La “dictadura de las ideas”: poder, criminalización y violencia subalterna en la región chilena

by • 5 mayo, 2014 • Artículos, Historia social, Teoria políticaComments (0)1834

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En relación al pasado Día del joven combatiente el siguiente texto se presenta como una reflexión histórica sobre la violencia popular y como es criminalizada, no sólo por la élite, sino también por los mismos marxistas. Aborda a “Los Pincheiras” y la Vanguardia Organizada del Pueblo (VOP).

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Introducción

Hace un par de semanas, al conmemorarse el Día del Joven Combatiente, pudimos apreciar a través de la prensa el repudio contra los actos de “vandalismo” que se dieron en distintos lugares periféricos de Santiago. La Villa Francia en Estación Central y Los Morros en San Bernardo, fueron los puntos elegidos por la televisión y los diarios para “informar” estos hechos, enviando periodistas a los enfrentamientos donde llegaron a darse algunos reporteros heridos. Como expresó el Ministro del Interior, Rodrigo Peñailillo: “No podemos permitir como país que hechos aislados de vandalismo afecten la vida normal de miles de personas”. Esta postura fue compartida por la mayoría de los “ciudadanos”, donde en distintos lugares, ya sea prensa, televisión o las redes sociales, expresaron sus cuestionamientos al actuar de los manifestantes, como vemos en este comentario en emol.com, hecho por un “comentarista destacado”, quien nos dice que:

Todo Chile sabe que es el día del delincuente, flaite fracasado, ignorado, despreciado por la sociedad (…) lo celebra la escoria social, esa que no tiene ni tendrá más vida que lamentarse por lo que no tienen. Esa escoria tan fracasada en todo que hasta el concepto de ‘combatir’ lo usan mal. Para ellos a salir a tirar piedras y molotov y hacerse los bravos hasta que carabineros llega y les pega muy fuerte, momento en que se ponen a llorar y clamar por sus derechos humanos (…) si hasta para ser combatientes son poca cosa, son perdedores en todo, y lo serán toda su vida.

Como vemos a través de estos comentarios, desde la cúpula del Estado burgués hasta el “ciudadano común”, la postura es una sola: son “delincuentes” que se aprovechan del día para cometer “vandalismo”. Por un lado, desde los que ejercen el poder se criminaliza la violencia porque se considera “antisocial”, independiente de si los que gobiernan son de centro-izquierda o derecha. Por otro, desde el “movimiento social” también se hacen cuestionamientos a las manifestaciones contra la autoridad y/o acción directa, ya que en el fondo no serían más que “simples encapuchados” que no entienden el “trasfondo” de la lucha ciudadana, que debe hacerse bajo los márgenes que el Estado, que a veces cuestionan y a veces le piden, les impone. Claramente, desde que terminó la dictadura cívico/militar, el “enemigo interno” dejó de ser el “comunista”, en su variable “terrorista”, y pasó a ser el “delincuente”, ya sea como el que expropia propiedad privada o el que destruye propiedad pública.

Ante esto, no vemos más que la negación de lo que la estructura capitalista impuesta por la clase dominante ha provocado. Niegan las manifestaciones de violencia subalterna expresadas en barricadas, disparos, bombas molotov, etc., y la “marginalizan”, la deslegitiman como forma de acción viable por el hecho de no utilizar canales de manifestación aceptados por el Estado burgués, esos que no lo hacen tambalear, canales que son los mismos que utiliza el “movimiento social” al negar, desde su propia intelectualidad burguesa, la existencia de expresiones políticas violentas de corte popular. Es así como la “izquierda” busca situarse, a través de sus partidos o “movimientos sociales”, como la única vía de descontento, para organizar, o mejor dicho disciplinar, a los grupos populares y ponerlos bajo su mando. La experiencia nos muestra que a través de los años, esto no ha provocado nada más que lo mismo: convertirse en elite dirigente y desde el poder mantener los mismos mecanismos de control de la clase dominante dueña de los medios de producción.

