ejercicio fácil, pero solo dependerá de nuestra voluntad el forjar ese mundo nuevo que llevamos en nuestros corazones.

III.

Es el colectivo humano el que ha creado el mundo, el que ha instituido la sociedad. Las normas, instituciones y costumbres que conforman o socializan a los individuos, son el producto de las acciones, o de una serie de acciones, de los agentes sociales que quieren, desean, deciden, proyectan actúan y, por consecuencia, modifican y cambian constantemente su propia sociedad” (Colombo, E. 10)

Llegado a este punto, y como se ha señalado parcialmente en este escrito/ensayo,no hay que olvidar que la empresa de cambio es colectiva. Tal como lo señala Colombo, es un error separar individuo de sociedad. Si bien es – y ha sido – la intencionalidad del individuo/agente – “sujeto activo” – lo que permite – y ha permitido – el cambio su acción solitaria no transforma la sociedad. No son las subjetividades las que hacen las revoluciones, si bien es necesario que el rebelde imagine otra sociedad para volverse revolucionario (Ibíd. 11), para empujar a la revolución.

El colectivo humano instituyo lo existente, y por cierto que puede cambiarlo. Tal vez sea difícil ver el final del camino al cambio – a la revolución – y caemos presas del pánico al no tener certezas. Pero dejar de soñar, desear, anhelar y proyectar un futuro diferente es aún más nefasto. Hay que imaginar ese mundo nuevo, hay que buscarlo en el ahora y no posponerlo al futuro. Ensayar es el camino, solo así despejaremos nuestro futuro. Ello por supuesto como colectivo, analizando la realidad críticamente, conspirando, proyectando y creando los cambios necesarios.

¿Ideas muy generales? Por supuesto. Las respuestas son tarea para otras reflexiones, no caben en estas líneas. Lo importante es nunca dejar de soñar y no renunciemos a la utopía incubada en nuestros corazones…

K.L., Colectivo La Peste

Mayo 2014

Notas bibliográficas

 

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