Ahora bien, esto no es nada nuevo en la historia de la región chilena. No pretendemos hablar de “teorías” ni mucho menos, pero así como se puede decir que: cuando la efervescencia social en un periodo histórico, llega a tal grado que la clase dominante ve posible el quiebre de la estructura estamental que la sustenta, impulsa una intervención militar para “reestablecer el Orden”; de la misma forma podemos decir que: siempre que existe una pauperización de los sectores populares, provocada por la estructura económica que sustenta a la clase dominante, se forman “vías alternativas” a las impuestas por la institucionalidad burguesa, que chocan con las lógicas reformistas de otros grupos que tienen como finalidad la conquista del poder. Para sustentar esta idea nos basaremos en dos casos ejemplificadores y “olvidados” por la intelectualidad marxista y de izquierda en general: el de los hermanos Pincheira durante el siglo XIX y el de la Vanguardia Organizada del Pueblo (VOP) durante el XX. Es así como veremos que históricamente los grupos que buscan el poder criminalizan y deslegitiman las formas de descontento que no siguen sus métodos y atentan contra sus intereses.

El “estigma” de los hermanos Pincheira

Para comenzar, volvamos un momento al pasado. Regresemos a los complejos años de la independencia política, pero no económica, del Estado chileno. Pensemos en los momentos difíciles que estaba viviendo la aristocracia patriota de Santiago, que acababa de terminar una guerra civil contra los realistas criollos que no querían desligarse de la corona española. Al fin habían concretado su control sobre la antigua Capitanía General de Chile, que ahora pasaba a ser una república aristocrática regida por la dictadura legal de Bernardo O’Higgins. No sólo esto, además se iniciaba, en conjunto con las provincias rioplatenses, una campaña en contra del Virreinato del Perú para eliminar cualquier residuo realista de tierras sudamericanas, y así tener un soporte estable geopolítico a la nueva institucionalidad, sin el temor de un posible ataque desde el norte. Ahora bien, esto no era el principal dolor de cabeza para la aristocracia santiaguina, única impulsora de este quiebre con la corona, ya que su principal enemigo estaba más cerca que el virrey del Perú.

Así como terminaba la guerra civil entre aristócratas criollos que estaban a favor y los que estaban en contra de la independencia, comenzaba una “guerra social” que será mucho más cruenta y larga que la anterior. Como todos sabemos, los Estados se forjan a través del control social, que implica dejar caer sobre los grupos subalternos todo el rigor de la violencia “legítima”. Es así como, en el sur del nuevo Estado chileno, se comienzan a reorganizar las pocas fuerzas realistas que no fueron aniquiladas después de las batallas de Chacabuco y Maipú, que comienzan a engrosar sus filas con nuevos voluntarios con los que antes no contaban: los plebeyos y los indígenas, en particular pehuenches. Los grupos que componían el estrato más bajo de la división estamental de la época, hasta ese momento, habían sido forzados a luchar a favor de uno u otro bando en la guerra civil de independencia, pero ahora tomaban las armas voluntariamente y se unían a los realistas en el sur, todo esto después de las nuevas normativas de control que se imponían en Santiago. Por su parte, históricamente los indígenas mantenían tratos con la corona, por lo que veían con malos ojos a los patriotas y su nueva legislación.

Es por estos motivos que comienzan a organizarse en el sur las llamadas “montoneras”, agrupaciones irregulares de caballería compuestas por trabajadores agrícolas empobrecidos, delincuentes comunes y desertores del ejército patriota, en alianza con los indígenas. Estas montoneras no hay que entenderlas como una forma de recuperar el régimen tradicional sustentado en la corona española, sino más bien como una lucha en común de todos estos grupos contra los que consideraban “traidores” y “opresores”: la elite santiaguina. Es así como comienza la denominada “guerra a muerte”, entre la aristocracia criolla y lo que en la época se llamaba “vagabundaje”, o grupos sociales excluidos. Más que una “guerra a muerte”, como la llama la historiografía burguesa, esta fue una “guerra social” donde se enfrentaron dos estamentos contrapuestos a través de las armas. La principal figura de estas montoneras, el que las organizó y mantuvo a través del tiempo, fue Vicente Benavides, un hijo de carcelero que luchaba por el ejército realista. Por el otro bando, la figura central de la época es Ramón Freire, oficial patriota que posteriormente será la principal figura del liberalismo en el Estado chileno, perteneciente a la elite local como toda la oficialidad militar.

image011Una de estas montoneras nacidas en este contexto de “guerra social” es la de Antonio Pincheira, el mayor de cuatro hermanos, todos inquilinos en un latifundio cercano a Parral. Este hombre fue el que organizó una montonera en conjunto con realistas, trabajadores agrícolas empobrecidos y delincuentes comunes, que comenzó a atacar pueblos, fundos y a militares patriotas, saqueando como forma de auto sustento y al mismo tiempo como medio para expropiar recursos y comercializar. Posteriormente, en 1823, Antonio Pincheira fue asesinado en un enfrentamiento, asumiendo la montonera su hermano menor, Santos, que también moriría. Es así como asume la jefatura Pablo Pincheira, el tercero, que fue depuesto del mando por los mismos montoneros al considerarlo demasiado “autoritario”, poniendo en su lugar a José Antonio, el menor. Es así como en 1826 toda resistencia realista ya había sido derrotada por los ejércitos enviados desde Santiago, donde el único foco de autogestión que quedaba era la montonera del menor de los Pincheira, que contaba con cientos de familias que lo seguían y con aproximadamente 500 a 600 hombres armados que luchaban bajo su mando.

Los próximos seis años, José Antonio Pincheira será el principal dolor de cabeza no sólo para la aristocracia santiaguina y penquista, sino también para la de Mendoza y Buenos Aires al otro lado de la cordillera. Este caudillo popular, logró articular una red de alianzas que le permitieron el libre transito desde la región chilena a la rioplatense, atacando fundos, pueblos, ciudades, para así derrotar, en reiteradas ocasiones, a grupos de militares enviados para aniquilarlo. Se asentó en lo que actualmente es la provincia de Neuquén en la región argentina, con más de 6000 personas, manteniendo relaciones comerciales y políticas con la provincia de Mendoza, después de haberla derrotado en 1829 al tomar su plaza y obligar a capitular a su gobernador, firmando un tratado de amistad. Toda esta influencia que logró José Antonio Pincheira provocará que desde Buenos Aires a Santiago busquen derrotarlo, consiguiéndolo, después de traicionarlo, en 1832 a manos de las tropas de Manuel Bulnes, que aniquiló a la montonera y capturo a su caudillo, poniendo fin a la “guerra social” después de quince años.

Ahora bien, esta historia que acabamos de contar del único caudillo de origen popular, que organizó un verdadero ejército antipatriota, dista bastante de la imagen que existe en nuestros días de este hombre y sus hermanos. Esto se da porque transversalmente desde liberales a conservadores, hasta los mismos marxistas, se han encargado de omitirlo y criminalizarlo. En su época la prensa y la institucionalidad chilena lo llamaban “bandido”, “salteador” y le quitaron cualquier tipo de manifestación política a su lucha y la de sus montoneros. Para la aristocracia criolla, José Antonio Pincheira y sus hermanos no eran más que un ejército de “bárbaros” que no tenía otra aspiración con sus ataques que provocar el “caos” en la república, ya que en este contexto la conflictividad política estaba determinada por la dicotomía entre conservadores y liberales, que eran los grupos que trataban de apropiarse del control del Estado, para llevar a cabo sus políticas de control e instauración del capitalismo salvaje que triunfará durante el siglo XIX. Cualquier forma de acción colectiva que estuviese fuera de esa dicotomía no era considerada “política”, tachándola de “bandidaje” quitándole cualquier carácter “legítimo”.

A esto se suma la representación que hicieron posteriormente los historiadores, que no temblaron al tratar a este grupo de hermanos de la misma forma. Para Vicuña Mackenna, los hermanos Pincheira “no eran sino salteadores de camino que no representaban ningún principio, ningún interés político, ninguna tradición de lealtad”, remarcando lo que decía Barros Arana en su “Historia General de Chile” al decir que ellos “no eran un enemigo a favor de cual pudieran invocarse las leyes que rigen la guerra entre los pueblos civilizados”. Esta postura de la historiografía liberal será apoyada por los mismos marxistas, como Luis Vitale, que en su “Interpretación Marxista de la Historia de Chile” dirá que la montonera de los Pincheira “perseguía un objetivo restringido y precario: el pillaje y el contrabando de ganado”. Para este autor, la lucha legítima estaba en la antigua resistencia realista, ya que esta sí tenía un fin concreto: la lucha por el control del Estado. Esta es la postura del autor, ya que para él una “lucha política legítima” implicaba el control del poder por parte de un grupo, relegando a segundo plano cualquier opción que no tuviese esta finalidad.

Además de estas críticas transversales desde la academia, también vemos la invisibilización que se hace de estos hermanos al estudiar el período que abarca la abdicación de O’Higgins hasta la dictadura de Prieto, y el inicio de la llamada “República Autoritaria” inspirada por el mercader Diego Portales. Los distintos trabajos historiográficos que se centran en el bajo pueblo, han dejado de lado esta movilización subalterna armada en su máxima expresión, centrándose en los conflictos políticos aristocráticos entre “liberales” y “conservadores” o mostrando la construcción de un sujeto popular que prácticamente estaba “destinado” a convertirse de inquilino o peón a un trabajador urbano y sindicalizado. Lo que se puede apreciar en estos escritos, es que la historiografía marxista, en cualquiera de sus variantes, no busca otro fin que justificar a través de la Historia sus postulados ideológicos. No queremos aquí menospreciar el trabajo de estos historiadores, que por lo demás muestra una cara diferente a la “Historia oficial”, sino que plantear que se apunta a esta dirección, accidental o intencionalmente en sus escritos.

La guerrilla olvidada: la Vanguardia Organizada del Pueblo (VOP)

Dejando atrás a José Antonio Pincheira y sus montoneros, asesinados en masa por el Estado chileno, llegamos al siglo XX donde las cosas parecen no cambiar mucho. Nos encontramos en la ajetreada década de los años 60’, donde la clase dominante busca distintas formas para mantener las diferencias de clase que sustentan su ejercicio del poder, mientras desde abajo se buscan métodos para modificar esta estratificación social, o mejor dicho estamental, que no ha sufrido cambios desde la instauración del Estado a inicios del siglo XIX. Es aquí donde comienza a verse como un peligro a los “marxistas”, que desde los partidos de izquierda proponen una “vía pacífica al socialismo” a través del burgués Salvador Allende, donde además se agregan a estas posturas reformistas, sustentadas en el “poder popular” otros grupos como el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), que ha sido tomada desde su caída a manos de los militares como un “símbolo” de lucha “subversiva”, cuando en el fondo hicieron lo que pudieron con lo poco que tenían.

Durante el convulsionado gobierno de Eduardo Frei, otro “símbolo” para la política burguesa que necesita “ídolos” para inspirar a sus militantes, se produjo la creación de otro tipo de movimiento, menos romántico e idealista, pero más pragmático y materialista: la Vanguardia Organizada del Pueblo (VOP). Este grupo subversivo, que nace en este contexto de luchas políticas dentro de la elite, entre liberales/conservadores y marxistas, también cumple con la característica que dimos anteriormente con los hermanos Pincheira: ha sido invisibilizada y criminalizada por representantes de las facciones mencionadas anteriormente, dejándose sólo para ellos considerarse a sí mismos como el “único” agente de cambio social y posteriormente “la” resistencia legítima a la dictadura como tal. A pesar de su corta duración, la VOP llevó a cabo actos que golpearon a los partidos políticos y que no necesitaron la “legalidad” que les imponía un gobierno, sino que a través de sus propios medios constituyeron una lucha que logró ampliar su constitución social, compuesta por los que ellos creían que eran los verdaderos explotados: los delincuentes.

La formación de la VOP no tiene orígenes claros, pero en base a los pocos trabajos que han tratado de reconstruir su historia, podemos decir que fue a finales de los años 60’, particularmente 1968. Como dijimos anteriormente, nace en un contexto de conflictividad social y política, dentro del gobierno de Eduardo Frei, que al igual que en casos anteriores utilizó la violencia y el asesinato en contra de los grupos que buscaban enfrentar la estratificación social burguesa. Un ejemplo de esto, lo encontramos en las matanzas que se dieron en el 66’, 67’ y 1969, donde en la primera murieron ocho trabajadores, en la segunda siete, y finalmente diez en la última, al momento de desalojar la toma de terrenos hecha en Pampa Irigoin. Es dentro de este contexto, donde la desesperación del gobierno de Frei se manifestaba en asesinatos a grupos en huelga o en tomas de terrenos, que nace la VOP, tomando como referencias los distintos movimientos armados que se dieron en los años anteriores, teniendo en mente a la Revolución Cubana de Fidel Castro y el Che Guevara.

Dentro de sus fundadores encontramos a Ronald Rivera Calderón, expulsado de las Juventudes Comunistas (JJ.CC.) por “agitador y provocador”, para luego entrar al MIR en 1968 y ser expulsado pocos meses después. Sumado a él encontramos a su hermano Arturo, que siguió pasos similares a los de su hermano, y también a Heriberto Salazar, de 45 años, que era un ex carabinero expulsado de esta institución por agredir a su superior. Finalmente, también encontramos a Ismael Villegas, de 24 años de edad, que al igual que los Rivera Calderón había militado en las JJ.CC., instancia donde formó un pequeño grupo de corte militar llamado Arauco, por lo que fue expulsado del partido él y los integrantes de esta agrupación. Al igual que los hermanos fundadores, también ingresó al MIR para buscar otras formas de lucha en contra de la institucionalidad burguesa, pero también saldría descontento al ver que los cambios propuestos por esta agrupación no satisfacían sus necesidades y formas de lucha.

La VOP se nutriría de distintos tipos de grupos, que según un informe de la Fiscalía Militar serían de “aquellos sectores de más bajo nivel social y en aquellos círculos de elementos resentidos o frustrados con la sociedad, que se prestan como instrumentos débiles para ser manejados por un grupo de audaces con clara mentalidad criminal”. Este grupo, en contraste con el MIR, se nutrió de los verdaderos oprimidos por el Estado, ya que como bien nos dice Ronald Rivera Calderón “La subversión debe hacerse con delincuentes, porque son los únicos no comprometidos con el sistema: los obreros luchan solamente por aumentos de sueldo, y los estudiantes son pequeños burgueses jugando a la política; en el hampa está la cuna de la revolución”. Aquí vemos una marcada diferencia con los grupos “guerrilleros” más clásicos, ya que a diferencia de los estudiantes burgueses que participaban en el MIR, la VOP optaba por lo que el marxismo considera el “lumpen”, o sea, los grupos “desclasados” dentro del proletariado. Independiente de esta anacronía típica del marxismo, cuando llevamos a la realidad sudamericana este postulado sobre el “lumpen”, este se cae a pedazos: los únicos que siempre han resistido y luchado contra la dominación “desde arriba”, han sido los delincuentes, ya sean contrabandistas, monrreros o bandidos rurales.

Es así como comienzan las expropiaciones durante el gobierno de Frei, que comenzarán a nutrir de recursos a la VOP. Estas parten con asaltos a comerciantes, o “pequeños burgueses”, y bancos, método similar utilizado por su contraparte mirista. Este sistema de obtención de recursos será fundamental para su posterior deslegitimación, ya que se les comenzará a tratar como simples “ladrones de autos” o “delincuentes” que no tenían aspiraciones políticas. Independiente de lo anterior, es durante finales de este gobierno, a inicios de 1970, que comienzan a darse los primeros caídos en la Vanguardia. Posterior a un choque automovilístico, donde participan miembros vopistas, se da un enfrentamiento a tiros donde muere Ismael Villegas, alias “Francisco”. Sumado a esto, se comienzan a dar detenciones y torturas a los integrantes de esta agrupación, que a pesar de contar con un muerto y varios detenidos no cesan en su actuar y lo mantienen posterior a esto, en lo que ya era el gobierno de Allende y de la Unidad Popular (UP). A pesar de los duros golpes y del “alto al fuego” de los grupos de izquierda para no “entorpecer” al “compañero presidente”, la VOP continuaría con sus métodos de lucha.

descarga (7)En base a lo anterior es que como forma de integrar a los militantes de distintas agrupaciones al proyecto de la UP, Allende indulta a una gran cantidad de personas pertenecientes a grupos subversivos, entre ellos siete pertenecientes a la VOP. Independiente de lo anterior, la agrupación continúa con sus actos, por lo que pasan a convertirse en objeto de represión por parte del gobierno, manteniendo la misma postura que tenían en el caso de Frei Montalva. El gobierno de Allende comienza a utilizar a antiguos miembros de las Juventudes Socialistas y del MIR para recopilar información y así capturar a los vopistas, que en el año 1971 cometerían su acto más recordado: el ajusticiamiento a Edmundo Pérez Zujovic, debido a los asesinato cometidos mientras este era ministro del interior contra los mineros de El Salvador y los de Pampa Irigoin. Por este ajusticiamiento, fueron perseguidos y asesinados por la policía los hermanos Rivera Calderón, mientras que en represalia por estos asesinatos, Heriberto Salazar se adosó dinamita y se hizo explotar en un cuartel de policía, donde dejó algunos muertos y una gran cantidad de heridos.

Ahora bien, es curioso el trato que se le dio a la VOP por parte de los grupos que participaban en la arena política de la época. Por un lado, el Partido Nacional (PN) decía, en relación a la muerte de Pérez Zujovic, que “Este crimen es la culminación de una serie de atentados cometidos últimamente por bandas marxistas armadas que pretenden imponerse por la violencia y el terrorismo, y cuya acción ha sido tolerada por las autoridades del gobierno”. Curioso análisis, sobre todo si ese mismo gobierno persiguió, torturó y asesino a los miembros de la VOP. Por otro lado, el MIR no se queda atrás en sus cuestionamientos a esta forma de acción, y nos dicen que los hermanos Rivera “por encima de su arrojo personal, no entendieron la importancia de la táctica y la racionalidad política (…) No comprendieron que la situación había cambiado del 4 de septiembre en adelante”. Finalmente, el Movimiento Revolucionario Manuel Rodríguez (MR-2), escisión del MIR, iba más allá, aclarando que “obreros y campesinos, por cuyos intereses luchamos, han descartado el terrorismo individual”.

¿Una secuencia histórica de malas coincidencias?

Como dijimos desde un inicio, acá no buscamos “teorizar” la Historia. Independiente de lo anterior, al ver el caso de los hermanos Pincheira y la VOP, le encontramos sentido a la frase del subcomandante Marcos que dice: “El poder pudre la sangre y oscurece el pensamiento”. Pudimos ver a través de los casos expuestos anteriormente, que a través de los años el mayor enemigo de la clase dominante ha sido la violencia popular, no entendiendo esto como una lucha de “ideas políticas”, sino de “praxis política”. Desde liberales y conservadores hasta marxistas, la postura sobre la violencia popular es clara: no es política, no es una opción legítima de lucha. Ante esto, lo que han hecho a través de los años ha sido tratar de extirparla de los sectores populares, con el argumento de que a través de la violencia “no se consigue nada”. En el caso de los hermanos Pincheira, que desde su montonera lograron poner en jaque a la institucionalidad aristocrática de Santiago, se les trató de simples “bandidos” omitiendo y deslegitimando sus formas de acción. En el caso de la VOP, los mismos grupos “revolucionarios” los apartaron del camino a través del discurso, por no aplicar las medidas “correctas” en el contexto de la UP.

Entonces: ¿cuál es la forma correcta? La del Estado. Más que una lucha por lograr cambios y una sociedad “mejor”, argumento clásico de la burguesía para justificar su control sobre las fuerzas productivas y la institucionalidad que ellos mismos crearon, esto es un conflicto cultural. No debemos olvidar que los promotores del “poder popular” tienen el mismo origen que sus “enemigos” políticos: todos provienen de la misma clase, todos tienen el mismo origen cultural, o sea, las “ideas” provenientes desde Europa, que son entendidas como las “únicas” ideas viables para la organización social. Desde siempre, la elite a buscado instaurar en Latinoamérica el Estado europeo, y al mismo tiempo el marxismo necesita “europeizar” a los grupos subalternos del “Tercer Mundo” para justificar sus teorías sociales: ¿cómo va a haber revolución sin Estado, sin capitalismo y, por sobre todo, sin proletarios? A esto apuntamos con el título de esta columna, ya que los grupos de poder, o que aspiran al poder, crean la institucionalidad en la que vivimos y al mismo tiempo la forma de enfrentarla, quitándole a los sectores populares cualquier iniciativa autónoma. Esa es la triste historia de los grupos subalternos del “Tercer Mundo”: si usted se quiere “liberar”, tiene que hacerlo como “nosotros” le decimos.

La “dictadura de las ideas” implica sometimiento a lo que la elite burguesa, ya sea liberal, conservadora o marxista, nos obliga. Crean mecanismos de control a través de sus posturas ideológicas, alienando a los sectores populares a creer lo que ellos dicen, ya que “ellos” son los “únicos” que entienden el problema, y al ser así, son los “únicos” que pueden “liberarnos”. Los marxistas no buscan cambiar las cosas, porque les sirve mantenerlas tal cual están, ya que así se sienten así mismos como los únicos agentes de cambio, y al mismo tiempo, en el caso hipotético de lograr su cometido, controlar el Estado, igual ganarán cuotas de poder como lo hicieron durante la UP. Así se entienden las posturas de los grupos “revolucionarios” contra la VOP, porque esta había cometido el pecado capital de mantener su lucha en un gobierno que era la “solución” a sus problemas, al cual ellos estaban “llamados” a participar, pero siempre y cuando lo hicieran bajo las lógicas que el poder demandaba. Cualquier fraccionamiento contra este modelo, impuesto por los partidos y la institucionalidad, era considerado “traición”, “no tener consciencia de clase” o ser “enemigo de la revolución”.

Ante esto, los distintos grupos favorables al Estado, que lo necesitan para seguir vendiendo su devenir idealista que jamás han concretado, se aterrorizan cuando los verdaderos oprimidos empiezan a hacer las cosas por su propia cuenta. Siempre que el bajo pueblo, los sectores populares o grupos subalternos empiezan a organizarse y a luchar por sus propios medios, a través de la única y más efectiva forma de acción que ellos conocen como es la violencia, los grupos dirigentes políticos se aterrorizan, tal cual lo hicieron con José Antonio Pincheira, tal cual lo hicieron con la VOP. Casos hay de sobra, aquí sólo quisimos exponer dos para tener una referencia, pero independiente de esto, sí pudimos ver una constante: el poder, y los aspirantes al poder, le tienen terror a la insurrección y a la autogestión, ¿por qué? Porque eso provoca que su mayor capital político se les salga de las manos e incluso se pueda ir contra ellos. De esta forma, la “dictadura de las ideas” siempre va a rechazar cualquier tipo de acción directa, y por eso también, siempre va a tratar al encapuchado de una población como “delincuente que se aprovecha de un día para hacer vandalismo” o como un “retroceso en la lucha del ciudadano y del movimiento social“.

Después de ver todo lo anterior, quizás la frase que dimos del subcomandante Marcos se queda corta y nos sirve más la siguiente: “El poder no te corrompe, sino que te muestra en verdad quien eres”.

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